SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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Pero el errar es propio de los hombres de Estado más conspicuos, y en estos errores se funda siempre la esperanza de los caídos. El error del cabezudo Qiiiganza consistió en no hacer caso de los hijos 8 — 114 — de Lopo, y el error del fogoso Viaco consistirá en hacer caso de ellos. Se puso, pues, por obra la re- forma territorial, con sólo dos limitaciones: la primera, no destruir de una vez las ciudades, por si en un caso de necesidad imprevista tenían al- guna aplicación; la segunda, conservar la auto- ridad de los reyezuelos, para evitar los retrasos que acarrearía la acción de un solo rey sobre te- rritorio tan dilatado. El rey, los reyezuelos y sus consejeros quedaban residiendo en las ciudades, y el resto de los subditos, sin distinción, ya entre libres y siervos, fué distribuido -por el país, que Yiaco tuvo el acierto, justo es decirlo, de repartir con suma equidad. Cada jefe de familia recibió un lote de tierra, proporcionado á sus necesidades y á su profesión. La cantidad fué igual para to- dos, pero variaban las circunstancias: los labra- dores y 23astores recibían sus parcelas en tierras de labor ó de pastos; los pescadores, á las orillas del río para que pudieran jDCScar, y los cazadores, en los bosques para que pudieran cazar. A los in- dustriales se les asignó toda la cuenca del ünzu y. gran parte de los bosques, según que trabajaban en piedras y metales, y necesitaban estar en un punto céntrico, y en comunicación con el río, ó en maderas, y necesitaban tener á mano la primera materia de su industria.

, Nosotros, en nuestro retiro, no dejábamos de es- tar al corriente de los sucesos, porque tres hijos de Sungo, tan diestros y astutos como su padre, recorrían el país como vendedores de pieles, y vol- vían de vez en cuando con noticias, cada vez más desconsoladoras: por ninguna parte asomaba la revolución; el reparto territorial se realizaba sin resistencias en el Norte y en el Sur, dirigido por Viaco 7 por las autoridades de cada localidad, y en tres meses la obra tocaba á su fin. Las anti- guas ciudades habían sufrido algo, porque al cons- truir las nuevas viviendas se aprovechaba bas- tante material de las antiguas: maderas, cañas, lienzos y pizarras. Yo me imaginaba el reino de Maya como una ciudad colosal: la arteria más importante era el rio, donde pululaban los pesca- dores; el corazón, el lago Unzu, donde hormiguea- ban los herreros y pizarreros; los barrios, los ensis, en cada uno de los cuales se levantaba solitaria una quinta rústica; las calles, los senderos que separaban los ensis; las murallas, las grandes fo- restas que por el Xorte y por el Sur la rodean, pobladas por hábiles carpinteros y por valientes ■ cazadoress las fortalezas, los cuarteles donde los ruandas vigilantes acampaban.

Una de las iiltimas ciudades visitadas fué Yi- loqué, y cuando Yiaco llegó ya estaba formado el plan de reparto. El viejo y honrado Mcomu per- manecía en la ciudad con los tres uagangas consejeros, reservándose en las cercanías cuatro grandes lotes, cada uno con más de cinco mil ár- boles; los jefes de familia, que eran cerca de dos- cientos, recibían por sorteo los suyos, que com- prendían todo el distrito, exceptuado el paraje donde nosotros vivíamos, que fué abandonado á las furias de Kubango.

Todo parecía augurar bien del nuevo sistema, y los primeros días el país vivió atareado en arreglar sus nuevas viviendas, antes que llegase la estación — 116 — de las lluvias, la mazica; los siervos, alegres de ver realizado su añln de libertad y ds independen- cia, y deseosos de acrecentar sus bienes para au- mentar el número de sus esposas, que son bienes mayores; los hombres libres resignados con el cambio, porque candorosamente creían que asi como se había cumplido, cuando parecía imposible,. el ideal de los hijos de Lopo, se cumpliría tam- bién la última parte de su programa, la pronta venida de los cabilis. La única dificultad que sur- gió en los primeros momentos fué la de aplicar el reparto entre los pueblos de los bosques del Norte, donde era muy frecuente la poliandria, pues en. caso de apuro los hombres acostumbraban á ven- der sus mujeres en Maya, mercado muy favorable, y se concertaban para vivir con una mujer sola, usufructuada por turnos regulares. Los mayas no se detienen nunca en el término medio, esto es, en la monogamia, y sólo son monógamos el tiempo necesario para adquirir más mujeres. Cuando comprenden que por su pobreza ó por su invenci- ble holgazanería no llegarán nunca á tener un harén, no se resignan á vivir siempre con una mujer, que les obliga á poner casa sin promesa de grandes beneficios; así, pues, la venden y viven en los árboles ó en una simple choza suficiente para meter el cuerpo por la noche, y se ponen de acuerdo con otros hombres que viven en condiciones pare- cidas para sostener una esposa, á la que cada cual mantiene el día de turno. Aparte de la manuten- ción, la mujer tiene derecho á una cabaña y á un vestido cada año, y conserva la propiedad de los \ hijo,j comunes. Hay una ciudad, Rozica, donde la — 117 — poliandria está muy generalizada, y en ella las mujeres y los hijos comunes son los más conside- rados, siendo una grave tacha pertenecer á un solo hombre ó tener padre conocido.

Viaco resolvió este problema disponiendo que en los casos de poliandria la mujer fuese conside- rada como núcleo de familia, y que se diese un mú á cada mujer, juntamente con sus agregados. Esta solución no satisfizo á los varones, quienes se creyeron ofendidos en su dignidad; porque debe notarse que la poliandria, que en Europa despres- tigia á los hombres que la practican, en Maya los enaltece; se considera como rasgo de noble desin- terés contribuir al sostenimiento de una mujer li- bre, de la cual no se obtienen los beneficios que de la poligamia solían obtener muchos hombres in- dustriosos. Un pequeño capital empleado con for- tuna en mujeres laboriosas y prolíficas es una mina inagotable de bienes, explotada por hombres de manga ancha, que así resuelven el problema de enriquecerse sin trabajar. En vista del descou^ tentó, Viaco modificó su primer plan y dispuso que en los ensis ya asignados se hiciera una nueva división, señalando á cada hombre una parte, y otra en el centro, más pequeña, para la mujer. Esto fué del agrado de todos.

Diez meses habían transcurrido desde la muerte del cabezudo Quiganza, y una paz octaviana parecía reinar en todo el país; las noticias de los hijos de Sungo no nos daban ninguna esperanza, porque las que yo tenía, fundadas en el mal éxito seguro del sistema, se me volaron cuando supe que éste no existía ya. Al principio, el entusiasmo ó el te- — 118 — — 118 — mor habían movido los ánimos á la obedienciaj ■pero bien pronto- la razón recuperó su lugar. Eñ Viloqué, por ejemplo, á los quince días de mar- charse Viaco, cada familia estaba en su antigua casa de la ciudad, con aquiescencia del viejo Mcomu. •Aunque el reparto había sido justo, ocurrió que algunos cazadores no pudieron tirar en dos sema- mas una sola pieza por no encontrarla en su dis- trito, mientras otros hacían su agosto sin moverse de sus caballas. Y los más favorecidos fueron los •mandas de toda aquella parte, porque la caza em- pezó á correrse hacia la frontera para buscar refu- gio en el país vecino. Hubo algunos ensis donde las enfermedades se desataron con furia por estar próximos á las charcas corrompidas que á nos- otros nos rodeaban. Sin previo acuerdo, impulsa- das por el hambre y por la enfermedad, las fami- lias perjudicadas regresaban á Viloqué dispuestas á morir antes que á abandonarlo; luego las fami- lias favorecidas siguieron el ejemplo, porque se les hacía dura la vida aislada en los bosques; aun los siervos libertados encontraban preferible la tran- quila servidumbre á la penosa libertad que les proporcionó el esfuerzo de sus más adelantados colegas, los de Maya.

Lo mismo que en Yiloqué ocurría en Tondo, en Boro, en Yiyata, en Quetiba, en Upala, en todo el Sur, y era de suponer que ocurriese en el ISTorte. Y esta situación anómala, esta ficción legal, sos- tenida por los prudentes reyezuelos, y más que por los reyezuelos por la necesidad, venía á echar por tierra mis cálculos. Yo confiaba en los graves con- flictos que inevitablemente habían de sobrevenir, — 119 — — 119 — y el régimen se disolvió con los pequeños; jo es- peraba como santo advenimiento el día de la co- branza del impuesto, porque era seguro que loB mayas, no habituados á pagarlo y poco previsores para reservar una parte de sus product9s durante tres meses, se rebelarían contra los reyezuelos y contra Viaco; pero el día de la exacción llegó, y cada reyezuelo envió al rey ó al cuartel militar de su región (pues doce ciudades sostenían las cargas militares, y otras doce las cargas reales) sus acos- tumbrados cargamentos de cereales, de frutas, de pescado seco ó de pieles, reunidos en sus depósitos por las entregas diarias ó temporales de sus sub- ditos, según el sistema antiguo de contribuciones. Esto evitaba males al país, j)ero perpetuaba nues- tras miserias; y sólo mis éxitos de curandero me salvaron en estos días terribles, en que mis profe- cías políticas se confirmaban al revés, y en que la colonia desterrada maldecía la hora en que yo im- pedí el levantamiento del Sur y los azares de una guerra, que la imaginación, favorable siempre á lo pasado, pintaba con bellos colores, sembraba, de numerosas victorias y coronaba con un triunfo final.

De este profundo abatimiento pasamos á la ale- gría súbita. Un hijo de Sungo nos trajo la nueva^ recogida en Mbúa, de la muerte violenta de Yiaco. Una revolución había estallado en Maya contra, el usurpador, y la ciudad era presa del incendio. Poco después, un correo de Ruzozi se presentaba al viejo Mcomu y le entregaba un aviso del veloz Nionyi, llamándonos á toda prisa. Mujanda había, sido proclamado en Maya, en Mbúa, en Ancu- — 120.

Myera y en Rnzozi. Inmediatamente lo faé en Yiloqné, y partió llevándome en sn compañía y quedando Sungo encargado de dirigir el resto de la caravana liasta que nos reuniéramos en Mbúa. El viaje de r^reso fué más rápido y más cómodo que el de venida, porque las ciudades del paso se apresuraron á entregarnos las caballerías y provi- siones que fueron menester.

CAPÍTULO IX Por qué y cómo se realizó la revolución. — Estado del país. — Primeras medidas restauradoras. — Creación de la piel moneda.

Mujanda quería marchar directameiite á la <»orte, temeroso de que la presa se le escapara; pero mis consejos, ahora en auge, le convencieron de que era conveniente retrasarnos para que las pri- meras determinaciones que habría que tomar, y que no serían nada suaves, las tomasen nuestros partidarios, y sobre ellos recayera toda la odiosi- dad. El arte de un príncipe consiste en hacer el bien personalmente, y el mal por segunda mano, con lo cual los aplausos recaen sobre él, y las mal- diciones sobre sus agentes; así se consolidan las instituciones, pues el hombre no es como el perro, que lame la mano que le castiga y la que le ha- laga, y reconoce la razón de los golpes y de las ca- ricias; el hombre odia más al que le hace mal que al que le hace bien, y de aquí la necesidad de un hábil juego de inanos.

Enviamos, pues, á la corte, desde Enzozi, una orden para que el dentado Menú, que se anun- ciaba como jefe de nuestro bando, tomase medidas á su arbitrio para restablecer el orden, y entretanto hicimos varias visitas á las ciudades del Sur^ Al pasar habíamos visitado Tondo, cuyo reyezuelo, Ndjudju, forzudo como un ((elefante», nos ofreció cuatro de sus hijas, y Boro, situada en lo alto de una montaña, la única del país donde, según la tradición, había sido edificado el gran enju. Mon- yo, el reyezuelo de nariz larga y afilada como un ((cuchillo», nos acogió como mejor pudo, nos cam- bió nuestras cebras por búfalos domesticados, y nos hizo donativo de dos siervos. Desde Ruzozi fuiraos á Ancu-Myera, donde el recibimiento fué deli- rante, y aquí aparejamos va,rias canoas para seguir por la vía fluvial. Tocamos brevemente en Mbúa y pernoctamos en Upala, después de hacer un di- fícil transbordo en la catarata del Myera para ir al día siguiente, por tierra, á Quetiba y Viyata. Este viaje nos llevó tres días, pero los reyezuelos Niama y Yiaculia nos resarcieron ampliamente •del sacrificio de tiempo con regalos de gran esti- ma: Mama, el gordo, el ((carnoso», nos dió cua- tro mujeres de su harén y dos siervos, y Viaculia, el «glotón», una punta de cincuenta cabezas de ganado cabrío. Tanto en una como en otra ciudad me llamó la atención el extraordinario cultivo de la patata; Yiyata debe su nombre á este producto, y Quetiba, nombrada así porque está construida sobre dos bancales cortados por una albarrada en forma de escalón, y desde lejos parece una «silla», no le va en zaga en cuanto á la 'producción del tubérculo.

Desde Yiyata, última ciudad del interior, regre- samos por otro camino á Upala, para continuar río abajo hasta Arimu y Ñera; pero el aviso de la lie- ~ 123 ~ gacla de Sungo il Euzozi más pronto de lo que nosotros creíamos, nos hizo dejarlo para más tarde, y nos despedimos del reyezuelo Chnriiqui, encar- gándole del reenvío de las canoas; formamos una caravana con las mujeres, siervos y ganados reci- bidos y los que añadió el reyezuelo de Upala, y emprendimos la vuelta por el Unzu. Por el inte- ligente Churuqui tuve la primera noticia de que en el país maya se celebraban, en ciertas épocas del año, carreras de hombres, especie de juegos olímpicos rudimentarios; Churuqui, el gran «co- rredor», había triunfado en diez carreras seguidas, y tenía en su palacio un pequeño museo de armas ganadas como premio y de sandalias que le habían servido el día de una victoria.

El lago Unzu, que acaso sea el Onzo ú'Ozo de los árabes, es una dilatación del Myera. En los tiempos prehistóricos no debió existir ni la cata- rata ni el lago, y el lecho del río sería más hondo y más inclinado; pero sea que la vigorosa vegeta- ción de las márgenes del río levantara el suelo de éste, sea que los árboles derribados j)or los hura- canes formaran, con el detritus acarreado por la corriente, xma presa natural ó muro de contención^ las aguas se fueron embalsando, y se produjo, al mismo tiempo que la catarata, el desbordamientos por la margen izquierda y el estancamiento de las aguas en la región baja del Sur, que es hoy la^ cuenca del Unzu. En toda ella la vegetación es tan intensa que no permite el paso, y para penetrar hay que seguir la vía abierta cerca de Mbúa, que los pescadores y cazadores cuidan de conservar ex- pedita. Nosotros bordeamos el bosque, dejando el — 124 — 124 lagx) á la izquierda, y llegamos á Mbúa á la hora del ^afniri. Aquí nos esperaban ya nuestras familias, deseosas de vernos, y se organizó la última expedi- ción hacia la corte, donde la presencia del rey se hacía necesaria. El dentudo Menú, para congra- ciarse con Mujanda, había ordenado decapitar i cincuenta personas cada día de su mando, y no habiendo ya más siervos, se temía que comenzase con los hombres libres. Desde la catarata del'Myera hasta la ciudad, todos los árboles del camino esta- ban cuajados de cadáveres, expuestos para festejar nuestra llegada; hubo danza de uagangas y entu- siasmo sin límites cuando, antes de darla por ter- minada el rey, por consejo mío anunció que susj)endía las ejecuciones; y por fin nos pudimos retirar á nuestras moradas, en las que Menú había cuidado de reparar los grandes estragos del tiempo y del incendio.

Nuestra primera reunión familiar fué mezclada de tristezas y alegrías; ocho de mis mujeres, entre ellas Niezi y Ñera, y mis cinco hijos accesivos, ha- bían muerto en el destierro de Yiloqué; mis tres siervos habían sido decapitados, y de sus mujeres, solo una, la de Enchúa, se me presentó con sus Seis pequefiuelos. A esta j)obre viuda la desposé aquella misma noche con un siervo del corredor Churuqui, único presente que acepté de Mujanda, á quien, para halagarle, permití que se quedara con todos los regalos que nos habían hecho. En cambio, tenía la satisfacción de ver tres verdaderos hijos míos, habidos de la esbelta Memé, de la sen- sual Canúa y de la flaca Quimé, la hábil tocadora de laúd, que, á pesar de su extremada delgadez, había llegado á ser una, quizás la primera, de mis esposas favoritas.

Grande era mi deseo de conocer el origen y el desarrollo de esta revolución, que cada persona relataba á su manera, quedando sólo como testigos irrecusables los cadáveres y las ruinas. Yo recogí diferentes versiones, y con todas ellas pude recons- truir de una manera bastante aproximada el cuadro de los' acontecimientos. Mientras las loca- lidades del Norte, como las del Sur, burlando la autoridad de Viaco, volvían á su antiguo régimen,, en Maya se llevó la reforma á punta de lanza. El fogoso Viaco no quiso ceder, ni aunque quisiera podría hacerlo, porque el partido ensi, que en las regiones era sólo nominal é imitativo, en la corte era vigoroso y se había exaltado con su triunfo, Al mismo tiempo las dificultades del sistema eran menores, porque el distrito de Maya es el más rico del país, y todos los colonos tuvieron tierra so- brada para sus necesidades; sólo hubo quejas de parte de los que recibieron sus lotes alejados de la capital, ó de los que, no teniendo riqueza adquirida para esperar la nueva cosecha, tenían que solicitar anticipos á interés usurario.

De otra parte soplaron los vientos de tempes- tad. La nueva organización se oponía al día muntu, pues si legalmente no había sido éste suprimido, y las ceremonias podían celebrarse en los nuevos ensis, lo característico de la fiesta, la congregación de hombres y mujeres, desaparecía. Aparte de esto, surgió otro peligro gravísimo: los siervos eran enemigos del afuiri porque casi siempre los sacri- ficios recaían sobre los de su clase; los hombres li- — 126 ^ — 126 ^ bres creían que un día muntu era incompleto si no había sacrificio jurídico, y afirmaban con la his- toria en la mano que jamás se había celebrado sin él una fiesta religiosa en el país. Por grande que sea la moralidad de una población, nunca transcu- rre un mes lunar sin que se cometan varios crí- menes, j así se comprende que sin visos de crueldad se sostuviera el cruento afuiri; pero el sistema ensi, á la vez que dificultaba la comisión de delitos, supuesto que cada cual se mantuviera en su pro- pia casa, exigía por lo menos un reo mensual para cada demarcación, so pena de quebrantar las tra- diciones. Con temor debió saber el fogoso Viaco qae en el primer día muntu de su gobierno cua- trocientas víctimas habían sido sacrificadas, y que se continuaría haciendo esto mismo en lo sucesivo en virtud de las facultades omnímodas de los jefes territoriales. A este paso, bien pronto se le acaba- ban los súbditos, y con ellos las ventajas que le proporcionaban.

Dióse, pues, un edicto restableciendo el día muntu en su forma antigua, y nombrando Igana Iguru al dormilón Viami; y la solemnidad pró- xima tuvo lugar en la colina del Myera, en el templo de Igana Monyi. Las dificultades, sin em- bargo, aumentaron: mientras unos residían cerca de Maya, otros necesitaban cuatro horas de ca- mino para llegar á la Colina, y cuando llegaban se sentían fatigados y poco dispuestos á divertirse; cuando se vivía en Maya, se cerraban las puertas de la ciudad y todo quedaba seguro; pero viviendo en el campo, unos venían á la colina, y otros, los incrédulos, se quedaban en sus casas, y aprovechaban el tiempo j)ara saquear las del vecino. Un nnevo edicto declaró obligatoria la asistencia á las ceremonias religiosas, sin adelantar más, porque el recuento era imposible, j los autores de los ro- bos descargaban la culpa sobre los habitantes de los distritos próximos. De esta suerte, los jefes tu- vieron que resolver que cada día muntu quedara en los ensis una parte de la familia, encargada de la vigilancia; y sin quererlo, pusieron la chispa que produjo la explosión.

Si los hombres se habían resignado á sufrir, es- perando, bien que con progresiva desconfianza, la venida de los cabilis, de la cual yo era el anuncio, las mujeres estaban preparando sordamente la obra de liberación. No podían consentir que del único día libre de cada mes se les robase, primero las horas del viaje de ida y vuelta, y luego el día de vigilancia, siquiera fuese uno de cada seis; ex- citaron las pasiones de sus esposos y de sus padres, tomando como blanco al dormilón Yiami, al que consideraban indigno de ser Igana Iguru y al que atribuían todos los males: los robos, los adulterios? las muertes, obra de Eubango, irritado por la con- dición servil de su ministro. Llegó el décimo muntu del cómputo revolucionario y la hora del ucuezi. Yiami se adelantó, descorrió las cortinas del templete, desató la cuerda y la dejó correr; á los primeros tirones, el gallo ¡ cosa nunca vista! agitó las alas (sin duda porque no estaba bien muerto). Toda la concurrencia profirió en maldi- ciones contra el pobre exsíervo, y mientras los hombres se esforzaban por descubrir el misterio que haber pudiera en el estremecimiento del — 128 — — 128 — gallo, y veían en él una señal de la indignación de Igana Nionyi, las mujeres, con instinto más certero, se arrojaron sobre Viaco, y una de ellas, llamada Rubuca, le cortó la cabeza con un cu- chillo. Esta Rubuca cda tejedora», era la etíope, la esposa del desgraciado y orejudo Mato, muerto en Misiia, confiscada por el rey usurpador y agre- gada después á su harén.

Todos 23resintieron la matanza y se agruparon para defenderse; los antiguos siervos á un lado, di- rigidos por el dormilón Viami, se apercibían para, sostener la lucha, y junto al cadáver, el dentudo Menú proclamaba al príncipe Mujanda, mientras, la familia real lloraba y gesticulaba según las costumbres del país, al mismo tiempo que reco- nocía como señor al nuevo rey para asegurar la vida y la manutención. Menú, en nombre del rey legítimo, acordó suprimir aquel día las cere- monias religiosas, y dedicar el tiemj)0 al traslado de los hogares á la ciudad, por turnos designados á la suerte. La falta de armas impidió por el mo- mento la lucha; pero los siervos tuvieron una idea, que creyeron salvadora. Trataron de deshacer el error cometido al conservar la ciudad, de la que ahora se aprovechaban los enemigos, y se dirigie- ron á Maya, sembrando por todas partes la des- trucción y el incendio; el dentudo Menú, con buen golpe de hombres y de mujeres, los persiguió y los obligó á liuir; mas, por desgracia, no había otra agua que la del río, que está lejos, y no fué posible ata- jar el incendio, que destruyó media población. Sin embargo, destruida hasta los cimientos, hubiera reaparecido nuevamente; porque no era la ciudad material lo que atraía, sino la ciudad espiritual^ la vida antigua en mal liora interrumpida por los quiméricos reformadores.

En los diez días del gobierno provisional del dentudo Menú, la traslación se fué realizando; las sendas de todo el distrito de Maya eran largos hormigueros de mujeres afanosas, que ya iban li- geras á los ensis, ya volvían cargadas con vesti- dos, pieles, telas, jaulas de pájaros, taburetes y demás menudencias de su uso; los muchachos guiaban el ganado á los nuevos establos; cebúes y cebras acarreaban las provisiones y materiales de construcción; y dentro de la ciudad, los hom- bres, convertidos en albañiles y carpinteros, cons- truían casas nuevas y restauraban las deterioradas. Mientras tanto. Menú perseguía á los incendia- rios, ordenaba á los reyezuelos vecinos la entrega de los que cogiesen, y todas las tardes, después de concluidos los trabajos, hacía enfrente del pala- cio del rey una ejemplar hecatombe.

Al amanecer del día siguiente al de nuestra llegada me dirigí al palacio real y me encerré á solas con Mujanda, para acordar con él lo que debía hacerse en tan críticos momentos; algunos incendiarios se habían refugiado en las fronteras del Xorte, y los jefes militares se negaban á en- tregarlos; Menú sabía que en tiempo de Viaco muchas ciudades occidentales se habían resistido á enviar los impuestos; por todas ]3artes la indis- ciplina asomaba la cabeza, porque, viendo que el rey toleraba el abandono de un régimen que él mismo había personalmente implantado, le cre- yeron impotente para reprimir otros abusos; mu- — 130 — clios reyezuelos soñaban con declararse indepen- dientes, ^ cada general aspiraba á ser el amo del país. Esto no nacía sólo del reparto territorial, que apenas había dado sus frutos, sino de la de- bilidad del fogoso Yiaco: toda la energía del or- ganizador se convirtió en flojedad en el gobernan- te; el que había resistido un año de fatigas en la guerra, no soportó una semana de deMtes en la paz; los artículos asignados al pago de los fun- cionarios fueron invertidos en la compra de muje- res, y las horas que debía consagrar al gobierno las dedicaba á satisfacer sin medida sus sensuales pasiones.

Urgía, pues, remediar pronto estos males, y así se lo hice presente á mi yerno; pero éste, que por una extraña coincidencia aprovechada por los vates caseros,^ se llamaba c(Buen Camino» (que esto significa la palabra mujanda), no quería comprenderme. Era un hombre de la misma ma- dera que Viaco, y con gran sentimiento mío supe que hasta entonces no se había preocupado lo más mínimo por la suerte del reino, cuando yo, sin otro interés que el puramente humanitario, me había pasado las horas en vela cavilando sobre la situación y revolviendo en mi mente toda la his- toria de la humanidad en busca de las triqui- ñuelas más sencillas y más seguras para restaurar la monarquía legítima, las fuentes de la riqueza y las sabias tradiciones nacionales.

La falta capital de los gobernantes mayas es la pobreza de memoria. Yiven al día porque, ca- reciendo del hábito de la abstracción, no ven más que lo visible, y no pueden abarcar las series de — 131 -