SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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Muvi trasladó^el cadáver de mi malogrado hijo a lo más oculto de su celda, y trajo á la sala fa- - 213 - - 213 - miliar á rai otro afortnnado hijo, al vivaracho Tití, y le envolvió en la misma tela que había servido para el j^rimero. Por la mañana toqué el cuerno de búfalo, y mis mujeres pasaron al harén; pero á Mpizi le recomendé que no saliera de su cámara nocturna, y le di por compañera á Muvi, nodriza interina del príncii^e, al que la sultana c/)lmó de caricias, sin que la temible voz de la sangre deshiciera nuestro piadoso engaño. En- tretanto, la noticia del parto había corrido por toda la ciudad, y la multitud se agolpaba á mis puertas para cerciorarse del acontecimiento; el harén real ardía en deseos de conocer al prín- cipe; Mujan da vino á ver á su madre y á su her- mano, y los consejeros llegaron detrás del rey, á excepción de uno de ellos, Asato, que sufría un acceso de furia y de desesperación. Para satis- facer la justa y general curiosidad, y para ase- gurar el éxito de mi fraude, á los cuatro días de repetirse estas escenas del día primero deslicé sua- vemente la idea de que Mpizi, cuyo estado era excelente, podía trasladarse, montada sobre el sa- grado hijjopótamo, al palacio real, donde se en- contraría con mayores comodidades y con más de- coro y dignidad que en mi mezquina casa. Así se hizo aquella misma tarde.

Yo en persona enjaecé la tranquila bestia con tal arte, que sus lomos, adornados con almohadas y telas, formaban un blando diván, nada impro- pio para servir de trono ambulante. Sobre él re- gresó al real palacio la reina Mpizi, llevando en Jos brazos al venturoso príncipe, que fué aclamado ■por las autoridades y por el pueblo bajo el nom- — 214: — bre sonoro de Yosimiré, «dón precioso 3>, prenda de concordia y de paz. Mientras tanto, la pobre Muvi, escondida en su celda con el cadáver del verdadero príncipe, se deshacía en alegres lágri- mas, y reía y danzaba como una locuela.

% CAPÍTULO XV Eeformas agrarias. — Edicto estableciendo la propiedad individual. — Nuevos instrumentos de labranza, — Riegos y abonos. — Creación de un estercolero nacional bajo el patronato de Mujanda.

Durante el embarazo de la reina Mpizi tuvie- ron lugar importantes innovaciones, algunas de las cuales venía yo lentamente preparándolas de largo tiempo atrás. De todas ellas se hablará aquí por la gran resonancia que alcanzaron, y por el influjo que ejercieron en la marcha de la nación, comenzando por las famosas leyes agrarias, radi- calísima transformación de la propiedad territo- rial y del sistema de cultivo.

Un presupuesto maya, reducido á sus términos' más simples, no contenía más que un artículo cóñ-' sagrado á los gastos: sostenimiento de la casa real y de la servidumbre, del ejército y de los conse- jeros y demás autoridades de la corte. En cuanto á los ingresos, no había que determinarlos expre- samente, porque lo eran todos los productos de la nación. En el distrito de Maya el rey labraba muchas tierras directamenté por medio de sus sier- vos; en los demás distritos confiaba este cuidado á los reyezuelos, cediéndoles la mitad de los beneficios, parar que sostuviesen las cargas del go- bierno; pero como ni el rey ni los reyezuelos j)odían cultivar toda la tierra, asi como tampoco podían cazar todas las fieras de los bosques, ni pescar to- dos los peces del río, se otorgaban concesiones á quienes las deseaban 2)ara labrar, cazar y pescar, mediante entrega de la mitad de las ganancias. Fuera de estas faenas, todas las demás, como las industrias, el comercio, la edificación, la cría de ganados, etc., eran libres y no estaban sujetas á gravamen. Había, sí, recursos eventuales, como la confiscación de bienes y las multas jDcnales; más tarde, por mi intervención, hubo dos rentas: la de los rujus y la del lavado; pero siempre estos in- gresos eran considerados como reintegro, porque fundamentalmente toda la riqueza era del rey. Las concesiones permanentes eran inconcebibles, y aun las temporales eran sólo una liberalidad real, un donativo momentáneo. La propiedad era siempre única, indivisible é inseparable de la per- sona del rey, y al mismo tiempo colectiva; porque el rey, como representante de todos sus súbditos, aunque tenía el derecho de distribuir entre ellos á su antojo las riquezas, no por eso estaba menos obligado á distribuirlas con equidad ó sin ella.

Me encontraba, pues, dentro de un régimen so- cialista rudimentario, y veía asomar por todas partes, rudimentariamente también, sus funestas consecuencias. El rey poseía más de lo que nece- sitaba para sus atenciones, y no estaba interesado en prosperar sus haciendas; los concesionarios se limitaban á obtener lo preciso para el día; los in- dustriales tampoco se esforzaban para reunir ri- — 217 — quezas que, apaa'te de ser mobiliarias ó semovien- tes, nunca territoriales, estaban amagadas bajo la mano todo poderosa del rey. Existiendo un poder nivelador de la riqueza, y faltando estímulos per- manentes para adquirir, los únicos móviles del trabajo eran el hambre y el amor. Quien reunía provisiones para un mes y lograba encerrar en su harén varias esposas, era hombre feliz. Si aun le quedaban ánimos para moverse, luchaba en los juegos públicos ó se alistaba en un bando para combatir contra sus vecinos por cualquier pique ó rencorcillo de poco momento, casi siempre por satisfacer la vanidad personal ó local.

Mis reformas en el mobiliario, en el traje, en la higiene personal, habían forzado un tanto la pe- rezosa marcha de estas gentes embrutecidas por la carencia de necesidades; con la creación de los es- calafones, abriéndoles pers^oectivas grandiosas, les di un gran impulso en la vía de la civilización; la ley agraria les dió los medios para luchar, les se- ñaló el terreno donde debían moverse. Yo establecí las concesiones permanentes; pero no á la manera de los inconscientes individualistas del partido ensi, sino según los principios elementales del derecho de propiedad. El rey continuaba siendo nominalmente el dueño absoluto y único, y otor- gando concesiones á su antojo; pero estas conce- siones eran para siempre si los colonos entregaban en cambio los frutos de cinco años, evaluados á ojo de buen cubero. Los nuevos colonos no ten- drían que dar cada año, en lo sucesivo, más que una cuarta parte de los frutos en vez de la mitad, y podrían vender sus- labores por ganados, por ma- — 218 — — 218 — nufactaras ó por riijns. Y para que la desamorti- zación fuera completa, privé á los reyezuelos de sus derechos territoriales. El precio de las ventas y el canon anual serían percibidos por el rey, y los re- yezuelos y demás autoridades locales tendrían un considerable sueldo fijo. Con esto hubo ocasión de colocar á más de cincuenta nuevos recaudadores y se satisficieron apremiantes exigencias de las ca- marillas.

Esta profanda reforma no era para ejecutada ^ íen poco tiempo. Primeramente faltaban becbos prácticos que la hicieran comprensible, y después ahorros para poder comprar. Yo fui uno de los primeros compradores, y algunos consejeros y re- yezuelos me imitaron; pero era sólo por compla- cerme, no porqae sintieran el amor á la propiedad territorial, causa en otros pueblos de tantos des- velos y crímenes. Ellos luchaban por el aprove- chamiento, mas nunca por la posesión; la idea de propiedad estaba circunscrita al hogar doméstico, á las esposas, á los hijos, á los ganados y á las pro- visiones, vestidos y muebles. Para facilitar el aho- rro fueron muy útiles mis mejoras en el cultivo, •El cultivo délas tierras en Maya era fatalista; el labrador arañaba un poco la corteza laborable, arrojaba la semilla y la cubría; en algunos casos hacía agujeros con el punzón de hierro para ente- rrar más honda la simiente, y los tapaba con el almocafrón, imico instrumento usado para remo- ver el suelo; después dejaba pasar los días hasta la época de la recolección. Si la cosecha era buena, daba las gracias á Igana Nionyi; si era mala, se enfurecía contra Rubango. Este sistema era gene- — 219 raJ, y practicábanlo desde el rey hasta el más rain pegujalero.

No debe extrañar que me preocupase la reforma del cultivo. Veía un éxito seguro para mí y bienes incalculables para la nación. Por obra de la Pro- videncia sin diida, las cosechas no se perdían; pero yo las aseguraría más; y cuando lograra meter en labor el suelo y el subsuelo, inactivos quizás desde la creación del mundo, la fertilidad sería tan asom- brosa que no podría haber en adelante miseria ni hambre como las que registraban los archivos y las viejas tradiciones de la nación. Conociendo, sin embargo, que la rutina, fuerte en todas las clases sociales, es más fuerte aún entre los labradores (y en este punto los mayas son como sus congéneres de todas las partes del globo), no establecí nada por edictos, sino que fui poco á poco mejorando mis tierras, en la seguridad de que los demás me imi- tarían; por desgracia tardó mucho en despertarse la curiosidad, pues, inhábiles para investigar las causas de las cosas, los que veían mis abundantes recolecciones las explicaban por un favor de Ru- bango, que protegía mi hacienda y descargaba to- das sus furias sobre las de los otros.

Había en Pangóla algunos herreros muy hábi- les que recorrían de vez en cuando el país ven- diendo sus manufacturas: flechas de varias formas, lanzas, sables de diversos tamaños, cuchillos rectos y corvos, hachas, punzones, barrotes para verjas, almocafrones y otras varias herramientas de car- pintero, y labores menudas para el adorno de las personas. De estos uamyeras de Pangóla, y de al- gunos accas instruidos por ellos, me serví paraitacer njievos instrumentos de labranza, como pi- cos muy agudos para cavar las duras tierras, aza- das pai^ tajarlas, escardillos y hoces. Más tarde introduje el aj-ado de horcajo, de reja muy corta y de armadura muy ligera, para poder enganchar á los indígenas; mi deseo hubiera sido hacer arados grandes para yunta de cebras ó cebúes; pero, no cojitando con buen^os gañanes, temía que los bra- ceros del país me estropeasen las bestias á rej'ona- zos. Aunque yo los regalaba á todo el mundo, ninguno de los nuevos instrumentos logró abrirse camino, excepto el arado, y no como yo lo apli- qué. Con gran sorpresa mía, los accas que traba- jaban en mis labores, y sobre los cuales había re- caído exclusivamente el penoso trabajo de arar, tuvieron la primera idea original observada por mí en este país, la idea de atar una cebra á los varales del instrumento y apalearla para que ti- rase. Esto me agradó mucho, porque me hizo ver que el espíritu inventivo no estaba completamente atrofiado en mis peojaes, y que sólo faltaba some- terlos á una fuerte presión para despabilarlos, lo cual me propuse hacer siempre que fuera posible. El nuevo arado con tiro de bestias fué visto con mejoj'es ojos, y no faltó quien lo ensayara.

Pero lo que obtuvo un éxito rápido, hasta con- vertirse en artículo de moda, fué el regado de las tierras, cuyo punto de arranque fué el mismo de la creación del lavadero. La apertura del primer c?inal de Eubango desvaneció las supersticiones que impedían el uso de las aguas; en adelante fué éste más fácil con el auxilio de norias de cons- trucción muy sencilla, cuyos grandes cangilones de barro podían elevar el agua hasta á diez ó doce palmos de altura. Estas norias estaban movidas á brazo; pero la idea ingeniosa de los accas se ge- neralizó de tal suerte, que no sólo en el arado y en la noria, sino en donde quiera que había que hacer un esfuerzo, aparecía el nuevo motor. Las canoas, por ejemplo, eran antes arrastradas 23or hombres hasta la margen más próxima del rio, donde eran botadas al agua: ahora se acudió al nuevo método, y los cebúes eran los encargados de la conducción. Lo mismo se hizo para tronchar los árboles y para arrastrar grandes jñedras, utiliza- das como hitos ó mojones en los campos, después que el edicto sobre propiedad individual hizo ne- cesarios los deslindes permanentes. Con gran asom- bro mío se aplicó la fuerza animal á la carretilla de mano, convertida por obra de los indígenas en carretón. La carretilla inventada por mí para el transporte de abonos, se componía de una ancha rodaja, cortada irregularmente de un tronco circu- lar, en la que hacían de ejes dos punzones de hie- rro; sobre este cilindro giratorio se apoyaban los dos varales, que, sujetos por dos travesanos, for- maban una parihuela móvil, donde iba la cubeta llena de abonos, y, en caso necesario, los haces de mieses ó cualquier otra clase de carga. Los indí- genas fueron ensanchando la rueda hasta conver- tirla en rulo apisonador, y uncieron á los varales cierta especie de cebra pequeña y de pelo basto, á la que yo lie llamado, no sé si con derecho, borrico ó asno. Al principio la carretilla se volcaba, y acudieron á dos largos palitroques ¡cuestos en la misma foi-ma que las orejeras del arado; pero, se- — 222 — gún se alargaba el cilindro, la estabilidad era ma- yor. Estas innovaciones eran muy de mi agrado, pero no favorecían mis planes, porque los indíge- nas, en vez de volverse más trabajadores cuando el trabajo era más llevadero, descargaban todo el peso de él sobre las bestias y se hacían más á la holganza.

Si esencial fué el adelanto de los riegos, porque con ellos se duplicaba la fertilidad de las tierras, antes baldías en la estación estival, no le fué en jzaga el de los abonos, reducido al redilado que los rebaños hacían involuntariamente dondequiera que pastaban. En este punto me favoreció la pro- tección regia, á la que acudí para apresurar la lenta marcha de mis innovaciones. Los trabajos ya realizados servían de preparación y de prueba anticipada, pero no eran bastantes si el rey no imponía por la fuerza los nuevos usos, ni tomaba parte activa en ellos. Mucho hubiera deseado que el rey empleara en sus labores los útiles y proce- dimientos que yo empleaba en las mías; pero Mu- janda era muy poco dado á la agricultura, y abun- dando en recursos de toda especie, tampoco tenía necesidad de molestarse. Tal era su desapego á las cosas del campo, que aceptó con júbilo la idea de las concesiones permanentes, que le libraba de los cuidados agrícolas; bien es verdad que le aseguré que con el nuevo sistema los trabajos irían á cargo de todos los súbditos y los beneficios seguirían siendo para él.

El único medio de interesar al imprevisor Mu- janda en mi empresa, era convertir la reforma agraria en una nueva renta, como el lavado, que — 223 — — 223 — á la sazón llegaba á su apogeo. Pero esto no era fácil, porque si los nuevos instrumentos, regalados por mí á todo el mundo, tenían poca aceptación, ¿cómo la tendrían si se les ponía un precio, aun siendo el rey el expendedor? Y luego los ingre- sos por tal concepto serían momentáneos, porque los aperos de labor se renuevan muy de tarde en tarde, mientras convenía un ingreso seguro y cons- tante que asegurara el apoyo seguro y constante de Mujanda. Más justificado me parecía un gra- vamen sobre los riegos; el río era, como todo, pro- piedad real, y el uso de sus aguas podía ser some- tido á fiscalización. Únicamente me contuvo el miedo de que por no pagar las nuevas cargas ce- jaran los colonos en este camino, en el que tanto se había adelantado. Todo era posible por la fuer- za, pero la fuerza debía ser suave para no hostigar demasiado á los labradores, ahora que se trataba de aumentar su número, de facilitarles los medios de adquirir propiedades, de interesarles por ellas como por sus mismas mujeres é hijos, de infun- dirles el amor al terruño, de transformarles en columnas bien basadas de una nación estable y fuerte.

El medio que buscaba yo en vano por todas partes, me lo ofrecieron los mismos labradores. Un colono de Maya, muy bien acomodado y de numerosísima familia, cultivaba, lindando con mis tierras, en los mismos bordes del río, un haza de gran cabida, apreciada como una de las mejo- res concesiones reales. Porque de ordinario éstas eran de terrenos incultos y muy distantes de la capital; ó de tierras cultivadas varios años por los — 224 — siervos del rey, y cnya fecuiididad se había agotado por el exceso de producción. Los colonos descorte- zaban el suelo endurecido, y aun limitándose á un trabajo superficial, su obra era brillante compa- rada con la de los siervos y equivalía á una rotu- ración. El labrador vecino mío era padre de dos bellas jóvenes, desposadas por el fogoso Viaco, y á la sazón en poder de Mujanda, y adheridas al bando de la tejedora Rui)uca, las cuales habían conse- guido que el rey dejara á su padre en pacífico usu- fructo de las buenas tierras que Viaco le concediera cuando se hizo el reparto territorial. Este afortu- nado colono cuidaba con celo de su labor (tanto por virtud, cnanto por la necesidad de sostener su bien repleto harén), y fué uno de los pocos que se fijaron en los cambios que yo introduje en la mía, y el primero en solicitar mis instrucciones y en emplear el arado, la carretilla y los riegos. Como contrapeso de sus bellas cualidades tenía una fla- queza: la de amar los bienes ajenos y apoderarse de ellos siempre que la oportunidad se le presen- taba. En esta misma escuela había educado á sus diez hijos varones y á sus cinco siervos enanos, y era tan patente su debilidad, que todos sus conciu- dadanos le llamaban (y este nombre le quedó) Chiruyu, cdadroncito». Es seguro que si no exis- tieran sus hijas, que le hacían suegro doble del rey, sería llamado ladrón, y los pedagogos y mna- nis le hubieran exigido cuenta estrecha de sus pro- cederes. Yo le toleraba sus raterías por no mal- quistarme con hombre tan abierto á las ideas de progreso, y mi tolerancia tuvo su recompensa. La primera vez que aboné mis tierras hice trans- — 225 — portar en carretillas los estiércoles y demás in- mundicias que había ido apilando en los corrales de mi casa, y juntarlos en montones para extenr derlos después por parejo. El ladrón Chiruyu y su gente debieron creer que allí se ocultaba algún artificio, y s¿ apresuraron á robarme cuanto les fué posible, para formar también montones en su haza; desde la creación de los canales toda la basura de la ciudad iba agua abajo, y nadie la tenía en reserva, y es posible que, aunque la tu- vieran, fuese preferida la mía por estar más á la mano y por parecer impregnada del influjo de mi persona. A imitación mía, el ladrón Chiruyu extendió después las pilas de estiércol, dió un riego abundante, removió un poco la tierra, y, por último, sembró maíz, como ya lo había hecho con buen resultado el verano anterior. La cosecha fué asombrosa, más la suya que la mía, y por primera vez se habló largamente en la corte de cosas agrí- colas, y hubo peregrinación al haza del ladrón Chiruyu para ver las gigantescas matas de maíz y las colosales mazorcas, grandes, según la opi- nión general, como los pechos de la gorda y malo- grada Mcazi. La vanidad del ladrón Chiruyu saltó por encima de sus deseos de reservarse el se- creto de aquel curioso fenómeno, y bien pronto se supo que la causa de él, así como de la prosperi- dad de mi hacienda, no era otra que el empleo de la basura que todo el mundo arrojaba á los ca^ nales.

Preparado el camino con tan buena fortuna, muy poco quedaba por hacer; un edicto apareció sin dilación estableciendo el estercolado obliga^ 15 — 226 — .torio en esta forma; cada jefe de familia debía presentarse en el palacio real para recibir el regalo - de una canoa de tierra (así llamaban á los volque- tes y carretones), y desde el día siguiente, en este vehículo sería conducida al mismo palacio toda la basura que en cada hogar se recogiera, no sólo de los establos, sino también de las cocinas y retretes, y de los sitios públicos inmediatos. Cuando lle- gara el momento oportuno, una proclama sería , publicada para anunciar el comienzo del esterco- lado de las tierras, y cada colono recibiría por ensi de cultivo cuarenta carretillas de abono, mediante la entrega al rey de una vaca los labradores ri- cos, y de una cabra los pobres. El abono, deposi- tado en uno de los patios del palacio de Mujanda, quedaba bajo la custodia de los siervos del rey, y sometido á varias manipulaciones litúrgicas, diri- gidas por mí con ayuda de Rubango. , A varios puntos se encaminaba este notable edicto: á asegurar el apoyo del rey por medio de nn estímulo eficaz; á conseguir la alianza de ideas .tan heterogéneas como el amor dinástico, la fe religiosa, la higiene pública y el uso de los abo- nos, y á sanear por completo las casas y las ciu- .dades. En los edificios, las inmundicias estaban localizadas en los establos y en los retretes, pues de éstos los había diurnos y nocturnos, aunque muy elementales. Pero los ganados no estaban siempre en sus cuadras, ni los hombres siempre en sus hogares. En la práctica, los retretes eran sólo para el servicio de las mujeres, y los hombres hacían sus necesidades donde á bien lo tenían. Los .canales de Rubango sirvieron mucho para que la — 227 — limpieza interior fuera más frecuente y para que la suciedad exterior disminuyera de un modo sen- sible; pero la higiene no triunfó por completo hasta la promulgación de la ley sobre estercolado obligatorio.

Acaso se creerá que Mujanda y su numerosa fa- milia.se sentirían incomodados por la proximidad de los nada bien olientes depósitos; mas en rea- lidad no fué así por carecer, como ya se dijo, del importante sentido del olfato los mayas de alta y baja categoría. Y tal hombre era Mujanda, que hubiera soportado cualquier molestia, incluso la de tapiarse las narices, si en ello iba el bien de sus súbditos y la prosperidad del erario nacional. La nueva institución no producía más que bie- nes: para el rey, una renta preciosa; para los la- bradores, una fuente de riquezas; para todos los ciudadanos en general, un mejoramiento sanita- rio, que no por poco apreciado dejaba de ser muy digno de estima. No era tampoco demasiado íntima la vecindad del estercolero, por haber dis- puesto yo que se aislara con una empalizada de las otras piezas del palacio. Este era inmenso. En tiempo del cabezudo Quiganza había, dentro del circuito cerrado por la verja exterior, tres lar- gos andenes, unidos por sus extremos, según la costumbre arquitectónica maya, y formando un enorme triángulo, en cuyo interior se contaban más de treinta tembés, destinados á diversos usos; en tiempo de Mujanda, después de la inven- .ción de los rujus, se fueron agregando nuevos tembés, y, por último, se amplió la verja y que- daron incorporados por la espalda varios edificios