socialista. Los hijos de Sang tienen el idealismo, pero no la fe del padre, y su idealismo se transforma en acción. Ra- kel se consagra á cuidar enfermos, y Elias se convierte en redentor de la cla- se obrera. Organiza la resistencia de los obreros contra los fabricantes; reúnense éstos en un palacio para formar una li- ga contra los trabajadores, y entonces Elias, imitando el ejemplo de su padre, se ofrece á sacrificarse por sus compa- ñeros volando el palacio con dinamita. De esta suerte presenta Bjornson en su drama una doble tesis contradictoria; pues de un lado ofrece un cuadro de la lucha entre capitalistas y trabajadores y se hace eco de las reivindicaciones del proletariado, y del otro, convirtiendo á " Elias en anarquista, demuestra los peli- gros que se corren al transformar un principio en acción. Todo esto sería más propio para tratado en un libro ó en un folleto que en un drama; pero las co- rrientes de la época llevan al teatro las cuestiones sociales, y no hay país que no tenga su correspondiente «drama del so- 41 41 cialistno.» No há mucho se estrenó en París el drama de Octavio Mirbeau, Les mauvais bergers^ que tiene algunos pun- tos de semejanza con el de Bjornson, aunque el de Mirbeau tiene más realidad y más jugo, y no se halla tan recargado de «doctrina.» Muy superior á ambos me parece el de Hauptmann, Die Weber (Los tejedores). Hay en éste algunos per- sonajes tendenciosos, como Jager, el mi- litar que vuelve al pueblo y dirige la asonada popular, puesto allí sin duda para marcar cierto enlace entre el ejér- cito y el pueblo; como el viejo Hilse, el obrero que predica la resignacióa y no quiere luchar, y al que una bala per- dida le mata en su casa, puesto asimis- mo para indicar que nada se gana con la resignación; pero en conjunto el drama alemán es el más «dramático,» y acaso dentro de un siglo, cuando cambie el estado social, pueda ser representado y aplaudido como un hermoso drama histórico. El drama del socialismo de Bjornson es el más seco y el menos hu- mano: Elias, á pesar de ser hijo de 42 Sang, mé parece inferior al Juan Jo-- sé, de Dicenta, en el que hay siquiera pasión, aunque sea del género sangui- nario.
No es fácil dar á conocer en un artí-» culo á una personalidad tan compleja y á ratos abigarrada como la de Bjornson^ el cual es como un compendio de todo lo- bueno y de todo lo malo de su país. Asi como Ibsen ha sido impuesto á Noruega por Europa, Bjornson es una creación nacional; para mayor fortuna, habiendo- nacido en el país de los osos, su forta- leza es la de un oso y se llama oso por dos veces, pues el nombre Bjornsterne Bjornson significa «Constelación de la osa mayor, Hijo del oso.» En otro país hubieran dicho que un hombre que así se llamara estaba destinado á hacer el oso durante toda su vida; pero en Norue- ga son más serios, y ven en el nombre un simbolismo, la marca territorial de este innovador multiforme. Por esto- Bjornson no habla casi nunca en nombre propio; habla en representación del pue- blo noruego, sin el cual se quedaría co- 43 mo un pez fuera del agua. «Yo quiero — ha dicho — ^vivir siempre en Norue- ga, aporrear y ser aporreado en Norue- ga, cantar en Noruega y morir en No- ruega. > I •.
k HENRIK IBSEN Vistos en sus retratas, Joñas Lie, con? su cara lisa y bonachona y su redondo^ bonete, podría pasar por un excelente maestro de escuela; de Bjornson es sa- bido que tiene la mayor cantidad posi- ble de oso; Ibsen, con su cabeza gorda,- agrandada más aún por la cabellera y patillas blancas, encrespadas, se áseme-- ja á un león. El símil no es sólo ocu- rrencia mía, pues lo han utilizado ya. muchos críticos, y alguno ha ido niás- lejos y ha asegurado que la semejanza: es falaz, y que Ibsen parece un león,, pero no un león de verdad, sino un león con melenas postizas. Este rasgo malé- volo del crítico francés Teodor de Wy- zewa lo anoto aquí en prueba de impar— 46 cialidad, para hacerme también eco de •una opinión bastante extendida: la de los que creen que en la obra de Ibsen liay más aparato que consistencia. Ta- les se han puesto las cosas, que ya no -se puede ser ni hombre de genio. El -criticismo destructor todo lo aniquila, y -quien ayer era remontado por las nubes, hoy es arrastrado por el fango, sin que haya tenido tiempo siquiera para sabo- rear su momentáneo triunfo.
En la reacción contra la literatura es- -candinava, particularmente contra Ib- :sen, personificación de ella, la mayor parte de la culpa corresponde á los mis- mos literatos escandinavos, que preteh- rdieron presentar á Ibsen como un fenó- meno nuevo en el teatro universal; poco rse hubiera hablado y escrito si lo pre- sentaran como lo que realmente es» co- mo un gran autor dramático, compara- ble á Echegaray, á Dumas, á Haupt- mann, no superior á ellos; pero hoy es difícil abrirse camino, y se suele acudir intencionadamente á la exageración en -el aplauso para provocar la censura exa- 47 geráda y despertar la atención del pú- blico indiferente.
Cuando Ibsen fué dado á conocer en Francia por Eduardo Rod, en el prólogo que escribió al frente de la traducción <iel Conde Prozor, los naturalistas, por boca de Zola, se apresuraron á decir que Ibsen pertenecía á la vieja escuela ro- mántica y que llegaba demasiado tarde; y esta opinión se ha generalizado hasta ^1 punto de que los más autorizados crí- ticos franceses, como Lemaítre y Sar- cey, han partido de ella para combatir la influencia de Ibsen, en muchas de cuyas obras han visto un trasunto de las de Dumas y Sand, pasadas ya de moda. Otros han notado la rápida popularidad de Ibsen en Inglaterra, y han deducido de aquí que el dramaturgo noruego se ha formado bajo el influjo del positivis- mo inglés. Sin embargo^ si aparte tíl mérito real de las obras de Ibsen, hay algo que justifique el éxito que han la-r grado, este algo es la identificación de Ibsen con el estado de espíritu de la so- ciedad en el momento presente. La. mstr 48 48 yor originalidad de Ibsen está en que^ nacido en un periodo romántico, no es romántico, y en que sin hacer escala en el positivismo ni en el naturalismo, ha saltado á las avanzadas de la reacción* Ibsen es en el teatro lo que Nietzsche en la Filosofía; es un defensor exaltado del individuo contra la sociedad, y por este lado se aproxima á las soluciones del anarquismo; luego, por no someter la acción del individuo á ninguna corta- pisa, cae en las mayores exageraciones autoritarias.
Nosotros los españoles no comprende- mos bien este novísimo movimiento reaccionario, porque en España quedan aún muchos reaccionarios á la antigua' que no han querido pasar por el arqui- llo de las conquistas democráticas: así, cuando alguien habla de reacción, es inscripto ipsofacto en las filas del tradi- cionalismo, aunque predique la reacción en nombre del progreso. Porque lo ori- ginal en los neorreaccionarios como Ib- sen, es que no se apoyan en las tradi- ciones ni en los privilegios, antes los> í í 49 desprecian; se apoyan en el fuero indi- vidual, en el derecho absoluto del indi- viduo á luchar contra la sociedad y aun á destruirla para mejorarla. Para refor- mar la sociedad hay que reformar al in- dividuo, y á éste sólo se le reforma de- jándole que luche sin consideración á los daños que pueda producir á los in- dividuos menos aptos para el combate. En una palabra, «la fuerza es superior al derecho, > que dijo y practicó Bis- marck con excelente resultado.
Así se comprende que Ibsen, fugitivo de Noruega, no encuentre en Europa lugar más á propósito para establecerse que la Roma de los Papas; no por sim- patía, sino porque Roma era la única ciudad donde no había libertad al estilo moderno. Y cuando las tropas italianas entraron en Roma, Ibsen escapó sin tar- danza, y escribió una carta que parecerá incomprensible á quienes han visto en Ibsen una especie de anarquista teóri- co: «Han quitado Ronia á los hombres para entregarla á los políticos. ¿Dónde nos refugiaremos ahora? Roma era el 5o único punto de Europa que goza de ver- dadera libertad: la libertad de la tiranía de la libertad política...» Probablemen- te pensaría refugiarse en Rusia, cuyo régimen autocrático le entusiasmaba en extremo.
El crítico Brandes refiere que en una discusión con Ibsen (en la que éste, co- mo de costumbre, ensalzaba el sistema de opresión, por el que explicaba el bri- llante florecimiento de la literatura ru- sa), le hizo observar que en Rusia se podía aún apalear impunemente. — Us- ted tiene un hijo — le preguntó. — ¿Le gustaría á usted que á su hijo le dieran latigazos? — Que se los dieran, de ningún modo — contestó Ibsen; — pero que los diera él, me parecería perfectamente.
Ibsen, pues, es un aristócrata; pero su aristocracia no es la de la tradición ni la del dinero, es la de la fuerza; y la fuerza á que él rinde parias no es la ma- terial, es «la del carácter, la de la vo- luntad, la del entendimiento.» Los ge- nerosos apóstoles de la democracia, que candidamente creyeron dar la paz al 5i 5i mundo, consignando en leyes todos <los derechos del hombre, > se quedarán aho- ra turulatos al ver que del seno de la justicia, de la igualdad y de la fraterni- dad, sale una generación de déspotas, ansiosos de utilizar todos esos derechos, para desarrollar é imponer su persona r- lidad, aunque tengan que pisotear á los débiles. Ya hemos visto de sobra lo que puede dar de sí la aristocracia del dine- ro; la de la inteligencia que ahora apun- ta será quizás peor, porque pretenderá dominar en nombre de ésta ó aquella verdad. Al sacerdote que decía «cree lo que yo creo,> le sucede el genio preten- cioso que dice «piensa lo que yo pien- so. > Un genio ó un tipo así es Ibsen.
La idea fundamental de Ibsen vale poco lógicamente, como vemos; pero lo lógico tiene poco que ver con lo dramá- tico. Para triunfar en la escena hay que producir «un efecto, > presentando situa- ciones en armonía con el estado del es- píritu público. Si se quiere ser aplaudido -«ruidosamente,» hay que tener una gran dosis de picardía y conocer bien el te—.
52 rfeno. Ibsen vio con gran claridad el cansancio democrático que la sociedad padece, el deseo universal de romper esta monotonía en que vivimos, y dio á la escena con gran oportunidad sus tipos revolucionarios de nuevo cuño. He aquí el secreto de toda su obra.
Cuando se estrenó en París Nora^ dija Sarcey que, suprimido el final del dra- ma, éste sería casi perfecto. Nora es perdonada por su esposo, y el pública cree que la esposa se dará por satisfecha y la casa quedará como una balsa de aceite. Esto sería lo lógico. Pero poco antes de caer el telón, Nora descubre un nuevo carácter. El drama representada es un drama de mentirijillas, en el que. aparece una «casa de muñeca, > coma solían ser las casas antes de Ibsen: Nora se ha visto á sí misma en aquella casa y se avergüenza de desempeñar el papel que allí desempeña, y de repente toma la decisión de abandonarla.
Este inesperado desenlace es lo ibse- niano de la obra; sin él, poco ó nada ha- bría que decir. En Gengangere llega aún 53 más lejos la audacia femenina. Fru Al- víng es la esposa que se sacrifica al cum- plimiento de sus deberes; muerto su ma- rido, le quedan de él dos retoños, ácual peor: su hijo Osvald, tan vicioso como su padre, y Regina, una hija que el se- ñor Alving tuvo con una criada y que sigue en la casa como criada también. Osvald y Regina son los gengangere^ es decir, las reencarnaciones ó reaparicio- nes (aparecidos, espectros, suelen tra- ducir) de sus padres. Osvald se enca- pricha con Regina, y le dice á su madre que no puede vivir sin la muchacha: pa- recía lógico que una mujer que se ha sa- crificado al cumplimiento del deber, in- culcase á su hijo este mismo sentimien- to. Fru Alving, sin embargo, «descubre otro nuevo carácter,» es decir, compren- de la inutilidad de su sacrificio, se rebe- la contra él y quiere que su hijo sea feliz, asintiendo á que se case con Regina, aunque sabe que son hermanos. Y se ca- sarían si no anduviera por medio el pas- tor Manders, encargado de hacer entrar en razón á la madre sin escrúpulos.
54 54 Muchos críticos, entre otros el francés Lemaítre, dudan de la realidad de estas mujeres de Ibsen, porque desconocen la sociedad del Norte. Hay que vivir aquí algún tiempo para convencerse de qué esos tipos están más bien atenuados. Las ideas de emancipación han producida ^n los temperamentos fuertes esa nueva moral revolucionaria, y en los débiles algo peor: una inmoralidad fría, refle- xiva, calculadora, que descuaja al más terne. Hay tipos de inmoralidad que pudiera llamarse metafísica. En Gen- gangerCf la criada Regina proclama su derecho á prostituirse; en Jfohn Gabriel Borkman^ una aventurera del amor, Fru Wilson, emprende un viaje de placer en compañía del joven calavera Erhart y lleva consigo á una amiguita, porque sabe que el hombre es tan variable coma la mujer, y que el mejor medio para que el libertino no se le escape es tener á mano «una suplente. > Los hombres de Ibsen son, por regla general, imbéciles, cuya misión es hacer resaltar la superioridad de las mujeres; 55 pero en los hombres de verdad el rasgo constante es ponerlos solos, en lucha abierta con la sociedad: son individua- lidades exaltadas al modo que hemos visto en los tipos de mujer. Esto es ins- tintivo en Ibsen. Su primera obra, el drama Catilina^ era el estudio de un ca- rácter de un hombre aislado, represen- tante de la antigua libertad romana en pugna con una sociedad corrompida por el abuso de la fuerza. Su último drama, John Gabriel Borkmariy representa asi- mismo á un hombre dominado por el afán de reunir mucho oro para realizar grandes empresas en pugna con la so- ciedad, que se atiene al texto de las le- yes, con arreglo al cual Borkman es un banquero quebrado, un estafador. Bork- man es el Conde de Lesseps en el asun- to de Panamá. El vulgo se fija sólo en que ha habido engaño; pero el que lo realizó, no por interés personal, sino por dar cima á una concepción grandiosa, ¿no tiene derecho á decir, como dice el protagonista del drama: «yo he hecho lo que he hecho porque no soy un cual- 56 56 quiera, sino que soy John Gabriel Bork- man?» Entre los protagonistas de la pri- mera y la ultima obra, son numerosos los personajes en quienes se transparen- ta la idea capital del teatro de Ibsen; y la figura más acabada, aunque no la me- jor, es la del doctor Stockmann en En folkefiende (Un enemigo del pueblo). En este drama ha dado Ibsen forma á su idea favorita en la conocida paradoja . con que la obra acaba: «El hombre más fuerte es el que está más solo.»
Esta idea es un reflejo de la vida mis- ma de Ibsen, puesto que él ha tenido que luchar y expatriarse y se ha forma- do en la expatriación y en el aislamien- to. En un volumen de poesías {Digte), en el que el autor coleccionó varias com- posiciones, en general cortas y de pocos vuelos, salvo alguna muy renombrada, como la de Terje Viger^ he leído un sa- ludo del poeta extraviado al pueblo no- ruego en la fiesta del centenario, cele- brada el i8 de Julio de 1872, donde el autor declara que el principal motivo de gratitud que tiene para con su pueblo 57 es la dureza con que éste le trató y le impulsó á luchar y á ser grande, dándole en la expatriación «la sana y amarga bebida que fortalece.;^ Mit folk, som skaenkte migli dybaskalerk den sunde bittre stylkedrik, hvoraf «om digter jeg, pa randea af mia grav, tog kraft til kamp i doegnets brudte straler...
Ibsen es un dramaturgo de formación ienta y penosa; su comprensión de los ti- pos noruegos no es en él espontánea, si- no que parece nacer de un esfuerzo de la voluntad. Como el présbita sólo ve bien á distancia, Ibsen comprendió á Noruega desde lejos: quizás si no hubie- ra salido nunca de su país, hubiera sido un autor mediocre, tal como nos lo muestran las obras de su juventud.
58 II Entre lo mucho que he leído estos días -en la prensa con motivo de la celebra- ción del septuagésimo aniversario del nacimiento de Ibsen (20 de Marzo de 1828), lo único que me ha llamado la atención es el relato, publicado por urt periodista de Copenhague, de una en- trevista con la suegra (!) del insigne dra- maturgo. La señora Thoresen, que no es una suegra vulgar, sino que es una escri- tora de nota, asegura que cuando Ibsen entraba en su casa en calidad de novio,, era un sujeto insignificante. La novia^ al contrario, era una joven excepcional^ una ^naturaleza poética,» y, ajuicio de la suegra, en la transformación de Ibsen corresponde no escasa gloria á su mujer. Para mí es indiscutible que en la vida de Ibsen hay una gran influencia feme- nina, pues sólo así se comprende que el pesimismo del autor se descargue casi exclusivamente sobre el sexo fuerte, y 59 59 que sin perjuicio de despreciar «en abs- tracto á la mujer, la coloque de hecho- muy por encima del hombre. Pero lo^ esencial es marcar ese desdoblamiento de la personalidad de Ibsen. Ibsen fué- conocido en Europa cuando vivía lejos^ de su país; pero antes, cuando se ganaba, el sustento trabajosamente como man-^ cebo de botica ó rodando por los teatros- como director de escena en compañías- de mala muerte, había dado á luz en for- ma embrionaria los elementos con que- diera forma á su obra definitiva.
Sus primeras obras, escritas casi to- das en verso ó en prosa y verso, corres- ponden á muy diversos géneros y forman larga serie. Catilina, Fru Yuger til Ostral, Haermaendene pa Helgeland^ Gil- det pa Solhaugy Kaerlighedens Komedie^ Kongs-Emnerne, Brand, Peer Gynt, De Unges Forbund, Keyser og Galilaeer y Samfundets Stotter, precedieron á Et Dukkebjem ó Casa de muñeca^ en la que por primera vez se reveló el nuevo Ib- sen, completamente formado ya. De es-^ tas obras, unas son de carácter históricos 6o 6o Catilina; Kongs-Emnerne (El pretendiente •de la Corona); Emperador y Galileo, dra- ma universal, en el que el autor quiso resumir la historia del mundo; La fies- ta en Solhangf cuadro de costumbres no- ruegas en el siglo xiv. El simbolismo •está representado principalmente en las <los poesías dramáticas: Brandy en quien Ibsen crea candorosamente un tipo ideal de pureza cristiana, sin posible realidad en la vida, y Peer Gynt^ que es la auto- biografía del autor en sus años juveniles, <:uando vivía en la casa paterna. El tea- tro de tendencia lo inician la Comedia del amor (Kaerlighedens Komedie), en la que el autor se burla del matrimonio, y la Alianza de la juventud (De Unges Fer- J)und)j sátira contra la juventud inepta, vacía y charlatanesca de nuestro tiempo. De todas estas obras sólo he visto repre- sentar Samfundets Stotter (Los sostenes de ia sociedad), y aseguro que es mala: Ibsen moraliza contra las clases directoras co- rcio podría hacerlo cualquier papanatas. Las demás las he leído casi todas, y las encuentro viejas en comparación con las 6i posteriores de Ibsen. La personalidad deí autor fluctúa entre varias tendencias con- tradictorias: á ratos parece un moralista vulgar, á ratos un demoledor y á ratos^ un apóstol. La única obra ejecutada coi> maestría es El pretendiente de la Corona y y tampoco es realmente un drama his- tórico, como se titula, sino de psicolo- gía no exenta de tendencia.
En la segunda época no hay obras de carácter histórico: el drama de tesis con un sentido más realista y el simbolismo^, se funden en una sola pieza y crean lo característico y personal de Ibsen, la es- tructura wagnerianUy si así puede decir- se, de sus creaciones, en las cuales la unidad no es el resultado de una dispo- sición convencional de las diversas par- tes de la obra, sino que está expresada en un concepto universal, en un leimotiv que se extiende vagamente sobre diver- sos cuadros escénicos pintados con exac- titud casi naturalista. En el teatro de Ib- sen, la mitad ó más del pensamiento del autor queda detrás de la escena y ha de- ser comprendido por el espectador: en eís •» '.1 62 'Norte esto puede pasar, porque el públi- co va al teatro á atender y á aprender, y io mismo asiste á la representación de un •drama que á una conferencia en que se- de habla de religión, filosofía ó historia; pero en el 'Mediodía la gente va al tea- tro á divertirse, á ver y á aprender sólo lo que le entre por los ojos: nuestro tea- tro es escénico, no intelectual, y núes- 'tro simbolismo no puede ser el simbolis- ^mo de concepto de Ibsen, sino el simbo- lismo de acción de La vida es sueño. Y dicho sea de paso, ¡cuánto más profun- do, más bello y más comprensible no es -el simbolismo de Calderón que el de Ib- sen, ante quien se pasman algunos que no conocen nuestro teatro!
La fuerza, pues, de Ibsen está en ese simbolismo concentrado que anima á 5us personajes y sugestiona el espíritu del espectador que lo comprende. En ^asa de muñeca el sentido del drama se aclara sólo en la última escena, cuando Nora abandona á su marido y á sus hi- jos. «Yo no soy la mujer que aquí hace Jfalta...— le dice: — á tí te conviene una 63 » muñeca.» En Aparecidos hay una larga y fatigosa escena, en la que discuten Frw Alving y el pastor Manders (los perso- najes de Ibsen discuten casi siempre). De repente se oye ruido entre bastido- res, una silla rueda, y la voz de la criada Regina dice: «Osvald, da. ¡Er du gal! jSlip mig!» — ¿Qué es eso? — pregunta el buen Manders. Y la madre de Osvald, que recuerda acaso otra ocasión en que oyó las mismas palabras, aunque enton- ces la broma no corría entre Osvald y Regina, sino entre el padre del señorito y la madre de la criada, deja escapar la palabra gengangere,^ que nos da á en- tender que el asunto del drama es la famosa ley de la herencia, y que los hi- jos son capaces de reproducir la escena que tiempos atrás representaron los pa- dres. De igual modo, en Un enemigo del pueblo el simbolismo del manantial de aguas corrompidas, ó en Vildanden la del «pato salvaje. > En Rosmerskolm la grandeza de la figura de Rebekka está en que es una encarnación del Norte, así como Ellida, en Fruen fra Hafbet, 64 64 {La dama del mar), es un símbolo del max. Y algún punto de relación existe entre el amor que Rebekka siente por Rosmer y la influencia misteriosa que ejerce en EUida el «hombre desconoci- do que ha de venir por el mar, es decir^ la realidad que ha de venir á romper el misterio. En Bygmester Solness [El maestro de obras Solness), el sentido ínti- mo de la alegoría está en que Hilde, la enamorada de Solness, no es una mujer real, sino la fuerza ideal impulsora del artista. Solness no es un hombre vulgar; pero la necesidad le obliga á dedicarse á trabajos rutinarios, á construir «casas para hombres;» Hilde le incita á enca- ramarse en la torre de la iglesia, esta es, á remontarse á las alturas ideales; y cuando le ve caer y estrellarse, no se entristece, sino que exclama con acento de triunfo: «Llegó á todo á lo alto, y yo oí arpas que sonaban en el aire. El era el hombre que yo había soñado. > Hasta á un tipo tan prosaico como jfohn Gabriel Borkman halla Ibsen modo de espiritualizarlo. Borkman era hijo de 65 65 mineros: en su niñez trabajó en las mi- nas, y de este primer oficio le quedó la idea dominante de su vida; como el mi- nero busca el filón venturoso que se es- conde en el seno de la tierra, así Bork- man vive soñando en el oro; á su afán lo sacrifica todo, incluso el amor, y cuando llega á director de Banco y se compro- mete en malas especulaciones, no se rin- de á la evidencia ni se da por vencido^ y muere delirando en sus grandezas so- ñadas. Hay en todos los personajes de Ibsen una mezcla rara de vulgaridad y de idealismo, algo que él mismo explica cuando en Lille Eyolf {Eyolfitó) hace de- cir á Rita: «Nosotros somos hijos de la tierra. > — «Pero tenemos — contesta Alh- mers, su marido, — algo del mar y algo del cielo.»
La primera obra que publicará Ibsen, según ha anunciado, será una historia de sus trabajos, en la que hará ver que todas sus obras obedecen á un plan pre- concebido. Quizá sean algo asi como el ciclo de los Rougon-Macquart, de Zola» Sin estar en el secreto, se nota en el tea- 5 66 tro de Ibsen cierto ligamen, porque la idea fundamental es siempre la misma, porque parece que cada nueva obra con- testa á las objeciones suscitadas por la precedente. Así, la objeción capital con- tra Nora era el abandono. que hacía de sus deberes conyugales. En Gengangere, Fru Alving huye también y busca al pastor Manders, de quien está enamo- rada. Este la obliga á volver al hogar, y la convence de que en la vida es nece- sario el sacrificio. Pero el sacrificio es inútil, porque no impide que Osvald sea tan vicioso como su padre, ni Regina tan perdida como su madre. Quizás Nora llevaba razón. Enfolkefiende y Rosmers^ hoUn responden á un mismo pensamien- to. El doctor Stockmann rompe con la sociedad, y cree que al quedarse solo es más fuerte que la sociedad entera. Ros- mer es también un solitario que no ha- ce buenas migas ni con el rektor KroU (la reacción), ni con Peder Mortensgard (la democracia); sus predicaciones son inútiles, y á pesar de la nobleza de su carácter, sólo consigue hacerse com- I 67 I 67 prender de Rebekka, porque ésta le ama. Siendo el tipo favorito de Ibsen el hombre justo y fuerte que lucha contra la sociedad, ha tenido que presentar al lado de Rosmer y de Stockmann las des- viaciones del tipo: Borkmann, que, lle- vado de su excesiva ambición, se hunde sin conseguir su intento, mientras su hi- jo Eshart, en quien cifraba su orgullo, se divierte alegremente con la señora Wilson. El egoísmo del hijo sobrepuja al del padre. En Lilte Eyotf^ el niño Eyolf muere ahogado, y su muerte es como un castigo del proceder egoísta de sus padres. Hay, por último, en esta se- rie de personalidades que aspiran á sal- tar por encima de la moral, de la ley ó de la voluntad social, una muy intere- sante: la protagonista de Hedda GabLer^ la obra maestra de Ibsen, á mi juicio. Hedda Gabler es lo que llamaba el no- velista alemán Spielhagen una «natura- leza problemática, > un problema sin so- lución, ó sea una mujer que carece de condiciones para adaptarse al medio so- cial; no es tan vulgar que se acomode á 68 " 68 " la vida rutinaria, ni su espiritu es tao elevado que se sobreponga á las rutinas; no es. tan buena que se conforme con vivir modesta y honradamente, ni se atreve á ser mala por miedo al qué di- rán: el autor la coloca entre un hombre de extraordinario mérito, Ejlert Loev- borg, á quien Hedda no es capaz de comprender, y un pedantesco profesor^ Joergen Tesman, con quien se casa sin estimarle. Y entre los rasgos contradic- torios de figura tan anómala, el que la embellece y la hace simpática es el amor á lo bello, el amor á una muerte bella^ Se dirá que su falta de condiciones parg. la existencia se traduce en la idea sin- guiar de suicidarse en una reunión de familia, después de tocar un vals en el piano.
Como Mariana es, en mi sentir, la me- jor obra de Echegaray y más duradera, Hedda Gabler es la mejor obra de Ibsen* Porque en el teatro lo bueno y lo que dura es lo psicológico. Las cuestiones sociales pasan, y las que hoy nos enar? decen, mañana nos hacen bostezar. Y eu 69 el teatro de Ibsen, aparte otros defectos menores, como la afectacióii y cierta fraseología bíblica, que á ratos deslucen la naturalidad del diálogo, el punto fla- co es la importancia excesiva que se da á los ^problemas sociales.» Sobreestoy con referencia á Dumas, ha escrito el crítico inglés Archer una frase muy grá- fica, que ahora recuerdo y cito para ter- minar: <Las obras que se proponen co- rregir abusos ó reformar instituciones sociales, pierden su virtud tanto más pronto cuanto más inmediato es el efec- to que producen. Si no tienen otro prin- cipio de vitalidad más vigoroso, se hun- den bien pronto en el olvido, como balas de cañón que mueren en la misma bre- cha que abrieron •> EL PORVENIR DE ESPAÑA I ; \ I k EL PORVENIR DE ESPAÑA.
A Miguel de Unamuno.
I No he olvidado, amigo y compañera Unamuno, aquellas tardes que usted me recuerda, ni aquellas charlas de café, ni aquellos paseos por la Castellana, cuan- do, con el ardor y la buena fe de estu- diantes recién salidos de las aulas, re- formábamos nuestro país á nuestro an- tojo. Recuerdo aún sus proyectos de en- tonces, entre los cuales el que más me interesó era el de publicar la Batraco-- momaquia^ de Homero (ó de quien sea), con ilustraciones de usted mismo, que, para salir con lucimiento de su ardua empresa, estudiaba á fondo la atonía de los ratones y de las ranas. ¿Qué fué de 74 aquella afición? Sobre la mesa de mar-- mol del café me pintó usted una rana con tan consumada maestría, que no la he podido olvidar: aún la veo que me mira fijamente, como si quisiera comer- me con los ojos saltones.
Han pasado siete años, que para usted han sido de estudios y para mí de za- randeo y vagancia, salvo alguna que otra cosilla que he escrito para desaho- garme; pero la amistad intelectual, aun- que se forme en cuatro ratos de conver- sación, es tan duradera y firme, que en cuanto usted ha leído un libro mío y ha sabido por él que no me he muerto, ha pensado reavivarla con las tres bellísi- mas cartas que me envió, publicándolas en El Defensor para que no se perdieran en el camino. Me encuentra usted com- pletamente cambiado, y yo tampoco le hallo en el mismo punto en que le dejé. Por algo somos hombres y no piedras. Hay quien de la consecuencia hace una virtud, sin fijarse en que la consecuencia del que no piensa participa mucho de la estupidez. La principal virtud es que cada uno trabaja con su propio cerebro. Si trabajando así es consecuente consi- go mismo, tanto mejor.
Lo que más me gusta en sus cartas es^ que me traen recuerdos é ideas de un buen amigo como usted, con quien me hallo casi de acuerdo, sin que ninguno- de los dos hayamos pretendido estar acordes. Lo estamos por casualidad,, que es cuanto se puede apetecer, y lo- estamos, aunque sentimos de modo muy diferente. Usted habla de «despagani- zar» á España, de libertarla del «pagano- moralismo sénequista,» y yo soy entu— siasta admirador de Séneca; usted pro- fesa antipatía á los árabes, y yo lea ten- go mucho afecto, sin poderlo remediar. Conste, sin embargo, que mi afecto ter- minará el día que mis antiguos paisanos acepten el sistema parlamentario y se dediquen á montar en bicicleta.
Usted, amigo Unamuno, desciende en línea recta de aquellos esforzados y te- naces vascones que jamás quisieron su- frir ancas de nadie; que lucharon contra los romanos y sólo se sometieron á ellos 7^ por fórmula; que no vieron hollado su .«uelo por la planta de los árabes; que •están todavía con el fusil al hombro pa- ca combatir las libertades modernas, •que ellos toman por cosa de farándula. Así se han conservado puros, aferrados al espíritu radical de la nación. Foresto liabla usted de la instauración de las -postumbres celtibéricas, y cree que el mejor camino para formar un pueblo «luevo en España es el que Pérez Pujol y Costa han abierto con sus investiga- •ciones. Yo, en cambio, he nacido en la ciudad más cruzada de España, en un pueblo que antes de ser español fué mo- ro, romano y fenicio. Tengo sangre de lemosín, árabe, castellano y murciano, y me hago por necesidad solidario de todas las atrocidades y aun crímenes <iue los invasores cometieron en nuestro territorio. Si usted suprime á los roma- nos y á los árabes, no queda de mí qui- zás más que las piernas: me mata usted sin querer, amigo Unamuno.
Pero lo importante es que usted, aun- ^que sea á regañadientes, reconozca la 77