SigPhi · Angel Ganivet

El escultor de su alma (drama mistico)

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= 19 = Este es solo uno de los puntos de vista de la ori- ginalísima Estética urbana que aplicando los prin- cipios del sentido común á su amadísima ciudad, creó Ganivet en Granada la bella. La cuestión del •alumbrado y la limpieza, la del agua, la de la edu- cación popular, la del arte, en sus diversos aspectos, y con especialidad en sus relaciones con la naturale- za, la casa, los monumentos y la mujer, forman la gradación admirable que eleva en cada capítulo el interés de Granada la bella, que es la obra de un artista, un filósofo y un buen granadino, hecha de una pieza, como vulgarmente se dice, escrita á vue- la pluma en dos semanas, y apesar de ello, brillante y tersa de estilo, cuajada de pensamientos felices, y tratando por primera vez, al menos en España, cuestiones importantísimas de la más diversa índole; pero todas relacionadas íntimamente, como una de tantas fases de la ley universal de armonía, que se muestra así en los dominios de lo meramente ideoló- gico, como en la naturaleza, en la vida individual como en la vida colectiva.

Granada la bella no es solo una «Estética urba- na» es también un ensayo felicísimo de una ciencia que ahora empieza á mostrarse con caractéres pro- pios y á recoger en un sistema de doctrinas sus ma- teriales antes dispersos, la Psicología colectiva. Ese ensayo, lo aplicó Ganivet á lo que él más directa- mente tenía experimentado, su ciudad natal, y pue- de afirmarse que Granada la bella es el más com- pleto y fino análisis del carácter granadino. Aunque las cuestiones se encuentran solo esbozadas á pin- celada larga, en este libro hay materiales sobrados para una construcción científica de excepcional im- = 20 = portañola y extraordinario desarrollo, que segura- mente formaba uno de los planes de producción fu- tura que se proponía Ganivet.

* * Poco más de un año después, á principios del ve- rano de 1897, llegó á Granada, con el autor, un nuevo libro. Era este La Conquista del Reino de Maya que inicia el ciclo importantísimo de obras en que figura Pió Cid. El primer efecto que produjo La conquista entre los literatos granadinos fué de estupor: Ganivet había dado un salto inmenso, que á muchos pareció salto en las tinieblas.

Sin embargo, y aunque á primera vista no lo pa- rezca, tal vez la génesis de La conquista se pueda descubrir en (¡ranada la bella. El objeto del estu- dio del autor en las dos obras, es el mismo, la po- blación. Pió Cid, con todos sus caracteres extraor- dinarios y sus no menos extraordinarias aventuras, dista mucho de ser el protagonista de La conquista; su influencia sobre los negros del Africa Oriental, entre cuyos lagos se supone el fantástico reino de Maya, se basa exclusivamente en sus dotes de adap- tabilidad y merced á ellas, explotando hábilmente el medio donde actúa, gracias á su cultura superior de europeo, Pío Cid va moldeando la masa; pero esta es en realidad la que se mueve, y la que con sus ex- trañas contorsiones de pueblo infantil que va poco á poco avanzando por él camino del progreso, teje la interesante y complicadísima trama de esta nove- la, que bajo la forma de narración de viaje encubre un tratado de Psicología de las multitudes, una crí- tica despiadada de muchos oropeles á que llamamos = 21 = civilización los europeos, y á la vez un sistema com- pleto, dentro de la reducida extensión de la obra, de lo que antes se denominaba colonización y conquista y hoy disfrazamos con las palabras penetración é in- fluencia.

Está ya bastante vulgarizada la idea de que los héroes tradicionales á que la historia primitiva de los pueblos atribuye las grandes hazañas por cuyo influjo las tribus llegaran á constituir la ciudad y las ciudades otros organismos más perfectos, no son si- no símbolos; y sus trabajos heroicos, la forma plás- tica, fácilmente trasmisible á las generaciones fu- turas, de los grandes esfuerzos colectivos, realizados por muchos hombres y en el trascurso de muchos años y aun siglos para ir consiguiendo estfados polí- ticos y sociales más perfectos. Un desarrollo de esta idea en forma novelesca es La conquista. Pió Cid es el símbolo de la evolución del pueblo Maya, y á afir- marme más sólidamente en esta opinión contribuye en primer término la extraña forma en que se verifica su aparición entre los negros, y la candidez, con que estos se apresuran á ungirlo con los prestigios de lo sobrenatural, y á exparcir por todos los ámbitos de la nación maya la nueva estupenda de la resurrec- ción milagrosa del elocuente Arimí, y su regreso de las sombrías regiones de Rubango, ó reino de la muerte.

Así como en Granada ¡a bella se estudia el alma colectiva de un estado social superior, relativamente perfecto y en reposo, en La Conquista el estudio se refiere á una sociedad rudimentaria, que da los primeros pasos y en la cual se ha iniciado el movi- miento evolutivo. En esto se encuentra á la vez = 22 = la razón de las concomitancias y ele las enormes dis- paridades de las dos obras á que me refiero: el fondo es el mismo; pero lo circunstancial es tan diferente como lo fueron las tribus nómadas de las nacionali- dades modernas.

En La Conquista hay mucho que estudiar: insti- tuciones respetabilísimas aparecen en ella puestas en solfa ele una manera despiadada. El lector que solo sepa arañar la corteza del libro recibirá una impresión desconsoladora. Quien logre elevarse sobre sus preocupaciones, hallará en él mucho bueno y en- contrará lecciones admirables sobre el justo valor de algunas cosas, que. presentadas completamente en cueros como las presenta Ganivet, descienden desde las' alturas de grandeza á que las ha elevado la rutina, á los abismos de ridiculez en que -quizás se halle su verdadero lugar. Díganlo si' nó, la famosa danza de los uagangas, crítica sañuda del parlamen- tarismo, y la invención de los rujús disección habi- lísima de las instituciones ele crédito.

La conquista concluye con el Sueño de Pío Cid, página hermosísima que quita el amargor de boca y es en pocas palabras una reivindicación completa de nuestros calumniados conquistadores y colonizado- res. Pío Cid, vuelto á España, hállase paseando á las altas horas de la noche en uno ele los patios del Escorial. Vencido de cansancio tiene una visión: es la sombra de Hernán Cortés que se le acerca fami- liarmente, y como antiguo conocido le saluda, insti- gándole á que publique la historia de sus aventuras en Maya.

— «¿A qué bueno pueelen servir esos descubri- mientos y esas conquistas, que no traen consigo nin- = 23 = gún provecho? — dice Pío Cid. Y la sombra de Cortés le replica: — «¿Y en qué libro está escrito que las conquis- tas deban producir provecho á los conquistadores? ¿Qué utilidad trajeron á España las grandes y glo- riosas conquistas de todos conocidas y celebradas? Ellas se llevaron nuestra sangre y nuestra vida á cambio de humo de gloria. ¿Qué significa ni qué vale un siglo, dos ó cuatro de dominación real, si al cabo todo se desvanece y el más noble viene á quedar el más abatido y el más calumniado? Quizás nuestra Patria hubiera sido más dichosa si reserván- dose la pura gloria de sus heroicas empresas hubiera dejado á otras gentes más prácticas la misión de po- blar las tierras descubiertas y conquistadas y el cui- dado de todos los bajos menesteres de la coloniza- ción. Por esto tu conquista me parece más admi- rable. No será útil á España ni debe serlo; pero es gloriosa y no ha exigido dispendios que en nuestra pobreza no podríamos soportar. Los grandes pueblos y los grandes hombres pobres han sido, son y serán; y las empresas más grandiosas son aquellas en que no interviene el dinero, en que los gastos recaen ex- clusivamente sobre el cerebro y el corazón».

Quien tan hermosos conceptos puso en labios del legendario conquistador que habla en las lí- neas copiadas como hablar pudiera, al personificar- se en un hombre, el espíritu de la raza, era no solo un filósofo genial y un escritor ilustre; era algo más noble; era un alma justiciera y un gran español.

* * En este terreno del patriotismo, aquilatado por las largas ausencias de su país, la percepción direc- = 2± = ta de la vida en el extrangero, y la comparación entre las cosas de sn patria y la de otras naciones, Ganivet alcanza sn mayor altura. Tocó de cerca mu- cho de lo que á nuestros ojos, y por razón de pers- pectiva se nos antoja maravilla, y lo encontró burdo y tosco, como telón de teatro; por una reacción na- tural de su espíritu recordó entonces la historia, las instituciones y el carácter de su patria, y las vió en su verdadero valor; ni tan bellas como durante si- glos nos las ha presentado un optimismo ciego, ni tan deformes y tristes como los modernos Jeremías las ven ahora, al dar como inevitable en fecha muy cercana la ruina y destrucción de nuestra nacionali- dad.

Ausente de su país, el fondo imborrable de españo- lismo que atesoraba el granadino ilustre adquirió ma- yor relieve; estudió para' su patria y para el honor' de su patria como obrero incansable; y más español cuanto más lejos de España le empujaba el destino,, escribió la obra más consoladora, y de más noble hermosura, de más sano patriotismo y de más eleva- da filosofía política que se ha publicado durante el último siglo en nuestro país.

Esta obra es el Idearium español, libro que en poco más de ochenta hojas contiene la sustancia de cente- nares de volúmenes. La índole de las materias que contiene, la concisión conque están expuestas,. pues el Idearium es un compendio cuyo desarrollo aplazó el autor para más tarde, hacen dificilísimo dar idea de esta obra. Sin embargo, de estas dificultades, he aquí un extracto de extractos, una especie de quin- ta esencia del bellísimo libro.

Considerando la nación española como un gran ser que vive en la Historia, dedica el autor la primera parte de su libro á analizar el espíritu nacional en todas sus fases: espíritu religioso, espíritu territo- rial, espíritu militar, espíritu jurídico, espíritu artís- tico; y del estudio de estas fases, que el autor expli- ca llevando la convicción al ánimo de quien lo lee, pasa á examinar el desarrollo histórico de la nación y demuestra cómo por un extravio de las aptitudes naturales de nuestro espíritu, independiente y de resistencia como definidamente peninsular, pero con- trario al ideal conquistador que su territorio impone á los países continentales, España se lanza á la con- quista y realiza una expansión militar como no se conoce otra en la Historia, abarcando con sus únicas fuerzas todo el mundo, y semejando, por ello nues- tra política internacional en la Edad Moderna, una* rosa de los vientos.

No correspondía ni á nuestras aptitudes ni á nues- tras fuerzas obra tan colosal, lograda á costa del empobrecimiento de nuestra vida interior y propia- mente nacional que debe tener su asiento en la pe- nínsula, y tras la expansión vino la decadencia re- presentada en un largo Calvario de cuatro siglos, que se inicia apenas llegado el apogeo de nuestro poderío con el descubrimiento y la conquista de América. Extraviado en esta forma el rumbo histó- rico de la nacionalidad, se pierden unas aptitudes y otras no llegan á su completo desarrollo como ocurre en el arte español cuyo siglo de oro, es solamen- te un anuncio de lo que hubiera sido el genio nacio- nal desarrollándose en su propia y natural esfera.

España agobiada bajo el peso de sus grandezas llega á la época presente debilitada y empobrecida; = 26 = apenas puede sostener el recuerdo de su antiguo es- plendor, y sus últimas colonias (1) son para ella no un objeto de beneficio, sino pesada carga como lo fueron siempre, porque en el espíritu nacional no en- carna la idea de la colonización como la entienden algunos pueblos, limitada á explotar la colonia; sino el sentimiento más noble de la asimilación de las ra- zas y la propaganda de las ideas.

En estas condiciones hay que considerar cerrado nuestro período histórico que arranca de la toma de de Granada, abandonar la antigua teoría que compu- taba la grandeza de las naciones por la extensión de su dominio material y entrar de lleno en otra evo- lución histórica cuyo principio tiene que ser la re- concentración de las fuerzas nacionales en sí mismas y el desarrollo de todas nuestras energías en el ver- dadero territorio de la patria, en el viejo solar euro- peo de donde ha de surgir la nueva fase de nuestra historia y la dominación duradera clel genio de Es- paña en el mundo mediante la conquista ideal, ante la que son efímeras é infecundas todas las obras ci- mentadas en la fuerza. Hay que reconstituir en cier- to modo la nacionalidad española, precisa la restau- ración espiritual de España, si hemos de cumplir la noble misión que nos corresponde en la historia fu- tura, la que estaríamos cumpliendo, sin aquella dis- tracción del espíritu territorial: la de constituir un centro de universal cultura que convierta á España en una Grecia cristiana.

Al mismo tiempo que ordenaba Ganívet los mate- (1) El Idearivm fué escrito en 1897.

ríales del Idearium y de La conquista, no descuida- ba su colaboración asidua en El Defensor, y desde Helssingfors enviaba á este diario sus notabilísimas Cartas finlandesas que comenzaron á publicarse en Octubre de 1896 y terminaron en Julio de 1897.

Esta es la obra de Ganivet en que hay menos ele- mento personal, pues se limita á dar noticia á los lectores de sus observaciones acerca de la vida y costumbres finlandesas. Es una obra curiosísima en la que se pone de manifiesto el fino espíritu obser- vador y analítico de Ganivet; aunque por su índole se presta á las descripciones, estas no abundan en las Cartas, por lo menos en la forma usual y co- rriente; Ganivet apenas se fija en la superficie de las cosas, no es un colorista; va derecho al fondo, al espíritu de lo que observa, y por esta razón sus descripciones toman, apenas iniciadas, un carácter reflexivo, de comparación de unas cosas con otras, de consideraciones tan luminosas acerca de lo que describe, que el objeto descrito se nos representa rápidamente y en su totalidad, á las primeras pin- celadas. Las cartas finlandesas son una descripción orgánica, si cabe el empleo de esta palabra, del país á que se refieren; las cartas segunda, tercera y cuarta son por el asunto, (etnología, teoría consti- tuyente y política general) las que alcanzan mayor altara; la carta vigésima es un admirable estudio de crítica literaria sobre el poema épico finlandés Kale- vala, y todas las demás forman con estas, una obra sumamente interesante, de estilo amenísimo, que se apodera del lector desde las primeras páginas, y le interesa del tal suerte que no hay medio de dejar el libro sin llegar al final.

Una de las cualidades que más asombran en Ga- nivet, es la fecundidad de su inteligencia: las cuatro obras á que me he referido se escribieron en poco más de un año, desde Febrero del 96 á Mayo del 97; la labor que desde esta fecha hasta Noviembre del 98 realizó el autor, es no menos importante en calidad y cantidad pues á este último período corresponden, además c'e los artículos que figuran en El libro de Granada, publicado después de su muerte, y escri- to en colaboración, los dos tomos de Las ¡¡'ahajas de Pío Cid, las monografías de crítica literaria Hom- bres del Norte, y el drama á que este incoherente trabajo sirve de prólogo.

Los trabajos son la obra de Ganivet sobre que se ha escrito menos. De un lado la índole de la obra, poco accesible á la primera lectura, y de otro la cir- cunstancia de haber quedado por terminar, explica el silencio de los amigos y compañeros del autor. De Los trabajos puede decirse, como con razón de- cía uno de los más discretos apologistas de Ganivet refiriéndose á la totalidad de su obra', que puede compararse á una estatua que el escultor hubiera comenzado á labrar por el pié, dejándola sin con- cluir; solo se sabe de ella que tiene los pies en direc- ción á Oriente y que pisa firme. Adivínase por la be- lleza del fragmento la hermosura que hubiera llegado á alcanzar la obra terminada; pero lo más noble de ella, el contorno del pecho y de la cabeza, la expre- sión del rostro, quedó para siempre enterrado con el maravilloso artífice.

Los trabajos de Pío Cid es la obra más cuidada de Ganivet; puso en ella el autor sus mayores em- peños, y aún parece que trató de reflejar en sus = '29 = = '29 = páginas su propia vida. Lo imaginativo se mezcla en esta producción con lo histórico y real en términos que hacen dudar muchas veces donde acaba la auto- biografía y da principio lo novelesco. Capítulos casi enteros hay en Los Ira bajos que reproducen con fide- lidad fotográfica escenas y conservaciones que ante nuestros ojos se han desarrollado las unas, que aún suenan en nuestros oidos las otras, y llenándolo todo, el carácter enigmático, incoherente, con frecuencia contradictorio del protagonista. A veces Pío Cid se- meja un andante caballero de nuevo cuño empeñado en desfacer espirituales entuertos; otras lo vemos complacerse en amargar á los que le rodean, lanzán- dolos, implacable, desde las cimas ele la ilusión á la realidad impura que apaga los más nobles entusias- mos; su alma es una mezcla singular de cínico y de asceta, de sacrificios y de caidas, una perpetua con- tradicción, algo parecido al flujo y reflujo de las olas. En aquel carácter no hay más que dos notas permanentes: el desprecio de los intereses materia- les y de las vanidades mundanas, y la serena tran- quilidad con que son aceptados los vaivenes de la vida.

Pío Cid es, un profundo estudio psicológico, y á la vez de moral y de filosofía universales; por el es- píritu superior de aquel hombre, condenado á una vida oscura por su propia voluntad, van pasando to- dos los grandes problemas de la Ética; podrá parti- ciparse ó nó del criterio moral con que el protago- nista de. Los trabajos los resuelve; pero hay que descubrirse con respeto ante la magnitud de la em- presa acometida por el autor, la valentía con que hace lo que pudiéramos llamar disección de las almas = 30 = y el inmenso caudal científico de que alardea. Pío Cid es el espíritu del. hombre moderno, atormen- tado por su propia cultura intelectual, el Promoteo de nuestros dias, encadenado á la roca de su limita- ción, roidas sus entrañas por el buitre de la duda.

La infinidad de complejísimas cuestiones que en este admirable y misterioso libro se proponen, anun- ciaba el autor á su amigos que quedarían resueltas, y tal vez en sentido muy diferente del que por la lectura de los dos primeros tomos se pudiera colé - gir, en el Testamento de Pío Cid, coronación y re. mate de la Odisea de este Ulises del mundo moral.

El pensamiento íntimo de Ganivet quedó truncado por su prematura muerte; el espirita de Pío Cid in* completo, y la obra trascendental del insigne grana - diño, velada por las sombras del misterio. La esfinge sigue muda, y dij érase que una vez más ha devora- do al viajero.

Las ideas que expuso Ganivet en uno de los más interesantes capítulos de Granada la bella acerca de «lo viejo y lo nuevo» tienen su aplicación prácti- ca á la literatura dramática en la genial producción que con el título El escultor de su alma, drama mís- tico en tres autos me envió desde Riga en Noviem- bre de 1898, dias antes de su muerte.

Preocupándole la decadencia de nuestro teatro, hizo en El escultor una valiente tentativa encami- nada á marcar los rumbos de la reconstitución posi- ble del arte dramático mediante la adaptación de lo genuinamente nacional, lo que gloriosamente fruc- tificó en siglos pasados, al espíritu de la época.

La representación de la obra, que fue un verda- = 31 = clero triunfo, dio lugar á los más apasionados comen- tarios, pues reconociendo todos su indiscutible mé- rito, diferían en cuanto á su fondo filosófico, y mien- tras unos, de acuerdo en esto con el pensamiento' del autor, calificaban el drama como una producción que cabe dentro de la más pura ortodoxia, ya que el espíritu rebelde y antireligioso de Pedro Mártir queda vencido al final del drama, otros por el con- trario le atribuían una significación demoledora y una tendencia completamente negativa, no faltando tampoco quienes, apartándose de las dos interpreta- ciones, entendieran que el fondo del drama no afecta á las creencias religiosas, y que todo él se reduce á una teoría estética desarrollada en una acción dra- mática.

En realidad El escultor de su alma, merece la ca- lificación de drama místico que le diera su autor.

El pensamiento artístico que guió á Ganivet cuan- do lo escribía, ó mejor dicho, cuando lo pensaba, era el de adaptar los autos sacramentales del siglo de oro á las ideas y aspiraciones de nuestros dias. Esta tendencia percíbese bien clara en el auto pri- mero ó auto de la fé cuya versificación emula las esplendideces de la forma calderoniana, y el concep- * to anarece sutil, algunas veces alambicado y siem- pre de gran altura filosófica. El auto segundo ó del amor es de estilo más moderno, más plástico y por consiguiente más comprensible; y por último el auto de la muerte con que finaliza la obra, vuelve afectar el sello de grandeza hierática que ya se percibe en el primero, y deja al espectador suspenso, atónito, y deslumbraclo.

La idea principal de este drama singularísimo es = 32 = también la auto-perfección del espíritu humano, con- seguida mediante la lucha y el dolor; por eso le cua- dra perfectamente la denominación de drama mís- tico.

Pero al mismo tiempo El escultor de su alma es una creación grande y profundamente humana; en esta cualidad se halla el secreto de su fuerza dra- mática y su poder de fascinación, sobre los públicos que ha de ir aumentando según transcurra el tiempo y el drama sea más conocido y se divulgue. Entre las cuatro figuras que intervienen en la acción y que han de tomarse como símbolos y no como figuras de car- ne y hueso (en cuyo último caso algunas escenas, de las más bellas ciertamente, no tienen explicación) sobresale la del protagonista Pedro Mártir en quien Ganivet quiso encarnar el hombre natural. Pedro Mártir es un personaje al que no es difícil encon- trar parentesco en la literatura dramática; pero en honra del autor y de la grandeza del tipo hay que decir que esos parientes de El escultor son las pri- meras figuras del arte universal, y se llaman Prome- teo, Edipo y El Doctor Fausto. Las tres tienen con Pedro Mártir ciertos puntos de semejanza y ningu- na se confunde con él; puede decirse que las cuatro figuras son otros tantos aspectos de una sola; la fi- gura desolada del hombre, esclavo de la propia, im- perfección, combatiente siempre vencido y nunca domado, titán que trata de escalar el cielo por la conquista de la luz y prisionero eterno de las som- bras.

En torno de esta colosal y novísima concepción del espíritu humano y de sus luchas, que aunque pretendiera explicarla no lo conseguiría, muévense = 33 = otras figuras simbólicas: Cecilia personificación de la mujer creyente, y admirable contraste del espíritu rebelde de Pedro Mártir; Alma la creación huma- na, hija de la razón y de la fé, y símbolo de la be- lleza ideal, y por último Aurelio en quien se sinte- tiza la vanidad del mundo y es la única figura pe- queña del drama, que está todo lleno por las dudas y rebeldías de Pedro Mártir, las ternuras de Alma y la resignación heroica de Cecilia, junto á las cua- les la mediocridad de Aurelio resuena como una calabaza hueca.

Aún cuando en el segundo tomo de Los trabajos de Pío Cid, alude Ganivet, al referir las sustancio- sas pláticas del protagonista con sus amigos de la «Cofradía del Avellano» á una tragedia que parece ser El escultor, de la que dice tenerla ya escrita, aunque sin bautizar, yo creo que el drama á que me estoy refiriendo ahora, no estaba escrito en aquella fecha, que es la del verano de 1897, sino que se es- cribió después, ó por lo menos lo reformó el autor grandemente. Para ello me fundo en que Ganivet, no era hombre que dilatase la publicación de sus obras, una vez escritas y hasta setiembre de 1898 no me habla en sus cartas particulares de El escul- tor; y por otra parte encuentro el fundamento á mi creencia en que la referida producción parece de los últimos meses de su vida, pues ya se observan en ella ciertos rasgos de pesimismo tan acentuados, una tendencia al absoluto reposo como felicidad su- prema, y un tan grande desprecio de todo lo terre- nal, que no parece, sino que quien tales pensamien- tos concebía y expresaba, encontrábase ya casi des- 3 = 34 = prendido de este mundo y mirando de frente el eterno arcano.

Al escribir este drama, como siempre que se ele- vaba á las puras regiones del ideal, Ganivet tenía el alma puesta en Granada, y asi lo revela no solo que el lugar de la acción es la Alhambra, á cuyos torreones está dedicado uno de los fragmentos poé- ticos más hermosos de la obra, sino que Ganivet quiso estrenarla en su tierra, y que los derechos de autor se dedicasen á aumentar el fondo disponible para erigir una estatua en esta ciudad al genial artista granadino Alonso Cano.

Por lo que hace á la forma literaria de esta auda- císima y genial obra que cierra con broche de oro la producción de Angel Ganivet, no necesito hacer demostración alguna: pronto saldrá el que me leyere (si hay quien tenga esa paciencia) del erial de este difuso y desmañado prólogo, para entrar en el cam- po amenísimo de El escultor. En él desde las prime- ras escenas percibirá los destellos geniales de aquel soberano talento; en esas páginas comprenderá que no han sido la amistad y el cariño los que me han guiado en esta exposición de los méritos literarios de Ganivet, sino el sentimiento de la más sincera y extricta justicia.

Siento que á la grandeza de la obra que hoy se publica, no hayan podido corresponder mis fuer- zas; pero quédame la satisfacción de haber dicho acerca de Ganivet y de sus libros admirables, lo que lealmente opino de ellos; las grandes lagunas que en la exposición y crítica de esas obras fácilmente hallará quien lea este prólogo, producto son exclu- sivo de mi limitación, en la esfera del conocimiento,.

= 35 = y aún también del tiempo y sobre todo de la tran- quilidad y reposo, indispensables para vencer en em- peños de esta índole, que requieren laboriosa pre- paración.

Si engañado por el buen deseo he querido levan- tar una montaña, y la montaña, me ha caido encima, que la benevolencia del lector me salve.

El escultor k su alma Drama místico en tres actos Fe. Amor. Muerte COMPUESTO POR Angel Ganivet.

Initium vitae libertas Riga, 1899.

Personajes El escultor, Pedro Mártir. Cecilia, su amante. Alma, hija de ambos. Aurelio, novio de Alma.

La escena en la Alhambra. Epoca indeterminada.

Indicaciones para la representación.

El escultor (el hombre natural) tiene unos 30 años en el primer auto y 45 en los otros dos. Debe tener tipo algo árabe (barba negra) y viste en el auto primero una especie de sobretodo blanco á modo de vestido de casa; en el segundo viste de mendigo; en el tercero entra como está en el segundo y se pone el manto como si quisiera revivir su juventud.

Cecilia (la mujer creyente) es rubia, tiene 20 años en los tres autos y viste como la describe El escultor en el auto primero, escena de las sombras.

Alma (la creación humana) es morena, casi niña, 15 años. Viste de rosa en el auto segundo, y blanco (traje de desposada) en el tercero.

Aurelio (la vanidad del mundo) 20 años; es tipo de artista, viste traje ligero, convencional, pero no á la moda.

Escena. Es esencial que el teatro esté casi á os- curas en los autos primero y tercero. El segundo es en primavera. La escena con todos los detalles que reclama la acción.