228 csfar como las leñeras, en el sótano ó «kaella^ ren.> Pero á pesar de tan buen sistema de cale- facción, no se conseguiría vencer el frío en toda línea sin el auxilio de los dobles cristales en las ventanas, del algodón con que se rellenan las rendijas de los marcos de ambos cristales, y del papel engomado con que se tapan por dentro las junturas de las ventanas, hasta incomunicar en absoluto el interior y el exterior. Sólo quedan en ejercicio unos respiraderos ó ventanillos que sirven para renovar el aire cuando no hay ma- nera de respirarlo. La impureza del aire, por cierto, es el argumento de que se sirven las mu* jeres para justificar la necesidad de salir cuatro ó seis veces al día, aunque casi siempre sea para meterse en otros lugares tan mal ventilados co- mo sus propias casas.
Yo entiendo que la afición á callejear provie- ne de la diferencia entre las temperaturas inte- rior y exterior, la cual llega á ser hasta de Sa grados. Cuando la temperatura es igual, lo mis- mo da estar dentro que fuera; pero si es diferen- te, el deseo de cambiar obra comp impulsor; cuando se está fuera, gusta meterse dentro del primer sitio que se encuentra al paso. Yo he ex- perimentado en mí mismo esta rara particula- ridad, este fenómeno, que no sé en qué ramo de la ciencia deberá catalogarse. ' Estos invernaderos se convierten en casas de verano en pocos minutos. Se desclavan y quitan las ventanas interiores, y se abren las que caen 2zg afuera, para disfrutar la frescura de la brisa <iel mar; se ponen toldos en lo^ balcones, y me- sas y sillas en los jardines para comer al ^i^t libre bajo los árboles. Después de los banquetes, las jóvenes cantan en coro canciones impregna- das de esa alegría suave que sumerge el espí- ritu en meditaciones vagas, ó bien se embarcan en tropel en algún barquichuelo, y remando y cantando se alejan hacia los islotes desiertos de que están sembrados estos mares.
Pero no adelantemos los sucesos. Esto ocurre en el verano, allá en Junio ó Julio, y ahora es- tamos en Febrero y vivimos encristalados y empapelados. Dichosa tierra que durante meses y meses trata á sus hijos como á plantas exóti- cas. Cuando se piensa en los artificios de esta Tida de estufa y en algunos detalles que pecan, al contrario, por exceso de sencillez, como la^ camas, estrechas, duras como guijarros, se qui- tan las ganas de escribir; mucho más sí se po- see, como yo poseo, la ineptitud descriptiva que hasta mis mejores amigos me reconocen. Por fortuna ya falta poco: conocemos el sótano y las piezas habitables; nos queda el camaran- chón ó «vind,» qu^ sólo sirve para tender la Topa en invierno y para guardar trastos viejos (y hasta los nuevos cuando llega el i.® de Juhio y se deja una casa sin tener otra en que insta- larse), y por el «vind» subimos al tejado, 4(ta- ked,» donde hallamos aún algo interesante. SI subimos en día de fiesta, nos asustará el núme'^ 23© ro de banderas ó trapos de vivos colores que ondean sobre los tejados de la ciudad; se puede decir que aquí padecen de un delirio nuevo 6 no estudiado aún: el delirio banderil.
Y en cualquier día del año nos gustará ver la red telefónica, á trechos tan espesa como tela de cedazo; y más que estos alambres, nos agradará ver las bandadas de palomas que viven en la ciudad, libres y al mismo tiempo domesticadas,, corretean dolo todo como perros sin amo. Cual- quiera puede cogerlas, pero nadie las coge: for- man parte del ornato público, juntamente coa sus amiguitos los gorriones.
A eso del mediodía, cuando el «Salutorget»- 6 plaza del mercado se ve libre de su habitual y abigarrada concurrencia, en la que los pes- cadores se codean con los campesinos, éstos coa lols comerciantes de la ciudad, y todos con una clientela en que figuran todas las clases socia- les, miles de palomas acuden á limpiar la plaza en competencia con los barrenderos; el resta del día corren desperdigadas por las calles^ y cuando se cansan, se suben á reposar en los te- jados. ' No hay nadie que sea capaz de hacer daño á. lina paloma ni á ningún animal; y si lo hubiera, no faltaría quien lo metiera en cintura.
Hay protectoras de animales, y algunas no se- contentan con protegerlos, sino que tienen coa ellos atenciones delicadas; yo conozco á una se- ñora que pone á su puerta una vasija con agua 231 y con un letrero que dice: «Vatter íoer hun- dar,» agua para los perros. Como quiera que los perros no saben leer, me parece que el aviso estará allí para que no se beban el agua las per- sonas.
XVI Donde el corresponsal, auxiliado por su criada, satisface la curiosidad de una curiosa cocinera granadina.
Bien dice el refrán: unos crían la fama y otros cardan la lana. El cardador de lana soy yo, que sin darme aires de defensor del «feminismo,)^ 5in pedir instrucción para el sexo débil, he sal- tado por encima de las conveniencias sociales y he abierto cátedra en un periódico para tener discípulos de ambos sexos.
Yo pienso que si la montaña no viene hacia nosotros, debemos nosotros ir hacia la montaña; que en vez de ir buscando una á una para su- ministrarles el alimento espiritual en la misma forma que se les llena el buchecito á los pavi- pollos enfermos, lo que se debe de hacer es arro jar la semilla para que quien quiera la recoja.
No estoy disgustado de mi método. Hasta aho- ra mi mejor discípulo es precisamente un dis- cípulo con enaguas: son muchos los que le su- peran en capacidad; pero él los supera á todos por el interés con que sigue.el curso de mis ex- 234 plicaciones. La alumna á que me refiero se me ha dado á conocer no há mucho por medio de una carta original y graciosa, que bastaría y so- braría para indemnizarme del tiempo perdida en escribir mis lecciones, si yo no estuviera ya suficientemente indemnizado con el gusto que recibo ál perder el tiempo sólo por perderlo* Cuando recibí la carta y vi que no se había extraviado, á pesar de traer las señas muy maL puestas, me figuré que sería algún mensaje fas- tidioso: los mensajes de este género llegan á su destino, aunque se deje el sobre en blanco. Lue- go hice un ligero análisis grafológico, y saqu¿ en limpio que la carta era de mujer: bastaba ver la D. irregular, abultada, como si estuviera en estado interesante. Y no sólo de mujer, sino de una mujer excesivamente curiosa y hábil ^ara los trabajos de cocina. Este último rasgo no era en realidad grafológico, pues lo induje de varias manchas del sobre, que daban á entender que los avíos de escribir habían estado cerca de la alcuza y del especiero.
Abierta la carta, vi que efectivamente estaba escrita por una cocinera, lectora asidua de El Defensor desde que empezó la guerra de Cuba.
Aunque el interés principal de mi comuni- cante se concentra en las noticias v en los tele- gramas, para ver si en ellos aparece el nombre^ de un su sobrino que allá está peleando contra los rebeldes, no deja de dar un vistazo á todo el periódico, y ha llevado su buena voluntad hasta 235 235 hincar el cliente á mis Cartas, «A decir ver- dad— escribe la honrada cocinera, — yo no en- tiendo muchas cíe las cosas que usted escribe. Mi ama, que es una señora muy leída, es la que me las aclara; y ayer me explicó que lo que prin- cipalmente quiere usted dar á entender es que las mujeres deben de estarse en la cocina y no- mezclarse en lo que no entienden.» Y á conti-r nuación, encadenando las ideas con más lógica que un Aristóteles, quizás creyendo que yo soy una especie de Brillat-Savarin, ya que doy á la mujer como única misión la de guisar, me pide que la ponga al corriente del estado culinaria de Finlandia y le envíe, si es posible, recetas de algunos guisos para contestar á su señora, de la que me dice en secreto que es una vieja tan em- palagosa como sabia.
No creo necesario advertir que la susodicha vieja me ha levantado un falso testimonio. Na sólo no pido yo que las mujeres se estén en la cocina, sino que, al contrario, pido que las co-r ciñeras se instruyan, y aplaudo el arranque de la que á mí me ha escrito, la cual es segurar mente la primera que en España se ha gastada 1 5 céntimos por amor al arte culinario. La gracia hubiera sido completa si se hubiera gas- tado los 25 céntimos que exigía el franqueo de la carta; pero no es extraño que una pobre mu- jer se equivoque, cuando amigos míos aboga- dos se equivocan también y me obligan á pa-. gar 20 céntimos por cada carta que me escri* 236 ben. Y cito el hecho, no por los 20 céntimos^ sino porque pone de relieve lo incomunicados y arrinconados que vivimos en España, que la mayoría de los españoles no sabe siquiera fran- quear una carta para el extranjero.
Desgraciadamente no es Finlandia el país más *á propósito para sacar de él elementos con que regenerar la cocina española. El admirable buen sentido de los finlandeses no ha podido contravenir el orden de la Naturaleza, según el cual aquí no se crían las cosas más indispen- isables para la vida, y particularmente para la 'vida de un español. No hay garbanzos; más <3iún: no se tiene idea de lo que es un garbanzo. Cl aceite es artículo de lujo: una botella cuesta seis marcos. El vinagre ó ^aettika» es un ácido, cuyo uso exige ó poco menos el manejo del cuenta-gotas. El vino, como artículo extranje- ro, en gran parte español, cuesta carísimo. Las frutas vienen medio verdes y son como el cho- colate del ventero: caras, pero malas. Una na- ranja, 25 ó 3o céntimos. Tocante á legumbres, ia mayor parte del año hay que vivir de conser*- Vas. En materia de condimentos, se vive en anarquía. Es un problema, por ejemplo, hallar un ajo.
' Cierto día, leyendo el Quijote^ llegué al Capí- tulo de los segundos consejos dados por el ge* nial hidalgo al flamante gobernador de la ínsula Baratarla; y lo mismo fué leer aquello de «no comas ajos ni cebollas para que no saquen por 237 el olor tu villanería,» que sentir grandes ganas de comer ajos, ó por lo menos de olerlos. Sia duda los españoles tenemos en el cuerpo el es— píritu de rebeldía cuando tan espontáneamente nos insubordinamos contra las prohibiciones, más sensatas. Varios meses transcurrieron, sia embargo, sin que mi rebelión pudiese tomar cuerpo: no veía ajos por ninguna parte, ni ha- llaba medio de hacerme comprender* Por fii> tuve la fortuna de hablar con una señora ale- mana, partidaria del ajo, y supe que en Finlan- dia este picante producto se vende en las boti- cas, y que tiene el mismo nombre que las cebo- llas, reforzado con el calificativo «blanca.» La cebolla es «loek,» y el ajo es «hvitloek,» cebolla blanca. Dije, pues, á mi criada: — Karolina,haga usted el favor de ir á la botica y comprar «ett hvitloeksbufvud»(una cabeza de ajos).— Mi cria- da volvió al cabo con la preciosa adquisición. — Quince céntimos me ha costado; pero los vale — me dijo: — mire usted qué gorda es, y que ade« más tiene tres hijuelos. — Aunque'' costara iS- marcos, los daría por bien empleados— contesté* yo. — Esto es muy bueno para el pecho — obser-- vó mi criada...— pero no sabía que estuviera usted malo. — No es que esté malo, ni que tome- eso por medicina. En España los ajos se em* plean en muchos guisos excelentes, y hay tam- bién quien los come fritos y le saben á gloria. — Mi criaba se me quedó mirando, boquiabierta^ como asustada. Ella no sabe historia; que á sa-- 238 berla, tengo la seguridad de que hubiera dicho como al final de los saínetes: — Ahora lo com- prendo todo. Ahora me explico por qué los es- pañoles se pasan la vida tirándose los trastos á la cabeza.
Algún hada benéfica me inspiró sin duda- el pensamiento de nombrar auxiliar ó pasante á mi criada, pues sin ésta no sé cómo me las com- pondría para salir del atolladero en que mi pai- sana me ha metido. Soy extremadamente torpe en asuntos de cocina, porque no le doy impor- tancia al acto, para otros tan importante, de comer; me conformo con cualquier cosa y de- testo los platos complicados, encubridores de secretos peligrosos. Si yo fuera gastrónomo, su- friría viendo el desorden culinario en que aquí se vive: en cuanto salen de* la cocina francesa ó afrancesada ó universal, puesto que en todas partes priva, caen en el salvajismo gastro- nómico.
Recordando el predicamento de que gozan ¿hí las ensaladas, he pedido una fórmula de ensalada finlandesa pura, y mi auxiliar ha he- cho la siguiente combinación: ensalada de le- chuga (que por cierto es más amarga que las tueras), picada muy gruesa; manteca derretida, vinagre, mostaza y azúcar en gran cantidad. Yo no me he atrevido á probar la horripilante amalgama: sería necesario forrarse antes con piel de oso el aparato digestivo. Esta cocina es demasiado fuerte para nuestros estómagos.
«39 «39 . Lo que se adquiere á más bajo precio es la carne (koet). Hay carne de vaca desde 70 cénti- mos el kilo; á 90 la mejor. Una gallina, un mar- co ó peseta. De diversos puntos de Rusia, envían pollos, conservados en hielo, más duros que ba-»- las de cañón. La mantequilla del país es exce-^ lente, y la manteca de cerdo ó «flott» se vende barata. La carne de cerdo tiene gran acepta- ción por lo mucho que llena y calienta. El pes- cado es endeble y soso: el que hace el gasto po- pular, al modo que en España la sardina^ es el «stroeming.» La leche (mjolk) es quizás lo me- jor del país, y cuesta á i5 ó 20 céntimos litro; la crema ó «graedda» la venden separadamente para el café. El pan es también muy barato, y en todas las mesas lo hay de tres clases: de tri- go, á imitación del francés ó del de Viena; de centeno, muy bien elaborado, y una especie de torta obscura, delgada y dura como una pie- dra. Lo más caro, y á veces imposible de en- contrar, son los vegetales: sólo abundan las pa- tatas, que son muy buenas, y que se venden por litros, como las manzanas y otros artículos análogos.
Con todos estos materiales bien se podría, creo yo, hacer algo-de provecho si hubiera finu- ra en los paladares; pero las mejores intenciones quedan anuladas por el empleo exagerado de los condimentos fuertes y de las salsas inopor- tunas. Si Churriguera se hubiera dedicado á la cocina (con lo cual la Arquitectura no hubiera 240 perdido gran cosa), hubiera sido un gran coci- nero al uso finlandés.
La única creación original de estos guisande- ros del Norte es el «smoergasbord,» literalmen- te remesa de cosas de manteca;» ó más claro, co- lección de entremeses útiles para abrir el ape- tito y á veces también para cerrarlo. En el «smoergasbord» figuran diversos embutidos y carnes saladas, pescados en conserva, ensaladas^ legumbres con varios aliños, amén de la man- teca dominadora y triunfante, cuyo papel es el auxiliar de la deglución. Una comida comienza siempre por el «smoergas:» señoras y caballeros- van á la mesa consabida, y de pie picotean en- todos aquellos platos, hasta que se sienten ya bien templados, acordes, para dar principio al concierto gastronómico; entonces se sientan á sus mesas respectivas, donde se les sirve la so- pa y demás platos del «menú» (ó minuta, para no disgustar á los buenos patriotas).
Pero no paran aquí los servicios del «smoer- gas:» fuera de las horas de comida, sirve como «tente en pie.» En muchos lugares de reunión» nocturna funciona continuamente la mesa de las^ chucherías, y todo el que quiere reparar sus fuer- zas puede acercarse y comer lo que se le antoje, mediante un tanto fijo: tres ó cuatro reales. En* las casas particulares es muy útil, porque existe la costumbre de dar de comer á los que van de- visita; de vez en cuando circula la bandeja con el té hirviente v los bizcochos, y cuando la hora 24( 24( avanza y el té no produce ya efecto, se pasa al comedor y cada cual se atraca de lo que más le gusta. En las estaciones de ferrocarril también nos encontramos la mesa mágica: llega uno, coge un plato y lo llena á su satisfacción. Hay quien mezcla una tajada de carne, un alón de pollo, compota, un pastel y pepinillos en vina- gre. Todo por un marco, y sin perjuicio de re- ventar si vienen mal dadas; pero no haya cui- dado, no revienta nadie. Cada país es heroico á su manera, y Finlandia tiene acaparado el he- roísmo más provechoso: el heroísmo estomacal. La cocina finlandesa es un teatro por horas; no hay en ella ninguna obra enérgica y contun- dente como nuestro cocido: todo se vuelve pie- zas en un acto, tontas ó insubstanciales, que comienzan por distraer, y concluyen por estra- gar el gusto y estropear el estómago de quien no está hecho á estos belenes.
iS XVII Cómo se divierten los finlandeses: diversiones populares.
Todos los pueblos tienen necesidad de diver- tirse, y todos se divierten; pero el modo de rea- lizar esta importante función es muy diverso. La vida material nos obliga á asimilarnos ele- mentos materiales; y la vida espiritual nos fuer- za á recoger impresiones que son buenas ó ma* las, agradables ó desagradables, según nos coge el cuerpo. Una planicie inmensa, nevada, dicen los estéticos que es un ejemplo de lo sublime •estático; una tempestad de nieve será ejemplo de lo sublime dinámico. Pues bien: yo vivo en medio de lo sublime estático; y han descargado ^obre mí varias sublimidades dinámicas, que me han puesto hecho una sopa, y pienso que los estéticos llevan razón donde no nieva ó nieva poco; aquí se equivocan, porque el empacho de nieve quita las ganas de emocionarse, y en- gendra un cansancio, un aburrimiento, que no tienen nada que ver con la sublimidad. Lo mis^ mo ocurre con lo bello, con lo gracioso, con lo 244 244 ridículo, con lo cómico, con lo jocoso, con lo burlesco ycon lo humorístico. Nada de eso existe en la realidad; todo está en nosotros. En Madrid cerraba yo mi balcón para no oir los organillos^ y la criada, «la chica,» los oía con delectación; aquí mi criada no les hace caso: soy yo quien paga y escucha. Mis ideas sobre los organillos no han cambiado; pero han cambiado mis im- presiones, y yo doy más importancia á mis im- presiones que á mis ideas.
Cuando algún observador superficial, puesr venga á Finlandia y note que el pueblo no se divierte, no se lleve de ligero, pues más tarde tendría que rectificar. Este pueblo se divierte^ sin duda alguna, porque tiene necesidad absolu- ta de hacerlo: si el observador no se entera de cómo y de cuándo esto ocurre, es porque no ob- serva con la profundidad correspondiente. Yo^ fui una vez á un baile popular, ^.un baile de criadas y de horteras,» y contra mi costumbre^'. fui con un acompañante. El baile estaba ame- nizado con intermedios cómicos, mimos y pa- yasadas, los cuales me hicieron recordar las es- tupideces de nuestros «jugueteros» clásicos. No he olvidado aún cierto juego granadino, al que sus autores llamaban «construcción de la Gi- ralda:» salían dos maestros de obras, embozados en sendas capas, á reconocer el terreno que de- jaban libre, los circunstantes sentados á la re- donda en la sala (que era de las de candil en vi- ga). Uno de los maestros, despojándose de su ^45 capa, procedía acto continuo á la medición y remedición del solar; y el «quid» del juego es- taba (muchos lectores deben saberlo) en que el medidor llevaba colgado por detrás uno de esos malaventurados recipientes, que las personas «cultas han convenido en llamar vasos de noche, y esgrimiéndolo hábilmente ponía á la concu- rrencia en el trance más apurado del mundo, y la obligaba, por último, á despejar la habitación y á ceder gratuitamente el terreno para que los constructores oudieran extenderse á sus anchas. Algo semejante á esto en fuerza y finura espiri- tual fué lo que yo vi en el baile finlandés: un barbero que enjabona á sus clientes con un es- cobón de rama; un caballero que hace beber :agua á su señora en una pileta, y mil payasadas por el estilo, sin olvidar á un orador político y isatírico perteneciente á la edad de piedra del arte oratorio. Cuando este tribuno de la plebe •estaba más engolfado en su petoración, mi acompañante me dijo que por él no había in- conveniente para marcharnos.— Deje usted to- davía un momento: esto me gusta — le contesté yo. — Yo he hecho la indicación — me replicó, — porque viendo que tenía usted las espaldas vuel- tas al escenario, me figuré que estaría usted aburrido. — Es porque para mí el espectáculo está en la cara de los espectadores— agregué yo. — El orador ese, ya he visto desde el co- mienzo que es uno de los hombres más desgra- ciados ó sin gracia que hay en nuestro Conti-- ,346 nente; pero lo que me entusiasma es la risa in- motivada é injustificada de los concurrentes; esa facultad preciosa de reír porque les da la gana^ quizás porque al comprar el billete se propu- sieran reir y están decididos á reir aunque no salga nadie á la escena.
Lo que se dice de este baile entiéndase de to- dos los demás. En un baile de máscaras no se va á dar broma: se va á comer y á beber...con disfraz.
En Carnaval la gente se divierte mucho. ¿Có - mo? A mí me dijo una señora: — No deje usted de ir hoya la Explanada (la «Esplanadgatau)»' es como si dijéramos la Carrera, el paseo cen- tral de la ciudad): verá usted qué bonito está aquello. — Di una vuelta por allí y estuve atasca- do un buen rato mientras pasaban unas carre- tas á modo de cantareros, dentro de las que iban metidos muchos hombres á modo de cán- taros. Pasé adelante, y no vi más; como lo que había que ver era lo que yo había visto. Aquí no se permiten máscaras por la calle, y la ju- ventud, que es fácil de contentar, se contenta con vestirse como los demás días, á condición de que les dejen desfilar dentro de unas cuantas carretas, ante los ojos atónitos de la muchedunv- bre, la cual es más fácil de contentar aún, pues se contenta con el tacto de codos. Debe notarse que aquí cierran los establecimientos los días festivos, y que en particular las tabernas se cie^ rran á diario á las seis de la tarde y no se abren 247 247 los días festivos ó en que hay aglomeración de gente; todo esto por mandato expreso de la ley, para evitar que la gente se ponga alegre, y, sin embargo, la gente, aunque no beba, ni fume, ni coma, se alegra sólo de mirarse y de ver oa- dear en calles y tejados vistosas y juguetonas banderas.
Si el Gobierno finlandés quisiera hacer feli- ces por completo á sus gobernados, no tendría que calentarse mucho los cascos: no tendría más que dejar libre la venta de bebidas alcohó- licas. Con sus restricciones tiene cortados los vuelos á estas gentes pacíficas, que no piden otra cosa que trabajar durante el día y olvidar sus penalidades durante la noche, con auxilio de ala- guna bebida fuerte que se suba pronto á la ca- beza. Con el sistema actual no hay diversión completa más que los sábados. El obrero sus- pende sus faenas el sábado por la tarde, y ape- nas cobra su jornal se dirige con la rapidez del rayo á la taberna más próxima, y antes de que la cierren ha bebido lo bastante para estar sin sentido hasta el lunes por la mañana en que ha de reanudar sus faenas. El deseo dé embriagar- se es tan concentrado, que si fuera posible re- primir la importación y la fabricación nacional de bebidas alcohólicas, cada ciudadano tendría en su casa un pequeño alambique para fabri- car alcohol por su cuenta y riesgo. El finlan- dés es muy ingenioso, muy pacienzudo, y, sobre todo, muy hábil para las manipulaciones que V.
248 V.
248 tienen una aplicación práctica: el campesino más ignorante sabe componer un aparato para destilar alcohol, y á pesar de su respeto á la ley, sabe burlar la ley si la ley no le deja el camino expedito para satisfacer su pasión predomi- nante.
Comparados con el deporte alcohólico, todos los demás deportes ó sports finlandeses pierden su importancia: sus juegos musculares, despro- vistos de gracia, son ejercicios tan seriamente practicados, que pierden sus atractivos si por acaso los tienen..
Natación, regatas, ciclismo, patinación y equi- tación, todo esto es cultivado á modo de am- pliación de la gimnasia. Muchp más poético es el baño, seguido de una sesión de masaje ó so- beo científico, porque por este sistema se con- sigue fortalecer la musculatura sin necesidad de incomodarse: suda uno la gota gorda, es ver- dad'; pero la suda sin moverse y con tanto gusto que á veces ocurre quedarse dormido en la ope- ración, soñando como deben de soñar los ni- ños de teta.
Y ya que' he hablado de patinación, voy á dar á conocer en España un género de patina- ción nuevo y curioso, que podrá ser practicado en Granada, si llega á cuajar mi proyecto de «Finlandia andaluza.» La nueva patinación es muy popular en el Norte de Finlandia, y en Ul- cabog, ciudad importante en lo alto del golfo de Botnia, hay todos los años carreras de velo- N.
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