Yo sé lo que es amor: ¡Cuántos amores, Pálidos como flores, Que viven sepultadas en la umbría. Soñando en los colores, Con que la luz del sol las bañaría I Mas yo quiero otro amor, un solo amor, Un fuego abrasador Que derrita este hielo en que cautivo; Un brillante fulgor Que disipe estas sombras en que vivo.
¡Oh amor divino, ten de mí piedad, Muestra tu caridad Con el que en tierra se postró de hinojos; Rompe esta obscuridad, Haz que un rayo del cielo abra mis ojos! ^ Cuando Pío Cid oyó extinguirse los últimos ecos de su canción amorosa, se deslizó sin ruido, de- jando á la Duquesa absorta y como embebecida en la contemplación de lejanas visiones. Largo tiempo duró aquel sereno éxtasis, cuya virtud so- bre el alma de la Duquesa fué tal y tan maravi- llosa, que al salir de él se halló como en un mundo nuevo, ideal y soñado. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y su corazón de ansias temblo- rosas é inexplicables. Creía haber despertado de un sueño profundo, y no sabía fijar el punto en que el ensueño había huido y la realidad había re- cobrado su imperio.
Se levantó con lentitud y se encaminó hacia la puerta por donde Pío Cid había desaparecido; pero no acertó con ella y comenzó á mirar á todos lados como si se encontrara en una casa descono- cida; luego se dirigió al balcón para asomarse á la calle, pero retrocedió impresionada por el es- pectáculo de la bóveda celeste, en la que brillaban nuevos astros que ella nunca había visto y que ahora con su concierto de luz la anonadaban y le sugerían sentimientos de humilde y piadosa tri- — 310 — bulación; por último, se volvió á sentar, y ocul- tando el rostro entre las manos se preguntaba á sí misma quién era aquella mujer que dentro de ella estaba y que le parecía una criatura nueva en el mundo.
Sólo acertaba á comprender claramente el ritmo espiritual que dejara la canción de amor, cuyas estrofas se diría que flotaban esculpidas en las on- das de aire; y entre todas, una, la evocación del dormido amor materno, vibraba con tanta fuerza que la Duquesa no sólo la oía, sino que creía verla, por doquiera en letras brillantes: Yo sé lo que es amor; el amor santo, El puro y noble encanto De la madre que al niño arrulla y mece Al són de un suave canto, Que canción del espíritu parece.
Mientras tanto Pío Cid se había dirigido á buen paso á su casa, aunque gustosamente se dirigiera á un desierto donde poder meditar sosegadamente sobre las raras impresiones que le agitaban, no obstante ser su espíritu tan fuerte y tan avezado á los misterios de la vida. Sacóle de su abstracción el estudiante Benito, que topó con él en las esca- leras de la calle de Villanueva y le detuvo dicién- dole: — Una noticia le espera á usted que le disgus- tará de seguro. ¿No sabe usted que la buena Mer- cedes acaba de largarse de la casa?
— ¿Cómo ha sido eso, pues? — preguntó Pío Cid sorprendido.
— Yo no sé. Creo que todos estaban fuera de casa, excepto D.* Justa. No sé más que lo que me — 311 — ha dicho Valentina Yo no quiero meterme en nada; pero creo que Gandaria anda en el ajo. A mi me ha dado en la nariz, y — Bien está. Esa criatura ha nacido por lo visto para rodar pelota.
— ¿Qué es lo que le ha caído á usted aquí? — preguntó Benito, tocando á Pío Cid en el hombro y cogiéndole después por la solapa de la levita para olería y cerciorarse de lo que fuese aquel ex- traño polvillo. — Parecen polvos de rosa. Tienen un olor finísimo.
— No sé lo que será — contestó Pío Cid sacu- diéndose con un pañuelo y agradeciendo en su in- terior aquel aviso, que le libraba de una gresca con Martina.
— No le detengo á usted más — dijo Benito ba- jando las escaleras; — esta noche volveré un rato.
Entró Pío Cid en su casa malhumorado, y doña Justa se apresuró á repetirle la noticia de la fuga de Mercedes.
— Ya me lo han dicho, y no debe sorprenderme que haya aprovechado para irse de aquí la misma idea que yo le di para escapar de casa de Olivares. Así son las cosas de esta vida. ¿No le dijo á usted nada antes de irse?
— No. Vino llorando á la cocina y me dijo que sentía mucho dejarnos. Casi no podía hablar la pobre. Dijo que esa sería su desgracia, pero que había nacido con ese sino y que qué iba á hacer. Y se fué hecha una Magdalena.
— Bueno; no hablemos más de lo que ya no tiene compostura. Ya sabremos de sobra dónde está y cómo le va.
— 312 — — ^No me mires tan serio— interrumpió Marti- na.— Yo no lie tenido arte ni parte.
— No te miro de ningún modo ni te echo la cul- pa. Si la tuvieras, allá tú te las avengas contigo misma.
— ¿Qué olor es ese que traes? — preguntó en- tonces Martina, que desde que entró Pío Cid no cesaba de aspirar con extraueza el delicado per- fume.— Esto parece cosa de mujer — añadió acer- cándose.— JSTo lo parece, sino que lo es. ¿A ver?...Esta mano es la que más te apesta.
— Será de haber saludado á la mamá de Jaime, que se ha despedido de mí. Se va al Extranjero con su hijo.
— Lo dices así como con sentimiento. ¿Es de verdad que se va? Porque te comunico que la se- ñora esa, ó la tía esa, me está dando muy mala espina.
— Yo no vuelvo más á dar lecciones, y si se va ó no se va, no es cuenta mía ni tuya. Y ten la bondad de no requisarme más, porque no estoy para que me quemes la sangre — concluyó con tono seco, metiéndose en su habitación.
Supo al día siguiente por Valle que Mercedes se había ido á vivir á la calle de Claudio Coello, á un segundo piso con vistas al campo, que Can- daría había hecho amueblar muy decentemente; y en el acto decidió escribir á la joven, no para di- suadirla, sino para quedar con ella en buena ar- monía, pensando en el porvenir, y darle de paso algunos útiles consejos, el primero y principal de los cuales era que no contara nunca á Adolfo las miserias de su vida, ni menos que ella y su j)adre liabían pedido limosna, porque estas confidencias darían al traste con el afecto que su amante pu- diera tenerle. Le decía, por último, que, en caso de verse abandonada, pensara siempre en él y en su casa, que estaba siempre abierta para recibirla; y á fin de que por su flaca memoria no olvidara este ofrecimiento, le enviaba con la carta una moneda moruna de extraordinarias virtudes, diciéndole que no se la daba j)or ser recuerdo de familia; pero que se la prestaba á condición de que le fuera de- vuelta por la misma Mercedes en persona, en el caso de que las relaciones con Adolfo terminaran.
Escrita la carta, fué él mismo á llevarla al co- rreo, cruzándose en la calle, sin conocerle, con un criado de la Duquesa que le traía una esquela de su señora, para entregársela en propia mano. Mar- tina la recibió y la dejó en el despacho de su ma- rido, no atreviéndose por el momento á abrirla; pero después de dar muchas vueltas y de discul- parse á sí misma con la razón de que entre un hombre y una mujer que se aman no debe de ha- ber secretos, rasgó el tentador sobre y leyó una sola línea de firme y resuelta escritura, que decía no más: ccEsta tarde estaré en casa. — S.»
— ¡En casa! — exclamó Martina, como si le hu- biese picado una víbora. — ¡Y S!, P debía de fir- mar, y Pu, y Dios me j)erdone. Esto no pasa de aquí Ahora se verá quién es Martina de Gomara.
Y en un vuelo se calzó, se echó una falda y se puso el abrigo y el sombrero que halló más á mano, y se lanzó escaleras abajo resuelta á acudir á la — 314 — cita y verse cara á cara delante de aquella mujer que tan impúdicamente trataba de robarle el pa- dre de sus hijos. Mas pocos pasos había andado cuando, al pasar por delante de una peluquería, vió en el escaparate dos cabezas de mujer, tan linda y primorosamente peinadas, que la hicieron dete- nerse un instante á contemplarlas; vió también su propia imagen multiplicada en varios espejos y se acobardó y perdió su resolución. ¿Cómo presen- tarse de aquel modo delante de una encopetada señora, que quizás ni querría hablar con ella, to- mándola por una criada? Volvió, pues, á desandar lo andado, y entró en su casa como una flecha y co- menzó á revolver los armarios y los cajones de la cómoda para vestirse con los trapicos de cristia- nar. Se puso los zapatos de charol y el vestido ne- gro de seda, y el sombrero de castor con plumas verdes, regalo de su marido; los mejores zarcillos y el velo de motas grises; las pulseras y el aderezo de perlas y esmeraldas, sin olvidar el manguito y el precioso quitasol de encaje. Aun con todos estos adornos le pareció su figura poco expresiva, y tuvo por primera vez en su vida la idea de pintarse; halló en un cajón del tocador un pedazo de corcho quemado, que le servía á Valentina para untarse de negro las cejas, que de puro claras apenas se le conocían, y subiéndose el velillo se pintó un poco las cejas y pestañas, con lo que sus grandes y rasgados ojos se asemejaban á dos simas infer- nales.
En estas idas y venidas topó, sin pensarlo, con la ropa de su marido; y como de repente se le ha- bía despertado una terrible desconfianza, la regis- — 315 — tró, y para colmo de su desventura halló en el bolsillo interior de la levita el retrato de la Du- quesa, el de los ojos bajos, que Pío Cid, por no pa- recer desatento, no quiso devolver. Gran esfuerzo tuvo que hacer para no echarse á llorar, y acaso no lloró por no descomponerse el rostro; mas su rabia fué tal, que del despacho fué derecha á la cocina, y con ideas siniestras cogió un cuchillo que escon- dió dentro del manguito. Entró en la alcoba á dar un beso á los niños, que dormían como dos ánge- les. Su mamá, que estaba allí cosiendo, le pre- guntó: — ¿Adónde vas tan compuesta?
— Voy á buscar á Pío para dar un paseo. Me duele la cabeza, y yo creo que es de estar siempre encerrada en casa.
- Volvió Pío Cid á poco, y lo primero que vió al entrar debajo de la mesa de su despacho fué el so- bre de la carta de la Duquesa, cuya letra conoció al punto; entró en la sala y halló todas las cosas por medio; preguntó por Martina y supo que ha- bía ido á buscarle.
— No hay duda — pensó; — el buscarme es un pretexto, y adonde va es á mover un escándalo. Vamos allá.
A mitad de camino la divisó marchando tan erguida y gallarda que para verla más tiempo aflojó el paso y le fué haciendo la ronda hasta que, cerca de la casa de la Duquesa, le dió alcance. Antes que él le hablara volvió ella la cabeza y se detuvo.
— Hace un rato que te sigo — dijo él;— ¿adónde diablos vas á buscarme? Al menos tu madre me — 316 — acaba decir que ibas en busca mía para dar un paseo.
— Algo más que un paseo — contestó Martina agriamente.— Voy á devolver á su dueña un re- trato que he encontrado en tu ropa. Tú no tienes aquí nada que hacer.
— Siempre tomas las cosas por donde queman. Ni siquiera me acordaba de tener tal retrato. Por olvido no lo devolví.
• — Y te lo dieron y lo tomaste por olvido, ó es que ibas á formar nna galería de bellezas. Mal gusto has tenido para empezar, porque tipos como ése los encuentras en medio de la calle á cualquier hora.
— No seas majadera, mujer. Ese retrato me ha servido de modelo para hacer un dibujo; no me lo han dado á mí, ni había para qué Pero va- mos andando, y no estemos aquí de plantón.
— ¿No dices que no te importa nada la so- ciedad?
— No me importa; pero tampoco me agrada dar espectáculos en la vía pública. ¡Y que no estás llamativa en gracia de Dios!
— Pues con irte está resuelta la dificultad.
— Me iré; y tú te vienes conmigo, y andando me dirás todo lo que quieras.
— Antes tengo que entregar el retrato y hablar cuatro palabras con esa señora.
— El retrato se le puede enviar por el correo. Yo se lo enviaré, diciendo que me dispense el ol- vido.
— ¿Pero tú crees que yo me mamo el dedo? — Lo que es ahora te pasas de lista. La señora — 317 — esa supo que yo era algo dibujante, y tuvo la ocu- rrencia de que le hiciera un retrato á la pluma. Esto es todo.
— Y ¿cómo no lias lucido esa habilidad conmigo?
— Porque tú no estimas esas cosas. No les ha- ces caso; dices que son tonterías. Ayer, sin ir más lejos, te di á leer algo mío, y dijiste que no te gustaba perder el tiempo en cosas inútiles.
— Pero un retrato si me gustaría que me lo hu- bieras hecho.
— Pues te lo haré hoy mismo Pero vámonos de aquí, que si no nos van á dar cencerrada.
— No me muevo si antes no me ofreces que mañana mismo te vas á Barcelona á arreglar casa para que todos vivamos allí. Es una idea que se me ha ocurrido hoy — agregó Martina, que no quería descubrir lo de la carta de la Duquesa; — no es por nada. Es que no quiero más Madrid, ni engarzado en diamantes. Esto es una zahúrda; aquí no se respetad nadie. Ahora, al salir de casa, venía siguiéndome, ¿iio lo has visto?, un viejo verde que podía ser mi abuelo. ¿Qué le parece á usted? Ganas me han dado de volverme y me- terle la sombrilla por los hocicos.
— Ya veremos despacio lo que conviene. No tengo interés por estar aquí ni en ninguna parte del mundo. Todo me parece lo mismo y en todas partes me encuentro como el pez en el agua, en agua sucia, se entiende. Si puede ser me iré.
— No es si puede ser; has de decirme que sí, y que mañana mismo, sin falta.
— Bueno; ofrecido — afirmó Pío Cid echando á andar.
— 318 ^ — Pero no creas — agregó Martina, siguiéndole recelosa — que te vas á ir á vivir donde está mi prima.
— Tu prima no está en Barcelona. — ¿Cómo lo sabes?
— ¿No me diste tú á leer una carta en la que decía que se iba contratada á Bilbao y después á Oporto?
— Es verdad — asintió Martina;— no sé lo que me digo. Tú tienes la culpa de lo que me pasa. He perdido la fe en ti, y me parece siempre que vas á engañarme. Yo no puedo ser ya feliz — añadió, á punto de llorar. — Te creía un hombre leal, y veo que eres falso como todos. Luego te quejarás de que te pierda el cariño que te tenía ¡Sí! Te lo voy perdiendo; te lo juro.
— Esas son niñerías. Mañana no te acuerdas más. Y yéndonos de Madrid, con mayor razón — Una idea se me ocurre para celebrar la des- pedida— dijo Martina al salir por la calle del Bar- quillo á la de Alcalá; — vamos á comer juntos donde primero se nos antoje. Con el disgusto se me ha abierto el apetito Pero no lo eches á broma; cree que cuando vi el retrato me dió un vuelvo el corazón. Pero, hombre — agregó sacando el retrato del manguito, — si no vale nada la mu- jer ésta; yo creía que era otra cosa. Vamos, ¡bahi (rompiéndolo en varios pedazos), ni siquiera vale la pena de devolverlo. Supongo que no te ofende- rás porque lo tire por ahí (tirándolo por la boca de una alcantarilla). Después de todo — No me ofendo por nada; pero ¿qué es lo que llevas ahí en el manguito?
— 319 — — Un cQcliillo. Quizás si no me alcanzas, á estas horas hubiera hecho con el original lo que acabo de hacer con el retrato. Y si no te vas mañana, así, así, riendo, haré algo gordo. ¿No te he dicho que tú no me conoces á mí?
— Sí te conozco, y sé que tienes sangre y que la sangre te ciega y te hace ver lo que no existe más que en tu imaginación. Pero ¿y ese apetito?
— No es de comer muchos platos — dijo Mar- tina, cogiéndose del brazo de Pío Cid; — es un deseíllo que me ha venido de comer fuera de casa, ¿te acuerdas cuando el embarazo? Entonces eras más amable. Vosotros los hombres, en cuanto una mujer tiene chiquillos, la jubiláis, como si ya no sirviera para nada. ¿Sabes lo que más me apetece? Unas ostras y una copita de manzanilla.
— Pues si quieres entraremos aquí.
Martina soltó el brazó de Pío Cid y entraron en Fornos. Como entraron en un cuarto reservado, no ha sido posible averiguar la interesante con- versación que allí tendrían; pero el viaje debió quedar decidido, porque al día siguiente bajaron los dos á la estación del Mediodía á la hora del expreso, en el que salió Pío Cid para Barcelona, donde el porvenir le reservaba nuevos y útilísimos, al par que famosos trabajos. Martina no le dejó pie ni pisada hasta verle partir, desconfiada y te- merosa de que, si le dejaba solo, fuera á despedirse de la Duquesa.
Pío Cid partió contento, porque en estos cam- bios decididos por el azar, y á los que él nunca se opuso, creía ver la acción de la fuerza misteriosa que rige la vida de los hombres, encaminándoles — 320 — hacia sus verdaderos destinos. Sin embargo, la idea de liaber vuelto á la Duquesa las espaldas sin una mala excusa le preocupaba, é iba pen^ sando remediar esta involuntaria desatención con una carta de despedida. Como lo pensó lo puso por obra; en la parada de Alcalá de Henares pasó, al coche-comedor, y pidiendo avíos de escri- bir urdió una original y piadosa misiva, que echó en el buzón al detenerse el tren en Guadala- jara.
Á otro día, por la tarde, volvía la Duquesa á su casa, después de tener una larga y secreta entre- vista con su galanteador favorito, el arrogante ca- pitán de húsares, y créese que, no obstante lo que las malas lenguas murmuraban, no había habido nunca en estas relaciones nada pecaminoso, y que fué este día, y no antes, cuando se rindió la for- taleza de la virtud y del recato de la Duquesa, la cual dicen también que, por descargar su con- ciencia del peso de su falta, echaba la culpa de ella á los consejos liberales de Pío Cid. No fué leve su sor^Dresa cuando halló el mensaje de éste, escrito fuera de Madrid á juzgar por el sobre. No era carta, ni tenía fecha ni firma; no era poesía ni prosa; era una gota de bálsamo envuelta en una alegoría, cuyo sentido íntimo escapaba á la penetración de la Duquesa, aunque el efecto que le produjo faé de arrepentimiento por el mal paso que acababa de dar, y de nueva y más honda des- ilusión por el amor de los hombres; era un diá- logo entre una Sombra y un Enamorado, y decía así: — 321 — SOLEDAD.
La Sombra.
De amor soy mensajera Que á consolarte viene. La mujer que tú adoras Me envía á ti y á ti vine volando En un suspiro que nació en su pecho.
El Enamorado.
¿Vienes de un pecho amante? ¿No vendrás de unos labios mentirosos?
La Sombra.
Yo soy como el espacio en noche obscura Cuando están escondidas las estrellas. Aire parezco y sombra, Mas el fuego amoroso va en mí oculto.
El Enamorado.
Ya no hay fuego ni amor; Sólo queda una sombra en un desierto: El desierto es el frío de la vida, Y la sombra es el humo de las almas.
La Sombra.
¡Vagar sin esperanza por la tierra! ¿A qué la vida si el amor perece?
El Enamorado.
Aun, si me fueras fiel, Me quedas tú en el mundo, Sombra amada* 21 — 323 — Muere el amor, mas queda su perfume. Voló el amor mentido, Mas tú me lo recuerdas sin cesar La veo día y noche.
En mi espíritu alumbra El encanto inefable De su mirada de secretos llena.
Arde en mis secos labios El befo de unos labios que me inflaman, Y cerca de mi cuerpo hay otro cuerpo Que me toca invisible.
Mis manos, amoroso Extiendo para asirla Y matarla de amor entre mis brazos, Y el cuerpo veloz huye Y sólo te hallo á ti, ¡mujer de aire!
La Sombra.
De amor soy mensajera; Cree y confía. ¡Sigúeme!
El Enamorado.
Ya no hay fe ni esperanza; Todo murió; mas tú no me abandones. Murió al pensar en los amores vanos Que siembran nuestra vida De tormentos crueles. ¡Sombra amada! Mi amor es siempre tuyo. Como no tienes cuerpo eres eterna. Sé tú el veloque nubla mis sentidos; Yo seré para ti la luz piadosa Que de la nada crea la ilusión. Voy lejos, no sé s dónde; Mas no voy solo, tú vas junto á mi. Vas flotando, flotando Como una sombra que eres, Una estatua esculpida en noble espíiitu, Pura idea de amor - 323 — Con larga cabellera luminosa.
No puedes fatigarte; Mas si te fatigaras, como á un niño Te tomaré en mis brazos con ternura^ Te meceré, poniendo tu cabeza Junto á mi corazón, Y dormirás soñando en un misterio.
FIN DEL TOMO SEGUNDO.
1 V OBRAS DE ANGEL GANIVET.
ESTUDIOS.
-y Granada la bella. — Edición privada. — Helsingfors. IS'.Mj.
OBRAS NOVELESCAS Y DRAMÁTICAS.
La conquista del reino de Maya por el último conquistador espaTwl Pío C/í/. —.Aíadrid, 1897. trnhajos del infatigable creado^' Pío Cid. — Tomos i y ii.
--:Madrid, 1898^ La Tragdia. — Testamento místico de Pío Cid. (Inédita.) La casa eterna. (Comedía de costumbres andaluzas.)
Cartas finlandesas. — Granada, 1898.
Hombres del Norte. — Semblanzas criticas de literatos no- ruegos, dinamarqueses, suecos y finlandeses. — (En pu- blicación.)
Se hallan puestos á la venta: La conquista y Los trabajos á 3 pesetas el tomo, y el Idear ium español á 1,50.
Diríjanse los pedidos: En Madrid, á Victoriano Suárez, Preciados, 48, y en Granada, á Viuda é hijos de P. V. Sa- batel, Mesones, 52.
Jdeariiim español. — Granada,!897. La vieja Europa. — (En preparación.)
COLECCIONES DE ARTICULOS.
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