SigPhi · Baltasar Gracian

El Criticón (tom 1)

Page 16 of 17

Estos raguallos del Boquelino, son muy apetitosos; pero de toda una hoja sólo se come el cabo con su sal y su vinagre.

[Marginal: _Políticas._] Muy gustosos y muy cebados se hallaban aquí, sin tratar de dejar jamás estancia tan de hombres. Sola la Conveniencia pudo arrancarlos, que á la puerta de un otro gran salón y muy su semejante, aunque más majestuoso, los estaba convidando y decía: Aquí es donde habéis de hallar la sabiduría más importante: la que enseña á saber vivir.

Entraron por razón de estado y hallaron una coronada ninfa, que parecía atender más á la comodidad, que á la hermosura, porque decía ser bien ajeno y aun se le oyó decir tal vez: Dadme grosura y os daré hermosura.

Á lo que se conocía, que todo su cuidado lo ponía en estar bien acomodada; mas, aunque muy disimulada y de rebozo, la conoció Critilo y dijo: Ésta, sin más ver, es la Política.

¡Qué presto la has conocido! No suele ella darse á entender tan fácilmente.

Era su ocupación, que no hay sabiduría ociosa, fabricar coronas, unas de nuevo, otras de remiendo, y perfeccionábalas mucho. Había de todas materias y formas: de plata, de oro y de cobre, de palo, de roble, de frutos y de flores. Y todas las estaba repartiendo con mucha atención y razón.

Ostentó la primera muy artificiosa, sin defecto alguno ni quiebra; pero más para vista, que platicada. Y dijeron todos era la república de Platón, nada á propósito para tiempos de tanta malicia.

Al contrario, vieron otras dos, aunque de oro; pero muy descompuestas y de tan mal arte, aunque buena apariencia, que al punto las arrojó en el suelo y las pisó, diciendo: Este príncipe del maquiavelismo y esta república del Bodino no pueden parecer entre gentes. No se llamen de razón, pues son tan contrarias á ella. Y advertid cuánto denotan ambas políticas la ruindad destos tiempos, la malignidad destos siglos y cuán acabado está el mundo.

La de Aristóteles fué una buena vieja.

Á un príncipe, tan católico como prudente, encomendó una toda embutida de perlas y de piedras preciosas: era la razón de estado de Juan Botero. Estimóla mucho y se le lució bien.

Aquí vieron una cosa harto estraña: que, habiendo salido á luz una otra muy perfecta y labrada, conforme á las verdaderas reglas de la política cristiana, alabándola todos con mucho fundamento, llegó un gran personaje, mostrando grandes ganas de haberla á su mano. Trató de comprar todos los ejemplares y dió cuanto le pidieron por ellos. Y cuando todos creían nacía de estimación, para presentársela á su príncipe, fué tan al revés, que, porque no llegase á sus manos, mandó hacer un gran fuego y quemar todos los ejemplares, esparciendo al aire sus cenizas.

Mas, aunque fué en secreto, llegó á noticia de la atenta ninfa, que como tan política, se las entiende á todo el mundo, y al punto mandó al mismo autor la volviese á estampar, sin que faltase una tilde, y repartióla por toda Europa, con estimación universal, cuidando que no volviesen ningún ejemplar á manos de aquel político, contra política.

Sacó del seno una caja tan preciosa, como odorífera. Y rogándole todos la abriese y les mostrase lo que contenía, dijo: Es una riquísima joya. Ésta no sale á luz; aunque da tanta. Son las instrucciones que dió la experiencia de Carlos V á la gran capacidad de su prudente hijo.

Estaba allí apartada una, que aspiraba á eterna, más en la cantidad, que en la calidad. Obra de tomo. Nadie se atrevía á emprenderla.

Sin duda, dijo Critilo, que es la de Bobadilla, que todos cansados, la dejan descansar.

Ésta otra, aunque pequeña, sí que es preciosa, dijo la sagaz ninfa. No tiene otra falta esta política, sino de autor autorizado.

Estaban hacinadas muchas coronas, unas sobre otras, que en el poco aliño se conoció su poca estimación. Reconociéronlas y hallaron estaban huecas, sin rastro de sustancia.

Éstas, dijo, son las repúblicas del mundo, que no dan razón, más que de las cosas superficiales de cada reino. No desentrañan lo recóndito; conténtanse con la corteza.

Conocieron el Galateo y otros sus semejantes y, pareciéndoles no era este su lugar, ella porfió que sí, pues pertenecía á la política de cada uno, á la razón especial de ser personas.

Lograron muchas maneras de instrucciones de hombres grandes á sus hijos, varios aforismos políticos, sacados del Tácito y de otros sus secuaces; si bien había muchos por el suelo y dijo: Éstos son varios discursos de arbitrios en quimeras, que todos son aire y vienen á dar en tierra.

Coronaba todas estas mansiones eternas uno, no ya camarín, sino sagrario, inmortal centro del espíritu, donde presidía el arte de las artes, la que enseña la divina política, y estaba repartiendo estrellas en libros santos, tratados devotos, obras ascéticas y espirituales.

Éste, dijo el varón alado, advierte que no tanto es estante de libros, cuanto Atlante de un cielo.

Aquí exclamó Critilo: ¡Oh, fruición del entendimiento! ¡Oh, tesoro de la memoria, realce de la voluntad, satisfacción del alma, paraíso de la vida! Gusten unos de jardines, hagan otros banquetes, sigan éstos la caza, cébense aquéllos en el juego, rocen galas, traten de amores, atesoren riquezas con todo género de gustos y de pasatiempos; que para mí no hay gusto como el leer ni centro como una selecta librería.

Hizo señal de leva el varón alado, mas Critilo: Eso no, dijo, sin ver primero en persona la hermosa Sofisbella, que un tal cielo como éste no puede dejar de tener por dueño al mismo sol. Suplícote, oh conductor alado, quieras introducirme ante su divina presencia. Que ya me la imagino idea de beldades, ejemplar de perfecciones. Ya me parece que admiro la serenidad de su frente, la perspicacia de sus ojos, la sutileza de sus cabellos, la dulzura de sus labios, la fragancia de su aliento, lo divino de su mirar, lo humano de su reir, el acierto con que discurre, la discreción con que conversa, la sublimidad de su talle, el decoro de su persona, la gravedad de su trato, la majestad de su presencia. Ea, acaba, ¿en qué te detienes? que cada instante que tardas, se me vuelve eternidades de pena.

Cómo se desempeñó el varón alado, cómo logró Critilo su dicha, veremos, después de dar noticia de lo que le aconteció á Andrenio, en la gran plaza del vulgo.

CRISI V _Plaza del populacho y corral del vulgo._ Estábase la Fortuna, según cuentan, bajo su soberano dosel, más asistida de sus cortesanos, que asistiéndoles, cuando llegaron dos pretendientes de dicha á solicitar sus favores. Suplicó el primero le hiciese dichoso entre personas, que le diese cabida con los varones sabios y prudentes. Miráronse unos á otros los curiales y dijeron: Éste se alzará con el mundo.

Mas la Fortuna, con semblante mesurado y aun triste, le otorgó la gracia pretendida.

Llegó el segundo y pidió, al contrario, que le hiciese venturoso con todos los ignorantes y necios. Riéronlo mucho los del cortejo, solemnizando gustosamente una petición tan estraña. Mas la Fortuna, con rostro muy agradable, le concedió la suplicada merced.

Partiéronse ya entrambos tan contentos, como agradecidos, abundando cada uno en su sentir. Mas los áulicos, como siempre están contemplando el rostro de su príncipe y brujuleándole los afectos, notaron mucho aquel tan extravagante cambiar semblantes de su reina. Reparó también ella en su reparo y muy galante les dijo: ¿Cuál destos dos, pensáis vosotros, oh cortesanos míos, que ha sido el entendido? ¿Creeréis, que el primero? Pues sabed que os engañáis de medio á medio. Sabed que fué un necio. No supo lo que pidió. Nada valdrá en el mundo. ¡Este segundo sí que supo negociar! Éste se alzará con todo.

Admiráronse mucho y con razón, oyendo tan paradojo sentir; mas desempeñóse ella, diciendo: Mirad: los sabios son pocos, no hay cuatro en una ciudad. ¿Qué digo cuatro? Ni dos en todo un reino. Los ignorantes son los muchos, los necios son los infinitos. Y así el que los tuviere á ellos de su parte, ése será señor de un mundo entero.

Sin duda que estos dos fueron Critilo y Andrenio, cuando éste, guiado del Cécrope, fué á ser necio con todos. Era increíble el séquito, que arrastraba, el que todo lo presume y todo lo ignora. Entraron ya en la plaza mayor del universo; pero nada capaz. Llena de gentes; pero sin persona, á dicho de un sabio, que con la antorcha en la mano al mediodía iba buscando un hombre, que lo fuese y no había podido hallar uno entero: todos lo eran á medias.

Porque el que tenía cabeza de hombre, tenía cola de serpiente y las mujeres de pescado. Al contrario, el que tenía pies, no tenía cabeza. Allí vieron muchos Acteones, que, luego que cegaron, se convirtieron en ciervos. Tenían otros cabezas de camellos, gente de cargo y de carga. Muchos, de bueyes en lo pesado, que no en lo seguro. No pocos, de lobos, siempre en la fábula del pueblo. Pero los más, de estólidos jumentos, muy á lo simple malicioso.

¡Rara cosa, dijo Andrenio, que ninguno tiene cabeza de serpiente ni de elefante ni aun de vulpeja!

No, amigo, dijo el Filósofo: que aun en ser bestias no alcanzan esa ventaja.

Todos eran hombres á remiendos y así cuál tenía garra de león y cuál de oso en pie. Hablaba uno por boca de ganso y otro murmuraba con hocico de puerco. Éste tenía pies de cabra y aquél orejas de Midas. Algunos tenían ojos de lechuza y los más de topo. Risa de perro, quien yo sé, mostrando entonces los dientes.

Estaban divididos en varios corrillos, hablando, que no razonando, y así oyeron en uno que estaban peleando. Á toda furia ponían sitio á Barcelona y la tomaban en cuatro días por ataques, sin perder dinero ni gente. Pasaban á Perpiñán, mientras duraban las guerras civiles de Francia. Restauraban toda España. Marchaban á Flandes, que no había para dos días. Daban la vuelta á Francia, dividíanla en cuatro potentados, contrarios entre sí, como los elementos. Y finalmente venían á parar en ganar la Casa Santa.

¿Quién son éstos, preguntó Andrenio, que tan bizarramente pelean? ¿Si estaría aquí el bravo Picolomini? ¿Es por ventura aquél el conde de Fuensaldaña y aquél otro Totavila?

Ninguno déstos es soldado, respondió el Sabio, ni han visto jamás la guerra. ¿No ves tú que son cuatro villanos de una aldea? Sólo aquél, que habla más que todos juntos, es el que lee las cartas, el que compone los razonamientos, el que le va á los alcances al cura, digo: el barbero.

[Marginal: _El vulgo en corrillos._] Impaciente Andrenio, dijo: Pues si éstos no saben otro que estripar terrones, ¿por qué tratan de allanar reinos y conquistar provincias?

¡Eh!, dijo el Cécrope: que aquí todo se sabe.

No digas se sabe, replicó el Sabio; sino que todo se habla.

Toparon en otro, que estaban gobernando el mundo. Uno daba arbitrios, otro publicaba pragmáticas, adelantaban los comercios y reformaban los gastos.

Éstos, dijo Andrenio, serán del parlamento; no pueden ser otros, según hablan.

Lo que menos tienen, dijo el Sabio, es de consejo; toda es gente que, habiendo perdido sus casas, tratan de restaurar las repúblicas.

¡Oh, vil canalla!, exclamó Andrenio. ¿Y de dónde les vino á éstos meterse á gobernar?

Ahí verás, respondió el Serpihombre, que aquí todos dan su voto.

Y aun su cuero, replicó el Sabio.

Y acercándose á un herrador: Advertid, le dijo, que vuestro oficio es herrar bestias: dad alguna en el clavo.

Y á un zapatero lo metió en un zapato, pues le mandó no saliese dél.

Más adelante estaban otros altercando de linajes, cuál sangre era la mejor de España, si el otro era gran soldado, de más ventura que valor y que toda su dicha había consistido en no haber tenido enemigo. Ni perdonaban á los mismos príncipes, definiendo y calificándolos si tenían más vicios de hombres, que prendas de reyes. De modo que todo lo llevaban por un rasero.

¿Qué te parece?, dijo el Cécrope. ¿Pudieran discurrir mejor los siete sabios de Grecia? Pues advierte que todos son mecánicos y los más sastres.

Eso creeré yo: que de sastres siempre hay muchos.

Y Andrenio: ¿Pues quién los mete á ellos en esos puntos?

¡Oh! que es su oficio tomar la medida á cada uno y cortarle el vestido. Y aun todos en el mundo son ya sastres en descoser vidas ajenas y dar cuchilladas en la más rica tela de la fama.

Aunque era tan ordinario aquí el ruido y tan común la vocería, sintieron que hablaban más alto allí cerca, en una ni bien casa ni mal zahurda, aunque muy enramada: que, en habiendo riego, hay ramos.

¿Qué estancia ó qué estanque es éste?, preguntó Andrenio.

Y el Cécrope, agestándose de misterio: Éste es, dijo, el Areópago. Aquí se tiene el consejo de estado de todo el mundo.

Bueno irá él, si por aquí se gobierna. Ésta más parece taberna.

Sí lo es, respondió el Sabio: que, como se les suben los humos á las cabezas, todos dan en quererlo ser.

Por lo menos, replicó el Cécrope, no pueden dejar de dar en el blanco.

Y aun en el tinto, respondió el Sabio.

Pues de verdad, volvió á instar, que han salido de aquí hombres bien famosos y que dieron harto que decir de sí.

¿Quiénes fueron éstos?

[Marginal: _Cabezas de motines._] ¿Cómo quiénes? ¿Pues no salió de aquí el tundidor de Segovia, el cardador de Valencia, el segador de Barcelona y el carnicero de Nápoles, que todos salieron á ser cabezas y fueron bien descabezados?

Escucharon un poco y oyeron que unos en español, otros en francés, en irlandés algunos, y todos en tudesco, estaban disputando cuál era más poderoso de sus reyes, cuál tenía más rentas, qué gente podían meter en campo, quién tenía más estados, brindándose á la salud dellos y á su gusto.

De aquí, sin duda, dijo Andrenio, salen tantos, como andan rodando por esa gran vulgaridad, dando su voto en todo. Yo creí procedía de estar tan acabados los hombres, que andaban ya en cueros; mas ahora veo que todos los cueros andan en ellos.

Así es, ponderó el Sabio. No verás á otro por ahí, sino pellejos rebutidos de poca sustancia. Mira aquél, cuanto más hinchado más vacío. Aquel otro está lleno de vinagre á lo ministro. Aquellos botillos pequeños son de agua de azahar, que con poco tienen harto: luego se llenan. Aquéllos, muchos son de vino y por eso en tierra. Aquellos otros, los que, en siendo de voto, son de bota. Muchos están embutidos de paja, que la merecen. Colgados otros, por ser de hombres fieros, que hasta del pellejo de un bárbaro están acullá haciendo un tambor, para espantar, muerto, sus contrarios: tan allá resuena la fiereza déstos.

De la mucha canalla, que de adentro redundaba, se descomponían por allí cerca muchos otros corrillos y en todos estaban murmurando del gobierno, y esto siempre y en todos los reinos, aun en el siglo de oro y de la paz. Era cosa ridícula oir los soldados tratar de los consejos, dar prisa al despacho, reformar los cohechos, residenciar los oidores, visitar los tribunales. [Marginal: _Necios barajados._] Al contrario los letrados, era cosa graciosa verlos pelear, manejar las armas, dar asaltos y tomar plazas. El labrador, hablando de los tratos y contratos, el mercader de la agricultura, el estudiante de los ejércitos y el soldado de las escuelas, el seglar ponderando las obligaciones del eclesiástico y el eclesiástico las desatenciones del seglar. Barajados los estados, metiéndose los del uno en el otro, saltando cada uno de su corro y hablando todos de lo que menos entienden.

Estaban unos viejos diciendo mucho mal de los tiempos presentes y mucho bien de los pasados, exagerando la insolencia de los mozos, la libertad de las mujeres, el estrago de las costumbres y la perdición de todo.

Yo, menos entiendo el mundo, decía éste, cuanto más va.

Y yo lo desconozco del todo, decía aquél, otro mundo es éste del que nosotros hallamos.

Llegóse en esto el Sabio y díjoles volviesen la mira atrás y viesen otros tantos viejos, que estaban diciendo mucho más mal del tiempo que ellos tanto alababan. Y detrás de aquéllos otros y otros, encadenándose hasta el primer viejo su vulgaridad.

Media docena de hombres muy autorizados, con más barbas que dientes, mucho ocio y poca renta, estaban en otro corro allí cerca tratando de desempeñar las casas de los señores y restituirlas á aquel su antiguo lustre.

¡Qué casa, decía uno, la del duque del Infantado, cuando se hospedó en ella el rey de Francia prisionero, y lo que Francisco la celebró!

¿Pues qué la debía, dijo otro, la del marqués de Villena, cuando hacía y deshacía?

¿Y la del almirante, en tiempo de los Reyes Católicos, púdose imaginar mayor grandeza?

¿Quién son éstos?, preguntó Andrenio.

Éstos, respondió el hombre sierpe, son hombres de honor en los palacios, llámanse gentileshombres ó escuderos.

Y en buen romance, dijo el Sabio, son gente que, después de haber perdido la hacienda, están perdiendo el tiempo y los que, habiendo sido la polilla de sus casas, vienen á ser la honra de las ajenas. Que siempre verás que los que no supieron para sí quieren saber para los otros.

Nunca pensé ver, ponderaba Andrenio, tanto necidiscreto junto y aquí veo de todos estados y condiciones, hasta legos.

¡Oh! sí, dijo el Sabio: que en todas partes hay vulgo y, por tildada que sea una comunidad, hay ignorantes en ella, que quieren hablar de todo y se meten á juzgar de las cosas, sin tener punto de juicio.

Pero lo que estrañó mucho á Andrenio fué ver entre tales heces de la república, en medio de aquella sentina vulgar, algunos hombres lucidos y que se decía eran grandes personajes.

¿Qué hacen aquí éstos? Señor, que se hallen aquí más esportilleros que en Madrid, más aguadores que en Toledo, más gorrones que en Salamanca, más pescadores que en Valencia, más segadores que en Barcelona, más palenquines que en Sevilla, más cavadores que en Zaragoza, más mochileros que en Milán: ¡no me espanta! ¡Pero gente de porte, el caballero, el título, el señor! No sé qué diga.

¿Qué piensas tú, dijo el Sabio, que, en yendo uno en litera, ya por eso es sabio? ¿En yendo bien vestido, es entendido? Tan vulgares hay algunos y tan ignorantes, como sus mismos lacayos. Y advierte que, aunque sea un príncipe, en no sabiendo las cosas y queriéndose meter á hablar dellas, á dar su voto en lo que no sabe ni tiene, al punto se declara hombre vulgar y plebeyo. [Marginal: _Vulgo definido._] Porque el vulgo no es otra cosa, que una sinagoga de ignorantes presumidos y que hablan más de las cosas, cuanto menos las entienden.

Volvieron los rostros á uno, que estaba diciendo: Si yo fuera rey...(y era un mochilero).

Y si yo fuera papa..., decía un gorrón.

¿Qué habíais de hacer vos, si fuerais rey? ¿Qué?

Lo primero, me había de teñir los bigotes á la española, luego me había de enojar y ¡voto!...No, no juréis, que todos éstos que echan votos huelen á cueros.

Digo que había de hacer colgar media docena. Yo sé que oliera la casa á hombre y que mirarían algunos cómo perdían las victorias y los ejércitos, cómo entregaban las fortalezas al enemigo. No me había de llevar encomienda quien no fuese soldado y de reputación, pues para ellos se instituyeron. Y no déstos de las plumicas; sino un sargento mayor Soto, un Monroy y un Pedro Estélez, que se han hallado en cien batallas y en mil sitios. ¡Qué virreyes, qué generales hiciera yo! ¡Qué ministros! Todos habían de ser Oñates y Caracenas. ¡Qué embajadores, que no hiciera!

Oh, ¡no me viera yo un mes papa!, decía el estudiante. Yo sé que de otra manera irían las cosas. No se había de proveer dignidad ni prebenda, sino por oposición. Todo por méritos. Yo examinara quién venía con más letras que favores, quién traía quemadas las cejas.

Abrióse en esto la portería de un convento y metiéronse á la sopa.

Topaban varias y desvariadas oficinas por toda aquella gran plaza mecánica. Los pasteleros hacían valientes empanadas de perro. Ni faltaban aquí tantas moscas, como allá mosquitos. Los caldereros siempre tenían calderas que adobar. Los olleros alabando lo quebrado. Los zapateros á todo hombre, buscándole horma de su zapato, y los barberos haciendo las barbas.

¿Es posible, dijo Andrenio, que entre tanta botica mecánica no topemos una de medicinas?

Basta, que hay hartas barberías, dijo el Cécrope.

Y hartos en ellas, respondió el Sabio. Que, como bárbaros, hablan de todo. Mas lo que ellos saben ¿quién lo ignora?

Con todo eso, dijo Andrenio, en una vulgaridad tan común es mucho que no haya un médico, que recete. Por lo menos no había de faltar á la murmuración civil.

No hacen falta, replicó el Sabio.

¿Cómo no?

Porque, aunque todos los males tienen remedio, hasta la misma locura tiene cura en Zaragoza ó en Toledo y en cien partes. Pero la necedad no la tiene ni ha habido jamás hombre que curase de tonto.

Con todo eso, veis allí unos, que lo parecen.

Venían dándose á las furias de que todos se les entremeten en su oficio y quieren curar á todos con un remedio. Y eso sería nada, si algunos no se metiesen á quererles dar doctrina á ellos mismos, disputando con el médico los jarabes y las sangrías.

¡Eh!, decían: déjense matar sin hablar palabra.

Pero los herreros llevaban brava herrería y aun todos parecían caldereros. Enfadados los sastres, les dijeron que callasen y dejasen oir, si no entender. Sobre esto armaron una pendencia, aunque no nueva en tales puestos. Tratáronse muy mal; pero no se maltrataron. Y dijéronles los herreros á los sastres, después de encomios solemnes: ¡Quitad de ahí, que sois gente sin Dios!

¿Cómo sin Dios?, replicaron ellos enfurecidos. Si dijérades sin conciencia, pase; pero sin Dios ¿qué quiere decir eso?

Sí, repitieron los herreros, que no tenéis un dios sastre, como nosotros un herrero y, cuando todos le tienen, los taberneros á Baco, aunque anda en celos con Tetis, los mercaderes á Mercurio, de quien tomaron las trampas con el nombre, los panaderos á Ceres, los soldados á Marte, los boticarios á Esculapio, ¡mirad qué tales sois vosotros, que ningún Dios os quiere!

Andad de ahí, respondieron los sastres. Que sois unos gentiles.

Vosotros sí lo sois, que á todos queréis hacer gentileshombres.

Llegó en esto el Sabio y metió paz, consolando á los sastres con que, ya que no tenían Dios, todos los daban al diablo.

¡Prodigiosa cosa, dijo Andrenio, que con meter tanto ruido, no tengan habla!

¿Cómo que no?, replicó el Cécrope; antes jamás cesan de hablar ni tienen otro que palabras.

[Marginal: _Hablillas._] Pues yo, replicó Andrenio, no he percibido aún habla, que lo sea.

Tienen razón, dijo el Sabio: que todas son hablillas y todas falsas.

Corrían actualmente algunas bien desatinadas. Que habían de caerse muertos muchos cierto día y lo señalaban y hubo quien murió de espanto dos días antes. Que había de venir un terremoto y habían de quedar todas las casas por tierra. Pues ver lo que se iba extendiendo un disparate déstos y los muchos que se lo tragaban y bebían lo que contaban unos á otros. Y si algún cuerdo reparaba, se enfurecían, sin saber de dónde ni cómo nacía. Resucitaba cada año un desatino, sin saber bastante el desengaño fresco corriendo grasa. Y era de advertir que las cosas importantes y verdaderas luego se les olvidaban y un disparate lo iban heredando de abuelas á nietas y de tías á sobrinas, haciéndose eterno por tradición.

No sólo no tienen habla, añadió Andrenio; pero ni voz.

¿Cómo que no?, replicó el Cécrope. Voz tiene el pueblo y aun dicen que su voz es la de Dios.

Sí, del dios Baco, respondió el Sabio y, si no, escuchadla un poco y oiréis todos los imposibles, no sólo imaginados, pero aplaudidos. Oid aquel español, lo que está contando del Cid, cómo de una puñada derribó una torre y de un soplo un gigante. Atended aquel otro francés, lo que refiere, y con qué credulidad, del Roldán y cómo de un tajo rebanó caballo y caballero armados. Pues yo os aseguro que el portugués no se olvide tan presto de la pala de la victoriosa Forneira.

Pretendió entrar en la bestial plaza un gran filósofo y poner tienda de ser personas, feriando algunas verdades bien importantes, aforismos convenientes; pero jamás pudo introducirse ni despachó una tan sola verdad ni el más mínimo desengaño, con que se hubo de retirar. [Marginal: _Ídolos del vulgo._] Al contrario, llegó un embustero, sembrando cien mil desatinos, vendiendo pronósticos llenos de disparates, como que se había de perder España otra vez, que había acabado ya la casa Otomana; leía profecías de moros y de Nostradamus y al punto se llenó la tienda de gente y comenzó á despachar sus embustes con tanto crédito, que no se hablaba de otro, y con tal aseveración, como si fueran evidencias. De modo que aquí más supone un adivino que Séneca, un embustero que un sabio.

Vieron en esto un monstrimujer con tanto séquito, que muchos de los pasados y los más de los presentes la cortejaban y todos con las bocas abiertas escuchándola. Era tan gruesa y tan asquerosa, que por dondequiera que pasaba, dejaba el aire tan espeso, que le podían cortar. Revolvióle las entrañas al Sabio, comenzó á dar arcadas.

¡Qué cosa tan sucia!, dijo Andrenio. ¿Y quién es ésta?

Ésta es, dijo el Cécrope, la Minerva desta Atenas.

Ésta la invencible y aun la crasa, dijo el Filósofo. Ella puede ser Minerva; mas á fe, que es pingüe. Y quien tanto engorda, ¿quién puede ser sino la ignorante satisfacción? Veamos dónde va á parar.

Pasó de las vendedoras á sentarse en el banco del Cid.

Aquélla, dijo el Cécrope, es la Sapiencia de tanto lego. Allí están graduando á todos y calificando los méritos de cada uno. [Marginal: _Calificación vulgar._] Allí se dice el que sabe y el que no sabe, si el argumento fué grande, si el sermón docto, si tan bien discurrido como razonado, si el discurso fué cabal, si magistral la lección.

¿Y quién son los que juzgan?, preguntó Andrenio, ¿los que dan el grado?

¿Quiénes han de ser, sino un ignorante y otro mayor? Uno, que ni ha estudiado ni visto libro en su vida, cuando mucho una Silva de Varia Lección y el que más más, un Para Todos.

¡Oh!, dijo el Cécrope. ¿No veis que éstos son los más plausibles personajes del mundo? Todos son bachilleres. Aquel que veis allí muy grave, es el que en la corte anda diciendo chistes, hace cuento de todo, muerde sin sal cuanto hay, saca sátiras, vomita pasquines: el duende de los corrillos. Aquel otro es el que todo lo sabía ya, nada le cuentan de nuevo: saca gacetas y se escribe con todo el mundo y, no cabiendo en todo él, se entromete en cualquier parte. Aquel licenciado es el que en las Universidades cobra las patentes, hace coplas, mantiene los corrillos, soborna votos, habla por todos y, en habiendo conclusiones, ni es visto ni oído. Aquel soldado nunca falta en las campañas, habla de Flandes, hallóse en el sitio de Ostende, conoció al duque de Alba, acude á la tienda del general, el demonio del mediodía, mantiene la conversación, cobra el primero y el día de la pelea se hace invisible.

Paréceme que todos ellos son zánganos del mundo, ponderó Andrenio. ¿Y éstos son los que gradúan de valientes y de sabios?

Y es de modo, respondió el Cécrope, que el que ellos una vez dan por docto ése lo es, sepa ó no sepa. Ellos hacen teólogos y predicadores, buenos médicos y grandes letrados y bastan á desacreditar un príncipe. Dígalo el rey don Pedro. ¿Mas qué? Si el barbero del lugar no quiere, nada valdrá el sermón más docto ni será tenido por orador el mismo Tulio. Á éstos están esperando que hablen los demás, sin osar decir blanco ni negro, hasta que éstos se declaran y al punto gritan: ¡Grande hombre!, ¡grande sujeto!

Y dan en alabar á uno, sin saber de qué ni para qué. Celebran lo que menos entienden y vituperan lo que no conocen, sin más entender ni saber. Por eso el buen político suele echar buen cencerro, que guíe el vulgo adonde él quiere.

¿Y hay, preguntó Andrenio, quien se paga de tan vulgar aplauso?

¿Cómo si hay?, respondió el Sabio. ¡Y muchos, hombres vulgares, chabacanos, amigos de la popularidad y que la solicitan con milagrones, que llamamos pasmasimples y espantavillanos! Obras gruesas y plausibles. Porque aquí no tienen lugar los primores ni los realces.

Páganse mucho otros de la gracia de las gentes, del favor del populacho; pero no hay que fiar en su gracia, que hay gran distancia de sus lenguas á sus manos. ¡Qué fué verlos bravear ayer en un motín en Sevilla y enmudecer hoy en un castigo! ¿Qué se hicieron las manos de aquellas lenguas y las obras de aquellas palabras? Son sus ímpetus como los del viento que, cuando más furioso, calma.

Entraron con unos, que estaban durmiendo y no apriesa, como encargaba el otro á su criado. No movían pie ni mano. [Marginal: _Aplauso necio._] Y era tal la vulgaridad, que los despiertos soñaban lo que los otros dormían, imaginando que hacían grandes cosas. Y era de modo, que no corría otro en toda la plaza; sino que estaban peleando y triunfando de los enemigos. Dormía uno á pierna tendida y decían ellos estaba desvelándose, estudiando noche y día y quemándose las cejas. Desta suerte publicaban que eran los mayores hombres del mundo y gente de gran gobierno.

¿Cómo es esto?, dijo Andrenio. ¡Hay tamaña vulgaridad!

Mira, dijo el Sabio: aquí, si dan en alabar á uno, si una vez cobra buena fama, aunque se eche después á dormir, él ha de ser un gran hombre. Aunque ensarte después cien mil disparates, dicen que son sutilezas y que es la primera cosa del mundo. Todo es que den en celebrarle.

Y, por el contrario, á otros, que estarán muy despiertos, haciendo cosas grandes, dicen que duermen y que nada valen. ¿Sabes tú lo que le sucedió aquí al mismo Apolo con su divina lira? Que, desafiándole á tañer un zafio gañán con una pastoril zampoña, nunca quiso el culto numen salir, aunque se lo rogaron las musas. Y el selvajazo le zahería su temor y se jactaba de la victoria. No hubo remedio. No más, que porque había de ser [Marginal: _Juicio sin él._] su juez el vulgacho, no queriendo arriesgar su gran reputación á un juicio tan sin él. Y por no haber querido hacer otro tanto, fué condenada la dulcísima Filomena en competencia del jumento. Y aun la Rosa dicen estuvo á pique de ser vencida de la Adelfa, que desde entonces por su indigno atrevimiento quedó letal á los suyos. Ni el pavón se atrevió á competir de belleza con el cuervo ni el diamante con el guijarro ni el mismo sol con el escarabajo, con tener tan asegurado su partido, por no sujetarse á la censura de un vulgo tan desatinado.

Mala señal, decía un discreto, cuando mis cosas agradan á todos. Que lo muy bueno es de pocos y el que agrada al vulgo, por consiguiente, ha de desagradar á los pocos, que son los entendidos.

Asomó en esto por la plaza, haciéndola, un raro ente. Todos le recibieron con plausible novedad. Seguíale la turba, diciendo: Ahora en este punto llega del Jordán. Más tiene ya de cuatrocientos años.

Mucho es, decía uno, que no le acompañen ejércitos de mujeres, cuando va á desarrugarse.

¡Oh no!, decía otro. ¿No veis que va en secreto? Pues, si eso no fuera, ¿qué fuera?

¿Por lo menos no se pudiera traer por acá una botija de aquella agua, que yo sé que vendiera cada gota á doblón de oro?

No tiene él necesidad de dineros, pues cada vez que echa mano á la bolsa, topa un patacón. ¡Qué otra felicidad ésa! No sé yo cuál me escogiera de las dos.

¿Quién es éste? preguntó Andrenio.

Y el Sabio: Éste es Juan de para siempre, que Juan había de ser.

Vertían destas donosillas vulgaridades y todas muy creídas, levantando mil testimonios á la naturaleza y aun á la misma posibilidad. Sobre todo estaban muy acreditados los duendes. Había pase dellos, como de hechizadas. No había palacio viejo donde no hubiese dos por lo menos.

Unos los veían vestidos de verde, otros de colorado y los más de amarillo. Y todos eran tamañicos y tal vez con su capuchito, inquietando las casas. Y nunca se aparecían á las viejas, porque no dicen bien trasgos con trasgos.

No moría mercader, que no fuese rodeado de monas y de micos.

Había brujas tantas como viejas y todas las malcontentas endiabladas.

Tesoros encantados y escondidos, sin cuenta y con cuento, cavando muchos tontos por hallarlos. Minas de oro y de plata, riquísimas; pero tapiadas, hasta que se acaben las Indias, las cuevas de Salamanca y de Toledo. ¡Mal año para quien se atreviera á dudarlas!

Mas de aquí á un instante se conmovió toda aquella acorralada necedad, sin saber cómo ni por qué, por ser tan ordinario como fácil. Alborótase un vulgo y más si es tan crédulo como el de Valencia, tan bárbaro como el de Barcelona, tan necio como el de Valladolid, tan libre como el de Zaragoza, tan novelero como el de Toledo, tan insolente como el de Lisboa, tan hablador como el de Sevilla, tan sucio como el de Madrid, tan vocinglero como el de Salamanca, tan embustero como el de Córdoba y tan vil como el de Granada.

Fué el caso que asomó por una de sus entradas, no la principal, donde todas son comunes, un monstruo, aunque raro, muy vulgar. No tenía cabeza y tenía lengua, sin brazos y con hombros para la carga. No tenía pecho, con llevar tantos; ni mano en cosa alguna; dedos sí, para señalar. Era su cuerpo en todo disforme. Y, como no tenía ojos, daba grandes caídas. Era furioso en acometer y luego se acobardaba. Hízose en un instante señor de la plaza, llenándola toda de tan horrible oscuridad, que no vieron más el sol de la verdad.

¿Qué horrible aborto es éste, preguntó Andrenio, que así lo ha eclipsado todo?

Éste es, respondió el Sabio, el hijo primogénito de la Ignorancia, el padre de la mentira, hermano de la necedad, casado con su malicia: éste es el tan nombrado Vulgacho.

Al decir esto descolgó el rey de los Cécropes de la cinta un retorcido caracol, que hurtó á un Fauno, y alentándolo de vanidad, [Marginal: _Terror loco._] fué tal su ruido y tan grande el horror que les causó, que agitados todos de un terror fanático, dieron á huir por cosa que no montaba un caracol. No fué posible ponerlos en razón ni detenerlos, que no se desgalgasen muchos por las ventanas y balcones, más á ciegas que pudieran en la plaza de Madrid. Huían los soldados gritando: Que nos cortan, que nos cortan.

Comenzaron algunos á herirse y á matarse más bárbaramente, que gentílicos bacanales. Fuéle forzoso á Andrenio retirarse á toda fuga, tan arrepentido como desengañado. Echaba mucho menos á Critilo; pero valióle la asistencia de aquel Sabio y la luz, que la antorcha de su saber le comunicaba. Dónde fué á parar dirá la Crisi siguiente.

CRISI VI _Cargos y descargos de la Fortuna._ Comparecieron ante el divino trono de luceros el hombre y la mujer á pedir nuevas mercedes, que á Dios y al rey, pedir y volver. Solicitaban su perfección, de manos de quien habían recibido el ser. [Marginal: _El saber del hombre._] Habló allí el hombre en primer lugar y pidió como quien era, porque, viéndose cabeza, suplicó le fuese otorgada la inestimable prenda de la sabiduría. Pareció bien su petición y decretósele luego la merced, con tal que pagase en agradecimientos la media anata. Llegó ya la mujer y, atendiendo á que, si no es cabeza, tampoco es pies, sino la cara y suplicó con mucho agrado al Hacedor divino que la dotase en belleza.

[Marginal: _La hermosura de la mujer._] Hecha la gracia, dijo el gran Padre celestial, serás hermosa; pero con la pensión de tu flaqueza.