SigPhi · Baltasar Gracian

El Criticón (tom 1)

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De modo, señor mío, dijo Critilo, ¿que aún no llega á ser aire y enciende tanto fuego?

Estaba otro dando largos ducados, porque le matasen un contrario.

¿Señor, qué os ha hecho?

No ha llegado á tanto; hame dicho de suerte, que por una palabrilla...¿Y era afrentosa?

No, pero el airecillo con que lo dijo me ofendió mucho.

De modo, que aún no llega á ser aire lo que os cuesta tan caro á vos y á él.

Gastaba un gran príncipe sus rentas en truhanes y bufones y decía que gustaba mucho de sus gracias y donaires.

Desta suerte se vendían tan caros puntillos de honra, el modillo, el airecillo y el donaire.

Pero lo que les espantó mucho fué ver una mujer tan fiera, que pasaba plaza de furia infernal, de harpía en arañar á cuantos llegaban á su tienda y gritaba: ¿Quién compra? ¿Quién compra pesares, quebraderos de cabeza, quitasueños, rejalgares, malas comidas y peores cenas?

Entraban ejércitos enteros y era lo malo que, haciendo alarde, salían pasando crujía y los que vivos, [Marginal: _Marqués del Borro._] que eran bien pocos, salían corriendo sangre, más acribillados de heridas que un marqués del Borro. Y con verlos, no cesaban de entrar los que de nuevo venían.

Estábase Critilo espantado, mirando tal atrocidad y díjole Egenio: Sabe que cuantos males hay le ponen algún cebillo al hombre para pescarle: la codicia oro, la lujuria deleites, la soberbia honras, la gula comidas, la pereza descansos; sólo la ira no da sino golpes, heridas y muertes y con todo eso tantos y tontos la compran tan cara.

Pregonaba uno: Aquí se venden esposas.

Llegaban unos y otros, preguntando si eran de hierro ó mujeres.

Todo es uno, que todas son prisiones.

¿Y el precio?

De balde y aun menos.

¿Cómo puede ser menos?

Sí, pues se paga porque las lleven.

Sospechosa mercadería: ¿mujeres y pregonadas?, ponderó uno. Ésa no llevaré yo: la mujer, ni vista ni conocida; pero también será desconocida.

Llegó uno y pidió la más hermosa. Diéronsela á precio de gran dolor de cabeza y añadió el casamentero: El primer día os parecerá bien á vos; todos los demás á los otros.

Escarmentando otro, pidió la más fea.

Vos la pagaréis con un continuo enfado.

Convidábanle á un mozo que tomase esposa y respondió: Aún es temprano.

Y un viejo: Ya es tarde.

[Marginal: _Discreción._] Otro, que se picaba de discreción, pidió una que fuese entendida. Buscáronle una feísima, toda huesos y que todos le hablaban.

Venga una, señor mío, que sea muy igual en todo, dijo un cuerdo: porque la mujer, me aseguran, es la otra mitad del hombre y que realmente antes eran una misma cosa entrambos; mas que Dios los separó, porque no se acordaban de su divina Providencia. Y que esta es la causa de aquella tan vehemente propensión, que tiene el hombre á la mujer, buscando su otra mitad.

Casi tiene razón, dijeron; pero es cosa dificultosa hallarle á cada uno su otra mitad. Todas andan barajadas comúnmente. La del colérico damos al flemático, la del triste al alegre, la del hermoso al feo y tal vez la del mozo de veinte años al caduco de setenta: ocasión de que los más vienen arrepentidos.

Pues eso, señor casamentero, dijo Critilo, no tiene disculpa, que bien conocida es la desigualdad de quince años á setenta.

¿Qué queréis? Ellos se ciegan y lo quieren así.

Pero ellas ¿cómo pasan por eso?

Es, señor, que son niñas y desean ser mujeres y, si ellos caducan, ellas niñean. El mal es que, en no teniendo mocos, no gustan de gargajos. Mas eso no tiene remedio. Tomad ésta, conforme la deseáis.

Miróla y halló que en todo era dos ó tres puntos más corta: en la edad, en la calidad, en la riqueza, en todo. Y reclamando no era tan ajustada como deseaba: Llevadla, dijo, que con el tiempo vendrá á ajustarse, que de otra manera pasaría y sería mucho peor. Y tened cuidado de no darla todo lo necesario, porque en teniéndolo, querrá lo superfluo.

Fué alabado mucho uno, que diciéndole viese una, que había de ser su mujer, respondió que él no se casaba por los ojos, sino por los oídos. Y así llevó en dote la buena fama.

Convidáronlos á la casa del buen gusto, donde había convitón.

¿Será casa de gula?, dijo Andrenio.

Sí será, respondió Critilo; pero los que entran parecen comedores y los que salen comidos.

Vieron cosas raras: había sentado un gran señor, rodeado de gentileshombres enanos, entrometidos, truhanes, valientes y lisonjeros, que parecía el arca de las sabandijas. [Marginal: _Príncipes._] Comió bien; pero echáronle la cuenta muy larga, porque dijeron comía cien mil ducados de renta. Él sin réplica, pasaba por ello. Reparó Critilo y dijo: ¿Cómo puede ser esto? No ha comido la centésima parte de lo que dicen.

Es verdad, dijo Egenio, que no los come; sino éstos que le van alrededor.

Pues, según eso, no digan que tiene el duque cien mil de renta, sino mil y los demás de dolor de cabeza.

Había bravos papasales, otros que papaban viento y decían que engordaban; pero al cabo todo paraba en aire. Todo se lo tragaban algunos y otros todo se lo bebían. Muchos tragaban saliva y los más mordían cebolla y al cabo todos los que comían quedaban comidos hasta de los gusanos.

En todas estas tiendas no feriaron cosa de provecho; sí en las otras de mano derecha, preciosos bienes, verdades de finísisimos quilates y sobre todo á sí mismos. Que el sabio consigo y Dios, tiene lo que basta.

Desta suerte salieron de la feria, hablando cómo les había ido en ella. Egenio ya otro, porque rico trató de volver á su alojamiento, que en esta vida no hay casa propia. Critilo y Andrenio se encaminaron á pasar los puertos de la edad varonil en Aragón, de quien decía aquel su famoso rey que, en naciendo, fué destinado para dar tantos Santiagos y para ser conquistador de tantos reinos, comparando las naciones de España á las edades y que los aragoneses eran los varones.

EL CRITICÓN SEGUNDA PARTE JUICIOSA CORTESANA FILOSOFÍA EN EL OTOÑO DE LA VARONIL EDAD AL SERENÍSIMO SEÑOR DON JUAN DE AUSTRIA Serenísimo Señor: Arco vistoso y bienvisto el que tantas tempestades serena, brillante rayo del planeta cuarto y rayo ardiente de la guerra. Hoy en emulación de las aceradas hojas de Belona, siempre augustas, siempre victoriosas, en la hercúlea mano de V. A. llegan á tan florecientes plantas estas de Minerva, prometiéndose eternidades de seguridad á sombra de tan inmortal plausible lucimiento. De hojas á hojas va la competencia y no estraña, pues con igual felicidad suelen alternarse las fatigas de Palas valiente y las delicias de Palas estudiosa, y más en un César novel, gloria de Austria y blasón de España. La edad, Señor varonil, maldelineada en estos borrones, bienideada en los aciertos de la anciana juventud de V. A., vincula su patrocinio en quien toda la Monarquía Católica, su desempeño, inaugurando que quien, cuando había de ser joven, es tanto hombre, cuando llegue á ser hombre, será un jayán del valor, un héroe de la virtud y un fénix de la fama.

B. L. P. DE V. A.

_LORENZO GRACIÁN._ CRISI PRIMERA Renuncia el hombre inclinaciones de siete en siete años: ¡cuánto más alternará genios en cada una de sus cuatro edades! Comienza á medio vivir quien poco ó nada percibe. Ociosas pasan las potencias en la niñez, aun las vulgares; que las nobles sepultadas yacen en una puerilidad insensible, punto menos que bruto, aumentándose con las plantas y vegetándose con las flores.

Pero llega el tiempo en que también el alma sale de mantillas: ejerce ya la vida sensitiva, entra en la jovial juventud, que de allí tomó apellido. ¡Qué sensual! ¡Qué delicioso! No atiende sino á holgarse el que nada entiende. No vaca al noble ingenio; sino al delicioso genio. Sigue sus gustos, cuando tan malo le tiene.

Llega al fin, pues, siempre tarde á la vida racional y muy de hombre: ya discurre y se desvela. [Marginal: _Empleos varoniles._] Y porque se reconoce hombre, trata de ser persona. Estima el ser estimado, anhela al valer, abraza la virtud, logra la amistad, solicita el saber, atesora noticias y atiende á todo sublime empleo.

Acertadamente discurría quien comparaba el vivir del hombre al correr del agua, cuando todos morimos y como ella nos vamos deslizando. Es la niñez fuente risueña. Nace entre menudas arenas, que de los polvos de la nada se hacen los lodos del cuerpo. Sale tan clara como sencilla. Ríe lo que no murmura, bulle entre campanillas de viento, arrúllase entre pucheros y cíñese de verduras que la fajan.

Precipítase ya la mocedad en un impetuoso torrente, corre, salta, se arroja y despeña, tropezando con las guijas, rifando con las flores. Va echando espumas, se enturbia y se enfurece.

Sosiégase ya río en la varonil edad. Va pasando tan callado, cuan profundo, caudalosamente vagaroso. Todo es fondos, sin ruido. Dilátase espaciosamente grave, fertiliza los campos, fortalece las ciudades, enriquece las provincias y de todas maneras aprovecha.

¡Mas ay! que al cabo viene á parar en el amargo mal de la vejez, abismo de achaques, sin que le falte una gota. Allí pierden los ricos sus bríos, su nombre y su dulzura. Va á orza el carcomido bajel, haciendo agua por cien partes y á cada instante zozobrando entre borrascas tan deshechas, que le deshacen, hasta dar al través con dolor y con dolores en el abismo de un sepulcro, quedando encallado en el perpetuo olvido.

[Marginal: _Aragón, buena España._] Hallábanse ya nuestros dos peregrinos del vivir, Critilo y Andrenio, en Aragón, que los estranjeros llaman la buena España, empeñados en el mayor reventón de la vida. Acababan de pasar sin sentir, cuando con mayor sentimiento, los alegres prados de la juventud, lo ameno de sus verduras, lo florido de sus lozanías y, subiendo la trabajosa cuesta de la edad varonil, llena de asperezas, si no malezas, emprendían una montaña de dificultades.

Hacíasele muy cuesta arriba á Andrenio, como á todos los que suben á la virtud, que nunca hubo altura sin cuesta. Iba afanando y aun sudando. Animábale Critilo con prudentes recuerdos y consolábale en aquella esterilidad de flores con la gran copia de frutos, de que se veían cargados los árboles. Pues tenían más que hojas, contando las de los libros. Subían tan altos, que les pareció señoreaban cuanto contiene el mundo, muy superiores á todo.

¿Qué te parece desta nueva región?, dijo Critilo. ¿No percibes qué aires estos tan puros?

Así es, respondió Andrenio. Paréceme que ya llevamos otros aires. ¡Qué buen puesto éste para tomar aliento y asiento! Que ya es tiempo de tenerle.

Pusiéronse á contemplar lo que habían caminado hasta hoy.

¿No atiendes qué de verduras dejamos atrás, tan pisadas, como pasadas? ¡Cuán bajo y cuán vil parece todo lo que habemos andado hasta aquí! Todo es niñería, respecto de la gran provincia que emprendemos. ¡Qué humildes y qué bajas se reconocen todas las cosas pasadas! ¡Qué profundidad tan notable se advierte de aquí allá! Despeño sería querer volver á ellas. ¡Qué pasos tan sin provecho, cuantos habemos dado hasta hoy!

Esto estaban filosofando, cuando descubrieron un hombre, muy otro de cuantos habían topado hasta aquí, pues se estaba haciendo ojos para notarlos, que ya poco es ver. Fuése acercando y ellos advirtiendo que realmente venía todo rebutido de ojos de pies á cabeza y todos suyos y muy despiertos.

¡Qué gran mirón es éste!, dijo Andrenio.

No; sino prodigio de atenciones, respondió Critilo. Si él es hombre, no destos tiempos; y, si lo es, no es marido ni aun pastor ni trae cetro ni cayado. ¿Mas si sería Argos? Pero no, que ése fué del tiempo antiguo y ya no se usan semejantes desvelos.

Antes sí, respondió el mismo: que estamos en tiempos, que es menester abrir el ojo y aun no basta; sino andar con cien ojos. Nunca fueron menester más atenciones, que cuando hay tantas intenciones: que ya ninguno obra de primera. Y advertid que de aquí adelante ha de ser el andar despabilados, que hasta ahora todos habéis vivido á ciegas y aun á dormidas.

Dínos por tu vida, tú que ves por ciento y vives por otros tantos, ¿guardas aún bellezas?

¡Qué vulgaridad tan rancia!, respondió él. ¿Y quién me mete á mí en imposibles? Antes me guardo yo dellas y guardo á otros bienentendidos.

Estaba atónito Andrenio, haciéndose ojos también ó en desquite ó en imitación.

Y reparando en ellos Argos, le dijo: ¿Ves ó miras? Que no todos miran lo que ven.

Estoy, respondió, pensando de qué te pueden servir tantos ojos. Porque en la cara están en su lugar, para ver lo que pasa, y aun en el cerebro, para ver lo que pasó; ¿pero en los hombros á qué propósito?

[Marginal: _Ojo á la carga y al cargo._] ¡Qué bien lo entiendes!, dijo Argos. Éstos son más importantes, los que más estimaba don Fadrique de Toledo.

¿Pues para qué valen?

Para mirar un hombre la carga que se echa á cuestas y más si se casa ó se arrasa, al aceptar el cargo y entrar en el empleo. Ahí es el ver y tantear la carga, mirando y remirando, midiéndola con sus fuerzas, viendo lo que pueden sus hombros. Que el que no es un Atlante ¿para qué se ha de meter á sostener las estrellas? Y el otro, que no es un Hércules, ¿para qué se entremete á sustituto del peso de un mundo? Él dará con todo en tierra.

¡Oh, si todos los mortales tuviesen destos ojos! Yo sé que no se echarían tan á carga cerrada las obligaciones, que después no pueden cumplir. Y así andan toda la vida gimiendo con la carga incomportable: el uno de un matrimonio, sin patrimonio; el otro del demasiado punto, sin coma; éste con el empeño en que se desempeña y aquél con el honor, que es horror. Estos ojos humerales abro yo primero muy bien, antes de echarme la carga á cuestas; que el abrirlos después no sirve sino para la desesperación ó para el llanto.

¡Oh, cómo tomaría yo otros dos, dijo Critilo, no sólo para no cargar de obligaciones, pero ni aun encargarme de cosa alguna, que abrume la vida y haga sudar la conciencia!

Yo confieso, que tienes razón, dijo Andrenio, y que están bien los ojos en los hombros, pues todo hombre nació para la carga. [Marginal: _Ojo al arrimo._] Pero díme: esos, que llevas en las espaldas ¿para qué pueden ser buenos? Si ellas de ordinario están arrimadas ¿de qué sirven?

Y aun por eso, respondió Argos: para que miren bien dónde se arriman. ¿No sabes tú que casi todos los arrimos del mundo son falsos, chimeneas tras tapiz, que hasta los parientes falsean y se halla peligro en los mismos hermanos? Maldito el hombre, que confía en otro, y sea quien fuere. ¿Qué digo amigos y hermanos? De los mismos hijos no hay que asegurarse y necio del padre, que en vida se despoja. No decía del todo mal quien decía que vale más tener que dejar en muerte á los enemigos, que pedir en vida á los amigos. Ni aun en los mismos padres hay que confiar, que algunos han echado dado falso á los hijos y ¡cuántas madres hoy venden las hijas!

Hay gran cogida de falsos amigos y poca acogida en ellos. Ni hay otra amistad, que dependencia. Á lo mejor falsean y dejan á un hombre en el lugar, en que ellos le metieron. ¿Qué importa que el otro os haga espaldas en el delito, si no os hace cuello después en el degüello?

Buen remedio, dijo Critilo, no arrimarse á cabo alguno, estarse solo, vivir á lo filósofo y á lo feliz.

Rióse Argos y dijo: Si un hombre no busca algún arrimo, todos le dejarán estar y no vivir. Ningunos más arrimados hoy que los que no se arriman. Aunque sea un gigante en méritos, le echarán á un rincón. [Marginal: _Don Miguel de Escartín._] Así puede ser más benemérito que nuestro obispo de Barbastro, más hombre de bien que el mismo patriarca, más valiente que Domingo de Eguía, más docto que el cardenal de Lugo: nadie se acordará dél. Y aun por eso, toda conclusión se arrima á buen poste y todo jubileo á buena esquina. Creedme que importan mucho estas atenciones respaldares.

Ésos sean los mismos, dijo Andrenio, y no los de las rodillas. Desde ahora los renuncio allí. ¿Y para qué, sino para cegarse con el polvo y quedar estrujados en el suelo?

¡Qué mal lo discurres!, respondió Argos. Ésos son hoy los prácticos. Porque más político es mirar un hombre á quién se dobla, á quién hinca la rodilla, qué numen adora, quién ha de hacer el milagro. Que hay imágenes viejas, de adoración pasada, que no se les hace ya fiesta, figura del descarte, barajadas de la fortuna. Estos ojos son para brujulear quién triunfa, para hacerse hombre, ver quién vale y ha de valer.

De verdad, que no me desagradan, dijo Critilo, y que en las cortes me dicen se estiman harto. Por no tener yo otros como ellos, voy siempre rodando. Esta mi entereza me pierde.

Una cosa no me puedes negar, replicó Andrenio: que los ojos en las espinillas no sirven sino para lastimarse. Señor, en los pies están en su lugar, para ver un hombre dónde los tiene, dónde entra y sale, en qué pasos anda; pero en las piernas ¿para qué?

¡Oh, sí! Para no echarlas ni hacerlas con el poderoso, con el superior. Atienda el sagaz con quién se toma, mire con quién las ha y, en reconociéndole la cuesta, no parta peras con él, cuanto menos piedras. Si éstos hubiera tenido aquel hijo del polvo, no se hubiera metido entre los brazos de Hércules, nunca hubiera luchado con él. Ni los rebeldes titanes se hubieran atrevido á descomponerse con el Júpiter de España. Que estas necias temillas tienen abrumados á muchos.

Prométoos que para poder vivir es menester armarse un hombre de pies á cabeza, no de ojetes, sino de ojazos, muy despiertos. Ojos en las orejas para descubrir tanta falsedad y mentira. Ojos en las manos para ver lo que da y mucho más lo que toma. Ojos en los brazos para no abarcar mucho y apretar poco. Ojos en la misma lengua para mirar muchas veces lo que ha de decir uno. Ojos en el pecho para ver en qué lo ha de tener. Ojos en el corazón, atendiendo á quién le tira ó le hace tiro. Ojos en los mismos ojos para mirar cómo miran. Ojos y más ojos y reojos, procurando ser Elmirante en un siglo tan Adelantado.

¿Qué hará, ponderaba Critilo, quien no tiene sino dos y ésos nunca bien abiertos, [Marginal: _Hércules de Austria._] llenos de legañas y mirando aniñadamente con dos niñas? ¿No nos venderías, que ya nadie da, si no es el señor don Juan de Austria, un par désos, que te sobran?

¿Qué es sobrar?, dijo Argos. De mirar nunca hay harto. Á más de que no hay precio para ellos; sólo uno y ese es un ojo de la cara.

¿Pues qué ganaría yo en eso?, replicó Critilo.

Mucho, respondió Argos. El mirar con ojos ajenos, que es una gran ventaja; sin pasión y sin engaño, que es el verdadero mirar. Pero vamos, que yo os ofrezco que, antes que nos dividamos, habéis de lograr otros tantos como yo. Que también se pegan, como el entendimiento, cuando se trata con quien le tiene.

¿Dónde nos quieres llevar?, preguntó Critilo, ¿y qué haces aquí, en esta plaga del mundo, que todo él se compone de plagas?

[Marginal: _Puerto y puerta de la vida._] Soy guarda, respondió, en este puerto de la vida, tan dificultoso, cuan realzado: pues comenzándole todos á pasar mozos, se hallan al cabo hombres. Aunque no lo sienten tanto como las hembras, con que de mozas, que antes eran, se hallan después dueñas; mas ellas reniegan de tanta autoridad. Y ya que no tienen remedio, buscan consuelo en negar. Y es tal su pertinacia, que estarán muchas canas de la otra parte y porfían que comienzan ahora á vivir. Pero callemos, que lo han hecho crimen de descortesía y dicen: más querríamos nos desañasen, que desengañasen.

¿De modo, dijo Critilo, que eres guarda de hombres?

Sí y muy hombres: de los viandantes. Porque ninguno pase mercaderías de contrabando de la una provincia á la otra. Hay muchas cosas prohibidas, que no se pueden pasar de la juventud á la virilidad. Permítense en aquélla y en ésta están vedadas so graves penas. Á más de ser toda mala mercadería y perdida por ser mala hacienda. Cuéstales á algunos muy cara la niñería. Porque hay pena de infamia y tal vez de la vida, especialmente si pasan deleites y mocedades. [Marginal: _Costumbres de contrabando._] Para obviar este daño tan pernicioso al género humano, hay guardas muy atentas, que corren todos estos parajes, cogiendo los que andan descaminados. Yo soy sobre todos y así os aviso que miréis bien si lleváis alguna cosa, que no sea muy de hombres, y la depongáis. Porque, como digo, á más de ser cosa perdida, quedaréis afrentados, cuando seáis reconocidos. Y advertid que, por más escondida que la llevéis, os la han de hallar. Que del mismo corazón redundará luego á la boca y los colores al rostro.

Demudóse Andrenio. Mas Critilo, por desmentir indicios, mudó de plática y dijo: En verdad, que no es tan áspera la subida, como habíamos concebido. Siempre se adelanta la imaginación á la realidad. ¡Qué sazonados están todos estos frutos!

Sí, respondió Argos: que aquí todo es madurez. No tienen aquella acedía de la juventud, aquel desabrimiento de la ignorancia, lo insulso de su conversación, lo crudo de su mal gusto. [Marginal: _Hombre en su punto._] Aquí ya están en su punto, ni tan pasados como en la vejez ni tan crudos como en la mocedad; sino en un buen medio.

Topaban muchos descansos, con sus asientos bajo de frondosos morales muy copados, cuyas hojas, según decía Argos, hacen sombra saludable y de gran virtud para las cabezas, quitándoles á muchos el dolor della. Y aseguraban haberlos plantado algunos célebres sabios, para alivio en el cansado viaje de la vida. Pero lo más importante era que á trechos hallaban algún refresco de saber, confortativos de valor, que se decía haberlos fundado allí á costa de su sudor algunos varones singulares, dotándolos de renta de doctrina. Y así en una parte les brindaron quintas esencias de Séneca, en otras divinidades de Platón, néctares de Epicuro y ambrosías de Demócrito y de otros muchos autores sacros y profanos, con que cobraban, no sólo aliento, pero mucho ser de personas, adelantándose á todos los demás.

[Marginal: _Aduana de vida._] Al sublime centro habían llegado de aquellas eminencias, cuando descubrieron una gran casa labrada, más de provecho, que de artificio. Y, aunque muy capaz, nada suntuosa. De profundos cimientos, asegurando con firmes estribos las fuertes paredes. Mas no por eso se empinaba ni poblaba el aire de castillos ni de torres. No brillaban chapiteles ni andaban rodando las giraldas. Todo era á lo macizo, de piedras sólidas y cuadradas, muy á machamartillo. Y aunque tenía muchas vistas con ventanas y claraboyas á todas luces; pero no tenía reja alguna ni balcón. Porque entre hierros, aunque dorados, se suelen forjar los mayores y aun ablandarse los pechos más de bronce.

El sitio era muy esento, señoreando cuanto hay á todas partes y participando de todas luces, que ninguna aborrece. Lo que más la ilustraba eran dos puertas grandes y siempre patentes: la una al oriente de donde se viene y la otra al ocaso donde se va. Y aunque ésta parecía falsa, era la más verdadera y la principal. Por aquélla entraban todos y por ésta salían algunos.

[Marginal: _Transformaciones de la edad._] Causóles aquí estraña admiración ver cuán mudados salían los pasajeros y cuán otros de lo que entraban, pues totalmente salían diferentes de sí mismos. Así lo confesó uno á la que le decía: Yo soy aquélla, respondiéndole: Yo no soy aquél.

Los que entraban risueños, salían muy pensativos; los alegres, melancólicos; ninguno se reía. Todo era autoridad. Y así los muy ligeros antes, ahora procedían graves; los bulliciosos, pausados; los flacos, que en cada ocasión daban de ojos, ahora en la cuenta; pisando firme los que antes de pie quebrado; los livianos, muy sustanciales. Estaba atónito Andrenio, viendo tal novedad y tan impensada mudanza.

Aguarda, dijo: aquel que sale hecho un Catón ¿no era poco ha un chisgaravís?

El mismo.

¡Hay tal transformación!

¿No veis aquel, que entraba saltando y bailando á la francesa, cómo sale muy tétrico y muy grave á la española? Pues aquel otro sencillo ¿notáis qué doblado y qué cauto se muestra?

Aquí, dijo Andrenio, alguna Circe habita, que así transforma las gentes. ¿Qué tienen que ver con éstas todas las metamorfosis, que celebra Ovidio? Mirad aquel, que entró hecho un Claudio emperador, cuál sale hecho un Ulises. [Marginal: _Madurez varonil._] Todos se movían antes con ligera facilidad, y ahora proceden con maduro juicio. Hasta el color sacan, no sólo alterado, pero mudado.

Y realmente era así, porque vieron entrar un boquirrubio y salió luego barbinegro. Los colorados, pálidos; convertidas las rosas en retamas. Y en una palabra, todos trocados de pies á cabeza, pues ya no movían ésta con ligereza á un lado ni á otro; sino que la tenían tan quieta, que parecía haberles echado á cada uno una libra de plomo en ella. Los ojos altaneros, muy mesurados. Asentaban el pie, no jugando del brazo. La capa sobre los hombros muy á lo chapado.

No es posible sino que aquí hay algún encanto, repetía Andrenio. Aquí algún misterio hay. ¿Ó esos hombres se han casado, según salen pensativos?

¿Qué mayor encanto, dijo Argos, que treinta años á cuestas? Ésta es la transformación de la edad. Advertid que en tan poca distancia, como hay de la una puerta á la otra, hay treinta leguas de diferencia, no menos, que de ser mozo á ser hombre. Éste es el pasadizo de la juventud á la varonil edad.

En aquella primera puerta dejan la locura, la liviandad, la ligereza, la facilidad, la inquietud, la risa, la desatención, el descuido con la mocedad. Y en esta otra cobran el seso, la gravedad, la severidad, el sosiego, la pausa, la espera, la atención y los cuidados con la virilidad.

Y así veréis que aquel, que hablaba de taravilla, ahora tan espacio, que parece que da audiencia. Pues aquel otro, que le iba chapeando el seso, mirad qué chapado sale. El otro con sus cascos de corcho qué sustancial se muestra. ¿No atendéis á aquel tan medido en sus acciones, tan comedido en sus palabras? Éste era aquel casquilucio. Tened cuenta cuál entra aquel con sus pies de pluma; veréis luego cuál saldrá con pies de plomo. ¿No veis cuántos valencianos entran y qué de aragoneses salen? Al fin, todos muy otros de sí mismos, cuando más vuelven en sí. Su andar pausado, su hablar grave, su mirar compuesto y que compone, y su proceder concertado, que cada uno parece un Chumacero.

Dábales ya prisa Argos que entrasen y ellos: Dínos primero ¿qué casa es ésta tan cara?

Ésta es, respondió, la aduana general de las edades. Aquí comparecen todos los pasajeros de la vida y aquí manifiestan la mercadería que pasan, averíguase de dónde vienen y dónde van á parar.

Entraron dentro y hallaron un areópago, porque era presidente el Juicio, un gran sujeto, asistiéndole el Consejo muy hombre, el Modo muy bienhablado, el Tiempo de grande autoridad, el Cierto de mucha cuenta, el Valor muy ejecutivo y así otros grandes personajes. Tenía delante un libro abierto de cuenta y razón, cosa que se hizo muy nueva á Andrenio, como á todos los de su edad y que pasan á ser gente de veras. [Marginal: _Examen de personas._] Llegaron á tiempo que actualmente estaban examinando á unos viandantes de qué tierra venían.

Con razón, dijo Critilo, porque della venimos y á ella volvemos.

Sí, dijo otro, que sabiendo dónde venimos, sabremos mejor dónde vamos.

Muchos no atinaban á responder: que los más no daban razón de sí mismos. Y así, preguntándole á uno dónde caminaba, respondió que adonde le llevaba el tiempo, sin cuidarse más que de pasar y hacer tiempo.

Vos le hacéis y él os deshace, dijo el presidente.

Y remitióle á la reforma de los que hacen número en el mundo.

Respondió otro que él pasaba adelante, por no poder volver atrás.

Los más decían que porque los habían echado, con harto dolor de su corazón, de los floridos países de su mocedad; que, si eso no fuera, toda la vida se estuvieran con gusto, dándose verdes de mocedades. Y á éstos los remitieron á la reforma de aniñados.

Estábase lamentando un príncipe de verse así tan adelante y á su antecedente tan atrás. Porque hasta entonces, divertido con los pasatiempos de la mocedad, no había pensado en ser algo; pero, aquellos ya acabados, le daba gran pena ver que le sobraban años y le faltaban empleos. Remitiéronle á la reforma de la espera, si no quería reinar por falto, que era despeñarse.

En busca de la honra dijeron algunos que iban, muchos tras el interés y muy pocos los que á ser personas; aunque fueron oídos de todos con aplauso y de Critilo con observación.

Llegaron en esto las guardas con una gran tropa de pasajeros, que los habían cogido descaminados. Mandaron fuesen luego reconocidos por la Atención y el Recato y que les escudriñasen cuanto llevaban. Topáronle al primero no sé qué libros y algunos muy metidos en los senos.

Leyeron los títulos y dijeron ser todos prohibidos por el Juicio, contra las pragmáticas de la prudente Gravedad, pues eran de novelas y comedias.

[Marginal: _Reforma de libros._] Condenáronlos á la reforma de los que sueñan despiertos. Y los libros mandaron se les quitasen á hombres que lo son y se relajasen á los pajes y doncellas de labor. Y generalmente todo género de poesía en lengua vulgar, especialmente burlesca y amorosa, letrillas, jácaras, entremeses, follaje de primavera, se entregaron á los pisaverdes.

Lo que más admiró á todos fué que la misma Gravedad en persona ordenó seriamente que de treinta años arriba ninguno leyese ni recitase coplas ajenas, mucho menos propias ó como suyas, so pena de ser tenidos por ligeros, desatentos ó versificantes. Lo que es leer algún poeta sentencioso, heroico, moral y aun satírico, en verso grave, se les permitió á algunos de mejor gusto, que autoridad, y esto en sus retretes, sin testigos, haciendo el descomido de tales niñerías; pero allá á escondidas, chupándose los dedos. El que quedó muy corrido fué uno, á quien le hallaron un libro de caballerías.

Trasto viejo, dijo la Atención, de alguna barbería.

Afeáronsele mucho y le constriñeron lo restituyese á los escuderos y boticarios. Mas los autores de semejantes disparates, á locos estampados.

Replicaron algunos que para pasar el tiempo se les diese facultad de leer las obras de algunos otros autores, que habían escrito contra estos primeros, burlándose de su quimérico trabajo, y respondióles la Cordura que de ningún modo, porque era dar de lodo en el cieno y había sido querer sacar del mundo una necedad con otra mayor.

En lugar de tanto libro inútil, ¡Dios se lo perdone al inventor de la estampa!, ripio de tiendas y ocupación de legos, les entregaron algunos Sénecas, Plutarcos, Epictetos y otros, que supieron hermanar la utilidad con la dulzura.

[Marginal: _Polilla del tiempo._] Acusaron éstos á otros, que no menos ociosos y más perniciosos, se habían jugado el sol y quedado á la luna, diciendo que para pasar el tiempo. Como si él no los pasase á ellos y como si el perderlo fuera pasarlo.

De hecho le hallaron á uno una baraja. Mandaron al punto quemar las cartas, por el peligro del contagio, sabiendo que barajas ocasionan barajas y de todas maneras empeños, barajando la atención, la reputación, la modestia, la gravedad y tal vez la alma. Mas al que se los hallaron, con todos los tahures, hasta los cuartos, que es la cuarta generación, les barajaron las haciendas, las casas, la honra, el sosiego para toda la vida.

En medio desta suspensión y silencio se le oyó silbar á uno, cosa que escandalizó mucho á todos los circunstantes y más á los españoles. Y averiguada la desatención, hallaron había sido un francés y le condenaron á nunca estar entre personas.

Más les ofendió un sonsonete, como de guitarra, instrumento vedado so graves penas de la Cordura. Y así refieren que dijo el Juicio, en sintiendo las cuerdas: ¿Qué locura es ésta? ¿Estamos entre hombres ó entre barberos?

Hízose averiguación de quién la tañía y hallaron era un portugués. Y cuando creyeron todos le mandarían dar un trato de cuerda, oyeron que le rogaban, que á los tales se les ruega, tañese algún son moderno y lo acompañase con alguna tonadilla. Con harta dificultad lo recabaron y con mayor después que cesase. Gustaron mucho, aun los más serios ministros de la reforma humana. Y generalmente se les mandó á todos los que pasan de mozos á hombres que de allí adelante ninguno tañese instrumento ni cantase; pero que bien podían oir tañer y cantar, que es más gusto y más decoro.

Iban con tanto rigor en esto de reconocer los humanos pasajeros, que llegaron las guardas á desnudar algunos de los sospechosos. Cogiéronle á uno un retrato de una dama, ahorcado de un dogal de nácar. Quedó él tan perdido, cuan escandalizados todos los cuerdos. Que aun de mirar el retrato no se dignaron; sino lo que bastó para dudar cuál era la pintada, ésta ó aquélla.

Reparó una de las guardas y dijo: Éste ya yo le he quitado á otro y no ha muchos días.

Mandáronle sacar y hallaron una docena dellos.

Basta, dijo el presidente: que una loca hace ciento. Recójanlos como moneda falsa, doblones de muchas caras.

Y á él le intimaron que ó menos barbas ó menos figurerías y que esto de trillar la calle, dar vueltas, comer hierro, apuntalar esquinas, deshollinar balcones, lo dejasen para los Adonis boquirrubios.

El que causó mucha risa fué uno, que llegó con un ramo en la mano y, averiguando que no era médico ni valenciano, sino pisaverde, le atropelló la Atención, diciéndole era ramo de locura, tablilla de mesón, vacío de seso.

Vieron uno, que no miraba á los otros y sin ser tosco tenía fijos los ojos en el sombrero.

Pues no será de corrido, dijo la Sagacidad.

Y en sospechas de liviandad, llegaron á reconocerle y le hallaron un espejillo, clavado en la copa del sombrero y por cosa cierta averiguaron era primo loco, sucesor de Narciso.

[Marginal: _Traje, corteza del ánimo._] No se admiraron tanto déstos, cuanto de un otro, que repetía para Catón en la severidad y aun se emperdigaba para repúblico. Miráronle de pies á cabeza y brujuleáronle una faldilla de un jubón verde, color muy malvisto de la Autoridad.

¡Oh! qué bien merecía otro, votaron todos. Pero por no escandalizar el populacho, muy á lo callado le remitieron al nuncio de Toledo, que le absolviese de juicio.

Á otro, que debajo una sotanilla negra traía un calzón acuchillado, le condenaron á que terciase la falda, prendiéndola de la pretina, para que todo el mundo viese su desgarro.

Intimaron á otros seriamente que en adelante ninguno llevase arremangada la falda del sombrero á la copa; si no es yendo á caballo, cuando ninguno es cuerdo. Ni de canto el sombrero á un lado de la cabeza, dejando desabrigado el seso del otro. Que no se vayan mirando á sí mismos ni por sombra, so pena de malvistos. Ni los pies, que no es bien pavonearse. Plumas y cintas de colores se les vedaron; si no á los soldados visoños, mientras van ó vuelven de la campaña. Que todos los anillos se entregasen á los médicos y abades; á éstos, porque entierran los que aquellos destierran.

[Marginal: _Librea del hombre._] Pasaron ya los ministros de aquella gran aduana del tiempo á la reforma general de todos cuantos pasan de pajes de la juventud á gentileshombres de la virilidad. Y lo primero, que se ejecutó, fué desnudarles á todos la librea de la mocedad, el pelo rubio y dorado y cubrirles de pelo negro, luto en lo melancólico y lo largo, pues, cerrando las sienes, llega á ser pelo en pecho.