SigPhi · Baltasar Gracian

El Héroe; El Discreto (Farinelli, 1900)

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¿ÍALTASAR GRACIÁN jOh, célebre museo y plausible teatro de toda esta antigua, griega y romana cultura! Así en estatuas como en piedras; ya en sellos anulares, ya en monedas, vasos, urnas, láminas y cama- feos, el de naestro mayor amigo, el culto y eru- dito don Vincencio Juan de Lasiano^a, honor de los romanos por sa memoria; gloria de los aragoneses por su ingenio; quien quisiere lo- grar toda la curiosidad junta, frecuente su ori- ginal museo; y quien quisiere admirar la docta erudición y rara de la antigüedad, solicite el que ha estampado de las monedis españolas ^lesco- nocidas, asunto verdaderamente grande, p.>r lo raro y por lo primero.

Donde se extrema la romana cultura y el de- coro, es en las inmortales obras de sus prodigio- sos escritores. Alli lucen lo ingenioso de los que escriben y lo hazañoso de quienes escriben, compitiéndose la valentía de los ánimos de unos y la de los ingenios de los otros.

Conservan aún algunas provincias este here- dado aliño, y la que más, la culta Italia, como centro de aquel imperio. Todas sus ciudades son aliñadas, así en lo político, como en el eco- nómico gobierno. En España reina la curiosidad más en las personas que en lo material de las ciudades, no porque sea mayor alabanza, que la barbaridad aun en lo poco lo es y desacredita. En Francia está tan válido el aliño, que llega á ser bizarría, digo en la nobleza. Estímanse las EL DISCRETO artes, venéranse las letras; la galantería, la cor- tesía, la discreción, todo está en su punto. Pré- cianse los más nobles de más noticiosos y de leídos, que no hay cosa que más cultiven los hombres que el saber. Entre muchos varones eminentes luce hoy el prodigioso Francisco Filhol, presbítero y hebdomadario en la santa y metropolitana iglesia de San Esteban de Tolosa. varón de igual ingenio que gusto, como lo prue- ban sus dos bibliotecas, la primera de sus obras y la segunda de las ajenas.

Hijos son tuyos el agrado y el provecho, que si en un jardín lo que más lisonjea, después del buen delecto de las plantas y las flores, es la acertada disposición de ellas, ccuánto más en el jardín del ánimo merecerán el gusto, la fragan- cia de los dichos y la galantería de los hechos, realzados de la cultura?

Hállanse hombres naturalmente aliñados, en quienes parece que el aseo no es cuidado, sino fuerza; no perdonan al menor desorden en sus cosas; es en ellos connatural la gala, así interior como exterior; tienen un corazón impaciente al desaliño. Hasta en los ejércitos afectaba Alejan- dro la cultura, que parecían más, dijo el Curcio, órdenes de compuestos senadores, que hileras de desbaratados soldados. Hay otros de un cora- zón tan dejado de sí mismo, que no cupo jamás en él cuidado ni artificio, cuanto menos impa- ciencia; v así, todo cuanto obran lleva este des- BALTASAR GRACIAN medro de tosco y este deslucimiento de bár- baro.

Es circunstancia el aliño que arguye tal vez mucha substancia, porque nace de capacidad, y porque lo tuvo en componer un fuego, acción tan servil y tan vulgar; el Taicosama fué prime- ro argumento y ocasión, después de llegar á ser emperador del Japón, de siervo particular á ser amo universal; prodigiosa fortuna, que los leños aliñados por su mano le pusieron ó le trocaron en un cetro en ella misma.

Esta es (¡oh, cultísimo realce del varón discre- to!) lu esplendorizada prosapia; iqut mucho que seas tan válido entre personas, que si no las su- pones, tú las haces? De esta suerte las tres Gra- cias informaban al aliño, asegurando que todo lo dicho lo habían copiado del culto, bizarro, galante, cortesano, lucido, práctico, erudito, y sobre todo discreto, el excelentísimo señor don Duarte Fernández Alvarez de Toledo, conde de Oropesa.

HOMBRE JUICIOSO Y NOTANTE APOLOGÍA Muy á lo vulgar discurrió Momo, cuando de- seó la ventanilla en el pecho humano; no fué censura, sino desalumbramiento, pues debiera advertir que los zahoríes de corazones, que real- 158 EL D1SCRET( mente los hay, no necesitan ni aun de resquicios para penetrar al más reservado interior. Ociosa fuera la transparente vidiiera para quien mira con cristales de larga vista, y un buen discurso propio es la llave maestra del cora-'ón ajeno.

Es varón juicioso y notante (hállanse pocos, y por eso más singulares), luego se hace señor de cualquiera suje^o y objeto. Argos al atender y lince al entender. Sonda atento los fondos de la mayor profundidad, registra cauto los senos del más doblado disimul'">, y mide juicioso los en- sanches de toda capacidad. No le vale ya á la ne:edad el sagrado de su silencio, ni á la hipo- cresía la blancura del sepulcro. Todo lo descu- bre, nota, advierte, alcanza y comprende, de- finiendo cada cosa por su esencia Todo grande hombre fué juicioso, así como todo juicioso grande; que realces en la misma superioridad de entendido, son extremos del ánimo. Bueno es ser noticioso, pero no basta; es menester ser juicioso; un eminente crítico vale primero en sí, y después da su valor á cada cosa; califica los objetos y gradúa los sujetos; no lo admira todo ni lo desprecia todo; señala sí, su estimación á cada cosa.

Distingue luego cnt»e realidades ó apariencias, que la buena capacidad se ha de señorear de los objetos, no los objetos de ella, así en el conocer como en el querer. Hay zahoríes de entendi- miento, que miran por dentro las cosas, no pa- BALTASAR GRACIAN ran en la superficie vulgar, no se satisfacen de la exterioridad, ni se pagan de todo aquello que reluce; sírveles su critiquez de inteligente con- traste, para distinguir lo falso de lo verda- dero.

Son grandes descifradores de intenciones y de fines, que llevan siempre consigo la juiciosa con- tracifra. Pocas victorias blasonó de ellos el en- gaño y la ignorancia menos.

Esta eminencia hizo á Tácito tan plausible en lo singular y venerado á Séneca en lo común. No hay prenda más opuesta á la vulgaridad; ella sola es bastante á acreditar de discreto. El vulgo, aunque fué siempre malicioso, pero no juicioso, y aunque todo lo dice, no todo lo alcanza; raras veces discierne entre lo aparente y lo verdadero; es muy común la ignorancia y el error muy ple- beyo. Nunca muerde sino la corteza, y así todo se lo bebe y se lo traga, sin acaso de mentira.

¡Que es de ver uno de estos censores del va- lor y descubridores del caudall ¡Cómo empren- den dar alcance á un sujeto! ¡Pues qué, si reci- procamente dos juiciosos se embisten á la par, con armas iguales de atención y de reparo, de- seando cada uno dar alcance á la capacidad del otro! ¡Con qué destreza se acometen! ¡Qué pre- cisión en los tientos! ¡Qué atención á la razón! ¡Qué examen de la palabra! Van brujuleando el ánimo, sondando los afectos, pesando la pruden- cia. No se satisfacen de uno ni de dos aciertos, i6o EL DISCRETO que pudo ser ventura, ni de dos buenos dichos, que pudo ser armenia.

De esta suerte van haciendo anatomía del áni- mo, examen del caudal, rcgisirando y ponderan- do tanto los discursos como los afectos, que de la excelencia de entrambos se integra una supe- rior capacidad. No hay halcón que haga más puntas á la presa, ni Argos que más ojos multi- plique, como ellos atenciones á la ajena atención; de modo, que hacen anatomía de un sujeto hasta las entrañas y luego le definen por propiedades y esencia.

Es gran gusto encontrar con uno de éstos y ganarle, que si no es en fe de la amistad, no franquean sa sentir; recátanse, que los que son prontos al censurar son recatados al hablarlo; observan inviolablemente aquella otra gran treta de vsentir con los pocos y de hablar con los mu- chos, pero cuando en seguro de la amistad y á espaldas de la confianza desahogan su concepto. [Oh, lo que enseñan! ¡Oh, lo que iluminan! Dan su categoría á cada uno, su vivo á cada acción, su estimación á cada dicho, su calificación á cada hecho, su verdad á cada intento. Admírase en ellos ya extravagante reparo, ya la profunda ob- servación, la sutil nota, la juiciosa crisis, el va- liente concebir, el prudente discurrir, lo mucho que se les ofrece y lo poco que se les pasa.

Tiembla de su crisis la más segura eminenciay depone la propia satisfacción, porque sabeelrígoi BALTASAR GRAClÁN l6l de su acertado juicio, que es el crisol de la fineza; pero la prenda que sale con aprobación de su con- traste, puede pasar y lucir dondequiera. Queda muy calificada y más que con toda la vulgar es- timación, la cual, aunque sea extensa, no es se- gura, tiene á veces más de ruido que de aplauso; y asi, no pudiendo mantenerse en aquel primer crédito, dan gran baja los ídolos del vulgo, por- que no se apoyaron en la basa de la substancial entereza. Vale más un sí de un valiente juicio de éstos que toda la aclamación de un vulgo, que no sin causa llamaba Platón á Aristóteles toda su escuela y Antigono á Cenón todo el retraio de su fama.

Requiere, ó supónese este valientisimo realce, otros muchos en su esfera, lo comprensivo, lo noticioso, lo acre, lo profundo, y si supone unos condena á otros, como son la ligereza en el querer, lo exótico en el concebir, lo caprichoso en el discurrir, que lodo ha de ser acierto y en- tereza.

Pero nótese que el censurar está muy lejos del murmurar, porque aquél dice indiferencia y éste predeterminación á la malicia. Un integérrimo censor, asi como celebra lo bueno, asi condena lo malo, con toda equidad de diferencia. No en- carga este aforismo que sea maleante el discreto, sino entendido; no que todo lo condene, que seria aborrecible destemplanza de juicio, ni tampoco que iodo lo aplauda, que es pedantería. Hay al- EL DISCRETO gunos que luego topan con lo malo en cualquier cosa, y aun lo entresacan de mucho bueno; con- ciben como víboras y revientan por parir, pro- porcionando castigo á la crueldad de sus inge- nios- una cosa es ser Momo de mal gusto, pues se cura en lo podrido, otra es un integérrimo Ca- tón, finísimo amante de la equidad.

Son éstos como oráculos juiciosos de la ver- dad, inapasionables jueces de los méritos, pero singulares, que no se rozan sino con otros dis- cretos, porque la verdad no se puede fiar, ni á la malicia ni á la ignorancia, aquélla por mal fin y ésta por incapaz; mas cuando por suma felici- dad se encuentran dos de éstos y se comunican sentimiento, crisis, discursos y noticias, señále- se aquel rato con preciosa piedra y dediqúese á las Musas, á las Gracias y á Minerva.

Ni es solamente especulativa esta discreción, sino muy práctica, especialmente en los del man- do, porque á la luz de ella descubren los talen- tos para los empleos, sondan las capacidades para la distribución, miden las fuerzas de cada uno para el oficio y pesan los méritos para el premio, pulsan los genios y los ingenios, unos para de lejos, otros para de cerca, y todo lo dis- ponen porque todo lo comprenden. Eligen con arte, no por suerte; descubren luego los realces y los defectos en cada sujeto, la eminencia ó la medianía, lo que pudiera ser más y lo que me- nos. No tiene aquí lugar la pía afición, que pri- BALTASAR GRACIAN mero es la conveniencia, no la pasión ni el enga- ño, los dos escollos celebrados de los aciertos, que 3i éste es engañarse aquélla es un quererse engañar. Siempre integérrimos jueces de la ra- zón, que sin ojos ven más y sin manos todo lo tocan y lo tantean.

Gran felicidad es la libertad de juicio, que no la tiranizan ni la ignorancia común ni la afición especial; toda es de la verdad, aunque tal vez por seguridad y por afecto lo quiere introducir al sagrado de su interior, guardando su secreto para si.

Demás de ser deliciosa, que realmente lo es esta gran comprensión de los objetos, y más de los sujetos de las cosas y de las causas, de los efectos y afectos, es provechoso también su ma- yor asunto, y aun cuidado es discernir entre dis- cretos y necios, singulares y vulgares, para elec- ción de íntimos, que asi como la mejor treta del jugar es saber descartarse, así la mayor regla del vivir es el saber abstraer.

De esta suerte discurría con el autor el juicio- so, el comprensivo, el grande entendedor de todo, el excelentísimo señor duque de Híjar, su- cesor en lo entendido y discreto del renombre de Salinas y Alenquer, no sólo en el título, sino en la eminente realidad, que es eco este discurso de tan magistral oráculo.

EL DISCRETO CONTRA LA HAZAÑERÍA SÁTIRA ¡Oh gran maestro aquel que comenzaba á en- señar desenseñando! Su primera lección era de ignorar, que no importa menos que el saber. Encargaba, pues, Antístenes á sus Tirones des- aprender siniestros para mejor después apren- der aciertos.

Grande asunto es el conseguir singulares prendas, pero mayor es el huir vulgares defectos, porque uno solo basta á eclipsarlas todas, y to- das juntas no bastan á desmentirlo solo. Por una pequeña travesura de una facción fué condenado todo un rostro á no parecer, y toda la belleza de las demás no es bastante á absolverle de feo.

Los defectos, que por descarados son más co- nocidos, fácilmente los declina cualquier media- namente discreto; pero hay algunos tan disimu- lados por revestidos de capa de perfección que pretenden pasar plaza de realces, especialmente cuando se ven autorizados.

Uno de éstos es la hazañería, que aspira, no á excelencia como quiera, sino de las muy plausi- bles, y halla favor para ello en grandes persona- jes, ingiriéndose ya en las armas, ya en las le- tras, hasta en la misma virtud, y aun se roza con BALTASAR GRACIAN 165 casi héroes; pero verdaderamente no lo son, pues con poco se llenan la boca y el estómago, no acostumbrado á grandes bocados de la fortuna.

Hacen muy del hacendado los que menos tie- nen porque andan á caza de ocasiones y las exa- geran, ya que las cosas valen menos que nada, ellos las encarecen. Todo lo hacen misterio con ponderación, y de cualquier poquedad hacen asombro. Todas sus cosas son las primeras del mundo y todas sus acciones hazañas; su vida toda es portentos y sus sucesos milagros de la fortuna y asuntos de la fama. No hay cosa en ellos ordinaria; todas son singularidades del va- lor, del saber y de la dicha, camaleones del aplauso, dando á todos hartazgos de risa.

Fué necio siempre todo desvanecimiento, mas la jactancia es intolerable. Los varones cuerdos aspiran antes á ser grandes que á parecerlo. Es- tos se contentan con sola la apariencia, y asi en ellos no es argumento de sublimidad el querer parecer, antes bien de una verdadera poquedad, que cualquiera cosa les pareció mucho.

Nace la hazañería de una desvanecida poque- dad y de una abatida inclinación, que no todos los ridículos andantes salieron de la Mancha, aates entraron en la de su descrédito. Parecen increíbles tales hombres, pero los hay de verdad, y tantos, que tropezamos con ellos y les oímos cada día sus ridiculas proezas, aunque más las quisiéramos huir; porque si fué enfadosa EL DISCRETO siempre la soberbia, aquí reída, y por donde buscan los más la estimación topan con el des- precio, cuando se presumen admirados, se hallan reidos de todos.

No nace alteza de ánimo, sino de vileza de co- razón, pues no aspiran á la verdadera honra, sino á la aparente; no á las verdaderas hazañas, sino á la hazañería. De esta suerte hay algunos que no son soldados, pero lo desean ser, y lo afectan y lo procuran parecer, buscan las ocasio- nes y cualquiera niñería que se les ofrezca la ce- lebran.

Muéstranse otros muy ministros, afectando celo y ocupación, grandes hombres de hacer siempre negocio del no negocio; no hay chico pleito para ellos; de las motas levantan polvare- das y de pocas cosas mucho ruido; véndense muy ocupados, hambreando reposo y tiempo; hablan de misterio en cada ademán ó gesto; en- cierran una profundidad entre exclamaciones y reticencias, de suerte que llevan más máquina que el artificio de Juanelo, de igual ruido y poco provecho.

Andan otros mendigando hazañas, hormigui- llas del honor, que con un solo grano, que á ve- ces más ¿erá paja, van afanados y satisfechos, que las valientes pías que tiran el plaustro de Ceres, el carro del lucimiento; y es muy de ga- llinas cacarear todo un día y al cabo poner un huevo. Andan de parto soberbios é hinchados BALTASAR GRACIAN montes y abortan después un ridículo ratón.

Gran diferencia hay de los hazañosos á los ha- zañeros, y aun oposición, porque aquéllos cuan- to mayor es su eminencia ia afectan menos; con- tóncanse con el hacer y dejan para otros el decir, que cuando no, las mismas cosas hablan harto. Que si un César se comentó á si mismo, excedió su modestia á su valor, no fué afectar la ala- banza, sino la verdad; aquéllos dan las hazañas, éstos las veaden y aun las encarecen, inventan- do trazas para ostentarlas; un acierto mecánico, después de mil yerros ci^áles y aun criminales, lo blasonan, lo pregonan, y no hallando hartas plumas en las de la fama, alquilan plumas de oro, para que escriban lodo con asco de la cor- dura.

rcro que estos aesvanecidos Hagan tiazaneria de su nada, excusa tienen en su pasión, que al fin ella y su necedad todo se cae en casa; pero que un gran necio de éstos haga tantos y mayores, dándoles á beber hasta hartar con sus dispara- tes, que estos idólatras de ignorancia vene- ren sus desatinos, es una inexcusable vulgarísi- ma poquedad, no digo ya de los que políticos violentados de la dependencia no Ies entra de los dientes adentro la ignorancia, así como les sale de solos los dientes afuera la afectada alabanza, porque éstos son lisonjeros de malicia; y como no procede de engaño, quedan absueltos de ig- norancia, condenados á adulación; pero que EL DISCRETO haya necios en causa y provecho de otro, es caer- se la necedad en casa propia y la vanidad en la ajena.

No fueron triunfos los de Domiciano, sino ha- zañerías; de lo que no hicieran reparo un César, un Augusto, hacían aplauso Caligula y Nerón; Triunfaban tal vez por haber muerto un jabalí, que no era triunfo, sino porquería.

Las plumas de la fama no son de oro, porque no se alquilan; pero resuenan más que la sonora plata-, no tienen precio; pero le dan á los méritos de aplausos.

DILIGENTE É INTELIGENTE EMBLEMA Dos hombres formó Naturaleza, la Desdicha los redujo á ninguno; la Industria después hizo uno de los dos. Cegó aquél, encojó éste, y que- daron inútiles entrambos. Llegó el Arte, invo- cada de la Necesidad, y dióles el remedio en el alternado socorro, en la recíproca independencia.

Tú, ciego, le dijo, préstale los pies al cojo; y tú, cojo, préstale los ojos al ciego. Ajustáronse, y quedaron remediados. Cogió en hombros el que tenia pies al que le daba ojos, y guiaba el que tenia ojos al que le daba pies. Este llamaba al otro su atlante, y aquél á éste su cielo.

BALTASAR GRACIÁN Vió este prodigio de la Industria un varón juicioso, y reparando en él, codiciándole para un ingenioso emblema, preguntó bien, que cuál llevaba á cuál. Y fuéle respondido de esta suerte: Tanto necesita la diligencia de la inteligencia como al contrario. La una sin la otra valen poco; juntas pueden mucho. Esta ejecuta pronta la que aquélla detenida medita, y corona una diligente ejecución los aciertos de una bien intencionada atención.

Vimos ya hombres muy diligentes, obrado- res de grandes cosas, ejecutivos, eficaces, pero nada inteligentes; y de uno de ellos dijo un criti- co frescamente, alabando otros su diligencia: ((Que si el tal fuera tan inteligente como era di- ligente, fuera sin duda un gran ministro del mo- narca grande.»

Pero á éstos nada se les puede fiar á solas, pues el mayor riesgo corre en su correr; yerran aprisa, si los dejan, y emplean toda su eficacia en desaciertos; no es aquello acabar los negocios, sino acabar con ellos, que parece que corren á la posta, digo, á caballo todo, sin caer jamás de su necedad. Es lo bueno que comúnmente estos tales aborrecen el consejo y lo truecan en ejecu- ción.

Pasión es de necios el ser muy diligentes, por- que como no descubren los topes, obran sin re- paros; corren porque no discurren; y como no advierten, tampoco advierten que no advierten; EL DISCRETO que quien no tiene ojos para ver, menos los ten- drá para verse.

Hay sujetos que son buenos para mandado.^, porque ejecutan con felicísima diligencia*, nías no valen para mandar, porque piensan mal y eli- gen peor, tropezando siempre en el desacierto. Hay hombres de todos gremios, unos para pri- meros y otros para segundos.

Pero no es menor infelicidad la de una grande inteligencia sin ejecución*, marchitanse en flor sus concebidos aciertos, porque los comprendí* el hielo de una irresolución y pérdida de aquella su fragante esperanza, se malogran con el deja- miento.

Resuelven algunos con extremada sindéresis- decretan con plausible elección y piérdensc des- pués en las ejecuciones, malogrando lo excelente de sus dictámenes con la ineficacia de su remi- sión*, arrancan bien y paran mal, porque para- ron; discurren mucho, que es lo más; hacen jui- cio y aun aprecio de lo que conviene, y por una ligera fatiga del ejecutarlo lo dejan todo perder. Otros hay poco aplicados á lo que más importa, y se apasionan por lo que menos conviene hasta llegar á tener antipatía con su obligación; que no siempre se ajustan el genio y el empleo, y to- pando más dificultad en lo que abrazan, el gusto todo lo vence; de suerte que nace la fuga más de horror que de temor, más de enfado que de tra- bajo. Es don, y grande, la buena aplicación, que BALTASAR GRAClÁN no siempre se casa ni con el oficio ni con el car- go, aunque sea soberano. jQaé de veces degene- ra de lo heroico y se destina á una vulgarísima nada!

Bien que todos los sabios son detenidos, que del mucho advertir nace el reparar, asi como des- cubren todos los inconvenientes, querrían tam- bién prevenir todos los remedios; con esto raras veces recae la diligencia sobre la inteligencia. En los que gobiernan se desea aquélla, y ésta en los que pelean, y si concurren, hacen un prodigio.

Fué la mayor presteza en Alejandro madre de la mayor ventura; conquistólo todo (decía él mis- mo), dejando nada para mañana; iqué hiciera para otro año> Pues César, aquel otro ejemplar de héroes, decía que sus increíbles empresas antes las había concluido que consultado, ó por que su misma grandeza no le espantase, ó por- que aun el pensarlas no le detuviese, gran palabra suya el vamos, y nunca el vayan los otros. Basta la presteza á hacer rey de las fieras al león, que aunque muchas de ellas le ganan, unas en armas, otras en cuerpo y otras en fuerzas, él las vence á todas en fe de su presteza.

Este es aquel excedido exceso que entre sí mantienen los valerosos españoles y los belico- sos franceses, igualando el cielo la competencia, contrapesando la prudencia española á la pres- teza francesa. Opuso la detención de aquéllos á la cólera de éstos; lo que le falta al español de EL DISCRETO prontitud, lo suple con el consejo; y al contrario, la temeridad en el francés es lustre de su increí- ble diligencia. Con esto andan equivocadas las victorias y paralelos los sucesos, según las con- tingencias y los tiempos. Tomóles el pulso Cé- sar á entrambas naciones, y venció á la una pre- viniendo, y á la otra esperando. A entrambas pudiera encargar el grande Augusto su festina lente en empresas, é hiciera un medio muy acer- tado.

Tiene lo bueno muchos contrarios, porque es raro, y los males muchos; para lo malo todo ayuda. El camino de la verdad y del acierto es único y dificultoso; para la perdición hay muchos médicos y pocos remedios. Contra lo convenien- te todas las cosas se conjuran, las circunstancias se despintan, la ocasión pasando, el tiempo hu- yendo, el lugar faltando, la sazón mintiendo y todo desayudando; pero la inteligencia y la di- ligencia todo lo vence.

BALTASAR GRACIAN DEL MODO Y AGRADO CARTA AL DOCTOR DON BARTOLOMÉ DE MORLANES, CAPELLÁN DEL REY, NUESTRO SEÑOR, EN LA SANTA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR DE ZA- RAGOZA.

Por este gran precepto, señor mío, mereció Cleobulo ser el primero de los sabios; luego él será el primero de los preceptos. Mas si el ense- ñarlo basta á dar renombre de sabio, y el pri- mero, cqué le quedará para el que lo observad Que el saber las cosas y no obrallas, no es ser filósofo, sino gramático, Tanto se requiere en las cosas la circunstancia como la substancia; antes bien lo primero con que topamos no son las esencias de las co- sas, sino las apariencias; por lo exterior se viene en conocimiento de lo interior, y por la corteza del trato sacamos el fruto del caudal; que aun á la persona que no conocemos, por el porte la juzgamos.

Es el modo una de las prendas del mérito, y que cae debajo de la atención; puédese adquirir, y por eso la falta de ello es inexcusable; bien -lue en algunos tiene principio del buen natural, pero su complemento de la industria; en otros toda es del arte, que puede el cuidado de ésta EL DISCRETO suplir los olvidos de aquélla, y aun mejorarlos; pero cuando se juntan hacen un sujeto agrada- ble con igual facilidad y felicidad.

Es también de las bellezas transcendentales á todas las acciones y empleos. Fuerte es la ver- dad, valiente la razón, poderosa la justicia; pero sin un buen modo todo se desluce, asi como con él todo se adelanta. Cualquiera falta suple aun las de la razón, los mismos yerros dora, las fealdades afeita, desmiente los desaires y todo lo disimula.

¡Qué de materias graves é importantes se gas- taron por un mal modo, y qué de ellas ya de desahuciadas se mejoraron y concluyeron por el bueno!

No basta el grande celo en un ministro, el valor en un caudillo, el saber en un docto, la potencia en un príncipe, si no lo acompaña todo esta importantísima formalidad. Es político ador- no de los cetros, esmalte de las coronas; antes bien en ningún otro empleo es más urgente que en el mandar. Obliga mucho que los superiores más recaban humanos que despóticos. Ver en un príncipe que cediendo á la superioridad se vale de la humanidad, obliga, doblado; primero se ha de reinar en las voluntades y después en la posibilidad. Concilia la gracia de las gentes, y aun el aplauso, si no por naturaleza, por arte; que el que lo admira, no mira si es propio ó si es postizo, gózalo con aclamación.

BALTASAR GRACIAN BALTASAR GRACIAN Es tan útil como acepto. Cosas hay que valen poco por su ser, y se estiman por su modo. Pu- do dar novedad á lo pasado y ayudarle á volver y aun tener vez. Si las circunstancias son á lo práctico, desmienten lo cansado de lo viejo. Siempre va el gusto adelante, nunca vuelve atrás; no se ceba en lo que ya pasó, siempre pica en la novedad; pero puédesele engañar con lo flamante del modillo. Remózanse las cosas con las circunstancias, y desmiéntesele el acaso de lo rancio y el enfado de lo repetido, que sue- le ser intolerable y más en imitaciones, que nun- ca pueden llegar ni á la sublimidad ni á la no- vedad de primero.

Vese esto más en los empleos del ingenio, que aunque sean las cosas muy sabidas, si el modo del decirlas en el retórico y del escribirlas en el historiador fuere nuevo, las hace apetecibles.

Cuando las cosas son selectas, no cansa el repetirlas hasta siete veces; pero aunque no en- fadan, no admiran, y es menester guisallas de otra manera para que soliciten la atención; es lisonjera la novedad, hechiza el gusto, y con sólo variar de sainete se renuevan los objetos, que es gran arte de agradar.

¡Cuántas cosas muy vulgares y ordinarias las pudo realzar á nuevas y excelentes, y las vendió á precio de gusto y de admiración! Y al contra- rio, por escogidas que sean, sin este sainete no pican el gusto ni consiguen el agrado.

EL DISCRETO Préciase de discreto y lo es. Las mismas cosas dirá uno que otro, y con las mismas lisonjeará éste y ofenderá aquél. Tanta diferencia é impor- tancia puede caber en el cómo, y tanto recaba un buen término y desazona el malo; y si la fal- ta de él es tan notable, iqué será un modo posi- tivamente malo y afectadamente desapacible, y más en personas de empleo universal? Y vimos en muchos, y aun censuramos, que la afectación, la soberbia, la sequedad, la grosería, la insu- fribilidad y otras monstruosidades paralelas, los hicieron inaccesibles. Pequeño desmán es, ponderaba un sabio, el sobrecejo en ti, y bas- ta á desazonar toda la vida; al contrario, el agrado del semblante promete el del ánimo, y la hermosura afianza la suavidad de la con- dición.

Sobre todo se precia de dorar el no, de suerte que se estime más que un si desazonado; azuca- ra con tanta destreza las verdades, que pasan plaza de lisonjas, y tal vez, cuando parece que lisonjea, desengaña, diciéndole á uno, no loque es, sino lo que ha de ser.

El es único refugio de cuantos les falta el natural, que entonces se socorren del modo, y alcanzan más con el cuidado que otros con la natural perfección; suple faltas esenciales, y con ventajas en todos los superiores é ínfimos em- pleos; lo bueno es que no se puede definir, por- que no se sabe en qué consiste; ó si no, digamos BALTASAR GRACIAN que son todas las tres Gracias juntas en un com- puesto de toda perfección.