de los jurisconsultos mayas; y de algunas conta- das sustituciones de ])eníi, -por una generalización peligrosa, había inducido Asato el grave y crue- lísimo plan que motivó la huida de los siervos á Misúa.
Si alguna justificación tenía el proyecto de Asato, era la insolencia con que mujeres y accas, aprovechando la ausencia forzada de lo3 guerreros, 1 — 320 — que combatían en el Ancori por la gloria del país, se entregaban á los livianos placeres. Los que tal veían se imaginaban, no sin fundamento, que al ausentarse serían víctimas de iguales infamias, y no se conformaban con la penalidad de los diez palos en el vientre, que á la segunda ó tercera vez ya no producían efecto; ni con la multa, que las más de las veces era pagada indirectamente por el mismo que había recibido la ofensa. Y como la pena de muerte no convenía á los intereses creados, se hubo de pensar en la castración, no ya represiva, sino general y preventiva, y Asato fué el rápido y fiel intérprete del pensamiento nacional.
Mi primer impulso fué marchar á la corte sin tardanza para resolver tan grave conflicto; pero después me contuve, y decidí enviar al astuto Tsetsé con instrucciones secretas, para ver si ya que los re- gentes se habían dejado sorprender por los aconte- cimientos, sabían al menos dominarlos. Para ma- yor seguridad, y comprendiendo que sería preciso dictar algunas leyes, aconsejé al calígrafo Mizcaga que acompañase al astuto emisario.
Al día siguiente, apresurando un poco los suce- sos, conseguí que saliese de Unya la nueva expe- dición militar. Al frente de ella, en la vanguar- dia, iba el veloz Nionyi con media brigada de voluntarios, batidores armados de hachas y de ho- cinos para aclarar la vía al grueso del ejército, y entre éste y la vanguardia, para asegurar las co- municaciones, un destacamento de velocipedistas. Seguía la banda musical, dirigida por el consejero Lisu, el de los grandes y espantados ojos, y bajo la protección, á falta del estandarte de Maya, de los de Lopo, Viti y Unya; después, cien porteado- res de comestibles y quinientas cantineras, á razón de cinco para cada carretilla y para cada cincuenta soldados; y, por último, el ejército regular, bajo el mando supremo del firme y zanquilargo Quiyeré. El gobierno interino de Unya, y el mando de dos mil hombres de reserva que allí quedaban, fueron confiados al hijo primogénito de Nionyi, habilí- simo en la natación y experto navegante, conocido en todo el país bajo el nombre de Anzú, «el pez». De estos hombres de reserva, algunos fueron ins- truidos en el manejo del fusil, pam que, en el caso probable de nuevas derrotas de nuestro ejército, pudiesen acudir en su auxilio. Mi deseo no era que nos derrotasen, ni tampoco vencer en toda la línea, sino un término medio, una alternativa de derrotas y triunfos que prolongasen la guerra, y con ella la paz interior del país y el movimiento de las escalas. De esta suerte se realizaría en Maya mi ideal político: la paz permanente en el in- terior, combinada con la guerra constante en las fronteras; la prosperidad material realzada por el brillo de las acciones heroicas.
De regreso á Maya por el camino de Lopo, entré en esta ciudad para saludar al dormilón reyezuelo Viami é inspeccionar el hospital recientemente fundado, donde, asistidos por varios pedagogos, médicos y cirujanos de la corte, convalecían más de cien heridos de la batalla de Unya. En Lopo vino nuevamente á consultarme el astuto Tsetsé, tra,yéndome noticias que me llenaron de júbilo. La primera y más sorprendente era la muerte del te- rrible Asato, llevada á feliz término, en la noche 21 — 322 - aüterior, por el siervo Bazungu, rej acca y esposo que fué de la reina Muvi, al cual, por ambos con- ceptos, había yo reservado una situación prepon- derante, tanto en mi antigua casa como en el pa- lacio real. Los regentes y los consejeros habían aprobado el crimen del enano Bazungu, y habían resuelto que en adelante el Igana Iguru fuese li- bremente elegido por la asamblea de los uagangas. Reforzada ésta por gran número de pedagogos, nombrados para cubrir las vacantes no provistas, había elegido al listísimo Sungo, que en el acto dejó su puesto de regente al consejero Mizcaga, cuyos trabajos caligráficos eran de suma necesidad. La vacante de Mizcaga, que era del orden de pedago- gos, fué concedida, por récomendaciones vivísimas de la vieja Mpizi, al distinguido geógrafo Quin- gaui, recién instalado en Boro. Esta designación me confirmó la exactitud de ciertos vagos rumores, que señalaban al antiguo preceptor del malogrado Mujanda como uno de los amantes que Mpizi ha- bía tenido dnrante su larga viudez. La prebenda ée Boro tocó en suerte al reyezuelo de Tondo, Gané, que deseaba enriquecerse para igualar á su her- mano menor, Tsetsé, y á sus tres hermanos mayo- res, que gobernaban las prósperas ciudades uamye- ras del Sur. El vegetalista Macumu fué trasladado desde Misúa á Tondo, donde la cosecha de habas era también considerable; y, por último, para Misúa fué habilitado como reyezuelo, á pesar de lo dis- puesto por las leyes, el enano Bazungu, con misión expresa de sofocar la naciente rebelión de sus con- géneres accas refugiados en aquella ciudad. Tan vasta combinación acreditaba el talento político de — 323 — los regentes indígenas; y en particular el nombra- miento de Baznngn, era una medida gubernamen" tal de primer orden. Por desgracia, la idea lanzada por el inconsiderado Asato continuaba su sorda labor en la corte y en el resto del país, y apenas pasaba día sin que se registrara alguna bárbara mutilación; los dueños de siervos eran á la vez jue- ces y verdugos, y los infelices accas no tenían más remedio que huir, en busca de seguridad y amparo, á la única ciudad amiga con que contaban. En vano, cuando regresé á la corte, hice publicar edictos severos, y en vano hice ver que aquellas cobardes ejecuciones producirían, en un porvenir próximo, la extinción de la raza acca, y con ella la necesidad de que todo el mundo trabajase, como ocurría en lo antiguo. Los mayas no se interesa- ban por lo que pudiera acontecer á sus descendien- tes, y seguían encariñados con la idea de la cas- tración, que les aseguraba por el momento una servidumbre sumisa, fiel y exenta de apetitos car- nales.
Sin embargo, la paciencia de los accas debía tener un límite. Después que, atraídos por persua- sión á las ciudades, se convencieron de que los atentados no cesarían por completo, y de que constantemente peligraba la integridad de sus personas, comenzaron á colocarse en actitud dis- cola, y un hecho vino á provocar la rebelión. Los habitantes de Misúa, juzgándose agraviados por el nombramiento del enano Bazungu y por la in- trusión de los accas fugitivos, se amotinaron con-- ti-a su pequeño reyezuelo, le prendieron y le>, mutilaron atrozmente. Bazungu y los suyo's s,q.
— 354 — defendieron con heroísmo y causaron gran mor- tandad en las filas contrarias; pero tuvieron que escapar y refugiarse en la ciudad de Mpizi, cerca de la frontera. La noticia cundió por el país, y en todo él se repitieron los motines y las escenas de carnicería, terminando por una deserción general de los accas hacia la frontera del Norte, de cuyas guarniciones se apoderaron.
Tan imprevistos acontecimientos hacían necesa- ria la presencia de las tropas en el interior, y yo envié al prudente Uquima, al geógrafo Quingani y al astuto Tsetsé para que negociaran la paz con el Ancori. Al mismo tiempo era indispensable restablecer el principio de autoridad en Misúa, y no encontrando otro mejor á quien encargar tan difícil empresa, hice que los regentes nombraran reyezuelo á mi antiguo vecino, el gran innovador y ladrón Chiruyu, quien salió sin tardanza para Misúa con un fuerte destacamento de mnanis.
A los cinco días regresaron los embajadores, y el prudente Uquima anunció que la paz había sido concertada mediante la restitución de la tú- nica verde del cabezudo Quiganza y una demar- cación de los límites de ambos países, con la cual el reino de Maya salía altamente ganancioso. Esta última parte del tratado me hizo sospechar que el prudente üquima no decía verdad, porque Maya y Ancori no tienen límites comunes; y, en efecto, el astuto Tsetsé me confirmó mi sospecha. Los tres embajadores no habían ido siquiera al Ancori, sino que, guiados por Tsetsé, habían encontrado en el bosque de Unya la bandera nacional, escondida allí por el sagacísimo portaestandarte. Una vez en — 325 — — 325 — posesión de ella marcharon en busca del ejército, que se había apartado apenas dos leguas del cuartel de Viti y establecido en un paraje muy pintoresco, donde consumía alegremente las abundantes pro- visiones que mi buena industria le había asegu- rado. Sólo el veloz Nionyi parece que había avanzado más, y en su opinión, el Ancori no se preparaba para continuar la guerra; sus reyezue- los consideraban como un bien inapreciable la derrota de Unya, que les libraba de sus feroces mercenarios, y los contados rugas-rugas que lo- graron escapar habían sido \áctimas del mal- querer de los ancorinos. La batalla de Ünya, que estuvo á pique de ser una doble derrota, se con- virtió, pues, en una doble victoria.
CAPÍTULO XXI Entrada triunfal del ejército en Maya. — Medidas pacifica- doras.— Hallazgo del tesoro de TJsana, é idea repentina que me sugirió. — Promulgación de una Carta constitu- cional.— De mi éxodo y de los fenómenos sobrenaturales que lo acompañaron.
Detrás de los embajadores venía el ejército triunfador, y la corte se preparó para recibirlo dignamente. Como el día no era muntu, y la in- comunicación diurna de la mujer continuaba siendo rigurosa, se dispuso que el desfile de las tropas tuviera lugar por el centro de la ciudad, entrando por la puerta de Mbúa, ó del Sur, y sa- liendo por la de Mpizi, ó del Norte, y volviendo á entrar por la de Lopo, en lo antiguo de Viti, ú oriental, y á salir por la de Misúa, ú occidental. Asi, todas las mujeres podrían presenciar el espec- táculo, ocultas, desde las claraboyas de los pala- cios y tembés.
En la puerta de Mbúa estaban las autoridades, colocadas por orden jerárquico. En primera línea el listísimo Sungo, montado sobre el tranquilo hipopótamo, cuyas riendas eran tenidas por los dos Igurus auxiliares, el valiente Angüé y el as- tuto Tsetsé; á la derecha, los tres regentes: el hábil mímico Catana, el elefantiaco Mjudsii y el calí- grafo Mizcaga, y á la izquierda los cuatro conse- jeros presentes: el prudente Uquima, el geógrafo Quingani, el gangoso Nganu y el narigudo Nindú. En segunda fila los uagangas matutinos y vesper- tinos, separado cada grupo en tres alas, según cos- tumbre antigua. Detrás los numerosos pedagogos Y mnanis. La muchedumbre, entre la que yo me confundía, se desparramaba por el prado y perlas calles de la ciudad.
A eso de mediodía se divisó, por el camino que bordea la margen Norte del río, la vanguardia del ejército, el cual fué llegando, las túnicas marcial- mente agitadas por un viento favorable, en el mismo orden en que había salido de Unya. Pri- mero el veloz Nionyi con sus batidores y velocipe- distas; luego la banda de música, capitaneada por el consejero Lisu, con sus espantados ojos, abru- mado bajo el peso del rescatado estandarte; des- pués los porteadores y cantineras, que ahora cami- naban con pie ligero; á continuación el consejero Quiyeré, marcando el paso con sus descomunales patazas, y el grueso del ejército, dividido en doce secciones, cada una mandada por un general; y por último, los dos mil hombres de la reserva de ünya, á cuyo frente venían el gran nadador Anzú y los cuarenta fusileros. Tan brillante milicia des- filó con orden perfectísimo ante los ojos satisfechos de la autoridad y en medio de las aclamaciones populares.
Cuando las tropas, después de atravesar dos ve- ces la ciudad, salieron por la puerta de Misúa, el gobierno, con su comitiva, las aguardaba allí para — 329 — disolverlas y distribuirlas con arreglo al plan con- suetudinario de defensa nacional. El corpulento Mjudsu fué organizando los cuadros de las doce guarniciones, y cada general, después de recibir abundantes provisiones de boca para el camino, y una paga extraordinaria, partió con sus soldados, sus porteadores y sus cantineras. Los músicos ob- tuvieron permiso para retirarse á sus moradas, pues ardían en deseos de ver á sus familias, y los voluntarios de la reserva, á excepción de los fusi- leros, fueron licenciados, y salieron en distintas direcciones hacia sus respectivas ciudades. Sólo quedaron en pie de guerra los voluntarios mayas y los velocipedistas, que formaban el núcleo dirigido por el veloz Nionyi, y á los cuales se reservó la honra de sofocar la rebelión de los accas. Nionyi partió para su gobierno de Unya, y su hijo, el experto navegante Anzú, le sucedió en tan impor- tante mando militar. Anzú emprendió la marcha á Mpizi por el camino de Misúa, y en Maya que- daron para nuestra defensa los cuarenta fusileros al mando del prudente Uquima.
El solo anuncio del regreso de los mandas á sus guarniciones restableció la calma en las ciudades, y para afirmar aún más el orden, muchos reyezue- los acordaron la expulsión de los pocos siervos que se habían librado de la mutilación ó de la muerte. Contra lo que yo creía, los accas eran más bien aborrecidos que estimados por el trabajo que pres- taban, pues los indígenas pobres querían trabajar en lugar de ellos para poder obtener los tan útiles mcumos. Los muchos atractivos que ahora tenía la vida, y por encima de todo el deseo de embria- — 330 - garse, les iba poco á poco haciendo amar el trabajo* Los accas, por su mísera condición^ por sus pocas exigencias, eran, pues, unos terribles concurrentes, y si los adulterios no bastaran, las leyes regula- doras del trabajo hubieran hecho estallar los odios de los obreros nacionales contra el trabajador ex- tranjero. Los que antes no querían trabajar, ahora estaban muy cerca de sostener su derecho (y aun derecho preferente) al trabajo.
En Maya, no obstante, el problema era más complicado, porque la centralización y monopolio de muchas industrias exigía un gran número de siervos que trabajasen á las órdenes inmediatas del rey ó del Igana Iguru. Pero comenzó á susu- rrarse que podían servir para el caso los esclavos rugas-rugas, cogidos en la batalla de Unya. Es admirable cómo se aguza el ingenio de una nación movida por el odio, y cómo se encuentra salida para las situaciones más complicadas. Examinando la historia de las persecuciones religiosas en los países civilizados, de las expulsiones de que han sido víctimas los judíos, los moriscos españoles y tantos otros pueblos, se pueden hallar crisis análo- gas á ésta por que atravesó la nación maya. Aquí las diferencias no eran de religión, porque los accas no tenían ninguna y se acomodaban á todas; pero las había, y grandes, de tipo, de estatura, de carácter y de temperamento, sin contar la inter- posición funesta de lo eterno femenino. A pesar de mi resistencia, comenzaba á convencerme de que al fin habría que prescindir de los enanos, que expulsarlos del país, ya que la oportuna adquisi- ción de los rugas-rugas venía muy á punto á - 331 — - 331 — suplir su falta y á satisfacer la necesidad que tiene toda nación de algo ó alguien en quien desahogar impunemente los malos humores.
Los accas, concentrados poco á poco en los bos- ques de Mpizi, dueños de los cuarteles de la fron- tera, podían libremente abandonar el país; pero ¿adónde ir, solos, sin sus mujeres y sus hijos? ¿Dónde ha existido una raza cuyos hombres se trasladaran de unas á otras regiones, abandonando sus seres amados, sin esperanza de volverlos á ver? Aunque á los accas se les hubiesen borrado los dulces recuer- dos de su estancia en las ciudades mayas, los re- tenía aún el amor á sus mujeres propias, porque este amor no era obcecación momentánea, sino sentimiento secular é indestructible. Y aunque por raro ejemplo olvidasen á sus antiguas mujeres j se decidiesen á partir sin ellas y hasta sin sus hijos, en los que los infelices castrados veían la única esperanza de conservación de su especie, ¿cómo podrían partir, desorganizadas sus tribus por la servidumbre, sin jefes que con la debida autoridad les guiaran y supieran vencer los innu- merables obstáculos de una emigración al través de los inmensos bosques que separan el reino de Maya de los bordes del Aruvimi?
Ateniéndose estrictamente á las órdenes recibi- das, el hábil nadador Anzú pasó por Misúa, donde el innovador y ladrón Chiruyu se hallaba en pa- cifica posesión del gobierno de los escasos súbditos que había encontrado, y por Mpizi, cuyo reyezue- lo, el anciano Racuzi, descendiente de la dinastía anterior á la del plebeyo üsana, no tenía ningún •motivo de queja de los infelices siervos, y condo- — 332 — — 332 — iido de la desesperada situación en que les veía, les proporcionaba algunos \^vere3 para que no muriesen de hambre los pocos que sanaban de las feroces heridas que recibieran. Después se di- rigió hacia la frontera para restablecer la guarni- ción, expulsada por los enanos, y entró en nego- ciaciones con el malaventurado Baznngu para ver el modo de que la ley fuese cumplida sin más de- rramamiento de sangre. Bazungu se prestó á en- tregar los cuarteles y á establecerse con los suyos en un lugar próximo á la frontera, entre Mpizi y Ürimi, si se les aseguraban las provisiones necesa- rias para ir viviendo en paz hasta tanto que pu- diesen alimentarse del fruto de su trabajo. El ex- perto Anzú aceptó la proposición, rescató los cuarteles, y de acuerdo con el humanitario Racuzi señaló el terreno y la parte de la foresta que había de darse á los accas. La nueva ciudad que se fun- dase sería como tributaria de Mpizi, y el mismo Bazungu sería su reyezuelo.
Esta transacción, que á mí me parecía de per- las, y que valió á su negociador Anzú el cargo de pedagogo, vacante desde que pasó á Boro el geó- grafo Quingani, no satisfizo á la generalidad de los mayas, porque éstos se habían encariñado ya con la idea de la expulsión, y veían un peligro en la existencia de los accas dentro del país y en la posibilidad de que continuasen ejerciendo sus in- dustrias como hombres libres. Y aun vino á favo- recer tan tenaz oposición la conducta noble y glo- riosa de las mujeres accas. Estas se habían mante- nido en las ciudades, ó bien por temor, ó por apego á sus hijos, ó porque creían que los hombres — 333 — de su raza no tendrían más remedio que volver cuando pasase la tormenta; pero viendo que la escisión tomaba cuerpo y que se reconocía la in- dependencia de los enanos, todas escapaban de no- che en busca de sus esposes, de sus padres ó de sus hermanos, llevándose consigo cuanto podían. Esta fuga general era alentada y favorecida por las mujeres mayas, que, privadas de los enanos, apli- caban á sus maridos la ley del tallón, por la cual, en caso de duda ó de silencio en la ley escrita, se rigen en el justiciero país de Maya.
En tal situación, quiso la buena fortuna de los accas que el famoso cantor de las palmeras y re- yezuelo de Rozica, Uquindu, me invitase á pasar unos días á su lado, y que yo aceptara la invi- tación para zafarme de las mil molestias que la mala voluntad del pueblo maya y mi cargo decora- tivo de rey padre me proporcionaban. Dirigíme, pues, á Upala, cuyo nuevo reyezuelo, el narilargo Monyo, me retuvo y me colmó de atenciones, de- mostrando que, á pesar de sus ilegales exacciones en Boro, albergaba en su pecho un alma agrade- cida. A veces, y no me fundo en este caso sólo para afirmarlo, el hombre que abusa del poder y se burla de las leyes, es más justo que el que las cumple y las acata; porque el primero suele ser un espíritu abierto al mal y al bien, y obrar como verdadero hombre, mientras que el segundo es siempre un alma seca é inabordable, incapaz así de bondad como de malicia.
En Upala me embarqué con destino á Rozica; pero al pasar por Ñera, su reyezuelo, el rico ar- mador Cázala, á quien personalmente no conocía, - 334 — me salió al encuentro, me agasajó como mejor pudo y me acompañó hasta Rozica, donde me recibieron con gran pompa el poeta y reyezuelo Uqnindii y sus seis hijastros, hijos del célebre Enchúa, alojándome en las mejores piezas de su grande y ruinoso palacio. Al día siguiente, des- pués de pasearme por la ciudad para calmar la expectación pública, consagré el resto de la ma- ñana á visitar el 2)alacio, no tan abastecido como solían estarlo los de los demás reyezuelos, pero donde me estaba reservada una grata sorpresa. En un inmenso tembé, situado cerca del kiosco de los loros, se conservaba desde tiempo inmemorial una colección de objetos pertenecientes al rey Usana, botín de sus victorias en los países vecinos, par- ticularmente en Banga, que tenia con Rozica fron- teras comunes. A la sazón el país de Banga estaba deshabitado, y los ruandas de esta guarnición vi- vían casi siempre en la ciudad, sin temor á extra- ñas intrusiones.
Entre los objetos allí quedados, que no eran todo el botín de guerra, pues gran parte de él fué distribuido entre diversos reyezuelos, había gran variedad de armas enmohecidas, y aun me pareció reconocer restos de fusiles comidos por el orín; pero lo más interesante era una pila enorme de defensas de elefante, amontonadas como cosa in- útil, y quo de seguro databan del tiempo en que estas regiones sostenían tráñco mercantil con las costoñas. Al cortar Usana estas relaciones, que juzgó peligrosas, acaso con buen fundamento, aquel rico tesoro de marñl no tenía ya valor, y fué abandonado en el palacio del reyezuelo de Re- — 335 - zica. La contemplación de tan valiosas como in- útiles riquezas suscitó en mi ánimo, en forma de vago preludio, el pensamiento de abandonar el país. No fué que se me despertara el instinto co- mercial, que, sinceramente hablando, nunca me poseyó por completo, ni aun logró contrabalan- cear el fondo de idealismo que de mi buena madre tenía heredado, sino que, viendo el ]3erfecto orden en que los mayas vivían, alterado sólo "por la pre- sencia de los enanos, ocurrióseme librar á aquéllos de tan gran estorbo y valerme de éstos para trans- portar los dientes de elefante, que eran en mis manos un precioso recurso. De esta suerte aseguraba la felicidad de los nmyas, la de los siervos, á quienes dejaría bien establecidos fuera del país que tan duramente y con tanta ingratitud les 2)agaba sus asiduos trabajos, y la mía propia, 'que no podía cifrarse en vivir toda mi vida entre gentes de otra raza. Ante la posibilidad de volver al viejo mundo, simbolizada por mí en las defensas de elefante y en las espaldas de los enanos, los ya moribundos re- cuerdos de mi primera vida renacían, y la realidad de la vida presente se alejaba, como si ya me en- contrase en mi tierra, con los míos, viendo desde allí, con la imaginación, este otro cuadro algo más obscuro, obra mía, del que se destacaban tantas figuras conocidas y amadas.; Quién sabe si en esa otra vida con que los hombres sueñan para des- pués de la muerte, no se vive también entre es- píritus del recuerdo de lo que ñié la vida carnal, menos pura, pero también digna de nuestro pen- samiento y de nuestro amor! ';? Despedíme apresuradamente del vaté y reycr- — 336 — zuelo Uquindu, y regresé á Maya dominado por estas ideas, y de hora en hora más dispuesto á realizarlas. Los regentes y consejeros hallábanse aún embarazados con la grave cuestión de los accas, sin saber cómo apaciguar las iras popula- res. Comenzó á notarse escasez de algunos artícu- los, entre ellos de alcohol, por falta de inteligencia en los rugas-rugas traídos de las ciudades de Oc- cidente para suplir á los enanos, y veíase con malos ojos el donativo de alimentos concertado por el experto Anzú. Mi intervención resolvió estas difi- cultades por los medios más pacíficos y más pru- dentes. Dicté al regente y calígrafo Mizcaga un decreto, en el que se ordenaba que los enanos sa- lieran del país en el término de dos meses lunares, y que mientras tanto se fuesen reuniendo en la ciudad de Rozica, para que la expulsión tuviera lugar por el río abajo y no quedasen ningunos escondidos en los bosques. Todos los mayas debían entregar á los expulsados las mujeres accas que aun retuvieran en su poder, así como los hijos de raza pura acca, conservando sólo los mestizos, que serían tratados, cuando les llegase la edad, como hombres libres. Y, por último, debía darse á cada uno de los expulsados víveres para an mes y armas para defenderse de los ataques de las fieras ó de los hombres, hasta llegar á su antigua patria. Mientras llegaba el día de la expulsión, quinien- tos accas, elegidos entre los castrados, quedarían en la corte para enseñar á los rugas-rugas los di- versos oficios en que éstos habían de trabajar á las órdenes del rey y del Igana Iguru. Por doloroso azar, propio de las cosas humanas, el precoz Jo- — 337 — simiré puso su primera firma en este terrible edicto, que debía privarle del cariño de su verda- dera madre j del apoyo de su padre.
Porque urdiendo hábilmente las diversas partes de un plan que de antemano había concertado, después de publicar el edicto anuncié que, por inspiración de Rubango, sería yo mismo el que caminaría al frente de los accas hasta llevarlos muy lejos del país y canjearlos por igual número de cabilis, de acuerdo con las predicciones del Igana Nionyi. Igualmente les profeticé que mi segunda ausencia sería tan larga como la primera, y les ordené que en el intervalo cumplieran rigo- rosamente los preceptos consignados en unas ta- blitas de madera que antes de separarme de ellos les entregaría.