70 pañol. El arte español es místico en sus inspiraciones másaltas, yaun en aquellas formas del arte que menos se prestan al misticismo ha hallado medio de subir hasta él: en las cartas familiares, en el teatro—donde hay géneros puramente místicos, como los autos sacramentales, —+£n la novela. De la música, de la. pin- tura, de la arquitectura, no hay siquiera que hablar; pero mientras ese misticis— mo es de ordinario seco, adusto, á.veces abstruso y árido, excesivamente doctr1- nal, en nuestros escritores toma cierto aire de frescor y lozanía que lo rejuve— nece. La entonación didáctica se la sus- tituye por la entonación oratoria; la cita - de textos por el rasgo imaginativo, y la frase austera por el concepto vivo, apa- sionado, lleno de bravura, de que hay tantos ejemplos en nuestro P. Granada.
En nuestro arte propio hay siempre, pues, una idea mística en un cuadro de la naturaleza, y esa idea mística unas veces está directamente expresada y otras se deja traslucir en un soplo de amor, que vivifica hasta lo más pequeño y despreciable. Porque el misticismo no es el éxtasis; es mucho más y mejor: arranca del desprecio de todas las cosas. de la vida, y concluye en el amor de to- das las cosas de la vida; el desprecio nos 71 71 levanta hasta encontrar un ideal que nos reposa, y con la luz dél ideal hallado ve- _mos lo que antes era grande y odioso, mucho más pequeño y más amable; por donde venimos á dar en el arte puro y universal que idealiza al héroe y al men- digo, al santo y al bandolero, á los ca- balleros andantes y á los Rinconetes y Cortadillos.
Si alguna duda quedara acerca de la realidad de este concepto de nuestro arte, se desvanecería ante el espectácu- lo de nuestras costumbres. ¿Dónde hay un pueblo que festeje á San Juan bañán- dose á las doce de la noche, á San Pe- dro pasando las pasaderas del río «con objeto de caerse,» á San Antón yendo á los olivares á comer la cabeza del cerdo y á San Miguel subiendo á un cerro á merendar? “Podos los pueblos tienen sus fiestas propias, y yo he concurrido á al- gunas, como las «kermesses» de Flandes, que tienen gran relación con las fiestas de nuestro país; pero allí el campo es un accesorio, y las diversiones degeneran en orgías saturnalescas: falta verdura y so- bra sensualidad. Nosotros, para distraer- nos, necesitamos ante todo un santo y un olivo. Ved á ese hombre que á la puerta . de un ventorrillo, al calor de una «ma= ceta,» disparata contra Dios y los hom- 72 bres, y dice no creer en la camisa que lleva puesta: es probable que al entrar en la población, al pasar por las Angustias, entre en el templo á hacerle su visita á la «abuela.» No digamos que es un majadero, porque entonces nos insul- tarlamos á nosotros mismos. El poeta Zorrilla era «hombre de ideas avanza— das,» y fué nuestro cantor tradicional; Alarcón era un escéptico, y escribió como un creyente. Si se les hubiera pre- guntado por qué esta contradicción en-— tre sus ideas y sus obras, hubieran di- cho: «Nuestras ideas son negativas y no sirven para el arte, que es cosa de crear, no de destruir; si escribimos con nues- tras ideas, compondremos folletos de propaganda, no obras de arte. Y además, cuando pensamos, pensamos con nues— tra cabeza, mientras que cuando crea- mos, creamos con todo nuestro sér y nos sale lo que está en nuestra sangre. Hay algo que está por encima de las fuerzas humanas.» Contestación que, no por ser inventada, deja de ser digna de que la tengan presente los audaces de nuestro tiempo.
La decadencia de nuestro arte local tiene su origen en la falta de equilibrio de esas dos fuerzas que lo sostienen: de- bilitadas las ideas, el «color local» se in- O 73 subordina y creamos sólo obras para an- dar por casa. Nos sucede lo que á los to— reros nuevos: mucho corazón para acer— carse á las astas del toro; pero falta de maestría para salir de las suertes. Cuan- do lo esencial del arte no es entrar, sino salir con seguridad y elegancia. Y no se crea que hablo de aquellos artis— tas que, por cariño á su ciudad ó por modestia, se conforman con ser artistas locales. Muchos artistas- jóvenes de la región andaluza, algunos granadinos, han hecho sus primeras y aun segun-, das armas en Madrid: pintores, escrito— res, músicos. Y ninguno, á pesar de ha— berlos de méntos excepcionales, ha lo- grado imponerse todavía. Los críticos —los contados críticos que tenemos, —y el espíritu crítico que no se ve, rechazan con razón un arte que tiene en lugar de alma resplandores de luz, y en vez de corazón vejigas de sangre, y en el sitio donde están las ideas, manchas borrosas donde bailotea algo que aún no ha sido posible descifrar.
VIII * ¿QUÉ SOMOS?
Somos lo que todos saben, lo que es todo en España: una interinidad. Pero hay mil.modos de entender lo que es esta interinidad.
Los que tenemos la desgracia de hacer poco caso de la estadística, nos vemos obligados á recurrir á menudo á las prue- bas psicológicas. Y entre varias, voy á sacar algunas para que se comprenda cómo entiendo yo eso de la interinidad. Cuando ocurre ir por los barrios bajos de Madrid y pasar por delante de alguno de los pocos palacios señoriales que allí quedan, y se nota que todo está cerrado, como si nadie lo habitara, se piensa que en aquel palacio ha ocurrido una des gracia Ó que sus dueños están ausentes. S1 después se va á la Castellana y se pa- sa por delante de un gran hotel, que también está cerrado y deshabitado, se piensa que aquella casa se alquila, y 76 hasta se desea tener dinero pará alqui— larla.. o, Si se pregunta á un obrero de la ciu— dad qué opinión tiene sobre los hombres y cosas de España; sobre partidos, gru— pos y banderías, contesta invariable— mente que todos son lo mismo, y todos creen que es un escéptico, que está des- engañado. ¡Grave error! Es que no se ha enterado todavía. Lo de los malos go- biernos es una vulgaridad cómoda para salir del paso. En todas partes hay bue- nos y malos gobiernos, y en nuestra pa— tria no están los peores. Si se hace la misma pregunta á un trabajador del campo, éste no contesta nada, y aquí ya se piensa que es que no se ha enterado de lo que pasa; pero tampoco esto es exacto: la verdad rigurosa es que ni se ha enterado ni quiere enterarse. Si os tomáls la molestia de leer en los ojos del campesino, veréis en ellos la soberbia frase del cínico Diógenes al emperador Alejandro: «Apártate, que me de él sol.»
Y es que el pueblo oye decir que hay constituciones y leyes, que no ha leído porque tiene la singular fortuna de no Saber leer, y oye también decir que en esas constituciones y leyes se le han ga- rantizado todos los derechos inherentes á la vida de los hombres libres, y después 17 ve que en cuanto ocurre «algo gordo» se suspenden todas esas garantías, y. dice: «¡Hola! ¿con que todo eso:no sirve más que cuando no sirve para nada?» Sabe el pueblo que existe un Parlamento, y ve que cuando llega un momento crítico se cierra ese Parlamento para desembara-— zar la acción del poder ejecutivo, y dice: «¿Con que eso no sirve más que para las cosas menudas?» Y continúa arrai- gada en el pueblo la convicción de que si llegamos á vernos enfrente de un ver— dadero peligro, habrá que derribarlo to- do como una decoración de teatro, y quedarnos «en pelo» como nos queda— mos en 1808. Ese es el sentimiento po— pular y esa es la parte flaca de nuestro sistema político, no la torpeza de los go- biernos, que, en justicia, proceden leal-- mente al suplir con su acción (que pu= diera ser mucho más arbitraria) la inac- ción popular. Estamos en plena indiges- tión de leyes nuevas, y, por lo tanto, el mayor absurdo que cabe concebir es dar nuevas leyes y traer nuevos cambios;. para salir de nuestra interinidad nece- sitaríamos un siglo ó dos de reposo, no- nuevas y caprichosas orientaciones. Al- gunos creen que se resolvería el proble-— ma extendiendo la instrucción, porque se figuran que las leyes se aprenden le— 79 yendo: así las aprendemos los abogados para.ganarnos la vida; pero el pueblo «lebe aprenderlas, sin leerlas, practicán- ' dolas y amándolas.
Hasta aquí la prueba psicológica. Sé que los que no estén conformes con la deducción, dirán que estos razonamien- tos son caprichosos; que les falta «base estadística,» como si todos no estuvié— ramos en el secreto de que con las esta— dísticas se demuestra lo que se quiere.. Lus observaciones menudas son las que descubren el alma de las naciones, por- que en los grandes hechos rigen leyes que son aplicables 4 todos. Nada más difícil que conocer á un hombre viéndo- le trabajar en su oficio: los que ejercen la medicina ó la abogacía, los que se de- dican á afeitar ó á hacer zapatos, tienen entre sí un alre particular que da la pro- fesión y parecen iguales á primera vista; hay que estudiarlos en sus ratos de ocio, De dos médicos, el uno los entretiene jugando con sus hijos, y el otro tocando £l violín; de dos abogados, el uno redac- tando un nuevo Código civil, y el otro haciendo juegos de prestidigitación; de dos zapateros, el uno leyendo periódicos «exaltados, y el otro emborrachándose; de dos barberos, el uno pegando á su mu- jer, y el otro cuidando de sus canarios.
» 19 » 19 - Cuando se nota con más vigor la fuer- za del hecho pequeño, característico, como revelador de lo íntimo de las gran- des cosas, es cuando mediante él se con- firma un concepto ya admitido y demos- trado. Inglaterra es una nación fuerte, rica, animada por un sentimiento de lo útil, tan universal como en Grecia lo fué el sentimiento de lo bello; es la nación del negocio serio, grande y solemne. Este juicio lo comprobáis al minuto de estar en Londres: ved á ese carnicero, que gravemente corta los tajos de carne, puesto de sombrero de copa alta. Aquí la carne es cuestión de Estado. Ved ese _ palacio, cuya portada parece la de un templo griego; no penséis que es un Mu- seo Ó yn Tribunal: es la casa de un negociante en guanos artificiales.” Alemania es un imperio políticamen- te constituido, que aspira á su constitu— ción interna, á la fusión de lo que toda- vía no está más qué yuxtapuesto, solda- do. Y esto se nota al llegar á Berlín en mil rasgos de la vida común, el primero la adoración del Kaiser. En todas las tiendas grandes, pequeñas y más chicas, en los escaparates, entre tejidos, pieles, sombreros,.drogas, botellas, pelucas Ó legumbres, surge indefectible,:irreme-— diable, el busto del Emperador. ¿Es que 80 . este pueblo de románticos se ha conver- tido en un pueblo de aduladores del po- der? No. Es que necesita un simbolo. Pasarán algunos años, y cuando ese pueblo se reconozca unido y fundido espi= ritualmente, el símbolo desaparecerá.— Rusia es un imperio embrionario, donde existe una clase directora que piensa y gobierna, y un pueblo que políticamente no cuenta para nada: los unos muy altos, quizás demasiado altos; los otros casi al ras del suelo; muchos eran siervos hace poco. Basta llegar á la frontera rusa, para ver todo esto en un rasgo insignif1- cante. En todas las aduanas hay un fun- cionario que en pocos minutos pasa re— vista á los equipajes; allí hay jefes que arrastran sus largos abrigos con majes— tad imperial, y que van y vienen hora tras hora de un lado para otro; y junto á ellos los mozos, los «muyiques,» con su vestimenta medio femenina, que des- atan y revuelven los. equipajes, que se os ríen en las barbas sin motivo, que se limpian las narices con los dedos y los dedos en la pechera, sin hacerse anti- páticos, porque se descubre en ellos un gran aire de candor que desde luego los revela como lo que son, como los hom-— bres más sencillos, honrados y noblejo- nes que hay en Europa.
pd 81 pd 81 Pero volviendo al punto de partida, á la interinidad y al siglo ó los dos siglos de reposo legislativo que hacen falta para concluir con ella, completaré mi pensamiento afirmando que ese estado de calma no significa para mí inacción, sino principio de un combate empeñado y énérgico en defensa de las libertades municipales. —Cuando en España se hundió el poder absoluto, debió tenerse presente que el poder real no se hizo absoluto por medio de un golpe de Es- tado, suprimiendo de una plumada una Constitución, sino que se hizo absoluto por la abolición sucesiva del régimen fo- ral. Y lo legítimo era volver á las liber- tades municipales, algo más reales, tan- gibles y corpóreas que las libertades consignadas en las Constituciones. No se hizo así, y al reaparecer después la idea, ya no fué libertad comunal, fué fe- deralismo; ya no fué régimen vario, sino régimen simétrico. ¡PFunesta simetría que todo lo ha invadido, desde el traza- do de las calles hasta el trazado de las leyes!
La lucha por la libertad municipal tiene su sitio marcado: la ciudad misma, donde se aspira á esa libertad. Para ex- plotar una mina, no se echan discursos en ningún Parlamento: hay que cavar 6 » 62 hondo allí donde está el filón. Si una ley general concediera la autonomía á todos los municipios, muchos de ellos, por su | ineptitud, desacreditarían el sistema, y caeríamos en errores pasados, Así, pues, la ciudad que pretenda vivir su vida pro- pia, gozar de la libertad de sus movi— mientos, debe esforzarse por ser de he-— cho tal como desea ser considerada por las leyes. Hoy no es concebible que nuestras Cortes dieran leyes de excep— ción en favor de las ciudades que fuesen -: dignas de administrarse á sí mismas; -. pero es porque apenas existe alguna de esas ciudades: si hubiese muchas, la rea- lidad se haría ver aun de los más ciegos.
No hace mucho, España entera se ha inclinado ante una sola provincia repre- sentada á la antigua usanza. El Gobier- | no atendió á Navarra, mientras á los demás no nos hacía caso; y el Gobier— | no llevaba razón. Un niño no es un hombre, | Para mí la clave de nuestra política debe de ser el ennoblecimiento de nuestra ciudad. No hay nación seria donde no hay ciudades fuertes. Si queremos ser patriotas, no nos mezclemos mucho, en '- los asuntos de política general. Aquella,. ciudad que realice un acto vigoroso, eSa -. pontáneo, original; que la muestre coma;; ? A a. AS AS ho.
83 centro de ideas y de hombres que en la estrechez de la vida comunal obran eomo hombres de Estado, tenga enten- dido que presta un servicio más grande y duradero que si enviara al Parlamen— to una docena de Justinianos y otra do— cena de Cicerones. Acaso peque yo de iluso en esta materia; pero he vivido en antiguas ciudades libres, que hoy con— servan aún gran parte de su libertad, y ime enamora su plenitud de fuerzas, su concepción familiar de todo cuanto está dentro de los muros, como si éstos fue— , ran los de una sola casa, la fe y confian- za del ciudadano en su ciudad. Granada puede acométer empresas que, además de ser en bien de todos, sean produc-= tivas; pero ¿qué ha de hacer más que im- ( plorar al Gobierno, si carece de recur— sos? Si se dirigiera á sus mismos habi-— tantes, ¿á quién inspiraría confianza? Po- ca se tiene en el Estado; pero en la ciu- ¡ dad, ninguna. En cambio, hay muchas ciudades libres donde es un peligro el exceso de confianza. El ciudadano tiene fe en la nación; pero mucha más en su ciudad, porque á ésta no pueden des— membrarla. Cuando tiene ahorros, los entrega antes al Municipio que al Es- tado, sin ventaja ninguna para sus inte- reses, sólo porque así le parece que todo 84 queda dentro de casa. Hay divisiones y luchas, pero son siempre como certáme-— nes para ver quién lo hace mejor; nues- tros combates son riñas de gallos, en que se va á ver quién hace más daño á.
quién.
Si Granada consagrara todas sus fuer- zas á la restauración de la vida comu-— nal, no sólo prestaría un servicio al país y obtendría bienes materiales, sino que, al calor de esa nueva vida, brotaría su renacimiento artístico. Una ciudad que tiene vida propia, tiene arte propio, co- mo lo tuvieron las ciudades de Grecia, Italia Ó los Países Bajos; y si nuestras municipalidades no conocieron un grado tal de florecimiento, fué porque España se constituyó en nacionalidad, mientras Italia y los Países Bajos continuaban en agrupaciones diversas, dominadas hoy por unos, mañana por otros, y siendo en realidad más libres que sus dominado- res. El verdadero progreso político está en conservar las nacionalidades, y den- tro de ellas las ciudads libres, como fo- cos de fuerza material é ideal. Y luego los resultados no pararían ahí. Esas regio— nes que se pretende formar artificial mente con funciones políticas innecesa— rias, se formarían de hecho cuando una ciudad ejerciera su natural atracción sos r j - 85 bre otras que reconocieran voluntaria— mente su supremacía, y nuestra ciudac podría ser un gran centro intelectual, y: que no conviene que sea un pequeñc - centro político.
" IX PARRAFADA FILOSÓFICA ANTE UNA ESTACIÓN DE FERROCARRIL Cuando vemos pasar en larga forma-— ción muchos niños vestidos pobremente, con trajes de la misma tela y del mismo corte, iguales las gorritas, las corbatas y los zapatos, decimos: «Ahí van los ni- ños del Hospicio.» Cuando atravesamos España de Norte á Sur, desde San Se- bastián á Granada, y vamos viendo una tras otra nuestras miserables estaciones de ferrocarril, cortadas todas por el mismo patrón, ocurre también decir: «¿Esto es una nación ó un hospicio?» Y se nos presenta en su entera desnudez el desamparo de ideas en que vivimos.
Porque no cabe decir que eso nos ocu— rre por ser pobres, por habernos visto obligados á recurrir al capital extranjero, | - por haber tenido que aceptar esas estaciones tales como fueron ideadas en un gabinete de París ó Londres for un in- 88 geniero ó arquitecto á quien ésta ó aque- lla empresa encargó los planos de tan— tas á cinco mil pesetas, tantas á diez mil y tantas á veinte mil. Si tuviéramos. buen gusto, no nos hubieran faltado me- dios para transformar esos engendros de la economía en algo que estuviese acor- de con nuestro espíritu local. En Fran- cia y en Bélgica, donde también cayeron en el mismo error por falta de sentido estético, hoy han cambiado de tal mo- do, que al construir ó reedificar una es- tación, confían la obra á- artistas de re- nombre, como si se tratara, más que de una obra de utilidad, de una obra de ar- te. Las estaciones de ferrocarril son la entrada forzosa de las ciudades y dan la primera impresión de ellas; y una pri- mera impresión suele ser el núcleo alre- dedor del cual se agrupan las impresio - nes sucesivas. El viajero que llega á Granada y lo primero que descubre es una estación, como otras muchas que ha visto, sin la menor huella de nuestro ca- rácter, ódelo que él se figura que debe ser nuestro carácter, piensa en el actoque es- tá en un pueblo donde por casualidad se encuentra la Alhambra; y como después en el interior no recibirá otras impresio- nes capaces de destruir esta primera, nos abandonará convencido de que so- 89 mos pueblo por todos los cuatro costa— dos..La diferencia entre pueblo y ciudad está precisamente en que la ciudad tiene espíritu, un espíritu que todo lo baña, lo modela y lo dignifica. Los que estudian en nuestras univer- sidades literatura general y ven desfilar ante sus ojos los nombres de tantos au— - tores alemanes como han ilustrado la ciencia y el arte estéticos, desde que esta rama del saber fórmó un cuerpo de doc- tfina independiente, han pensado quizás que son demasiado tratadistas para un asúnto de tan vago interés, en que á pri- mera vista todo parece generalidad sin consistencia, discusión de carácter aca— démico, fuera de los usos corrientes de la vida.
Para salir de este error y para con- .vencerse de que las ideas no sirven sólo para componer libros, sino también para transformar las cosas reales que vemos y tocamos, basta hacer un viaje por Ale- mania y ver sus admirables estaciones de ferrocarril. Cada estación es una obra de arte en su género, y encaja tan admirablemente en la ciudad en que está enclavada, que se diría haber sido cons- truída hace siglos, cuando fundaron la ciudad. La idea de estas construcciones mo ha salido de un cerebro solo, simo 90 que es la obra común de una nación. Y mientras en otros países el ferrocarril es algo, aquí no es nada. ¿Qué valor ideal tiene un tren para que se lo considere como algo independiente del resto de las cosas, para que se lo mire como un ele- mento extraño en nuestras costumbres? Es un coche grande que anda de prisa; no tiene derecho á 1 imponernos un nuevo tipo de arquitectura prosáica; debe so- meterse: si la ciudad €s gótica, que la estación de ferrocarril sea gótica; y si es morisca, morisca.
De las estaciones alemanas, las me- jores son las más pequeñas, aquéllas en que ha sido más fácil dominar los ma- teriales de construcción; pero aun en las estaciones monumentales, como las de Colonia, Hannover ó Berlín, en las que el hierro es el material dominante, hay siempre rasgos de buen gusto que las apartan de caer en lo exclusivamente utilitario. En el centro de Berlín, á dos pasos de la grandiosa y á la vez pinto- resca avenida Unter den Linden, está la estacion: de Friedrichstrasse, que lejos de ser una mancha que desentone del conjunto, como suelen serlo muchas es- taciones intraurbanas, es una «nota de color,» si se me permite emplear el mo- dernismo. Entremos en una de las «stu- . 2 - — E il 9I bes» de la Cervecería de los Francisca nos—una galería larga y achatada, con cristalería de colores,—y mientras pa- san retemblando sobre nuestras cabezas un sin fin de trenes, tomemos un jarro de cerveza según las reglas del arte ale- mán, con la calma que inspira una de- coración de viejo carácter. Nos invaden sentimientos conciliadores.
Ningún pueblo es más acreedor que el nuestro á que le doren la píldora, esto es, á que le doren el ferrocarril. Carece- mos del genio mecánico, y se nos hace muy cuesta arriba tragar los adelantos materiales. No se olvide que si hay mu- chos que piden ferrocarriles, porque ya no pueden pasar sin ellos teniéndolos los demás, hay aún algunos que se compla- cen en apedrear los trenes; y aunque á éstos les llamamos cafres, sabemos que son nuestros compatriotas. Pero dudo mucho que á ninguno de los que están llamados á entender en el asunto se le haya ocurrido la idea de intervenir; he— mos tomado el ferrocarril como nos lo han traído, sin hacer la más ligera ob-— servación, y lo tenemos en la misma for- ma en que lo podrían tener al otro lado del Estrecho.
No es la pobreza la causa de éste y otros muchos abandonos. Sin dinero, - 92...
debiéndolo todo en las tiendas, hay mu- jeres y hombres que salen á la calle he- chos unos pimpollos. La causa, ya anti- gua, de nuestros males, es la falta de ca— beza allí donde debe de estar la cabeza. Con la mejor compañía de cómicos se representa muy mal una comedia si no fe distribuyen bien los papeles. Un tipo de los más perniciosos que pueden exis- tir en una sociedad es «el hombre de co- nocimientos generales,» eufemismo con que se encubren la osadía y la ignoran— cia, Y á ese tipo están confiados en Es- paña todos los negocios públicos. Ur buen médico, un excelente farmacéuti- co, un “notable matemático, hasta un abogado que estudie á conciencia las le» yes, están incapacitados de hecho: son especialistas, hombres técnicos, que no pueden «abrazar en su totalidad los ar— duos y complejos problemas de la polí-. - tica y de la administración.» Para abra- zarlos se necesita tener una cultura más general. Y á falta de hombres que posean realmente esta cultura—contados son en España los gobernantes que la poseen, — vienen á ocupar el hueco los que tienen traza de listos y parecen capaces de do- minar toda clase de cuestiones, aunque por el momento las desconozcan.
Este tipo lo encuentro yo por primera 93 vez en nuestro» período de decadencia, en las postrimerías de la casa de Austria. Un historiador que nos ha juzgado con justicia severa é imparcial, Lord Ma-= caulay, le retrata con exactitud: igno- rante y vano, indolente y orgulloso, vien- do hundirse su nación y creyendo dete- ner el derrumbamiento con una mirada despreciativa y altanera, Nuestra deca- dencia era irremediable, porque había- .mos abarcado mucho más de lo que nues- tras fuerzas nos permitían; pero no hu— biera sido tan completa, si en vez de hombres decorativos hubiéramos puesto al frente de los negocios hombres de va- lor real, que, á no dudarlo, los teníamos. Con nuestro torpe sistema conseguimos, es verdad, que pasara á la historia la al- tanería castellana, de que tanto se ha abusado después; pero esa altanería era ya la contrahecha, sinónima de hincha- zón, no la legítima, la altivez noble, brava y audaz de los conquistadores. * Y parece que estamos condenados á padecer eternamente bajo el poder de los hombres decorativos: era natural que al quedarnos arruinados desapareciera la especie; pero, según hemos visto, no ha hecho más que transformarse: ahora es el que no pudiendo pasar de aprendiz en ningún oficio, se declara maestro en 9+ el arte de gobernar; es el que, demasia- do ignorante para desempeñar cargos pequeños, «está indicado por la opinión» para los altos cargos; es el alto funcio— nario que, con la frente preñada de con- <ceptos brillantes, se encierra en su ga— binete para resolver los «arduos proble- mas;» y si le vemos por el ojo de la ce- rradura, está entretenido en hacer paja- ritas de papel.
La conclusión de esta plática, ¿es que debemos empuñar la trompa épica y to- car un himno revolucionario? De ningún modo. El hombre de las ideas generales se multiplica. en el agua turbia. Cuando un labrador ve sus campos llenos de mala hierba, no la quita á cañonazos; lo que hace es llamar á los escardadores.
La estación de ferrocarril es el sím-— | bolo de nuestra incapacidad política y | administrativa; pero en esa y otras mu- chas cosas, debe consolarnos la idea de y «que están hechas para que duren poco: tienen su plazo de vida marcado por los A e 5 el $ constructores, y cuando hay error aún salimos gananciosos. Hay muchas esta- ciones que no podrán tirar hasta el día en que los ferrocarriles pasen á manos del Estado, aunque el propósito fuera que tiraran. Lo interesante, pues, es te- ner ideas y colocarlas en donde deben o] Ñ f 95 estar, en los sitios más altos; que la in- teligencia no viva subyugada por la pe- tulancia de los audaces, y pueda lenta— «mente transformar las cosas á medida que las cosas lo vayan permitiendo t EL CONSTRUCTOR ESPIRITUAL Sin contar los estilos importados de fuera y modificados según las exigencias locales, cada país tiene un estilo arqui- tectónito propio que se descubre en las construcciones pobres, en que lo natu— ral está poco transformado por el arte. Para penetrar en el pensamiento íntimo de una ciudad, no hay camino mejor que. la observación de sus creaciones espon- táneas; porque en las adaptaciones de lo extraño á lo local, el espíritu trabaja so- bre un tema fórzado y no puede levan— tar el vuelo. Y la creación más espon-— tánea he notado constantemente que es la más económica. Lo costoso es ene- migo de lo bello, porque lo costoso es lo artificial de la vida: en un país donde abundan los naranjos, una casita blanca en medio de un naranjal, sirviendo de contraste, es una obra artística; trasla— demos este cuadro á un clima del Nor- 7 7 93 te, y hagámosle vivir dentro de una in- mensa estufa, y lo bello se transformará en caprichoso ante la idea de que no es ya la naturaleza la que obra, sino el bol- sillo. Una obra que á primera vista re— vela lo excesivo de su coste, nos produ- ce una sensación penosa, porque nos pa- rece que se ha querido comprar nuestra admiración, sobornarnos. El esfuerzo material debe quedar siempre anulado por la concepción artística; y para con- seguirlo en las obras de mucho aliento, es necesario que éstas estén espiritual mente emparentadas con las pstbres y humildes que nacen del natural sin vio- lencia, y que por esto son en cada pue— blo las más típicas.
Lo típico es lo primitivo, es lo pri— mero que los hombres crean al posesio- narse del medio en que viven; y lo pri— mero debe ser y es lo que exige menos gasto de fuerzas. En un país llano y Uu- vioso como Flandes, nada más sencillo para disfrutar de medios fáciles de co= municación que cubrirlo todo con una espesa red de canales; y surge la ciudad acuática, no al modo de Venecia, sino descolorida y melancólica, como envuel- ta en gasas de tenue neblina. Esa mis- ma llanura del suelo les permite tener caminos más cómodos para andar por TA o o E tds ll TA o o E tds ll 99 | ellos que nuestras mejores calles; y como el transporte no exige el empleo de gran- des fuerzas, viene otro rasgo típico: el carricoche ó carretón tirado por perros. El tráfico menudo dentro de las ciuda— des y entre éstas y los campos corre á cargo de los utilísimos perros, que con el hábito llegan á adquirir energías sor- prendentes. ¡Cuántas veces he visto tres Ó cuatro perros uncidos, tirando de una familia numerosa y tan repleta de car— nes, que de ella sacaríamos en España dos familias de buen ver! Si de las pla- nicies lluviosas pasamos á las planicies mevadas del Norte de Rusia, ya no hay que hacer caminos: todo es camino; y - Aparece el trineo, que en substancia se reduce á una banqueta colocada sobre dos largos patines: aquí no sirve el pe— rro; pero está el caballito tártaro, que no corre, sino que vuela, sin que lo fusti— -guen jamás. Todo es trineo: el que ha de transportar algo no lo lleva á cuestas; lo coloca en un trineo de mano, y en cuan- to llega á una pendiente, se monta en— cima y se deja ir: la montaña rusa. En cuanto á las construcciones arquitectó— micas, como lo que más se cría es madera, lo característico es desde luego la casi- ta de madera, encaramada sobre la roca viva Ó sobre muros hechos imitándola.
100 100 La naturaleza dotó nuestro suelo con espléndida vegetación, y nuestro primer movimiento fué aprovecharla, y nació lo que es típico en nuestra arquitectura: el enlace de las construcciones con las flo- res y las plantas. Muchos pensarán que una huerta, un ventorrillo, una casería Ó un carmen, no contienen en sí los ele- mentos de un estilo arquitectónico bien definido, puesto que en cuanto construc- ciones son casas que poco Ó nada difie— ren de las demás; que lo esencial en ellas no es un rasgo artístico, sino algo que crea el ambiente y que no tiene nada que ver con la arquitectura. Sin embar- go, es tan decisiva la influencia de la construcción, que si en una huerta ó un carmen se edificara un palacio, todos estarían conformes en decir que aquello era un palacio, que ya no era una huer- ta ni un carmen. Porque idealmente con- cebimos la relación permanénte que, se- gún nuestro carácter, debe guardar la obra del hombre con el medio; y: esta relación es la clave de nuestro arte ar— quitectónico y de nuestro arte general. Nosotros, en arquitectura, comenzamos por reconocer que no es posible luchar contra la realidad; que por muy alto que lleguemos, nos quedaremos siempre muy por bajo de lo que nuestro suelo y nuesds E ti Y ” ds E ti Y ” TOC,. IN tro cielo nos efrecen. 'Artistas de más imaginación que nosotros, los árabes, no lucharon tampoco frente á frente, sino que lucharon escondidos en sus casas y crearon una arquitectura de interior. Así, pues, nos sometemos, y en este acto de sumisión está el alma de nuestro arte. Nuestra huerta es la huerta humilde; questra casería es tan sobria y adusta como los cigarrales de “Toledo; nuestro carmen es una paloma escondida en un bosque, para emplear la frase consagra- «Ja por los poetas; y la casa de la ciudad, nuestra antigua casa, no era casa de apariencias, de mucha fachada y poco fondo: era casa de patio. El arranque de— corativo más audaz que registran las historias es la reja, la ventana ó el bal- <cón adornados con tiestos de flores. Esa mujer que riega sus macetas á la venta- na, ese hombre que arroja brochazos de cal á las paredes de su casuca, hacen más por nuestro arte que el señorón adi- nerado que manda construir un palacio .en que se combinan estilos estudiados en los libros y que nada nos dicen, por- que hablan una lengua extraña que nos— otros no comprendemos.
En muchas exposiciones extranjeras he encontrado cuadros que me han he- cho pensar sin vacilación: esto es de e Da 102 - Granada. No porque reconociera el lu— gar representado por el artista, pues á veces los artistas descubren rincones 1g- norados ó ven las cosas desde puntos de observación originales que las transfor- man, sino porque en aquellos cuadros leía yo de corrido como en un libro nuevo de un autor de quien ya conocie- ra todas las obras publicadas, Y,en efec- to, he buscado los catálogos y he visto que eran cosas de Granada; y lo que he encontrado con más frecuencia—aparte de las reproducciones de la Alhambra, á las que aquí no me refiero, —son calles estrechas, quebradas; las casas de plan- ta baja con parral á la puerta, con en- redaderas en la ventana, con tiestos en el balcón, y entre ellas blancos tapiales por los que rebosa la verdura. Un ex-— tranjero descubre el carácter de los paí- ses que visita, y da lecciones de buen gusto á las gentes del país; un extranje- ro que fije su residencia en Granada, habitará en un carmen ó en una casa que tenga algo de carmen.
Yo no comprendo cómo la casa de pi- sos ha podido sentar sus reales en nues- tra ciudad; cómo la portería ha matado el patio andaluz; cómo las salas bajas.se han transformado en portales de comer- cio menudo, obligando á los ciudadanos 103 á pasar los meses de calor en los pisos altos, en ropas menores. La culpa no es de los arquitectos, que en nuestra época, más que hombres de ciencia ó de arte, son acomodadores. El problema que se les obliga á resolver no es estético, ni siquiera higiénico; se les pide que cons- truyan casas que cuesten poco y que den ' mucha renta, y para ello no hay otro re- curso que encasillar muchas personas en muy poco terreno. Y lo peor no es lo que se ve, sino lo que se prevé que ha de ocurrir; porque, marchando contra la evidencia, nuestra sociedad ha conde- nado ya al desprecio la casa antigua, libre y autónoma, y ha decidido que lo elegante sea el piso á la moderna. Y este resultado se percibe á las claras que es debido á la lima sorda de las mujeres.
Nuestras mujeres piensan demasiado en casarse, y creen que para simplificar el casamiento hay que prescindir de la casa y atenerse al piso: una casa exige muchos trastos, es cosa formal; y hoy todo debe hacerse á la ligera, provisio- nalmente. Bello es, sin duda, que una mujer se resigne por amor á vivir en una buhardilla; pero la belleza está en la re— signación, en que su idea es más alta que la realidad; mientras que ahora no ocu— rre eso, sino que la'mujer, perdiendo su 104. antigua concepción de la vida familiar, recortándose como la figurita de un cro— mo, considera el «pisito» como su «bello ideal,» y se hunde en los abismos de lo ridículo hablando de ensueños de-amor, cuyo marco invariable es la «casa de muñeca,» donde el alma está encogida por el sentimiento de lo pequeño y de lo artificioso. Si se deja la casa por el pi— so, el casamiento se convierte en «pisa— miento,» en aglomeración de cosas y personas que se atropellan por falta de espacio; la variedad de las actitudes des- aparece, y no hay medio de conservar— les su gravedad ni su nobleza, He notado que todas las mujeres que se acercan á abrir la puerta de un piso, toman mo-— mentáneamente el aire de criadas. Aun-— que se tenga un exquisito gusto artístico y se atesore una rica colección de obje— tos de arte, el conjunto produce la im-— presión de un baratillo, porque se nota á seguida que falta la unidad; que el re— cipiente, el edificio, es de estructura prosáica.