esa pasa de la marca: yo hablo en pro de la paz y usted nos arma para nue- vas guerras." Si usted me dice que hay que despaganizar á Europa y destruir en ella los gérmenes de agresión, yo estoy con usted, porque el deseo es ge- neroso y noble. Pero mientras la forma de la vida europea sea la agresión y se proclame moribundas á las naciones que no atacan y aun se piensa en des- cuartizarlas y repartírselas, la paz en una sola nación sería más peligrosa que la guerra. La nación más cristiana, por temperamento, ha sido la judaica, y tiene que vivir, como quien dice, con los trastos á cuestas. Así, pues, Espa- ña encerrada en su territorio, aplica- da á la restauración de sus fuerzas de- caídas, tiene por necesidad que soñar en nuevas aventuras; de lo contrario, el amor á la vida evangélica nos lleva- ría en breve á tener que alzarnos en armas para defender nuestros hogares contra la invasión extranjera. El espí- 90 UNAMUNO Y GANIVET ritu territorial independiente movió á las regiones españolas á buscar auxilio fuera de España, y ese mismo espíritu, indestructible, obligará á la nación unida á buscar un apoyo en el conti- nente africano para mantener ante Europa nuestra personalidad v nues- tra independencia.
SEGUNDA PARTE SEGUNDA PARTE DE MIGUEL ANGEL DE UNAMUNO A GANIVET I ¡Como refresca el corazón, querido amigo, conversar á larga distancia, se- parados por la suerte que á los hom- bres desparrama, después de haberse saludado un momento en el pedregoso camino de la vida! Y el ser pública esta conversación — más que en diálo- go, en monólogos entreverados — le da cierta consagración de gravedad, haciéndola, á la vez que más jugosa, más íntima también. Más íntima, sí; porque no cabe duda alguna de que es- tos artículos, en que nos dirigimos re- flexiones que puedan sugerir algo á 96 UNAMUNO Y GANIVET todos los que, mirando más allá del falaz presente, nos hagan la merced de leernos, son para nosotros una co- rrespondencia más entrañable y más cordial que la que por cartas priva- das sostenemos. Obligados por el res- peto debido al público que nos lea á mantenernos en cierta elevación de tono, prescindimos de nosotros mis- mos, siendo asi como cada cual logra dar lo más granado y lo mejor de sí mismo, lo que á nuestro pueblo debe- mos y se lo tornamos acrecentado en cuanto nuestra diligencia alcanza.
Usted ha rodado por tierras extra- ñas, puestos siempre su corazón y su vista en España, y yo, viviendo en ella, me oriento constantemente al ex- tranjero, y de sus obras nutro sobre todo mi espíritu. Son dos modos de ser- vir á la patria diversos y concurren- tes. Y en punto á patriotismo, ¡qué tristes nociones ha esparcido la igno- rancia por España! Hase olvidado que ÉL PORVENIR DE ESPAÑA 97 la verdadera patria del espíritu es la verdad; que sólo en ella descansa y trabaja con sosiego.
Y dejándome de escarceos, que hue- len á la epístola moral á Fabio, me voy derecho á lo que usted dice de la raza española.
Siempre he creído que la historia, que da razón de los cuatro que gritan y nada dicen de los cuarenta mil que callan, ha hecho el papel de enorme lente de aumento en lo que se refiere al cruce de raza en el suelo español. Las crónicas nos hablan de la invasión de los iberos, de los celtas, de los feni- cios, de los romanos, de los godos, de los árabes, etc., y esto nos hace creer que se ha formado aquí una m escolan za de pueblos diversos, cuando estoy persuadido de que todos esos elemen- tos advenedizos representan junto al fondo primitivo, prehistórico, una pro- porción mucho menor de lo que nos figuramos, débiles capas de aluvión 98 98 UNAMUNO Y GANIVET sobre densa roca viva. Un batallón de ginetes que entra metiendo mucho rui- do en un pueblo pacífico, que en su mayor parte le ve entrar con indiferen- cia, da que decir á las gacetillas, y el más leve motín de un lugar abulta en los telegramas, donde no se da cuenta de los que van, como todos los años, á trillar sus parvas. Desde la orilla se ve durante una tempestad cómo se alzan tumultuosas y potentes las olas, y no se da cuenta de que todo aquel tumul- to no pasa de la superficie, de que las aguas que se embravecen y braman son una débil película comparadas á las profundas capas que permanecen en reposo. Brama la tempestad sobre la solemne calma de los abismos sub- marinos. El día mismo del desastre de la escuadra de Cervera hallábame yo, acordonado desde hacía días para no recibir diarios, en una dehesa en cuyas eras trillaban en paz su centeno los la- briegos, ignorantes de cuanto á la gue- EL PORVENIR DE ESPAÑA 99 rra se refiere. Y estoy seguro de que eran en toda España muchísimos más los que trabajaban en silencio, preocu- pados tan sólo del pan de cada día, que los inquietos por los públicos sucesos.
Es la historia como un mapa, y no mejor que un mapa los lugares del es- espacio, determina aquélla los sucesos del tiempo. La leyenda, aunque al pa- recer menos exacta, es más verdadera, como es más verdadero un paisaje, por libre que sea, que un plano topográfico tomado á toda ciencia trigonométrica. Danos el mapa los contornos de los continentes é islas en cuanto el nivel ordinario del mar los define; pero si ese nivel fuese bajando, i qué grandes cambios en nuestra geografía! Así en la historia, si fuese posible hacer bajar el nivel del olvido, que encubre para siempre la vida fecunda y silenciosa de las muchedumbres que pasan por el mundo sin meter ruido, ¡cómo iría cambiando el mapa de los sucesos con 100 que han alimentado nuestra memoria!
Hay en los abismos del Océano in- mensas vegetaciones de minúsculas madréporas, que labran en silencio la red enorme de sus viviendas. Sobre es- tas vegetaciones se asientan islas que surgen del mar. Así en la vida de los pueblos aparecen aislados en la historia grandes sucesos, que se asientan sobre la labor silenciosa de las obscuras ma- dréporas sociales, sobre la vida de esos pobres labriegos que todos los días sa- len con el sol á la secular labranza. Lo que ocurre en la isla, afecta muy poco á su basamento madrepórico.
Muy poco, creo, han afectado á la base de la vida popular española las diversas irrupciones que la historia nos cuenta ocurridas en su superficie. ¿Cuántos eran los fenicios que llega- ron, con relación á los que aquí vivían? ¿Cuántos los romanos, los godos, los árabes, y hasta qué punto penetraron en lo íntimo de la raza? Yo creo que EL PORVENIR DE ESPAÑA 101 pasaron poco de la superficie, muy poco, y que en cuanto pasaron algo, fueron absorbidos; como creo que de- jará más rastro Pidal, que tiene cosa de una docena de hijos, que otros polí- ticos de más nombre y menos fecundi- dad efectiva. Hay que fijarse en lo más íntimo. Parmentier hizo más obra y más duradera trayéndonos las patatas, que Napoleón revolviendo á Europa, y hasta más espiritual, porque, ¿qué no influirá la alimentación patatesca en el espíritu?
Todo esto sirve para indicar nada más mi idea de que el fondo ele la po- blación española ha permanecido mu - cho más puro de lo que se cree, enga- ñándose por la falaz perspectiva histó- rica, creencia que parecen confirmar las investigaciones antropológicas.
Celtas, fenicios, romanos, godos, los mismos árabes, de que parece usted tan prendado, fueron poco más que oleadas, tempestuosas si se quiere, 102 UNAMUNO Y OAN1VET pero oleadas al fin, que influyeron muy poco en la base sub-histórica, en el pueblo que calla, ora, trabaja y muere. Luego por ley, larga de explicar aquí, sucede que al mezclarse pueblos diver- sos en proporciones distintas, el más numeroso prepondera en lo fisiológico y radical más que lo que su proporción representa.
Creo asimismo que las diferencias étnicas interiores que en España se observan — gallegos, vascos, catala- nes, castellanos, etc., — arrancan de diversidades prehistóricas.
Nosotros los vascos tenemos fama, como usted me lo recuerda, de conser- varnos más puros. No sé si esto es ver- dad; sólo sé que para que esa idea se haya difundido ha servido el que ha- yamos tenido la felicidad de ser un pueblo sin historia durante siglos en teros. La historia no ha velado, con su falsa perspectiva, un hecho que creo se cumple en los demás pueblos penin- EL PORVENIR DE ESPAÑA 103 sulares. Y por no haber tenido historia y sí vida pública sub-histórica, mi pue- y blo vasco ha combatido á las liberta- des individuales, atomísticas, luchan- do por las sociales. Mas como esto es muy largo de contar, mejor es dejarlo.
II No podrá haber sana vida pública, amigo Ganivet, mientras no se ponga de acuerdo lo íntimo de nuestro pueblo con su exteriorización, mientras no se acomode la adaptación á la herencia. Esta, que es la idea capital de usted, es también la mía. Concordamos en ella disintiendo algo en su desarrollo, lo cual da carácter armónico á nuestra conversación, haciéndola en su unidad varia.
La historia, la condenada historia, que es en su mayor parte una imposi- ción del ambiente, nos ha celado la 106 UNAMUNO Y GANIVET roca viva de la constitución patria; la historia, á la vez que nos ha revelado gran parte de nuestro espíritu en nues- tros actos, nos ha impedido ver lo más íntimo de ese espíritu. Hemos atendido más á los sucesos históricos que pasan y se pierden, que á los hechos sub his- tóricos, que permanecen y van estra- tificándose en profundas capas. Se ha hecho más caso del relato de tal cual hazañosa empresa de nuestro siglo de caballerías que á la constitución rural de los repartimientos de pastos en tal ó cual olvidado pueblecillo. Nos han llenado la cabeza de batallas, expe- diciones, conquistas, revoluciones y otros líos semejantes, sin dejarnos ver lo que bajo la superficie pasaba entre- tanto; nos han puesto en la orilla á contemplar tempestades para que tem- plemos nuestro espíritu en los grandes espectáculos, y no nos han dejado ver la labor de las madréporas de que le hablaba en mi anterior capítulo. He- EL PORVENIR DE ESPAÑA 107 mos oído en lontananza el eco de los cascos de los caballos de los árabes al invadir España, y no el silencioso paso de los bueyes que á la vez trillaban las parvas de los conquistados, de los que se dejaron conquistar.
Se ha perdido la inteligencia del len- guaje propio del pueblo, lenguaje silen- cioso y elocuente, y se ha querido que hable en los comicios, donde, como dice usted muy bien, no sabe respon- der. Pedirle al pueblo que resuelva por el voto la orientación política que le conviene, es pretender que sepa fisio- logía de la digestión todo el que digie- re. Como no se sabe preguntarle nó responde, y como no habla en votos, lenguaje que le es extraño, cuando quiere algo habla en armas, que es lo que hicieron mis paisanos en la última guerra civil. Ellos querían algo sin sa- ber definirlo, y á falta de mejor medio de expresarlo se fueron al monte, de- jando que formulasen su deseo algu- 108 UNAMUNO Y GANIVET nos señores, que maldito si lo sabían. Porque el carlismo de Mella y de El Correo Español, pongo por caso, es al carlismo real y efectivo mucho menos que un mapa al terreno real, siguiendo la metáfora que establecí ya una vez. El carlismo popular, que creo haber estudiado algo, es inefable, quiero de- cir, inexpresable en discursos y pro- gramas; no es materia oratoriable. Y el carlismo popular, con su fondo so- cialista y federal y hasta anárquico, es una de las íntimas expresiones del pue- blo español. Algo más adelantaríamos si nuestros estadistas, ó lo que sean, en vez de atender á las idas y venidas de don Carlos, y hacer caso de los pe- riódicos del partido ó de las predica- ciones de éste ó de aquel Mella que toma al carlismo de materia oratoria- ble y de sport político, se fijasen en las necesidades de los pueblos, en las íntimas, en las que no se expresan. Cuando se habla de mi Vizcaya, en se- EL PORVENIR DE ESPAÑA 109 guida se acuerdan todos de los dicho- sos fueros, ignorándose que mucho más que los tales fueros le importa al aldeano vizcaíno el cierre de los mon- tes que fueron del común un día.
Los dos factores radicales de la vida de un pueblo, los dos polos del eje so- bre que gira son la economía y la reli- gión. Lo económico y lo religioso es lo que en el fondo de todo fenómeno so- cial se encuentra. El régimen econó- mico de la propiedad, sobre todo de la rural y el sentimiento que acerca del fin último de la vida se abriga, son las dos piedras angulares de la constitu- ción íntima de un pueblo. Toda nues- tra historia no significa nada como no nos ayude á comprender mejor cómo vire y cómo muere hoy el labriego es- pañol; cómo ocupa la tierra que labra y cómo paga su arrendamiento, y con qué estado de ánimo recibe los últi- mos sacramentos; qué es y qué signica una senara ó una exctisa) y qué es 110 UNAMUNO Y GANIVET y qué significa una misa de difuntos.
En el país español que mejor conoz- co, por ser el mío, en Vizcaya, el esta- blecimiento de la industria siderúrgica por altos hornos y el desarrollo que ha traído consigo, representa más que el más hondo suceso histórico explosivo; es decir, de golpe y ruido, como creo que en esa Granada el establecimiento de la industria de la remolacha ha tenido más alcance é importancia que su conquista por los Reyes Católicos.
Y como esto exige algún mayor des- arrollo, aunque sea sumario y por vía sugestiva, como todo lo contenido en estos capítulos, lo dejo para otro.
III "Para que la organización social cambie han de cambiar antes las ideas,,, dice usted, amigo Ganivet, y ya no conformo con usted en éste su idealismo. No creo en esa fuerza de las ideas, que antes me parecen resul- tantes que causas. Siempre he creído que el suponer que una idea sea causa de una transformación social, es como suponer que las indicaciones del baró- metro modifican la presión atmosféri- ca. Cuando oigo hablar de ideas bue- nas ó malas me parece oir hablar de sonidos verdes ó de olores cuadrados.
112 UNAMUNO Y GANIVET Por esto me repugna todo dogmatismo y me parece ridicula toda inquisición.
Lo que cambia las ideas, que no son más que la flor de los estados del espí- ritu, es la organización social, y ésta cambia por virtud propia, obedeciendo á leyes económicas que la rigen, por un dinamismo riguroso.
No fué Copérnico quien echó á rodar los mundos, según las leyes por él des- cubiertas, ni fueron Marx y sus pre- cursores y sucesores los que produje- ron el movimiento socialista. Esto lo sabe usted mejor que yo, sin que se le haya turbado la clara visión de tal ver- dad por cierto excesivo historicismo que en usted observo.
En diferentes obras, algunas magis- trales como las de Marx y Loria, está descrita la evolución social en virtud del dinamismo económico, y si alguna falta les noto, es que, ó prescindan del factor religioso, ó quieran englobarlo también en el económico.
EL PORVENIR DE ESPAÑA 113 No el cambio de ideas, el de organi- zación social, sino éste traerá á aquél. Las fábricas de altos hornos en mi país, y las de remolacha en el de usted, harán mucho más que lo que pudiese hacer un ejército de ideólogos como usted y yo.
La misma cuestión colonial, hoy tan candente que nos abrasa, es ante todo y sobre todo una cuestión de base y origen económicos. Hay que estudiarla no en nuestra historia colonial, que sólo cuenta lo pelicular, no en los épi- cos relatos de nuestros navegantes de la edad de oro, no en toda esa farama- lla de nuestros destinos en el Nuevo Mundo, sino en las aduanas coloniales. No creo con usted que fuimos á evan- gelizar y cometer desafueros, sino á sacar oro; fuimos á sacar oro, que pa- saba luego á Flandes, donde trabaja- ban para nosotros y á nuestra costa se enriquecían con su trabajo. Y como nuestro modo de explotar á las coló- 114 UNAMUNO Y GANIVET nias no encaja en la actual economía pública, las explotarán otros.
Es preciso hablar claro por verdade- ro patriotismo, ahora que piden la paz por motivos impuros y egoistas mu- chos que por motivos egoistas é impu- ros pidieron la guerra. Raro es quien execra de la guerra por la guerra mis- ma, por cristianismo, y si no, vea us- ted cómo fueron de los más encendidos apóstoles del duelo internacional los que más predican contra el individual y contra el falso honor mundano.
Hay que hablar claro. Al campesino que sin más capital, que sus brazos emi- gra de España en busca de pan, lo mis- mo le da que sea española ó no la tie- rra á que arriba, lo mismo se gana su vida y acaso labra su fortuna en los cafetales del Brasil, q ue en las pampas argentinas ó cuidando ganado en las sabanas de Tejas, en los Estados Uni- dos, como alguno que conozco. Pero á la industria nacional que quiere vivir EL PORVENIR DE ESPAÑA 115 sin gran esfuerzo del monopolio no le cía lo mismo. Traía trigo de los Estados Unidos, de esos mismos Estados Uni- dos con que estamos en guerra, le mo- lía aquí, en la península y llevaba la harina á Cuba, haciendo pagar cara á los cubanos la maquila de la molienda. Se encarecía la vida en Cuba en pro- vecho de los industriales y negocian- tes de aquí. Y luego venía lo de hacer pasar harina por yeso y todo lo demás de la canción. Añada usted lo del azú- car y tendrá bien claro el principal factor de lo que por de pronto nos abruma.
Y todo esto no lo han traído ideas especiales de los españoles acerca de la colonización, sino nuestra constitu- ción económica, basada en última ins- tancia en la constitución de nuestro suelo, última ratio de nuestro modo de ser. Es la misma idea de usted res- pecto á lo territorial.
Ha}^ en España algo que permanece 116 UNAMUNO Y GANIVET inmutable bajo las varias vicisitudes de su Historia, algo que es la base de su subhistoria.
Este algo es que España está forma- do en su mayor parte por una vasta meseta, en que van los ríos encajona- dos y muy deprisa, y cuya superficie resquebrajan las heladas persistentes del invierno y los tremendos ardores del estío. Es un país en su mayor ex- tensión, de suelo pobre, carcomido por los ríos que se )e llevan la substancia, escoriado por sequías y por lluvias to- rrenciales. Y este país quiere seguir siendo lo que peor puede ser, país agrí- cola. La cuestión es ésta: ó España es, ante todo un país central ó periférico ó sigue la orientación castellana, des- quiciada desde el descubrimiento de América, debido á Castilla, ó toma otra orientación. Castilla fué quien nos dió las colonias y obligó á orien- tarse á ellas á la industria nacional; perdidas las colonias, podrá nuestra EL PORVENIR DE ESPAÑA 117 periferia orientarse á Europa, y si se rompen barreras proteccionistas, esas barreras que mantiene tanto el espíri- tu triguero, Barcelona, podrá volver á reinar en el Mediterráneo; Bilbao flo- recerá orientándose al Norte, y así irán creciendo otros núcleos naciona les ayudando al desarrollo total de Es- paña.
No me cabe duda de que una vez que se derrumbe nuestro imperio colonial surgirá con ímpetu el problema de la descentralización, que alienta en los movimientos regionalistas. Y el hacer cuatro indicaciones acerca de esto lo dejo para otro capítulo.
IV "Mejor es que usted y yo tengamos ideas distintas, que no que yo acepte las de usted por pereza ó por ignoran- cia; mejor es que en España haya quin- ce ó veinte núcleos intelectuales, si se quiere, antagónicos, que no que la na- ción sea un desierto y la capital atrai- ga á sí las fuerzas nacionales, acaso para anularlas.,, Esto dice usted, ami- go Ganivet, con excelente buen senti- do, en el segundo de los artículos que me dedica. De esas ideas me hago so- lidario, y sobre ellas voy á insertar aquí cuatro reflexiones.
120 UNAMUNO Y GANIVET Nada dificulta más la verdadera unión de los pueblos que el pretender hacerla desde fuera, por vía impositi- va, ó sea legislativa, y obedeciendo concepciones jacobinas, como suelen serlo las del unitarismo doctrinario. Esa unión destruye la armonía, que surge de la integración de lo diferen- ciado.
Quéjanse los catalanes de estar so- metidos á Castilla, y quéjanse los cas- tellanos de que se les somete al género catalán. La sujeción de una de estas regiones á la otra en. lo político se ha equilibrado con la sujeción de ésta ó aquélla en lo económico Y de tal suer- te padecen las dos. El caso cabe exten- derlo y ampliarlo.
En vez de dejar que cada cual cante á su manera y procurar que cantando juntos acaben por formar concertado coro armónico, hay empeño en suje- tarlos á todos á la misma tonada, dan- do así un pobrísimo canto al unísono, EL PORVENIR DE ESPAÑA 121 en que el coro no hace más que meter más ruido que cada cantante, sin enri- quecer sus cantos.
No cabe integración sino sobre ele- mentos diferenciados y todo lo que sea favorecer la diferenciación es prepa- rar el camino á un concierto rico y fe- cundo. Sea cada cual como es, des- arróllese á su modo, según su especial constitución, en su línea propia, y así nos entenderemos mejor todos.
Hace ya algún tiempo publiqué en un diario catalán un artículo acerca del uso de la lengua catalana, abogan- do por que escriba cada cual en la len- gua en que piensa. En él asentaba que es mejor que los catalanes escriban en catalán y los castellanos los traduz- can, que no el que se traduzcan ellos mismos, mutilando su modo de ser. Al esforzarse el castellano por penetrar en los matices de una lengua que no es la suya y al trabajar por traducir un pensamiento que le es algo extraño, 122 UNAMUNO Y GANIVET ahondará en su propia lengua y en su pensamiento propio, descubriendo en ellos fondos y rincones que el confina- miento le tiene velados. Si el castella- no se empeñase en penetrar en el es- píritu catalán y el catalán en el espí- ritu castellano, sin mantenerse á cierta distancia, llenos de mutuos prejuicios por mutuo desconocimiento íntimo, no poco ganarían uno y otro. El conoci- miento íntimo de lo ajeno es el mejor medio de llegar á conocer lo propio. Quien sólo sabe su lengua — decía Goethe, — ni aun su lengua sabe. Pue- blo que quiera regenerarse encerrán- dose por completo en sí, es como un hombre que quiera sacarse de un pozo tirándose de las orejas.
Si entre sus virtudes tiene algún vi- cio profundo el pueblo castellano es este de su íntimo aislamiento, aunque viva entre otros pueblos. Corrió tie- rras y mares entre pueblos extraños, pero siempre metido en su caparazón.
EL PORVENIR DE ESPAÑA 123 Así como cree con terca ignorancia que le bastarían los recursos de su suelo para vivir la vida que hoy se le ha hecho habitual, encerrado en sí, cree también que tiene en su fondo tradicional con qué nutrir su espíri- tu, satisfaciendo á la vez á la nece- sidad imperiosa de progreso. Con he- rir tanto el desdén del catalán ó del vasco no sé si es menos hondo, aun- que más callado, el desdén del caste- llano.
Si el carlismo se extiende por toda la Península es porque se extiende por toda ella el regionalismo. Y hay un síntoma de buen agüero, y es que nace y va cobrando fuerza el regionalismo castellano, el de los trigueros. Cuando la región centralizadora, la que duran- te siglos ha impulsado la obra unifica- dora, se hace regionalista, es porque el regionalismo se impone. Entra como una de tantas en el concurso.
Ahora sólo falta que ese regionalis- 124 UNAMUNO Y GANIVET mo se haga orgánico y no exclusivis- ta; que se pida la vida difusa en be- neficio del conjunto: que se aspire á la diferenciación puestos los ojos en la integración; que no nos estorbe- mos los unos á los otros para que cada cual dé mejor su fruto y puedan tomar de él los demás lo que les con- venga.
Y este problema del regionalismo, que surgirá con fuerza así que salga- mos de la actual crisis, surgirá com- binado con el problema económico- social. El revivir del carlismo no es más que un mero síntoma del revivir del regionalismo en cierto modo socia- lista, ó del socialismo regionalista. Y ¿por qué no decirlo?, es el fondo anar- quista del espíritu español que pide forma, expresión, desahogo.
Ese fondo, que tomaría forma po- tente si nuestra nación se integrara sobre base popular, culmina más que en nada en el cristianismo español de EL PORVENIR DE ESPAÑA 125 que usted habla, en el que representan nuestros místicos.
Y con esto llego al final de estas re- flexiones.
V Es tal el nimbo que para la mayor parte de las personas rodea á la pala- bra anarquismo, de tal modo la acom- pañan con violencias dinamiteras y negaciones radicales, que es peligroso decirles que el cristianismo es, en su esencia, un ideal anarquista, en que la única fuerza unificadora sea el amor.
En ninguna parte acaso se compren- dió mejor que en nuestra patria este sentido cristiano; pocos místicos en- tendieron tan bien como los místicos castellanos aquellas palabras de San 128 UNAMUNO Y GANIVET Pablo de que la ley hace el pecado.
Usted mismo, amigo Ganivet, ha trazado en las más hermosas páginas de su Idear mm la silueta del anarquis- mo cristiano español, sobre todo don- de trata usted de la justicia quijotes- ca, que es en el fondo la justicia pauli- niana, la cristiana. En mis artículos En torno al casticismo, que no sé cuan- do recogeré en un tomo, había yo ya tratado este mismo punto.
Pero el impulso que á los sentimien- tos religiosos pudo haber dado en Es- paña la mística castellana quedóse poco menos que en mera iniciación; fue ahogado por factores históricos, por el fatal ambiente en que se movía la historia de nuestro pueblo. La re- forma teresiana. después de haber sido embotada en su misma orden, fué obs- curecida por los jesuítas. La Compa- ñía de Aquaviva más bien que de mi paisano San Ignacio — espíritu nada jesuítico— es la que de hecho ha dado EL PORVENIR DE ESPAÑA 129 tono desde entonces á la religiosidad consciente de España.
Y aquí encaja como anillo al dedo lo que usted dice muy gráficamente de las ideas picudas: que puede aplicarse á los sentimientos.
Cuanto usted nos dice que le sugirió su primer oficio de molinero tiene per- fecta aplicación en este orden.
La tarea silenciosa y pausada de mo- ler con muela redonda, sin picos de intolerancia y dogmatismo, en nada es más provechosa que en la vida reli- giosa.
Pero aquí se ha hecho de la fe reli- giosa algo muy picudo, agresivo, cor- tante, y de aquí ha salido ese jacobi- nismo pseudo-religioso que llaman in- tegrismo, quintaesencia de intelectua - lismo libresco. Y para vestir á este des- carnado esqueleto, rígido y seco y lle- no de esquinas y salientes, no se ha encontrado mejor carne que un siste - ma de prácticas teatrales y ñoñas, con 130 UNAMUNO Y GANIVET sus decoraciones, sus luces, sus coros y su letra y música de opereta mala con derroche de superlativos dulzarro- nes y acaramelados. Y por debajo de este aparato fisiológico la constante cantinela de que el liberalismo es pe- cado, sin que logremos llegar á saber qué es eso del liberalismo.
La vida cristiana íntima, recogida, entrañable, hay que ir á buscarla á ta- les cuales almas aisladas, que alimen- tándose del tradicional legado, no se dejan ahogar por esa balumba de fór- mulas, silogismos, rutinas y cultos de molinillo chinesco.
De cómo está oscurecido el senti- miento cristiano nos dan continuas pruebas las circunstancias por que pasa la nación. Aun no hace dos días he leído en un semanario religioso elogios á unos frailes que han tomado en Filipinas las armas, y á nadie, que yo sepa, se le ha ocurrido todavía que si las órdenes religiosas del archipié- EL PORVENIR DE ESPAÑA 131 lago hubiesen cumplido su misión se habrían sublevado los tagalos contra España, pero no contra ellas. Su oficio no debe ser mantener la soberanía de tal ó cual nación sobre éste ó el otro territorio; una orden religiosa no debe ser patriótica de esa manera, pues no está su patria en este mundo. Sé que á muchos parecerá lo que voy á decir una atrocidad, casi una herejía, pero creo y afirmo que esa fusión que se es- tablece entre el patriotismo y la reli- v gión daña á uno y á otra. Lo que más acaso ha estorbado el desarrollo del espíritu cristiano en España es que en los siglos de la Reconquista se hizo de la cruz un pendón de batalla y hasta un arma de combate, haciendo de la milicia una especie de sacerdocio. Las órdenes militares y la leyenda de San- tiago en Clavijo son en el fondo im- piedades y nada más. El patriotismo tal y como I103- se entiende en los pa- triotismos nacionales es un sentimien- 132 to pagano. Decimos con los labios que todos los hombres somos hermanos, pero en realidad practicamos el ad- versus aeterna auctoritas, y tenemos de la fraternidad la idea que tienen las tribus salvajes: sólo es hermano el de la misma tribu.
Tiene usted muy triste razón cuando afirma que el cristianismo apenas se ha iniciado, que no es más que una dé- bil capa en los pueblos modernos. El evangelio de éstos es, en realidad, ese condenado Derecho romano, quinte- senciado sedimento del paganismo, medula del egoísmo social anticristia- no. Cuando se dirija usted á mi, ami- go Ganivet, puede decir del Derecho cuantas perrerías se le antojen, por- que lo aborrezco con toda mi alma y con toda ella creo, con San Pablo, que la ley hace el pecado. Derecho y deber, estas dos categorías con que tanto nos muelen los oídos, son dos categorías paganas; lo cristiano es EL PORVENIR DE ESPAÑA 133 gracia y sacrificio, no derecho ni deber.
Y ¡á qué monstruosidades no ha lle- vado el infame contubernio del Evan- gelio cristiano con el Derecho roma- no! Una de ellas ha sido la consagra- ción religiosa que se ha querido dar al patriotismo militante.