SigPhi · Angel Ganivet

Idearium español

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Les síntomas intelectuales déla aboulía son mu- chos: la atención se debilita tanto más cuanto más nuevo ó extraño es el objeto, sobre el cual hay que fijarla; el entendimiento parece como que se petrifica y se incapacita para la asimilación de ideas nuevas; sólo está ágil para resucitar el recuerdo de los hechos pasados; pero si llega á adquirir una idea nueva, falto del contrapeso de otras, cae de la atonía en la exaltación, en la idea fija que le arrastra á la im- pulsión violenta.

EN las enfermedades hay al lado de los casos típicas, casos similares; en este de que aquí se trata el número «le los primeros do es muy crecido, mientras que el de los segundos es abrumador; en España, por ejemplo, hay muchos enfermos de la vo- luntad y como consecuencia un estado de aboulía co- lectiva. Yo uo profeso la sociología metafórica que considera las naciones como organismos tan bien de- termi nados como los individuales. La sociedad i una resultante de las fuerzas de sus individuos: se- gún estos se organicen podrán producir una acción intensa ó débil, ó neutralizarse por la oposición; y la obra total participar;! siempre del carácter de los que concurren a crearla.

El individuo á mi ve/ es una reducción fotográ- fica de la sociedad; la vida individual fisiológica es una combinación de la energía vital interna con las fuerzas exterioras absorbidas y asimiladas; la vida espiritual se desarrolla de un modo análogo nutrién- dose el espíritu de los elementos ideales «pie la So- ciedad conserva como almacenados, según la expre- sión de Fouillóe. En este sentido creo yo que es provechosa la aplicación de la psicología individual á los estados sociales y la patología del espíritu á la patología política.

En nuestra nación se manifiestan todos los sínto- mas de la enfermedad (pie padecemos la mayoría de los españoles: realízanse los actos fisiológicos y los instintivos; como funciona el organismo individual 19 para vivir asi trabaja la sociedad para vivir: el tra- bajo qrie es libre para el individuo, para la sociedad es necesario, a menos que se trate de pueblos vagabundos; igualmente el ocultar la riqueza á las investigaciones del fisco es acto social tan instintivo como el de cerrar los ojos ante el amago de un golpe. Los actos quo no encontramos son los de libre de- terminación, como sería el intervenir conscientemen- te en la dirección de los negocios públicos. Si en la vida práctica la aboulía se hace visible en el no hacer, en la vida intelectual se caracteriza por el no aten- der. Nuestra nación hace ya tiempo que está como distraída en medio del mundo. Nada le interesa, nada la mueve de ordinario; mas de repente una idea se fija y no pudiendo equilibrarse con otras produce la impulsión arrebatada. En estos últimos años hemos tenido varios movimientos de impulsión típica producidos por ideas tijas: integridad de la patria, justicia histórica y otras semejantes. Todas nuestras obras intelectuales se resienten de esta falta de equilibrio, de este error óptico; no vemos simul- táneamente las cosas, como son. puestas en sus lu- gares respectivos, sino que las vemos á retazos, hoy unas, mañana otras: la que un día estaba en primer término ocultando las demás, al siguiente queda olvidada porque viene otra y se le pone delante.

Sox innumerables las opiniones emitidas para ex- plicar el origen de la aboulía; en un principio estuvo considerada como una forma de la locura y los alienistas la bautizaron con el nombre de «delirio del contacto-, fijándose sólo en el hecho exterior característico de la enfermedad. Según esta teoría.

U7 U7 nuestra nación podría sur considerada como una jaula de lucos rarísimos, atacados de una manía ex- traña, la de no podjr sufrirse los unos á los otros. Yo no acepto esta opinión, porque, como dije, en los enfermos de aboulía las peí turbaciones de la volun- tad no revelan desorden, sino abatimiento de la ener- gía funcional. A excepción de Ribot. quo se inclina a creer que la causa do tan curioso otado patoló- gicu es de naturaleza sentimental, la falta de deseos, toilos los patólogos por distintos caminos llegan á encontrarse, á coincidir en el parecer de que la cau- sa es una perturbación do las funciones intelectuales. Janet, que publicó haca algunos años un curioso estudio de observación personal sobre l'n caso de aboulía é ideas tijas cree que el aniquilamiento de la voluntad proviene de la falta de atención, y por consiguiente, de percepción. Sin embargo de aparecer estos síntomas con carácter constante, creo yo quo ii" es posible marcar entre ellos una relación do causalidad; porque las facultades intelectuales exte- riorizadas participan de la voluntad, y así puede afirmarse (pío la voluntad <»s débil porque la atención es inconstante y la percepción confusa, como decirse qr.O la atención no es viva ni la percepción clara. porque la voluntad no es intensa.

La actividad espiritual exteriorizada es un reflejo de la actividad íntima; en el acto de crearesto es axio- mático: ¿cómo concebir (pie hay un cerebro vacío detrás de la obra genial del sabio ó del artista ó un espíritu bolado en los transportes de la pasión? Como la falta de apetito material denota una disminución de la aeti\ idad dip" tiva, a -i también la falta de apetito espiritual, manifestada en la desidia de las facultades que actúan exteriorniente, revela una de- bilitación de esa energía asimiladora interna que los aristotélicos llamaban entendimiento agente y los positivistas sentido sintético, que do es otra cosa que la inteligencia misma funcionando segiin la ley de asociación. Así pues, la causa de la aboulía es. á mi juicio, la debilitación del sentido sintético, de la facultad de asociar las representaciones. En relación con lo pasado, la inteligencia funciona con regulari- dad porque la memoria se encarga de reproducir ideas, cuya asociación estaba ya formada; pero en relación con lo presente el trabajo meutal que para los individuos sanos es fácil y agradable, como es fácil y agradable la digestión cuando se come con buen apetito, para los enfermos de no-querer es di- fícil y doloroso; las representaciones suministradas por los sentidos, se convierten en datos intelectuales irreductibles que unas veces, las más, se extinguen sin dejar huella y otras se fijan penosamente, como agujas clavadas en el cerebro y producen gravísimas perturbaciones.

¿Que relación guarda la debilitación del sentido sintético y la falta de voluntad? La misma que la idea y el acto libre; tan estrecha que se ha llegado á fundir una y otra, en una sola entidad: de aquí la idea-fuerza, la idea-voluntad y otros términos nue- vos de los filósofos á la moda. En el acto voluntario hay dos elementos que engendran un tercero: un individuo y una idea que producen una energía. El individuo contiene en sí, personalmente unificados, los elementos que recibió por herencia, ó que adqui- U9 rió por su trabajo, ó por el simple hecho de vivir en sociedad. La representación ó la idea están en el individuo como las líneas y colores sobre el fondo de un cuadro: sobre un misino fondo se puede tra- zar infinitas lincas y combinar infinitos colores. Se- gún rija ó no la idea de asociación, de esa variedad nacerá la creación artística ó el borrón confuso, in- forme, (mando las representaciones intelectuales, como los colores y las líneas, se agrupan alrededor de ideas céntricas, van siendo más claras á medida que el número de ellas va aumentando. Ks pues, inmenso el valor de la facultad sintética, sin la cual los esfuerzos intelectuales son vanos y aun contra- producentes, ¡i la manera que lo serían las pinceladas de un ciego que intentara pintar ó retocar un cua- dro. En el enfermo de aboulía las ideas carecen de esta fundamental condición: la sociabilidad. Por lo cual sus esfuerzos intelectuales carecen de eficacia: en unos casos, la idea fija, que es la que influye más enérgicamente sobre la voluntad, produce la deter- minación arrebatada, violenta, que alguien confunde con la del alienado; en otros la idea abstracta ú la idea ya vieja, reproducida por la memoria, engendran el deseo débil, impotente, irrealizable; no existen las ideas más fecundas, las ideas sanas que nacen del estudio reflexivo y de la observación consciente de la realidad.

La \oluntad colectiva funciona de una manera análoga. Las sociedades tienen personalidad, ideas, energías. Aunque la conciencia colectiva no se muestre tan clara y determinada como la de un individuo, existe y puede obrar mediante actos colectivos queobedecen ¡i ideas colectivas en ei Fondo, no obstante aparecer concentradas en un inducido número de inteligencias. Si la idea de un gran es- tadista fuese arbitraria o caprichosa, ajena al pensa- miento y al sentimiento generales, no podría adelantar i\\\ paso. La (pie parece idea original de un hombre, es sólo interpretación de ideas ó deseos vagos, inde- terminados, (pie la sociedad siente, sin acertará dar- les la expresión propia y exacta. V en tanto que el pensamiento de una nación no está claramente de- finido, la acción tiene (pie ser débil, indecisa, tran- sitoria. El sentido sintético es en la sociedad y en particular en quienes la dirigen, la capacidad para obrar conscientemente, para conocer bien sus pro- pios destinos. Hay naciones en las (pie se observa por encima de las divergencias secundarias una rara y constante unanimidad para comprender sus in- tereses». Esta comprensión parece tan clara como la de un individuo, (pie en un momento cualquiera, recordando su pasado y examinando su situación presente, se da cuenta precisa de lo (pie es ó de lo (pie re)) resé uta.

En otras sociedades, por el cont ario, predomina el desacuerdo; los intereses parciales, (pie sou como las representaciones aisladas en los individuos, no se sintetizan en un interés común, porque falta el entendimiento agente, la energía interior que lia de fundirlos; las apreciaciones individuales son irreduc- tibles y la actividad derivada de ellas tiene que ser pobre y desigual. Unas veces el móvil será la tradi- ción, ipie jamás puede producir, aunque otra cosa se urea un impulso enérgico, porque en la vida inteleotnal, lo pasado, así como es contra poderoso de resistencia, es principio débil de actividad: otras ve- ris se obedecerá á una fuerza extraña, pues las su- ciedades débiles, cénit) les artistas de pebre ingenio, suplen con las imitaciones la falta de propia ¡nspi- raci'''ii. Ya el interés secundario se colocará transi- toriamente en primer término y producirá desvia- ciones, retrocesos, trastornos en la marcha de la sociedad; ya la idea del interés general, neis que co- nocida, vislumbrada, creará un estado momentáneo de falsa energía y de actividad engafiosa; echándose siempre de menos la idea clara, precisa, dol interés común y la acción constante, serena, que se encamina á realizarlo.

Dk lo dicho se infiere cuan disparatado es pre- tender que nuestra nación recobre la salud per- dida por medio de la acción exterior; si en lo poco que boy hacemos revelamos nuestra flaqueza ¡q ió ocu- rriría si intentáramos acelerar más el movimiento? La restauración de nuestras fuerzas exige un régi- men prudente, de avance lente y gradual, de subor- dinación absoluta de la actividad á la inteligencia, donde está la causa del mal y ¡i donde hay que apli- car el remedio. Para que la acción sea i'iíil y pro- ductiva. haV que pensar antes deobmr; y para pensar se necesita, en primer término, tener cabeza. Esto importante órgano nos falta desde hace mucho tiem- po y hay que crearlo cuéstenos lo que nos cueste. No soy yo de los (pie piden un genio, investido de la dic- tadura; un genio sería una cabeza artificial que nos dejaiía luego peer que estamos. El origen de nuestra decadencia y actual postración se baila en nuestro iga excoso de acción, en haber acometido empresas enor- memente desproporcionadas con nuestro poder; mi nuevo genio dictador nos utilizaría también como fuerzas (dogas, y al desaparecer, desapareciendo con él la fuerza inteligente, volveríamos á hundirnos sin haber adelantado un paso en la obrade restable- cimiento de nuestro poder que debe de residir en todos los individuos de la nación y estar fundado sobre el concurso de todos los esfuerzos individuales.

Si: habrá notado que el motivo céntrico de mis ideas es la restauración de la vida espiritual de España; pero falta ahora precisar el concepto, porque están las palabras españolas tan estropeadas por el mal uso que nada significan mientras no se las comenta y se las aclara. Cuando yo hablo de restau- ración espiritual no hablo como quien desea redon- dear un párrafo, valiéndose de frases bellas ó sono- ras; hablo con la buena fe de un maestro de escuela. No voy á proponer la creación de nuevos centros docentes ni una nueva ley de Instrucción Pública; todas las leyes son ineficaces mientras no se destru- yen las malas prácticas, y para destruirlas la ley es mucho menos útil que los esfuerzos individuales; y en cuanto á los centros docentes tal como hoy exis- ten, aunque se suprimiera la mitad no se perdería gran cosa. Yo he conocido de cerca, más de dos mil condiscípulos y, á excepción de tres ó cuatro, nin- guno estudiaba más (pie lo preciso para desempeñar, ó mejor dicho, para obtener un empleo retribuido. Nuestros centros docentes son edificios sin alma; isa isa dan á lo sumo el saber: pero 110 infunden el amor al saber, la fuerza inicial que ha de hacer fecundo el estudio cuando la juventud queda libre de tutela. Sien este punto fiubierade intentarse algo por los le- aisladores, el cambio más provechoso sería la sus- titución «le las oposiciones hoy en uso por el examen de ulnas de les aspirantes; en lugar de esos palenques charlatanescos, donde como en las carreras de caballos triunfa, no el que tiene más in- teligencia, sino el que tiene mejor resuello y palas más largas, pondría yo reuniones familiares, donde en contacto directo los que juzgan y los que son juzgados se hablara sin artificio, se examinara el trabajo personal que cada pretendiente presentase \ >e apreciara la capacidad de cada uno, y lo que es más importante, el servú io que de el podía esperar la na- ción. Con este sistema, la juventud, que pierde el tiempo preparándose para ingresaren este ó aquel escalafón, aprendiendo á contestar de memoria cues- tionarios lotos 6 incoherentes, se vería forzada ¡1 crear obras, entre las que do sería extraño que sa- liese alguna buena.

En peso principal del combate creo yo que deben de llevarlo las personas inteligentes y desinte- resadas, que comprendan la necesidad de restable- cer nuestro prestigio; pocos ejemplares tenemos de hombres poseídos por el patriotismo silencioso; pero cuando aparece alguno, ese vale él solo por una Uni- versidad, Mas para que los esfuerzos individuales ejerzan un influjo benéfico en la nación, hay que en- caminarlos con mano firme, porque en Espafia no has- ta lanzar ideas, sino que hay antes que quitarles la 80 80 espoleta para que no estallen. A causa do la postra^ ción intelectual en que qos halla nos, existe una tendencia irresistible á transformar las ideasen ins- trumentos de combate; lo corriente es no hacercaso de lo que se habla ó escribe; mas si por excepción se atiende, la idea se fija y se traduce, cuino ya vi- mes, en impulsión. Por esto, los que propagan ideas sistemáticas, que dan vida, á nuevas parcialidades violentas, en vez de hacer un bien hacen un mal, porque mantienen en tensión enfermiza los espíri- tus. Á esas ideas que incitan á la lucha las llamo yo ideas picudas y por oposición, á las ideas qne inspiran amor á la paz las llamo «redondas. Este libro que estoy escribiendo es un ideario que con- tiene sólo ¡deas redondas; no estoy seguro de que lo lean y sospecho que si alguien lo lee no me hará caso; poro estoy convencido de que si alguien me hi- ciera caso habría nn combatiente menos y un traba- jador más.

K\ procedimiento que yo uso para redondear mis ideas está al alcance de todo el mundo. Vemos mu- idlas veces ()uc en una familia los pareceres andan divididos; por ejemplo, y el casóos frecuente, varios hermanos siguen diversas carreras ó toman diferen- tes rumbos ó llegan á hallarse en oposición por cues- tiones pecuniarias; los sentimientos de fraternidad son puestos á prueba. En unas familias la idea de unión es más poderosa (pie los intereses parciales; nadie abdica, pero todos transigen cuanto es nece- sario para que el rompimiento no llegue; en otras la unión queda destruida por la vanidad, el orgullo ó e| exclusivismo, y sobreviene la lucha, más enconada que entre extraños, porque entre extraños se lucha sólo por defender ideas ó intereses opuestos mientras que en familia hay que luchar por ideas o intereses y también por romper los vínculos de la sangre. ¿Qué salen ganando las ideas ó los intereses luchando con obcecación y con saña? Hay quieu cree que para atestiguar la fó en las ideas se debe de combatir para que triunfen; y en esta creencia absurda se apoyan cuantos en España convierten las ideas en medio de destrucción. La verdad es. al contrario, que la fó se demuestra en la adhesión serena 6 inmutable á las ideas, en la convicción de que ellas solas se bastan para vencer, cuando deben de vencer. Los mandes creyentes han sido mártires; han caído resistiendo, no atacando. Los (pío recurren a la fuerza para defender sus ideas dan á entender por esto solo, (pie no tienen fó ni convicción, (pie no son más (pie ambiciosos vulgares que deseau la victoria inmediata para adornarse con laureles con- trahechos y para recibir el precio de sus trabajos.

Las ideas no aventajan nada con declarar la gue- rra á otras ideas; son mucho más nobles cuando se acomodan á vivir en sociedad: y para conseguir esto es para lo que hay que trabajar en España. Sea lí- cito profesar y propagar y defender toda clase do ideas, peo intelectual mente», no al modo de los salvajes. Desde el momento que una idea acata la solidaridad intelectual de una nación y transige lo necesario para que los sentimientos fraternales no se quiebren, se transforma en una fuer/a. útilísima. porque incita ¡i los hombres al trabajo individual: no crea parcialidades exclusivistas y demoledoras; crea cerebros muios y robustos, que no producen sólo actos y palabras, sino algo mejor: obras.

(asi todos los hombres notables que hasta bace veinte años se dedicaban á echar abajo lo poco que quedaba de nuestra nación han confesado sus yerros, y dedicado la segunda parte de su vida á rehacer loque habían deshecho en la primera. Esta conducta, muy digna de alabanza, debería decir algo á la gente nueva (pie ahora comienza á abrirse camino y á la juven- tud imberbe cpie anda por Institutos y Universidades.

Abundan los que se pasan de listos, los que imi- tan esa conducta con excesiva puntualidad: los quu comienzan ahora los trabajos de demolición y se reservan para la vejez el arrepentimiento, cuando después de satisfechos los apetitos de medro perso- nal les sea más llevadero el dolor de ver que su pais sigue en ruinas. Lo natural es que por todos sea imitada la parte buena del ejemplo y que no se busque deliberadamente la ocasión de tener que arre- pentirse más tarde.

Aparte de esa cualidad esencial de las ideas, pa- réceme que se adelantaría mucho, para hacer- las aún más útiles y apropiadas á la obra de nuestra restauración espiritual, si se las expusiese en forma ágil, librándolas del tarrago enfadoso con que hoy se las oscurece por exigencias de la moda. Muy bello sería que cuantos cogen una pluma en sus manos se imaginaran antes que no se había inven- tado la Imprenta, ni la fabricación de papel barato ni la legislación de propiedad intelectual. La opinión corriente es hoy favorable á la obra voluminosa, (piizás porque así es más segura, la decisión de no leerla. Un libro grande— se piensa— da importancia á quien lo compone; aunque sea malo inspira res- peto y ocupa un buen espacio *en los estantes de las bibliotecas. Un libro pequeño no tiene defensa po- sible; si es bueno será mirado á lo sumo como un ensayo ó como mía promesa: si es malo sólo servirá para poner al autor en ridículo. Mi idea es comple- tamente opuesta. Un libro grande, pienso, sea bueno 6 malo, pasa muy pronto á formar parte de la obra. muerta de las bibliotecas; un libro pequeño, si es malo, deja ver á las claras (pie no sirve y muere al primer embate; si es bueno, puede ser como un ma- nual ó breviario, de uso corriente por su poco pesu y por su baratura y de gran eficacia para la propa- gación de las ideas que encierra. Á mi opinión, pues, me atengo y como demostración práctica citaré esta misma obra, la cual en su primitiva concepción me exigía i\o^ volúmenes de tamaño más (pie mediano y al fin se ha sometido á mi voluntad y se lia con- formado con tener un centenar de páginas, Un hom- bre de buena \oluntad dice en cien páginas todo cuanto tituie que decir y dice muchas cosas que no debía decir.

\7r" tongo fe en el porvenir espiritual de España; 1. en esto soy acaso exageradamente optimista. Nuestro engrandecimiento material nunca nos lle- varía á oscurecer el pasado; nuestro florecimiento intelectual convertirá el siglo de oro de nuestras artes en una simple anunciación de este siglo de uro (pie yo confio ha de venir. Porque en nuestros tra- bajos tendremos de nuestra parte una fuerza hoy desconocida, (pie vi\e en estado latente en nuestra nación, al modo que en el símil con que comencé este libro, vivían en el alma de la mujer casada con- tra su gusto y madre fecundísima contra su deseo, los nobles y puros y castos sentimientos de la vir- ginidad. Esa fuerza misteriosa está en uosotros y aunque hasta ahora no se ha dejado ver, ñus acom- paña y nos vigila; hoy es acción desconcertada y débil, mañana será calor y Luz y hasta si se quiere electricidad y magnetismo.

He aquí un hecho digno de que lijemos en 61 nuestra atención. ¿Cómo se explica que sien- do en general los pueblos pobladores de Europa du una, raza común, los griegos hayan sido y sean aún los dictadores espirituales de todos los demás grupos arios ó indoeuropeos? La razón es clara; mientras los demás grupos quedaban incomunicados en sus nuevos territorios, los griegos seguían en contaotu con Asia y recibían los gérmenes de su cultura de las razas semíticas. Lds indoeuropeos tienen cuali- dades admirables; pero carecen de una esencial para la vida: el fuego ideal que engendra las creacio- nes originales; son valientes, enérgicos, tenaces, or- ganizadores y dominadores; pero no crean con es- pontaneidad, l mi eminente profesor alemán, Jhering, autor de un libro de mucho fondo sobre Prehistoria de los indoeuropeos, ha hecho un estudio sutilísimo acerca del influjo de las inmigraciones arias en la antigua organización de Roma, del cual se despren- de que esta organización arranca del período de las emigraciones. Aquella,- bandas ó tribus puestas en movimiento y avanzando por territorios desconoci- dos, tuvieron que crear autoridades ambulantes.

hábiles para regular la marcha; y al establecerse de- finitivamente, transformaron esas autoridades ya inútiles, en instituciones, en supersticiones 6 so- brevivencias en las que después se ha creído ver una concepción religiosa puramente ideal. Así por ejem- plo, el ver sacra m era una reminiscencia del pe- ríodo primaveral, en el que la marcha suspendida durante el invierno, era reanudada; los pontífices fueron en su origen constructores de puentes, y su influencia nació de la importancia extraordinaria que en realidad hubo de tener para los emigrantes la construcción de puentes, sobre los ríos que les afajahan el paso; los adivinos romanos no fueron profetas llenos de divina inspiración, fueren en su origen algo parecido íí batidores ó exploradora, que por las trazas del suelo, por el canto de las uves, ó por señales astronómicas y cuantos signos encontra- ban (signos de ccelo, podestria, ex avibus, ex tripu- diis, etc.), este es. por auspicios*. determinaban el itinerario más conveniente ó más seguro, si fuera posible conocer á fondo les orígenes de todas las instituciones originales de les puebles arios veríamos cómo tedas ellas fueron inspiradas por la dura ne- cesidad, no per arranque ideal, espontáneo; cuando la cultura groco-romana perdió su tuerza y fué necesario que viniera algo nuevo, vino el cristianismo, creación semítica; de suerte que les des puntales que sostienen el editieie serial en (pie boy habi- tamos, el helenismo y el cristianismo, son dos tuer- za- espirituales que por caminos muy diversos nos han enviado les puebles semíticos. Kn general pue- de establecerse como ley histórica que donde quiera que la razs» indoeuropea se pone en contacto cofl la semítica, surco un nuevo y vigoroso renaci- miento ideal. Kspafia, invadida y dominada por los bárbaros, da un paso arras, hacia la organización falsa y artificiosa; con los árabes recobra con creeos el terreno perdido y adquiero el individualismo más enérgico, el sentimental, queco nuestros místicos en- cuentra su más pura forma de expresión. Los árabes no nits dieron ideas; su influjo no fué intelectual, fué psicológico. La distancia que hay entre una mártir de los primeros tiempos del cristianismo y Santa Teresa de Jesús, marca el camino recorrido por el espíritu español en los ocho siglos de lucha contra los árabes. Así pues, los que con desprecio y encono sistemáticos descartan de nuestra evolución espiri- tual, la influencia arábiga, cometen un crimen psi- cológico, y se incapacitan para comprender el carác- ter español.