como usted, tan honrados, tan buenos, tan infelices, ayuden á fertilizarlo con el sudor de sus frentes y á sostenerlo con el esfuerzo de sus brazos.
Cuando abandoné el hospital pensaba: si alguna persona de «buen sentido hubiera presenciado esta escena, de seguro (pie me tomaría por hombre ^\(^~ eqnilibrado ó iluso y me censuraría por haber expuesto.semejantes razones auto "uu pobre agonizante, qne acaso no so hallaba en disposición de comprenderlas.
Y<> cr [ue Agatón Tinoco me comprendió y qne recibió un placer qne quizás no había gustado en su vida, el de ser tratado como hombre y juzgado con entera y absoluta rectitud. Las inteligencias más hu- mildes comprenden las ideas más elevadas: y los que economizan la verdad y la publican sólo cuando están seguros «le ser comprendidos viven en grandí- simo error, porque la verdad, aunque no sea com- prendida, ejerce misteriosas influencias y conduce por caminos ocultos á las sublimidades más puras, á las que brotan incomprensibles y espontáneas de las almas vulgares. Días atrás expliqué yo á mi criada, una buena mujer, más ignorante que bui na, el origen del mundo y la mecánica celeste. No seguí el sistema de Copérnico, ni el de Ticho-Brahe ni el de Ptolomeo, sino otro sistema que yo he inventado para entretenerme y que para mi criada, (pie no sahe de estas cosas, es tan científico, cuino si hubie- ra sillo sancionado por todos los grandes astrónomos del orbe. Al día siguiente vi entrar á mi criada con un ramo de rosas, buscadas no si'' donde, pues en estas latitudes no abundan y entregarme, sin decir palabra, el inesperado é inexplicable obsequio; y cuando tuve en la mano el ramillete, me vino al pen- samiento la explicación deseada y dije: las ideas de ayer han echado estas flores.
V V oi.\ ^Mos ia vista hacia el Oriente á ver si por este lado asoma, come el sol, la luz (pie hace i5 H4 tanto tiempo n is Falta. España sin Portugal es una Dación principal mente mediterránea; ¿qué mucho, pues, qm en el Mediterráneo hallásemos el centro natural ríe nuestra acción política? Yo oreo en cfccl i que si fuos i indis] ensable desarrollar nuestra \ i la p ilítica ext ¡ri ir, la íínica política justificada por nuestra posieión territorial y por nuestra historia sería una política mediterránea. Entre todas las su- premacías que España pudiora ejercer en el mundo, ninguna debería de halagarnos tanto como nuestra supremacía en el mar civilizador déla humanidad; y ningún loma podríamos inscribir con más satis- facción en nuestro escudo que el lema: inare nos- tnun, nosti um.
Poro una política mediterránea necesitaría estar apoyada sobre un fuerte poder moral y hay que ver si nosotros podemos hoy tenerlo. No voy á entonar una eleg'a ni á sacar á plaza nuestra pobreza; acepto gustoso la hipótesis de que hemos hallado una mina ¿o oro puro en los alrededores de Madrid y que no hay más que acuñar ese oro providencial, conver- tirlo en moneda contante y sonante y adquirir con él la más grande y desaforada colección de acoraza- dos que jamás en todo lo descubierto de los mares se haya podido y pueda hallar. Para los que atien- den sólo á la superficie de las cosas, para los que creen que el poder naval está en tener muchos bar- cos, el problema quedaría resuelto; no habría más que adornar todos esos barcos con la bandera nacio- nal y lanzarlos en busca de aventuras heroicas, (pie continuasen nuestra gloriosa tradición marítima. Para mí. tan formidables escuadras serían un peli- US US gró y acaso un estorbo. Un poder qao do brota es- pontáneo do la fuerza natural y efectiva de una na- ción ts un palo en manos de un ciego. Los barcos no van tripulados sólo por hombres, van tripulados por las ideas nacionales; y una nación, que carece de la fuerza expansiva de uu ideal bien cimentado, no hará nada de provecho con un poder marítimo ignorante de los derroteros (pie ha de seguir con fé y constancia. Toda nuestra historia demuestra que nuestros triunfos fueron debidos más á nuestra ener- gía espiritual que á nuestra fuerza (puesto que nues- tras fuerzas siempre fueron inferiores á nuestras obras); no pretendamos hoy trocar los papeles y con- fiar á un p ider puramente material nuestro porve- nir. Ante- de salir de España heñios de forjar dentro del territorio ideas quegníen nuestra acción, porque caminar á ciegas no puedo conducir más que á triun- fos azarosos y efímeros y á ciertos y definitivos de- sastres.
Nuestra situación no nos permite imponer nues- tro criterio político y nuestra historia se opone á (pie desempeñemos el papel de comparsas; así pues, nuestra línea de conducta en el Mediterráneo como en Europa es el retraimiento voluntario. Pero en este punto, bueno es decirlo, las cosas no aparecen tan claras como cuando se trataba del continente; existen numerosas cuestiones políticas en las (pie España está profundamente interesada y en las que el retraimiento no 63 cosa llana y natural, sino re- sultado de la reflexión. No hay palmo de terreno en el extenso litoral del Mediterráneo, donde no haya en pié un conflicto político; y >i se los va examiaando uno á uno so notará que todos giran alrededof de dos conflictos capitales, permanentes: la cuestión romana y la cuestión turca. En la primera está Es- paña interesada como nación católica, y en la segun- da como oación cristiana y en ambas como potencia mediterránea.
El primer punto (pie conviene dejar esclarecido es el que concierne á la intervención posible de España en virtud de sus ideas religiosas: porque las ideas políticas andan tan fuera de sus naturales senderos que hay quien mezcla y revuelve la polí- tica con la religión, y quien confunde les intereses de la nación con las aspiraciones de los individuos. Al juzgar sumariamente la política de Felipe II pre- tendía yo hacer ver cómo en esta política había un error capital: el de haber dirigido la acción de nues- tro pais por caminos ajenos á nuestros intereses; pero cómo había asimismo un pensamiento admira- ble: el do inspirar esa acción en los sentimientos genuinamente españoles. Este es un punto de vista general en todos los asuntos políticos: cuanto se haga hay que hacerlo honrada y sinceramente, á la española; pero no se debe de hacer más que lo que convenga á nuestros intereses. Ni la religión, ni el arte, ni ninguna idea, así sea la más elevada, puede suplir en la acción la ausencia del interés nacional; puesto que este interés abraza todas esas ideas y además la vida total del territorio, su conservación, su independencia, su engrandecimiento. La política, de Felipe 11 nos trajo nuestra ruina, no por su em- peño en sostener las ideas católicas, sino por sostener á causa de estas ideas un absurdo político, una obra contraria á los interesos españoles. Y la com- pensación del sacrificio fué la decadencia, fué la división de la península, fué la humillación de Gi- braltar, y por último la amenaza de vernos privados hasta de nuestra independencia. Todos estos desas- inieron eslabonados y tuvieron su origen en la obcecación con que pretendimos apoyarnos sobre ideas que carecían de asiento natural en infa reales.
Hoy tenemos un ejemplo palpable de lo que digo en la colonización africana. ¿Puede darse nada más bello que civilizar salvajes, que conquistar nuevos pueblos á nuestra religión, á nuestras leyes y á nues- tro idioma? V sin embargo ¿puede darse absurdo mayor (pie una empresa colonial de España en Áfri- ca'.' Si estamos aún en la convalecencia de la colo- nización americana, si tenemos dos -raudos colonias que en ve/, de darnos las fuerzas que nos faltan, son mgrías sueltas, dos causas de disolución de lo poco que habíamos conseguido fundar, ¿cómo vamos a acometer nuevas empresas colonizadoras? si así lo hi- ciéramos, más tarde recibiríamos el pago: un desastre económico, una guerra civil, otro ensayo republicano, un nuevo ataque a nuestra independencia:— cualquie- ra de esas cosas ú otras pe >res, á elegir. España, pues, debe de mirar los asuntos del Mediterráneo con un criterio nacional exclusivista: y si por acaso hubiera de intervenir, debe de intervenir sin abandonar sus ideas, con su carácter de nación católica. Y los que crean que amitos conceptos son contradictorios, que reflexionen un poco y se convencerán de que la contradicción está en pretender que una nación se arraíne p >r defender ideas generosas y arriesgue con su propia vida el porvenir de esas mismas ideas.
Consideradas todas las cuestión» s políticas pen- dientes en el Mediterráneo desde el punto de vista de nuestros intereses territoriales y marítimos, sin gran esfuerzo so [lega á comprender que las so- luciones más favorables serán las más dilatorias. Quien no tiene fuerzas bastantes para decidir, está obligado á trabajar porque DO se decida nada: y si la solución está pendiente porque los intereses an- tagónicos se bailan en equilibrio, lo más sabio y al mismo tiempo lo más cómodo, es la abstención. Cuando un país se halla real y positivamente inte- resado on un asunto, como España en Marruecos, la abstención es funesta, porque pone do manifiesto que ese pais, ó desconoce sus intereses vitales, ó bien se llalla tan abatido que tiene que confiarlos á ma- nos extrañas; poro si la intervención no ostá plena- mente justificada, la abstención es discretísima y revela gran tacto político, puesto que el lado por donde más pecan así las naciones cerno los indivi- duos es la oficiosidad, la manía de meterse en lo que no les importa. Un hombre que habla poco y á tiem- po, se hace digno de estima, adquiere autoridad y sin pretenderlo es consultado sobre cuestiones ar- duas; un hombre inquieto y entremetido llega á ser- vir de molestia y de estorbo.
La cuestión romana tiene su solución dentro de sí misma, una solución lógica, independiente de la voluntad de los hombres y por lo tanto irre- mediable^ aniquilamiento del poder político estable- cido en Roma. Quizás para el porvenir del catolicismo y de las naciones católicas convendría privar para siempre al Pontificado de un poder temporal, que, cuando existió fué una causa constante de vi- validad entre lofc Estados católicos deseosos de dominar en Italia desunida, y hoy que no existe continúa siendo un motivo de discordia y de per- turbación. Poro aunque el Sumo Pontífice aceptara el hecho consumado y se conformara con asegurar su independencia mediante garantías internaciona- les, no resolvería tampo;o el conflicto, porque este no esta en las personas, sino en las ideas y más (pie en las ideas en la realidad. Una ciudad teocrática como Koma. Jerusalén ó la Meca, para no hablar sólo del catolicismo, do puede ser asiento de un poder poli- tico estable, porque la gobernación de un Estado es operación interior al gobierno de la vida espiritual y por este hecho la autoridad civil se halla ideal y real- mente supeditada ¡i la autoridad religiosa. Nohay más que dos soluciones: ó fundir las dos autoridades en una sola 6 condenarla autoridad política al vasallaje. El poder político tiene la fuerza, pero la fuerza es flor de un día. En definitiva lo que triunfe es la idea;;.y qué comparación puede haber entre un régimen po- lítico pasajero, y un régimen espiritual inmutable? La casa de Saboya es de las más estimables, poi su prestigio y por la sinceridad con que ha aceptado y practicado el sistema moderno constitucional y democrático; después de la casa de Sajonia Coburgo Grotha, que en este punto se lleva la palma, no creo (pie haya en Europa otra que desempeñe con más perfección que la de Saboya el papel tan difícil como desagradable de reinar y no gobernar; pero la dinastía de Saboya está sujeta á muchas alternativas, .-'i los naturales ascensos y descensos de las cosas temporales, á la decadencia y hasta la extinción; en lauto que la Santa Sede representa una dinas- tía espiritual, impersonal é indestructible, que rige sus asuntos por períodos seculares y que ha visto nacer y morir, no ya poderes dinásticos, sino so- ciedades enteras, Entre dos poderes de tan dife- rente fuerza espiritual, la lucha es imposible; el po- der espiritual aunque n i lo desee tiene que destruir el poder político; y la culpa no será del primero, sitio del segundo, (pie ha osado empeñar una partida des- mesuradamente superior á sus fuerzas.
La idea de la unidad política no tiene un valor absoluto, y está subordinada á otras que tienen ya su arraigo en la vida. En Espafia no hay ningún Papa y no hemos constituido la unidad ibérica; en Italia pudieron también aceptar una solución más respetuosa con la realidad; en vez de una nación simétrica, con Roma por capital, y la amenaza cons- tante de un conflicto insoluble, pudieron fundar algo menos regular y perfecto; pero más firme y durable. La consolidación de la unidad italiana, tal como hoy existe, requiere el aniquilamiento del Pontificado; pero como la empresa no está al alcance de ninguna dinastía, habrán de continuar existiendo en una misma ciudad dos poderes antagónicos, de los cuales triunfará uno, el más fuerte, esto es, el espiritual, sin necesidad de auxilio ajeno, contra la oposición de los adversarios, por el hecho sólo de la coexistencia.
La cuestión de Oriente es también mixta, polí- tica y religiosa; pero de un orden completamente distinto. El problema consiste en destruir una dominación discordante del rosto de Europa, en expulsar un pueblo refractario al orneo de sangre y de ideas; y las fuerzas puestas en juego son intere- ses políticos y simpatías acaso más aparatosas que sinceras en pro de los cristianos sometidos al poder turen; bien que no falten espíritus inspirados por legítima emoción, que como el profesor belga Kurth pidan poi'o menos que la resurrección do las Cruza- das. El poder mahometano es siempre terrible, por muy hundido (pie so halle: es como el mar; so retira y vuelvo; pero esto no es razón para que se lo des- truya. En ol mundo no so debe de destruir nada, porque todo existe por algo y para algo. Hay (pie tener amplitud de ideas y comprender que la vida es susceptible de muchas formas, en las que hay siempre algo bueno. El cristianismo por su esencia está incapacitado para acudir á los procedimientos brutales; tiene (pío defenderse, pero sido hasta ase- gurar su independencia y su libertad do pacífica propagación.
Por esto no hay (pie confundir la protección délos cristianos sometidos á la dominación turca con la acción puramente política de Europa en Turquía. Los (pie claman contra la dominación turca y dicen de ella que es baldón y oprobio de Europa, parten de un concepto geográfico mezquino, porque si esa dominación ha de existir ¿qué problema se ha re- suelto con empujarla hacia el Asia menor, donde continuaría cometiendo los mismos atropellosque hoy comete? 0 hay que expulsará los turcos de todos los territorios habitados por cristianos ó hay que tolerar isa su dominación é impedií que den Honda suelta á su fanatismo. Una expulsión total, es obra imposible, y para conseguir lo segundo, oo hay remedio más efi- caz que conservar la Turquía en Europa, donde las naciones europeas punían ejercer su acción combi- nada sobre seguro. Es más, Turquía en Europa es una fuerza casi nula, que camina porsus pasos con- tados, á colocarse bajo la tutela riel continente mien- tras que Turquía en Asia, no tardaría en levantar la cabeza y en ser una fuerza temible; en Europa está lejos de su centro territorial, del núcleo de su poder y apenas si logra sostenerse entre tantos peligros como la cercan; en Asia, desligada de compromisos, dirigida acaso, por gente nueva, sería un criad: ro de combatientes fanáticos que recomenzarían la lucha. Recuérdese cómo el islamismo, quebrantado por las Cruzadas, repitió su acometida aun más furiosa que la primera contra Europa, por Oriente, al presentar- se en escena el pueblo turco. El islamismo es peli- groso si se le deja dominar grandes territorios uni- dos entre sí y constituidos en federación religiosa; porque el islamismo no se propaga individualmente sino en forma de irrupciones violentas, rápidas, en diversas direcciones, dentro do su demarcación na- tural geográfica y á veces traspasándola y acometiendo á pueblos extraños. Así una renovación de las fuer/as del Islam sería posible, si cualquiera de las sectas que continuamente nacen de 61, tuviera libertad para extenderse en todos sentidos y llegara á recons- tituir la unidad necesaria para el combate. Una políti- ca europea previsora, debe de encaminarse á fraccio- nare! Islam, á inferen piar osas corrientes, fijando en cüforentes puntos intermedios centros de poder, que sirvan de aisladores entre estados mahometanos in- dependientes; pero nunca á destruir por completo la independencia política del islamismo, que por el he- cho de existir tiene perfecto derecho á mantener pode- íes políticas autónomos. Cualquiera idea religiosa que encarne en una raza y constituya un centro de poder y cree intereses históricos, exige ser respetada en so independencia política hasta tanto que con el tiempo se destruye y desaparece; si queremos quebrantar un poder Luchemos por destruir la idea que lo sostiene: pero mientras la idea subsiste es grandemente abusi- vo encadenarla bajo la opresión de la fuerza y además de abusivo arriesgado; si fuera posible reducir al va- sallaje todos los territorios dominados hoy por el Is- lam, veríamos oómo so constituía en el acto una Confederación de vencidos y CÓmO por debajo de la acción dominadora de Europa, comenzaba á cir- cular en secreto la palabra maravillosa, la consigna para el día de la rebelión. Todas las rivalidades que hoy existen entre los poderes mahometanos, carco- midos por la inacción, desaparecerían, quedando en limar de ellas una rivalidad formidable: la del cris- tianismo vencedor y el mahometismo vencido, hu- millado, poro de ninguna manera anidado ni des- truido.
i por el Norte, ni por el Occidente, ni por el Oriente, Iiallar:i España una promesa de en- grandecimiento mediante la acción política exterior: no encontraremos ni una finalidad bien mareada para nuestra política, ni la exhuborancia ele fuerzas que impulsa hacia la acción irreflexiva, hacia las empresas del instinto, que brotan espontáneas del espirita del territorio. Necesitamos reconstituir núes- tras tuerzas materiales para resolver nuestros asun- tos interiores, y nuestra fuerza ideal para influir en la esfera de nuestros legítimos intereses externos, para fortificar nuestro prestigio en los pueblos de ori- gen hispánico. En cuanto á la restauración ideal, nadie pondrá en duda que debe de ser obra nuestra exclusiva; podremos recibir influencias extrañas. orientarnos estudiando lo que hacen y dicen otras naciones; pero mientras no españolicemos nuestra obra, mientras lo extraño no esté sometido á lo es- pañol y vivamos en laincertidumbre en que hoy vi- vimos, no levantaremos cabeza. Nuestra debilidad intelectual se patentiza en la incoherencia de nues- tra cultura, formada de retazos de diferentes colores como la vestimenta de los mendigos. Pero tocante á nuestra restauración material, los pareceres no son ya tan unánimes. Hay quien espora «aún» la heren- cia milagrosa, como si tuviéramos muchos tíos en las Indias. Después de varios siglos de andar arras- trándonos por los suelos, no queremos todavía caer en la cuenta deque hay que confiarlo todo á nuestro esfuerzo, y que para trabajar, que es le que interesa, tenemos hoy por hoy dentro de España, más tierra, más luz y más aire que necesitamos.
Hay quien confía en las colonias; cerno si no su- piéramos que con nuestro sistema de colonización, las colonias nos cuestan más que nos dan; y esto no admite reforma ni necesita reforma tampoco. La ver- (ladera colonia debe costar algo á la metrópoli; pues- to que colonizar no es ir al negocio, sino civilizar pueblos y dar expansión á las ideas. Dejemos á otros pueblos practicar la colonización utilitaria y conti- nuemos nosotros con nuestro sistema tradicional, que malo ó bueno, es al fin nuestro. Estamos ya de- masiado avanzados para cambiar de rumbo, y aun- que opusiéramos no podríamos tomar otro nuevo, y aunque pudiéramos no adelantaríamos nada con su- perponer á un edificio construido con arreglo á nues- tras ideas, un cuerpo más de estilo diferente, copiado quizás sin discernimiento. No tiernos podido formar un concepto propio sobre la colonización á la mo- derna: atengámonos al antiguo, prosigámoslo con tenacidad, aunque choque con las ideas corrientes; porque si nosotros no tenemos fe en las obras que creamos, ¿quién la tendrá por nosotros y cuál será nuestra misión en la historia futura?
No ha mucho leí yo una obra de un polltio viajante inglés sobre «Los pueblos y la política en extremo < tríente. en la cual es censurada con tan extremada dureza nuestra acción colonial en Filipi- nas, (pie no puedo estampar aquí, por impedírmelo cierta invencible repugnancia, ninguno de los con- ceptos de aquel esbozo crítico. En ''-l. sin quererlo, el autor traza la linea divisoria de los dos métodos de colonización empleados por los antiguos conquis- tadores y los modernos comerciantes. No he de dis- cutir aquí el valor relativo de uno y otro sistema; sólo diré que me gusta más el antiguo porque era más noble y desinteresado. Pero esto no quita para ([iie B6 reconozca que la colonización á la moderna.
es útil á Las Daciones fin»1 la practican, en tanto que la antigua colonización representa para la metrópoli una pérdida de fuer/as. que á primera vista noofre* cen un resultado beneficioso pero que á la larga fruc- tifican donde deben fructificar, esto es-, en las coló* oias.
Así, pues, nosotros no podemos contar con la ayuda de nuestras colonias y justo es que se sepa que de "lias b!>lo hemos de recibir el mismo pago que recibimos de las que se emanciparon; sólo podemos aspirar á que el mantenimiento de nuestra domina- ción no nos cueste demasiados sacrificios, y para ello hemos de abrir un poco la mano, renunciar á la dominación «materialista, á la que hoy nos conde- na nuestra postración intelectual y conceder más im- portancia (pie á la administración directa de las co- lonias por la metrópoli, á la conservación de nuestro prestigio, un tanto quebrantado por las pretensiones egoístas de los detentadores y usufructuarios del poder político.
Hay quien cree que el término fatal de la coloni- zación, es la emancipación de las colunias. A mi juicio este concepto es teórico. También los hijos pueden emanciparse, y los códigos establecen cuán- do y cóm » se pie. 'de la patria postestad; y sin em- bargo, muchos hijos no se emancipan nunca, ni piensan siquiera en la emancipación. Pasan de un estado civil á otro diferente sin notar la diferencia, y a nadie se le ocurro esperar que llegue el día marca- fio por la ley para decirle á su padre: desde hoy ha cesado usted en el ejercicio de las funciones (pie hasta, aquí ha venido desempeñando. Sólo en casos extremos se rigen los hombres por i de las leves, y solo en casos extremos luchan las colonias por conquistar su independencia. Si merced á una política hábil y má*s que hábil desinteresada, se man- tiene la debida unidad de ideas y sentimientos entre una metrópoli y sus colonias, se puede aplicar sin peligro el régimen autonómico, que conducirá, no á la emancipación, sino á la confederación de las colo- nias autónomas con su metrópoli; y de esta suerte, la autonomía no soiá un primer paso hacia la eman- cipación, seni el comienzo de una unión más íntima. lograda mediante el sacrificio de eso que ye he lla- mado dominación materialista. Pero estas delica- dezas políticas, no son siempre prácticas, porque requieren el concurso de hombres especialmente edu- cados para tan difíciles empeños, y no todas las na- ciones poseen hombres de esta clase. Si se imp anta un régimen autonómico j se continúa haciendo uso de les viejos procedimientos gubernativos, el fracaso es seguro, y autos que llegar a id es preferible ó la dominación tranca y firmemente sostenida ó la eman- cipación tranca y leal mente otorgada.
Esta manera de juzgar nuestros asuntos parecerá de seguro pesimista, porque como ya he dicho estamos habituados á la idea de que el engrandeci- miento de una nación ha de conseguirse agrandando el territorio ó trayendo á él riquezas ganadas en te- rritorios extraños (i en las colonias. Nuestro concepto <le la grandeza continúa siendo material y cuanti- tivo y quien quiera que trabaje por desarraigar y destruir las aspiraciones fantásticas de nuestra na- ción es mirado como hombre de poca fé. Suponga-