Pero los rematados eran algunos oradores, que en puesto tan grave y alto decían: ¡Esto sí que es discurrir! Aquí, aquí ingenios míos, de puntillas, de puntillas.
Cuando menos se tenía lo que decían, cuando menos subsistía el conceptillo.
Y así decía uno déstos: Séneca dijo esto; pero más diré yo.
¡Hay necedad más garrafal!, glosó Andrenio. ¡Qué esto pueda decir un blanco!
Dejadlo, que es andaluz, dijo otro, ya tienen licencia.
Esto dificultan los sabios, proseguía; yo daré la solución, yo lo diré y más y más.
Juro por vida de la cordura, exclamó Critilo, que sueñan todos éstos en opinión de juicio y que dijo bien aquel gran monarca, habiendo oído á uno déstos: Traedme quien ore con seso.
Y á otro semejante le apodó buñuelo de viento.
Lástima es, ponderaba Critilo, que no haya un avisado avisador, que tuerza la boca, guiñe el ojo, doble el labio y se ageste de licenciado de Salamanca. Pero ya Momo anda á sombra de tejado y campea en su lugar el aplauso, cabeceando á lo necio, con la simplicísima lisonja, aquella hermosa, que basta á desvanecer al mismo bruto de Apuleyo.
Señores, ponderaba Andrenio, que á los grandes hombres no les pese de haber nacido, que los entendidos quieran ser conocidos, súfraseles; pero que el nadilla y el nonadilla quieran parecer algo y mucho, que el niquilote lo quiera ser todo, que el villanón se ensanche, que el ruincillo se estire, que el que debría esconderse quiera campear, que el que tiene por qué callar blasfeme, ¿cómo nos ha de bastar la paciencia?
Pues no hay sino tenerla y prestarla, dijo el Jactancioso. Que aquí no hay hombre sin penacho ni hembra sin garzota. Y muchos con penacheras de tornear de á doce palmos en alto y los avestruces baten las mayores, porque dicen les vienen nacidas. Y es de notar que, cuando parecían irlos dejando caer, los echan hacia atrás, haciendo cola de las que fueron crestas. Atended cuáles andan todos los pequeños de puntillas para poder ser vistos, ayúdanse de ponlevíes, ya para hacer ruido, ya para ser mirados. Hombrean aquéllos y alargan el cuello para ser estimados. Los otros hacen de los graves muy hinchados con fuelles de lisonja y desvanecimiento. Précianse éstos de muy apersonados y de tener gentil fachada, porque los exprimidos dicen no valer nada, gente de poca sustancia.
¡Oh lo que importa la buena corpulencia!, decía uno de ellos, que da autoridad, no sólo para con el vulgo, sino para con un Senado: que los más son superficiales. Suple mucha falta de alma: que un abultado tiene andado mucho para parecer hombre de autoridad. Gran hombre y gran nombre prometen gran persona: que hace mucho ruido lo campanudo y parece gran cosa lo abultado.
¿Qué hiciera el mundo sin mí?, pasaba diciendo un mochillero y no era español.
Mas luego pasó otro, que lo era, y decía: Nosotros nacimos para mandar.
Paseaba un mal gorrón, paseando la mano por el pecho, y decía: ¡Qué arzobispo de Toledo se cría aquí! ¡Qué patriarca!
Yo seré un gran médico, decía otro, que tengo buen talle y mejor parola.
No faltaba en Italia soldado español, que no fuese luego don Diego y don Alonso. Y decía un italiano: ¿_Signori, en España quién guarda la pécora_?
Andá, le respondió uno, que en España no hay bestias ni hay vulgo como en las demás naciones.
Llegaron actualmente á darle la enhorabuena á un cierto personaje de harto poca monta, de una merced muy moderada, y respondía: Pecho hay para todo. Dándose en él dos palmadas. Procedía otro muy á lo fantástico, hinchando los carrillos y soplando.
Á éste, dijo Andrenio, sin duda que no le cabe el viento y humo en los cascos, cuando se le rezuma por la boca.
Pasó en esto otro con un gran tizón en la mano, humeando ambos.
¿Quién es éste?, preguntaron. Y respondiéronles: Éste es el que pegó fuego al célebre templo de Diana. En efecto, no más de porque se hablase dél en el mundo.
¡Oh mentecato!, dijo Critilo. ¿Pues no advirtió que todos le habían de quemar la estatua y que su fama había de ser funesta?
Que no se le dió á él nada de eso; no pretendió mas de que se hablase dél en el mundo, fuese bien ó mal. ¡Oh cuántos han hecho otro tanto, abrasando las ciudades y los reinos, no más de porque se hablase de ellos, pereciendo su honra, pero no su infamia! ¡Cuántos y cuántos sacrifican sus vidas al ídolo de la vanidad, más bárbaros que los caribes, exponiéndose á los choques y á los asaltos, no más de por andar en las gacetas, embarazando las cartas novas!
¡Qué caro ruido!, ponderaba Critilo: dígole sonada necedad.
Pero no se admiraron ya de haber visto todos estos imaginarios espacios, con caramanchones de la loca fantasía, desde el un cabo del mundo al otro, comenzando por Inglaterra, que es el estremo del desvanecimiento y aun de toda monstruosidad, compitiendo la belleza de sus cuerpos con la fealdad de sus almas. No estrañaron ya el desván de los necios linajudos ni el de los poderosos altivos por verse en alto, el de los hinchados sabios, de las insufribles hembras, con todos los demás. El que les hizo grande novedad fué uno, llamado el desván viejo, lleno de ratones ancianos, muy autorizados de canas y de calvas.
Basta, dijo Andrenio, que yo siempre creí que el encanecer era un rezumarse el mucho seso; y agora conozco que en los más no es sino quedárseles el juicio en blanco.
Escucharon lo que conversaban y hallaron que todo era jactarse y alabarse.
En mi tiempo, decía uno, cuando yo era, cuando yo hacía y acontecía, entonces sí que había hombres; que agora todos son muñecas.
Yo conocí, yo traté, decía otro, ¿no os acordáis de aquel gran maestro, el otro famoso predicador, pues aquel gran soldado? ¡Qué grandes hombres había en todo género de cosas! ¡Qué mujeres! Más valía una de entonces, que un hombre de agora.
Desta suerte están todo el día diciendo mal del siglo presente, que no sé cómo los sufre. Nadie les parece que sabe, sino ellos. Á todos los demás tienen por mozos y por muchachos, aunque lleguen á los cuarenta y, mientras ellos viven, nunca llegan los otros á ser hombres ni á tener autoridad ni mando. Luego les salen con que ayer vinieron al mundo, que aún se están con la leche en los labios y con el pico amarillo.
Antes que vos nacierais, antes que vinierais al mundo, ya yo estaba cansado.
Y no miente, que á fe lo son de todas maneras, jactanciosos, vanagloriosos, ocupando uno de los más encaramados desvanes. Finalmente llegaron á otro tan estremo de fantástico, que dejaba muy atrás todos los pasados. Tenía dos gigantes columnas á la puerta, como _non plus ultra_ del desvanecimiento. Negábanles la entrada y hubiera sido conveniencia, porque, después de haber desperdiciado ruegos éstos y conciliado estimaciones aquéllos, al abrir ya la ostentosa puerta, digo puerto de torbellinos de viento, de tempestades, de vanidad, les embistió una tal avenida de humos y de fantasías, que dudaron si se habría reventado en el Vesubio algún volcán. Y fué tal el tropel de enfados, que, no le pudiendo tolerar, volvieron las espaldas á lo cuerdo. Pero qué desván de desvanes fuese el tal, promete decirlo la siguiente Crisi.
CRISI VIII _La cueva de la nada._ Á todas luces anduvieron desalumbrados los que dijeron que pudiera estar el mundo mejor trazado de lo que hoy lo está, con las mismas cosas de que se compone. Preguntados del modo, respondían que todo al revés de como hoy le vemos. Esto es, que el sol había de estar acá bajo ocupando el centro del universo y la tierra acullá arriba donde agora está el cielo en ajustada distancia. Porque de esa suerte los que hoy se experimentan azares, entonces se lograran conveniencias. Fuera siempre día claro, viéramosnos las caras á todas horas y procediéramos con lisura. Pues á la luz del mediodía con esto no hubiera noches prolijas para desazonados ni largas para enfermos ni capas de maldad para bellacos. No padeciéramos las desigualdades de los tiempos, las inclemencias del cielo ni la destemplanza de los climas. No hubiera invierno triste y encapotado, con nieves, nieblas y escarchas. No se sonaran los romadizos ni tosiéramos con los catarros. No conociéramos sabañones en el invierno ni sarpullido en el verano. No hubiera que emperezar por las mañanas ni que estar todo el día tragando humo á una chimenea, calentándonos por un lado y resfriándonos por el otro. No pasáramos el estío sudando, basqueando, dando vuelcos toda la noche por la cama. Escapáramonos de una tan intolerable plaga de sabandijas, enemigos ruincillos, mosquitos que pican y moscas que enfadan. Fuera siempre una primavera alegre y regocijada. No duraran solos quince días las rosas ni solos dos meses las flores. Cantaran todo el año los ruiseñores y fuera continuo el regalo de las guindas. No conociéramos entonces ni groseros Diciembres, ni Julios apicarados, con tanto desaliño. Todos fueran verdes Abriles y floridos Mayos á uso del paraíso, conduciendo todas estas comodidades á una salud de bronce y á una felicidad de oro.
Otra cosa: que fuera cien veces mayor la tierra, pues todo lo que ahora es cielo, repartida en muchas y mayores provincias, habitadas de cultas y políticas naciones, no informes, sino uniformes, porque no hubiera entonces negros, chichimecos ni pigmeos, salvajes, etcétera.
Otrosí: que no fuera tan seca España, airosa la Francia, húmeda Italia, fría Alemania, aneblada Inglaterra, hórrida Suecia y abrasada la Mauritania. Así que toda la tierra fuera un paraíso y todo el mundo un cielo.
Deste modo discurrían hombres blancos y aun aplaudidos de sabios; pero, bien examinado este modo de echarse á discurrir, no tanto puede pasar por opinión, cuanto por capricho de entendimientos noveleros, amigos de trastornarlo todo y mudar las cosas cuadradas en redondas, dando materia de risa al sentencioso Venusino. Éstos, por huir de un inconveniente, dieron en muchos y mayores, quitando la variedad y con ella la hermosura y el gusto, destruyendo de todo punto el orden y concierto de los tiempos, de los años, los días y las horas, la conservación de las plantas, la sazón de los frutos, el sosiego de las noches, el descanso de los vivientes, procediendo á todo esto sin estrella, pues las habrían de desterrar todas por ociosas, no hallándolas ocupación ni puesto. Pero á todos estos desconciertos ¿qué había de hacer el sol inmoble y apoltronado en el centro del mundo, contra toda su natural inclinación y obligación, que á fuer de vigilante príncipe pide moverse sin parar, dando una y otra vuelta por toda su lucida monarquía?
He, que no es tratable eso; muévase el sol y camine, amanezca en unas partes y escóndase en otras, véalo todo muy de cerca y toque las cosas con sus rayos, influya con eficacia, caliente con actividad y refresque con templanza y retírese con alternación de tiempos y de efectos, aquí levanté vapores, allí conmueva vientos, hoy llueva, mañana nieve, ya cubierto, ya sereno, ande, visite, vivifique, pase y pasee de la una India á la otra, déjese ver ya en Flandes, ya en Lombardía, cumpliendo con las obligaciones de universal monarca del orbe, que, si el ocio dondequiera es culpable vicio, en el príncipe de los astros sería intolerable monstruosidad.
Deste modo iban altercando el Honroso y el Ocioso. Éste que ya los guiaba y aquél que les seguía.
Ora, dejaos, dijo Andrenio, de caprichosas cuestiones y decidnos ¿qué desván fuese aquel último y tan estremado?
Aquel, respondió el Fantástico, es el de los primeros hombres del mundo, de los que ocupan la coronilla de Europa y aun la coronan. Y por eso tan altivos, que realmente tienen valor, pero se lo presumen; saben, pero se escuchan; obran, pero blasonan.
¡Oh, qué capaz me pareció!, decía Critilo.
Sí, el más hueco, porque es un agregado de todos los otros. Haced cuenta que estuvisteis á las mismas puertas de la plausible Lisboa.
Sí, sí, exclamaron: el desván de los fidalgos portugueses. Cierto que serían famosos, si no fuesen fumosos; pero responden ellos que no puede dejar de haber mucho humo donde hay mucho fuego. Llámanles sebosos vulgarmente; pero ellos échanlo á crueles en sus memorables batallas. Tomaron mucho de su fundador Ulises, con que no se topa jamás portugués ni bobo ni cobarde.
Pésame que no entrásedes allá, dijo el Holgón, porque hubiéradeis visto estremados pasajes de fantasía. Que, como en otras partes se fijó el _non plus ultra_ del valor, aquí el de la presunción. Allí hubiéradeis topado hidalguías de á par de Deus, solares de antes de Adán, enamorados perenales, poetas atronados, aunque ninguno aturdido, músicos de quita allá, ángeles, ingenios prodigiosos sin rastro de juicio. Y en una palabra, cuando las demás naciones de España, aun los mismos castellanos, alaban sus cosas con algún recelo, por excelentes que sean, yendo con tiento en celebrarlas: ¿esto vale algo?, es así así, parece bueno, los portugueses alaban sus cosas á todo hipérbole, á superlativa satisfación: ¡cosa famosa, cosa grande, la primera del mundo, no se hallará otra como ella en todo el orbe, que eso de Castela es poca cosa!
Aguarda, dijo Critilo, entre éstas y éstas ¿dónde nos llevas? Que me parece vamos dando gran baja, pasando de estremo á estremo.
No os dé cuidado, les respondió su flemático Guión, que os prometo que sin cansaros os habéis de hallar en el más holgado país del mundo, en el de los acomodados y que saben vivir. Asegúroos que son sombra suya los decantados Elisios y que los asombra. Aquí toparéis los hombres de buen gusto, los que viven y gozan.
Mas, apenas dejaron el empinado monte, cuando entraron á glorias en un ameno y alegre prado, centro de delicias, estancia del buen tiempo, ya sea la primavera, coronada de flores, ya el otoño de frutas. Ostentábanse aquellos suelos cubiertos de alfombras del Abril, matizadas de Flora, recamadas de líquidos aljófares por las bellas niñas de la más alegre Aurora, si bien no se lograba fruto alguno. Comenzaban á registrar todas aquellas floridas campiñas, alternadas de huertas, parques, florestas y jardines y de trecho á trecho se levantaban vistosos edificios, que parecían casas todas de recreación. Porque allí campeaba la Tapada de Portugal, Buena Vista de Toledo, la Troya de Valencia, Comares de Granada, Fontanable de Francia, el Aranjuez de España, el Pusicio de Nápoles, Belveder de Roma. Fuéronse empeñando por un paseador espacioso y delicioso y no tan común, que no encontrasen gente de buen porte y de deporte, más lucios, que lucidos. Y entre muchos personajes muy particulares, ninguno conocido. Tomaban todos el viaje muy de espacio.
_Pian piano_, decían los italianos.
No vivir aprisa, repetían los españoles.
Porque mirad, glosaba el _bel poltroni_, todos al cabo de la jornada de la vida llegamos á un mismo paradero, los sagaces tarde y los necios temprano. Unos llegan molidos, otros holgados, los sabios mueren, mas los tontos revientan. Estos hechos pedazos y aquellos muy enteros. Y de verdad que, pudiendo llegar algunos años después, que es gran necedad veinte años antes ni una hora.
Saber un poco menos y vivir un poco más, iba diciendo uno.
Y no os envidiéis los buenos ratos, les encargaba otro.
No os queráis sisar los buenos días: _placheri placheri y mas placheri_, decía un italiano.
Holgueta, holgueta, un español.
Encontraban á cada paso estancias de mucho recreo, donde no trataban sino de darse un buen verde y dos azules y los que podían gozar de dos primaveras no se contentaban con una. Allí vieron los bailetes franceses, haciéndose piezas los mismos monsieures, bailando y silbando, los toros y cañas españolas, los banquetes flamencos, las comedias italianas, las músicas portuguesas, los gallos ingleses y las borracheras septentrionales.
¡Qué lindo país, decía Andrenio, y lo que me va contentando! Esto sí que es vivir y no matarse.
Pero notad, dijo el Fantástico, toda esta bulla, el poco ruido que hace en el mundo.
¡Y que con tanto juglar, no sean estos hombres sonados!
No es gente ruidosa, respondió el Dejado, no gustan de meter ruido en el mundo.
Tampoco veo hombre conocido y, con pasar tantas carrozas llenas de príncipes y señores, no veo que sean nombrados.
Es que lo disimulan y no poco.
Toparon una gran muela de gentes y no personas. Tenían rodeado un monstruo de gordura, que no se le veían los ojos; pero sí una gran panza, colgada al cuello de un banda.
¿Qué pesado hombre será éste?, dijo Andrenio.
Pues te aseguro que lo es harto más un flaco, un podrido, un consumido ú consumidor, un estrecho, un estrujado. Que antes los muy gruesos de ordinario son más llevaderos, digo tolerables.
Estaba dando reglas de _accomodabuntur_, hecho un oráculo de la propia _comodité_.
¿Qué cosa es ésta?, preguntó Critilo.
Ésta es, le respondieron, la escuela donde se enseña á vivir. Llegaos por vuestra conveniencia y aprenderéis á alargar los años y á estirar la vida.
Llegaban unos y otros á consultarle aforismos de conservarse y él los daba y los platicaba. Estaba actualmente diciendo: _E yo volo videre quanto tempo potrá acampare un bel poltroni._ Y repantigóse en una silla poltrona.
Sin duda que esta es la escuela de Epicuro, dijo Andrenio.
No será, respondió Critilo: que aquel filósofo no hablaba italiano.
¡Qué importa, si lo obraba y lo vivía! Sea lo que fuere, éste puede ser maestro de aquel otro.
Llegó uno, que platicaba en pachorra y díjole: _Messere_, ¿qué remedio para tener buenos días y mejores años?
Aquí él, abriendo un geme de boca de los del gigante Goliat, habiendo hecho la salva á carcajadas, le respondió: _Bono_, _bono_, sentaos, que mientras pudiereis estar sentado, nunca habéis de estar en pie. Yo os quiero dar mejor regla de todas, la nata del vivir; pero habéismela de pagar en trentines catalanes.
No será posible, respondió.
¿Por qué no?
Porque no han dejado uno tan solo los monsieures.
Buen remedio, sean de los del duque de Alburquerque, que con un par me contento. _Ora va de regola, attentione. No pillar fastidio de nienti._ _De nienti._ ¿Aunque se muera una hija, una hermana?
Menos.
¿Una tía de quien heredé?
Oh, que cosa aquesta. Aunque se os muera todo un linaje entero de madrastras, cuñadas y suegras, haced los insensibles y decid que es magnanimidad.
_Messere_, preguntó otro, y para tener buenas comidas y mejores cenas, ¿cómo haría yo?
Gastad en buenas ollas, lo que ahorréis de malas nuevas.
¿Pues cómo haría yo para no oirlas?
No escucharlas. Haced lo que aquel otro avisado, que al criado, que se descuidaba en decir algo, que de mil leguas le pudiese desazonar ó darle pena, al punto lo mandaba despedir de su servicio.
_Patrono mio caro_, entró otro platicante de acomodado, todo eso es niñería con lo que yo pretendo. Decidme, ¿cómo haría yo, aunque me costase perder media hora de sueño, el no dormir una siesta para llegar á vivir unos, unos...?
¿Qué? ¿Cien años?
Más.
¿Ciento y veinte?
Poco es eso.
¿Pues cuánto queréis vivir?
Lo que ya hay ejemplar, lo que se vivía antiguamente.
Sí, Sí.
No tenéis mal gusto.
¿Cómo haría yo para llegar siquiera á unos ochocientos?
¿Para llegar decís? Mas, en llegando, ¿qué más tiene que hayan sido mil, que ciento?
Aunque no fuesen sino unos quinientos.
No puede ser eso, respondió.
¿Por qué no?
Porque no se usa.
Pues así como vuelven todos los demás usos, ¿por qué no podría volver éste al cabo de los años mil y aun de los cuatro mil?
¿No veis vos que los buenos usos nunca más vuelven ni lo bueno á tener vez?
Pues, _Messere_, ¿cómo hacían aquellos primeros hombres del tiempo antiguo para vivir tanto?
¿Qué? Ser buenos hombres, como quien no dice nada. No se pudrían de cosa, porque no había entonces mentiras ni aun en los casamientos ni escusas para no pagar ni largas para cumplir. No había preguntadores que matan, habladores que muelen, porfiados que atormentan, necios cansados que aporrean. No había quien estorbase ni mujeres tijeretas, criados rezongones. No mentían los oficiales ni aun los sastres. No había abogados ni alguaciles. Y lo que es más que todo eso, no había médicos. Y con que inventaron mil cosas, Júbal la música, Tubal Caín el hierro, no hubo hombre, que se aplicase á ser boticario. Así que nada había de todo esto: mirá si habían de vivir á ochocientos y á novecientos años los hombres, siendo tan personas. Quitadme vos todos estos topes, que yo os daré luego que vivan á mil y aun á dos mil años. Porque cada cosa déstas basta á quitar cien años de vida y hacer que se pudra y se consuma y se mate un hombre en cuatro días. Y digo que aun es milagro que vivan tanto; sino que á puro de ser buenos hombres viven algunos, que para éstos es el mundo. Otra cosa os sé decir, que según van de cada día empeorándose las materias, agotándose los bienes y aumentándose los males, adelantándose los malos usos, temo que se ha de ir acortando la vida de modo que no lleguen á ceñirse espada los hombres ni aun á atacarse las calzas.
_Messere_, le replicó, será imposible eso y más en los tiempos, que alcanzamos, quitar que no haya pleitos, injusticias, falsedades, tiranías, latrocinios, ateísmos acá y herejías acullá. Pues tampoco faltarán guerras que destruyan, hambres que consuman, pestes que acaben y rayos que asuelen.
Íbase ya muy desconsolado éste, cuando le llamó el _bel poltroni_ y le dijo: Ora, mire V. señoría, que no querría que se fuese triste de mi jovial presencia. Yo le daré una recetilla de conservar el individuo, que es hoy la más válida en Italia y la más corriente en todo el mundo y es ésta: _Cena poco, usa el foco, in testa capelo e poqui pensieri en el cerbelo. ¡Oh, la bella cosa!_ ¿De modo que me dice V. señoría que pocos cuidados?
_Poquissimi._ Según eso ¿no me conviene á mí el ser hombre de negocios ni asistir al despacho?
Por ningún caso.
¿Ni ministro?
Menos.
¿Ni tratar de avíos, llevar cuentas, ser asentista, mayordomo?
De ningún modo.
¿Ni estudiar mucho ni pleitear ni pretender?
_Nata, nata de todo eso, nunca trabajar de cabeza_ y, en una palabra, _non curare de niente_.
Desta suerte acudían unos y otros á consultarle _de tuenda valetudine_ y á todos respondía muy al caso: á éste, folgueta; á aquél, vita bona, y á todos _andiamo alegremente_. Y á un cierto personaje bien grave le encargó mucho aquello de las sesenta ollas al mes.
Paréceme, dijo Critilo, que toda esta ciencia del saber vivir y gozar para en pensar en nada y hacer nada y valer nada. Y como yo trato de ser algo y valer mucho, no se me asienta esta poltronería.
Y con esto dió prisa en pasar adelante, siguiéndole Andrenio con harto dolor de su corazón, que le ahumaban mucho aquellas liciones y iba repasando su aforismo: _Non curare de niente_; sino del vientre.
Pasaron adelante y entre varias tropelías del gusto, casas de gula y juego, toparon una gran casa, que repetía para palacio, con sus empinadas torres, soberbios homenajes y en medio de su majestuosa portada, en el mismo arquitrabe, se leía este letrero: Aquí yace el príncipe de tal.
¿Cómo que yace? se escandalizó Andrenio. Yo le he visto pocas horas ha y sé que es vivo y que no piensa en morir tan presto.
Eso creeré yo, le respondió el Honroso. También es verdad que aquí vivieron muchos héroes, antepasados suyos; pero el que aquí yace, que no vive, muerto es y huele tan mal, que todos se tapan las narices, cuando sienten la hediondez de sus viciosas costumbres. Ni es él solo el que yace; sino otros muchos sepultados en vida, amortajados entre algodones y embalsamados entre delicias.
¿Cómo sabes tú que están muertos?, dijo el Ocioso.
¿Y cómo sabes tú que están vivos?, replicó el Vano.
Porque los veo comer.
¿Pues qué, el comer es vivir?
¿No les oyes roncar?
Eso es decir que están muertos desde que nacieron y pasan plaza de finados, pues ya llegaron al fin del ser personas. Que, si la definición de la vida es el moverse, éstos no tienen acción propia ni obran cosa que valga. ¿Qué más muertos los quieres?
Lastimábase Critilo de ver tal crueldad, que enterrasen los hombres vivos, y rióse el Vano de su llanto, diciéndole: Advierte que ellos mismos, por no matarse, se sepultan en vida y se vienen por su pie á enterrar en los sepulcros del ocio, en las urnas de la flojedad, quedando cubiertos del polvo del eterno olvido.
¿Quién será aquel señor, que yace en aquel sepulcro de la hedionda lascivia?
Quien no será más de lo que hasta hoy ha sido. Y de aquel otro antes se supo que fué muerto, que vivo, ó fué su nacer el morir. Mirad aquel príncipe: no hizo más ruido que el de su primero llanto, cuando entró en el mundo.
He reparado, dijo Critilo, que no se topa un caballero francés sepultado en vida, habiendo tantos de otras naciones.
Ésa, dijo el Honroso, es una singular prerrogativa de la nación francesa, que lo bueno se debe aplaudir. Sabed que en aquel belicoso reino ninguna damisela admitirá para esposo al que no hubiere asistido en algunas campañas. Que no los sacan para el tálamo del túmulo del ocio. Desprecian los Adonis de la corte, por los Martes de la campaña.
¡Oh, qué buen gusto de madamas! Esa misma reputación introdujo la Católica reina doña Isabel en su palacio, entre sus damas; aunque duró poco, habiendo sido la primera, que se sirvió de las hijas de grandes señores.
Estaban llenos aquellos holgazanes sepulcros, no de muertos vivos, sino de vivos muertos; y no sólo de los mayorazgos de las ilustres casas, sino de segundones, sucesores de retén, de terceros y de cuartos, sin que saliesen á medrar y valer ni en las campañas ni en las Universidades. Todos yacían en las mesas del juego, en el cieno de la torpeza, en el regazo de la ociosidad, única consorte del vicio. Y lo que es más, á vista de sus padrazos y madroñas, penándose de que les duela una uña y no haciendo caso de que les duela la honra y la conciencia con tan traidora piedad.
Llegaron, después de haber paseado toda aquella dilatada compañía de la ociosidad, los prados del deporte y campo franco de los vicios, á dar vista á una tenebrosa gruta, boquerón funesto de una horrible cueva, que yacía al pie de aquella soberbia montaña, en lo más humilde de su falda, antípoda del empinado alcázar de la estimación honrosa, opuesta á él de todas maneras. Porque, si aquél se encumbraba á coronarse de estrellas, ésta se abatía á sepultarse en los abismos del olvido.
Allí todo era empinarse al cielo; aquí, rodar por el suelo. Que para todo se hallan gustos: más de malos, que de buenos. Había la distancia de uno á otra, que va de un estremo de altivez á otro de abatimiento y vileza. Campeaba más la entrada, cuanto más oscura y tenebrosa. Que su mismo deslucimiento la hacía más notable. Era muy espaciosa, nada suntuosa, sin género alguno de simetría, basta y bruta. Y con ser tan fea y tan horrible, embocaba por ella un mundo de cosas. Los coches de á tres tiros, muy holgados, carrozas tiradas de seis pías y las más veces remendadas, sillas de mano, literas y trineos. Pero ningún carro triunfal.
Estábaselo mirando Andrenio poco menos que aturdido; mas Critilo, solicitado de su mucha, aunque no ordinaria, curiosidad, comenzó á inquirir qué cueva fuese aquélla. Aquí el Honroso, sacando un gran suspiro del profundo de su sentimiento, dijo: ¡Oh cuidados de los hombres! ¡Oh cuán mucha es la nada! Sabrás, oh Critilo, que ésta es aquella tan conocida cuan poco celebrada cueva, sepultura de tantos vivos, éste es el paradero de las tres partes del mundo, ésta es, y no te escandalices, la cueva de la nada.
¿Cómo de la nada, replicó Andrenio, cuando yo veo desaguar en ella la gran corriente del siglo, el torrente del mundo, ciudades populosas, cortes grandes, reinos enteros?
Pues advierte que, después de haber entrado allá todo eso que tú dices, se queda vacía.
He, mira cuántos van entrando allá.
Pues no hallarás persona dentro.
¿Qué se hacen?
Lo que hicieron.
¿En qué paran?
En lo que obraron. Fueron nada, obraron nada y así vinieron á parar en nada.
Llegó en esto á querer entrar un cierto sujeto y, hablando con ellos, les dijo: Señores míos, yo lo he probado todo y no he hallado oficio ni empleo como no hacer nada.
Y colóse dentro. Venía encaminado á ella un otro gran personaje con numerosa comitiva de lacayos y gentiles hombres, á toda prisa de su antojo, sin poderle detener ni los ruegos de sus más fieles criados ni los consejos de sus amigos. Salióle al paso el Honroso y díjole: Señor excelentísimo, serenísimo, sea lo que fuere, ¿cómo hace esto V. excelencia, pudiendo ser un príncipe famoso, el héroe de su casa, el aplauso de su siglo, obrando cosas memorables y hazañosas, llenando su familia de blasones? ¿Por qué se quiere sepultar en vida?
Quitaos de ahí, le respondió, que no quiero nada ni se me da nada de todo; mas quiero hacer mi gusto y gozar de mi regalo. ¿Yo cansarme? ¿Yo molerme? ¡Bueno por mi vida! Nada, nada de eso.
Y diciendo y no haciendo, metióse dentro á nunca más ser nombrado. Tras éste venía un mozo galancete, más estirado de calzas que de hombros y con tanta resolución como disolución, se fué á meter allá. Gritóle el Honroso, diciendo: Señor don Fulano, una palabra de una obra: ¿pues cómo un hijo de un tan gran padre, que llenó el mundo de sus heroicos aplausos, que floreció tanto en su siglo, así se quiere marchitar y sepultarse en el ocio y en el vicio?
Mas él, atropellando con todo: No me enfadéis, le dijo, no me deis consejos: obraron tanto mis antepasados, que no me dejaron qué hacer. No se me da nada de no ser algo.
Y lanzóse allá á no ser nunca visto ni oído.
Desta suerte y tan sin dicha entraban unos y otros, estos y aquéllos, que se despoblaba el mundo y nunca se llenaba la infeliz sima de las honras y de las haciendas. Entraban caballeros, títulos, señores y aun príncipes. Y admirados de ver uno muy poderoso le dijeron: ¿Y vos, señor, también venís á para acá?
No vengo, respondió él; sino que me traen.
Á fe que no es buena escusa.
Entraban hombres de valor á valer nada, floridos ingenios á marchitarse, hombres de prendas á nunca desempeñarse. Pasaban del holgarse y del entretenerse á no ser estimados y del prado á la cueva de la nada, condenados á olvido sempiterno. Tenía ya el un pie en el umbral de la cueva un cierto personaje, que parecía de importancia, cuando llegó un otro de barbas tan agrias como su condición, que parecía persona de gobierno. Y tirándole de la capa, le dió un recado de parte de su gran dueño, ofreciéndole una embajada de las de primera clase y que otros muchos la pretendían; mas él, haciendo burla, no la quiso aceptar, diciendo: Yo renuncio todos los cargos con las cargas.
Volvióle á hacer instancia tomase un bastón de general y él: Quita allá, que no quiero nada, sino á mí mismo y todo entero.
¡Siquiera un virreinato!
Nada, nada; déjenme estar en mis gustos y mis gastos.
Y quedóse muy casado con su nada.
Válgate por cueva de la nada, decía Critilo, y lo que te sorbes y te tragas.
Estaban dos ruincillos, que no les dieran del pie, arrojando á puntillazos allá dentro á muchos hombres grandes, gente sin cuento por no ser de cuenta, sin darse manos de echar por no tenerlas.
Allá van, decían, noblezas, hermosuras, gallardías, floridos años, bizarrías, galas, banquetes, paseos, saraos, entretenimientos, al covachón de la nada.
¡Hay tal monstruosidad!, se lastimaba Critilo. ¿Y quién es esta vil canalla?
Aquel es el Ocio y este otro es el Vicio, camaradas inseparables.
Oyeron que estaba un ayo ponderándole á un hijo segundo de una de las mayores casas del reino: Mirad, señor, que podéis ser mucho.
¿Cómo?
Queriendo.
He, que nací tarde.
Adelantaos con la industria y con el mérito, recompensando con el valor el poco favor de la fortuna, que ése fué el atajo del Gran Capitán y algunos otros, que se aventajaron á sus venturosos mayorazgos. Pudiendo ser un león en la campaña, ¿queréis ser un lechón en el cenagal de la torpeza? Oid cómo os llaman los bélicos clarines á emplear las trompas de la fama. Cerrad los oídos á las cómicas Sirenas, que os quieren echar á pique de valer nada.
Mas él, haciendo chanzas de las hazañas, respondía: ¿Yo balas, yo asaltos, yo campañas, pudiéndome andar del paseo al juego, de la comedia al sarao? De eso me guardaré yo muy bien.
Mirad que valdréis nada.
Que no se me da nada.
Y así fué, que tampoco se le dió nada y alcanzó nada.
Á quien se le logró la diligencia fué al Honroso, que, viendo que un padre verdadero y muy prudente enviaba un hijo suyo, mozo de buenas esperanzas, á la Universidad de Salamanca para que por el atajo de las letras, que de verdad lo es así como rodeo el de las armas, llegase á conseguir un gran puesto, él en vez de ir á cursar, echó por el divertimiento y se encaminaba al paradero ordinario de valer nada. Compasivo el Honroso de ver perderse tan voluntariamente un tan buen ingenio, llegóse á él y díjole: Señor legista, qué malparecer habéis tomado, pudiendo estudiar y velando lucir y pretendiendo un colegio mayor, pasar á una chancillería y á un consejo real, que no hay más seguro pasadizo, que una beca. Olvidando todo esto, queréis malograr el precioso tiempo, hundir la hacienda y frustrar las esperanzas de vuestros padres. Cierto, que habéis tomado mal consejo.