SigPhi · Baltasar Gracian

El Criticón (tom 1)

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Á vistas estaba ya de la corte y mirando Andrenio á Madrid con fruición grande preguntóle el Sabio: ¿Qué ves en cuanto miras?

Veo, dijo él, una real madre de tantas naciones, una corona de dos mundos, un centro de tantos reinos, un joyel de entrambas Indias, un nido del mismo fénix y una esfera del sol católico, coronado de prendas en rayos y de blasones en luces.

Pues yo veo, dijo Critilo, una Babilonia de confusiones, una Lutecia de inmundicias, una Roma de mutaciones, un Palermo de volcanes, una Constantinopla de nieblas, un Londres de pestilencias y un Argel de cautiverios.

[Marginal: _Madrid madre, madrastra._] Yo veo, dijo el Sabio, á Madrid, madre de todo lo bueno, mirada por una parte, y madrastra por la otra. Que así como á la corte acuden todas las perfecciones del mundo, mucho más todos los vicios, pues los que vienen á ella nunca traen lo bueno, sino lo malo de sus patrias. Aquí yo no entro, aunque se diga que me volví del puente Milvio.

Y con esto despidióse. Fueron entrando Critilo y Andrenio, como instruídos, por la espaciosa calle de Toledo. Toparon luego una de aquellas tiendas donde se feria el saber. Encaminóse Critilo á ella y pidió al librero si tendría un _Ovillo de oro_ que venderle. No le entendió, que leer los libros por los títulos no hace entendidos. Pero sí un otro, que allí estaba de asiento, graduado cortesano por años y suficiencia: ¡Eh!, que no piden, le dijo, sino una aguja de marear en este golfo de Circe.

Menos lo entiendo ahora, respondió el librero. Aquí no se vende oro ni plata; sino libros, que son mucho más preciosos.

Esto, pues, buscamos, dijo Critilo, y entre ellos alguno, que nos dé avisos para no perdernos en este laberinto cortesano.

De suerte, señores, que ¿ahora llegáis nuevos? Pues aquí os tengo este librillo, no tomo sino átomo; pero que os guiará al norte de la misma felicidad.

Ésa buscamos.

Aquí la tenéis. Á éste le he visto yo hacer prodigios, porque es arte de ser personas y de tratar con ellas.

Tomóle Critilo. Leyó el título que decía: ¿Qué vale?, preguntó.

Señor, respondió el librero, no tiene precio. Mucho le vale al que le lleva. Estos libros no los vendemos; sino que los empeñamos por un par de reales, que no hay bastante oro ni plata para apreciarlos.

Oyendo esto el cortesano, dió una tan descompuesta risada, que causó no poca admiración á Critilo y mucho enfado al librero, y preguntóle la causa.

Porque es digno de risa lo que decís, respondió él, y cuanto este libro enseña.

Ya veo yo, dijo el librero, que _El Galateo_ no es más que la cartilla del arte de ser personas y que no enseña más del a, b, c; pero no se puede negar que sea un brinquiño de oro, tan plausible como importante. Y aunque pequeño, hace grandes hombres, pues enseña á serlo.

[Marginal: _Galateo al revés._] Lo que menos hace es eso, replicó el cortesano. Este libro, dijo tomándole en las manos, aún valdría algo, si se practicase todo al revés de lo que enseña. En aquel buen tiempo, cuando los hombres lo eran, digo buenos hombres, fueran admirables estas reglas; pero ahora en los tiempos que alcanzamos no valen cosa. Todas las lecciones, que aquí encarga, eran del tiempo de las ballestas; mas ahora, que es el de las gafas, creedme que no aprovechan. Y para que os desengañéis, oid esta de las primeras.

Dice, pues, que el discreto cortesano, cuando esté hablando con alguno, no le mire al rostro y mucho menos de hito en hito, como si viese misterios en los ojos.

Mirad qué buena regla ésta para estos tiempos, cuando no están ya las lenguas asidas al corazón. ¿Pues dónde le ha de mirar? ¿Al pecho?

Eso fuera, si tuviera en él la ventanilla, que deseaba Momo.

Si, aun mirándole á la cara que hace, al semblante que muda, no puede el más atento sacar traslado del interior, ¿qué sería, si no le mirase?

Mírele y remírele y de hito en hito y aun plegue á Dios que dé en el hito de la intención y crea que ve misterios. Léale el alma en el semblante. Note si muda colores, si arquea las cejas. Brujuléele el corazón. Esta regla, como digo, quédese para aquella cortesía del buen tiempo, si ya no la entiende algún discreto por activa, procurando conseguir aquella inestimable felicidad de no tener que mirar á otro á la cara.

Oid esta otra, que me da gran gusto siempre que la leo. Pondera el autor que es una bárbara asquerosidad, después de haberse sonado las narices, ponerse á mirar en el lienzo la inmundicia, como si echasen perlas ó diamantes del cerebro.

Pues esa, señor mío, dijo Critilo, es una advertencia tan cortesana, cuan precisa, si ya no prolija; mas para la necedad nunca sobran avisos.

No, replicó el cortesano: no lo entendéis. Perdóneme el autor y enseñe todo lo contrario. Diga, que sí, que miren todos y vean lo que son en lo que echan. Advierta el otro presumido de bachiller y conózcase que es un rapaz mocoso, que aún no discurre ni sabe su mano derecha: no se desvanezca. Entienda el otro, que se estima de nasudo y de sagaz, que no son sentencias ni sutilezas las que piensa; sino crasicies, que destila del alambique de su nariz aguileña. Persuádase la otra linda que no es tan ángel como la mienten ni es ámbar lo que alienta; sino que es un albañal afeitado. Desengáñese Alejandro que no es hijo de Júpiter; sino de la pudrición y nieto de la nada. [Marginal: _Sonado mocoso._] Entienda todo divino que es muy humano y todo desvanecido que, por más viento que tenga en la cabeza y por más humo, todo viene á resolverse en asco y, cuando más sonado, más mocoso. ¡Eh!, conozcamos todos y entendamos que somos unos sacos de hediondez: cuando niños, mocos; cuando viejos, flemas; y cuando hombres, apostemas.

Esta otra, que se sigue, es totalmente superflua. Dice que por ningún caso el cortesano, estando con otros, se saque la cera de los oídos ni la esté retorciendo con los dedos, como quien hace fideos. Pregunto, señores: ¿quién hay que pueda hacer esto? ¿Á quién han dejado ya cera en los oídos unos y otras, aquéllos y éstas; cuanto menos, que sobre para hacer fideos? Mas sin cera está la era. Lo que él había de encargar es que no nos la sacasen tanto embestidor, tanta harpía, tanto agarrador, tanto escribano y otros que callo.

Pero con la que yo estoy muy mal, es con aquella otra, que enseña que es grande vulgaridad, estando en un corrillo ó conversación, sacar las tijerillas del estuche y ponerse muy de propósito á cortar las uñas. Ésta la tengo por muy perniciosa doctrina, porque á más de que ellos se tienen buen cuidado de no cortárselas ni aun en secreto, cuanto menos en público, fuera mejor que mandara se las cortaran delante de todo el mundo, [Marginal: _Señor almirante._] como hizo el almirante en Nápoles, pues todo él está escandalizado de ver algunos cuán largas las tienen. ¡Sí!, ¡sí señor! Saquen tijeras, aunque sean de tundir; mas no de trasquilar. Y córtense estas uñas de rapiña y atúsenlas hasta las mismas manos, cuando las tienen tan largas.

Algunos hombres hay caritativos, que suelen acudir á los hospitales á cortarles las uñas á los pobres enfermos. ¡Gran caridad es por cierto! Pero no fuera malo ir á las casas de los ricos y cortarles aquellas uñas gavilanes, con que se hicieron hidalgos de rapiña y desnudaron á estos pobrecitos y los pusieron por puertas y aun los echaron en el hospital.

Tampoco tenía que encargar aquello de quitar el sombrero con tiempo. ¡Gran liberalidad de cortesía es ésta! No sólo quitan ya el sombrero, sino la capa y la ropilla, hasta la camisa, hasta el pellejo, pues desuellan al más hombre de bien y dicen que le hacen mucha cortesía. Guardan otros tanto esta regla, que se entran de gorra en todas sus partes. Á esta traza os aseguro que no hay regla con regla.

Ésta, que leo aquí, es sin duda contra toda buena moralidad. Yo no sé cómo no la han prohibido. Dice que, cuando uno se pasea, no vaya con cuidado á no pisar las rayas ni atienda á poner el pie en medio, sino donde cayere.

¿No digo yo? ¡En lugar de aconsejar al cortesano que atienda mucho á no pisar la raya de la razón ni pasarla, que esté muy á la raya de la ley de Dios, que lo contrario es quemarse, y que no pase los límites de su estado, que por eso tantos han caído, que no pise la raya, sino el espacio, que eso es compasarse y medirse, que no alargue más el brazo ni el pie de lo que puede! Todo esto le aconsejaría yo: que mire dónde pone el pie y cómo lo asienta, vea dónde entra y dónde sale, pise firme siempre en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos en todo, y eso es andar bien.

¡Señor, que no vaya hablando consigo, que es necedad!

¿Pues con quién mejor puede hablar, que consigo mismo? ¿Qué amigo más fiel? Háblese á sí y dígase la verdad, que ningún otro se la dirá. Pregúntese y oiga lo que dice su conciencia, aconséjese bien, dé y tome consigo y crea que todos los demás le engañan y que ningún otro le guardará secreto, ni aun la camisa al rey don Pedro.

¡Que no pegue de golpes hablando, que es aporrear alma y cuerpo!

Dice bien, si el otro escucha; ¿pero si hace el sordo y á veces á lo que más importa? ¡Pues qué, si duerme! Menester es despertarle. Y hay algunos, que aun á mazadas no les entran las cosas ni se hacen capaces de la razón. ¿Qué ha de hacer un hombre, si no le entienden ni le atienden? Por fuerza ha de haber mazos en el hablar, ya que los hay en el entender.

¡Que no hable recio ni muy alto, que desdice de la gravedad!

¡Según con quien habla! Crea que no son buenas palabras de seda para orejas de buriel.

¡Pues qué otra ésta! Que no haga acciones con las manos, cuando habla, ni bracee, que parece que nada, ni saque el índice, que parece que pesca.

No fuera malo aquí distinguir de los que las tienen malas á los que buenas. Y las que se precian dellas, toman aquí el cielo con las manos. Con licencia deste autor, yo diría lo contrario, que haga y diga, no sea todo palabras, haya acción y ejecución también. Hable de veras. Si tiene buena mano, póngala en todo.

Así como tiene algunas reglas superfluas, otras tiene muy frías, como lo es ésta: que no se acerque mucho, cuando hablare, ni salpique, que verdaderamente algunos poco atentos en esto, deberían avisar antes de abrir la boca y decir: ¡agua va!, para que se apartasen los oyentes ó se vistiesen los albornoces, porque de ordinario éstos hablan sin escampar.

Yo, señores, por más dañoso tengo el echar fuego por la boca, que agua, y más son los que arrojan llamas de malignidad, de murmuración, de cizaña, de torpeza y de escándalo. Harto peor es echar espumajos, sin decir primero: ¡cólera va!

Reprehenda el vomitar veneno, que ya niñería es el escupir. Poco mal puede hacer una rociada de perdigones. Dios nos libre de la bala rasa de la injuria, de la jara de una barrilla, de la bomba de una traición, de las picas en picones y de la artillería del artificio maldiciente.

También hay algunas muy ridículas, como aquella otra que, cuando hablare con alguno, no le esté pasando la mano por el pecho ni madurando los botones de la ropilla, hasta hacerlos caer á puro retorcerlos.

¡Eh, que sí; déjelos tomar el pulso en el pecho y dar un tiento al corazón! Déjelos examinar si palpita. Tienten también si tienen almilla en los botones, que hay hombres, que aun allí no la tienen. Tírenle de la manga al que se desmanda y de la faldilla al que se estira, porque no salga de sí.

Ésta, que se sigue, en ninguna república se practica ni aun en la de Venecia. Era del tiempo antiguo. ¡Que no coma á dos carrillos, que es una grande fealdad!

Veis aquí una lección, que las más lindas la practican menos; antes dicen que están más hermosas de la otra suerte y se les luce más.

Que no ría mucho ni muy alto, dando grandes risadas.

¡Ay tantas y tales monstruosidades en el mundo, que no basta ya reir debajo la nariz, aunque frescamente á su sombra!

Va otra semejante: que no coma con la boca cerrada. Por cierto, sí. ¡Qué buena regla ésta para este tiempo, cuando andan tantos á la sopa! Aun dese modo no está seguro el bocado, que nos lo quitan de la misma boca; ¿qué sería á boca abierta? No habría menester más el otro, que come y bebe de cortesía. Á más de que en ninguna ocasión importa tanto tenerla cerrada y con candados, que cuando se come y se bebe. [Marginal: _Marqués de Espínola._] Así lo observó el célebre marqués de Espínola, cuando le convidó á su mesa el atento Henrico.

Y para ser nimio y menudo de todas maneras, encarga ahora que su cortesano de ningún modo regüelde: que, aunque es salud, es grosería. Créame y déjelos que echen fuera el viento, de que están ahitos y más llenos, cuando más vacíos. ¡Ojalá acabaran de despedir de una vez todo el que tienen en aquellas cabezas! Que tengo para mí que por eso al que estornuda le ayuda Dios á echar el viento de su vanidad y le damos la norabuena. Conozcan en la hediondez del aliento cómo se gasta el aire, cuando no está en su lugar.

Sólo un consejo me contentó mucho de _El Galateo_ y me pareció muy sustancial, para que se verifique aquel dicho común, que no hay libro sin algo bueno. Encarga, pues, por capital precepto y como el fundamento de toda su obra cortesana, que el galante _Galateo_ procure tener los bienes de fortuna, para vivir con lucimiento, que sobre esta basa de oro le han de levantar la estatua de cortesía y discreción, galantería, despejo y todas las demás prendas de varón culto y perfecto; y advierta que, si fuere pobre, jamás será ni entendido ni cortés ni galante ni gustoso. Y esto es lo que yo siento de _El Galateo._ Pues si ése no os contenta, dijo el librero, porque no instruye sino en la cortesía material, no da más de una capa de personas, una corteza de hombres, aquí está la juiciosa y grave instrucción del prudente Juan de Vega á su hijo, cuando le enviaba á la corte. Realzó esa misma instrucción, [Marginal: _Conde de Portalegre._] que no la comentó muy á lo señor y portugués, que es cuanto decir se puede, el conde de Portalegre en semejante ocasión de enviar otro hijo á la corte.

Es grande obra, dijo el cortesano, y sobrado grande, pues es sólo para grandes personajes; y yo no tengo por buen oficial al que quiere calzar á un enano el zapato de un gigante.

Creedme que no hay otro libro ni arte más á propósito, que parece la escribió viendo lo que en Madrid pasa.

Ya sé que me tendréis por paradojista y aun estoico, pero más importa la verdad. Digo que el libro, que habéis de buscar y leerlo de cabo á cabo, es la célebre Ulisiada de Homero. ¡Aguardad! No os admiréis hasta que me declare. ¿Qué pensáis? ¿Que el peligroso golfo, que él describe, es aquel de Sicilia, y que las sirenas están acullá en aquellas Sirtes con sus caras de mujeres y sus colas de pescados, la Circe encantadora en su isla y el soberano Cíclope en su cueva? Sabed que el peligroso mar es la corte con la Escila de sus engaños y la Caribdis de sus mentiras.

¿Veis esas mujeres, que pasan tan prendidas de libres y tan compuestas de disolutas? Pues ésas son las verdaderas sirenas y falsas hembras, con sus fines monstruosos y amargos dejos. Ni basta que el cauto Ulises se tape los oídos; es menester que se ate al firme mástil de la virtud y encamine la proa del saber al puerto de la seguridad, huyendo de sus encantos.

Hay encantadoras Circes, que á muchos, que entraron hombres, los han convertido en brutos. ¿Qué diré de tantos Cíclopes, tan necios como arrogantes, con solo un ojo, puesta la mira en su gusto y presunción?

Este libro os digo que repaséis, que él os ha de encaminar, para que como Ulises escapéis de tanto escollo como os espera y tanto monstruo como os amenaza.

Tomaron su consejo y fueron entrando en la corte, experimentando al pie de la letra lo que el cortesano les había prevenido y Ulises enseñado. No encontraron pariente ni amigo ni conocido, por lo pobre. No podían descubrir su deseada Felisinda.

Viéndose, pues, tan solos y tan desfavorecidos, determinó Critilo probar la virtud de ciertas piedras orientales muy preciosas, que había escapado de sus naufragios. Sobre todo quiso hacer experiencia de un finísimo diamante, por ver si vencía tan grandes dificultades su firmeza, y una rica esmeralda, si conciliaba las voluntades, como escriben los filósofos. Sacólas á luz, mostrólas y al mismo punto obraron maravillosos efectos, porque comenzaron á ganar amigos. Todos se les hacían parientes y aun había quien decía eran de la mejor sangre de España, galanes, entendidos y discretos.

Fué tal el ruido que hizo un diamante, que se les cayó en un empeño de algunos centenares, que se oyó por todo Madrid. Con que los embistieron enjambres de amigos, de conocidos y de parientes, más primos que un rey, más sobrinos que un papa. Pero el caso más agradablemente raro fué el que le sucedió á Andrenio, desde la calle Mayor á palacio. Llegóse á él un pajecillo, galán de librea y libre de desenfado, que desenvainando una hoja en un billete, le dejó tan cortado, que no acertó á descartarse Andrenio. Antes, brujuleándole, descubrió una prima su servidora en la firma. Dábale la bienvenida á la corte y muchas quejas de que, siendo tan proprio, se hubiese portado tan extraño. Suplicábale se dejase ver, que allí estaba aquel paje para que le guiase y le sirviese. Quedó atónito Andrenio, oyendo el reclamo de su prima, cuando él no creyera tener madre y, llevado más de su curioso deseo, que del ajeno agasajo, asistido del pajecillo, tomó el rumbo para la casa. Lo que aquí vió en maravillas y le sucedió en portentos dirá la siguiente Crisi.

CRISI XII _Los encantos de Falsirena._ Fué Salomón el más sabio de los hombres y fué el hombre á quien más engañaron las mujeres. Y con haber sido el que más las amó, fué el que más mal dijo dellas. Argumento de cuán gran mal es el del hombre la mujer mala y su mayor enemigo. Más fuerte es que el vino, más poderosa que el rey y que compite con la verdad, siendo toda mentira. Más vale la maldad del varón, que el bien de la mujer, dijo quien más bien dijo, porque menos mal te hará un hombre que te persiga, que una mujer que te siga.

Mas no es un enemigo sólo; sino todos en uno, que todos han hecho plaza de armas en ella. De carne se compone, para descomponerle. El mundo la viste, que para poder vencerle á él, se hizo mundo della. Y la que el mundo se viste, del demonio se reviste en sus engañosas caricias.

Gerión de los enemigos, triplicado lazo de la libertad, que difícilmente se rompe. De aquí sin duda procedió el apellidarse todos los males hembras, las furias, las parcas, las sirenas y las harpías, que todo lo es una mujer mala.

Hácenle guerra al hombre diferentes tentaciones, en sus edades diferentes, unas en la mocedad y otras en la vejez; pero la mujer en todas. Nunca está seguro dellas ni mozo ni varón ni viejo ni sabio ni valiente ni aun santo. Siempre está tocando al arma este enemigo común y tan casero, que los mismos criados del alma la ayudan, los ojos franquean la entrada á su belleza, los oídos escuchan su dulzura, las manos la atraen, los labios la pronuncian, la lengua la vocea, los pies la buscan, el pecho la suspira y el corazón la abraza. Si es hermosa, es buscada; si fea, ella busca. [Marginal: _Trono de la necedad._] Y si el cielo no hubiera prevenido que la hermosura de ordinario fuera trono de la necedad, no quedara hombre á vida, que la libertad lo es. ¡Oh, cómo le previno el escarmentado Critilo al engañado Andrenio! Mas ¡qué poco le aprovechó!

Partió ciego á buscar luz á la casa de los incendios. No consultó á Critilo, temiéndole severo. Y así solo y malguiado de un pajecillo, que suelen ser las pajuelas de encender el amoroso fuego, caminó un gran rato, torciendo calles y doblando esquinas.

Mi señora, decía el rapaz, la honestísima Falsirena vive muy fuera del mundo, ajena del bullicio cortesano, ya por natural recato, haciendo desierto de la corte, ya por poder gozar de la campaña en sus alegres jardines.

Llegaron á una casa, que en la apariencia aún no prometía comodidad, cuanto menos magnificencia, estrañándolo harto Andrenio. Mas luego que fué entrando, parecióle haber topado el mismo alcázar de la aurora. Porque tenía las entradas buenas á un patio muy desahogado, teatro capaz de maravillosas apariencias. Y aun toda la casa era harto desenfadada. En vez de firmes atlantes en columnas, coronaban el atrio hermosas ninfas por la materia y por el arte raras, asegurando sobre sus delicados hombros firmeza á un cielo, alternado de serafines; pero sin estrellas.

[Marginal: _Amor llorando quema._] Señoreaba el centro una agradable fuente, equívoca de aguas y fuegos, pues era Cupidillo, que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas y ya linfas. Íbanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro, deslizándose siempre y huyendo de los que le seguían y murmurando después de los mismos que lisonjearon antes.

Donde acababa el patio, comenzaba un Chipre tan verde, que pudiera darlo el más buen gusto; si bien todas sus plantas eran más lozanas que fructíferas, todo flor y nada fruto. Coronábase de flores, vistosamente odoríferas, parando todo en espirar humos fragantes. El vulgo de las aves le recibió con salvas de armonía; si ya no fué darle la vaya, silbándole á porfía el Céfiro y Fabonio, que él lo tuvo todo por donaire.

Era el jardín con toda propiedad un pensil, pues á cuantos le lograban, suspendía. Fuése acercando Andrenio al mejor centro de su amenidad, donde estaba la primavera deshilando copos en jazmines, digo la vana Venus de este Chipre, que nunca hay Chipre sin Venus.

Salió Falsirena á recibirle, hecha un sol muerto de risa y, formando de sus brazos la media luna, le puso entre las puntas de su cielo. Mezcló favores con quejas, repitiendo algunas veces: ¡Oh primo mío sin segundo! ¡Oh, señor Andrenio! Seáis tan bienvenido como deseado.

Mas, ¿cómo? decía mudando á cada palabra su afecto, ensartando perlas hilo á hilo y mentiras en cadena, ¿cómo os lo ha permitido el corazón, que estando aquí esta casa tan vuestra, os hayáis desterrado á una posada, siquiera por las obligaciones de parentesco, cuando no por la conveniencia de regalo? Viéndoos estoy y no lo creo: ¡Qué retrato tan al vivo de vuestra hermosa madre! ¡Á fe que no la desmentís en cosa! ¡No me harto de miraros! ¿De qué estáis tan encogido? ¡Al fin como tan fresco cortesano!

Señora, respondió, yo os confieso que estoy turbadamente admirado de oiros decir que seáis mi prima, cuando yo ignoro madre, desconociendo á quien tanto me ha desconocido. Yo no sé que tenga pariente alguno: tan hijo soy de la nada. Mirad bien no os hayáis equivocado con algún otro más dichoso.

¡Que no, dijo, señor Andrenio! No por cierto. Muy bien os conozco y sé quién sois y cómo nacisteis en una isla en medio de los mares. Muy bien sé que vuestra madre es mi tía y señora. ¡Ah, qué linda era! Y aunque por eso tan poco venturosa. ¡Oh, qué gran mujer y qué discreta! [Marginal: _Violencias del amor._] ¿Pero qué Dánae escapó de un engaño? ¿Qué Elena de una fuga? ¿Qué Lucrecia de una violencia? ¿Y qué Europa de un robo? Viniendo, pues, Felisinda, que éste es su dichoso nombre...Aquí Andrenio se conmovió entrañablemente, oyendo nombrar por madre suya la repetida esposa de Critilo. Notólo luego Falsirena y porfió en saber la causa.

Porque he oído hartas veces ese nombre, dijo Andrenio.

Y ella: Ahí veréis que no os miento en cuanto digo. Estaba, pues, Felisinda casada en secreto con un tan discreto cuan amante caballero, que quedaba preso en Goa; si bien en su corazón le traía y á vos por prenda suya en sus entrañas. Ejecutáronla los dolores del parto en una isla, debiendo al cielo dobladas providencias, con que pudo salvar su crédito, no fiándolo ni de sus mismas criadas, enemigas mayores de su secreto. Sola, pues, aunque tan asistida de su valor y su honra, os echó á luz y, cuando os arrojó de sus entrañas al suelo, más blando que ellas, allí, malenvuelto entre unas martas, que le servían á ella de galán abrigo, os encomendó en la cuna de la yerba al piadoso cielo, que no se hizo sordo, pues os proveyó de ama en una fiera, que no fué la primera vez ni será la última que sustituyeron maternas ausencias. ¡Oh, cómo me lo contaba ella muchas veces y con más lágrimas que palabras me ponderaba su sentimiento! ¡Lo que se ha de alegrar cuando os vea! Ahora os restituirá las caricias en abrazos, que allí os negó, violentada de su honor.

Estaba atónito Andrenio, escuchando el suceso de su vida y, careando tan individuales circunstancias con las noticias que él tenía, reventando en lágrimas de ternura, comenzó á destilar el corazón en líquidos pedazos por los ojos.

[Marginal: _Lágrimas quebrantan peñas._] Dejemos, dijo ella, dejemos tristezas ya pasadas, no vuelvan en llanto á moler el corazón. Subamos arriba, veréis mi pobre y ya dichoso albergue. ¡Hola!, prevenid dulces, que nunca faltan en esta casa.

Fueron subiendo por unas gradas de pórfidos, ya pérfidos, que al bajar serían _á gatas_, á la esfera del sol en lo brillante y de la luna en lo vario. Registraron muchas cuadras, muy desenfadadas todas, tan artesonados los techos, que remedando cielos, hicieron á tantos ver, á su despecho, las estrellas. Había viviendas para todos tiempos, sino para el pasado, y todas eran muy buenas piezas, repitiendo ella: Todo es tan vuestro como mío.

Mientras duró la dulcísima merienda, le cantaron gracias y le encantaron Circes.

En todo caso habéis de quedar aquí, dijo la prima; aunque tan á costa de vuestro gusto. Dispóngase luego el traeros la ropa, que, aunque aquí no os hará falta, pero basta ser vuestra. No tenéis que salir para ello, que mis criados con una señal la cobrarán y pagarán lo que se debiere.

Será preciso, replicó Andrenio, que yo vaya, porque habéis de saber que no soy solo y que la merced que me hacéis ha de ser doblada. Daré razón á Critilo mi padre.

¿Cómo es eso de padre?, dijo asustada Falsirena.

Y él: Llamo padre á quien me hizo obras de tal y tengo por cierto, según vuestras noticias, que es mi padre verdadero, porque es el esposo de Felisinda, aquel caballero que en Goa quedó preso.

¿Eso más?, dijo Falsirena. Id luego al punto y volved al mismo con Critilo y traed la ropa en todo caso. Mirad, primo, que no comeré un solo bocado ni reposaré un instante hasta volver á veros.

Partió Andrenio, seguido del mismo pajecillo, de la espía y del recuerdo. Halló á Critilo ya cuidadoso. Fuése á echar á sus pies, besándole apretadamente las manos, repitiendo muchas veces: ¡Oh padre!, ¡oh señor mío! que ya el corazón me lo decía.

¿Qué novedad es ésta?, replicó Critilo.

Que no es nuevo en mí, respondió, el teneros por padre, que la misma sangre me lo estaba voceando en las venas. Sabed, señor, que vos sois quien me ha engendrado y después hecho persona. Mi madre es vuestra esposa Felisinda. Que todo me lo ha contado una prima mía, hija de una hermana de mi madre, que ahora vengo de verla.

¿Cómo es eso de prima?, preguntó Critilo. Ese nombre de prima no me suena bien.

Sí hará, porque es muy cuerda. Venid, señor, á su casa, que allí volveremos á oir esta novedad siempre gustosa.

Estaba suspenso Critilo entre el oir tan individuales circunstancias y el temer tantos engaños en la corte. Pero, como es fácil creer lo que se desea, dejóse convencer á título de informarse y así se fueron juntos á casa de Falsirena.

Parecía ya otra, siempre mejorada y, aunque ahora muy á lo grave y autorizado pero siempre con apariencias de un cielo.

Seáis muy bienllegado, dijo ella, señor Critilo, á esta vuestra casa, que sólo ignorarla os ha podido escusar de no haberla honrado antes. Ya os habrá referido mi primo las obligaciones recíprocas de nuestro parentesco y cómo su madre y vuestra esposa, la hermosa Felisinda, era mi tía y mi señora y mucho más amiga, que parienta. Harto sentí yo su falta y aun la lloro.

Aquí sobresaltado Critilo: ¿Pues cómo?, dijo. ¿Es muerta?

No señor, respondió, no tanto mal; basta la ausencia. Sus padres se murieron y aun de pena de ver que nunca quiso elegir esposo entre ciento que la competían. Quedó á la sombra y tutela de aquel gran príncipe, que hoy asiste en Alemania, embajador del Católico. Allá pasó con la marquesa, como parienta y encomendada, donde sé que vive y muy contenta, ¡así Dios nos la vuelva, como espero! Quedé yo aquí con mi madre, hermana suya y, aunque solas, muy acomodadas de honra y hacienda. Mas, como no vienen solas las desdichas de cobardes, faltóme también mi madre, sin duda del sentimiento de su ausencia. Asístenme los parientes y á todo el mundo debo harto. Es la virtud mi empleo, procuro conservar la honra heredada: que deben más unas personas que otras á sus antepasados. Ésta, señores, es mi casa, de hoy adelante vuestra, para toda la vida y ¡sea la de Néstor! Ahora quiero que veáis lo mejor de mis galerías y suelos, conduciendo hasta desembarcar en un puerto de rosas y de claveles.

Aquí les fué mostrando en valientes tablas, obra de prodigiosos pinceles, todo el suceso de su vida y sus tragedias, con no poco espanto de ambos, correspondiendo á extremos del arte con extremos de admiración.

No ya sólo Andrenio, pero el mismo Critilo quedó vencido de su agasajo y convencido de su información. Después de alternar disculpas con agradecimientos, trató traer su ropa y entre ella algunas piedras muy preciosas, ruinas ya de aquella su rica casa. Hizo alarde dellas y, como fruta de damas, brindó con todas las de su buen gusto á Falsirena. Aquí ella, aunque las celebró mucho, mandó sacar otras tantas y muy á lo bizarro dijo que las gozase todas. Replicó Critilo fuese servida de guardarlas y ella lo cumplió bien.

Suspiraba Critilo por su deseada Felisinda y así un día sobre mesa propuso su jornada para Alemania, donde estaba. Mas Andrenio, cautivo de la afición de su prima, divirtió la plática, porque disgustaba mucho el hacer ausencia. Ella más á lo sagaz, habiendo alabado la resolución, puso largas á título de conveniencia. Mas ofrecióse luego ocasión y sazón de ir sirviendo á la gran fénix de España, que iba á coronarse de águila del imperio.

No tuvo escusa Andrenio y, entretanto que disponía la partida, propuso Falsirena el preciso lance de ir á ver [Marginal: _Escorial. Aranjuez._] aquellos dos milagros del mundo, el Escorial del arte y el Aranjuez de la naturaleza, paralelos del sol de Austria, según gustos y tiempos. Pero estaba tan ciego de su pasión Andrenio, que no le quedaba vista para ver otro, aunque fuesen prodigios. Hacía instancias Falsirena. Y Critilo, aunque fuese solo en pagar á la curiosidad una tan justa deuda, que después ejecuta el tormento de no haber visto lo que todos celebran y aun la propia imaginación castiga toda la vida, representando por lo mejor aquello que se dejó de ver, partióse solo para admirar por muchos.

Halló aquel gran templo de Salomón católico, asombro del hebreo, no sólo satisfacción á lo concebido, sino pasmo en el exceso. Allí vió la ostentación de un real poder, un triunfo de la piedad católica, un desempeño de la arquitectura, pompa de la curiosidad, ya antigua, ya moderna, el último esfuerzo de las artes y donde la grandeza, la riqueza y la magnificencia llegaron de una vez á echar el resto.

De aquí pasó á Aranjuez, estancia perpetua de la primavera, patria de Flora, retiro de su amenidad en todos los meses del año, guardajoyas de las flores y centro de las delicias á todo gusto, y contento. Dejó en ambas maravillas empeñada la admiración para toda la vida.

Volvió á Madrid muy satisfecho de prodigios. Fuése á hospedar á casa de Falsirena; pero hallóla más cerrada que un tesoro y más sorda que un desierto. Repitió aldabadas al impaciente criado, resonando el eco cada una en el corazón de Critilo. Enfadados los vecinos, le dijeron: No se canse ni nos muela, que ahí nadie vive, todos mueren.

Asustado Critilo, replicó: ¿No vive aquí una señora principal, que pocos días ha dejé yo sana y buena?

Eso de buena, dijo uno riéndose, perdonadme que no lo crea.

Ni señora, añadió otro, quien toda su vida gasta en mocedades.

Ni aun mujer, dijo el tercero, quien es una harpía; si ya no es la peor mujer destos tiempos.

No acababa de persuadirse Critilo lo que no deseaba. Volvió á instar: ¿Señores, no vive aquí Falsirena?

Llegóse en esto uno y dijóle: No os canséis ni recibáis enfado. Es verdad que ha vivido ahí algunos días una Circe en el zurcir y una Sirena en el encantar, causa de tantas tempestades, tormentos y tormentas, porque á más de ser ruin, aseguran que es una famosa hechicera, una célebre encantadora, pues convierte los hombres en bestias.

¿Y no los transforma en asnos de oro?

No, sino de su necedad y pobreza. Por esa corte andan á millares convertidos, después de divertidos, en todo género de brutos. Lo que yo sé decir es que en pocos días, que aquí ha estado, he visto entrar muchos hombres y no he visto salir uno tan sólo, que lo fuese. Y por lo que esta Sirena tiene de pescado, les pesca á todos el dinero, las joyas, los vestidos, la libertad y la honra. Y para no ser descubierta, se muda cada día, no la condición ni las costumbres, sino de casas. De un cabo de la villa salta al otro, con lo cual es imposible hallarla de tan perdida. Tiene otra igual astucia la brújula, con que se rige en este golfo de sus enredos, y es que, en llegando un forastero rico, al punto se informa de quién es, de dónde y á qué viene, procurando saber lo más íntimo. Estudia el nombre, averigúale la parentela. Con esto, á unos se les miente prima, á otros sobrina y á todos por un cabo ó por otro parienta. Muda tantos nombres, como puestos. En una parte es Cecilia, por lo Escila, en otra Serena por lo Sirena, Inés porque ya no es, Teresa por lo traviesa, Tomasa por lo que toma y Quiteria por lo que quita. Con estas artes los pierde á todos y ella gana y ella reina.

No acababa de satisfacerse Critilo y, deseando entrar en la casa, preguntó, si estaría á mano la llave.

Sí, dijo uno, yo la tengo encomendada, por si llegan á verla. Abrió y al punto que entraron dijo Critilo: Señores, que no es ésta la casa ó yo estoy ciego, porque la otra era un palacio por lo encantado.

Tenéis razón, que los más son de esa suerte. Aquí no hay jardines, no; sino montones de moral basura. Las fuentes son albañales y los salones zahurdas. ¿Os ha pescado algo esta sirena? ¡Decidnos la verdad!

Sí y mucho, joyas, perlas y diamantes; pero lo que más siento es haber perdido un amigo.

No se habrá perdido para ella; sino para sí mismo. Habrálo transformado en bestia, con que andará por esta corte vendido.

¡Oh, Andrenio mío!, dijo suspirando. ¿Dónde estarás? ¿Dónde te podré hallar? ¿En qué habrás parado?

Buscóle por toda la casa, que fué paso de risa para los otros y para él llanto. Y, despidiéndose dellos, tomó la derrota para su antigua posada.

Dió mil vueltas á la corte, preguntando á unos y á otros y nadie le supo dar razón, que de bien pocos se da en ella. Perdía el juicio, alambicándole en pensar trazas, cómo descubrirle. Resolvió al cabo volver á consultar á Artemia.