SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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databa acostumbrado á hacer su santa voluntad, y en los últimos meses se le había ocurrido probar fortuna en él juego; después de varias alternati- vas salió de la broma empeñado y comprometido, y tuvo que acudir á su madre; ésta pagó sin re- plicar, y desde aquel día puso al hijo á media dieta, sin atender los ruegos ni hacer ciaso de las amenazas de suicidio con que le molía el alma todos los correos. Estaba, pues, D. Martín muy bien dispuesto para cometer un disparate, y el que se le ocurrió, decía él que fué llevarse á Justa y hacer una que fuera sonada. Pero Justa no se dejó robar, sino qne, con el aprendizaje que tenía en las artes del amor y con el valioso auxi- lip de su expertísima mamá, no tardó dos semanas en volver tarumba al incauto D, Martín, quien ni siquiera comprendía lo que le pasaba. El no es- taba acostumbrado á sufrir, y le tenía verdadero miedo á todo lo que fuera incomodidad ó males- tar; así, pues, se enfurecía consigo mismo viendo que muchas veces iba á pasear por la ciudad, y después de mil vueltas y revueltas se hallaba, sin saber cómo, debajo del balcón de aquella muñeca de J ustita; y que si ésta no se asomaba, quizás in-, tencionadamente, por hacerle sufrir, perdía él el apetito hasta el día siguiente y no dormía tam-. poco pensando si al día siguiente sería más afor- tunado. Todas las inocentes necedades que come- ten los novicios en 'amor las cometía D. Martín sin darse cuenta, y creyendo en su orgullo Cán- dido que estaba corriendo una original aventura, hasta que un día comprendió que sufría realmente y que tenía necesidad absoluta de poseeí á Jus-: — 105 — tita para que se le quitara su congoja, y sin pen- sarlo más, como hubiera podido apuntar á una carta que creyera había de salir, escribió á su ma- dre pidiéndole permiso para casarse, bajo la ame- naza habitual de.suicidarse si se lo negaba. Su madre no se lo negó; al contrario, se mostró com- placida de que alguien viniera á ayudarle a go- bernar á su incorregible retoño, y sólo le recomen-, daba que no se apresurase y que supiera bien en qué familia iba á meterse. En el acto se presentó D. Martín en casa del capitán Montes, que es- taba ya avisado por su hija y aleccionado por su mujer, y solicitó casarse con Justa como hombre que trae los papeles debajo del brazo y tiene que aprovechar el tiempo. El capitán no veía con bue- nos ojos aquella precipitación; pero D.^ Socorro había escrito ya á la Habana, donde tenía algunas relaciones por haber vivido allí algunos años con su marido, y sabía que D. Martín, salvo lo de ser. un poco calavera, ni más ni menos que todos los jóvenes, era un bellísimo sujeto y un partido in- mejorable en toda la extensión de la palabra. Sé marcó, pues, nn plazo para pedir informes, sólo por cubrir la fórmula; el casamiento se celebró á los dos meses, y los recién casados salieron de la iglesia para embarcarse en el vapor que desdé Cádiz les condujo á la Habana.

Tuvo Justa la suerte de dar con una suegra buenísima, con la que ligó muy bien, no sólo por simpatía natural, sino porque á ambas las unían los disgustos que les daba D. Martín á diario con sus exigencias; aunque éste algo mejoró con el casamiento, seguía siendo caprichoso y voluble, y dominado siempre por la manía del derroche in- útil,, como si le espoleara el deseo de liquidar pronto su fortuna.

«Yo no me veré nunca en la miseria — asegu- raba— pues no he nacido para sufrir privacio- nes. De un modo ó de otro nunca me faltará, y si me faltara me suicido, y no hay más que hablar.» Al año de casado volvió á España con su mujer, y después de pasar algunos días en Sevilla y Ma- drid füé á Barcelona, donde tenía algunos ami- gos; se le ocurrió poner casa para venir todos los años una temporada, y sin más preámbulos lo puso por obra y se instaló con gran rumbo, como él hacía todas las cosas. Allí volvió D. Martín á entregarse al juego, y se hallaba tan á gusto en su nuevo centro de operaciones, que no se hubiera movido de él sin una circunstancia que le llenó de regocijo. Su mujer se quedó embarazada, y don Martín decidió que el hijo que naciera no debía ser peninsular, y dispuso el viaje á la Isla para cuando el embarazo estuviera bastante adelanta- do; y tanto quiso apurar las sesiones del tapete verde que la buena de Justa dió á luz en alta mar, á poco de pasado el golfo de las Yeguas, temido de todos los que cruzan el Océano hacia las Anti- llas y tienen la desgracia de marearse. Así nació la criatura, que fué bautizada con el nombre de Martina, en Matanzas, donde á la sazón se había ido á vivir la abuelita, para estar más al cuidado de su ya mermada hacienda.

Después de aquel primer viaje fué un no dejar de ir y venir, y acaso pasaron de veinte las veces que D. Martín y su familia surcaron el Océano, - 107 — qne para ellos vino á ser cosa de juego también. Justa todo lo soportaba sin quejarse, porque ha^ bía ido perdiendo poco á poco la escasa voluntad que tenía, y hasta se acostumbró á sufrir malos tratos de palabra y de obra cuando su marido llegó á estos extremos, exasperado contra sí mis- mo y contra todos por las continuas zozobras de su vida inquieta y desordenada. La pérdida de un niño que le nació dos años después que Martina, y en el que tenía puesto todo su orgullo, le retuvo algún tiempo al lado de la abuela, que se había quedado casi impedida; pero la muerte de ésta le dió nuevas alas, y después de un luto cortísi- mo, volvió á Barcelona á disipar la herencia. Así fueron pasando los años, unas veces en alza, otras hundidos y entrampados, hasta que el mismo don Martín se encargó, según lo había mil veces anun- ciado, de dar fin á su infeliz existencia. J usta de- cía, sin embargo, que no había habido suicidio, sino que su esposo se hallaba en cama gravemen- te enfermo y se había quitado la vida en un acceso de fiebre tirándose por una ventana, sin que los que estaban á su lado tuvieran tiempo para impedirlo. En los momentos lúcidos de la enfermedad, que fué la única que tuvo en más de veinte años de matrimonio, se mostraba cambiado y arrepentido de sus locuras, y su mujer estaba convencida de que si se hubiera curado hubiera sido muy otro de como fué hasta entonces.

Muerto D. Martín, su esposa y su hija, que ya estaba hecha una mujer, se hallaron solas en Ma- tanzas, casi en la miseria, pues la enfermedad había dado al traste con lo poquísimo que que- — 108 — daba. Realizaron los muebles y se fueron á la Ha- bana, donde tenían algunos parientes, y éstos, por quitarse la carga de encima, les aconsejaron marcharse á España y les dieron para el viaje y para los primeros gastos que tuvieran hasta lle- gar á Madrid, que era el punto que Justa había elegido. Con su hermano Ricardo no había que contar, pues ella le había tenido casi siempre á su cargo en Barcelona; Pepe el menor, que estaba en un pueblo no lejos de la Habana, era bueno, pero tenía un sueldo miserable y mucha familia, y además Justa había tomado horror á la Isla, y lo que quería era ir á España, que por estar más lejos le parecía mejor. En Madrid estaba su her-. maño Luis, y con su ayuda podrían hallar alguna salida, y por lo pronto hacer algunas gestiones para obtener la pensión á que, por parte de su. padre, creía tener derecho como huérfana y viuda. Así, pues, se embarcaron madre é hija y empren- dieron su último viaje á España; llegados á San- tander, tomaron el primer tren para Madrid, y desde la estación del Norte fueron directamente á casa de Luis, que vivía en el extremo del barrio del Pacífico, creyendo darle una sorpresa, pues no le habían avisado de la llegada. Pero la sor- presa, y dolorosa, fué la de las viajeras, que hallaron el piso desalquilado, y por un vecino de la casa supieron que Luis, con su mujer, había salido l)ara Filipinas pocos días antes, y que acaso en aquel momento se estaría embarcando en Barce- lona. J usta no sabía qué hacer, hasta tal punto la turbó aquel desencanto; pero Martina tuvo una idea que creyeron salvadora: irse por lo pronto á — 109 — unaeasá de huéspedes y escribir á su tía Cande- laria, explicándole lo ocurrido y preguntándole si quería que se fuesen con ella á Murcia, puesto que en Madrid solas, sin conocer la población ni poder siquiera moverse, y, lo que es peor, sin re- cursos, no les podía suceder nada bueno. Decidido así, en el acto encargaron al cochero que las lle- vase á una casa decente y modesta, pues ellas no conocían ninguna, y éste las condujo á una de la calle de Tudescos que era modesta, aunque no muy decente del todo. Por fortuna el hospedaje no duró ni veinticuatro horas, porque las atribu- ladas mujeres tuvieron un encuentro feliz, de esos que no ocurren más que en Madrid y en la Puerta del Sol. Almorzaron de prisa y mal, escribieron la carta entre las dos, con muchas frases cariño- sas de Martina para su tía y primas, á quienes no había visto nunca más que en retrato, y, des- pués de informarse de por dónde se iba al Correó, fueron á certificar la carta para estar más segu- ras de que llegaría á su destino. Despachada tan urgente comisión, volvían pies atrás por la calle de Carretas, donde un pilluelo pretendió darles -el timo de la sortija, de tal suerte se les conocía el aire forastero, y al llegar á la esquina de Gobernación oyó Justa que alguien le decía: —No puedo equivocarme, usted es D.* Justa; lo estoy viendo y casi no lo creo.

— ¡Usted, D. Narciso, por aquíl — exclamó doña Justa. — Sin duda el cielo le envía á usted. <;Quién podía esperar este encuentro, niña? — añadió, diri- giéndose á Martina.— ¿Tú no conoces á nuestra amigo Ferré? i — 110 — — Vaya si le conozco — respondió Martina; — si le he visto antes de que se acercara, y te lo iba á decir.

— Pues yo he notado que me mirabas — dijo D. Narciso, — y casi estaba tentado de echarte un piropo. ¡Válgame Dios y qué buena moza estás, quién diría que yo te he tenido en brazos mil ve- ces! ¿Pero de dónde has sacado esos ojos, chi- quilla? Vaya, vaya; pero ahora veo que van ustedes enlutadas; ¿qué desgracia han tenido? ¿Quizás Martín, que me dijeron que estaba allá muy enfermo?

Doña Justa bajó la cabeza con aire compun- gido y Martina contestó: — Sí, señor; hará pronto tres meses.

— ¿Y cómo están ustedes en Madrid? — pre- guntó D. Narciso.

— Hemos llegado esta mañana creyendo encon- trar á mi hermano Luis — contestó D.* J usta, — y para que la desgracia sea mayor se ha ido á Fili- pinas. Estamos en una casa de huéspedes, pero pronto nos marcharemos á Murcia con mi herma- na Candelaria. Ahora venimos del Correo, de de- jar una carta para ella, y en cuanto conteste nos iremos, á no ser que ocurra otra nueva contrarie- dad Porque bien vengas mal si vienes solo.

— Pues mire usted, D.^ Justa, yo siento en el alma la pérdida que han sufrido, porque esti- maba á Martín y porque le debía atenciones de esas que con nada se pagan. A cada uno lo suyo, y él, aunque tenía sus defectos, como todo el mundo, era un hombre generoso, de los que hoy ya no se gastan. Y ya que yo no pueda hacer — 111 — — 111 — grandes cosas, porque desgraciadamente los ne- gocios están cada día más perros, no permito que sigan ustedes ni un momento más en una casa ex- traña teniendo yo la mía, en la que hay sitio para todos. No le ofrezco á usted ningún palacio, sino un pobre piso, allá en el quinto cielo; pero la voluntad no puede ser mejor. ¡Y poco contenta que se pondrá Catalina cuando las vea; tantas veces como hablamos de ustedes en casal — Pero D. Narciso — replicó D.* Justa, que no podía ocultar su gozo, — ¿cree usted que no hay más que meterse dos personas por las puertas? Oon mil amores aceptaría yo, pues ya ve usted que me encuentro aquí con esta criatura sin cono- cer á nadie más que á usted. Cuente con que ire- mos todos los días á su casa y que el tiempo que estemos aquí les molestaremos más de lo debido; pero, la verdad, yo sé lo que es una casa, y no quiero darle un mal rato á Catalina, haciéndole poner las cosas de arriba abajo.

— Es inútil cuanto hable usted — insistió D. Nar- ciso;— ó somos ó no somos amigos. Hasta me ofen- de que ande usted con esos reparos, porque creo que revelan falta de confianza. Vamos todos á ca- sa, y yo me encargaré de que recojan el equipaje.

Y todos juntos se encaminaron á la calle de Yillanueva, donde D. Narciso vivía en un piso cuarto le una casa elegante, aunque de construc- ción endeble, de esas de tente mientras cobro.

Por muy poco estable que fuera la casa, menos estables debían ser los inquilinos del piso cuarto. Pon Narciso estaba en tratos con un amigo de Bar - celona para emprender un negocio que á él se le — 112 — había bciirrido, y esperaba no estjar en Madritl para primero de año. Y D.* Justa estaba pendien- te de la contestación de sn hermana y creía ir á Murcia para pasar la Nochebuena. Y él día qué llegó á Madrid era el de la Concepción. Pasaban, pues, aquellos días, como quien vive en el aire; formando planes para el porvenir y recordando los buenos tiempos en que ambas familias vivían en Barcelona, cuando D. Martín daba de comer espléndidamente á sus amigos y D. Narciso an- daba en empresas teatrales, que le daban para Vivir bien y le permitían tratarse con lo mejor de la sociedad. Actualnierite el buen hombre, des^ pués que el negocio se le torció, trabajaba como comisionista, y pretendía montar una empresa editorial, por un nuevo sistema de repartos, á medias con un editor barcelonés. D.* Catalina, que era una mujer muy apocada y envejecida por los disgustos, soñaba en el día de volver^ á Barce- lona, donde tenía su hijo único, empleado en un escritorio; ño se alegró poco la buena sefiorar de pasar aquellos últimos días acompañada por doña Justa y Martina, con las que podía desahogarse «con la confianza que á todas ellas les daba su an- tigua amistad y su presente y común miseria. Re- cibió D. Narciso la carta que decidía favorable - mente su proyectada empresa y su marcha de Madrid, y se decidió despedir la casa y partir to- dos el mismo día, supuesto, como se debía de su- poner, que fuera también favorable la anhelada contestación de Candelaria, á la que D.* Justa había escrito, además de la primera, otra carta en que le daba cuenta del encuentro con D. Narciso y del cambio de casa. La respuesta se hizo esperar seis días, y al fin llegó certificada bajo sobre de luto, que sobresaltó á D/^ Justa, aunque Martina le decía: No te sofoques sin motivo, que el luto será por papá. Abre y lo verás. Y abrieron, y la carta decía así puntualmente: c(Mi queridísima Justa: ))Con una pena que no puedes figurarte leo tu carta de la Isla, dándome cuenta de tu terrible desgracia, pues la tuya llegó á mi poder cuando no habían pasado dos semanas de la muerte de mi pobre Fermín. Mira qué estrella la nuestra, que después de lo pasado, que ahora no hay para qué recordarlo, nos quedamos viudas las dos, con ocho días de diferencia y, como quien dice, en medio déla calle. Yo te escribí á Matanzas, pero, por lo visto, la carta no llegó á tiempo. Así es que me sorprendió tu carta de Madrid y me hizo llorar lo que no puedes imaginarte, viendo que á mis apuros se juntaban los tuyos, y que, además de los disgustos que estoy pasando, tenía que decirte que no vinieras. Dios sabe lo que hubieras pensado de mí, porque las cosas mientras no se ven no se comprenden. Pero ya sabes que yo, aunque me esté mal el decirlo, no me he cortado nunca por nada, y, después de pensarlo un rato^ dije; lo que sea de una será de otra, yo me voy á Madrid á ver lo que Dios dispone. Ya debía estar ahí, y por eso no te he escrito, por llegar de repente; pero el viaje se me retrasa unos días, y te escribo porque estarás inquieta y por lo que me dices de la marcha probable de la familia Ferré.

— 1.U - Si se van, ya lo sabes: no dejes el piso. He factu- rado ya los muebles para que lleguen al mismo tiempo que yo, y arreglaremos el cuarto como mejor podamos. A todo esto dirás que estoy loca, porque no sabes lo que aquí pasa. Ya te lo expli- caré cuando llegue. Sólo te digo que tú eres feliz con haberte quedado sin nada, pero sin quebrade- ros de cabeza, mientras que yo no sé si me cos- tarán una enfermedad las irritaciones que me ha dado la familia de Fermín. Dios le tenga en su santa gloria, que él ha tenido parte de la culpa por lo confiado que faé siemjDre en cuestiones de intereses, creyendo que todos eran como él, cuando su familia es una chusma, y no digo más. El me- jor es el cuñado, que cuando se casó era un don nadie, y ahora, aunque se ha subido de punto, sabe guardar algunas consideraciones; pero la hermana es una desollada insufrible, y las niñas cortadas por la misma tijera. Yo sé bien que si me metiera por las puertas me recibirían con los brazos abiertos, porque en el fondo lo que tienen es envidia; pero no es la hija de nuestra madre la que ha nacido para vivir á cara de nadie, y en llegando á hablar de orgullo nadie me gana. Se han dejado decir que todo lo que nos correspondía por parte de los abuelos lo ha ido tomando Fer- mín á cuenta, conforme le hacía falta, además de lo que daba la hermana por haberse quedado sola con el negocio, y hasta que tienen dado de más, y que no han dicho nada durante la enfer- medad de Fermín porque se hacían cargo de luiestra situación. Pero que no pueden seguir sos- teniendo otra casa de familia además de la suya.

— 115 — Todo, ya te lo digo, porque nos vayamos con ellos y bajemos cabeza. Ya les he dicho qne yo me voy á Madrid, y que deseo un arreglo amistoso, aunque los abogados dicen que si yo quiero puedo reclamar y darles un disgusto. Figúrate que ni siquiera está hecha la partición de lo que dejaron los abuelos, lo que tendría que moverse ahora. Pero yo no quiero pleitos, y luego que todo esto duraría mucho, y, puestos de malas, no sé cómo íbamos á sostenernos aquí las cuatro. Yo pasa- ría por todo, pero las niñas dicen que en otra parte harían cuanto fuera menester, pero que aquí les da fatiga. Además, la Paca está, como sabes, mal de la vista, y cada día peor, y dicen que convendría que la viera algún buen oculista de Madrid, pues todavía tiene cura. Desde que les he dicho que ya es seguro que nos vamos, están que no saben lo que les pasa, deseando por horas y momentos salir de aquí, y conocerte á ti y á Mar- tina. Os envían un millón de besos, y yo otrOB^, tantos. La detención del viaje consiste en que tengo que arreglar el asunto de que te hablo para ver de contar con algo, aunque sea poco. Un amigo muy antiguo de papá (q. e. p. d.), llamado D. Gualberto, se ha encargado de hablar por mí con mi cuñada, y dice que él la convencerá de que deben de nombrarme alguna pensión, siquiera hasta que las niñas se casen. Esto sería lo mejor. ^0 tengo tiempo para escribirte más. Como pronto nos veremos, ya te contaré cosas que te parecerán increíbles, y tú me contarás también las tuyas, i Si nuestros padres vivieran y nos vieran ahora teniendo que vivir, como quien dice, á expensas