SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

Page 2 of 16

Uno de los síntomas más característicos de la grave enfermedad que España padece — que es un gran atraso intelectual en todos los órdenes, —es, sin duda, la centralización de su vida, no ya política, sino literaria; fuera de Madrid y aparte de Barcelona, ninguna provincia tiene vida intelectual propia: si algún escritor asoma la cabeza, vegeta entre las columnas del perió- dico provinciano, el cual se considera feliz si tiene algunos cientos de lectores dentro del ra- 33 33 dio municipal. Y aunque el escritor tenga mé- rito y escriba algo — para lo cual, sin contar con público ni esperar recompensa, se necesita ver- dadera vocación, — si no quiere ó no puede pa- sar á recibir el bautismo del Manzanares y en- trar en el lugar que le corresponda del escalafón de aspirantes literarios, se quedará sin tener más lectores que su querida esposa, amigos y deudos; á no ser que la suerte le depare algún escritor madrileño de los de crédito y nota, que lo deccubra y presente diciéndole al público: «Aquí tienen á este caballero que escribe bas- tante bien y es novelista ó poeta.» Desde enton- ces ya se tiene nombre, y todo son facilidades; es más: ya tiene el presentado derecho á echar fuera todo lo que le parezca; ya no piensa en progresar, sino en mantenerse; no le preocupa la calidad, sino la cantidad; no piensa en lo que escribe, sino en producir para que el nombre no se olvide. Así se da el caso de esperanzas que no llegan á realidades; de frutos literarios que no maduran; de jóvenes que porque empezaron y recibieron el bautismo del primer aplauso en un género especial, creen que aquello es su de- finitiva especialidad, y no salen de ella si los pican: de ahí los amaneramientos, la insoporta- 3 34 3 34 ble monotonía, el prurito de acentuar la nota cada vez más, hasta que acabe en punta como un lápiz...No hace mucho tiempo, en una conferencia acerca del Regionalismo, trazaba á grandes rasgos, con su peculiar elocuencia, mi distin- guido amigo D. Francisco Seco de Lucena, los caracteres de la región granadina bajo un pun- to de vista general. No faltará quien se sorpren- da ó se sonría desdeñosamente — por lo poco di- vulgadas que están las ideas acerca de este asunto — al oir hablar de región granadina, cre- yendo, sin duda, que esa frase encierra sólo reivindicaciones históricas, tendencias emanci- padoras de partes del territorio nacional, ó por lo menos aspiraciones de autonomía en el orden político, administrativo ó económico; cierto que el regionalismo catalán y vasco van por ese camino; pero al hablar de región ha de en- tenderse una entidad del orden moral fundada en la naturaleza del terreno, en el clima, en la mezcla de las razas, etc., que se refiere esencial- mente á manifestaciones espirituales, al arte, á la literatura, al carácter de los individuos...Todo el mundo sabe que la ley de i833, que es- tableció el régimen provincial vigente, es imi- 35 35 tacíón francesa, y que con ella quisimos dividir el territorio nacional como un tablero de aje- drez, con arreglo al figurín francés, prescin- diendo de otras divisiones fundadas en vínculos históricos y morales. Claro es que los agrega- dos,.que componen lo que hoy llamamos na- ción, evolucionan y se transforman; pero el capricho del legislador y el convencionalismo no inñuyen para nada en esas modalidades de la vida colectiva, que surgen del cielo y del suelo con la misma espontaneidad que las ño- res, con su fecundidad de matices; los celajes, con la misteriosa variedad de su entonación, que dan al paisaje expresiones diversas, y las brisas, con el distinto halago de sus perfumes...Lo peor es que, hablando de Granada, nadie sabe — sobre todo en España — sino que es una provincia andaluza, donde está la Alhambra. Y como de Andalucía lo mejor es Sevilla, Cór- doba ó Málaga, ó sea manzanilla y sol brillan- te, algazara y ceceo en la conversación, exage- . ración y ruido de castañuelas, mujeres medio locas que cantan, con ojos negros y pañuelos de Manila, y hombres muy alegres y embus- teros, se tiene la misma idea ó poco menos de Oranada, olvidando que en ella se encuentran 36 36 la región de las nieves perpetuas y las montañas más altas, no ya de España, sino de Europa,. aparte del Mont Blanc; que es más húmeda y" fría que Galicia; que nada ha tenido que ver con el resto de España hasta hace poco, cosa de unos cuatro siglos, pues era árabe cuando los demás estados y provincias cristianas estaban ya viejas, y que los granadinos de hoy proce- demos principalmente de gallegos y catalanes^ mezclados con moros y judíos...Y que esto es científico lo prueban los curiosos datos de la notable obra El índice cefálico de España, del Sr. Olóriz. De modo que no tenemos semejan- za, ni etnográfica ni histórica, con el resto de España ni con Andalucía.

Lo granadino es, pues, distinto de lo que eni todas partes se entiende por andaluz: la nuestra es una Andalucía melancólica y poética, con violentos contrastes; con variedad tremenda de temperaturas, desde el cálido africano al fría glacial; con vitalidad desordenada é inútil, co- mo los torrentes que bajan de Sierra Nevada ^ ríos caudalosos, que á los pocos días se quedan secos...Todo esto se refleja en el carácter gra- nadino, cuya nota típica es la pereza, sin duda porque la humedad, la hermosura de los paisa- 37 37 jes y la fecundidad del suelo, desarrollan la so- ñolencia, el espíritu contemplativo y un refina- do egoísmo, ó también por la dosis que tenga- mos de sangre musulmana.

En cambio dfi este defecto capital, que Gani- vet señala y pone de relieve con precisión y gracejo en una de sus Cartas, tienen los poetas y escritores granadinos envidiabilísimas cuali- dades características, siendo, aunque graciosos, severos y profundos, sonoros y penetrantes, -como los ecos que repercuten en nuestras cafía^ •das; clarísimos y despejados, como nuestro am- biente; amenos y nutridos, como lo son en co- lores, vitalidad y contrastes nuestros maravi- llosos paisajes, y casi todos con dejos más ó menos pronunciados, de honda y poética me- lancolía, como si estuvieran empapados de la expresión delicadísima y de la dulce tristeza de nuestros soberanos crepúsculos.

Y que estas cualidades no son de ahora ni yo las he descubierto, pruébanlo los estudios críti- •cos, todavía inéditos, que tiene hechos mi que- rido amigo el inspirado poeta y Catedrático D. Miguel Gutiérrez, señalando los caracteres _y reclamando la independencia absoluta de la escuela poética granadina de todas las demás 3» 3» que florecieron en Andalucía y en España* Justo es, pues, que como granadinos hayamos insistido en esto, y que en los méritos literarios de Ganivet veamos algo propio, formado ei> nuestra tierra, tan olvidada hoy por desgracia; y que conste que. aun cuando nuestro paisano escriba en Rusia y posea una vasta erudición cosmopolita — como antes dije, — su alma esgra* nadina por los cuatro costados, y su estilo po- see las peculiares condiciones de nuestros más relevantes escritores, que se deben á la tierra donde se nace y se reciben las primeras y más fecundas impresiones.

De esta condición de granadino estoy segura que no solamente no ha de protestar, sino que ha de enorgullecerle en extremo: aquí viene á bañarse en la luz v calor de su ciudad nataK en todas las licencias que reglamentariamente puede utilizar en su carrera; aquí tiene sus me- jores amigos, sus admiradores más desinteresa- dos y sus afecciones más puras. Para Granada y todo de Granada fué su primer libro: él nos consagra todos sus trabajos, que escribe siem- pre pensando en Granada; y teniendo abiertas las puertas de los periódicos de mayor circula- ción de Madrid— como á mí me consta, — pre- 39 ^ fiere publicar sus interesantísimos estudios en la prensa granadina.

El año anterior pasó aquí el verano, y en lu- gar de descansar y recrearse, nos metió en la empresa de escribir un libro ó anuario que lle- gara á ser, como ocurre en otras capitales del extranjero, el resumen de la vida intelectual de la ciudad: tropezó con nuestra idiosincrasia, que es la inacción, y nuestra pereza, que es es- tupenda; pero el primer ensayo del Libro de Granada se ha hecho: lo han ilustrado los ar- tistas granadinos más distinguidos, y pronto ve- rá la luz pública; y en aquellos días calurosísi- mos de nuestro verano, con 36 grados de tem- peratura, aprovechando sus vacaciones consu- lares, nos hizo andar de cabeza, con la vista puesta en una cosa tan simpática como el rena- cimiento intelectual de Granada.

Soy pesimista por temperamento, y no fío nada en lo que vaya contra la inagotable pereza granadina; pero si la idea de Ganivet — que des- de que él se fué ha ido marchando con la lenti- tud de una estratificación geológica — cuajara para en adelante; si el Libro de Granada fuera como él nos decía, un palenque abierto á todas las tentativas intelectuales de nuestra región, I 1 40 I 1 40 donde cupieran todos los esfuerzos de produc- ción literaria y científica, desde la medicina y la física hasta la poesía; una fe de vida de que Granada, la ciudad de la Alhambra y de los Re- yes Católicos, no ha muerto, sino que su p2n- samiento alienta y vive y ha de vivir, para ser, como lo fué á principios de siglo, la más culta de España, se habría realizado un progreso, una mejora para Granada, más positiva y fecunda que todas las que pregona la parva de nuestros ediles y políticos.

Para tomarle cariño á Ganivet y gustar desu trato, es menester ser un poco benévolo y algo despreocupado.

Todavía me acuerdo de la presentación que mi primo Diego Marín y yo hicimos de Gani- vet al notable poeta y diplomático mexicana Francisco Icaza. Es éste, por razón de su cargo y por temperamento, uno de los hombres más elegantes y correctos que he conocido, y al pre- sentarle á Ganivet, de quien ya le habíamos ha- blado con gran encomio, y que por entonces acababa de obtener en brillantísimos ejercicios el 41 41 número uno de las oposiciones á la carrera con- sular, y verlo con la pelambrera gitanesca que tenía y todavía conserva, con su traje de alma- cén, facha desgarbada, los movimientos aturdí- dos y la palabra escasa y poco expresiva, puso el atildado diplomático un gesto de sorpresa y repulsión, que á nosotros, que estábamos en el secreto y esperábamos aquel efecto, nos dio lue- go no poco que reír. Y lo peor fué que costó no poco trabajo convencerlo de que Ganivet tenía talento debajo de su apariencia de jayán.

La verdad es que su tipo físico es extraño: lar- go de brazos y piernas, ancho de pecho, con el rostro feúcho, los ojos claros, una mirada que resbala, como si no viera nada por encima de los objetos, fría como la de un saurio, pero que al fijarse llega hasta el fondo, agujerea como un berbiquí; la cabeza, con la frente abultada y es- paciosa y la nariz un tanto achatada, tiene cier- ta apariencia de antropoide gigantesco.

Cuesta trabajo creer que hombre de aspecto tan esquivo tenga corazón de niño y un trato dulce y ameno como pocos. Le gusta hablar, pero no es comunicativo sino con quien tiene gran confianza; oye siempre con mucha aten- ción cuanto se le dice; al final mira á su ínter- 42 42 locutor, con mirada inquisitiva y desconcerta- dora, como si quisiera enterarse de lo que oye, más que por las palabras, por el reflejo del es- píritu en los ojos, y cierra la conversación con apreciaciones de una lógica violenta, ó con fra- ses concisas y categóricas.

Carácter franco, no conoce ninguna hipocre- sía social; jamás disimula sus pensamientos, ni procura agradar á nadie; casi siempre ha anda- do solo y con pocos amigos; no es un misántro- po, y, sin embargo, se ha pasado lo mejor de su juventud en uii aislamiento espantoso.

Primero en Madrid, donde fué á hacerse doc- tor, por duplicado, en Derecho y en Filosofía y Letras, y de paso oposiciones al Cuerpo faculta- tivo de Archiveros, al que ha pertenecido. Su carácter activo no pudo avenirse con esta hu- milde carrera de pergamino, con esta profesión que tiene algo de la perezosa laboriosidad de la polilla, y saltó de ella bien pronto á la carrera consular, donde le llevó el azar de las circuns- tancias más bien que una elección meditada; pero viniendo á dar al cabo en la carrera que mejor convenía á la independencia de su carác- ter, y la más favorable para su desarrollo inte- lectual, pues le ha obligado á recorrer á Europa, 43 43 á ponerse en contacto con las naciones más cul- tas, é ir recogiendo un caudal inapreciable de observaciones y estudios. Siguió su soledad en Amberes, donde, aparte de las horas de oficina, hacía una vida cenobítica, encerrado siempre en su casa y dándose unos tártagos de estudiar como para él solo: con decir que obtuvo permi- so para ir sacando á su domicilio los libros de la Biblioteca de la ciudad y se la leyó entera, está dicho todo; también, para distraerse en su sole- ad consular, compró un piano y se dedicó á aprender música sin maestro.

Trasladado con ascenso á Helsingfors, una de las ciudades más septentrionales de Europa, allí ha vivido hasta ahora, escondido entre nieves como un oso blanco, y teniendo, para comuni- carse con aquellos semejantes tan desemejantes de él, que al fin es un temperamento meridio- nal, que «hacerse el sueco,» el ruso y el finlan- dés, y adaptarse á costumbres tan exóticas como las que nos describe en sus Cartas.

Sin importarle un comino el frío, ni el hielo, ni la ausencia, ni otras cosas de esas que á los mortales acongojan, se dedicó á estudiar y á es- cribir sin esperanza de lucro, ni de gloria, ni de nada. En Helsingfors ha escrito todos sus libros.

44 excepto los artículos Granada la bel la ^ que re- mitió á £*/ Dejensor desde Amberes, en 1896. Ahora acaba de ser trasladado á Riga (la ciu- dad más comercial de Rusia en el Báltico), y al participármelo en su última carta, me dice: «Ya os diré si aquello es mejor que esto, para traba- jar se entiende, pues para vivir todo el mundo es igual para mí.»

Además de los libros de que hemos hablado; de la novela en tres tomos, que tiene en prensa; de la comedia de costumbres andaluzas que anuncia; de la continuación de la importante serie de estudios críticos de escritores rusos, da- neses y suecos, titulada Hombres del Norte, y de otros trabajos y proyectos, ha escrito, en france's, un cajón entero de delicadísimas poe- sías, no diré si parnasianas ó simbolistas, mas sí con dejos á lo Heredia y toques á lo Ver- laine.

Con Navarro Ledesma (otro joven excepcio- nal ó excepción de jóvenes, hoy Catedrático del Instituto de San Isidro y muy estimado en la prensa de Madrid por su erudición y buen gus- to literario) sostiene Ganivet, desde hace tiem- po, una correspondencia esotérica, que contiene ideas y bellezas para varios libros. También 45 45 tengo la satisfacción de participar algunas veces de esta información psicológica de nuestro pai- sano, y en sus cartas, que de buena gana publi- caría si no fiíera un abuso de confianza, se ven rápidas síntesis de lecturas, que para cualquier ciudadano suponen años de estar con los codos pegados á la mesa; juicios originalísimos d*apré$ nature, una filosofía extraña y nueva, y unos vuelos de pensamiento, á cuyo lado, los de mu- chos escritores en activo servicio, parecerían vuelos de murciélagos. Esto que digo lo creerá alguien exageraciones de la amistad; pero no se- rán sólo aprensiones de amigo, cuando una re- vista madrileña (¡siempre el regium exequátur de Madrid!) ha publicado su biografía y su re- trato; cuando lo citan ya en aquella prensa, con gran encomio, escritores tan exigentes como Pi- cón y Unamunó, y ¡qué más! (pues para mí esto es el colmo de lo admirable) cuando es ca- paz de sorberse un tomo en un rato, y traduce la litada sin tropezones (del texto griego, S2 entiende) á los amigos de café.

Sin embargo, con tener una inteligencia tan clara (aunque á veces extraviada por carecer de criterio fijo) y una memoria pasmosa, 1q que más sobresale en él es su voluntad de hierro^ 40 En el banquete con que en Junio del año pasado le obsequiamos en la Alhambra sus ami- gos, quise, á los brindis, poner de relieve esta virtud de nuestro paisano, que es de las que más me seducen en los hombres, tal vez por ^er la que menos poseo; y de tal manera debí insistir en ello, que di lugar á que mi querido amigo Matías Méndez me interrumpiera con su chispeante ingenio en lo mejor de mi discurso, diciéndome: «Niño, pasa ya á otra potencia.)^ Véome ahora otra vez obligado á abordar el tema que entonces dejé pendiente, pues por su- cesos de la vida privada de que he sido testigo, y por lo que dice su hasta ahora corta biografía, me atrevo á afirmar que todo lo que ha hecho y hará en adelante nuestro paisano Ganivet, lo debe, más que á otras cualidades, al esfuerzo de 5U poderosa voluntad.

Hay que recordar su vida para apreciar toda la fibra de su temperamento. Huérfano de padre desde muy pequeño, debe á las nobles cualida- des y al ejemplo heroico de su madre los pri- meros arranques de su alma.

Desde niño aprendió á tratarse sin miramien- tos con la naturaleza; jugaba como un pequeño titán; los ribazos frescos del río, el huerto escon- 47 dido entre los álamos blancos, fueron el pri- mer campo de sus operaciones; sus recreos in- fantiles, obras de ingeniería y de destreza.

Recuerdo un episodio de la infancia que él me contó hace tiempo.

Un día se subió á la rama más alta de una higuera para cortarla, pues sombreaba dema- siado el jardín; resbaló sobre el escueto tronco, y vino á tierra. Allí quedó sin sentido, con la carne magullada y el hueso de una pierna he- cho astillas. Estuvo sesenta días en el lecho, en- tre la vida y la muerte, sufriendo horribles do- lores. Los médicos quisieron amputarle aquel miembro podrido, en el que empezó á formarse la gangrena; pero como esperaban que había de morirse de un momento á otro, desistieron de la operación. Al cabo de tantos días de tormen- to, que había soportado sin quejarse, pensó que era menester morirse ó curarse, y decidió vivir, «on tal energía, que empezó á mejorar, y con asombro de todos, antes de lo que nadie pudie- ra imaginar, maravillosamente, tuvo su pierna curada.

En Madrid lo vi yo con una enfermedad bas-, tante grave; sin embargo, salía á la calle, estu- diaba y hacía la vida acostumbrada. Daba mié- 48 do verlo: presentósele la ictericia; parecía un cadáver andando; tan malo era su aspecto, que estando en una barbería, el barbero, creyendo que se le moría en las manos, le aconsejó que se retirara á su casa, dándole de caridad una copa de Jerez. A los pocos días, con ictericia y todo, se examinó de cinco asignaturas, como alumno libre, y se doctoró en Derecho.

Cuando ganó las oposiciones tenía que ir por la mañana al bufete de un abogado, subir va- rias veces á su casa, que tenía 104 escalones, ir ala oficina, dedicarse á trabajos particulares^ estudiar alemán, historia de los tratados, histo- ria política, comercio, tarifas, además de asis- tir al Ateneo por las noches.

Otro día, para mí memorable, me lo encuen- tro en Granada en los toros del día del Corpus,, recién llegado de Madrid, de donde había venida á despedirse de la familia: dimos un paseo enor- me; estuvimos en la Alhambra, en el café; cuan- do nos separamos, ya tarde, y yo, extenuado, no me podía tener de pie, me dice con la ma- yor naturalidad: «Quédate con Dios; voy á ha- cer la maleta, y esta madrugada salgo para Am- beres: no puedo perder un día.» ¡Y eran seis de ferrocarril!

49 49 Quien tiene resistencia fisiológica y espiritual para leer los trabajos más penosos, y voluntad bastante para hacer funcionar sin descanso á la inteligencia, no es extraño que consiga del es- tudio los frutos más peregrinos. Si el lector se fija en el contenido de las Cartas XI y XX ^ comprenderá el trabajo que supone extractar en sencillas y cortas páginas el contenido de libros tan voluminosos como el del Dr. Lundgren,*" y la interminable epopeya del Kalevala, que por añadidura están escritas en idioma sueco, cuan- do, aun escrita en castellano mondo y lirondo, no habría un cristiano que le metiera el diente. Lo mismo digo de los estudios críticos Hombres del Norte: cada uno de esos articulitos supone el trabajo de haberse leído diez ó doce tomos de obras que ni siquiera están traducidas al fran- cés; en el de Ibsen, que es notable, puede verse que Ganivet se ha echado entre pecho y espalda todas las obras del célebre escritor noruego; porque él no es como esos autorizados críticos que se dan tono, citando nombres extranjeros y emitiendo juicios, que copian de la sección bibliográfica de las revistas francesas.

Recien instalado en Amberes, se propuso, con un interés que nunca le agradeceré bastante, 4 50 estimularme en mis aficiones literarias, como hace constantemente, y de vez en cuando me re- mitía un paquete de libros y otro de periódicos. En una de las remesas vinieron las obras com- pletas de Racine en dos tomos imponentes, á dos columnas de letra microscópica: ver yo aquello y entrarme verdadero pánico, fué una misma cosa, sobre todo al leer su carta, en la que me decía: «Espero tu opinión sobre Racine: aunque hoy tenga poco interés, merece leerse; las tragedias, etc., etc.» Yo, que había procu- rado con docilidad perfecta ir leyendo algo de lo que me enviaba, al llegar á este punto pensé que aquello no iba conmigo, y me quedé estan- cado en Racine hasta hoy...* * Ganivet no ha tenido propiamente juventud. Creo que desde que tiene uso de razón ha pasa- do los días peregrineando por los libros y por mundos imaginarios. Este tesón para el estudio en días en que nadie estudia, es sobre toda pon- deración digno de encomio.

Todo el problema de nuestra decadencia na- 5i cional consiste, á mi ver, en que naáie estudia una palabra. Se quiere recoger sin labrar. Y como no se cultiva el espíritu, todo es miseria, miseria moral y de bolsillo.

Hace algún tiempo que la prensa de París, en el afán de los interview y de la información, realizó una muy interesante, que fué explorar el estado intelectual y moral de la juventud al final del siglo. Fueron consultados no pocos jó- venes auténticos de los que por allí empiezan á asomar la cabeza eñ el mundo de las letras y en los demás mundos, y resultaron las opinio- nes más peregrinas, los juicios más chocantes y las más contradictorias ideas, y ninguna muy halagüeña. Unos dijeron que la juventud estaba corrompida hasta la médula, otros que era com- pletamente escéptica ó del todo materialista, y no pocos que, hastiada del progreso, volvía los ojos al pasado, ó que estaba inñuída por el sim- bolismo, el misticismo, el neurosismo y todos los ismoz imaginables. La cuestión, como todo lo parisién, Aa//rf eco en Madrid, y Ze¿/a, Clarín^ Cavia y algunos más publicaron sendos artícu- los, muy bordados de ingeniosidades y discretas razones. Resultado: que nuestra juventud apare- cía en crisis de ideales, sin pizca de entusiasmos 5» 5» por nada, falta de moralidad, y gastando en las malas artes de la política ó del foro la poca 6 mucha sindéresis que había heredado de la ge- neración moribunda. Sin embargo, ciertos de estos escritores apuntaban indicios de regenera- ción, atribuyendo el espíritu decaído de los jó-" venes á ser la nuestra época de transición, en que las ideas dominantes han perdido su crédito y las nuevas no se han cliajado. Zeda decía en su elocuente artículo: «Ciertamente el espirita práctico, lan exten- dido en nuestro tiempo, agosta prematuramente las ilusiones juveniles. Lo vemos claramente en todo: en el joven que se lanza á la política, tan falto de abnegación y patriotismo, como sobra- do de ambiciones y codicia; en el aspirante á literato, que, en vez de dar grave empleo á su talento, lisonjea los gustos del vulgo, adulándole con librejos insulsos ó farsas indecentes; en el abogado recién salido de las aulas, que apetece^ más que las victorias del foro, el salario de la oficina; en el candidato á profesor, que anda á caza de influencias y no en busca de conoci- mientos; en el condottiero del periodismo, que combate hoy lo que ayer defendía; en la tropa de vividores, cuyo ideal se reduce á conquistai: 53 53 la dote de uña rica heredera ó el favor de un suegro minhtrable,» Y venía á concluir diciendo: «¡Quién sabe! Vivimos en una especie de in- vierno: la vista se fatiga contemplando por to- das partes agotamiento, esterilidad y tristeza; mas debajo de ese hielo se agitan gérmenes fe- cundos...Confiemos en el porvenir. Y nosotros, los que vivimos entre una sociedad que acaba y otra que quiere nacer, no pongamos obstáculos á la generación nueva: facilitémosle sus cami- nos; abrámosle todas las puertas, y busquemos en ella lo que ya no puede darnos la generación <]ue se extingue.»

También publicó otro trabajo interesante, acerca de la juventud intelectual española, I>on Miguel de Unamuno, de quien ya hemos ha- blado.

El cuadro de Unamuno es completamente obs- curo. Madrid para él es un Sahara del pensa- miento, donde se agita una juventud estéril y envejecida, caracterizada por la ideofobtUy el horror á las ideas.

Lo peor de estos juicios pesimistas es que son verdaderos; si bien estos respetables escritora se limitan á consignar el hecho, prescindiendo 5í» de determinar bien su causa, y mucho menos de señalar el remedio, ó sea la profilaxis y cura- ción de la enfermedad. Pues ya atenúan lo amargo con dulces y eclécticas palabras, como- hizo Zedüy y ya, como ahora Unamuno, poseí- dos del vértigo iconaclasta, la emprenden á cin- tarazos con los jóvenes del día, como D. Qui- jote con los muñecos de maese Pedro.

La verdad es que, sin ser llorones Ermegun- cios, da grima de ver lo que hacen en España los jóvenes. La mitad de ellos estudian para abogados, y la otra mitad...no estudian. Aquí,, desde que se hace la primera matrícula, se está pensando en la credencial. De cien jóvenes qui- zás no habrá uno que ame el estudio por saber^ sino por cobrar; no se consulta la vocación,. sino la boca; muchos eligen la carrera militar porque se cobra en seguida, y la de abogada porque tiene más colocaciones. Sólo en Granada salieron en Junio setenta abogados: poniendo* otro tanto en las diez Universidades que tene- mos, son setecientos inútiles anuales, que han de vivir á costa del prójimo, con rumbo de se- ñoritos.

Luego todo son quejas y lamentos: los perió- dicos ponen el grito en el cielo; todo es impre- 55 visión y desaciertos, inmoralidad y decadencia, y de todo, al cabo, le echan la culpa al Gobierno, olvidando, como dijo Donoso Cortés, que «cada país tiene el Gobierno que merece;» y nosotros merecemos por nuestra desaplicación estar hin- cados de rodillas y con el cartel de burro á la espalda.

.1c * Me he extendido demasiado, abusando tal vez del honroso encargo de encabezar esta edición de las Cartas finlandesas, con alguna explica- ción que fuera testimonio del afecto que sus amigos profesan al autor.

Por lo que me haya excedido, pido mil perdo- nes á los que me designaron para esta grata mi- sión; pero no quiero terminar sin hacer una salvedad. En lo que haya en mis desaliñadas lineas de simpatía por nuestro paisano, supon- go, con sobradísima, razón, que han de estar conformes todos los que han contribuido á cos- tear los gastos de la presente obra; en lo demás que este prólogo contiene de observaciones crí- ticas y de juicios personales, cúmpleme decla- rar, aunque se cae de su peso, que aquellos se- 56 56 ñores no se hacen solidarios de ellas, y cada cual pensará de Ganivet y de sus libros lo que mejor le pareciere. Esta aclaración siempre en su lugar es aquí necesaria, pues la sinceridad me fuerza á decir que las obras de Ganivet son muy discutibles y discutidas, y que ni su perso- nalidad literaria ni sus ideas están formadas: de aquí que algunos esperen de él lo que tal vez no haya de dar, dejándolos, á pesar de las esperan- zas fundadas en sus méritos, completamente des- ilusionados; de aquí que en tanto que algunos, por las ideas que apunta en sus libros, lo crean completamente extraviado y como un escritor peligroso que va desbocado y ciego por muy ma- los caminos, otros, fundados también en ideas de sus libros, crean que va por camino real.

Lo que sí parece indudable es que en las ideas de Ganivet no se ha verificado todavía ese trabajo de integración, de unidad, que hay de- recho á exigir siempre en quien trate de influir en la opinión.

Su obra más completa, bajo este punto de vista, y por lo mismo más inteligible, es Gra- nada la bella; en el Idearium, como ya diji- mos, el caudal de ideas es abundantísimo, pro- duciendo su contraste alguna obscuridad; las 57 Cartas finlandesas y los Hombres del Norte, que se están publicando, son vibrantes estudios de|Cr{líca: si alguna vez asoma un pensamiento disonante ó burlón, es en seguida neutralizado con otros amables y profundos; en sus poesías francesas y en algunas castellanas, insertas en el Libro de Granada, aparece una nota nueva y diferente de la de sus libros: la nota amorosa, íntima, con dejos de postración espiritual, de esa soñadora melancolía, que hoy llaman mis- ticismo; en su importante novela La conquista del reino de Maya, y quizás en Los trabajos, nos presenta un tipo sombrío é indescifrable, dominado por ideas irreligiosas y antihumanita- rias, y lo que es peor aún, mezcladas con una filosofía anárquica y transcendental, que por lo que tienen de serio y por presentarlas como creaciones espirituales de algo que pertenece al porvenir, producen pavura y desconsuelo.

En suma: de los varios matices de Ganivet y de sus ideas contradictorias, sentiríamos que si- guiera los rumbos de la novela amazacotada y exótica, impregnada de ideas panteístas ó de pe- simista estoicismo, tal vez recogido en lecturas cosmopolitas, en las literaturas patológicas del Norte, en escritores locos como el alemán Feír 58 derico Nietzscheó el belga Ma!:rice Maeterlinck, cuyo esplritualismo nihilista disloca el pensa- miento y ahoga el corazón; nos parecería que se perdía, que se alejaba espiritualmente de nos- otros, de nuestro cielo riente con el color de la esperanza, de nuestra tierra que guarda en su seno fogosidad bastante para dar calor maternal á todos los gérmenes fecundos de nuestras ideas y creencias, que si no tienen el virtuoso atavía de la novedad, poseen el luminoso atractivo de las supremas afirmaciones. '