SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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El único que con anabas manos le sostuvo el pulso fué Cook, excelente gimnasta y gran ciclista, como representante que era en España de varias casas constructoras de aparatos velocipédicos. Y Cook decía que sus puños estaban acreditados hasta en Inglaterra.

3)La entrada triunfal de la paella en manos de la propia D.^ Paulita dió fin al certamen, y todos ocuparon sus puestos.

))Orellana, satisfechísimo, dijo á la criada que trajera algunas botellas de las que habían llevado para él aquella tarde, y Bonilla proclamaba las -excelencias del duelo á pulso.

)) — Hasta resulta más noble — decía — darse las manos en el acto de batirse, que no dárselas des- pués del modo ceremonioso que se emplea en los duelos ordinarios. Ha sido una idea magnífica, D. Pío.

)) — Y á propósito, D. Pío — dijo Orellana, — ¿sabe usted para qué he hecho el encargo del vino y de algunas otras cosillas? Pues se trata de pasar el rato en el baile de la Zarzuela, y contamos también con usted.

)) — Me extraña — contestó D. Pío — verle á usted tan sacado de quicio, ¿De cuándo acá?

)) — Un día es un día, y yo, como quien dice, ce- lebro mi despedida de la vida de hombre soltero. No hay que ser tan puritanos. ¿Usted viene desde luego?

)) — Hombre, yo no me despido de la vida de sol- tero, porque afortunadamente no pienso casarme ni lo he pensado nunca. Ni creo que estoy para esos trotes, que no soy ya un muchacho como ustedes.

— 08 — » — Pues si acaba usted de arrumbarnos á todos^ como trastos viejos.

j> — Eso no tiene mérito, porque es en mi heredi- tario. Ya sabe usted que yo me llamo Cid de ape- llido, y en mi familia se conservaba la tradición de que el primer Cid que se estableció con los su- yos en Aldamar poco después de la expulsión de los moriscos, era de los viejos Cides castellanos, descendientes de los Díaz de Vivar, que cambia- ron el apellido en recuerdo del famoso Cid Cam- peador. Y éste, según las leyendas, tenía la mano- dura.

)) — De todos modos, usted tiene más alientos que un joven y no debe ser tan meticuloso ni tan re- traído. Un día es un día. Conque no hay escapa- toria.

>)Don Pío no contestó, quedándose absorto como quien desea recordar algo que no le acude á la memoria.

))Entretanto los comensales elogiaban la paella con frases que llenaban de satisfacción á doña Paulita.

-j¡> — ¿En qué piensa usted, D. Pío? — insistió Ore- llana, después de un momento de espera. — Se dirá que la idea del baile le recuerda á usted alguna historia antigua.

)) — No hay tales historias antiguas ni modernas, ni yo he estado nunca en ningún baile de másca- ras. Y si les dijera á ustedes lo que pienso se rei- rían de mí, estoy seguro.

)> — Dígalo usted, que no nos reiremos — suplicó D. Benito.

)) — Ustedes no creerán — dijo D. Pío — que un — 69 — iiombre que no teme á nada ni á nadie en el mundo tenga miedo de las máscaras.

y> — ¿Y usted tiene miedo? — preguntó asombra- do Cook.

D — Yo tengo miedo, sí, señores — contestó don Pío; — y si ustedes pensaran como yo, lo tendrían también.

)) Todos alargaron las orejas y se prepararon á oir algún relato maravilloso.

y> — La experiencia de la vida — prosiguió don Pío — me ha dado la convicción de que yo domino absolutamente cinco de mis sentidos corporales, y de que en cuanto á ellos toca soy amo de mí mis- mo, más que amo, déspota. Pero hay un sexto sentido que no cae por completo bajo mi poder, y que es una puerta abierta por donde temo que llegue hasta mí, el azar, que jaega y se divierte con todos nosotros, cuando nosotros nos abando- namos á él.

)) — ¿Y cuál es ese sexto sentido? — preguntó Orellana. — Porque yo creía que eran cinco sola- mente: ver, oir, oler, gustar y tocar.

)) — Hay además el sentido de la orientación — dijo D. Mariano, — y el muscular ó de la resis- tencia.

» — No me refiero yo á esos — dijo D.Pío, — esos son variedades de] tacto, y aunque sean sentidos distintos no tienen importancia mayor.

)) — Entonces será un sentido inventado por us- ted— dijo riendo D. Mariano.

» — Yo no invento nada — continuó D. Pío. — Ustedes habrán visto alguna vez una mujer vestida <le máscara con un capuchón que la cubre por — 70 — completo, y habrán experimentado una sensación? extraña, y luego habrán pensado que esa sensa- ción provenía de la idea de que aquella mujer era una beldad rara, algo desconocido, fantás- tico.

)) — Eso es cierto — afirmó Sierra. — Y no hay mujer enmascarada que no parezca hermosísima al mirarla al través del disfraz, al adivinar los ojos llenos de fuego y la boca encendida, y al ver aso- mar la garganta, que es bella en todas las mu- jeres.

)) — Pues bien — dijo D. Pío; — esa idea vulgar es un gran error, que ha impedido que se ahonde en el asunto y se vea lo que hay dentro de él. Y hay muchísimo. No es que se adivine nada, ni que nos seduzca lo misterioso; es que recibimos directa-' mente, sin intervención de los cinco sentidos, que el vulgo admite, la sensación del amor. Hay más- caras simpáticas y antipáticas, y si al amigo Sie- rra le parecen todas hermosísimas, es porque se acerca á las que le han inspirado simpatía. Y esta atracción ó repulsión no es cosa del sentimiento, sino de la sensibilidad; es una sensación como la del color ó el sonido. Como existe lo negro, ó ne- gación de la luz, y la luz blanca ó indistinta, y por descomposición de ésta los colores del iris y sus matices; y como existe el silencio, ó negación del sonido, y el sonido indistinto, y por descomposición de éste las notas de la gama y sus variedades, así existe también la repulsión ó negación del amor y la atracción ó amor indistinto, y por descompo- sición de éste, una escala de sensaciones amorosas, cuyas combinaciones forman el arte de la vida.

— 71 — — 71 — sentimental. En la pintura ó la música hay mu- chos que admiran las obras de arte, y hay también quien las crea pasando por el penoso aprendizaje del dibujo y estudio de los colores ó del solfeo y ejercicios de ejecución. En el amor nadie ha crea- do jamás una obra propiamente artística, porque se desconocen las sensaciones elementales. Se ha escrito mucho sobre la psicología del amor, pero lo que se ha escrito tiene la misma utilidad que la crítica de las obras de arte. Y aun menos, porque en el amor los sabios estudian obras no de nues- tro saber, sino de nuestro instinto; y tanto valdría estudiar como composición musical la serie de so- nidos que, según la fábula cuenta, arrancó á una flauta el burro flautista.

)) — Y ¿qué ciencia ni qué arte quiere usted que haya en el amor? — interrumpió Orellana — ¿Está en nuestra mano amar ó dejar de amar, ó hacer las cosas de distinto modo que las hacemos?

)) — Sí lo está — contestó D. Pío. — Y sólo un pudor mal entendido nos mantiene en la ignoran- cia que padecemos. ¿Qué diría usted de un hom- bre que para ver un cuadro cerrara los ojos y aplicara el oído, y para oir una sonata se tapara los oídos y abriera desmesuradamente los ojos?

)) — Diría que era un estúpido — contestó Ore- llana.

)) — Pues más estúpido es — dijo D. Pío — quien se enamora de una mujer viéndola, oyéndola, oliéndola, gustándola ó palpándola. Yo veo á una mujer, aun la más hermosa, como podría ver el pórtico de una iglesia. Y la oigo, si tiene la voz agradable, como una sinfonía, y aun el roce del — 72 — vestido al andar, que á otros tanto les seduce, á mí me suena á ruido de hojas secas, arrastradas por el viento. Y si va bien perfumada, me parece que estoy oliendo una caja de perfumes. Y si llega la ocasión de besarla y percibir su sabor, la gusto como podría gustar una fruta. Y si la toco y en- cuentro fina y sedosa la piel, me figuro que estoy acariciando á una gata. Y todo esto me ocurre porque yo he aprendido á conocer la sensación pura del amor y á separarla en absoluto de las demás sensaciones, que poco, casi nada, tienen que ver con el amor. Se compadece al ciego ó al sordo porque les falta un sentido; más digna de compasión es la humanidad, que tiene un sexto sentido más importante que los otros, y no lo usa por ignorancia )) — No sé por qué — interrumpió Orellana con gravedad — me figuro que va usted á decir alguna inconveniencia de marca mayor.

y> — Pues está usted muy equivocado, amigo mío — replicó D. Pío secamente, — y por sí ó por no hago aquí punto redondo.

)) — No haga usted caso del señor Orellana — dijo Pepe Rodríguez, — y díganos lo que nos iba á decir, que nos interesa de un modo extraordinario.

— Yo tambiéü escucho con vivo interés á don Pío — agregó Orellana, — y mi observación no tenía malicia ni es motivo para que nos deje á media miel.

)) — Otro día será — dijo D. Pío. — Por hoy baste saber que si los hombres ejercitaran su sexto sen- tido, evitarían los engaños del amor, causa prin- cipal de la bajeza humana. Nosotros vemos que — 73 — el sol se mueve, y que un bastón introducido en el agua se quiebra, y que los objetos que están fijos se mueven en sentido contrario del tren puesto en marcha, y que dos largas hileras para- lelas de árboles se van juntando hasta tocarse sus extremos; y rectificamos éstos y otros errores vul- gares porque conocemos la sensación óptica y sus leyes y anomalías. En la atracción amorosa las anomalías son inmensas; pero no es posible corre- girlas, porque se desconoce la sensación pura y se echa mano de otras sensaciones que nos engañan más aún. Yo puedo asegurar que jamás me ena- moraré de una mujer como ustedes se enamoran; los cinco sentidos de uso corriente no sólo no me sirven para enamorarme, sino que me distraen y me libran de caer en el verdadero amor, que sería el que llegase á mi espíritu por el sexto sentido. Una vez vi pasar por mi lado una máscara con un capuchón negro que la cabría de pies á cabeza, y sentí una emoción que jamás había sentido en mi vida; era una mujer, y si yo la hubiera segui- do, no estaría hoy con ustedes. Quizás era un monstruo de fealdad ó de depravación. ¿Qué im- porta? Era una mujer que á mí me dió la sensa- ción pura del amor, una sola, pero tan fuerte, que contra ella nada hubieran valido las de los otros sentidos juntos. Y he aquí por qué á mí me dan miedo las máscaras.

)) — Dispense usted — dijo Vila — que no com- prenda ese miedo. Porque si á mí me pudiera dar una máscara ese amor que usted nos pinta, yo la buscaría aunque tuviera que ir al centro de la tierra.

— 74 — )) — Porque ese amor — replicó D. Pío— le daría á usted la felicidad que usted desea.

2> — Y ¿usted no desea la felicidad? — pregunta- ron á una Vila y Orellana.

3) — No le doy importancia — contestó D. Pío. — Es una forma de la vida, pero no es la vida. ¿Qué ganamos con que á un tonto le adore una mujer y le haga feliz (cosa que á diario sucede), si el tonto continúa cometiendo tonterías y po- niendo en ridículo á la especie humana? Y ¿qué se pierde con que un hombre de genio viva en la soledad y pase grandes amarguras, si la soledad y el dolor le inspiran nobles pensamientos que realzan á la humanidad, ofendida por el tonto feliz? Yo no soy enemigo del amor, pero sé que hay en el mundo algo más grande que el amor, y por este algo es por lo que yo vivo; y porque pre- sentía que el amor sería un obstáculo en mi vida, lo sacrifiqué tiempo ha y huyo de él, y huiré mientras el cuerpo me haga sombra.

)) — Y ¿se puede saber qué es para usted eso má& grande que el amor? — preguntó Orellana. — Por- que para mí lo primero es mi fe, y por ella lo sacrificaría todo; pero usted, que es bastante descreído, no sé qué pondrá en el primer lugar. Voy á serle enteramente franco; desde que le co- nozco le he tenido á usted por un hombre sin ideales, por un hombre tan hondamente escép- tico, que no hará nada jamás, no por falta de in- teligencia ni de energía, sino por falta de eso, de amor á algo que le saque de la quietud en que vive.

)) — Es que yo me muevo por dentro — dijo don Pío, sonriendo y levantándose.

— 75 — Y ya de pie, cogió una copa de Jerez, que no había gustado hasta entonces, se la acercó á lo& labios y añadió: 2) — Brindo porque al amigo Orellana no le falte la fe jamás.

3> — Y yo brindo porque usted la tenga algún día — contestó Orellana levantándose.

))A1 mismo tiempo, algunos comensales se dis- ponían á brindar también, mientras otros toma- ban los postres.

)) — Yo brindo — dijo Vila, dirigiéndose á su com- pañero— porque pronto seas el notario que otorgue más escrituras en España.

)) — Y yo —dijo Bonilla — brindo porque se tras- lade á Toledo y deje la notaría para hacerse canó- nigo.

)) — Pues yo brindo porque se case y tenga una docena de chiquillos — dijo D. Mariano.

y> — Yo porque sea cacique de su distrito nota- rial— brindó Pepe Rodríguez.

D — Yo brindo — dijo D. Camilo de Aguirre le- vantándose— porque vuelva alguna vez á Madrid á pasar un rato con nosotros.

)) — Yo brindo — dijo Sierra — porque venga, pero no sólo á divertirse, sino como diputado, para defender en el Parlamento la causa de la morali- dad y de la justicia.

y> — Yo — dijo Cook, por no ser menos que los demás — brindo por su prosperidad, y porque esta prosperidad no le haga olvidar á sus amigos de Madrid.

)) — Y yo — brindó D. Benito — porque con el tiempo sea notario donde yo sea farmacéutico.

— 76 — )> — Eso es lo mismo que si brindaras por ti — interrumpió Pepe Rodríguez.

2> — A mí me parece — dijo Orellana — que lo que ha querido expresar es su deseo de que vivamos cerca, y éste será también mi gusto, porque, aparte nuestras peleas, D. Benito es un amigo de corazón.

)) — Señores — dijo D. Serapio, — yo no quiero que- darme sin brindar. Brindo porque el nuevo nota- rio no tenga nunca ronqueras como la que á mí no me deja hablar.

))Todos los brindis merecieron la aprobación de la concurrencia; y no obstante el tono espontáneo y ligero con que fueron pronunciados, dieron al final de aquella comida cierto aire de gravedad que emocionó al buen Orellana, el cual, agrade- ciendo á todos sus buenos deseos, dió rienda suelta á sus escasísimas facultades oratorias y dijo: » — Poco más de un año hace que vine á Ma- drid, sin conocer á nadie y con el temor de perder el tiempo y recibir algunos desengaños. Pronto saldré de él con mi porvenir asegurado, y lo que es mejor, dejando amigos tan leales como uste- des, á quienes estimo como si les conociera de veinte años atrás. No es Madrid tan malo como dicen, pues el que trabaja algo y se porta como es debido, halla aquí quien le atienda, le aprecie y le ayude. Yo entré en esta casa por casualidad, y el trato que he recibido en ella ha sido exce- lente; he encontrado algunos amigos, y todos han sido excelentísimos; he luchado por ganar un puesto y lo he obtenido. ¿Qué más se puede ape- tecer? Yo creo que la mayor parte de los que se — 77 — — 77 — quejan se quejan de vicio, ó porque sus pretensio- nes son inasequibles por lo exageradas. Yo pro- meto solemnemente que do quiera que esté seré un defensor entusiasta de este Madrid, de que otros hablan tan mal, y guardaré vivo el recuerdo del año que aquí he vivido, y en particular de los amigos que dejo, cuya amistad no se ha de perder ni entibiar porque los azares de la vida nos lleven, hoy á unos, mañana á otros, en distin- tas direcciones. Convengamos, pues, en conser- var esta amistad, y que Dios le dé á cada uno lo que le tenga señalado en sus inescrutables de- signios.

))Con grandes aplausos fué acogida la proposi- ción de Orellana. Todos le felicitaron, y los que estaban cerca le abrazaron, y cogiéndole en medio le condujeron hacia la puerta del comedor.

)) — Señores — gritó Pepe Rodríguez, — antes de irnos propongo que se dé un voto de gracias á D.'^ Paulita por la perfección con que estaba gui- sada la paella.

)) — Aprobado, aprobado — contestó la asamblea.

)) — Por unanimidad — exclamó Pepe Rodríguez.

))Y todos, en tropel, salieron del comedor con gran estrépito.»

Aquí termina el capítulo primero, y único es- crito, de La nmm generación^ en el que el autor no puso ciertamente gran cosa de su cosecha, puesto que la mayor parte de los conceptos están copiados, con imparcialidad telefónica, del ban- quete original, al que asistió Vargas, aunque, por conservar su impersonalidad de novelista, se oculte y ponga en el sitio en que él estuvo á los - 78 — - 78 — falsos Sierra y Bonilla, cuyas razones son las únicas que hay que poner en cuarentena. Fuera de éste y de los otros reparos, ya mencionados, y de alguna pincelada caprichosa en el discurso final de Orellana (en el que Vargas, como buen madrileño, más que como fiel cronista, habla de Madrid como de Jauja), estoy convencido de que los comensales hablaron como Vargas les hace hablar, y no de otro modo. Para mí, lo más im- portante del banquete fué haber dado ocasión para que Pío Cid, por no desairar á un amigo á quien acaso no volvería á ver, se decidiera, aun- que á disgusto, á ir al baile de máscaras; pues sin esta condescendencia quizá se hubiera muerto de viejo en una casa de huéspedes, y yo no tendría que escribir la historia de sus trabajos. ¡ De tal suerte los hechos menudos é insignificantes tras- tornan la vida de los hombres, aun la de los más -experimentados y dueños de su voluntadi Pío Cid tenía, como Aquiles, un solo punto vulnerable, el sexto sentido misterioso, que, por la imprudente interrupción de Orellana, nos hemos quedado sin conocer; y su mala estrella quiso que en el baile de máscaras recibiera la herida de amor que él, con su claro espíritu, presentía.

Muy largas eran ya las doce en el reloj de Go- bernación cuando Orellana con D. Benito, D. Ma- riano y Pepe Rodríguez volvía del café á la calle del Arenal á recoger las provisiones que pensaba llevar al teatro. Pío Cid se fué con ellos, y reunida en el café toda la pandilla, salió en dirección del teatro de la Zarzuela; se posesionaron de su palco, y después de dejar en él las botellas y paquetes — 79 — de fiambres, se desparramaron para dar la pri- mera coleada en el animado salón de baile, de- jando solo á Pío Cid, que se distraía viendo desde su observatorio la abigarrada y bulliciosa cadena que formaban las apretadas parejas al recorrer la órbita del baile, mientras en el centro de la sala hormigueaba la concurrencia más inquieta, y en las butacas, puestas al rededor, descansaban los más pacíficos ó más fatigados.

Eran más los hombres que las mujeres; y como sólo las mujeres iban disfrazadas, predominaba en el baile el tono obscuro de la ropa masculina. Así, paseando la mirada sobre este fondo uniforme, €asi se podía ir contando las máscaras. Notó, j^ues. Pío Cid, á poco de entrar, un grupo de seis máscaras, sentadas casi enfrente de su palco. To- das iban vestidas ó encapo chonadas de negro, con vivos rojos, como una bandada de pájaros ó como personas de la misma familia. Unas antes, otras después, iban saliendo á bailar cuando alguien las invitaba, y volvían luego á sentarse en el mismo sitio, en el que quedaban siempre dos por lo me- nos de la banda. Y Pío Cid notó también que las dos eran siempre las mismas.

Maquinalmente se levantó, bajó al salón, y des- pués de dar una vuelta por el centro, se acercó á las dos máscaras é invitó á bailar á una de ellas, que era más alta y más delgada que la otra. La máscara dió las gracias, y se excusó diciendo que estaba fatigada. A lo cual replicó Pío Cid: — ¿Cómo está usted fatigada si no ha bailado ni una sola vez?

Y diciendo esto, se sentó al lado de la máscara, — soque, oyendo aquella pregunta y viendo aquel des- caro, dijo con voz un tanto agria: — Le advierto á usted que esa butaca está to- mada.

— Ya lo sé — contestó Pío Cid, — y con irme cuando llegue quien se sentaba en ella, estoy cum- plido. Pero antes, ¿qué mal hay en que yo insista una y diez veces para que usted baile conmigo?

— ¿Nada menos que diez veces va usted á in- sistir?— preguntó la máscara con voz algo melosa, pero penetrante como el maullido de un gato.

— Diez no — respondió Pío Cid, — porque usted no es capaz de negarse nueve veces. Ya sé que hasta ahora no ha querido usted bailar con nadie; pero yo tampoco he venido á bailar; y, ahora que me acuerdo, ni siquiera sé bailar, ni me hace falta» puesto que usted no es aficionada al baile. Si á usted le parece, daremos un paseo por la sala y le haré á usted una pregunta que me interesa mucho.

— Mamá — preguntó la máscara á la de al la- do,— ¿quieres que dé una vuelta, y vuelvo en seguida?

— Bueno — contestó la mamá; — pero que no tardes.

Pío Cid se había puesto de pie y ofreció el brazo á la máscara, que apoyó en él apenas la mano. Ambos cruzaron la corriente de los danzantes y se perdieron en los grupos del centro de la sala.

— ¿Sabe usted por qué he salido á dar una vuel- ta?— dijo la máscara, sin que Pío Cid le hubiera hecho ninguna palabra. — Pues porque me ha ex- trañado que tuviera usted el atrevimiento de que- rer bailar sin saber.

— 81 — — Eso no es atrevimiento, sino distracción — dijo Pío Cid. — Yo deseaba acercarme á usted, y tomé el pretexto del baile como pude tomar otro.

— ¿Y cómo, sin conocerme — preguntó la más- cara,— deseaba usted acercarse á mí y hablar con- migo?

— Precisamente para conocerla — contestó Pío Cid. — Es decir, yo la conozco á usted espiritual- mente. y me figuro cómo es su rostro y su cuerpo. Poco me falta ya que conocer.

— ¿Es usted adivino? — preguntó la máscara.

— No lo soy; pero al verla á usted con disfraz he tenido que figurármela de algún modo, por- que soy impaciente y no podía esperar á que se descubriera.

— Y ¿cómo se ha figurado usted que soy? — in- terrumpió la máscara con viveza.

— Tiene nsted— contestó Pío Cid con aire de se- guridad— los ojos grandísimos y negros. Más le diré: el antifaz^ que á otras mujeres las agracia porque deja ver los ojos casi por completo, á usted la desfavorece, porque oculta lo mejor que hay en su rostro.

— Usted me dice eso para que me descubra — dijo la máscara. — Usted cree que yo soy ima mu- jer á quien conoce, y desea salir de dudas.

— Yo no he visto á usted nunca — dijo Pío Cid, —ni usted me ha visto á mí tampoco hasta hoy. Pero yo la conocía á usted, y la he reconocido mi- rándola desde aquel palco. Si quiere usted venir conmigo — Usted está viendo visiones— dijo la máscara,, dejándose- llevar fuera del salón.

6 — 82 — Y mientras subía las escaleras apoyada en el brazo de su acompañante, preguntó á éste con voz natural, poco diferente de la fingida con la que hasta entonces había hablado: — ¿Es usted marino?

— Yo no soy marino..., — contestó Pío Cid son- riendo, porque le agradó la perspicacia con que la mascarita había notado su aire rudo é insociable, que algo se parecía al de la gente de mar.

Y luego, como si completara su pensamiento, añadió, mirando fijamente á la máscara: — ¡Esos ojos sí que son la mar!

Entraron en el palco, que estaba solo, y la más- cara avanzó algunos pasos para ver el sitio donde sus compañeras se sentaban; luego se retiró al fondo para no ser vista. Pío Cid le ofreció una copa de vino y le mostró un paquete de chuche- rías por si deseaba tomar algún bocado. La más- cara rehusó al principio, y aceptó después una rodaja de salchichón y algunas galletas; y como el disfraz le estorbaba, se echó atrás el capuchón y se levantó un poco el antifaz, dejando verla barba, pequeña y redonda, y la boca, algo grande, de la- bios rojos muy bien dibujados, entre los que aso- maban dos hileras de dientes blanquísimos.

— ¿No quiere usted dejar ver sus ojos? — pre- guntó Pío Cid con tono familiar.

— No quiero que sufra usted un desengaño — contestó la máscara con cierto aire de presunción, que decía lo contrario que las palabras.

— Usted sabe — insistió Pío Cid — que no ha de haber desengaño, sino sorpresa agradable. Yo sé cómo son sus ojos porque los he visto. ¿No dice — 83 — usted que yo veo visiones? Pues los he visto en una visión que tuve la noche pasada.

— Entonces no tiene usted necesidad de verlos, — replicó la máscara.

— Al contrario, deleita más— dijo Pío Cid — ver -en la realidad lo que ya se ha visto en sueños.

La máscara no se hizo rogar más, y descubrió por completo su rostro, que era de bella y rara expresión. Pío Cid se quedó sorprendido, mirando aquella extraña mujer; los ojos eran inmensos, como él los había adiviuado, y las facciones muy semejantes á las que él se figuraba; pero él había ideado una belleza que tenía algo de raza negra; una mujer morenísima, de ojos brillantes y cabe- llera fuerte y rizada, en tanto que aquella joven tenía la tez clara, los ojos lánguidos, soñadores, y el cabello fino, sedoso. La joven le miraba con inocente coquetería, y él le preguntó: — Tiene usted el tipo acabado de una criolla. Usted es española, pero no es de España.

— ¿De dónde cree usted que soy? — preguntó la joven.

— El acento es español, casi andaluz; pero yo diría que es usted cubana La joven se echó á reir, y per la risa compren- dió Pío Cid que no se había equivocado.

Carlos Cook y D. Benito entraron en el palco con unas máscaras, y la joven se bajó el antifaz y se echó el capuchón.

— Vámonos— dijo Pío Cid, mientras D. Benito le decía: — Vaya, maestro, que usted también se arregla <5omo puede.

— 8i — — Á ver si esa mascarita es la del sexto senti- do,— agregó Cook en tono jovial.

— ¿Por qné le ha llamado á nsted maestro ese amigo? — preguntó la joven, apoyándose de nuevo en el brazo de Pío Cid.

— Porque le doy lecciones — contestó éste echan- do á andar. — Somos compañeros de casa.

— Es extraño — dijo la joven; — yo no me figu- raba que usted diera lecciones.

— ¿Qué había pensado nsted de mí? — preguntó Pío Cid.

— Nada. Que -era usted un hombre raro — con- testó la joven. — Pero — añadió deteniéndose — por ahí vamos á la calle.

— Sí, vamos á respirar un poco, que aquí se as- fixia uno. Volveremos muy pronto.

— Es que si tardo me van á reñir — replicó la oven.

— No tenga usted cuidado, yo iré con usted y no ocurrirá nada — le aseguró Pío Cid.

Y al mismo tiempo recogía su capa del guarda- ropa y se la echaba sobre los hombros á la joven con igual naturalidad que si ésta fuese una cria- tura de pocos años, diciéndole: — Usted debe abrigarse bien, porque no estará acostumbrada á este frío Súbase también un poco el antifaz.

• — Pues no he sentido ningún frío en los do& meses que llevo en Madrid Pero me parece un disparate salir ahora del teatro Y luego que yo apenas le conozco á usted —iba diciendo la joven, sin atreverse á volver pies atrás, como si un lazo misterioso la obligara á seguir al lado de Pío Cid.

— 85 — Y este lazo era el temor de separarse de él y de perder de vista, quizás para no volver á encon- trarle, á un hombre que le había llamado la aten- ción, aunque sin despertarle gran simpatía.

Pío Cid debió de comprender esto, porque des- pués de un rato de silencio, comenzó á hablar asi: — La invité á usted á pasear para decirla á us- ted algo que me interesaba, y para decírselo á so- las, en pocas palabras, me he atrevido á sacarla del baile. Antes de verla á usted, cuando sólo la conocía por figuraciones, había yo decidido acer- carme á usted para no separarme más. Yo no sé qué sentimiento es éste que yo tengo ahora, y casi puedo asegurar que no es amor, porque ya soy viejo para enamorarme; podría ser padre de usted, y si no la miro con ojos de padre, tampoco me -atrevo á hacer ninguna declaración de amor, que me parecería ridicula, porque no se me ocurre na- turalmente y tendría que urdirla con frases artifi- -ciosas. Me gusta en todo la naturalidad, y lo na- tural en mí ahora es decirla que deseo que vivamos unidos, sea en la forma que fuere, porque de se- guro esta unión ha de crear entre nosotros algún grande y noble afecto, que en este instante no acertamos ó, mejor diclio, no acierto yo á prever. Por mí no hay dificultad ninguna, pues me hallo solo en el mundo, sin obligaciones ni ligámenes, y puedo cambiar de postura cuando se me antoje; pero usted tiene familia y no puede usted aban- donarla ni yo meterme por las puertas de ron- dón.

La joven escuchaba estas inesperadas razones sin saber qué pensar ni qué decir. Había tenido — 86 — muclios novios y había oído muchas declaraciones de amor; pero ninguna, ni á cien leguas, se apro- ximaba á la de Pío Cid, para la cual no había^ contestación preparada en el repertorio que ella, como todas las muchachas casaderas, tenía para estos casos. Un momento pensó que aquel hombre no era raro solamente, sino loco de remate. Sin embargo, le hacía desechar este mal pensamienta la idea de que lo que él le explicaba era lo mismo que ella sentía. Ella tampoco estaba enamorada, ni podía estarlo, de una persona desconocida poco antes; y ella también deseaba seguir á su lado, como si hallara en él un protector que le inspirase igual confianza que un padre ó un hermano. Al fin, después de mucho dudar, rompió el silencio con Tina pregunta, la primera que se le ocurrió, al mismo tiempo que asomaban á la calle de Al- calá: — ¿Por qné no habla usted con mi mamá y con mi tía, que algunas veces han pensado admitir huéspedes?

— ¿Viven ustedes solas? — preguntó á su vez- Pío Cid.

— Solas, mi mamá, mi tía, mis tres primas y yo; pero no es seguro que estemos mucho tiempo en Madrid.

— ¿Piensan ustedes irse á Cuba?

— No, á Barcelona con una familia conocida.