realidad de las influencias que han obran- do sobre el espíritu originario de Espa- ña, porque hay quien lleva su exclusi- vismo hasta á negarlas, quien cree ya. extirpadas las raíces del paganismo y^ quien afirma que los árabes pasaron si» dejar huella; sueñan que somos una na- ción cristiana, cuando el cristianismo- en España, como en Europa, no ha He- gado todavía á moderar ni el régimen» de fuerza en que vivimos, heredado de Roma, ni el espíritu caballeresco que se formó durante la Edad Media en las luchas por la religión. La influencia ma- yor que sufrió España después de la predicación del cristianismo, la que di6 vida á nuestro espíritu quijotesco, fué la arábiga. Convertido nuestro suelo en es- cenario donde diariamente se represen- tó, siglo tras siglo, la tragedia de la Re- conquista, los espectadores hubieron de habituarse á la idea de que el mundo era el campo de un torneo, abierto á cuantos quisieran probar la fuerza de su brazo. La transformación psicológica de una nación por los hechos de su historia^ 78 €S tan inevitable como la evolución de las ideas del hombre', merced á las sen- saciones que va ofreciéndole la vida. Y el principio fundamental del arte políti- co ha de ser la fijación exacta del punto á que ha llegado el espíritu nacional. Esto es lo que se pregunta de vez en cuando al pueblo en los comicios, sin que el pueblo conteste nunca, por la ra- nzón concluyente de que no lo sabe ni es posible que lo sepa. Quien lo debe de saber es quien gobierna, quien por esto mismo conviene que sea más psicólogo que orador, más hábil para ahondar en el pueblo que para atraérselo con dis- cursos sonoros.
He aquí una reforma política grande y oportuna. ¿Quién sabe si, dedicados algún tiempo á la meditación psicológi- ca, descubriríamos ¡oh grata sorpresa! que la vida exterior que hoy arrastra nuestro país no tiene nada quQ ver con su vida íntima, inexplorada? Yo creo á ratos que las dos grandes fuerzas de Es- paña, la que tira para atrás y la que co- rre hacia adelante, van dislocadas por 79 no querer entenderse, y que de esta dis- cordia se aprovecha el ejército neutral de los ramplones para hacer su Agosto; y á ratos pienso. también que nuestro país no es lo que aparece, y se me ocu- rre compararlo con un hombre de genio que hubiera tenido la ocurrencia de dis- frazarse con careta de burro para dar á sus amigos una broma pesada.
11 11 La comparación de que me valí para explicar cómo entiendo yo la influencia arábiga en España, sirve asimismo para comprender el desarrollo de las ideas del hombre. Lo que usted recuerda me- jor de mí, al cabo de siete años, es que yo le hablé de los gitanos. «¿Qué casta de pájaro será éste (pensaría usted), que parece interesarse más por las costum- bres gitanescas que por las ciencias y artes que le habrán enseñado en la Uni- versidad?> Todo se explica, sin embar-^ go, querido compañero, porque yo viví muchos años en la vecindad de la céle- bre gitanería granadina.
También le diré que el concepto de las ideas «redondas> que me sirvió de 6 82 criterio para escribir el Idearium me lo sugirió mi primer oficio. Yo he sido mo- linero, y á fuerza de ver cómo las pie- dras andan y muelen sin salirse nunca de su centro, se me ocurrió pensar que la idea debe de ser semejante á la muela del molino, que sin cambiar de sitio da harina, y con ella el pan que nos nutre, en vez de ser, como son las ideas en Es- paña, ideas «picudas,» proyectiles cie- gos que no se sabe á dónde van, y van siempre á hacer daño.
Mientras en España no existan hábi- tos intelectuales y se corra el riesgo de que las ideas más nobles se desvirtúen y conviertan en armas de sectario, hay que ser prudentes. La sincerids^d no obliga á decirlo todo, sino á que lo que se dice sea lo que se piensa. Por esto encuentra usted obscuros mis conceptos en materia de religión; no sería así si yo hubiera puesto en mi libro una idea que se me ocurrió y que suprimí, porque si no era picuda por completo, tampoco era redonda del todo: era algo esquinada la infeliz, y lo sigue siendo. Esta idea 83 «s la de adaptar el catolicismo á nuestro territorio para ser cristianos españoles. Pero bastaría apuntar la idea para que «e pensara á seguida en iglesias disiden- tes, religión nacional, jansenismo y de- más lugares del repertorio; y nada se adelantaría con 4ecir que lo uno nada tiene que ver con lo otro, porque al de- cirlo por adelantado se daría pie para que pensaran peor aún. Sin embargo, en ülosofía dije claramente que era útil rompet la unidad, y en religión llegué á decir que, en cuanto en el cristianismo cabe ser original, España había creado el.cristianismo más original.
Lo más permanente en un país es $| espíritu del territorio. £1 hecho más transcendental de nuestra historia es el que se atribuye á Hércules citando vino, y de un porr^tzo nos separa de África; y este hecho no está comprobado por do- cumentos fehacientes. Todo cuanto vie- ne de fuera á un país ha][de acomodarse al espíritu del territorio si quiere ejercer una influencia real.
Este criterio no es particularista: ai 84 contrarío, es universal, puesto que si existe un medio de conseguir la verda- dera fraternidad humana, éste no es el de unir á los hombres debajo de organi- zaciones artificiosas, sino el de afirmar la personalidad de cada uno y enlazar las ideas diferentes por la concordia y las opuestas por la tolerancia. Tpdo lo que no sea esto es tiranía: tiranía mate- rial que rebaja al hombre á la condiciÓD de esclavo, y tiranía ideal que le con- vierte en hipócrita. Mejor es qué usted y yo tengamos ideas distintas, que no que yo acepte las de usted por pereza 6 por ignorancia; mejor es que en España haya quince ó veinte núcleos intelec- ' tuales, Sí se quiere antagónicos, que no que la nación sea uti desierto y la capi- 4al atraiga á sf las fuers^s nacionales, ax:aso para anularlas, y mejor es que cada país conciba el cristianismo con su espíritu propio, así como lo expresa en su propia lengua, que no que se someta á una norma convencional. No debe satis- facernos la unidad exterior: debemos buscar la unidad fecunda, la que resu- 85 me aspectos origínales de una misiva realidad.
Esto parecerá vago; pero tiene multi- tud de aplicaciones prácticas, de las que citaré algunas para precisar más la idea* £1 socialismo tiene en España adeptos •que propagan éstas ó aquellas doctrinas de éste ó aquel apóstol de la escuela. ¿No hay acaso en España tradición so- <:ialista? ¿No es posible tener un socia- lismo español? Porque pudiera ocurrir, como ocurre en efecto, que en las anti- guas comunidades religiosas y civiles de España estuviera ya realizado mucho ■de lo que hoy se presenta como última novedad. Creo, pues, más útiles y sen- satos los estudios del Sr. Costa, de quien usted hablaba con justo elogio, que los discursos de muchos propagan- distas que aspiran á reformar á España sin conocerla bien.
En filosofía asistimos ahora á la reha- bilitación de la escolástica, en su prin- cipal representación: la tomista. El mo- vimiento comenzó en Italia, y de allí ha venido á España, como si España no 86 tuviera su propia filosofía. Se dirá que nuestros grandes escritores místicos no* ofrecen un cuerpo de doctrina tan regu- lar, según la pedagogía clásica, como el tomismo; quizás sea éste más útil para- las artes de la controversia y para ganar puestos por oposición. Pero ni sería ta» difícil formar ese cuerpo de doctrina, ni se debe pensar en los detalles, cuando k. lo que se debe atender es á lo espiri- tual, íntimo, subjetivo y aun artística de nuestra filosofía, cuyo principal mé- rito está acaso en que carece de organi- zación doctrinal.
Aun en los más altos conceptos de lá religión creo que es posible marcar el genio de cada pueblo, aun en los dog- mas. Usted me hace notar la confusión dogmática que parece desprenderse de la primera idea de mi libro: antes que usted me lo dijeron otros amigos, y an- tes que el libro se imprimiera alguie» me aconsejó que la suprimiera; y yo es- tuve casi tentado de hacerlo, más que por el error que en ella pudiera verse,, ipor no dar á algún lector una mala im— 87 87 presión en las primeras lineas. Y, sin embargo, no la suprimí. ¿Por testarudez? — se pensará. — No fué sino porque veía en esa idea una idea muy española. El dogma de la Inmaculada Concepción se refiere, es cierto, al pecado original; pe- ro al borrar este último pecado da á en- tender la suma pureza y santidad. El dogma literal se presta además á esa amplia interpretación, porque las pala- bras «concebida sin mancha> dicen al alma del pueblo dos cosas: que la Vir- gen fué concebida sin mancha, y que es concebida sin mancha eternamente por el espíritu humano. Hay el hecho de la Concepción real, y el fenómeno de la concepción ideal por el hombre de una Mujer que, no obstante haber vivido vi- da humana, se vio libre de la mancha que la materia imprime á los hombres. Preguntemos uno á uno á todos los es- pañoles, y veremos que la Purísima es siempre la Virgen ideal, cuyo símbolo en el arte son las Concepciones de Mu - rillo. El pueblo español ve en ese mis- terio, no sólo el de la concepción y el 88 de la virginidad, sino el misterio de toda una vida. Hay un dogma escrito inmu- table, y otro vivo, creado por el genio popular.
También los pueblos tienen sus dog- mas, expresiones seculares de su espí- ritu.
t lll Desea usted que el cristianismo im- pere por la paz; y como usted no es un filántropo rutinario de los que tanto abundan, sino un verdadero pensador, habla á seguida de despaganizar á Eu- ropa, porque sabe que la guerra tiene su raíz en el paganismo. Sus ideas de usted son comparables á las que Tolstoi expuso en su manifiesto titulado Le non agir, aunque Tolstoi, no contento con •combatir la guerra, combate el progre- so industrial y hasta el trabajo que no sea indispensable para lás necesidades perentorias del vivir. Para que la orga- nización social cambie, han de cambiar antes las ideas, ha de operarse la meta-- nota evangélica, y para esto es preciso 90 90 trabajar poco y meditar bastante y amar mucho. La lucha por el progreso y por la riqueza es tan peligrosa como la lu- cha por el territorio. Vea usted si no^ amigo Unamuno, el desencanto que se están llevando los que creían que el por- venir estaba en América. En unas cuan- tas semanas se ha despertado el atavis- mo europeo; la riqueza acumulada por los negociantes se transforma en armas de guerra, y aparece ésta en condicio- nes que, en Europa misma, serían im- practicables. Porque en Europa no se usan ya guerras repentinas, ni se suele acudir á las armas antes de agotar todos los medios pacíficos, ni practicar ciertos procedimientos que hoy se emplean en nuestro daño. América tendrá ejércitos como Europa, y disfrutará de los goces inefables de las guerras territoriales y de raza; en vez de hacer algo nuevo, co- piará á Europa y la copiará mal; y los hombres insignificantes que han derro- chado estúpidamente las buenas tradi- ciones de su nación, serán glorificados por la plebe.
91 La raza indo-europea ha ejercida siempre su hegemonía en el mundo por medio de la fuerza. Desde los ejércitos descritos por Homero hasta los descritos hoy por la prensa periódica, son tantas las metamorfosis que ha sufrido el sol- dado ario, que se pierde ya la cuenta* Unías veces han atacado en forma de cu- ña y otras en forma rectangular, y nos- otros hemos descubierto últimamente el sistema de pelear boca arriba, como los gatos. Los europeos dicen que dominan por sus ideas; pero esto es falso. La idea en que se ampara la fuerza de Europa es el cristianismo, una idea de paz y de amor, que por esto no pudo nacer entre nosotros. Nació en el pueblo judaico^ que fué siempre enemigo de combatir y se pasó la vida huyendo de sus enemi- gos ó subyugado por ellos; porque en los momentos de peligro, en vez de apa- recer en el seno de este pueblo grandes generales, organizadores de la victoria^ aparecían profetas que se ponían de par- te del enemigo, considerándolo como á un enviado de Dios. El precepto evan- 92 gélico de no resistir al mal, es constitu- tivo del espíritu judaico.* Por esto los europeos no lo han com- prendido aún, ni menos practicado. So- mos paganos de origen, y de vez en cuando la sangre nos turba el corazón y se nos sube á la cabeza. Vea usted sí no, por vía de ejemplo, lo que ocurre en el arte. El cristianismo creó su arte propio, cuyo dogma se puede decir que era el resplandor del espíritu, así como el del paganismo era el resplandor de la for- ma. Yo he visto en los Países Bajos cen- tenares de obras inspiradas por el cris- tianismo puro, y he visto cómo aquellos artistas, que tan torpemente creaban obras tan sublimes, se encaminaron á Italia, cuando en Italia apareció el Re- nacimiento: me hacen pensar en tristes ayunantes que, después de comer espi- nacas durante el periodo cuaresmal, se relamen de gusto viendo un buen tasa- jo de carne ó un pavo relleno. Puesto entre las dos artes, prefiero el cristianis- mo porque es más espiritual; pero me seduce también el arte pagano, y me se- 93 93 ducen aún más las obras de aquellos ar« tistas españoles que acertaron como nin^ gunos á infundir el espíritu cristianó en la forma clásica. Esto parecerá eclecti- cismo; pero el eclecticismo está en nues- tra constitución y en nuestra historia. En España se ha batallado siglos ente- ros para fundir en una concepción na- cional las ideas que han ido imperando en nuestro suelo, y á poco que se ahonde se descubre aún la hilaza. En Granada, por ejemplo, no hay artísticamente pu- ro nada más que lo arábigo, y aun deba- jo de esto suele hallarse la traza del ar- te romano. Lo que viene después tiene siempre dos caras, una cristiana y otra clásica, como en las esculturas de nues- tro insuperable Alonso Cano, ó una cris- tiana y otra oriental, como en el poema admirable de Zorrilla. La primera ha- bla al espíritu; la segunda á los sentidos,, que también son algo para el hombre. La esencia es siempre mística, porque lo místico es lo permanente en España; pero el ropaje es vario, por ser varia y multiforme nuestra cultura. Todo lomas 94 á que puede aspirarse es á que el senti- miento cristiano sea cada día más el al* ma de nuestras obras.
Así como hay hombres que viven una vida casi material y hombres que colo- can el centro de su vida en el espíritu, dando al cuerpo sólo lo indispensable, así hay naciones que continúan aún afe- rradas á la lucha brutal, y naciones que espiritualizan la lucha y se esfuerzan por conseguir el triunfo ideal. Pero no hay cerebro ni corazón que se sostengan en el aire; ni hay idealismo que subsis- ta sin apoyarse en el esqueleto de Ip. rea- lidad, que es, en último término, la fuer- za. El hombre está organizado autorita- riamente (aun cuando el centro no fun- cione), y todas sus creaciones son hechas á su imagen y semejanza: desde la fami- lia hasta la agrupación innominada, que forma el concierto de las naciones, Eu- ropa ha representado siempre el centro unificador y director de la Humanidad, y esto ha podido lograrlo solamente ejer- ciendo violencia en los demás pueblos. Hay quien sueña, como usted, en el ani- 95 quilamíento de ese eterno régimen, y en que un día impere en el mundo, por su pura virtualidad, el ideal cristiano. ¿Por qué no soñar y entusiasmarse soñando en tan admirable anarquía?
IV Quien haya leído sus artículos y lea ahora los míos, creerá seguramente que somos dos ideólogos sin pizca de sentido práctico, cuando con tanta frescura nos ponemos á hablar de los caracteres cons- titutivos de nuestra nación, sin parar mientes en los desastres que llueven so- bre ella. Tanto valdría, se pensará, po- nerse á meditar sobre las mareas en el momento crítico de un naufragio, cuan- do sólo queda tiempo para encomendar- se á Dios antes de irse al fondo. Na obstante, la tempestad pasa y las ma- reas siguen; y quién sabe si una misma razón no explicaría ambos fenómenos. Las ideologías explican los hechos vul- gares, y si en España no se hace caso 7 98 de los ideólogos es porque éstos han da- do en la manía de empolvarse y engo- marse, de «academizarse, > en una pala- bra, y no se atreven á hablar claro por no desentonar, pi á hablar de los asun- tos del día por no caer en lugares co- munes. Sin duda ignoran que Platón cortó el hilo de uno de sus más hermo- sos diálogos para explicar cómo se quita el hipo, y que Homero no desdeñó can- tar en versos de arte mayor cómo se asa un buey. Se puede ser correcto y hasta clásico explicando cómo se pierden las colonias.
Nosotros descubrimos y conquistamos por casualidad, con carabelas inventa- das por los portugueses, llevando por hélice la fe y por caldera de vapor el viento que soplaba. Y al cabo de cuatro siglos nos hallamos con que en nuestros barcos no hay fe ni velas donde empu- je el viento, sino maquinarias que casi siempre están inservibles. La invención del vapor fué un golpe mortal para nues- tro poder. Hasta hace poco ni sabíamos construir un buque de guerra, y hasta 99 hace poquísimo nuestros maquinistas -eran extranjeros. Al fin hemos vencido «estas dificultades; pero tropezamos con otra: los buques necesitan combustible, y nosotros somos incapaces de concebir una estación de carbón. No tenemos al- ma, aunque se dice que somos desalma- dos, para incomodar á nadie metiéndo- le en su casa una carbonera, como ha- cen los ingleses, por ejemplo, en Gi- braltar. Cuando perdamos nuestros do- minios se nos podrá decir: aquí vinie- ron ustedes á evangelizar y á cometer desafueros; pero no se nos dirá: aquí venían ustedes á tomar carbón. Demos por vencida también la falta de estacio- nes propias para nuestros buques, y aún faltará algo importantísimo: dinero pa- ra costear las escuadras, el cual ha de ganarse explotando esas colonias que se trata de defender. Porque sería más que tonto comprar una escuadra formidable ■en el extranjero para enviarla á Filipi- nas, ó asegurar el negocio que allí hacen los mismos extranjeros. Más lógico es dejarse derrotar «heroicamente. > Acaso 100 la batalla más discretamente perdida^ entre todas las de nuestra historia, sea esa batalla de Cavite, que usted, com- pañero Unamuno, comparaba en tono humorístico con la de Víllalar.
No basta adaptar un órgano: hay que adaptar todo el organismo. En España sólo hay dos soluciones racionales para el porvenir: someternos. en absoluto.1 las exigencias de la vida europea, ó re- tirarnos en absoluto también y trabajar para que se forme en nuestro suelo Una concepción original, capaz de sostener la lucha contra las ideas corrientes, ya que nuestras actuales ideas sirvan sólo para hundirnos, á pesar de nuestra inú- til resistencia. Yo rechazo todo lo que sea sumisión y tenga fe en la virtud crea- dora de nuestra tierra. Mas para crear es necesario que la nación, como el hombre, se recojan y mediten, y España ha de reconcentrar todas sus fuerzas y abandonar el campo de la lucha estéril^ en el que hoy combate por un imposi- ble, con armas compradas al enemigo. Nos ocurre como al aristócrata arruinalOI <io que trata de restaurar su casa sola-f- riega, hipotecándola á un usurero.
Nuestra colonización ha sido casi no- velesca. La mayoría de la nación ha ig- norado siempre la situación geográfica de sus dominios; le ha ocurrido como á Sancho Panza, que nunca supo dónde «estaba la ínsula Baratarla, ni por dónde se iba á ella, ni por dónde se venía, lo cual no le impidió dictar preceptos no- tables que, si los hubieran cumplido, hu- bieran dejado tamañitas á nuestras fa- mosas Leyes de Indias, á las que tam- j>oco se dio el debido cumplimiento, por lo mismo que eran demasiado buenas. Pero nadie nos quita el gusto de haber- las dado, para demostrar al mundo que si no supimos gobe^rnar, no fué por falta de leyes, sino porque nuestros goberna- dos fueron torpes y desagradecidos.
Detrás de la antigua aristocracia vi- no la del progreso. El pueblo que antes pertenecía á un gran señor y era admi- nistrado por un mayordomo de manga ancha, cayó en las garras de un usure- ro; y el pueblo inocente que creía llega- 102 da una era de prosperidades, trabaja más y gana más y come lo mismo ó menos; y si algún infeliz se atreve á coger un brazado de leña en el monte, que antes estaba abierto para todos, no tarda ei> ser cogido por un guarda y enviado unos cuantos años á presidio. Este es el porve- nir que le aguarda á nuestra poblacióa colonial, que cree candidamente que han de venir gentes más activas á enri- quecerla. Pero nada se gana con predi- car á estas alturas. La humanidad, ella, sabrá por qué, se ha dedicado a los ne- gocios, y ahí está la causa de nuestra decadencia. Nosotros no tenemos capi- tal para emprenderlos, ni gran habilidad tampoco, y si emprendemos alguno nos olvidamos, por falta de espíritu previ- sor, de apoyarlo bien para que no fra- case. Hay en Europa naciones que sos- tienen artificialmente con los productos que exportan varios millones de habi- tantes, que el suelo no podría nutrir; en España no llegan quizás á un millón los que viven de la exportación á Ultramar,, y esos están hoy amenazados, y tal vez.
io3 io3 se vean pronto obligados á buscar el pan en la emigración. Hemos podido inge- niarnos para conseguir la inciependencia económica, impuesta por nuestro carác- ter territorial, y dejándonos de libros de caballerías, atenernos á nuestro suelo^ cuyas fuerzas naturales bastan para sos- tener una población mayor que la ac- tual.
Así se hubiera evitado la guerra, por- que esta guerra que se dice sostenida por honor es también, y acaso más, lu- cha por la existencia. La pérdida de las colonias sería para España un des- censo en su rango como nación; casi to- dos sus organisnjos oficiales se verían disminuidos, y lo que es más sensible^ la población disminuiría también á cau- sa de la crisis de algunas provincias. Se puede afirmar que todos los intereses tradicionales y actuales de España sa- len heridos de la refriega; los únicos in- tereses que salen incólumes son los de la España del porvenir, á los que, al con- trario, conviene que la caída no se pro- longue más; que no sigamos eternamen- 104 te en el aire, con la cabeza para abajo, sino que toquemos tierra alguna vez.
Este gran problema que nos ha plan- teado la fatalidad, ha sido embrollado adrede por falta de valor para presen- tarlo ante España en sus términos bru- tales, escuetos, que serían: ¿quiere ser una nación modesta y ordenada y ver emigrar á muchos de sus hijos por falta de trabajo, ó ser una nación pretenciosa ó flatulenta y ver morir á muchos de sus hijos en el campo de batalla y en el hos- pital? ¿Qué cree usted, amigo Unamuno, que hubiera contestado España?
Usted, amigo Unamuno,. que es cris- tiano sincero, resolverá la cuestión ra- dicalmente con virtiendo á España en una nación cristiana, no en la forma, ^ino en la esencia, como no lo ha sido ninguna nación en el mundo. Por eso acudía usted al admirable simbolismo •del QuijotCy y expresaba la creencia de que el ingenioso hidalgo recobrará muy ^n breve la razón y se morirá, arrepen- tido de sus locuras. Esta es también mi idea, aunque yo no doy la curación por tan inmediata. España es una nación ab- surda y metafísicamente imposible, y el absurdo es su nervio y su principal sos- tén. Su cordura será la señal de su aca- bamiento. Pero donde usted ve á Doa io6 Quijote volver vencido por el caballera de la Blanca Luna, yo lo veo volver apaleado por los desalmados yangüeses, con quien topó por su mala ventura.
Quiero decir con esto que Don Qui- jote hizo tres salidas, y que España no ha hecho más que una y aún le faltan dos para sanar y morir. El idealismo de Don Quijote era tan exaltado, que la primera vez que salió en busca de aven- turas se olvidó de llevar dinero y hasta ropa blanca para mudarse; los consejos del ventero influyeron en su ánimo, bien que vinieran de tan indocto personaje, y le hicieron volver pies atrás. Creyóse que el buen hidalgo, molido y escar- mentado, no tornarla á las andadas, y por sí ó por no, su familia y amigosacu- dieron á diversos expedientes para apar- tarle de sus desvarios, incluso el de mu- rar y tapiar el aposento donde estaban los libros condenados; mas Don Quijo- te, muy solapadamente, tomaba mien- tras tanto á Sancho Panza de escudero^ y vendiendo una cosa y empeñando otra^ y malbaratándolas todas, reunía una 107 cantidad razonable para hacer su se- gunda salida más sobre seguro que la. primera.
Este es el cuento de España. Vuelve ahora de su primera escapatoria para preparar la segunda; y aunque muchos españoles creamos de buena fe que se lo* hemos de quitar de la cabeza, no ade- lantaremos nada. Y acaso sería más prudente ayudar á los preparativos de viaje, ya que. no hay medio de evitarlo. Yo decía también que convendría ce- rrar todas las puertas para que España, no se escape, y sin embargo, contra mi deseo, dejo una entornada, la de Áfri- ca, pensando en el porvenir. Hemos de trabajar, sí, para tener un período his- tórico español puro; mas la fuerza ideal y material que durante él adquiramos verá usted cómo se va por esa puerta del Sur, que aún seduce y atrae al espí- ritu nacional. No pienso al hablar así en Marruecos; pienso en toda África, y na en conquistas ni protectorados, que esta es de sobra conocido y viejo, sino en al- go original, que no está al alcance cierio8 lamente de nuestros actuales políticos. Y en esta nueva serie de aventuras ten- ■dremos un escudero, y ese escudero será -el árabe.
Se me dirá que el África está ya re- partida como pan bendito; pero también estuvo repartido el mundo ó poco menos 'entre España y Portugal, y ya ve usted é, dónde hemos llegado. En nuestros •días hemos visto aparecer varias doctri- nas flamantes, como la de Monroe y la <le la protección de interés, la de la ocu- pación efectiva y la del arrendamiento. Europa se arrienda á China en diversos lotes y se reparte el África, porque no estaba ocupado efectivamente. Y á esto no hay nada que objetar: si la propíe- <lad privada se pierde por el abandono <ie la misma, ¿por qué no ha de perder una. nación sus derechos soberanos sobre territorios que nominalmente se atribu- ye? Lo único que se puede decir es que ahora tampoco es efectiva la ocupación, y que lo que se llama esfera de influencia o hinterland es, con nombre diverso, la misma soberanía nominal, hoy desusa-* 109 109 da. No sé si usted es amante del Dere- cho, amigo Unamuno, y si se disgustara, porque le diga que el Derecho es una mujerzuela flaca y tornadiza que se de- ja seducir por quien quiera que sepa so- nar bien las espuelas y arrastrar el sa- ble. Si España tuviera fuerzas para tra- bajar en África, yo, que soy un quídam,, me comprometería á inventar media do- cena de teorías nuevas para que nos que- dáramos legal mente con cuanto se nos antojara.
Ahora y antes el único factor efectivo que en África existe, aparte de los indí- genas, es el árabe, porque es el que vi- ve de asiento, el que tiene aptitud para, aclimatarse y para entenderse con la ra- za negra de un modo más natural que el que emplean los misioneros, que intro- ducen, según la frase de usted, él feti- chismo pseudo- cristiano. El árabe habi- litado y gobernado por un espíritu su- perior sería un auxiliar eficaz, el única para levantar á las razas africanas si» violentar su idiosincrasia. Los árabes, dispersos por el África están obscurecíno no -dos y anulados en la apariencia por los europeos, porque éstos no saben enten- derse con ellos; nosotros sí sabríamos. Actualmente la empresa es disparatada, pues sin contar nuestra falta de dineros y camisas^ el antagonismo religioso lo echaría todo á perder. Pero ¿quién sabe io que dirá el porvenir? ¡Utopia! ¿No le agradan á usted las utopias? <Sí, me agradan, me contestará usted; pero esa pasa de la marca: yo hablo en pro de la paz, y usted nos arma para nuevas gue- rras.» Si usted me dice que hay que des- paganizar á Europa y destruir en ella los gérmenes de agresión, yo estoy con us- ted, porque el deseo es generoso y noble. Pero mientras la forma de la vida euro- pea sea la agresión, y se proclame mori- bundas á las naciones que no atacan y aun se piensa en descuartizarlas y repar- tírselas, la paz en una sola nación sería más peligrosa que la guerra. La nación más cristiana, por temperamento, ha si- do la judaica, y tiene que vivir, como quien dice, con los trastos á cuestas. Así, pues, España, encerrada en su te- III III rritorio, aplicada á la restauración de sus fuerzas decaídas, tiene por necesi- dad que soñar en nuevas aventuras; de lo contrario, el amor á la vida evangéli- ca nos llevaría en breve á tener que al- zarnos en armas para defender nuestros hogares contra la invasión extranjera. El espíritu territorial independiente mo- vió á las regiones españolas á buscar auxilio fuera de España, y ese mismo espíritu, indestructible, obligará á la nación unida á buscar un apoyo en su continente africano para mantener ante Europa nuestra personalidad y nuestra independencia.
JUN 8 - 1915 librería general de VICTORIANO SÜÁREZ Preciados, 48— MADRID Alarcón (Pedro).— Diario de uq testigo de la gaerra de África. Tercera edición. Dos tomos en 8.®, 8 pesetas.
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Besteiros.— La Psicofísica: Madrid, 4897* Un tomo en 8.®, 2,50 pesetas.
Blanco García. —La literatura española en el siglo xix^ por el P. Francisco Blanco García, agustino, Profesor en el Real Colegio de El Escorial: Madrid, 4894-92. Tres tomos en 4.0, 46 pesetas.
Bobadilla (Emilio), Fray Caneíi/.— Fiebres: Madrid, 4889. Un tomo en 8.% 2 pesetas.
— Solfeo (Crítica y sátira): Madrid, 4894. Un tomo en 8.% 3,50 pesetas.
— Novelas en germen: Madrid, 1900. Un tomo en 8.**, 2 ptas.
— Vórtice. Poesías, Carta-prólogo de José María de Heredia: Madrid, 4902. Un tomo en 8.^, 3 pesetas.
— Grafómanos de América (Patología literaria), tomo I: Madrid, 4902. En 8.°, 3 pesetas.
— A fuego lento: Barcelona, 4903. 3 pesetas. Brown.— Viaje sobre una ballena. 4 peseta.