— 207 — nes, al sefior de la Gandaria se le ocurrió decir: — Estamos completamente de acuerdo, Sr. Cid, y he oído con sumo gusto los juicios emitidos por usted; porque estamos devorados por el pesimismo y me complace ver que aún hay hombres que, como usted, tienen fe y esperanza en el porvenir de nuestra desgraciada nación. Pero una pre- gunta se me olvidaba hacerle sobre un asunto que para mí es de importancia capital: ¿cree usted que las instituciones actuales son una solución definitiva de nuestra organización política gene- ral, y que se ha cerrado ya el período constituyen- te y que no se debe tocar en adelante á las leyes fundamentales del Estado?
— ¿Cómo he de creer yo semejante desatino? — contestó Pío Cid casi indignado. — A mi parecer, la organización que hoy tenemos es apropiada á nuestro estado intelectual; no sabemos lo que queremos, valemos muy poco y sabemos poquí- simo; ¿cómo vamos á tener un poder fuerte? Si lo tuviéramos de nombre, ¿cree usted que íbamos á engañar á nadie? Le voy á citar á usted un caso que le ocurrió á un amigo mío, director de cierta Sociedad. El hecho ocurrió en Dinamarca. Este amigo proyectó la construcción de un edificio para establecer en él las oficinas de la Sociedad que dirigía; y deseoso de hacer ver que la Socie- dad era muy fuerte y poderosa, ideó lo que quizás á un arquitecto no se le hubiera ocurrido: poner desde el cimiento hasta la ^íltura del primer piso, en vez de pilastras ó columnas ú otro adorno, enormes elefantes que con sus machuchas patas parecieran sostener en peso aquel palacio. La — 208 — — 208 — idea era discreta, pero no bien intencionada, por- que la fortaleza de la Sociedad de mi amigo era muy inferior á la de un elefante, y acaso hubiera sido más propio idear que el edificio estuviera sostenido en el aire por ligeras mariposas. No había ni dinero para que los elefantes fueran es- culpidos en piedra durable, y hubo que vaciarlos en escayola, y antes que el edificio estuviera ter- minado había elefantes que habían perdido la trompa, los colmillos y las orejas, por cuyas ro« turas denunciaban la fragilidad de la construc- ción y anunciaban al público el engaño.
— ¿Y qué consecuencia saca usted de ese ejem- plo, que en verdad es interesante? — preguntó don Adolfo.
— Muy sencilla — contestó Pío Cid. — Nuestro país es un país de imaginación, y no se conforma con el papel modesto, y á ratos poco airoso, que aho- ra tiene que representar. Hay quien sueña con un poder fuerte y elefantiaco, como si dijéramos, el absolutismo. Y hay que preguntar si tenemos medios para costear esos lujos, si no es más pru- dente ir economizando y reuniendo fuerzas y ro- bustecer el poder político conforme nuestros idea- les vayan necesitando un instrumento de acción más poderoso Don Adolfo comenzó á comprender; y como, no obstante su adhesión al régimen constitucio- nal, él en su interior era absolutista, no pudo contenerse y exclamó: — Luego entonces este régimen de ahora no es definitivo — No hay nada definitivo en el mundo, señor — 209 — - Gandaria, y nuestro sistema parlamentario, lejos de ser definitivo, está ya deseando que le den un puntapié y lo quiten de en medio. Ya le he dicho á usted que. los problemas políticos me interesan menos que los astronómicos; así, pues, yo hablo sin encono, con absoluta imparcialidad é inde- ' pendencia, y le aseguro á usted que es mi convic- ción íntima que nuestro período de devaneo par- ■ lamentarlo no durará un siglo entero. Nuestro .gobierno natural es un gobierno fuerte y duro, ' como nuestro temperamento; la filantropía demo- ' crática nos parece una degeneración de nuestro carácter, puesto que nosotros, quién más, quién amenos, todos somos reyes en nuestra casa y para nuestro fuero interno, y nos gusta que el rey ó gobernador, ó lo que sea del país, lo sea de verdad, para, si llega el caso, lucirnos haciéndole bajar la cabeza. El tipo que más entusiasma á nuestro pue- blo es el de un hombre que, como el Cid, trata al rey de potencia á potencia; pero tales caracteres sólo se forman cuando los reyes lo son de cuerpo entero é inspiran admiración ó temor. Si el rey es un funcionario reglamentado como los demás, los ciudadanos serán borregos esquilados, y el poder nacional, disgregado y disperso, sólo se mostrará en actos mezquinos de autoridades enanas, cuyos desafueros, cuando los cometen, sólo son merece- dores de que se los castigue con un cogotazo. Por esta razón, en cuanto nosotros recobremos nuestro perdido vigor espiritual con sus naturales creces, hemos de querer un gobierno á nuestra semejanza, y el régimen de hoy se hundirá sin que haya tiem- po para componerlo, ni siquiera para apuntalarlo.
14, — 210 — — Magnífico — exclamó D. Adolfo, contenién- dose para que no se le saltaran de gusto las lá- grimas.— Si fueran esas las ideas de nuestra ju- ventud, habríamos entrado en el buen camino para regenerar á nuestra patria.
— Idealismo y fuerza — dijo Pío Cid. — Este de- bía de ser el lema de esa juventud, pues debajo de esos conceptos anchura hay para que todos se muevan, sin romper los vínculos comunes con que nos enlaza la tierra que nos sustenta, y el cielo, bajo el cual hemos nacido, y la tradición intelec- tual que á todos nos ha amamantado, cuando antes de pensar por cuenta propia aprendíamos á pensar en las obras magistrales de nuestra lengua.
— Eso por de contado — dijo su esposo. Y luego añadió: — Dispense usted, señor Cid, que tenga que retirarme; pero no me gusta que me esperen mucho. Espero que esta conversación agradabiH- sima no será la última...Y con los usuales cumplimientos se marcharon los esposos, y se quedaron Adolfo y Consuelo con Pío Cid, hablando del mismo tema político por no hallar otro á mano en aquel instante, hasta que Consuelo, dirigiéndose á Pío Cid, le preguntó: — ¿Es cierto lo que me ha dicho Adolfo, que usted adivina el carácter de las personas por la escritura?
— No quisiera dejar á su señor hermano por embustero — contestó Pío Cid; — pero lo de adivi- 211 — nar es de su coseclia. Hay personas qne adivinan, j otras que analizan la escritura, y muchas qu« explotan la credulidad humana; yo no soy adi- vino ni analizador, y le ruego á usted que no crea en la mayor parte de los descubrimientos de la grafología. Lo que hay de verdad en eso es que algunos de los rasgos del carácter personal se re- flejan en la escritura espontánea, y cuando se ha leído mucho y se tiene gran experiencia y hábito, se acierta á ver en un autógrafo, como en un retra- to, muchas de las cualidades morales del autor ó del modelo.
— Para el caso viene á ser lo mismo — dijo la joven. — Le he hecho la pregunta porque tengo gran interés en que usted me diga su opinión so- bre el carácter de letra de cierta persona.
— Como usted quiera; yo le diré sinceramente mi impresión, ad virtiendo desde luego que puedo equivocarme — dijo Pío Cid.
— Pues voy por las cartas — dijo Consuelo; quien volvió á poco con una cajita japonesa.
Adolfo se levantó diciendo: — Mientras usted analiza esos importantes do- cumentos voy á salir un minuto, que ahora re- cu srdo algo que se me había olvidado.
— Pero Adolfito — insinuó su hermana, — eso no es muy formal que digamos.
— Dispénsame — replicó Adolfo; — pero es u;i asunto que no puedo aplazar Vuelvo sin tar- danza. Y salió disparado, mientras Pío Cid decía: ■ — Se podría asegurar que esta es la hora en que el joven Adolfo espera ver á la señora de sus pensamientos. Hay que ser tolerantes con los — 212 — arrebatos juveniles, puesto que todos hemos pa- sado por ellos...Es decir, yo no he pasado, y bastante me pesa; pero usted se halla en la mejor .edad para comprender — ^No lo crea usted: soy yo más vieja qtie pa^ Tezco — dijo Consuelo, sentándose con un movi- miento elegantísimo en el borde de un diván •como amazona que monta á caballo.
Pío Cid la observó rápidamente y replicó: — ¿Tendrá usted diez y ocho años? • - — De cuerpo — asintió la joven; — pero ¿y de es- píritu?
- — De espíritu— contestó Pío Cid, sonriendo — doce ó trece.
— ¿Eso cree usted? — preguntó Consuelo, son- riendo también, entre halagada y ofendida.
— Hay en usted — afirmó Pío Cid — cierta apa- riencia de mujer dueña de si, experimentada si se quiere; pero yo la atribuyo á que usted tiene mo- vimientos varoniles, sueltos y vigorosos, como de quien ejercita mucho las fuerzas en la equitación ó la gimnasia.
— ¿Me ha visto usted pasear á caballo? — pre- guntó Consuelo.
— No la he visto — respondió Pío Cid; — pero se le conoce á usted muy bien el aire de amazona, así como que, á pesar de ese aire y de su deseo de echarse años encima, es usted todavía una niña.
— Gracias por el cumplido — dijo Consuelo con gravedad cómica. — Ya me figuro á usted con las disciplinas ó con la palmeta castigándome cuando no dé bien la lección.
— No sería ese el castigo que yo le daría á us- ^ 213 — ted — dijo Pío Cid en el mismo tono, — sino qae: inventaría otro que le hiciese más mella y que: á mí no me pusiera en ridículo..;-?,') — ¿Cómo voy á decirlo si aun no ha caído Us- ted en falta? — contestó Pío Cid.
— Pues suponga usted que estoy distraída y no atiendo — dijo la joven, abriendo la cajita japonesa^ y revolviendo las cartas que en ella había sin mi- rarlas, sólo por fingir la distracción.
— Lo supongo — contestó Pío Cid, — y la castigo á no saber hoy lo que iba á decirle examinando esas cartas, y además á rezar la letanía, arrodilla- da delante de la imagen de su devoción.
Consuelo oyó sorprendida aquella peregrina ocurrencia, y miró á Pío Cid de arriba abajo con extrañeza y con miedo. Lo que ella menos espe- raba de aquel hombre era que le impusiese, ni en broma, la penitencia que le imponía; así no supo qué contestar y dejó que Pío Cid explicara su idea. El cual, después de un breve silencio añadió: — Veo que le suena á usted á extravagancia e castigo que le he impuesto, y que á mí me pare- cía el más natural; porque apenas la vi á usted adiviné que su espíritu es muy religioso, aunque á ratos lo distraen ciertas aficioncillas profanas; y como yo quería que mi castigo fuese muy ligero, me dije: pongamos una pena suave en el capítulo de las cosas mundanas, y compensémosla con al- gún ejercicio piadoso. La intención, como usted ve era buena —Lo que me ha sorprendido, le seré á usted franca — dijo Consuelo, — no es lo que me ha dicho 214 — nsted, sino que sea usted quien me lo diga. Cierta persona que no he de nombrar me había hablado de usted antes de que Adolfo le conociera, y me había dado á entender que no era usted nada de- voto.
— Tan pequeño como soy — dijo Pío Cid, elu- diendo la cuestión, — y tan oculto como vivo, y, sin embargo, hay quien habla de mí, y con usted.
— Todo se sabe, amigo mío, todo se sabe — aña- dió Consuelo en son de reprimenda; — y quien me habló de usted le conoce á usted á fondo, y quizás haya tenido con usted algo más que conocimiento, y aun que amistad.
— Eso nada tiene de extraño — dijo Pío Cid, — porque yo no tengo conocimiento ni amistad con nadie, aunque á algunos les llamo conocidos ó amigos. El único sentimiento que yo soy capai?; de sentir es el amor, y lo siento por cuantas per- sonas conozco. Los demás sentimientos son gra- daciones ridiculas, engendradas por la jerarquía social. Si la fraternidad humana estuviera en to- dos los corazones, sólo existiría el amor más ó menos vehemente, según la intimidad de las rela- ciones, pero sin que pudiera hallarse diferencia esencial entre el amor que inspira el pobre men- digo que va por la calle pidiendo limosna y el que se tiene á la mujer que es madre de nuestros hijos. ¿No es triste que por conveniencias sociales no pueda yo decirle á usted que la amo, y tenga que valerme de subterfugios para expresar una sim- patía ó atracción que nada tiene de ofensiva ni pecaminosa?
— Ese es el ideal cristiano — dijo Consuelo, con- — 215 — fusa ante el atrevimiento con que Pío Cid le había dirigido una declaración de amor que podía to- marse en varios sentidos.
— Diga usted mejor — observó Pío Cid — que es el ideal humano, y que es un ideal fácil de conse- guir. No crea usted que yo le hablo así con vani- dad ó con afectación, puesto que, para mí, hacer las cosas como las hago es también comodidad y con- veniencia. Mi manera de entender el amor es vul- garísima y no exige más que una condición gene- rosa: la de no pensar nunca utilizar en nuestro provecho á nuestros semejantes. Yo sé de un jefe administrativo muy ceremonioso que tiene estu- diadas veinte fórmulas para recibir á las personas que van á hablarle, según la categoría de cada una; yo no he podido aprender más que una fór- mula, y con trabajo; para mí todas las personas tienen igual categoría, porque no deseo represen- tar nada, ni busco el favor de nadie, ni conozco á nadie más que por sus obras. Lo mismo pasa en el amor: hay quien admite muchos grados, porque considera á las personas según su interés personal, su egoísmo. ¡ Cuánto más sencillo y hasta cómodo no es medirlos á todos con el mismo rasero, y des- pués unirse más estrechamente con quienes ne- cesitan de nuestro consejo ó de nuestro apoyo I Yo tengo miedo á conocer caras nuevas, porque creo que los hombres somos más bien malos que buenos, y más bien tontos que discretos; mas puesto en el trance de conocer á alguien, le tomo por inmejorable y discretísimo, y me encariño á seguida con él, y le trato con intimidad si com- prendo que puedo serle útil. Y me ha ocurrido — 216 — liiás de iJia vez que, sin buscarlas, he recibido atenciones que oí ios ansian y reclaman cometien- do grandes bajezas para obtenerlas. De suerte que mi conducta no tiene mérito porque no me cuesta ningún sacrificio; al contrario, soy feliz, y ni siquiera doy importancia á la felicidad. ' —Es usted el único — dijo Consuelo — á quien lie oído declararse feliz.
— Y usted podría serlo — indicó Pío Cid — sólo con seguir su natural inclinación. Usted se deja, llevar de ciertas frivolidades y parece, si yo no me equivoco, una joven aturdida y caprichosa. Los jóvenes que en sociedad la galantean le dirán que es graciosísima y ocurrente. Y si celebran sus encantos, se fijarán en todos los que usted tiene menos en el que más vale.
— ¿Cómo se van á fijar? — ¡Dreguntó Consuelo. — Yo soy una de tantas. No esj^antaré por mi fealdad; pero tampoco tengo nada que llame la atención.
—Pero no me negará usted — insistió Pío Cid — • que algún jovenzuelo le habrá echado algunas flores. Y si ha tenido confianza habrá dicho que tiene usted la nariz muy mona y picaresca, y con un gestillo travieso que da que pensar.
— ¡Ay, si le oyera á usted Gonzalito! — exclamó Consuelo, sin poder contener la risa.
— ¿Ve usted como Gonzalito no podía faltar? ■ — observó Pío Cid. — Y de la boca le habrá dicho á usted que revela mucha pasión, como es la ver- dad. Y luego le habrá hablado del talle largo y fino, y de la mano elegante y de la espléndida ca- bellera. De todo le habrá hablado con acierto me- nos de los ojos, porque esto es lo que tiene usted — 217 — inás personal y lo que hace de usted uaa verda- dera mujer, muy diferente de las marimachos que hoy abundan, y que son las únicas que pueden Vivirá gusto en nuestra falseada sociedad.
— ¿Pero qué es lo que tienen mis pobres ojitos? — preguntó Consuelo con aire humilde. . —Tienen la gravedad y la tristeza que hay en usted — contestó Pío Cid. — En usted hay dos per- sonas: una toda usted, alegría, travesura, versati- lidad y una pizca de malicia; otra, sus ojos, que son modestia, seriedad y ciertos asomos de misti- cismo. Por esto al verla yo me he puesto de parte de sus ojos, que son lo que más vale, y le impuse la penitencia de la letanía Adolfo entró de repente y la conversación quedó interrumpida. Consuelo se levantó diciendo: — Voy á dejar la caja; otro día seguiremos nuestras adivinaciones.
. — He llegado tarde — dijo Adolfo sentándose, y cuando volvió Consuelo comenzaron á hablar del tiempo y del modo de saludar, entrar y salir y demás operaciones elementales de que podían ha- blar en inglés ambos principiantes.
Aquella noche Consuelo estuvo muy preocupa- da, sin acertar á explicarse cómo tenía ella ya un secreto á medias con Pío Cid, á quien conocía de unos cuantos minutos, y cómo había sido ella la que había mentido para que su hermano no se enterase de una conversación que nada tenía de particular. Lo que más la impresionó fiíé lo que dijo PÍQ Cid de los ojos, y vatias veces se miró al espejo para examinarse á sus anchas. Lo ciertó es ---pensaba al acostarse— que esíte hombrq, que pa-- — 218 — — 218 — rece tosco y que luego es un finísimo caballero, ha sido el único que se lia fijado en mis ojos, que es lo que yo he apreciado siempre más en mi. To- dos me han hablado de la boca encendida y del respinguillo de la nariz; pero esto abunda más que la peste; y lo que á mí me parecía siempre que valía algo eran los ojos, pequeñillos como son y todo. Y lo más raro es que un hombre de quien Rosita me habló poniendo la cruz me haya acon- sejado rezar la letanía. Parece cosa de burla...En fin, otro día veré más claro lo que esto quiere decir. Gracias que no hay peligro en estas confi- dencias, porque el profesor no parece mala perso- na, y luego podía ser mi padre por sus años.
Se arrodilló delante de una imagen de Nuestra Señora de la Almudena y rezó la letanía con de- voción; pues aunque no tenía costumbre de rezar por la noche, era muy aficionada á las cosas de la iglesia, y entre el deseo de no obedecer y el de aquietar su conciencia triunfó éste. No rezó como una niña obediente, sino porque el ser desobe- diente le parecía una ofensa y casi un desprecio á la Virgen de su devoción. Pero después del rezo y antes de dormirse murmuraba: — Expliqúese como se explique, la verdad es que yo no he rezado nunca la letanía por las noches, y que esta noche la he rezado porque me lo han im- puesto de penitencia. Y no me la ha impuesto nin- gún sacerdote, aunque confieso todos los meses, sino un hombre, un desconocido, que por noticias de Eosita era cosa de persignarse al verle.
En las lecciones sucesivas Adolfo pretextaba, unas veces al principio, otras al medio, salir un — 219 — instante; otras llegaba tarde, y siempre se arre- glaba de modo que su hermana y Pío Cid podían hablar á solas, de lo que Consuelo no se disgus- taba. No lo hacía Adolfo ciertamente por dejarlos solos, sino porque, á pesar de sus protestas, cuando Consuelo le adivinó la intención, estaba medio trastornado desde que dió en pensar en Martina, y en que ésta, según decían, no estaba casada con el que aparecía como su marido. Salía resuelto á llegar a casa de Martina cuando Pío Cid estuviera ausente para ver si podía insinuar sus amorosos sentimientos, y cuando más se atrevió á subir hasta el primer piso.
— Esto no es noble — decía; — Pío Cid es un amigo, y aunque Martina sea la mujer más asom- brosa que yo me he echado á la cara en todos los días de mi vida, y aunque yo esté encaprichado como un majadero, hay que tener firme la cabeza. No es posible que yo esté enamorado, esto es nn arrebatillo que pasará. Después de todo la dichosa Martina es una fiera. Una vez nada más me per- mití decirle una frase amable, de esas que me duele la boca de decir á mis amigas, y me miró con unos ojos que por poco me tira de espaldas. Pío Cid la habrá encariñado con la vida que lleva, y aunque yo le ofreciera un palacio, creo que me daría con la puerta en las narices. A esta mujer hay que entrarle por el ojo, y lo que haga lo hará por amor. Y vaya usted á ver cómo la voy yo á enamorar, estando por medio un hombre que siente la grama nacer La frase es suya. Nada, pacien- cia y dar tiempo al tiempo.
Después de estas y otras análogas reñexione» volTÍa á su casa, interrumpiendo las conversado-' nes cada día más íntimas de su hermana j Pío Gid, quien en breve fué para Consuelo un consul- tor con quien tenía más confianza que con su mis- ma madre. Y lo más extraño era que la joven tenía confianza porque veía en Pío Cid un amigo, t9,n' desajeno de todo lo que oliese á amoríos, que se podía hablar con él como con un confesor; y, sin embargo, raro era el día que no le sacaba á barrera con preguntas imprudentes: .; — ¿Sabe usted quien fué quien me habló de us- ted antes de que yo le conociera? ¿No recuerda usted á Rosita Suárez?
' — fClaro que la recuerdo— contestó Pío Cid, — y le estoy agradecido por el bien que hizo á mi pobre hermana.
t —Sólo que ella — insinuaba Consuelo — ^no sa- bía que estuviera usted casado. Se casaría usted hace poco.
,.. — j^l ele Febrero; pronto hará tres meses — contestaba Pío Cid, el cual en esto no mentía, puesto que consideraba á Martina como su mujer.
( —¿Cómo usted, que dice que tiene tan flaca naemoria para las fechas — insistía Consuelo, — re- cuerda ésa tan bien?
. ■ — Por la coincidencia — replicaba Pío Cid — de que ese día es el del Patrón de la ciudad donde yo lyací, San Cecilio.
— Sería usted poco tiempo novio de su espo- sa— remachaba Consuelo.
— Poquísimo — aseveraba muy grave Pío Cid. - — Como no soy ningún niño, no iba á gastar el tíiempo en preámbulos.
— 221 — — He oído decir — preguntaba otro día Consíie- lo— que Martina, sn esposa, es una beldad de laS -que pocas se ven.
— En eso hay exageración — contestaba Pío Cid. — No es fea, y hasta se la podría llamar her* mosa; pero su mérito principal no es su figura^ sino su humanidad. Es una verdadera mujer, sin aKño, compostura ni refinamiento, con todas las buenas y malas cualidades que la mujer posee poí naturaleza. Su tipo es muy diferente del de usted^ y, no obstante, yo les haUo á ustedes dos un ex- traordinario parecido. i — ¿Y una prima que tiene — preguntaba Con^ suelo, — que se llama Candelaria? Me han dicho también que es una bellísima rubia, casi albina, que no parece española.
— Candelita, como la llamamos — respondía Pío Cid, — es un primor, y tiene un talento clarísi- mo; parece más delicada que Martina, porque es pequeña y delgadita; pero espiritualmente es muy enérgica y su carácter es casi varonil, aunque des- igual.
— Está usted rodeado de bellezas — terminaba Consuelo. — No se dirá que es usted hombre de mal gusto.
— El azar es mi mejor amigo — decía Pío Ci(J sentenciosamente, — y el azar lo ha querido así.
— ¿Por qué me dijo usted días pasados — prer guntaba Consuelo en otra ocasión — que no le gusta pasear más que á pie? ¿Cree usted que yo hago mal en montar á caballo? Pues ¿j si me hu- biera usted visto cuando estábamos en París, que montaba todos los días en bicicleta?
— 222 — — 222 — — No creo que sean malos esos ejercicios — con- testaba Pío Cid; — pero si se exageran, tienen el inconveniente de aturdir nuestro espíritu y pri- varle de su facultad más elevada: la contempla- ción. Nuestro organismo está hecho para percibir en reposo ó en movimiento no muy apresurado, como es el que naturalmente marcan al andar los pies, que son nuestro medio propio de locomoción. Si apresuramos artificialmente el movimiento, las cosas que nos rodean son percibidas con tanta rapidez, que sólo queda de ellas lo más grosero de la forma, desapareciendo cuanto de espiritual y delicado tienen. Cuando viajamos muchas horas en tren, al descender, todos los objetos son pro- saicos; hemos perdido momentáneamente la fa- cultad de contemplar y nos queda sólo la de ver, y al ver nos parecen más vulgares las cosas inmó- viles que las que antes fugaces cruzaban delante de nuestros ojos. Y no crea usted que es grano de anís la facultad de contemplar: es quizás la única que nos diferencia del hombre primitivo y salvaje, que por no saber contemplar las cosas no descu- bre las relaciones espirituales que hay entre ellas y el hombre, y se limita á expresar sensaciones materiales por medio de unas cuantas palabras indispensables para la vida corporal.
— Pero ¿cómo sabe usted — preguntaba Con- suelo— lo que les ocurre á los salvajes?
— Son muchos los exploradores — respondía Pío Cid eludiendo la pregunta — que han estudiado las costumbres de los salvajes, y aunque algunos no se han metido en estas honduras, y otros han creído quizás que cuando los salvajes se quedan absortos — 223 — y como embebecidos están contemplando, ni más ni menos que nosotros, no falta quien haya lle- vado más lejos las indagaciones y haya descubierto que la absorción del salvaje es pasiva, una espe- cie de aturdimiento, que nada tiene que ver con la contemplación de lo espiritual, que brota de las entrañas de los seres. Lo que nosotros perci- bimos por la contemplación es para el salvaje tan confuso, como lo es para nosotros la armonía uni- versal, que sospechamos que nos envuelve cual melodía inefable, engendrada por el movimiento concertado de los átomos, pero que no podemos gozar porque nuestros sentidos son demasiado groseros para percibir tan sutiles sublimidades. Un hombre en quien la actividad excesiva ha des- truido el hábito de la contemplación, es un salva- je aunque vaya vestido á la última moda.
— Eso es decirme indirectamente — interrumpía Consuelo riendo — que yo soy también una salva- jesa, ó como se diga.
— No era esa mi intención — bromeaba Pío Cid; — y, además, usted monta á caballo, y si no ga- lopa con exceso ni trota en demasía, y se contenta con ir al paso ó á un trotecillo moderado, casi es lo mismo que si paseara á pie. Pero de todos mo- dos, bueno es que la gimnasia no sea exclusiva- mente física; pues por macho que interese el vigor del cuerpo, más debe interesar el del espíritu, y no comprendo cómo son tan pocos los que practi- can la gimnasia espiritual.
— ¿Cree usted que yo no leo ni estudio? — re- plicaba Consuelo.
- — Leer ó estudiar no es todo — decía Pío Cid.-r- — 224 — Los ejercicios espirituales son materia complicada, y quizás no haya arte tan difícil y hondo como el de dar vuelo al espíritu, manteniéndole ligado á la naturaleza, de la que no debe separarse, so pena de morir como el pez fuera del agua ó como el árbol arrancado de la tierra. Y lo hondo y di- fícil de ese arte se comprende considerando que su fundamento es el amor. El maestro de ese arte ha de amar á sus discípulos, y si no los ama, no les enseñará ni el abecé. La lectura es un ejer- cicio bueno cuando se lee lo que nos conviene, y malo cuando se leen libros que, aun siendo admi- rables, no producen en nuestra inteligencia una impresión benéfica. ¿ Qué es lo que le gusta á us- ted leer?
— Poesías — contestaba Consuelo; — novelas también; pero son muy pocas las que me agradan.
— Su poeta favorito será Campoamor — decía Pío Cid, como si estuviese seguro.
— ¿Cómo lo sabe usted? — preguntaba Con- suelo.
— Porque usted es humorista por naturaleza — contestaba Pío Cid. — El humorismo nace de una contradicción espiritual que usted posee y que le sale á la cara. Usted tiene la risa en su nariz, gra- ciosa y rebelde, y el llanto en lo hondo de sus ojos, tristes — Yaya, que tiene usted unas ideas — mur- muraba Consuelo bajando los ojos.
En estos diálogos, que á veces se confundían con la lección, y tenían el aire inocente del «¿Ha paseado usted mucho? — No; pero he tocado el violín. — ¿Le gusta á usted bailar? — Sí; pero — 225 —