Gran cosa fuera, dijo Artemia, que el colérico viera su horrible ceño y se espantara de sí mismo, que un melindroso y un adamado vieran sus afeminados gestillos y se corriera el altivo con todos los demás necios. Pero atendió la cauta naturaleza á evitar mayores inconvenientes en verse. Temióle necio, no se enamorara de sí aun el más monstruo y todo ocupado en verse, ninguna otra cosa mirara. Basta que se mire á las manos, antes que le miren otros. Remire sus obras, que es preciso, y atienda á sus acciones, que sean tan muchas, como perfectas. Mírese también á los pies, hollando su vanidad, y sepa dónde los pone y dónde los tiene. Vea en qué pasos anda, que eso es tener ojos.
Así es, replicó Andrenio; mas para tanto ver poco parecen dos ojos y ésos tan juntos. De una alhaja tan preciosa lleno había de estar todo este animado palacio. Pero, ya que hayan de ser dos no más, pudiéranse repartir y que uno estuviera delante para ver lo que viene y el otro atrás, para lo que queda. Con eso nunca perdieran de vista todas las cosas.
Y algunos, respondió Critilo, arguyeron á la naturaleza de tan imaginario descuido y aun fingieron un hombre, á su parecer muy perfecto, con la vista duplicada y no servía sino de ser hombre de dos caras, doblado más que duplicado. Yo, si hubiera de añadir ojos, antes los pusiera á los lados encima de los oídos y muy abiertos, para que viera quién se le pone al lado, quién se le entremete á amigo. Y con eso no perecieran tantos de aquel mortal achaque del costado. Viera el hombre con quién habla, con quién se ladea, que es uno de los más importantes puntos de la vida y vale más estar solo, que malaconsejado. Pero advierte que dos ojos bien empleados bastante son para todo. Ellos miran derechamente lo que viene cara á cara y de reojo lo que á traición. Al atento bástale una ojeada para descubrir cuanto hay. Y aun por eso fueron formados los ojos en esferas, que es la figura más apta para el ejercicio de ver; no cuadrada, no haya rincones, no se esconda lo que más importa que se vea. Bien están en la cara, porque el hombre siempre ha de mirar adelante y á lo alto. Y, si hubiera otros en el cerebro, fuera ocasión de que al levantar los unos al cielo, abatiera los otros á la tierra con cisma de afectos.
Otra maravilla he observado en ellos, dijo Andrenio, que es el llorar y me parece andan muy necios. Porque ¿qué remedia los males el llorarlos? No sirve, sino de aumentar penas. El reirse de todo el mundo, aquel no dársele cosa de cuanto hay, éso sí que es saber vivir.
¡Ah! Que como los ojos, dijo Artemia, son los que ven los males y tantos, ellos son los que los lloran. Siempre verás que quien no siente no se siente; mas quien añade sabiduría, añade tristeza. Esa vulgaridad del reir, quédese para la necia boca, que es la que mucho yerra. Son los ojos puertas fieles por donde entra la verdad y anduvo tan atentamente escrupulosa la naturaleza, que para no dividirlos, no se contentó con juntarlos en un puesto; sino que los hermanó en el ejercicio. No permite que vea el uno sin el otro, para que sean verídicos contestes. Miren juntos una misma cosa, no vea blanco el uno y negro el otro. Sean tan parecidos en el color, en el tamaño y en todo, que se equivoquen entre sí y desmientan la pluralidad.
Al fin, dijo Critilo, los ojos son en el cuerpo lo que las dos lumbreras en el cielo y el entendimiento en el alma. Ellos suplen todos los demás sentidos y todos juntos no bastan á suplir su falta. No sólo ven; sino que escuchan, hablan, vocean, preguntan, responden, riñen, espantan, aficionan, agasajan, ahuyentan, atraen y ponderan y todo lo obran. Y lo que es más de notar, que nunca se cansan de ver, como ni los entendidos de saber, que son los ojos de la república.
Notablemente anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en señalar su lugar á cada sentido, más ó menos eminente, según su excelencia. Á los más nobles mejoró en los primeros puestos y puso á vista los sublimes ejercicios de la vida; al contrario los indecentes y viles, aunque necesarios, los desterró á los más ocultos lugares, apartándolos de la vista.
Mostróse, dijo Critilo, gran celadora de la honestidad y decoro, que aun los femeniles pechos los puso en puestos que pudiesen alimentar los hijos con decencia.
Después de los ojos, señaló en segundo lugar á los oídos, dijo Andrenio, y me parece muy bien que le tengan tan eminente; pero aquello de estar al lado te confieso me hizo disonancia y parece fué facilitar la entrada á la mentira. Que, así como la verdad viene siempre cara á cara, ella á traición ingiérese de lado. ¿No estuvieran mejor bajo los ojos y éstos examinaran primero lo que se oye, negando la entrada á tanto engaño?
¡Qué bien lo entiendes!, dijo Artemia. Lo que menos convenía era que los ojos estuvieran con los oídos. Tengo por cierto que no quedara verdad en el mundo. Antes, si yo los hubiera de disponer de otro modo, los retirara cien dedos de la vista ó los pusiera atrás en el cerebro, de modo, que oyera un hombre lo que detrás dél se dice, que aquello es lo verdadero. ¡Qué buena anduviera la justicia, si ella viera la belleza que se excusa, la riqueza que se defiende, la nobleza que ruega, la autoridad que intercede y las demás calidades de los que hablan! Sea ciega, que eso es lo que conviene. Bien están los oídos en un medio; no adelante, porque no oigan antes con antes; ni detrás, porque no perciban tarde.
Otra cosa dificulté yo mucho, replicó Andrenio, y es que, así como los ojos tienen aquella tan importante cortina de los párpados, que verdaderamente está muy en su lugar para negarse, cuando no quieren ser vistos ó cuando no gustan de ver muchas cosas, que no son para vistas: ¿por qué los oídos, no han de tener también otra compuerta y ésa muy sólida, muy doble y ajustada, para no oir la mitad de lo que se habla? Con esto excusaríase un hombre oir necedades y ahorraría pesadumbres, único preservativo de la vida. Aquí yo no puedo dejar de condenar de descuidada la naturaleza y más, cuando vemos que la lengua la recluyó entre una y otra muralla con razón, porque una fiera bien es que esté entre verjas de dientes y puertas tan ajustadas de los labios. Sepamos ¿por qué los ojos y la boca han de llevar esta ventaja á los oídos y más estando tan expuestos al engaño?
Por ningún caso convenía, dijo Artemia, que se le cerrase jamás la puerta al oir. Es la de la enseñanza: siempre ha de estar patente. Y no sólo se contentó la atenta naturaleza con quitar esa compuerta, que tú dices; pero negó al hombre, entre todos los oyentes, el ejercicio de abatir y levantar las orejas. Él sólo las tiene inmobles, siempre alerta. Que aun le pareció inconveniente aquella poca detención, que en aguzarlas se tuviera. Á todas horas dan audiencia. Aun cuando se retira el alma á su quietud, entonces es más conveniente que velen estas centinelas. Y si no ¿quién avisara de los peligros? Durmiera el alma á lo poltrón. ¿Quién bastará á despertarlas? Esta diferencia hay entre el ver y entre el oir, que los ojos buscan las cosas como y cuando quieren; mas al oído ellas le buscan. Los objetos del ver permanecen. Puédense ver, si no ahora, después. Pero los del oir van de priesa y la ocasión es calva.
Bien está dos veces encerrada la lengua y dos veces abiertos los oídos. Porque el oir ha de ser al doble que el hablar. Bien veo yo que la mitad y aun las tres partes de las cosas, que se oyen, son impertinentes y aun dañosas; mas para eso hay un gran remedio, que es hacer el sordo, que se puede y es el mejor de ellos: esto es, hacer orejas de cuerdo, que es la mayor ganancia. Á más de que hay algunas razones tan sin ella, que no bastan párpados y entonces es menester tapiar los oídos con ambas manos: que, pues suelen ayudar á oir, ayuden también á ensordecer. Préstenos su sagacidad la serpiente, que, cosiendo el un oído con la tierra, tapa el otro con el fin, dando á todo buena salida.
Esto no se me puede negar, instó Andrenio, que estuviera muy bien un rastrillo en cada oído, como en guarda y con eso no entraran tan libremente tantos y tan grandes enemigos, silbos de venenosas serpientes, cantos de engañosas sirenas, lisonjas, chismes, cizañas y discordias, con otros semejantes monstruos escuchados.
Tienes razón en eso, dijo Artemia, y para eso formó la naturaleza las orejas, como coladeros de las palabras, embudos del saber. Y si lo notas, ya previno de antemano ese inconveniente, disponiendo este órgano en forma de laberinto, tan caracoleado, con tantas vueltas y revueltas, que parecen rastrillos y traveses de fortaleza, para que deste modo entren coladas las palabras, purificadas las razones y haya tiempo de discernir la verdad de la mentira.
Luego hay su campanilla muy sonora, donde resuenen las voces y se juzgue por el sonido si son faltas ó son falsas. ¿No has notado también que dió la naturaleza, despedida por el oído, aquel licor amargo de la cólera? ¿Pensarás tú á lo vulgar que fué esto para impedir el paso á algunas sabandijas, que topando con aquella amargura pegajosa se detengan y perezcan? Pues advierte que mucho más pretendió con eso, más alto fin tuvo. Contra otras más perniciosas previno aquella defensa. Topen las palabras blandas de la Circe con aquella amargura del recatado disgusto, deténganse allí los dulces engaños del lisonjero, hallen el desabrimiento de la cordura con que se empleen.
Y, aunque á muchos se les habían de gastar los oídos de oir dulce, ponderó Critilo, previno aquel antídoto de amargura. Finalmente, dos son los oídos, para que pueda el sabio guardar el uno virgen para la otra parte; haya primera y segunda información y procure que, si se adelantó á ocupar la una oreja la mentira, se conserve la otra intacta para la verdad, que suele ser la postrera.
No parece, dijo Andrenio, tan útil el olfato, cuanto deleitable. Más es para el gusto, que para el provecho. Y siendo así, ¿por qué ha de ocupar el tercer puesto tan á la vista, aventajándose á otros, que son más importantes?
¡Oh, replicó Artemia, que es el sentido de la sagacidad! Y aun por eso las narices crecen por toda la vida. Coincide con el respirar, que es tan necesario como eso. Discierne el buen olor del malo y percibe que la buena fama es el aliento del ánimo. Daña mucho un aire corrupto: infecciona las entrañas. Huele, pues, atenta la sagacidad de una legua la fragancia ó la hediondez de las costumbres, porque no se apeste el alma. Y aun por eso está en lugar tan eminente. Es guía del ciego, gusto que le avisa del manjar gastado y hace la salva en lo que ha de comer. Goza de la fragancia de las flores y recrea el cerebro con la suavidad que despiden las virtudes, las hazañas y las glorias. Conoce los varones principales y los nobles, no en el olor material del ámbar, sino en el de sus prendas y excelentes hechos, obligados á echar mejor olor de sí, que los plebeyos.
En gran manera anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en dar á cada potencia dos empleos, uno más principal y otro menos, penetrando oficios, para no multiplicar instrumentos. Desta suerte formó con tal disposición las narices, que se pudiesen despedir por ellas con decencia las superfluidades de la cabeza.
Eso es en los niños, dijo Critilo; que en los ya varones más se purgan los excesos de las pasiones del ánimo y así sale por ellas el viento de la vanidad, el desvanecimiento, que suele causar vahídos peligrosos y en algunos llega á trastornar el juicio. Desahógase también el corazón y evapóranse los humos de la fogosidad con mucha espera. Y tal vez á su sombra se suele disimular la más picante risa. Ayudan mucho á la proporción del rostro y, por poco que se desmanden, afean mucho. Son como manecilla del reloj del alma, que señalan el temple de la condición. Las leoninas denotan el valor, las aguileñas la generosidad, las prolongadas la mansedumbre, las sutiles la sabiduría y las gruesas la necedad.
Después del ver, del oir y del oler, dicho se estaba, ponderó Andrenio, que se había de seguir el hablar poco. Paréceme que es la boca la puerta principal desta casa del alma. Por las demás entran los objetos, mas por esta sale ella misma y se manifiesta en sus razones.
Así es, dijo Artemia, que en esta artificiosa fachada del humano rostro, dividida en sus tres órdenes iguales, la boca es la puerta de la persona real y por eso tan asistida de la guarda de los dientes y coronada del varonil decoro. Aquí asiste lo mejor y lo peor del hombre, que es la lengua. Llámase así por estar ligada al corazón.
Lo que yo no acabo de entender, dijo Andrenio, es que á propósito juntó en una misma oficina la sabia naturaleza el comer con el hablar. ¿Qué tiene que ver el un ejercicio con el otro? La una es ocupación baja y que se halla en los brutos; la otra es sublime y de solas las personas. Á más que de ahí se originan inconvenientes notables. El primero, que la lengua hable según el sabor que se le pega, ya dulce, ya amargo, agrio ó picante. Queda muy material de la comida: ya se roza, ya tropieza, habla grueso, se equivoca, se vulgariza y se relaja. ¿No estuviera mejor sola ella, hecha oráculo del espíritu?
Aguarda, dijo Critilo, que dificultas bien y casi me haces reparar; mas con todo eso, apelando á la suma Providencia, que rige la naturaleza, una gran conveniencia hallo yo en que el gusto coincida con el hablar, para que desta suerte examine las palabras, antes que las pronuncie. Másquelas tal vez, pruébelas si son sustanciales. Y, si advierte que pueden amargar, endúlcelas también. Sepa á qué sabe un no y qué estómago le hará al otro. Confítelo con el buen modo. Ocúpese la lengua en comer y aun, si pudiera, en otros muchos empleos, para que no toda se emplease en el hablar. [Marginal: _Manos diligentes._] Siguen á las palabras las obras en los brazos y en las manos. Se ha de obrar lo que se dice y mucho más. Que, si el hablar ha de ser á una lengua, el obrar ha de ser á dos manos.
¿Por qué se llaman así, preguntó Andrenio, que, según tú me has enseñado, vienen del verbo latino _maneo_, que significa quietud, siendo tan al contrario, que ellas nunca han de parar?
Llamáronlas así, respondió Critilo, no porque hayan de estar quietas; sino porque sus obras han de permanecer ó porque de ellas ha de emanar todo el bien. Ellas manan del corazón, como ramas cargadas de frutos, de famosos hechos, de hazañas inmortales. De sus palmas nacen los frutos victoriosos. Manantiales son del sudor precioso de los héroes y de la tinta eterna de los sabios. ¿No admiras, no ponderas aquella tan acomodada y artificiosa composición suya? Que, como fueron formadas para ministras y esclavas de los otros miembros, están hechas de suerte, que para todo sirven ellas. Ayudando á oir, son sustitutos de la lengua. Dan vida con la acción á las palabras. Son de la boca, ministrando la comida y al olfato las flores. Hacen toldo á los ojos, para que vean, hasta ayudar á discurrir: que hay hombres, que tienen los ingenios en las manos, de modo que todo pasa por ellas. Defienden, limpian, visten, curan, componen, llaman y tal vez rascando lisonjean.
Y porque todos estos empleos, dijo Artemia, vayan ajustados á la razón, depositó en ellas la sagaz naturaleza la cuenta, el peso y la medida. En sus diez dedos está el principio y fundamento del número. Todas las naciones cuentan hasta diez y de allí suben multiplicando. Las medidas todas están en sus dedos, palmo, codo y brazada. Hasta el peso está seguro en la fidelidad de su tiento, sospesando y tanteando. Toda esta puntualidad fué menester para avisar al hombre que obre siempre con cuenta y razón, con peso y con medida. Y realzando más la consideración, advierte que en ese número de diez se incluye también el de los preceptos divinos, por que los lleve el hombre entre las manos. Ellas ponen en ejecución los aciertos del alma, encierran en sí la suerte de cada uno, no escrita en aquellas vulgares rayas, ejecutada sí en sus obras. Enseñan también escribiendo y emplea en esto la diestra sus tres dedos principales, concurriendo cada uno con una especial calidad. Da la fortaleza el primero y el índice la enseñanza. Ajusta el medio, correspondiendo al corazón, para que resplandezcan en los escritos el valor, la sutileza y la verdad. Siendo, pues, las manos las que echan el sello á la virtud, no es de maravillar que, entre todas las demás partes del cuerpo, á ella se les haga cortesía, correspondiendo con estimación, sellando en ella los labios, para agradecer y solicitar el bien.
Y porque de pies á cabeza contemplamos el hombre tan misterioso, no es menos de observar su movimiento. Son los pies basa de su firmeza, sobre quienes asientan dos columnas. Huellan la tierra, despreciándola y tocando de ella no más de lo preciso para sostener el cuerpo. Van caminando y midiendo su fin. Pisan llano y seguro.
Bien veo yo y aun admiro, dijo Andrenio, la solidez con que atendió á afirmar el cuerpo la naturaleza, que en nada se descuida. Y para que no cayese, hacia adelante, donde se arroja, puso toda la planta. Y por que no peligrase á un lado ni á otro le apuntaló con ambos pies. Pero no me puedes negar que se descuidó en asegurarle hacia atrás, siendo más peligrosa esta caída, por no poder acudir las manos á exponerse al riesgo con su ordinaria fineza. Remediárase esto con haber igualado el pie, de modo, que quedara tanto atrás, como adelante y se aumentaba la proporción.
No mientes tal cosa, replicó Artemia, que fuera darle ocasión al hombre para no ir adelante en lo bueno. Sin eso hay tantos que se retiran de la virtud; ¿qué fuera, si tuviera apoyo en la misma naturaleza?
Éste es el hombre por la corteza; que aquella maravillosa composición interior, la armonía de sus potencias, la proporción de sus virtudes, la consonancia de sus afectos y pasiones, ésa quédese para la gran filosofía. Con todo quiero que conozcas y admires aquella principal parte del hombre, fundamento de todas las demás y fuente de la vida, el corazón.
¿Corazón?, replicó Andrenio, ¿qué cosa es y dónde está?
Es, respondió Artemia, el rey de todos los demás miembros y por eso está en medio del cuerpo, como en centro muy conservado, sin permitirse ni aun á los ojos. Llámase así de la palabra latina _Cura_, que significa cuidado, que el que rige y manda siempre fué centro dellos. Tiene también dos empleos: el primero ser fuente de la vida, ministrando valor en los espíritus á las demás partes; pero el más principal es el amar, siendo oficina del querer.
Ahora digo, ponderó Critilo, que con razón se llama corazón, que exprime el cuidadoso. Por eso está siempre abrasándose como fénix.
Su lugar es en el medio, prosiguió Artemia, porque ha de estar en un medio el querer. Todo ha de ser con razón; no por extremos. Su forma es en punta hacia la tierra, porque no se roce con ella; sólo la apunte, bástele un indivisible. Al contrario, hacia el cielo está muy espacioso, porque de allá reciba el bien, que él sólo puede llenarle. Tiene alas, no tanto para que le refresquen, cuanto para que le realcen. Su color es encendido, gala de la caridad. Críale mejor sangre, para que con el valor se califique la nobleza. Nunca es traidor; necio sí, pues previene antes las desdichas, que las felicidades. Pero lo que más es de estimar en él, que no engendra excrementos, como las otras partes del cuerpo, porque nació con obligaciones de limpieza y mucho más en lo formal del vivir. Con esto está aspirando siempre á lo más sublime y perfecto.
Desta suerte fué la sabia Artemia filosofando y ellos aplaudiendo; pero dejémoslos aquí tan bienempleados, mientras ponderamos los extremos que hizo el engañoso y ya engañado Falimundo.
Picado en lo vivo, de que le hubiesen sacado del laberinto de sus enredos, con tanta pérdida de reputación al perdido Andrenio y algunos otros tan ciegos como él, con tal ardid, de tan mala consecuencia para lo venidero, trató de la venganza y con exceso. Echó mano de la Envidia, gran asesino de buenos y aun mejores, sujeto muy á propósito para cualquier ruindad, que siempre anda entre ruines. Comunicóla su sentimiento, exageró el daño y dióla orden fuese sembrando cizaña en malicias por toda aquella dilatada villanía. No le fué muy dificultoso, porque aseguran ha siglos que la Vulgaridad maliciosa vive y reina entre villanos, desde aquella ocasión en que las dos hermanas, la Lisonja y Malicia, dejando los patrios lares de su nada, las sacó á volar su madre la ruin Intención, con ambiciones de valer en el mundo.
La Lisonja, dicen, fué á las cortes, aunque no muy derecha, y que lo acertó para sí, errándolo para todos. Porque allí se fué introduciendo tanto, que en pocas horas, no ya días, se levantó con la privanza universal. La Malicia, aunque procuró introducirse, no probó bien ni fué bien vista ni oída. No osaba hablar, que era reventar para ella. Andaba sin libertad y así trató de buscarla. Conoció que no era la corte para ella. Tomóse la honra para mejor quitarla y desterróse voluntariamente. Dió por otro extremo, que fué meterse á villana. Y salióle tan bien, que al punto se vió adorada de toda la verídica necedad. Allí triunfa porque allí habla; discurre, aunque á lo zonzo y pega valientes mazadas de necedades, que ella llama verdades. Llegó esto á tanto exceso de crédito y afecto que, porque no se la hurtasen ó matasen, trazaron los villanos meterla dentro de sus entrañas donde la hallan siempre los que menos querrían. En tan buena sazón llegó la Envidia y comenzó á sembrar su veneno.
Iba dejándose caer recelos en varillas contra Artemia. Decía que era otra Circe, si no peor, cuanto más encubierta con capa de hacer bien. Que había destruído la naturaleza, quitándola en su llaneza su verdadera solidez y con la afectación aquella natural belleza. Ponderaba que se había querido alzar á mayores, arrinconando á la otra y usurpándola el mayorazgo de primera. Advertid que, después que esta fingida reina se ha introducido en el mundo, no hay verdad; todo está adulterado y fingido. Nada es lo que parece, porque su proceder es la mitad del año con arte y engaño y la otra parte con engaño y arte. De aquí es que los hombres no son ya los que solían, hechos al buen tiempo y á lo antiguo, que fué siempre lo mejor. Ya no hay niños, porque no hay candidez.
¿Qué se hicieron aquellos buenos hombres, con aquellos sayos de la inocencia, aquella gente de bien? Ya se han acabado aquellos viejos machuchos, tan sólidos y verdaderos. El sí era sí y el no era no. Ahora todo al contrario, no toparéis sino hombrecillos maliciosos y bulliciosos, todo embeleco y fingimiento y ellos dicen que es artificio. Y el que más tiene desto, vale más. Ése se hace lugar en todas partes, medra en armas y aun en letras. Con esto ya no hay niños. Más malicia alcanza hoy uno de siete años, que antes uno de setenta.
¿Pues las mujeres? De pies á cabeza una mentira continuada, aliño de cornejas, todo ajeno y el engaño proprio. Tiene esta mentida reina arruinadas las repúblicas, destruídas las casas, acabadas las haciendas, porque se gasta el doble en los trajes de las personas y en el adorno de las casas. Con lo que hoy se viste una mujer se vestía antes todo un pueblo. Hasta en el comer nos ha perdido con tanta variedad de manjares y sainetes, que antes todo iba á lo natural y á lo llano. Dice que nos ha hecho personas; yo digo que nos ha deshecho. No es vivir con tanto embeleco ni es ser hombre el ser fingido. Todas sus trazas son mentiras y todo su artificio es engaño.
Incitó tanto los ánimos de aquel vulgacho, que en un día se amotinaron todos y dando voces sin entenderse ni entender, fueron á cercarle el palacio, voceando: Muera la hechicera. Y aun intentaron pegarla fuego por todas partes. Aquí conoció la sabia reina cuán su enemiga es la Villanía. Convocó sus valedores. Halló que los poderosos ya habían faltado; mas, no faltándose á sí misma, trazó vencer con la maña tanta fuerza. El raro modo con que triunfó de tan vil canalla, el bienejecutado ardid con que se libró de aquel ejército villano, léelo en la Crisi siguiente.
CRISI X _El mal paso del salteo._ Vulgar desorden es entre los hombres hacer fines de los medios y de los medios hacer fines. Lo que ha de ser de paso toman de asiento y del camino hacen descanso. Comienzan por donde han de acabar y acaban por el principio. Introdujo la sabia y próvida naturaleza el deleite, para que fuese medio de las operaciones de la vida, alivio instrumental de sus más enfadosas funciones, que fué un grande arbitrio para facilitar lo más penoso del vivir.
Pero aquí es donde el hombre más se desbarata, pues más bruto que las bestias, degenerando de sí mismo, hace fin del deleite y de la vida hace medio para el gusto. No come ya para vivir, sino que vive para comer; no descansa para trabajar, sino que no trabaja para dormir; no pretende la propagación de su especie, sino la de su lujuria; no estudia para saberse, sino para desconocerse; ni habla por necesidad, sino por el gusto de la murmuración. De suerte, que no gusta de vivir, sino que vive de gustar. De aquí es que todos los vicios han hecho su caudillo al deleite: él es el muñidor de los apetitos, precursor de los antojos, adalid de las pasiones y el que trae arrastrados los hombres, tirándole á cada uno su deleite. Atienda, pues, el varón sabio á enmendar tan general desconcierto. Y para que estudie en el ajeno engaño, oiga lo que le sucedió al sagaz Critilo y al incauto Andrenio.
[Marginal: _Castigos de necios._] ¿Hasta cuándo, oh canalla inculta, habéis de abusar de mis atenciones?, dijo enojada Artemia, más constante, cuando más arriesgada. ¿Hasta cuándo ha de burlarse de mi saber vuestra barbaridad? ¿Hasta dónde ha de llegar en despeñarse vuestra ignorante audacia? Júroos que, pues me llamáis encantadora y maga, que esta misma tarde, en castigo de vuestra necedad, he de hacer un conjuro tan poderoso, que el mismo sol me vengue, retirando sus lucientes rayos: que no hay mayor castigo que dejaros á oscuras en la ceguera de vuestra vulgaridad.
Tratólos como ellos merecían y conocióse bien. Que con la gente vil obra más el rigor, que la bizarría, pues quedaron tan aterrados, cuan persuadidos de su mágica potencia y, ya helados, no trataron de pegar fuego al palacio, como lo intentaban. Acabaron de perderse de ánimo, cuando vieron que realmente el mismo sol comenzó á negar su luz, eclipsándose por puntos y temiendo no se conjurase también contra ellos la tierra en terremotos. Que á veces todos los elementos suelen mancomunarse contra el perseguido. Dieron todos á huir desalentados, achaque ordinario de motines que, si con furor se levantan, con pánico terror se desvanecen. Corrían á oscuras, tropezando unos con otros, como desdichados.
Tuvo con esto tiempo de salir la sabia Artemia con toda su culta familia y, lo que más ella estimó, fué poder escapar de aquel bárbaro incendio los tesoros de la observancia curiosa, que ella tanto estima y guarda en libros, papeles, dibujos, tablas, modelos y en instrumentos varios. Fuéronla cotejando y asistiendo nuestros dos viandantes Critilo y Andrenio. Iba éste espantado de un portento semejante, teniendo por averiguado que se extendía su mágico poder hasta las estrellas y que el mismo sol la obedecía. Mirábala con más veneración y dobló el aplauso. Pero desengañóle Critilo, diciendo cómo el eclipse del sol había sido efecto natural de las celestes vueltas, contingente en aquella sazón, previsto de Artemia, por las noticias astronómicas y que se valió dél en la ocasión, haciendo artificio lo que era natural efecto.
Discurrióse mucho dónde irían á parar, consultando Artemia con sus sabios, resuelta á no entrar más en villa alguna y así lo cumple hasta hoy. Propusiéronse varios puestos.
[Marginal: _Lisboa._] Inclinábase mucho ella á la dos veces buena Lisboa, no tanto por ser la mayor población de España, uno de los tres emporios de la Europa, que si á otras ciudades se les reparten los renombres, ella los tiene juntos, hidalga, rica, sana y abundante, cuanto porque jamás se halló portugués necio, en prueba de que fué su fundador el sagaz Ulises. Mas retardóla mucho, no su fantástica nacionalidad, sino su confusión, tan contraria á sus quietas especulaciones.
[Marginal: _Madrid._] Tirábala después la coronada Madrid, centro de la monarquía, donde concurre todo lo bueno en eminencias; pero desagradábala otro tanto malo, causándola asco, no la inmundicia de sus calles, sino de los corazones. Aquel nunca haber podido perder los resabios de villa y el ser una Babilonia de naciones no bien alojadas.
[Marginal: _Sevilla._] De Sevilla no había que tratar, por estar apoderada della la vil ganancia, su gran contraria, estómago indigesto de la plata, cuyos moradores ni bien son blancos ni bien negros, donde se habla mucho y se obra poco, achaque de toda Andalucía.
[Marginal: _Granada._] Á Granada también la hizo la cruz y á Córdoba un calvario. De Salamanca se dijeron leyes, donde no tanto se trata de hacer personas, cuanto letrados, plaza de armas contra las haciendas.
[Marginal: _Zaragoza._] La abundante Zaragoza, cabeza de Aragón, madre de insignes reyes, basa de la mayor columna y columna de la fe católica en santuarios y hermosa de edificios, poblada de buenos, así como todo Aragón de gente sin embeleco, parecíale muy bien; pero echaba mucho menos la grandeza de los corazones y espantábala aquel proseguir en la primera necedad.
[Marginal: _Valencia._] Agradábala mucho la alegre, florida y noble Valencia, llena de todo lo que no es sustancia; pero temióse que con la misma facilidad con que la recibirían hoy la echarían mañana. [Marginal: _Barcelona._] Barcelona, aunque rica cuando Dios quería, escala de Italia, paradero del oro, regida de sabios, entre tanta barbaridad no la juzgó por segura, porque siempre se ha de caminar por ella con la barba sobre el hombro.
León y Burgos estaban muy á la montaña, entre más miseria, que pobreza. Santiago, cosa de Galicia. [Marginal: _Valladolid._] Valladolid la pareció muy bien y estuvo determinada de ir allá, porque juzgó se hallaría la verdad en medio de aquella llaneza; pero arrepintióse porque, habiendo sido corte, huele aún á lo que fué y está muy á lo de campos. [Marginal: _Pamplona._] De Pamplona no se hizo mención, por tener más de corta que de corte y, como es un punto, toda es puntos y puntillos Navarra.
[Marginal: _Toledo._] Al fin fué preferida la imperial Toledo, á voto de la católica reina, cuando decía que nunca se hallaba necia, sino en esta oficina de personas, taller de la discreción, escuela del bienhablar, toda corte, ciudad toda y más después que la esponja de Madrid le ha chupado las heces, donde, aunque entre, pero no duerme la Villanía. En otras partes tienen el ingenio en las manos, aquí en el pico. Si bien censuraron algunos que sin fondo y que se conocen pocos ingenios toledanos de profundidad y de sustancia; con todo estuvo firme Artemia, diciendo: ¡Ea! que más dice aquí una mujer en una palabra, que en Atenas un filósofo en todo un libro. Vamos á este centro, no tanto material, cuanto formal de España.
Fuése encaminando allá con toda su cultura. Siguiéronla Critilo y Andrenio, con no poco provecho suyo, hasta aquel puesto donde se parte el camino para Madrid. Comunicáronla aquí su precisa conveniencia de ir á la corte en busca de Felisinda, redimiendo su licencia á precio de agradecimientos. Concedióselos Artemia en bien importantes instrucciones, diciéndoles: Pues os es preciso el ir allá, que no conviene de otra suerte, atended mucho á no errar el camino, porque hay muchos que llevan allá.
Según eso no nos podemos perder, replicó Andrenio.
Antes sí y aun por eso, que en el mismo camino real se perdieron no pocos y así no vais por el vulgar de ver, que es el de la necedad, ni por el de la pretensión, que es muy largo é interminable. El del litigio es muy costoso á más de ser prolijo. El de la soberbia es desconocido y allí de nadie se hace caso y de todos casa. [Marginal: _Entradas de la corte._] El del interés es de pocos y esos estranjeros. El de la necesidad es peligroso, que hay gran multitud de halcones en alcándaras de varas. El del gusto está tan sucio, que pasa de barros y llega el lodo á las narices, de modo que en él se anda apenas. El del vivir va de priesa y llégase presto al fin. Por el del servir es morir, por el del comer nunca se llega. El de la virtud no se halla y aun se duda. Sólo queda el de la urgencia mientras durare. Y creedme que allí ni bien se vive ni bien se muere.
Atended también por dónde entráis, que va no poco en esto. Porque los más entran por Santa Bárbara y los menos por la calle de Toledo. Algunos refinos por la puente. Entran otros y otras por la Puerta del Sol y paran en Antón Martín. Pocos por Lavapiés y muchos por untamanos. Y lo ordinario es no entrar por las puertas, que hay pocas y ésas cerradas; sino entreteniéndose. Con esto se dividieron: la sabia Artemia al trono de su estimación y nuestros dos viandantes para el laberinto en la corte.
Iban celebrando en agradable conferencia las muchas y excelentes prendas de la discreta Artemia, muy fundados en repetir los prodigios que habían visto, ponderando su felicidad en haberla tratado, la utilidad que habían conseguido. En esta conversación iban muy metidos, cuando sin advertirlo dieron en el riesgo de todos, uno de los peores pasos de la vida. Vieron que allí cerca había mucha gente detenida, así hombres, como mujeres, todos maniatados, sin osar rebullirse, viéndose despojar de sus bienes.
Perdidos somos, dijo Critilo. Aguarda, que habemos dado en uñas de salteadores, que los suele haber crueles en estos curiales caminos. Aquí están robando sin duda y, aun si con eso se contentasen, ventura sería en la desdicha; pero suelen ser tan desalmados, que quitan las vidas y llegan á desollar los rostros á los pasajeros, dejándolos del todo desconocidos.
Quedó helado Andrenio, anticipándose el temor á robarle el color y aun el aliento. Cuando ya pudo hablar: ¿Qué hacemos, dijo, que no huímos? Escondámonos, que no nos vean.
Ya es tarde á lo de Frigia, que es lo necio, respondió Critilo, que nos han descubierto y nos vocean.
Con esto pasaron adelante, á meterse ellos mismos en la trampa de su libertad y en el lazo de su cuello. Miraron á una y otra banda y vieron una infinidad de pasajeros de todo porte, nobles, plebeyos, ricos, pobres, que ni perdonaban á las mujeres, toda gente moza, y todos amarrados á los troncos de sí mismos. Aquí suspirando Critilo y gimiendo Andrenio, fueron mirando por todo aquel horrible espectáculo quiénes eran los crueles salteadores, que no podían atinar con ellos. Miraban á unos y á otros y todos los hallaban enlazados. ¿Pues quién ata? En viendo alguno de mal gesto, que eran los más, sospechaban dél.
¿Si será este, dijo Andrenio, que mira atravesado, que así tiene el alma?
Todo se puede creer de un mirar equívoco, respondió Critilo; pero más temo yo de aquel tuerto. [Marginal: _Mal gesto, mal hecho._] Que nunca suelen hacer éstos cosa á derechas, á juicio de la reina católica y era grande. Guárdate de aquel muchos labios y mala labia, que nos hace hocico siempre. Pues aquel otro de las narices remachadas, tan cruel como iracundo y, si de color de membrillo, cómitre amulatado...No será sino aquel del ojo remellado, que tiene andado mucho para verdugo.