PRIMOR PRIMERO QUE EL HÉROE PRACTIQUE INCOMPRENSIBILIDADES DE CAUDAL Sea esta la primera destreza en el arte de en- tendidos, medir el lugar con su artificio. Gran treta es ostentarse al conocimiento, pero no á la comprensión; cebar la expectación, pero nunca desengañarla del todo; prometa más lo mucho, y la mejor acción deje siempre esperanzas de mayores.
Excuse á todos el varón culto sondarle el fon- do á su caudal, si quiere que le veneren todos. Formidable Íu6 un rio hasta que se le halló vado, y venerado un varón hasta que se le cono- ció término á la capacidad; porque ignorada y presumida profundidad, siempre mantuvo con el recelo el crédito.
Culta propiedad fué llamar señorear al descu- brir, alternando luego la victoria sujetos; si el que comprende señorea, el que se recata nunca cede.
Compita la destreza del advertido en templar- 6 EL HÉROE se con la curiosidad del atento en conocerle, que suele ésta doblarse á los principios de una ten- tativa.
Nunca el diestro en desterrar una barra rema- tó al primer lance; vase empeñando con uno para otro, y siempre adelantándolos.
Ventajas son de ente infinito envidar mucho con resto de infinidad. Esta primera regla de grandeza advierte, si no el ser infinitos, á pare- cerlo, que no es sutileza común.
En este entender, ninguno escrupulearáaplau sos á la cruda paradoja del sabio de Mitilene. Más es la mitad que el todo, porque una mitad en alarde y otra en empeño, más es que un todo -declarado.
Fué jubilado en ésta como en todas las demás destrezas, aquel gran rey primero del Nuevo Mundo, último de Aragón, sino el i^;on plus ul- ira de sus heroicos reyes.
Entretenía este católico monarca, atentos siempre, á todos sus con-reyes, más con las prendas de su ánimo, que cada día de nuevo brillaba, que con las nuevas coronas que ceñía.
Pero á quien deslumhró este centro de los ra- yos de la prudencia, gran restaurador de la mo- narquía goda, fué, cuando más, á su heroica consorte, después á los tahúres del palacio, su- tiles á brujulear el nuevo rey, desvelados á son- darle el fondo, atentos á medirle el valor.
Pero qué advertido se les permitía y detenía BALTASAR GRACIÁN 7 Fernando, qué cauto se les concedía y se les ne- gaba, y al fin ganóles.
jOh, varón Cándido de la fama! Tú, que aspa- ras á la grandeza, alerta al primor. Todos te co- nozcan, ninguno te abarque, que con esta treta, lo moderado parecerá mucho, y lo mucho infi- nito, y lo infinito más.
PRIMOR I!
CIFRAR LA VOLUNTAD Lega quedaría el arte, si dictando recato á ios términos de la capacidad, no encargase disim»»- lo á los ímpetus del afecto.
Está tan acreditada esta parte de sutileza, que sobre ella levantaron Tiberio y Luis toda su máquina y política.
Si todo exceso en secreto lo es en caudal, sa- cramentar una voluntad será soberanía. Son lois achaques de la voluntad desmayos de la reputa- ción, y si se declaran, muere comúnmente.
El primer esfuerzo llega á violentarlos, á di- simularlos el segundo. Aquello tiene más de lo valeroso, esto de lo astuto.
Quien se Ies rinde, baja de hombre á bruto; quien los reboza, conserva por lo menos en apa- riencias el crédito.
Arguye eminencia de caudal penetrar toda vo 8 EL HÉROE limtad ajena, y concluye superioridad saber ce- lar la propia.
Lo mismo es descubrirle á un v^arón un afec- to, que abrirle un portillo á la fortaleza del cau- dal, pues por allí maquinan políticamente los atentos, y lae más veces asaltan con triunfo. Sa- bidos los afectos, son sabidas las entradas y salidas de una voluntad, con señorío en ella á todas horas.
vSoñó dioses á muchos la inhumana gentili- dad, aun no con la mitad de hazañas de Alejan- dro, y nególe a! laureado Macedón el predica- mento ó la caterva de deidades. Al que ocupó mucho mundo, rio le señaló poco cielo; pero cde dónde tanta escasez, cuándo tanta prodiga- lidad) Asombró Alejandro lo ilustre de sus proezas con lo vulgar de sus furores, y desmintióse á sí mismo tantas veces triunfante, con rendirse á la avilantez del afecto. Sirvióle poco conquistar un mundo, si perdió el patrimonio de un principe, que es la reputación.
Es Caribdis de la excelencia la exorbitancia irascible, y Scila de la reputación la demasía .concupiscible.
'\tienda, pues, el varón excelente primero á TÍolentar sus pasiones, cuando menos á solapar- las con tal destreza, que ninguna contratreta acierte á descifrar su voluntad.
Avisa este primor á ser entendidos no siéndo- BALTASAR GRACIÁN 9 io, y pasa adelante á ocultar todo defecto, des- mintiendo las atalayas de los descuidos y des- lumhrando los linces de la ajena obscuridad.
Aquella católica amazona, desde quien Espa- ña no tuvo que envidiar las Cenobias, Tomiris, Semiramis y Pantasileas, pudo ser oráculo de estas sutilezas. Encerrábase á parir en el retrete más obscuro, y recelando el connatural decoro, la innata majestad echaba un sello á los suspi- ros de su real pecho, sin que se le oyese un ay, y un velo de tinieblas á los desmanes del sem- blante. Pero quien asi menudeaba en tan excu- sables achaques del recato, como que escrupu- learia en los del crédito.
No graduaba de necio el cardenal Madrucio al que aborta una necedad, sino al que, come- tida, no sabe ahogarla.
Accesible es el primor á un varón, callada, ca- lificada inclinación, mejorada del arte, prenda de divinidad, si no por naturaleza, por seme- janza.
PRIMOR III LA MAYOR PRENDA DE UN HÉROE Grandes partes se desean para un gran todo, y grandes prendas para la máquina de un héroe. Gradúan en primer lugar los apasiona^ os al lO EL HÉROE entendimiento por origen de toda grandeza; y asi como no admiten varón grande sin excesos de entendimienlo, asi no conocen varón excesi- vamente entendido sin grandeza.
Es lo mejor de lo visible el hombre, y en él el entendimiento, luego sus victorias las ma- yores.
Adécuase esta capital prenda de otras dos, fondo de juicio y elevación de ingenio, que for- man un prodigio si se juntan.
Señaló pródigamente la filosofía dos poten- cias al acordarse y al entender. Súfrasele á la política con más derecho introducir división en- tre el juicio y el ingenio, entre la sindéresis y la agudeza.
Sola esta distinción de inteligencias pasa la verdad escrupulosa, condenando tanta multipli« cación de ingenios, á confusión de la mente con la voluntad.
Es el juicio trono de la prudencia, es el inge- nio esfera de la agudeza, cuya eminencia y cuya medianía deba preferirse; es pleito ante el tri- tribunal de- gusto. Aténgome á laque así im- precaba: ((Hijo, Dios te dé entendimiento del bueno.»
La valentía, la prontitud, la sutileza de inge- nio. Sol es de esie mundo en cifra, si no rayo, vislumbre de divinidad. Todo héroe participó exceso de ingenio.
Son los dichos de Alejandro esplendores de BALTASAR GRACIAN I SUS hechos. Fué pronto César en el pensar, como en el hacer.
Mas apreciando los héroes verdaderos, equi- vócase en Augustino lo Ausgasto con lo agudo, 3' en el lauro que dió Huesca para coronar á Roma compitieron la constancia y la agudeza.
Son tan felices las prontitudes del ingenio, cuan azares las de la voluntad. Alas son para la grandeza, con que muchos se remontaron del centro del polvo al del sol en lucimientos Dignábase tal vez el Gran Turco desde un balcón, antes al vulgo de un jardín que al de la plaza, prisión de la majestad y grillos del decoro. Comenzó á leer un papel, que, ó por burla ó por desengaño de la mayor soberanía, se lo voló el viento de los ojos á las hojas. Aquí los pajes, émulos de él y de sí mismos, volaron escala abajo con las alas de lisonja. Uno de ellos, Ga- nímedes de su ingenio, supo hallar atajo por el aire, arrojóse por el balcón. Voló, cogióle y su- bía cuando!os otros bajaban, y fué subir con propiedad y aun remontarse; porque el príncipe, lisonjeado eficazmente, le levantó á su vali- miento.
Que la agudeza, si no reii,a, merece con- reinar.
Es en todo porte la malilla de las prendas, gran pregonera de la reputación, mayor realce cuanto más sublime el fundamento.
Son agudezas coronadas ordinarios dichos de 12 EL HÉROE un rey. Perecieron grandes tesoros de monarcas, mas consérvanse sus senienc'.as en el guarda-jo- yas de la fama.
Valióles más á muchos campeones tal vez una agudeza que todo el hierro de sus escuadrones armados, siendo premio de una agudeza una victoria.
Fué eximen, fué pregón, del mayor crédito en el rey de los sabios y en el más sabio de los re- yes, la sentenciosa prontitud en aquel extremo de pleitos, que lo fué llegar á pleitear los hijos, que también acredita el ingenio la justicia.
Y aun en bárbaros tribunales asiste el que es sol de ella. Compile con la de Salomón la pron- titud de aquel Gran Turco. Pretendía un judio cortar una onza de carne á un cristiano, pena sobre usura; insistía en ello con igual terquería á su príncipe, que perfidia á su Dios. Mandó el gran juez traer peso y cuchillo, conminóle el de- güello si cortaba más ni menos. Y fué dar un agudo corte á la lid, y al mundo un milagro del ingenio.
Es la prontitud oráculo en las mayores dudas, esfinge en los enigmas. Hilo de oro en laberin- tos, y suele ser de condición de león, que guar- da el extremarse para el mayor aprieto.
Pero hay también perdidos de ingenio como de bienes, pródigos de agudeza para presas su- blimes, tagarotes para las viles águilas. Morda- ces y satíricos, que si los crueles se amasaron BALTASAR GRACIÁN con sangre, éstos con veneno. En ellos la sutile- za con extraña contrariedad por liviana, abate, sepultándolos en el abismo de un desprecio, en la región del enfado.
Hasta aquí favores de la naturaleza, desde aqui realces del arte. Aquélla engendra la agu- deza, ésta la alimenta, ya de ajenas sales, ya de la prevenida advertencia.
Son los dichos y hechos ajenos en una fértil capacidad semillas de agudeza, de las cuales fe- cundado el ingenio, multiplica cosecha de pron- titudes y abundancia de agudezas.
No abogo por el juicio, pues él habla por si bastantemente.
PRIMOR IV CORAZÓN DE REY Gran cabeza es de filósofos, gran lengua de oradores, pecho de atletas, brazos de soldados, pies de cursores, hombros de palanquines. Gran corazón de reyes. De las divinidades de Platón, y texto con que en favor (Jel corazón arma algu- nos pleitos á la inteligencia.
cQué importa que el entendimiento se adelan- te, si el corazón se queda? Concibe dulcemente el capricho lo que le uesta mucho de sacar á lu- cimiento al corazón.
14 EL HÉROE Son estériles por la mayor parle las sutilezas del discurso, y flaquean por su delicadeza en la ejecución.
Proceden grandes efectos de gran causa, y portentos de hazañas de un prodigio de corazón. Son gigantes los hijos de un corazón gigante. Presume siempre empeños de su tamaño, y afec- ta primeros asuntos.
Grande fué el de Alejandro y el archicora- zón, pues cupo en un rincón de él todo este mundo holgadamente, dejando lugar para otros seis.
Máximo el de César, que no hallaba medio entre todo y nada.
Es el corazón el estómago de la fortuna, que digiere con igual valor sus extremos. Un gran buche no se embaraza con grandes bocados, no se estraga fácilmente con la afectación, ni se aceda con la ingratitud. Es hambre de un gigan- te el hartazgo de un enano.
Aquel milagro del valor, digo el delfín de Francia entonces y Carlos VII después, notifi- cándole la sentencia, estrujada en el supremo por los dos reyes, el de Francia, su padre, y el de Inglaterra, su antagonista, en que le declara- ban por incapaz de suceder en la corona de los lirios, respondió invicto que se apelaba. Instá- ronle con admiración que á quién. Y éi, que á la grandeza de su corazón y á la punta de su es. pada, y valióle.
BALTASAR GRACIÁN 15 No brilla tan ufano el casi eterno diamanteen medio de los voraces carbunclos, como soliza (si asi puede decirse un hacer del sol) un Augus- to corazón en medio de las violencias de un riesgo.
Rompió con solos cuatro de ios suyos el Aquiles moderno, Carlos Manuel de Saboya, por medio de cuatrocientas corazas enemigas, y satisfizo á la universal admiración, diciendo que no hay compañia en el mayor aprieto como la de un gran corazón.
Suple la sobra de él la falta de todo lo demás, siendo siempre el primero que llega á la dificul- tad y vence.
Presentáronle al rey de Arabia un alfanje damasquino, lisonja para un guerrero. Alabá- ronle los grandes de la asistencia ulica, no por ceremonia, si con razón; y atentos á la fineza y arte, alargáronse á juzgarle por rayo de acero, si no pecara algo en corto. Mandó llamar el rey al principe para que diese su voto, y podia, pues era el famoso Jacob Almanzor. Vino, exa- minóle, y dijo que valia una ciudad, propio apreciar de un principe. Instó el rey que si le hallaba alguna falta. Respondió que todas eran sobras. Pues, principe, estos caballeros todos le condenan por corto. Él entonces, echando mano á su cimitarra, dijo: «Para un caballero animoso nunca hay arma corta, porque con ha- cerse él un paso adelante, se alarga elia bastani6 EL HÉROE temente, y lo que le falta de acero, lo suple el corazón de valor.»
Lauree este intento la magnanimidad en los agravios, timbre augusto de grandes corazones. Enseñó Adriano un raro sobre excelente modo de triunfar de los enemigos, cuando al mayor de los suyos le diio, cscapástete.
No hay encomio igual á un decir Luis XII de Francia: No venga el rey los agravios hechos al duque de Orliens. Éstos son milagros del corazón de un héroe.
PRIMOR V GUSTO RELEVANTE Toda buena capacidad fué mal contentadiza. Hay cultura de gusto, así como de ingenio. En- trambos relevantes son hermanos de un vientre, hijos de la capacidad, heredados por igual ei^la excelencia.
Ingenio sublime nunca crió gusto ratero.
Hay perfecciones soles y hay perfecciones lu- ces. Galantea el águila al sol, piérdese en él el helado gusanillo por la luz de un candil y tóma- sele la altura á un caudal por la elevación del gusto.
Es algo tenerlo bueno, es mucho tenerlo re- levante. Péganse los gustos con la comunica- BALTASAR GRACIAN 17 cíón, y es suerte topar con quien le tiene super- lativo.
Tienen muchos por ielicidad ^(de prestado será) gozar de lo que apetecen, condenando á infelices los demás; pero desquítanse estos por ios mismos filos, con que es de ver la mitad del mundo riéndose de la otra, con más ó menos de necedad.
Es calidad un gusto critico, un paladar dilicil de satisfacerse; los más valientes objetps le te- men y las más seguras perfecciones le tiemblan.
Es la estimación preciosísima y de discretos el regatearla; toda escasez en moneda de aplauso es hidalga; y al contrario, desperdicias de esti- ma merecen castigo de desprecio.
La admiración es comúnmente sobrescrito de la ignorancia; no nace tanto de la perfección de los objetos, cuanta de la imperfección de concep- tos. Son únicas las perfecciones de primera mag- nitud; sea, pues, raro el aprecio.
Quien tuvo gusto rey fué el prudente de los Filipos de España, hecho siempre á oi^jetos mi- lagrosos, que nunca se pagaba sino de la que era maravilla en su serie.
Presentóle un mercader portugués una estre- lla de la tierra, digo un diamante de Oriente, cifra de la riqueza, pasmo del resplandor; y cuando todos aguardaban, si no admiraciones, reparos en Filipo, escucharon desdenes, no porque afectase el gran monarca lo descomedi- 2 i8 EL HÉROE 2 i8 EL HÉROE do, como lo grave, sino porque un gusto hecho siempre á milagros de naturaleza y arte no se pica así vulgarmente. ¡Qué paso éste para una hidalga fantasía! ((Señor — dijo —, setentamii du- cados que abrevié en esle digno nieto del sol, no son de asquear.» Apretó el punto Fiiipo y díjo- le; «cEn qué pcnsábais cuando disteis tantoP» «Señor, acudió el portugués, como tal, pensaba en que había un rey FiÜpo II en el mundo.» Ca- yóle al monarca en picadura más la agudeza que a preciosidad, y mandó luego pagarle el dia- mante y premiarle el dicho, ostentando la supe- rioridad de su gusto en el precio y en el premio.
Sienten algunos que el que no excede en ala- bar vitupera. Yo diría que las obras de alabanza son menguas de la capacidad, y que el que ala- ba sobrado, ó se burla de sí ó de los otros.
No tenía por oficial el griego Agesilao el que calzaba á un pigmeo el zapato de Encelado, en materia de alabanza, es arte medir justo.
Estaba el mundo lleno de las proezas del que fué alba del mayor sol, digo de las victorias de don Hernando Alvarez de Toledo; y con llevar un mundo no mediaban su gusto, extrañándole la causa, dijo que, en cuarenta años de vencer, te- niendo por campo toda Europa, por blasones todas las empresas de su tiempo, le parecía todo nada, pues nunca había visto ejército de turcos delante, donde la victoria fuera triunfo de la destreza, y no del poder, donde la excesiva po- BALTASAR GRACIÁN 19 teiicia humillada ensalzara la experiencia y el va- lor de un Cci udillo. Tanto es menester para aca- llar el gusto de un héroe.
No amaestra esie primor á ser Momo un va- rón culto, que es insufrible destemplanza; si i ser integérrimo censor de io que vale. Hacen al- gunos esclavo al juicio del afecto, perviráendc los oficios al sol y las tinieblas.
Merezca cada cosa la estimación por si, no por sobornos del gusto.
Sólo un gran conocimiento, favorecido de une gran práctica, llega á saber los precios de l'dt perfecciones. Y donde el discreto no puede lisa- mente votar, no se arroje, deténgase, no descu- bra antes la falta propia que la sobra extraña.
PRIMOR VI EMINENCIA EN LO MEJOR Abarcar toda perfección sólo se concede al primer ser que, por no recibirlo de otro, no su- fre limitaciones.
De las prendas unas da el cielo, otras libra á la industria; una ni dos no bastan á realzar un sujeto; cuanto destituyó el cielo de las naturales supla la diligencia en las adquisitas. Aquéllas son hijas del favor, éstas de la loable industria, y no suelen ser las menos nobles.
20 Poco es menester para individuo, mucho para universal; y son tan raros éstos, que se niegan comúnmente á la rí^p.lidad, si se conceden al concepto.
No es uno solo en que vale por muchos. Gran- de excelencia en una intensa singularidad cifrar toda una categoría y equivalerla.
No toda arte merece estimación ni todo em- pleo logra crédito. Saberlo todo no se censura; practicarlo todo sería pecar contra la reputación.
Ser eminente en profesión humilde es ser grande en lo poco, es ser algo en nada. Quedar- se; en una medianía apoya la universalidad; pa- sar á eminencia desluce el crédito.
Distamn mucho ios dos Filipos, el de España y Macedonia. Extrañó el primero en todo y se- gundo en el renombre, al príncipe, el cantar en su retrete, \ abonó en Macedón á Alejandro el correr en el estadio. Fué aquélla puntualidad de un prudente, fué éste d' scuido de la grandeza. Pero corrido Alejandi o» ames que corredor, acu- dió bien, que competir con reyes aún aún.
Lo que tiene más de!o deleitable tiene menos de lo heroico comúnmente.
No debe un varón máximo limitarse á una ni á otra perfección, sino con ambiciones de infini- dad aspirar á una universalidad plausible, co- rresp -ndiendo la intensión de las noticias á la excelencia de las artes.
Ni basta cualquiera ligera cognición, empeño BALTASAR GEACIÁN 21 de corrida, que suele ser más nota de vana lo- cuacidad que crédito de fundamental entereza.
Alcanzar eminencia en todo no es el menor de los imposibles; no por flojedad de la ambición, si de la diligencia y aun de ia vida. Es el ejerci- cio el medio para la consumación en lo que se profesa, y falta á lo mejor el tiempo y más pres- to el gusto en tan prolija práctica.
Muchas medianías no bastan á agregar una grandeza, y sobra sola un t eminencia á asegu- rar superioridad.
No ha habido héroe sin eminencia cu algo, porque es carácter de la grandeza; y cuanto mas calificado el empleo más gloriosa la plausibili- dad. Es la eminencia en aventajada prenda par- te de soberanía, pues llega á pretender su modo de veneración.
Y si el regir un globo de vienio con eminen- cia triunfa de la admiración, cqué será regir con ella un acero, una pluma, una vara, un bastón, un cetro, una tiara?
Aquel Marte castellano, por quien se dijo: ((Castilla Ccipiianes si Aragón reyes», D. Diego Pérez de Vargas, con más hazañas que días, re- tiróse á acabarlos en Jerez de la Frontera. Reti- róse él, mas no su fama, que cada día se exten- día más por el teatro universo. Solicitado de ella Alfonso, rey novel, pero antiguo apreciador de una eminencia, y más en armas, fué á buscarle disfrazado con solos cuatro caballeros.
EL HÉROE Que ia eminencia es imán de voluntades, es 'rechizo del afecto.
Llegado el rey A Jerez y á su casa, no le halló ella, porque el Vargas, enseñado á campear, engañaba en el campo su generosa inclinación. GI rey, á quien no se le había hecho de mal ir desde la corte á Jerez, no extrañó el ir desde allí i la alquería. Descubriéronle desde lejos, que :on una hoz en la mano iba descabezando vides zon más dificultad que en otro tiempo vidas. Mandó Alfonso hacer alto y emboscarse los su- 70S. Apeóse del caballo, y con majestuosa galan- reria, comenzó á recoger los sarmientos que el n/argas, descuidado, derribaba. Acertó éste á ^/olver la cabeza, avisado de algún ruido que hizo el rey, ó lo que es más cierto, de algún impulso fiel de su corazón. Y cuando conoció á su majestad, arrojándose á sus plantas á lo de aquel tiempo, dijo: «Señor, ^qné hacéis aqui>)) (Proseguid, Vargas—dijo Alfonso —, que á tal podador, tai sarmentador.»
¡Oh, triunfo de una eminencia!
Anhele á ella el varón raro, con seguridad de lue lo que le costará de fatiga lo logrará de ce- lebridad.
Que no sin propiedad consagró la gentilidad i Hércules el buey, en misterio de que el loable trabajo es una sementera de hazañas, que pro- -nete cosecha de fama, de aplauso, de inmorta- lidad.
VR GR AGIAN 23 PRÍMOR VII EXCELENCIA DE PRIMERO Hubieran sida aigunos íónix en los empleos, á no irles otros delante. Gran ventaja el ser pri- mero, y si con eminencia, doblada. Gana en igualdad el que ganó de mano.
Son tenidos por imitadores de los pasados los que les siguen: y por más que suden, no pueden purgar la presunción de imitación.
Alzanse los primeros con el mayorazgo de la fama, y quedan para lo^ segundos mal pagados alimentos.
Dejó de csiimar la novelera gentilidad á los inventores de las artes, y pasó á venerarlos. Trocó la esiima en culto, ordinario error, pero que exagera lo que vale una primeria.
Mas no consiste la gala en ser primero en liempo, sino en ser el primero en la eminencia.
Es la pluralidad descrédito de si misma, aun en preciosos quilates, y al contrario, la raridad encarece la moderada perfección.
Es, pues, destreza no común inventar nueva senda para la excelencia, descubrir moderno rumbo para la celebridad. Son multiplicados los caminos que llevan á la singularidad, no todos 24 EL HÉROE sendereados. Los más nuevos, aunque arduos suelen ser atajos para la grandeza.
Echóse sabiamente Salomón por lo pacitíco, cediéndole á su padre lo guerrero. Mudó el rum- bo y llegó con m.enos dificultad al predicamento de los héroes.
Afectó Tiberio conseguir por lo político lo que Augusto por lo magnánimo.
Y nuestro gran Fihpo gobernó desde el trono de su prudencia todo el mundo, con pasmo de todos los siglos; y si el César, su invicto padre fué un prodigio de esfuerzo, Filipo lo fué de la prudencia.
Ascendieron con este aviso muchos de los so> les de la Iglesia al cénit de la celebridad. Unos por lo eminente santo, otros por lo sumamente docto; cuál por la magnificencia en las fábricas, y cuál por saber realzar la dignidad.
Con esta novedad de asuntos se hicieron lugar siempre los advertidos en la matrícula de los magnos.
Sin salir del arte sabe el ingenio salir de ic ordinario y hallar en la encanecida profesión nuevo paso para la eminencia. Cedióle Horacio lo heroico á Virgilio, y Marcial lo lírico á Hora- cio. Dió por lo cómico Terencio, por lo satírico Persio, aspirando todos á la ufanía de primero.< en su género. Que el alentado capricho nunca se rindió á la fácil imitación.
Vió el otro galante pintor que le habían cogi- BALTASAR GTACIÁN 25 do la delantera el Ticiano, Rafael y otros. Esta- ba más viva la fama cuando muertos ellos; va- lióse de su invencible inventiva. Dió en pintar á lo valentón; objetáronle algunos el no pintar á lo suave y pulido, en que podia imitar al Ticia- no, y satisfizo galantemente que quería más ser el primero en aquella grosería que segundo en la delicadeza.
Extiéndase el ejemplo á todo empleo, y todo varón raro entienda bien la treta; que en la emi- nente novedad sobra hallar extravagante rumbo para la grandeza.
PRIMOR Víll QUE EL HÉROE PREFIERA LOS EMPEÑOS PLAUSIBLES Dos patrias produjeron dos héroes: á Hércules Tebas, á Catón Roma, fué llórenles aplauso del orbe, fué Catón enfado de Roma. Al uno admira ron todas las gentes, al otro esquivaron los ro- manos.
No admite controversia la ventaja que llevó Catón á Hércules, pues ie excedió en prudencia, pero ganóle Hércules á Catón en fama.
Más de arduo y primoroso tuvo el asunto de Catón, pues se empeñó en domeñar monstruo^ de costumbres, si Hércules de naturaleza; pero tuvo más de famoso el del tebano.
26 EL HÉROE La distancia consistió en que Hércules em- prendió hazañas plausibles y Catón odiosas; la plausibilidad del empleo llevó la gloria del Al- cides á los términos del mundo y pasará ade- lante si ellos se alargaran. Lo desapacible del empleo circunscribió á Catón dentro de las mu- rallas de Roma.
Con todo esto pretieren algunos, y no los me- nos juiciosos, el asunto primoroso al más plau- sible, y puede más con eilos la admiración de pocos que el aplauso de muchos, si vulgares.
Milagros de ignorantes llaman á los empeños plausibles.
Lo arduo, lo primoroso de un superior asunto pocos lo perciben, pero eminentes, y asi lo acrediten raros. La facilidad del plausible permí- tese á todos vulgarizarse, y así el aplauso tiene de ordinario lo que de universal.
Vence la intención de pocos á la numerosidad de un vulgo entero.
i^ero destreza es topar con ios empleos plausi- bles. Punto es de discreción sobornar la aten- ción común en el asunto plausible; manifiéstase á todos la eminencia, y á votos de todos se gra- duó la reputación.
Débense estimar en más los más. Es palpable la excelencia en tales hazañas, y si con eviden- cia plausible las primorosas tienen mucho de metafisico, dejando la celebridad en opiniones.
Empleo plausible llamó aquel que se ejecuta BALTASAR GRAClÁN 27 á vista de todos y á gusto de todos, con el fun- damento siempre de la reputación, por excluir aquéllos, tan faltos de crédito cuan sobrados de ostentación. Rico vive de aplauso un histrión, y perece de crédito.
Ser, pues, eminente en hidalgo, asunto ex- puesto al universal teatro; eso es conseguir au- gusta plausihilidad.
i^Qué principes ocupan los catálogos de la fama, sino los guerreros? A ellos se les debe en propiedad el renombre de magnos. Llenan el mundo de aplauso, los siglos de fama, los libros de proezas, porque lo belicoso tiene más de plausible que lo pacífico.
Entre los jueces se entresacan los justicieros á inmortales, porque la justicia sin crueldad siem- pre fué más acepta ai vulgo que la piedra remisa.
En los asuntos del ingenio triunfó siempre la plausibilidad. Lo suave de un discurso plausible recrea el alma, lisonjea el oído, que lo seco de un concepto metafisico los atormenta y enfada.
PRIMOR L\ DEÍ- QUU, ATE RK\ Dudo si llame inteligencia ó suerte al topar un héroe con la prenda relevante en sí. con el atri- buto rey de su caudal.
28 EL HÉROE En unos reina el corazón, en otros la cabeza, y es punto de necedad querer uno estudiar cor el valor y pelear otro con la agudeza.
Conténtese el pavón con su rueda; préciese c\ águila de su vuelo, que seria gran monstruosi- dad aspirar el avestruz á remontarse, expuesta á ejemplar despeño; consuélese con la bizarría de sus plumas.
No hay hombre que en algún empleo no hu- biera conseguido la eminencia, y vemos ser tar. pocos que se dominan raros, tanto por lo único como por lo excelente, y como el fénix, nunca salen de la duda.
Ninguno se tiene por inhábil para el mayo: empleo; pero lo que lisonjea la pasión desenga- ña tarde el tiempo.
Excusa es no ser eminente en el mediano por ser mediano en ei eminente; pero no la hay en ser mediano en el ínfimo, pudiendo ser primero en el sublime.
Enseñó la verdad, aunque poeta, aquél. Tú no emprendas asunto en que te contradiga Miner- va; pero no hay cosa mas difícil que desengañar de capacidad.
¡Oh, si hubiera espejos^ de entendimiento como los hay de rostro! El lo ha de ser de bi mismo 3^ falsifícase fácilmente. Todo juez de si mismo halla luego textos de escapatoria y sobor- nos de pasión.
Grande es la variedad de inclinaciones, pro BALTASAR GRACIAN 29 dígio deleitable de la naturaleza; tanta como en rostros, voces y temperamentos.
Son tan muchos los gustos como los empleos. A los más viles 3^ aun infames no faltan apasio- rsados. Y lo que no pudiera recabar la poderosa í>rovidencia del niás político rey, facilita la in- clinación.
Si el monarca hubiera de repartir las mecáni- cas tareas, sed vos labrador y vos sed marinero, rindiérase luego á la imposibilidad. Ninguno estuviera contento aun con el más civil empleo, V ahora la elección propia se ciega aun por el más villano.
Tanto puede la inclinación, y si se auna con las fuerzas, todo lo sujetan; pero lo ordinario es iesavenirse.
Procure, pues, el varón prudente alargar el gusto y atraerle sin violencias de despotiquez á medirse con las fuerzas, y reconocida una vez la prenda relevante, empléela felizmente.
Nunca hubiera llegado á ser Alejandro espa- iol y César indiano el prodigioso marqués del Valle, D. Fernando Cortés, si no hubiera bara- íiado los empleos: cuando más, por las letras hubiera llegado á una vulgarísima medianía, y por las armas se empinó á la cumbre de la emi- nencia, pues hizo trinca con Alejandro y César, repartiéndose entre los tres la conquista del nnundo por sus partes.
30 EL HÉROE PRIMOR X QUE EL HÉROE HA DE TENER TANTEADA SU FORTUNA AL EMPEÑARSE La fortuna, tan nombrada cuan poco conoci- da, no es otra, hablando á lo cuerdo y aun cató- lico, que aquella gran madre de contingencias y gran hifa de la suprema Providencia, asistente siempre á sus causas, ya queriendo, ya permi- tiendo.
Esta es aquella reina tan soberana, inexcruta- ble, inexorable, risueña, con unos esquiva, con otros ya madre, ya madrastra, no por pasión, si por la arcanidad de inaccesibles juicios.
Regla es muy de maestros en la discreción po- lítica tener observada su fortuna y la de sus ad- herentes. El que la experimentó madre logre el regalo, empéñase con bizarría que, como aman- te, se deja lisonjear de la confianza.
Tenia bien tomado el pulso á su fortuna el César cuando, animando al rendido barquero, le decía: ((No temas, que agravias á la fortuna de César.» No halló más segura áncora que su dicha. No temió los vientos contrarios el que llevaba en popa los alientos de su fortuna. ¿Qué importa que el aire se perturbe, si el cielo está BALTASAR (¡líACl lx sereno? íQuq el mar brame, si las estrellas se ríen?