Iban dando la vuelta y viendo portentosas fealdades. Fuélo harto ver una mujer, que de dos ángeles hacía dos demonios, digo, dos rapazas endiabladas. Y teniéndolas desolladas, las metió á asar á un gran fuego y comenzó á comer dellas sin ningún horror, tragando muy buenos bocados.
¡Qué fiereza es ésta tan inhumana!, ponderó Andrenio. ¿No me dirás quién es ésta, que deja atrás los mismos trogloditas?
Pues advierte que es su madre.
¿La misma, que las echó á luz?
Y hoy las oscurece. Ésta es la que teniendo dos hijas tan hermosas como viste, las mete en el fuego de su lascivia; dellas come y traga los buenos bocados.
Salióles de través otro monstruo, no menos raro. Era de tan exótica condición, de un humor tan desproporcionado, que, si le pegaban con un garrote de encina y le quebraban las costillas ó un brazo, no hacía sentimiento; pero, si le daban con una caña, aunque levemente, sin hacerle ningún daño, era tal su sentimiento, que alborotaba el mundo. Llegó uno y dióle una penetrante puñalada y la tuvo por mucha honra. Y porque llegó otro y le pegó un ligero espaldarazo con la espada envainada, sin sacarle una gota de sangre, lo sintió de manera, que revolvió toda su parentela para la venganza. Pególe uno á puño cerrado un tan fiero mojicón, que le ensangrentó la boca y le derribó los dientes y no se alteró. Y porque otro le asentó la mano estendida, coloreándole el rostro, fué tal su rabia, que hundía el mundo, haciendo estremos. ¿Pues qué? Si le arrojaban un sombrero, no sentía tanto, que le tirasen un ladrillo y le polvoreasen los sesos. No tenía por afrenta el mentir, el no cumplir su palabra, el engañar, el decir mil falsedades. Y porque uno le dijo; mentís: pensó reventar de cólera y no quiso comer hasta tomar venganza.
¡Qué raro humor de monstruo éste, celebró Critilo, entreverado de necedad y locura!
Así es, dijo el Sagaz, ¿y quién creerá que está hoy muy valido en el mundo?
¿Será entre bárbaros?
No, sino entre cortesanos; entre la gente más ladina.
¿Y no sabríamos quién es?
Éste es el tan sonado Duelo: dígole, el descabezado, tan civil como criminal.
Pasaron á la otra banda, y registraron las monstruosidades de la necedad, que eran otras tantas. [Marginal: _Monstruos de la necedad._] Vieron que no osaba comer un camaleón por ahorrar, para que tragase después el puerco de su heredero. Un melancólico, pudriéndose del buen humor de los otros; muchos, que porfiaban sin estrella; él de todos, si no de sí mismo. Admiráronse de uno, que pretendía por mujer la que había muerto á su marido y él quería ser el marivenido. Un soldado, muriendo en un barranco, muy consolado de no gastar con médicos ni sacristanes. Un señor, que encomendaba á otros el mandar.
Estaba uno encendiendo fuego de canela para asar un rábano; un rico pretendiendo y un caduco enamorando. Aquí toparon con el de cien pleitos y un prelado huyendo dél, porque no le metiese pleito en la mitra. Vieron uno, que, habiéndole dicho fuese á descansar á su casa, se equivocó y se iba á la sepultura. Aquí estaba también el que hacía almohada del chapín de la Fortuna, y á su lado el que del cogote de la Ocasión pretendía hacerse la barba; el que llevaba descubiertas las perdices y no las vendía.
Íbase uno á la cárcel por otro. Pero el más aborrecido, era un hombre bajo, descortés. Estaba uno parando lazos á los raposos viejos y otro pasando del dar al pedir; el que compraba caro lo que era suyo; y estaba otro papando lisonjas de sus convidados, el juglar de las casas ajenas y en la suya cantimplora; el que decía que no es de príncipes el saber; el que todas las cosas hacía con eminencia, si no su empleo.
Entraba en el lugar del que vivía de necio el que moría de sabio; el que, pudiendo ser sol en su esfera, no era constelación en la ajena; el que fundía en balas sus doblones. Estaban dos, el uno jugando bien y siempre perdiendo, y el otro sin saberse dejar, ganando. Un presumido con cuatro letras garrafales y el que conociendo un temerario, le fiaba todo su ser. Y sobre todo, uno, que viviendo de burlas, se iba al infierno de veras.
Todas estas monstruosidades y otras más estaban admirando, cuando arrebató de nuevo su atención un monstruo, que, huyendo de un ángel, se iba tras un demonio ciego y perdido por él.
Ésta sí que es portentosa necedad, dijeron; nada son las pasadas.
Éste es, dijo el Sagaz, un hombre, que, teniendo una consorte que le dió Dios discreta, noble, rica, hermosa y virtuosa, anda perdido por otra, que le atrazó el diablo, por una moza de cántaro, por una vil y asquerosa ramera, por una fea, por una loca insufrible, con quien gasta lo que no tiene. Para su mujer no saca el honesto vestido y para la amiga la costosa gala. No halla un real para dar limosna y gasta con la ramera á millares. La hija trae desnuda y la amiga rozando lamas. ¡Oh, fiero monstruo, casado con hermosa y amancebado con fea!
Veréis que unos vicios, aunque destruyen la honra, dejan la hacienda. Consumen otros la hacienda y perdonan la salud. Pero este de la torpeza con todo acaba, honra, hacienda, salud y vida.
Lado por lado estaban otros dos monstruos tan confinantes, cuan diferentes, para que campeasen más los estremos. El primero tenía más malos ojos que un bizco, siempre miraba de mal ojo. Si uno callaba, decía que era un necio; si hablaba, que un bachiller; si se humillaba, apocado; si se mesuraba, altivo; si sufrido, cobarde; y si áspero, furioso; si grave, le tenía por soberbio; si afable, por liviano; si liberal, por pródigo; si detenido, por avaro; si ajustado, por hipócrita; si desahogado, por profano; si modesto, por tosco; si cortés, por ligero. ¡Oh, maligno mirar!
Al contrario, el otro se gloriaba de tener buena vista, todo lo miraba con buenos ojos, con tal estremo de afición, que á la desvergüenza llamaba galantería, á la deshonestidad buen gusto, la mentira decía que era ingenio, la temeridad valentía, la venganza pundonor, la lisonja cortejo, la murmuración donaire, la astucia sagacidad y el artificio prudencia.
¡Qué dos monstruosidades, dijo Andrenio, tan necias! Siempre van los mortales por estremos, nunca hallan el medio de la razón: ¡y se llaman racionales!
¿No sabríamos qué dos monstruos son éstos?
Sí, dijo el Sagaz: aquella primera es la mala Intención, que toma de ojo todo lo bueno; esta otra al contrario, es la Afición, que siempre va diciendo: Todo mi amigo es buen hombre.
Éstos son los antojos del mundo. Ya no se mira de otro modo y así tanto se ha de atender á quien alaba ó á quien vitupera, como al alabado ó vituperado.
Ruaba un otro bien monstruoso, muy tapado.
Éste, dijo Andrenio, parece monstruo vergonzante.
Antes, respondió el Sátiro, es de la desvergüenza.
¿Pues una mujer sin ella, cómo va atapada contra su natural inclinación de ser vistas?
Ahí verás que, cuando más descaradas, esconden la cara.
¡He, que será recato!
No es sino correr el velo á sus obligaciones. Ayer iba al contrario, tan escotada, que parece que descubriera más, si más pudiera. Siempre van por estremos.
Venía ya un monstruo muy humano, haciendo reverencias á los mismos lacayos, besando los pies aun á los mozos de cocina. Llamaba señoría á quien no merecía merced, á todo el mundo con la gorra en la mano, previniendo de una legua la cortesía. Á unos se ofrecía por su mayor afecto, á otros por su menor criado.
¡Qué monstruo tan comedido éste!, ponderaba Andrenio, ¡qué humano! No he visto monstruo humilde hasta hoy.
¡Qué bien lo entiendes!, dijo el Sátiro: no hay otro más soberbio. ¿No ves tú, que, cuanto más se abate, quiere subir más alto? Para poder mandar á los amos, se humilla á los criados. Estas reverencias hasta el suelo, son botes y rebotes de pelota, que da en tierra, para subir al aire de su vanidad.
Al fin, si es que las necedades le tienen, apareció ya la más rara figura, un monstruo, por lo viejo decano. Descubría la cabeza toda pelada, sin cabellos de altos pensamientos, ni negros por lo profundo ni blancos por lo cuerdo, sin un pelo de sustancia. Movíasele á un lado y á otro, sin consistencia alguna. Los ojos, en otro tiempo tan claros y perspicaces, ahora tan flacos y lagañosos, que no veían lo que más importaba y de lejos poco ó nada, para prevenir los males. Los oídos, algún día muy oidores, tan sordos y tan atapados, que no percibían la voz flaca del pobre, sino la del ricazo, la del poderoso, que hablan alto. La boca desierta, que no sólo no gritaba con la eficacia que debía; pero ni osaba hablar. Y si algo, entre los dientes, que no tenía. Las manos, antes grandes ministras y obradoras de grandes cosas, se veían gafas, un gancho en cada dedo, con que de todo se asían y nada soltaban. Los humildes y plebeyos pies, tan gotosos y torcidos, que no acertaban á dar un paso. De suerte que en todo él no había cosa buena ni parte sana. Él se dolía y todos se quejaban; pero nadie se lastimaba, ninguno trataba de poner remedio.
Seguíanle otros tres, altercando entre sí la tiranía universal de los mortales. Traía el primero cara de veneno dulce y era escollo de marfil, hermosa muerte, despeño deseado, engaño agradable, mujer fingida y sirena verdadera, loca, necia, atrevida, cruel, altiva y engañosa. Pedía, mandaba, presumía, violentaba, tiranizaba y antojábansele bravos desvaríos.
¿Qué cosa puede haber en el mundo, decía, que para mí no sea? Todo cuanto hay, al cabo se viene á reducir á mi gusto. Si se hurta, es para mí; si se mata, por mí; si se habla, es de mí; si se desea, es á mí; si se vive, conmigo; de suerte, que cuantas monstruosidades hay en el mundo...[Marginal: _La Carne._] Eso no concederé yo, dijo él mismo, tan bizarro como vano rico, pero necio; altivo, pero ruin. Todo cuanto hay y luce, todo es para mí, todo sirve á mi pompa y ostentación. Si el mercader roba, es para vivir en el mundo; si el caballero se empeña, es para cumplir con el mundo; si la mujer se engalana, es para parecer en el mundo. Todos los vicios dan treguas: el glotón se ahita, el deshonesto se enfada, el bebedor duerme, el cruel se cansa; pero la vanidad del mundo, nunca dice basta; siempre locura y más locura y no me enojéis, que lo daré todo al diablo.
Aquí estoy yo, dijo éste, tomándolo todo, que no hay cosa, que no sea mía, por habérmela dado muchas veces.
En enojándose el marido, dice luego: ¡Mujer de Bercebú!
Y ella responde: Hombre del diablo.
Llévete Satanás, dice la madre al hijo.
Y el amo: Válgante mil diablos.
Válganle á él, responde el criado.
Y hombre hay tan monstruo, que dice: Válgame una legión de demonios.
De suerte que no se hallará cosa en el mundo, que no se me haya dado ella á mí ó me la hayan dado muchas veces. Y tú mismo, ¡oh mundo! ¿puedes negar que no seas todo mío?
¿Yo? ¿De qué modo?
Maldito seas tú y qué poca vergüenza que tienes.
Y aun por eso, replicó él: que quien no tiene vergüenza, todo el mundo es suyo.
Apelaron de su porfía para el monstruo coronado, príncipe de la Babilonia común. Éste, oída su altercación, les dijo: Ea, acabá, dejaos de pesares, venid, holguémonos, logremos la vida, gocemos de sus gustos, de los olores y ungüentos preciosos, de los banquetes y comidas, de los lascivos deleites. Mirá que se nos pasa la flor de la edad. Pasemos la edad en flor, comamos y bebamos, que mañana moriremos. Andémonos de prado en prado, dando verdes á nuestros apetitos. Yo os quiero repartir las jurisdiciones y vasallos, para que no estéis pleiteando cada día.
Tú, oh Carne, llevarás tras ti todos los flacos, ociosos, regalones y destemplados; reinarás sobre la hermosura, el ocio y el vino; serás señora de la voluntad.
Y tú, oh Mundo, arrastrarás todos los soberbios, ambiciosos, ricos y potentados; reinarás en la fantasía.
Mas tú, Demonio, serás el rey de los mentirosos, de los que se pican de entendidos; todo el distrito del ingenio será tuyo.
Veamos ahora en qué pecan estos dos peregrinos de la vida, dijo señalando á Critilo y Andrenio, para que rindan vasallaje de monstruosidad, que ni hay bestia sin tacha ni hombre sin crimen. Lo que averiguaron de ellos se quedará para la siguiente Crisi.
CRISI X Aquel antípoda del cielo redondo, siempre rodando, jaula de fieras, palacio en el aire, albergue de la iniquidad, casa á toda malicia, niño caducando, llegó ya el mundo á tal estremo de inmundo y sus mundanos á tal remate de desvergonzada locura, que se atrevieron con públicos edictos á prohibir toda virtud. [Marginal: _Leyes del mundo._] Y esto so graves penas, que ninguno dijese verdades, menos de ser tenido por loco; que ninguno hiciese cortesía, so pena de hombre bajo; que ninguno estudiase ni supiese, porque sería llamado el estoico ó el filósofo; que ninguno fuese recatado, so pena de ser tenido por simple; y así de todas las demás virtudes.
Al contrario, dieron á los vicios campo franco y pasaporte general para toda la vida. Pregonóse un tan bárbaro desafuero por las anchuras de la tierra, siendo tan bien recibido hoy, como ejecutado ayer, dando una gran campanada. Mas, ¡oh, caso raro é increíble! cuando se tuvo por cierto que todas las virtudes habían de dar una extraordinaria demostración de su sentimiento, fué tan al contrario, que recibieron la nueva con extraordinario aplauso, dándose unas á otras la norabuena y ostentando indecible gozo. Al revés, los vicios, andaban cabizbajos y corridos, sin poder disimular su tristeza. Admirado un discreto de tan impensados efectos, comunicó su reparo con la Sabiduría, su señora y ella: No te admires, le dijo, de nuestro especial contento. Porque este desafuero vulgar está tan lejos de causarnos algún perjuicio, que antes bien le tenemos por conveniencia. No ha sido agravio, sino favor, ni se nos podía haber hecho mayor bien. Los vicios sí quedan destruídos desta vez. Bien pueden esconderse y así con justa causa se entristecen. Éste es el día en que nosotras nos introducimos en todas partes y nos levantamos con el mundo.
¿Pues en qué lo fundas?, replicó el Curioso.
Yo te lo diré. Porque son de tal condición los mortales, tienen tan estraña inclinación á lo vedado, que, en prohibiéndoles alguna cosa, por el mismo caso la apetecen y mueren por conseguirla. No es menester más, para que una cosa sea buscada, sino que sea prohibida. Y es esto tan probado, que la mayor fealdad vedada es más codiciada, que la mayor belleza concedida. Verás que, en vedando el ayuno, se dejarán morir de hambre el mismo Epicuro y Eliogábalo. En prohibiendo el recato, dejará Venus á Chipre y se meterá entre las Vestales. Buen ánimo, que ya no habrá embustes, ruines correspondencias, malos procederes, agarros ni traiciones. Cerrarse han los públicos teatros y garitos. Todo será virtud. Volverá el buen tiempo y los hombres hechos á él. Las mujeres estarán muy casadas con sus maridos y las doncellas lo serán de honor. Obedecerán los vasallos á sus reyes y ellos mandarán. No se mentirá en la corte ni se murmurará en la aldea. Verse ha desagraviado el sexto de todo sexo. Gran felicidad se nos promete. Éste sí que será el siglo dorado.
Cuánta verdad fuese ésta, presto lo experimentaron Critilo y Andrenio, que, habiéndose hurtado á los tres competidores de su libertad, mientras aquéllos estaban entre sí compitiendo, marchaban éstos cuesta arriba al encantado palacio de Virtelia. Hallaron aquel áspero camino, que tan solitario se les habían pintado, lleno de personas, corriendo á porfía en busca della. Acudían de todos estados, sexos, edades, naciones y condiciones, hombres y mujeres. No digo ya los pobres, sino los ricos, hasta magnates, que les causó estraña admiración.
[Marginal: _Varón de luces_] El primero con quien encontraron á gran dicha, fué un varón prodigioso, pues tenía tal propriedad, que arrojaba luz de sí, siempre que quería y cuanta era menester, especialmente en medio de las mayores tinieblas. De la suerte que aquellos maravillosos peces del mar y gusanos de la tierra, á quienes la varia naturaleza concedió el don de luz, la tienen reconcentrada en sus entrañas, cuando no necesitan della y, llegada la ocasión, la avivan y sacan fuera: así este portentoso personaje tenía cierta luz interior, ¡gran don del cielo! allá en los más íntimos senos del cerebro, que siempre, que necesitaba della, la sacaba por los ojos y por la boca, fuente perene de luz clarificante.
Éste, pues, varón lucido, esparciendo rayos de inteligencia, los comenzó á guiar á toda felicidad por el camino verdadero. Era muy agria la subida. Sobre la dificultad de principio, dió muestras de cansarse Andrenio y comenzó á desmayar y tuvo luego muchos compañeros. Pidió que dejasen aquella empresa para otra ocasión.
Eso no, dijo el varón de luces, por ningún caso: que, si ahora no te atreves en lo mejor de la edad, menos podrás después.
He, replicaba un joven, que nosotros ahora venimos al mundo y comenzamos á gustar dél. Demos á la edad lo que es suyo; tiempo queda para la virtud.
[Marginal: _Escusas de la virtud._] Al contrario, ponderaba un viejo. ¡Oh!, si á mí me cogiera esta áspera subida con los bríos de mozo, ¡con qué valor la pasara!, ¡con qué ánimo la subiera! Ya no me puedo mover, fáltanme las fuerzas para todo lo bueno. No hay ya que tratar de ayunar ni hacer penitencia; harto haré de vivir con tanto achaque: no son ya para mí las vigilias.
Decía el noble: Yo soy delicado, hanme criado con regalo. ¿Yo ayunar? Bien podrían enterrarme al otro día. No puedo sufrir las costuras del cambray, ¿qué sería el saco de cerdas?
El pobre por lo contrario, decía: Bien ayuna quien malcome; harto haré en buscar la vida para mí y para mi familia. El ricazo sí que las come holgadas; ése que ayune, dé limosna, trate de hacer buenas obras.
De suerte que todos echaban la carga de la virtud á otros, pareciéndoles muy fácil en tercera persona y aun obligación. Pero el guión luciente: Nadie se me exima, decía: que no hay más de un camino. Ea, que buen día se nos aguarda.
Y echaba un rayo de luz, con que los animaba eficazmente.
Comenzaron á tocarles arma las horribles fieras pobladoras del monte. Sentíanlas bramar rabiando y murmurando y tras cada mata les salteaba una: que tiene muchos enemigos lo bueno. Los mismos padres, los hermanos, los amigos, los parientes, todos son contrarios de la virtud y los domésticos, los mayores.
Andá, que estáis loco, decían los amigos, dejaos de tanto rezar, de tanta misa y rosario, vamos al paseo, á la comedia.
Si no vengáis este agravio, decía un pariente, no os hemos de tener por tal. Vos afrentáis á nuestro linaje. He, que no cumplís con vuestras obligaciones.
No ayunes, decía la madre á la hija, que estás de mal color, mira que te caes muerta.
De modo que todos, cuantos hay, son enemigos declarados de la virtud.
Salióles ya al opósito aquel león tan formidable á los cobardes. Arredrábase Andrenio y gritóle Lucindo echase mano á la espada de fuego. Y al mismo punto, que la coronada fiera vió brillar la luz entre los aceros, echó á huir: que tal vez piensa hallar uno un león y topa un panal de miel.
¡Qué presto se retiró!, ponderaba Critilo.
Son éstas un género de fieras, respondió Lucindo, que en siendo descubiertas, se acobardan, en siendo conocidas huyen.
Esto es ser persona, dice uno. Y no es sino ser un bruto; aquí está el valer y el medrar, y no es sino perderse, que las más veces entra el viento de la vanidad por los resquicios, por donde debiera salir.
Llegaron á un paso de los más dificultosos, donde todos sentían gran repugnancia. Causóle grima á Andrenio y propúsole á Lucindo: ¿No pudiera pasar otro por mí esta dificultad?
No eres tú el primero que ha dicho otro tanto. ¡Oh, cuántos malos llegan á los buenos y les dicen que los encomienden á Dios y ellos se encomiendan al diablo; piden que ayunen por ellos y ellos se hartan y embriagan; que se deciplinen y duerman en una tabla, y estánse ellos revolcando en el cieno de sus deleites! ¡Qué bien le respondió á uno déstos aquel moderno apóstol de la Andalucía!: Señor mío, si yo rezo por vos y ayuno por vos, también me iré al cielo por vos.
Estando emperezando Andrenio, adelantóse Critilo y, tomando de atrás la corrida, saltó felizmente. Volviósele á mirar y dijo: [Marginal: _Dificultades del vicio._] Ea, resuélvete, que harto mayores dificultades se topan en el camino ancho y cuesta abajo del vicio.
¿Qué duda tiene eso?, respondió Lucindo; y si no decidme si la virtud mandara los intolerables rigores del vicio, ¿qué dijeran los mundanos? ¿Cómo lo exageraran? ¿Qué cosa más dura, que prohibirle al avaro sus mismos bienes, mandándole que no coma ni beba ni se vista ni goce de una hacienda adquirida con tanto sudor? [Marginal: _Facilidades de la virtud._] ¿Qué dijera el mundano, si esto mandara la ley de Dios? ¿Pues qué, si al deshonesto, que estuviese toda una noche de invierno al yelo y al sereno, rodeado de peligros por oir cuatro necedades, que él llama favores, pudiéndose estar en su cama seguro y descansado? ¿Si al ambicioso, que no pare un punto ni descanse ni sea suya una hora? ¿Si al vengativo, que anduviese siempre cargado de hierro y de miedo? ¿Qué dijeran desto los mundanos? ¡Cómo lo ponderaran! Y ahora, porque se les manda su antojo, sin réplica obedecen.
Ea, Andrenio, anímate, decía Critilo, y advierte que el más mal día deste camino de la virtud es de primavera en cotejo de los caniculares del vicio.
Diéronle la mano, con que pudo vencer la dificultad.
Dos veces fiero les acometió un tigre en condición y en su mal modo; mas el único remedio fué no alborotarse ni inquietarse, sino esperalle mansamente. [Marginal: _Victoria de la espera._] Á gran cólera, gran sosiego, y á una furia, una espera. Trató Critilo de desenvolver su escudo de cristal, espejo fiel del semblante y, así como la fiera se vió en él tan feamente descompuesta, espantada de sí misma, echó á huir con harto corrimiento de su necio exceso. De las serpientes, que eran muchas, dragones, víboras y basiliscos, fué singular defensivo el retirarse y huir las ocasiones. Á los voraces lobos con látigos de cotidiana diciplina los pudieron rechazar. Contra los tiros y golpes de toda arma ofensiva se valieron del célebre escudo encantado, hecho de una pasta real, cuanto más blanda, más fuerte, forjado con influjo celeste, de todas maneras impenetrable: y era sin duda el de la paciencia.
Llegaron ya á la superioridad de aquella dificultosa montaña, tan eminente, que les pareció estaban en los mismos azaguanes del cielo, convecinos de las estrellas. Dejóse ver bien el deseado palacio de Virtelia, campeando en medio de aquella sublime corona, teatro insigne de prodigiosas felicidades. [Marginal: _Mansión de la virtud._] Mas, cuando se esperó que nuestros agradecidos peregrinos le saludaran con incesables aplausos y le veneraran con afectos de admiración, fué tan al contrario, que antes bien se vieron enmudecer, llevados de una impensada tristeza, nacida de estraña novedad. Y fué sin duda que, cuando le imaginaron fabricado de preciosos jaspes, embutidos de rubíes y esmeraldas, cambiando visos y centelleando á rayos, sus puertas de zafir con clavazón de estrellas, vieron se componía de unas piedras pardas y cenicientas, nada vistosas, antes muy melancólicas.
¿Qué cosa y qué casa es ésta?, ponderaba Andrenio. ¿Por ella habemos sudado y reventado? ¡Qué triste apariencia tiene! ¿Qué será allá dentro? ¡Cuánto mejor exterior ostentaba la de los monstruos! Engañados venimos.
Aquí Lucindo suspirando: Sabed, les dijo, que los mortales todo lo peor de la tierra quieren para el cielo, el más trabajado tercio de la vida. Allá, á la achacosa vejez dedican para la virtud, la hija fea para el convento, el hijo contrahecho sea de iglesia, el real malo á la limosna, el redrojo para el diezmo, y después querrían lo mejor de la gloria. De más que juzgáis vosotros el fruto por la corteza. Aquí todo va al revés del mundo: si por fuera está la fealdad, por dentro la belleza; la pobreza en lo exterior, la riqueza en lo interior; lejos la tristeza, la alegría en el centro: que eso es entrar en el gozo del Señor.
[Marginal: _Bajo el sayal, hayal._] Estas piedras tan tristes á la vista son preciosas á la experiencia, porque todas ellas son bezares, ahuyentando ponzoñas. Y todo el palacio está compuesto de pítimas y contravenenos, con lo cual no pueden empecerle ni las serpientes ni los dragones, de que está por todas partes sitiado.
Estaban sus puertas patentes noche y día; aunque allí siempre lo es, franqueando la entrada en el cielo á todo el mundo. Pero asistían en ellas dos disformes gigantes, jayanes de la soberbia, enarbolando á los dos hombros sendas clavas muy herradas, sembradas de puntas para hacerla. Estaban amenazando á cuantos intentaban entrar, fulminando en cada golpe una muerte. En viéndolos, dijo Andrenio: Todas las dificultades pasadas han sido enanas en parangón désta. Basta que hasta ahora habíamos peleado con bestias de brutos apetitos; mas éstos son muy hombres.
Así es, dijo Lucindo: que ésta ya es pelea de personas. Sabed que, cuando todo va de vencida, salen de refresco estos monstruos de la altivez, tan llenos de presunción, que hacen desvanecer todos los triunfos de la vida. Pero no hay que desconfiar de la vitoria: que no han de faltar estratagemas para vencerlos. Advertid que de los mayores gigantes triunfan los enanos y de los mayores los pequeños, los menores y aun los mínimos. El modo de hacer la guerra ha de ser muy al revés de lo que se piensa. [Marginal: _Triunfo de la humildad._] Aquí no vale el hacer piernas ni querer hombrear. No se trate de hacer del hombre; sino humillarse y encogerse y, cuando ellos estuvieren más arrogantes amenazando al cielo, entonces nosotros transformados en gusanos y cosidos con la tierra hemos de entrar por entre pies, que así han entrado los mayores adalides.
Ejecutáronlo tan felizmente, que sin saber cómo ni por dónde, sin ser vistos ni oídos, se hallaron dentro del encantado palacio, con realidades de un cielo.
Apenas, digo á glorias, estuvieron dentro, cuando sintieron embargar todos sus sentidos de bellísimos empleos en folla de fruición, confortando el corazón y elevando los espíritus. Embistióles lo primero una tan suave marea, exhalando inundaciones de fragancia, que pareció haberse rasgado de par en par los camarines de la primavera, las estancias de Flora, ó que se había abierto brecha en el paraíso. Oyóse una dulcísima armonía, alternada de voces é instrumentos, que pudiera suspender la celestial por media hora. Pero, ¡oh cosa estraña! que no se veía quién gorjeaba ni quién tañía: con ninguno topaban, nadie descubrían.
Bien parece encantado este palacio, dijo Critilo. Sin duda que aquí todos son espíritus, pues no se parecen cuerpos. ¿Dónde estará esta celestial reina?
Siquiera, decía Andrenio, permitiérasenos alguna de sus muchas bellísimas doncellas. [Marginal: _Hallazgo de las virtudes._] ¿Dónde estás?, ¡oh, justicia! dijo en grito, y respondióle al punto Eco vaticinante desde un escollo de flores: En la casa ajena.
¿Y la verdad?
Con los niños.
¿La castidad?
Huyendo.
¿La sabiduría?
En la mitad y aun.
¿La providencia?
Antes.
¿El arrepentimiento?
Después.
¿La cortesía?
En la honra.
¿Y la honra?
En quien la da.
¿La fidelidad?
En el pecho de un rey.
¿La amistad?
No entre idos.
¿El consejo?
En los viejos.
¿El valor?
En los varones.
¿La ventura?
En las feas.
¿El callar?
Con callemos.
¿Y el dar?
Con el recibir.
¿La bondad?
En el buen tiempo.
¿El escarmiento?
En cabeza ajena.
¿La pobreza?
Por puertas.
¿La buena fama?
Durmiendo.
¿La osadía?
En la dicha.
¿La salud?
En la templanza.
¿La esperanza?
Siempre.
¿El ayuno?
En quien malcome.
¿La cordura?
Adivinando.
¿El desengaño?
Tarde.
¿La vergüenza?
Si perdida, nunca más hallada.
¿Y toda virtud?
En el medio.
Es decir, declaró Lucindo, que nos encaminemos al centro y no andemos como los impíos rodando.
Fué acertado, porque en medio de aquel palacio de perfecciones, en una majestuosa cuadra, ocupando augusto trono, descubrieron, por gran dicha, una divina reina, muy más linda y agradable de lo que supieron pensar, dejando muy atrás su adelantada imaginación. Que, si dondequiera y siempre pareció bien, ¿qué sería en su sazón y su centro? [Marginal: _Hermosura perfecta._] Hacía á todos buena cara, aun á sus mayores enemigos. Miraba con buenos ojos y aun divinos. Oía bien y hablaba mejor. Y aunque siempre con boca de risa, jamás mostraba dientes; hablaba por labios de grana palabras de seda. Nunca se le oyó echar mala voz. Tenía lindas manos y aun de reina en lo liberal y en cuanto las ponía salía todo perfecto. Dispuesto talle y muy derecho y todo su aspecto divinamente humano y humanamente divino. Era su gala conforme á su belleza y ella era la gala de todo. Vestía armiños, que es su color la candidez. Enlazaba en sus cabellos otros tantos rayos de la aurora con cinta de estrellas. Al fin, ella era todo un cielo de beldades, retrato al vivo de la hermosura de su celestial Padre, copiándole sus muchas perfecciones.
[Marginal: _Pretendientes de virtud._] Estaba actualmente dando audiencia á los muchos, que frecuentaban sus sitiales, después de prohibida. Llegó entre otros un padre á pretenderla para su hijo, siendo él muy vicioso, y respondióle que comenzase por sí mismo, y le fuese ejemplar idea.
Venía otra madre en busca de la honestidad para una hija y contóla lo que la sucedió á la culebra madre con la culebrilla su hija: que viéndola andar torcida la riñó mucho y mandó que caminase derecha.
Madre mía, respondió ella, enseñadme vos á proceder, veamos cómo camináis.
Probóse y, viendo que andaba muy más torcida: En verdad, madre, la dijo, que si las mías son vueltas, que las vuestras son revueltas.
Pidió un eclesiástico la virtud del valor y á la par un virrey la devoción con muchas ganas de rezar. Repondióles á entrambos que procurase cada uno la virtud competente á su estado.
Préciese el juez de justiciero y el eclesiástico de rezador, el príncipe del gobierno, el labrador del trabajo, el padre de familias del cuidado de su casa, el prelado de la limosna y desvelo. Cada uno se adelante en la virtud que le compete.
Según eso, dijo una casada, á mí bástame la honestidad conyugal; no tengo que cuidar de otras virtudes.
Eso no, dijo Virtelia; no basta ésa sola, que os haréis insufrible de soberbia, y más ahora. Poco importa que el otro sea limosnero, si no es casto; que éste sea sabio, si á todos desprecia; que aquél sea gran letrado, si da lugar á los cohechos; que el otro sea gran soldado, si es un impío. Son muy hermanas las virtudes y es menester que vayan encadenadas.
Llegó una gentil dama galanteando melindres y dijo que ella también quería ir al cielo; pero que había de ser por el camino de las damas. Hízoseles muy de nuevo á los circunstantes y preguntóla Virtelia: [Marginal: _Camino de las Damas._] ¿Qué camino es ése, que hasta hoy no he tenido noticia dél?
¿Pues no está claro?, replicó ella. Que una mujer delicada como yo ha de ir por el del regalo, entre martas y entre felpas, no ayunando ni haciendo penitencia.
Bueno, por cierto, exclamó la reina de la entereza: así se os concederá, reina mía, lo que pedís, como á aquel príncipe que allí entra.
Era un poderoso, que muy á lo grave tomando asiento, dijo que él quería las virtudes; pero no las ordinarias de la gente común y plebeya, sino muy á lo señor, una virtud allá exquisita. Hasta los nombres de los santos conocidos no los quería por comunes, como el de Juan y Pedro; sino tan extravagantes, que no se hallen en ningún calendario. ¡Gran cosa, decía, el de Gastón!, ¡qué bien suena el Perafán! Pues un Claquín, Nuño, Sancho y Suero pedía una teología extravagante.
Preguntóle Virtelia si quería ir al cielo de los demás.
Pensólo y respondió que, si no había otro, que sí.
Pues, señor mío, no hay otra escalera para allá, sino la de los diez Mandamientos. Por ésos habéis de subir; que yo no he hallado hasta hoy un camino para los ricos y otro para los pobres, uno para las señoras y otro para las criadas. Una es la ley y un mismo Dios de todos.
Replicó un moderno Epicuro, gran hombre de su comodidad, diciendo: De diciplina abajo, cualquier cosa; de oración yo no me entiendo, para ayunos no tengo salud. Ved cómo ha de ser, que yo he de entrar en el cielo.
Paréceme, respondió Virtelia, que vos queréis entrar calzado y vestido y no puede ser.