— 28 — ó menos crecido, hiciste muy mal, á mi juicio; porque el amor debe ser colocado sobre todas las cosas humanas, y yo, puesto en tu lugar, hubiera jugado el todo por el todo, y quién sabe si hoy, en vez de gobernar una provincia, gobernaría el corazón de una mujer tan ingobernable como, por las señas, es el de tu protectora. Pudiste ser amo, y te contentaste con ser protegido; yo hubiera preferido volver al escritorio donde tú estabas, á trueque de poder saborear el recuerdo de una aventura de amor, en la cual, aunque un hombre sea derrotado, saca siempre el galardón de ha- berse puesto á la altura de la mujer amada.
— Ya veo — dijo D. Estanislao — que el tiempo no te ha curado de tu romanticismo, y que ahora que te dedicas á la política, como cuando te de- dicabas á los negocios, sigues fantaseando de lo 4indo. Yo no sé si me enamoré ó no me enamoré de la Duquesa, aunque cualquiera podía enamo- ^rarse; si tú la conoces ahora que tiene treinta y cinco años, te puedes figurar cómo sería cuando tenía veinticinco, que fué cuando yo la conocí; y entonces era, y hoy es, una mujer capaz de entu- siasmar á un corazón de hielo; pero yo he creído siempre que lo primero que debe saber un hom- bre es colocarse en el sitio que le corresponde, y -si yo me hubiera metido en la aventura que á ti te seduce, probablemente me hubiera puesto en ridículo y tendría que vivir aún entre cajas de uvas, naranjas y limones. Si tú llegaras á tratar á la Duquesa, verías si estoy en lo firme; ya te digo que se complace en aparecer como mujer ligera y hasta liviana; pero yo pondría la cabeza porque — 29 — — 29 — cuantos se hayan atrevido á pasar la raya han sido chasqueados. Si tú deseas conocerla, yo te ofrezco una ocasión cuando vuelvas á Madrid, pues pienso enviarle un objeto de arte y quisiera enviárselo con algún amigo, para mayor seguridad y para dar mayor realce á la cosa, que realmente lo merece.
— ¿Qué objeto es ese? — preguntó Pío Cid; y añadió: — No hay que decir que yo lo llevaré, aun- que no sea más que por complacerte, y un poco por curiosidad — Es una cruz de plata repujada — contestó don Estanislao. — Ya verás qué labor tan admirable. Te advierto que la Duquesa es apasionada del arte y protectora de los artistas, y que, en parti- cular, tiene manía por el arte antiguo. Yo le he enviado ya varios objetos de estilo árabe, y ahora me ha caído en las manos esta cruz, que, según los inteligentes, es una verdadera joya. Aunque soy profano en la materia, me parece un regalo digno, no ya de una duquesa, sino de la reina misma en persona.
— Pues quedamos conformes — dijo Pío Cid sa- tisfecho;— y si salgo diputado, te ofrezco llevar la cruz envuelta en el acta para que no se estropee.
— Hombre, es verdad — -dijo D. Estanislao; — soy tan egoísta, que hasta ahora no te he hablado más que de mí, y justo es que te entere de lo que más te interesa. No creas — agregó tocando el timbre y llamando al secretario, quien volvió á poco con unos papeles — que me he descuidado, pues apenas supe que tu nombre entraba en el juego, he apre- tado las clavijas todo lo que he podido, y te tengo, — 30 — — 30 — arreglada la elección que no hay más que pedir. Mira aquí en este papel la lista de los votos de todos los pueblos del distrito, con indicación de los que son seguros á tu favor, por estar ya con- venidas las actas con los alcaldes. Hay pueblos que los dan todos, y otros que los dividen, porque tienen compromisos con la oposición; y en resu- men, según puedes ver, tienes la mayoría asegu- rada. Es decir, contando los votos segaros, te fal- tan sólo siete para triunfar, y quedan dos pueblos en blanco, que son Aldamar y Seronete. De este último me ban ofrecido la mitad de los votos, aunque no tengo confianza, porque es el pueblo donde tienen la mayor parte de su hacienda los Cañaverales, y á última hora puede volver las es- paldas; pero nos queda Aldamar, que da la vo- tación más importante y donde tú debes tener algunos amigos; así, pues, si vas allá y consigues siquiera una veintena de votos, triunfas sin nece- sidad de molestarte mucho. Yo he querido com- prometer al alcalde de Aldamar para que me ase- gure los votos que faltan; pero es un sujeto duro de pelar, porque creo que es el único de la "pvo- vincia que lo lleva todo en regla, no por sí, sino por el secretario, que es un pez muy largo, con el que te recomiendo que te entiendas Item más — prosiguió D. Estanislao, mientras Pío Cid le escuchaba con atención: — debes andar con cuidado con los Cañaverales, pues aunque se dice que se hacen la guerra, yo creo que todo es pura camama.
— Eso mismo creía yo — interrumpió Pío Cid; — conozco á D. Romualdo y sé los puntos que calza, y cuando le he visto empeñado en que yo —:u — me presente, he pensado que sn empeño no tiene más explicación que su deseo de impedir que se presente otro enemigo más temible. El cambio de casaca ha tenido por objeto asegurarse él un puesto en el Senado y traer al Congreso á su pri- mo, con lo cual habrá un Cañaveral en cada Cuerpo colegislador; y si quieres que te diga — añadió bromeando, — me alegraría de que se sa- lieran con la suya, porque en este régimen hueco que gozamos, el símbolo más propio de una Asam- blea política sería un haz de cañas secas.
— No hay que echar á chacota estos asuntos — dijo riendo D. Estanislao, — porque al fin tú te vas á gastar algún dinero y no es cosa de que jue- guen contigo esos palurdos.
— Es que yo no tengo interés en ser diputado — replicó Pío Cid, — y vengo casi por carambola y sin ganas de gastar los cuartos que me va á costar la excursión, no estando, como no estoy, para estos derroches.
— ¿Cómo es eso? — preguntó D. Estanislao, — ¿andas mal de fondos?
— No ando mal, pero tampoco bien — contestó Pío Cid; — tengo que trabajar para comer, y aun- que no me falta, tampoco me sobra.
— Trabajo para editores, escribo en algún pe- riódico y también doy lecciones; en suma, hago todo lo que es menester para sacar setenta ú ochenta duros al mes, pues con menos no se puede vivir en Madrid. Tenía un empleo seguro, pero lo dejé hace poco.
. — Pues siendo así — dijo D. Estanislao, — razón — 32 — de más para que no te descnides; porque la dipu- tación te abriría camino, y si D. Bartolomé de la Cuadra te protege con el mismo interés que de- muestra por tu elección, puede darte un gobierno y hacerte hombre.
— De eso se trataba — dijo Pío Cid; — pero yo no estoy decido á salir de Madrid ni á aceptar ningún cargo.
— En fin — concluyó D. Estanislao, — lo impor- tante es que salgas bien de la elección, y si no sales no será por culpa mía, porque tu distrito es el que mejor he trabajado. Si tú aseguras una docena de votos en Aldamar, el acta es tuya; del resto respondo yo.
Separáronse después de recordar de nuevo su amistad y de ofrecerse sus mutuos servicios, y Pío Cid vino á buscarme al Liceo, donde yo le espe- raba jugando una partida de billar, y nos fuimos los dos dando un paseo hacia la Plaza JSTueva, para hacer hora de comer, puesto que habíamos quedado en comer juntos en la Alhambra. Yo había invitado también á algunos amigos míos, con los que nos reunimos en el Centro Artístico, y les presenté á Pío Cid, á quien ninguno conocía. Sólo Feliciano Miranda, que era de la misma edad, le recordaba como antiguo condiscípulo, y aunque no le había tratado porque Pío Cid no tuvo nunca estrechez con nadie, nos habló muy bien de él y nos aseguró que había sido un estu- diante aventajado. Además de Miranda, vinieron' con nosotros Paco Castejón, Perico Moro, los dos Monteros y el viejo Candente, con lo que nada faltó para que pasáramos la tarde divertidísima.
— 33 — Casi todos mis amigos eran literatos y artistas de fama; de suerte que la comida se pasó discutiendo sobre literatura, y en particular sobre la magna cuestión del colorismo en el arte. Para los postres estaba anunciada la lectura de artículos y poesías de casi todos los comensales. Miranda, que además de ser hombre muy simpático y ocurrente escribía cuadros de costumbres de mano maestra, nos había ofrecido leernos una novelita titulada La Cascara amarga; Gaudente, el viejo, era inventor felicísimo de un género de composiciones que él llamaba «chupaletrinas», é iba á leer por centésima vez algunas muy célebres, en las que desfogaba su ge- nio satírico con gracia inimitable; y, por último, el joven Moro llevaba varios fragmentos de un poema descriptivo, del que se hacía lenguas toda la re- unión. Pero la llegada de dos nuevos amigos á últi- ma hora cambió el programa de la alegre fiesta, y todos los asuntos literarios quedaron arrollados por la gran noticia del día. Los que llegaron eran el periodista Juan Raudo, el hombre mejor enterado de todo lo que ocurría en todas partes, y mi buen amigo Antón del Sauce, cabeza visible del impre- sionismo granadino, y, como quien dice, la mayor autoridad literaria de Granada, puesto que en esta ilustre ciudad sólo se vive de impresiones. Raudo venía deseoso de anunciar á la asamblea la noticia que traía, y en cuanto nos saludó se bebió sin ce- remonia un monumental vaso de vino para dejar expedita la garganta, y con aire misterioso dijo: — Señores, mañana les va á sorprender á uste- des algo que leerán en el periódico, algo de que se hablará pronto en toda España.
3 — 34 — — De fijo que éste nos quiere tomar el pelo — dijo Miranda.
— No será mala la tomadura si llevamos á cabo el descubrimiento — afirmó solemnemente Raudo. — Tomaremos oro bastante para pagar la deuda pública, y nos sobrará para acuñar unos cuantos millones de onzas de las antiguas, que no se las encuentra ya ni con la linterna de Diógenes.
— Ea, déjanos de guasas — interrumpió Caste- jón, con su voz turbia y cascada por el abuso de los espirituosos. — Lee tú, Feliciano, esa novelilla de que nos has hablado.
— ¿Qué guasa ni qué niño muerto? — gritó fu- rioso Raudo. — Se trata de una verdad más grande que un templo. Me parece á mi que el doctor Me- dialuna es un arabista de fama casi universal, y cuando lanza á la publicidad, bajo su firma auto- rizada, la versión del manuscrito árabe descubierto por él, hay que ser respetuosos siquiera — Pero vamos por partes — interrumpió el viejo Gaudente. — ¿Se trata de papeles ó de dineros? Si es de papeles viejos, creo en Dios Padre; de eso están llenos los archivos, y como nadie los en- tiende bien, cada uno los interpreta á su modo y les hace decir lo que le da la gana; pero si es de dinero, y para mayor escarnio de oro, eso perte- nece á la historia antigua. En Granada no queda más oro que esta onza que llevo yo en el bolsillo del chaleco para que no me hagan mal de ojo.
— Pues, amigos míos, de eso se trata — exclamó Raudo. — Ahora sí que se puede decir que vivimos sobre uu volcán, sobre un volcán de riquezas; por- que aquí mismo en este cerro, debajo del palacio — 35 — árabe, qae está á dos pasos, se encuentra escon- dido el tesoro de Alhamar. Ahora que yo lo digo parece esto un disparate; pero ya leerán el trabajo que empieza mañana á publicar el periódico, y todo lo verán llano como la palma de la mano. Alhamar tuvo, durante los años que reinó, más de cuatro mil hombres ocupados constantemente en lavar las arenas del Dauro, que entonces no era lo que ahora, cuando sólo quedan los desechos; entonces, señores míos, traía más oro que arena, ó, por lo menos, la mitad de cada cosa; y la enorme cantidad de oro extraído fué depositado en un subterráneo de esta misma montaña, que por eso se llamó Alhambra, es decir, montaña dorada, y no roja, como algunos ignorantes habían tradu- cido; y ese oro debía servir para construir un pa- lacio maravilloso, que por desgracia se quedó en proyecto, como tantas cosas de nuestro país.
— De suerte — dijo Perico Moro, con tono zum- bón,— que el alcázar que hoy existe lo construye- ron provisionalmente.
— No señor— contestó Raudo; — ese alcázar fué destinado en un principio á los guardianes del tesoro; no era un palacio Real, fué más bien una fortaleza que sirvió de tesorería, ó como si dijéra- mos, fué el Ministerio de Hacienda del reino de Granada.
— Y las inscripciones de ese palacio, ¿cómo se explican entonces? — preguntó cándidamente el menor de los Monteros.
— Se explican mucho mejor que ahora — replicó Raudo. — Así, por ejemplo, el tan sobado «sólo Dios es vencedor», sostiene el doctor Medialuna — seque quiere decir «sólo el oro es vencedor^), inscrip- ción adecuada, á más no poder, para una tesorería. Alah debe entenderse en un sentido metafórico, y esto es lo que los arabistas no habían comprendido hasta ahora. Pero, en fin, yo no digo una palabra más; el que quiera saberlo todo, que lea el trabajo y verá que el asunto tiene más miga de lo que parece.
Largamente se habló y discutió sobre el inespe- rado tesoro de Alhamar, y la concurrencia unáni- memente se pronunció en contra del doctor Me- dialuna.
— Si eso fuera verdad — decía Miranda, — lo único que sacaríamos en limpio sería quedarnos sin la Alhambra, porque la destruirían para descubrir el tesoro; y si llegaban á descubrirlo, el dinero se nos volvería sal y agua, como todo lo que cae en nuestras manos. Más vale que, aunque seamos po- bres, tengamos siquiera un sitio donde tomar el fresco y olvidar nuestra pobreza oyendo cantar á los ruiseñores.
Pío Cid no dijo nada en toda la tarde; pero, sin duda, en su espíritu comenzó á germinar una idea que más tarde salió á luz.
Sus únicas palabras fueron para recordar la promesa que nuestros amigos nos habían hecho de leer cosas de su invención, que seguramente serían más agradables que la exhumación del papelote arábigo; pero era tan escasa la claridad que que- daba, que ya no se veía leer y hubo que dejarlo para otro día.
Moro, el poeta, dijo á Pío Cid que, puesto que tanto le interesaban las letras, sería también cul- - 37 — tivador de ellas, y que si era así se le obligaba á escribir algo para una Revista proyectada por los amigos que allí estaban.
Pío Cid contestó que no era literato de cartel; pero que en caso de apuro, y por dar gusto á sus amigos, era capaz de escribir lo que se le pidiera.
— Puesto que en esta notable asamblea — añadió — hay poetas y novelistas, pintores y arqueólogos que tan brillantemente llenan su cometido, creo que lo único que yo puedo dar que ustedes no tengan, es algo de mi experiencia, obra no de mi capacidad, sino de los azares de mi vida. Me pa- rece que lo único que aquí falta es fuerza; sobran buenos deseos y bellos propósitos, pero la pereza lo echa todo á perder. Cuando yo oí hablar de la revista esa de ustedes, me imaginé que sería una publicación regular, consagrada á mantener siem- pre vivo el fuego sagrado; y ahora resulta que es- tán ustedes preparando desde hace siete años el IDrimer número y que no es aún seguro que apa- rezca después que pasen otros siete. Ustedes se ríen del tiempo, y esta risa es muy peligrosa, por- que hay en el mundo quien trabaja y puede humi- llarnos. Quizás sería lo mejor dejar rodar la bola, si todos lo hicieran así; pero esto no es posible, y antes que venga quien nos obligue á andar contra nuestro gusto, más vale que nosotros andemos por nuestra voluntad. Yo conozco un remedio infali- ble para cnrar la pereza intelectual, y les ofrezco á ustedes dárselo á conocer en un artículo breve, que más que artículo será receta de médico ó una combinación de aforismos útiles para reconstituir el carácter humano.
A poco emprendimos la retirada, pues la mayor parte de los allí reunidos tenían que ir al carmen de los Monteros, donde había organizado para aquella noche un baile popular. Pío Cid, Raudo y yo nos separamos de la reunión y nos fuimos un rato al café. Pío Cid nos dejó pronto, porque quería acos- tarse temprano para estar levantado cuando lle- gara á buscarle el tío Rentero.
Gran obscuridad reina en todo lo tocante al viaje de Pío Cid á Aldamar. Su primer propósito era detenerse en varios pueblos del distrito; pero después que supo que la clave de la elección es- taba en su pueblo, determinó hacer directamente el viaje en dos jornadas, quedándose á dormir la noche intermedia en La Rabióla. Como Pío Cid era hombre que no dejaba las cosas para mañana, se cree que fué preocupado todo el camino, compo- niendo mentalmente la receta que prometió á sus amigos, sin dignarse contemplar los bellos y va- riados paisajes que le iba ofreciendo la pródiga Na- turaleza. A eso de mediodía dicen que se detuvo á merendar á lo campestre, á la sombra de unos ála- mos blancos que estaban en el borde de la carre- tera, y que entonces, viendo á su espalda unos her- mosos trigos tan altos, espesos y espigados, que pa- recía que la Providencia había derramado en ellos todas sus bendiciones, no pudo menos de decir: — ¡Buen año éste para los labradores, tío Ren- teco! Mire usted esas espigas grandes como ma- zorcas, que casi no pueden tenerse en pie. ¡ Valien- tes trigos!
— 39 — — Granaejos están, granaejos — respondió el tío Bentero, con su tonillo alpujarreño, que se acen- tuaba más conforme el vejete se iba alejando de Granada.
Aparte estas palabras, se cree que Pío Cid en la primera jornada no despegó los labios, y dejó desahogarse á su gusto á su compañero de viaje, el cual habló por los dos y un poco mas, sacando á relucir todo lo que sabía de las personas de viso de la capital y de la provincia; y de quien más habló y con mayor elogio, fué de la madre de Pío Cid, de la que dijo un centenar de veces que era la señora más señora que se había echado á la cara, y que era una lástima que una mujer de tanto mérito no hubiera nacido reina ó emperatriz. Pío Cid le escuchaba con paciencia y atención, y así, el uno charlando y el otro callando, y los dos caminando al buen andar de los mulos, llegaron al obscurecer á La Rabióla, donde se alojaron en una posada sin darse á conocer, puesto que el al- calde de este pueblo era de los que habían ofre- cido al Gobernador la votación íntegra, y Pío Cid no tenía gana de gastar saliva en balde. Al rayar el día el tío Rentero aparejó los mulos en un dos por tres, pues como había estado dedicado algún tiempo á la arriería, era un lince, como decía él mismo, para andar entre bestias. Salieron del pueblo sin que nadie los viera, á excepción de un muchacho que estaba recogiendo estiércol y que debía conocer al tío Rentero, porque al verle pasar le dijo: — Güen viaje, tío Frasco; ¿va osté á Aldamar? — Adiós, Cascabancas — contestó el tío Rentero; — 40 - — pa allá vamos. ¿Á cómo te pagan el istiércol?
— A tres ríales la carga — contestó el basurero.
— ¿De las grandes? — insistió el tío Rentero.
— Grandes, que ca una paece un mennmento. Como que son pa el sacristán de D. Esioro — con- testó el zagalón.
Y luego, alzando la voz porque los viajeros se alejaban, gritó: — Pa allá va tamién D. Críspulo; á ese paso presto le alantarán.
— ¿Quién es ese D. Críspulo? — preguntó Pío Cid al tío Rentero.
— Es el cura de este pueblo, que estaba antes en Seronete; un alma de Dios, pero con una lengua peor que una jacha. Verdá que al probé lo tienen veinte años pasando la pena negra y está pa que lo ajoguen con un cabello. De Seronete lo echa- ron porque iba á matar al alcalde. Pero, mírelo osté allá lejos, aquel que va en el rucho debe de ser.
Don Críspulo era, en efecto, v á los pocos mi- nutos Pío Cid y su acompañante le alcanzaron. Sujetaron el paso de los mulos para poder cruzar algunas palabras, y como el borrico de D. Críspulo aceleró el andar para no perder aquellos compa- ñeros de camino que la fortuna le deparaba, bien pronto los tres viajeros se hallaron al habla y el tío Rentero rompió el silencio diciendo: — A la paz e Dios, señón Críspulo; ¿no quié su mercé conocer á los probes?
— Hola, tío Frasco — exclamó D. Críspulo; — ¡quién le iba á hacer á usted por estos caminos y á estas horas I Y luego, que está remozado usted.
— 4:1 — y yo si no le oigo hablar no le conozco. Ya sé ve lo que es buena vida. ¿Qué tal, qué tal? ¿Viene usted ahora de Granada?
— De allí vengo pa acompañar á este señor, que es el hijo de los amos, de los antiguos.
— Celebro mucho conocerle — dijo D. Críspulo inclinando la cabeza. — ¿Viene usted quizás á asun- tos electorales? Porque estos días, como va á haber elección, se ven por aquí algunas personas de la capital que están interesadas en estos manejos.
— Efectivamente — contestó Pío Cid, devolvien- do el saludo. — Vengo con motivo de la elección; pero no es la primera vez que ando por estos caminos; toda mi familia era de Aldamar, y yo mismo me he criado allí — Mi amo — interrumpió el tío Rentero — es hijo de D. Francisco, el de Los Castaños, que osté co- nocería.
— Claro que le conocí — contestó D. Críspulo, — y también le traté, aunque él vivía casi siempre en la capital. ¿Es usted, quizás— añadió encarándose con Pío Cid, — un hijo que dicen que había des- aparecido sin saber cómo?
— El mesmico — contestó el tío Rentero; — como que no tenía otro; pero al fin y á la postre el que es de ley paece, manque se asconda en los centros de la tierra.
— Entonces — continuó D. Críspulo, sin que Pío Cid le contestara á sus preguntas, — usted es el candidato del Gobierno por este distrito. Aquí, en La Rabióla, decían que usted era de los Cides de Aldamar; pero yo, á pesar del apellido García del Cid, no caía en la cuenta de que pudiera ser usted - 42 - - 42 - el hijo de D. Juan Francisco. De todos modos le felicito á usted por adelantado, porque su elección dicen que es cosa hecha.
— Ya veremos — dijo Pío Cid sonriendo; — tal vez esté hecha y yo venga á deshacerla.
— Yo le aseguro á nsted — dijo D. Críspulo ir- guiéndose sobre su jumento — que el distrito está ya de Cañaverales hasta la coronilla, y que no á usted, que es hijo del país, sino al primer cunero que le enviaran, lo aceptaría por salir de las ga- rras de esta innoble gentuza que hoy lo explota. Yo no puedo emplear cierto lenguaje á causa del traje que visto, pero le digo á usted que debía caer durante varios años una lluvia muy espesa de ra- yos encendidos para limpiar estos terrenos de todo lo malo que aquí vive. Estos pueblos no son pue- blos, amigo mío, son nidos de víboras.
— Nodesageremos — dijo el tío Rentero, — que en la capital tamién hay de too, y si digo, hay más pillería que por acá.
— ¡En la capital! — suspiró D. Críspulo. — Para la capital reservo yo el fuego divino que cayó so- bre Sodoma y Gomorra, las ciudades malditas. Y no dejaría que se escapara nadie, ni siquiera Su Ilustrísima el Arzobispo, mi amo y señor — agregó inclinando la cabeza hasta tocar casi las orejas del pollino.
— ¡Jesús, María y José! — exclamó el tío Ren- tero, haciendo aspavientos de susto, mientras Pío Cid se fijaba por j)riniera vez en el lenguaraz sa- cerdote.
Era D. Críspulo un hombre pequeño y flaco, mo- reno, los ojos hundidos y las mandíbulas muy sa- — calientes. Su rostro llevaba impresa las huellas de largas privaciones; pero no se conocía á primera vista si estas privaciones eran hijas de la miseria ó del ascetismo, porque el aspecto descuidado y más sucio que limpio de toda su persona, estaba velado por cierta dignidad nada vulgar en la mirada y en el gesto. Pío Cid se hizo cargo de aquella extraña figura, y luego dijo en el mismo tono respetuoso, con puntas de malintencionado, en que el cura ha- bía lanzado su condenación: — Señor D. Críspnlo, mala idea debe usted te- ner de todos sus semejantes, aunque sean arzo- bispos.
— Mala, no; malísima — contestó el cura; — y bien sabe Dios que me duele tenerla, aunque no sea más que por el sagrado ministerio que ejerzo. Pero los años traen consigo los desengaños, y yo á vece^ llego hasta á compadecer á nuestro divino Reden- tor por haber tenido la generosidad de derramar su preciosa sangre por esta indigna humanidad, qne más bien merecía estar continuamente gober- nada por Nerones y Calígulas y otras bestias más feroces aún. Si á mí me dieran el mando absoluto en estas comarcas, le juro á usted que llamaría en mi ayuda á los africanos para que secretamente se introdujeran en el país y pasaran á cuchillo á todos sus habitantes. ¡ Ah! Señor Cid, usted viene de lejos y no sabe de la misa la media, y no ve ni verá más que lo que le salte á los ojos; pero yo soy perro viejo para roer estos huesos, y aunque me condene á arder perpetuamente en los profundos infiernos, no transijo con la injusticia. Sin ir más lejos, hoy he leído en el diario de la capital una noticia que - 44 — le interesa á nsted: dice que, en vista del estado aflictivo por qne atraviesan los braceros de este dis- trito, el Sr. D. Romualdo Cañaveral ha dado or- den á su administrador para que distribuya abun- dantes limosnas entre los más necesitados; y luego viene poniendo por las nubes la conducta noble y caritativa del ilustre hijo de Seronete, y expresando el deseo de que en breve se vea confirmada la no- ticia de su nombramiento como senador vitalicio. Pues bien, ¿sabe usted lo que hay en esto de ver- dad? Que D. Carlos, el contrincante de usted, está comprando votos á dos y tres pesetas, y que para no descubrir el juego dan ese dinero de J udas bajo la capa de caridad y á són de bombo y platillo, á fin de que sirva, no sólo para elegir al que lo re- parte, sino también para dar lustre y charol al bandido de D. Romualdo, uno de esos seres abyec- tos que la misericordia de Dios tolera que existan para castigo de sus criaturas. ¡Y ver toda esta fa- rándula, toda esta indecencia, prosperar y recibir el aplauso de las gentes, y no poder alzar la voz ni desenmascarar á los criminales! Es decir, yo no me muerdo la lengua, y si mi palabra se oyera en todo el mundo, todo el mundo sabría la verdad; pero no me oye nadie, y mi franqueza sólo me ha