ES PROPIEDAD A raíz del desastre, dos pensadores de la talla de Angel Ganivet y Miguel de Unamuno, escribieron los capítulos que integran este libro trazando un camino ideal por el que España pudie- ra llegar á la cicatrización de la heri- da profunda que acababan de inferirle sus propios errores.
Han pasado desde entonces catorce años y los problemas que en estas pá- ginas se tratan permanecen en igual situación que aquellos días; durante período tan largo el país ha dormido; por eso reproducimos esta voz que qui- so despertarle.
Se habla aquí de la guerra, de la conquista de África, del socialismo, de los partidos políticos, de la enseñanza, del problema económico, de la religión, de todo, en fin, lo que sigue inquietan- do á la nación, de todo lo que continúa y continuará siendo de transcendental y cálida actualidad.
Muerto Ganivet, estas son sus últi- mas palabras sobre el porvenir de Es- paña, y si es cierto que el espíritu y el pensamiento del insigne Unamuno han podido evolucionar en parte, no lo es menos que el país sigue padeciendo de los mismos males, y que, por tanto, los remedios, no fracasados, guardan aún toda su eficacia. Por eso se publica este libro.
Los Editores.
ACLARACIONES PREVIAS Conocí á Angel Ganivet en la pri- mavera de 1891 hallándonos ambos en Madrid con el fin de hacer oposiciones á cátedras de griego, yo á esta de Sa- lamanca que profeso, y él á una de Gra- nada. El Tribunal, presidido por mi venerado Maestro D. Marcelino Me- néndez y Pelayo, era el mismo para las dos oposicianes, pero los ejercicios eran distintos; primero, los de la cáte- dra de Salamanca, y después, los de Granada. Ganivet asistió á mis ejerci- cios todos y yo á los suyos, y todos los días de aquellos alegres y claros de Mayo y Junio, nos reuníamos después de almorzar en el café, y después de 12 UNAMUNO Y GAN1VET haber concluido los ejercicios, á media tarde, nos íbamos á tomar sendos hela- dos—de que, como yo, era goloso — á una horchatería de la Carrera de San Jerónimo y desde allí al Retiro.
Tenía yo entonces veintisiete años aún no cumplidos y era Ganivet algo más que un año más joven que yo. El por aquel tiempo hablaba mucho me- nos que me han dicho hablaba después, y yo hablaba tanto ó más, que he se- guido hablando, y era yo, por lo tanto, quien de ordinario llevaba la palabra. Pero sus observaciones é interrupcio- nes eran agudas y sutiles, aunque creo recordar que no siempre congruentes. De lo que más hago memoria es de las cosas que de los gitanos de Granada me contaba, y él escribió más tarde, recordar unas ranas algo antropomór- ficas que solía dibujar yo en la mesa del café, pues por aquel tiempo me entró el capricho, sugerido por un di- bujo japonés, de ilustrar la Batraco- EL PORVENIR DE ESPAÑA 13 miomaqüía, para lo que me había pro- visto de ranas, á las que con una es- pecie de potro, colocaba en posturas humanas, tomando luego apuntes del natural de ellas.
Después de una compañía cotidiana de más de mes y medio, reuniéndonos y conversando día á día, Ganivet y yo nos separamos, yo para venir á mi cá- tedra de Salamanca, y él, pues no le dieron la de Granada, que se llevó D. José Alemany, muy excelente hele- nista hoy, para ir á vivir la vida de Pío Cid y á prepararse á oposiciones al Cuerpo consular. Y pasó el tiempo, y yo, justo es decirlo, llegué casi á ol- vidar á aquel granadino parco en pa- labras que durante mes y medio me sirvió á diario de ¡oh, amado Teótimo! para ejercer mi instinto de charla.
Algunos años después de esto, ha- cia 1896, hallándose en ésta de Cate- drático de Derecho civil mi muy que- rido amigo el granadino D. José María 14 UNAMUNO Y GANIVET Segura, uno de los hombres más sim- páticos y de los conversadores más amenos é ingeniosos que he conocido, me dijo si no me acordaba de un cierto Angel Ganivet á quien en Madrid ha- bía conocido y me dió unas correspon- dencias escritas por éste desde Gante á El Defensor de Granada. Las leí y me encontré con otro hombre que el que en nuestras conversaciones se me había mostrado. Le escribí, me contes- tó y trabamos una nueva relación, ésta epistolar, que no se interrumpió hasta pocos días antes de su misteriosa y tal vez trágica muerte en que me escribió su última carta de nuestra correspon- dencia, una carta desolada y trágica. Porque yo no sé bien lo que escribiría á otros, pero en las cartas que á mí me escribió, el trágico problema de ultra- tumba palpitaba siempre.
De ésta nuestra correspondencia, que duró dos años, nació la idea de cambiar cartas abiertas y públicas en EL PORVENIR DE ESPAÑA 15 El Defensor de Granada en que expu- siéramos los dos nuestros respectivos puntos de vista por entonces referen- tes al porvenir de España, objeto pri- mordial de la preocupación suya y de la mía.
Tal es el origen de estos escritos que hoy publica la "Biblioteca Rena- cimiento,,.
Como han pasado cerca de catorce años desde que estas cartas abiertas se publicaron y en estos años he cambia- do no poco en mi manera de ver y apreciar nuestras cosas yo, por mi parte, habría condenado á no ser ja- más reeditada la parte que en este vo- lumen me corresponde, y si he accedi- do á ello, es sólo para que así resulte más claro y más justificado lo de Ga- nivet que á lo mío se refiere como lo mío á lo suyo. Quiero, pues, hacer constar que sólo como antecedente ó más bien concomitante de una obra de Ganivet dejo que se publique mi parte.
16 UNAMUNO Y GANIVET Ni es cosa tampoco, me parece, de que me ponga ahora aquí á señalar aquellos puntos en que ratificaría y aquellos otros en que rectificaría ó re- futaría hoy mis opiniones de entonces. La conducta de todo hombre que de veras vive y no es esclavo de una em- brutecedora y tiránica consecuencia, es una continuación, ratificación y rec- tificación de su pasado. Y en un escri- tor basta seguirle. Además, no tengo ahora á la vista el material de este vo- lumen y ni recuerdo tampoco lo que escribí entonces.
Aunque aquí trato de Ganivet he de tratar también, por fuerza, de mí mis- mo, y el lector ha de permitirme un desahogo, desahogo que dejo se acha- que á ese egotismo que algunos me re- prochan.
Es el caso que al hablar de Ganivet algunos le han llamado precursor, y de hecho todos somos precursores de los que nos siguen y continuadores de EL PORVENIR DE ESPAÑA 17 los que nos preceden, pues la cadena humana no se rompe sino para los lo- cos. Ahora, cuando al llamarle pre- cursor se han referido, entre otros, en alguna ocasión á mí, tiene ello un sen- tido contra el que quiero protestar. Porque si se llama precursor al que muere antes que otro, como Ganivet murió hace más de trece años, y yo, por la gracia de Dios, aún vivo, claro es que meprecurrió en la muerte; pero si se aplica al nacimiento natural, yo nací un año, tres meses y catorce días antes que él, y si al nacimiento espiri- tual, como publicistas, también empe- cé á escribir antes que él.
Cuando Ganivet publicó su Idea- rium español, hacía ya algún tiempo que había publicado yo en La España Moderna, en los números de los meses de Febrero á Junio de 1895, mis cinco ensayos En torno al casticismo, en los que se encuentran, en germen unas veces y otras desarrolladas, no pocas 18 UNAMUNO Y GANIVhT ideas del Idear ium. Lo que podría comprobar con las cartas mismas que Ganivet me escribió. Es decir, y lo digo redondamente y sin ambajes, que si entre Ganivet y yo hubo influencia mutua fué mucha mayor la mía sobre él que la de él sobre mí.
Esto podrá parecer un pretexto para recriminaciones por carambola, y so- bre un muerto venerando, que es peor, y de hecho lo es. Porque sí; de Gani- vet, de aquel hombre todo pasión y lealtad, nada sino mucho bueno tengo que decir; pero ya estoy harto de oir que niegan haberme conocido y con- versado conmigo los que más me de ben — aunque yo también les deba algo— y de ser víctima del robo con asesinato.
No me he dedicado nunca á admi- nistrador, con mayores ó menores emolumentos de administración, de la gloria ajena ni á exhibir las cartas de altos espíritus que á cambio de las EL PORVENIR DE ESPAÑA 19 muchas que yo he escrito he recibido; pero guardo el culto de los hombres en uno ú otro sentido heroicos con los que he tenido la suerte de encontrarme alguna vez é ir un trecho del brazo por el camino de la vida. Y sé que si Ganivet resucitara aprobaría mi ante- rior desahogo.
Y hechas estas aclaraciones perso- nales, demasiado personales, en exce- so humanas acaso, aquí quedan al lec- tor las cartas abiertas de Ganivet y mías, debiendo repetirle una vez más que por lo que hace á éstas, á las mías, quedan invalidadas por cuanto des- pués he escrito sobre los mismos te- mas y que hoy por hoy sólo en parte respondo de ellas. Aunque en rigor un escrito una vez publicado no es ya del autor, sino de todo el que lo lea, y ha- brá de seguro quien se encuentre más de acuerdo con lo que escribí hace ca- torce años que con lo que escribo yo. Pero no seré éste yo, seguramente.
20 UNAMUNO Y GANIVET De lo que me felicito es de poder contribuir á que sea mejor conocido aquel hombre de pasión, de pasión más que de idea, aquel gran sentidor, sen- tidor más que pensador — lo mismo que Joaquín Costa, otro apasionado y sen- tidor— en esta tierra en que es pasión y sentimiento y entusiasmo más que ideas y doctrinas lo que falta.
Miguel de Unamuno.
Salamanca, Febrero 1912.
PRIMERA PARTE DE MIGUEL DE UNAMUNO ANGEL GANIVET I Espero no haya usted dado á com pleto olvido, amigo y compañero Ga- nivet, aquellas para mi felices tardes de Junio de 1891, en que trabamos unas relaciones demasiado pronto inte- rrumpidas, mucho antes, sin duda, de que llegásemos á conocernos uno á otro más por dentro. Débole por mi parte confesar que, al volver al cabo de los años á saber de usted y al cono- cerle de nuevo en sus escritos, me he encontrado con un hombre para mi nuevo, y de veras nuevo, un hombre nuevo, como los que tanta falta nos 26 UNAMUNO Y GANIVET hacen en esta pobre España, ansiosa de renovación espiritual.
Su Idearium español, ha sido una verdadera revelación para mi. Al leer- le, me decía: "Torpe de mi, que no le conocí entonces...éste, éste es aquél que tales cosas me dijo de los gitanos una tarde en el café, en libre charla.,, Esa libre y ondulante meditación del Idearium, merece, en verdad, no ha- ber despertado en España ni los entu- siasmos ni las polémicas que obra aná- loga hubiese provocado en otro país más dichoso, y lo merece así por la misma merced, por la que mereció abandonar la vida sin haber recibido el premio á que se había hecho acreedor aquel Agatón Tinoco, cuya muerte tan hermosamente usted nos narra. Vale más que su obra haya entrado á paso tan quedo que no el que hubiese hecho rebrotar á su cuenta el centón de san- deces y simplezas aquí de rigor en ca- sos tales.
EL PORVENIR DE ESPAÑA 27 El Idearium se me presenta como alta roca á cuya cima orean vientos puros, destacándose del pantano de nuestra actual literatura, charca de aguas muertas y estancadas de donde se desprenden los miasmas que tienen sumidos en fiebre palúdica espiritual á nuestros jóvenes intelectuales. No es, por desgracia, ni la insubordinación ni la anarquía lo que, como usted insinúa, domina en nuestras letras; es la ram- plonería y la insignificancia que bro- tan como de manantial de nuestra infi- losofía y nuestra irreligión, es el triun- fo de todo género que no haga pensar.
En tal estado de cosas, al concacto espiritual con obras tales como su Idea- rium, se fortifica en el ánimo el santo impulso de la sinceridad, tan cohibida y avergonzada como anda por acá la pobre. Porque entre tantos prestigios de que según dicen necesitamos con urgencia, nadie se acuerda del presti- gio de la verdad, ni nadie se para tam- 28 UNAMUNO Y GANIVET poco á reflexionar en que nunca es una verdad más oportuna que cuando me- nos lo parezca serlo á los que de pru- dentes se precian y se pasan. En este sentido no conozco en España hombre más oportuno que el señor Tí y Mar- gal!. Espera á que la muela le duela para recomendar su extracción.
Oportunísimo es ahora ese su libro de honrada sinceridad, ese valiente Idear ium en que afirma usted que "en presencia de la ruina espiritual de Es- paña hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el corazón y hay que arrojar aunque sea un millón de espa- ñoles á los lobos, si no queremos arro- jarnos todos á los puercos,,.
Sí, como usted dice muy bien, Espa- ña, como Segismundo, fué arrancada de su caverna y lanzada al foco de la vida europea, y "después de muchos y extraordinarios sucesos, que parecen más fantásticos que reales, volvemos á la razón en nuestra antigua caverna, EL PORVENIR DE ESPAÑA 29 en la que nos hallamos al presente en- cadenados por nuestra miseria y nues- tra pobreza, y preguntamos si toda esa historia fué realidad ó fué sueño,,. Sue- ño, sueño y nada más que sueño ha sido mucho de eso, tan sueño como la batalla aquella de Villalar, de que us- ted habla, y que según parece no ha pasado de sueño, y si la hubo, no fué en todo caso más batalla que la de Cavi- te, que de tal no ha tenido nada.
No está mal que soñemos, pero acor- dándonos, como Segismundo, de que hemos de despertar de este gusto al mejor tiempo, atengámonos á obrar bien.
«pues no se pierde el hacer bien ni aun en sueños. >> Hay otro hermoso símbolo de nues- tra España, moribunda, según Salisbu- ry, y es aquel honrado hidalgo man- chego Alonso Quijano, que mereció el sobrenombre de Bueno, y que al morir 30 UNAMUNO Y GAN1VET se preparó á nueva vida renunciando á sus locuras y á la vanidad de sus ha- zañosas empresas, volviendo así su muerte en su provecho lo que había sido en su daño.
Pero de esto y de la necesaria muer- te de toda nación en cuanto tal, y de su más probable transformación futu- ra, diré lo que me ocurra en otro ca- pítulo.
Para él dejo la tarea de exponer con entera sinceridad las reflexiones que su preñado Idearium me ha sugerido acerca del porvenir de los pueblos apremiados en naciones y estados y acerca del porvenir de nuestra España sobre todo. Empezaré por D. Quijote II II Don Quijote y su escudero San- cho son en el dualismo armónico que manteniéndolos distintos los unía, sím- bolo eterno de la humanidad en gene- ral y de nuestro pueblo español muy especial. Por lo común, desconociendo el idealismo sancho -pancesco, el alto idealismo del hombre sencillo que que- * dando cuerdo sigue al loco, y á quien la fe en el loco le da esperanza de ín- sula, solemos fijarnos en Don Quijote y rendir culto al quijotismo, sin per- juicio de escarnecerlo cuando por cul~ 32 UNAMUNO Y GANIVET pa de él nos vemos quebrantados y molidos.
Una enfermedad es trastorno del funcionamiento fisiológico normal, pero rarísima vez destrucción de éste.
La locura, que es trastorno del jui- cio, lo perturba, pero no lo destruye. Cada loco es loco de su cordura, y so- bre el fondo de ésta disparata, conser- vando al perder el juicio su indestruc- tible carácter y su fondo moral.
Así conservó Don Quijote, bajo los desatinos de su fantasía descarriada por los condenados libros, la sanidad moral de Alonso el Bueno, y esta sa- nidad es lo que hay que buscar en él. Ella le inspiró su hermoso razonamien- to á los cabreros; ella le dictó aquellas razones de alta justicia, como usted muy bien indica, amigo Ganivety en que basó la liberación de los Galeotes.
Pero sucede, por mal de nuestros pe- cados, que cuando se invoca en Espa- ña á Don Quijote es siempre que se EL PORVENIR DE ESPAÑA 33 acomete á molinos de viento, ó cuando la trabajamos con pacíficos frailes de San Benito, ó para acometer sin razón ni sentido á algún nuevo caballero vizcaíno. Conviene, pues, ver el fondo inmoral de la quijotesca locura, Las empecatadas lecturas de los mentirosos libros de caballerías, últi- ma escoria de aquel híbrido monstruo de paganismo real y cristianismo apa- rente que se llamó ideal caballeresco; tales lecturas despertaron en el honra- do hidalgo la vanidad y la soberbia que duerme en el pozo de toda alma humana. Preocupábase de pasar á la historia y dar qué cantar á los roman- ces; creíase uno de los "ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia,,, y de tal modo le engañó el enemigo que bajo sombra de justicia fué á imponer á los demás su espíritu y á erigirse en arbi- tro de los hombres. Cuando Vivaldo le argulló el que no se acordasen los 34 UNAMUNO Y GANiVET caballeros andantes antes de Dios que de su dama, esquivó la definitiva res- puesta.
Me llevaría muy lejos el disertar acerca de lo profundamente anti-cris- tiano é inhumano, por lo tanto, al fin y al cabo, que resultan el ideal caba- lleresco, el pundonor del duelista, la tan decantada hidalguía y todo heroís- mo que olvida el evangélico "no resis- táis al mal,,. Nunca me he convencido de lo religioso del llamado derecho de defensa, como de ninguno de los ma- les, supuestos necesarios, como es la guerra misma. Si el fin del cristianis- mo no fuese libertarnos de esas nece- sidades, nada tendría de sobre-huma- no. A lo imposible hay que tender, que es lo que Jesús nos pidió al decirnos que fuésemos perfectos como su Padre.
Y volviendo á nuestro Quijote, creo yo que las más de las desdichas del español son fruto de sus pecados, como las de todos los pueblos. Nuestro peca- EL PORVENIR DE ESPAÑA 35 do capital fué y sigue siendo el carác- ter impositivo y un absurdo sentido de la unidad. Mientras otros pueblos se acercaron á éstos ó aquéllos para ex- plotarlos, en lo que sin duda cabe be- neficio á la vez que explotación mu- tuas, nos empeñamos nosotros en im- poner nuestro espíritu, creencias é ideales, á gentes de una estructura espiritual muy diferente á la nuestra. En Europa misma combatimos á éstos ó á aquéllos porque tenían sobre tal ó cual punto tal idea, cuando resulta, en fin de cuenta, que nosotros no tenía- mos ninguna.
Más de una vez se ha dicho que el español trató de elevar al indio á sí, y esto no es en el fondo más que una imposición de soberanía. El único mo- do de elevar al prójimo es ayudarle á que sea más él cada vez, á que se de- * puré en su línea propia, no en la nues- tra. Vale, sin duda, más un buen gua- raní ó un tagalo que un mal español.
36 UNAMUNO Y GANIVET "Colonizar no es ir al negocio, sino civilizar pueblos y dar expansión á las ideas,,, dice usted. Y yo digo: ¿á qué ideas? Y, además, el ir al negocio, ¿no puede resultar acaso el medio mejor y más práctico de civilizar pueblos? Con nuestro sistema no hemos conseguido ni aun lo que Pío Cid en el reino de Maya. Yo no sé si como ha habido ci- vilización china, asiría, caldea, judái- ca, griega, romana, etc., cabrá civili- zación tagala; pero es el hecho que na- da hemos puesto por despertarla, con- tentándonos con provocar entre los in- dígenas filipinos el fetichismo pseudo- cristiano.
"No por culpa mía, sino de mi caba- llo, estoy aquí tendido,,, gritaba Don Quijote con arrogancia. Así nos suce- de á nosotros, tendidos por culpa de los malos gobiernos, después de no haber llevado otro camino que el que quieren éstos, que en ello consiste la fuerza de las aventuras.
EL PORVENIR DE ESPAÑA 37 Y viendo que no podemos menear- nos, acordamos de acogernos á nues- tro ordinario remedio, que es pensar en algún paso de nuestros libros de historia, pues todo cuanto pensamos, vemos ó imaginamos, nos parece ser hecho y pasar al modo de lo que he- mos leído. ¡Esa condenada historia que no nos deja ver lo que hay debajo de ella!
uHemos tenido, después de períodos sin unidad de carácter, un período his- pano-romano, otro hispano-visigótico y otro hispano-árabe; el que les sigue será un período hispano-europeo ó his- pano-colonial, los primeros de consti- tución y el último de expansión. Pero no hemos tenido un período español puro, en el cual nuestro espíritu, cons tituído ya, diere sus frutos en su pro- pio territorio; y por no haberlo tenido, la lógica exige que lo tengamos y que nos esforcemos por ser nosotros los iniciadores.,, 38 UNAMUNO Y GANIVET Esto es pensar con tino, amigo Ga- nivet. Don Quijote, molido y quebran- tado y vencido por el caballero de la Blanca Luna, tiene que volver á su al- dea; y desechando ensueños de hacer- se pastorcico y de convertir á España en una Arcadia, prepárase á bien mo- rir, renaciendo en el reposado hidalgo Alonso el Bueno.
"¡Verdaderamente se muere y ver- daderamente está cuerdo Alonso Qui- jano el Bueno!,, salió exclamando el cura cuando Don Quijote hizo su últi- ma confesión de culpas y de locuras. Es lo que debemos aspirar á que de nosotros se diga. ¿Es que tiene acaso que morir España para volver en su juicio?, exclamará alguien. Tiene, sí, que morir Don Quijote para renacer á nueva vida en el sosegado hidalgo que cuide de su lugar, de su propia hacien- da. Y si se me arguye que el mismo hidalgo Alonso murió en cuanto volvió á su juicio, diré que creo firmemente EL PORVENIR DE ESPAÑA 39 que el fin de las naciones en cuanto tales está más próximo de lo que pu- diera creerse— que no en vano el socia- lismo trabaja — y que conviene se pre- pare cada cual de ellas á aportar al común acervo de los pueblos lo más puro, es decir, lo más cristiano de cada una. De la perfecta cristianización de nuestro pueblo es de lo que se trata.
III III "Duele decirlo, pero hay que decir- lo, porque es verdad; después de diez y nueve siglos de apostolado, la idea cristiana pura no ha imperado un sólo día en el mundo.,, Ni imperará, amigo Ganivet, mientras haya naciones y con ellas guerras, ni tampoco imperará en España mientras no nos libertemos del pagano moralismo senequista, cuya ex- terior semejanza con la corteza del cris- tianismo hasta á usted mismo ha en- gañado.
La nación, como categoría histórica transitoria, es lo que más impide que 42 UNAMUNO Y GAÑI VET se depure, espiritualice y cristianice el sentimiento patriótico, desligándose de las cadenas del terruño, y dando lugar al sentimiento de la patria espiritual.
La nación, y la historia con ella, es el capullo que protege la vida del pa- triotismo en larva; pero si ha de con- vertirse en mariposa espiritual que se bañe en luz y sea fecunda, tiene que romper y abandonar el capullo.
El desarrollo de esto me llevaría muy lejos y tampoco quiero extractar aquí lo que antes de ahora he escrito acerca de la crisis del patriotismo. Lo que sí haré es tomar nota de la mención que al final de su obra hace usted de Ro- binsón, el héroe típico de la raza anglo- sajona.
Con tener, como usted dice, Robin- són su semitismo opaco, no hace sino ganar mucho, y en lo de que carezca su alma de expresión no concuerdo con usted, porque ni es la palabra, ni si- quiera la idea, la única expresión del EL PORVENIR DE ESPAÑA 43 alma. "Los ingleses—dice Carlyle— son un pueblo mudo, pueden llevar á cabo grandes hechos, pero no describirlos „ De los griegos en cambio tal vez quepa decir la inversa; toda la grandeza de Aquiles es de Homero.
Don Quijote se creó un mundo ideal que le hizo andar á tajos y mandobles con el real y efectivo y trastornar cuan- to tocaba sin enderezar de verdad tuer- to alguno, y Robinsón reconstruyó un mundo real y tangible sacándolo de la naturaleza que le rodeaba, allí donde el caballero manchego, sin las alforjas de Sancho se hubiese muerto de ham - bre, á pesar de jactarse de conocer las yerbas.
Un pueblo nuevo tenemos que hacer nos sacándolo de nuestro propio fondo, Robinsones del espíritu, y ese pueblo hemos de irlo á buscar á nuestra roca viva en el fondo popular que con tanto ahinco explora D. Joaquín Costa, inves- tigador, á la vez que del derecho con- 44 UNAMUNO Y GANIVET suetudinario, de la antigüedad ibérica. No creo un absurdo aquello de la ins- tauración de las costumbres celtibéri- cas, anteriores á los tiempos de la do- minación romana, en que soñaba Pérez Pujol, pero lo que creo más vital es la completa despaganización de España. De los árabes no quiero decir nada, les profeso una profunda antipatía, ape- nas creo en eso que llaman civilización arábiga y considero su paso por Espa- ña como la mayor calamidad que he- mos padecido.
No ahinca usted en su libro en la con- cepción religiosa española ni en la obra de su cristianización, y aun me parece que en esto no ha llegado us- ted á aclarar sus conceptos. Sólo así me explico lo que en la página 23 dice usted de la Reforma, juzgándola con notoria injusticia y á mi entender con algún desconocimiento de su última esencia, así como del "verdadero sen- tido del cristianismo „, que ha de ha- EL PORVENIR DE ESPAÑA 45 liarse en la fe que permanece bajo las disputas de los hombres. Así me ex- plico también que al principiar su li- bro confunda usted el dogma de la Concepción Inmaculada con el de la virginidad de la madre de Jesús.
Es una lástima el que los espíritus más geniales, más vigorosos, más sin- ceros y más elevados de nuestra pa- tria no hayan trabajado lo debido sus concepciones y sentimientos religio- sos, y que en este país, que se precia de muy católico, sea general la semi- ignorancia en cuanto al catolicismo y su esencia, aun entre los teólogos. La llamada/*? implícita ha tomado un des arrollo que debe espantar á toda alma sinceramente cristiana.
Es menester que nos penetremos de que no hay reino de Dios y justicia sino en la paz, en la paz á todo trance y en todo caso, y que sólo removiendo todo lo que pudiere dar ocasión á gue- rra es como buscaremos el reino de 46 UNAMUNO Y GANIVET Dios y su justicia, y se nos dará todo lo demás de añadidura.
Y no prosigo ni despliego por ahora las ideas que acabo de apuntar, por- que espero hacerlo con mayor sosiego. Ya sé que se las tachará de pura utopia.
¡Utopias! ¡Utopias! Es lo que más falta nos hace, utopias y utopistas. Las utopias son la sal de la vida del espíritu, y los utopistas, como los ca- ballos de carrera, mantienen, por el cruce espiritual, pura la casta de los útilísimos pensadores de silla, de tiro ó de noria. Por ver en usted, amigo Ganivet, un utopista, le creo uno de esos hombres verdaderamente nuevos que tanta falta nos están haciendo en España.
DE ANGEL GANIVET A MIGUEL DE UNAMUNO 1 No he olvidado, amigo y compañero Unamuno, aquellas tardes que usted me recuerda ni aquellas charlas de café, ni aquellos paseos por la Caste- llana, cuando con el ardor y la buena fe de estudiantes, recién salidos de las aulas, reformábamos nuestro país á nuestro antojo. Recuerdo aún sus pro- yectos de entonces, entre los cuales el que más me interesó era el de publicar la Batracomiomaquía de Homero (ó de quien sea), con ilustraciones de us- ted mismo, que para salir con luci- miento de su árdua empresa, estudia- 50 UNAMUNO Y GANIVET ba á fondo la atonía de los ratones y de las ranas. ¿Qué fué de aquella afi- ción? Sobre la mesa de mármol del café me pintó usted una rana, con tan con- sumada maestría, que no la he podido olvidar; aún la veo, que me mira fija- mente, como si quisiera comerme con los ojos saltones.
Han pasado siete años, que para us- ted han sido de estudios, y para mí de zarandeo y vagancia, salvo alguna que otra cosilla que he escrito para des- ahogarme; pero la amistad intelectual, aunque se forme en cuatro ratos de conversación, es tan duradera y firme, que en cuanto usted ha leído un libro mío y ha sabido por él que no me he muerto, ha pensado reavivarla con las tres bellísimas cartas que me envió, publicándolas en El Defensor, para que no se perdieran en el camino. Me encuentra usted completamente cam- biado, y yo tampoco le hallo en el mis- mo punto en que le dejé. Por algo so- EL PORVENIR DE ESPAÑA 51 mos hombres y no piedras. Hay quien de la consecuencia hace una virtud, sin fijarse en que la consecuencia del que no piensa, participa mucho de la estupidez. La principal virtud es que cada uno trabaje con su propio cere- bro. Si trabajando así es consecuente consigo mismo, tanto mejor.
Lo que más me gusta en sus cartas es que me traen recuerdos é ideas de un buen amigo como usted, con quien me hallo casi de acuerdo, sin que nin- guno de los dos hayamos pretendido estar acordes. Lo estamos por casua- lidad, que es cuanto se puede apetecer, y lo estamos aunque sentimos de modo muy diferente. Usted habla de "despa- ganizar,, á España, de libertarla del "pagano moralismo senequista,,, y yo soy entusiasta admirador de Séneca; usted profesa antipatía á los árabes, y yo les tengo mucho afecto, sin poderlo remediar. Conste, sin embargo, que mi afecto terminará el día que mis an- 52 UNAMUNO Y GANIVET tiguos paisanos acepten el sistema par- lamentario y se dediquen á montar en bicicleta.
Usted, amigo Unamuno, desciende en línea recta de aquellos esforzados y tenaces vascones, que jamás quisie- ron sufrir ancas de nadie; que lucha- ron contra los romanos, y sólo se so- metieron á ellos por fórmula; que no vieron hollado su suelo por la planta de los árabes; que están todavía con él fusil al hombro para defender las liber- tades modernas, que ellos toman por cosa de farándula. Así se han conser- vado puros, aferrados al espíritu radi- cal de la nación. Por esto habla usted de la instauración de las costumbres celtibéricas, y cree que el mejor cami- no para formar un pueblo nuevo en España, es el que Pérez Pujol y Costa han abierto con sus investigaciones. Yo, en cambio, he nacido en la ciudad más cruzada de España, en un pueblo que antes de ser español fué moro, ro- EL PORVENIR DE ESPAÑA 53 mano y fenicio. Tengo sangre de le- mosín, árabe, castellano y murciano, y me hago por necesidad solidario de todas las atrocidades y aun crímenes que los invasores cometieron en nues- tro territorio. Si usted suprime á los romanos y á los árabes, no queda de mí quizás más que las piernas; me mata usted sin querer f amigo Unamuno.