SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

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Pero he aqui también sofismas peligrosos, que a nada condu- cen para el bienestar y consuelo de aquello en cuyo favor se ha- cen, y que, antes al contrario, los extravian y corrompen de una manera lastimosa. «<j,Qué, se podria replicar imitando el propio tono, seréis tan crueles que permitais arrimar a los labios sedientos el fresco y sabroso licor, y no consintais probarlo? óSeréis tan crueles que soltéis la rienda a la pasión en las regiones inte- riores y no Ie dejéis un desahogo en lo exterior? ^Seréis tan crueles que desencadenéis las tempestades en el fondo del cora- zón, que alli conservéis a éste agitado y combatido por todos lados, sin dejar que el desahogo Ie alivie de sus penas, y que, extendién- dose la borrasca, se haga menos intensa y dolorosa? O cerrad en- teramente la puerta al daho, o permitidle el remedio: no pongais de tal suerte en lucha al hombre interior con el exterior, al corazón con las obras; ya que de humanos os preciais, procurad que no sea tan cruel vuestra mentida indulgencia.»

Por lo que toca al otro punto de si Dios puede indignarse por los actos interiores de su criatura: jQuél, Podriamos decir, si rela- ciones hay entre Dios y el hombre, si el Criador no ha abandonado a su criatura, si la mira todavia como digno objeto de sus cuidados, ^no es claro, no es evidente, que el entendimiento y la voluntad, es decir, lo mas precioso que hay en el hombre, lo que Ie hace capaz de conocer y amar a su Hacedor, lo que Ie ensalza sobre los brutos, lo que Ie constituye rey de la creación, no es aquello, repeti- remos, lo que debe suponerse objeto de la solicitud del Supremo Hacedor, y que Éste no atiende a los actos exteriores sino en cuan- to manan del santuario de la conciencia, donde se complace en ser conocido, amado y adorado? <,Qué es el hombre, si prescindi- mos de su interior? ^Qué es la moral, si no la aplicamos al en¬ tendimiento y a la voluntad? ^Es fundada, es razonable siquiera, una doctrina que, aparentando sobreabundancia de sentimientos de humanidad, y blasonando de dignidad e independencia, mata tan despiadadamente al hombre en lo que tiene de mas indepen¬ dente y mas digno?

Persuadase usted, mi querido amigo, de que no hay verdad, no hay dignidad en nada de lo que se opone a la religión; que lo que a primera vista parece mas noble y generoso, es en realidad bajo y degradante; y a propósito de sentimientos filantrópicos, guardese usted de esas inspiraciones repentinas que se Ie ofrece- ran como argumentos decisivos, y que, examinados a la luz de la religión y hasta de la sana filosofia, no son mas que raciocinios in- fundados, o bien que, estribando sobre principios erróneos, condu- cen a establecer el predominio del cuerpo sobre el espiritu, y a desencadenar sobre la tierra las pasiones voluptuosas. fnterin vea usted en qué puede complacerle este su amigo y S. S. Q. B. S. M.

J. B.

Carta XIII La humildad.

Equivocaciones de un escéptico. Dicho de Santa Teresa. Pasaje de San Francisco de Sales. Cómo debe entenderse la humildad. Cuan agradable es la humildad a los ojos del mundo.

Mi estimado amigo: Ya veo yo que es empeno inütil el de obli- garle a usted a una discusión seguida sobre los dogmas de la reli- gión y los principios en que se fundan, pues que, fiel a su sistema de no atenerse a ningün sistema, y guardando inviolablemente la regla de su método, que es no observar ninguno, revolotea como mariposa de flor en flor, de suerte que, cuando Ie creia uno engol- fado en alguna cuestión Capital y decidido a continuar por largo tiempo el ataque empezado contra un punto de las murallas de la ciudad santa, levanta de improviso los reales, se aposenta en otro campo, y desde alli amenaza abrir nueva brecha, esperando que yo acuda a defender el punto atacado, para luego dirigirse a otra parte y fatigarme inütilmente sin obtener el resultado que deseo. Pero digo mal cuando afirmo que me he fatigado inütilmente; por- que, si bien es verdad que no me ha sido posible hasta ahora apar- tarle a usted de su error, porque se ha resistido siempre a suje- tarse al trabajo de una discusión sostenida con el debido or¬ den y encadenamiento, me lisonjeo, no obstante, de que habré logrado desvanecerle a usted algunas preocupaciones, que sin du- da Ie habrian obstruido el paso en el camino de la fe, si es que al- gün dia, ilustrado su entendimiento por inspiraciones superiores, movido su corazón por la gracia del Sehor, se resuelve a empren- derle con seriedad, rompiendo las trabas que Ie detienen, y saliendo del infeliz estado en que se encuentra, y en que espero no Ie ha de sorprender la hora de la muerte.

Disimulandome usted el preambulo, que quizas calificara de importuno y que yo considero como importunidad saludable, voy a responder a las dificultades que me propone usted sobre una de las virtudes mas encarecidas por la religión cristiana. Me alegro en gran manera de que hayamos salido de las disputas que eran objeto de la carta anterior; porque, si bien versaba sobre asunto muy transcendental y de altisima importancia, la materia era de suyo tan delicada y vidriosa, que es preciso andar siempre midiendo las pa- labras y en busca de expresiones que, dejando traslucir la verdad, cubran con tupido velo cuanto pudiera ofender las buenas costum- bres y las delicadas consideraciones debidas al pudor. Al fin la hu- mildad es cosa sobre la cual es licito hablar sin rodeos, no habien- do el peligro de que una palabra poco mesurada haga salir los co- lores al rostro.

Algo volteriano esta usted cuando habla de la virtud de la humildad, y Ie aplica irónicamente el dictado de sublime que los cristianos nos complacemos en tributarle. Segün parece, se ha formado usted ideas muy equivocadas sobre la naturaleza de dicha virtud, pues que Mega a asegurar que, por mas que lo desease, Ie seria imposible el ser humilde a la manera que lo exi- gen los libros de mistica, por la sencilla razón de que no cree per- mitido el engaharse a si mismo, y de que, aun cuando se esforzase en ello, tampoco Ie seria dado conseguirlo. Gana de reir me ha da- do el que usted se imagine haberme propuesto una dificultad inso- luble, con aquello de que no Ie es posible persuadirse de que sea el mas estüpido entre los hombres, pues que esta viendo tantos otros que evidentemente no poseen los pocos o muchos conoci- mientos que a usted Ie han proporcionado la educación y la ins- trucción, ni tampoco que sea el mas perverso entre los mortales, supuesto que ni roba, ni asesina, ni comete otros actos a que se arrojan algunos de sus semejantes; y que, sin embargo, si escu- chamos la doctrina de los misticos, ésta es la perfección de la hu¬ mildad y a ella llegaron los santos mas distinguidos, mas adelanta- dos en esta virtud. No tengo tampoco inconveniente en que usted no se encuentre de humor para andarse, como dice, por esas ca- lles haciendo el loco, con el fin de que los demas Ie desprecien, y tener asi ocasión de ejercer la humildad; pero lo que extraho es que tales argumentos los repute usted por invencibles, y que cante de antemano la Victoria, intimandome que, o es preciso tragar los absurdos que de estas maximas y ejemplos resultan, o condenar las vidas de grandes santos y echar al fuego las obras de los misti¬ cos mas afamados. Me parece que el dilema no es tan perfecto que no deje salida; antes creo que ni sera preciso devorar absurdos, ni tampoco entregarse al repugnante oficio del ama de D. Qui- jote y del cura de su lugar.

Usted, que se precia de caballeroso, creo que no estara renido con Santa Teresa de Jesüs, a quien, si reputa por ilusa, al menos no podra dejar de tributarle el merecido elogio por sus eminentes virtudes, por su alma candida, su bellisimo corazón, su talento claro y penetrante, y su pluma tan amable como sublime A esta Santa ya sabe usted que algo se Ie alcanzaba de achaque de virtudes cris- tianas, y que, con lo mucho que habia meditado y leido, y consul- tado, ademas, con hombres sabios, o, como ella dice, grandes le- trados, debia de saber en qué consistia la humildad, y cómo era entendida y explicada esta virtud en el seno de la Iglesia Católica. Y <j,cree usted que la Santa pensaba que para ser humilde era pre- ciso comenzar enganandose a si propia? Apostaria yo que usted no acierta en la definición que da de la humildad; definición admi- rable, y que, preciso me es decirlo, parece excogitada a propósito para contestar a las dificultades de usted. Refiere la Santa que no comprendia por qué la humildad era tan agradable a Dios, y que, discurriendo un dia sobre este punto, alcanzó que era asi, porque la humildad es la verdad. Ya ve usted que no se trata de engaho, y que tan distante esta de obligarnos a él la humildad, que antes bien con ella disipamos el engaho: porque su mérito mas sólido, el titulo por el cual es agradable a Dios, es el ser verdad.

Desenvolveré en pocas palabras esa hermosa sentencia de Santa Teresa de Jesüs; y no necesitaré mas que esta luminosa ob- servación de la Santa para hacerle comprender a usted lo que es la humildad, en sus relaciones con nosotros mismos, con Dios y con el prójimo.

<j,Esta en oposición con la virtud de la humildad el que reco- nozcamos las buenas dotes naturales o sobrenaturales con que Dios nos ha favorecido? No, antes al contrario: revuelva us¬ ted todas las obras de los teólogos escolasticos y misticos, y a to¬ dos los encontrara de acuerdo en que dicha virtud no se opone a semejante conocimiento. Quien experimenta a cada paso que comprende con mucha facilidad cuanto lee u oye, que Ie basta fijar su meditación sobre las cuestiones mas abstrusas para que se Ie presenten desde luego claras y despejadas, no hay inconveniente en que se halle interiormente convencido de que Dios Ie ha dispensado este senalado favor; mas diré, Ie es imposible dejar de abrigar esta convicción, que tiene por objeto un hecho que esta presente a su animo y de que Ie asegura su conciencia propia, como que es una serie de actos que acompanan de continuo su existencia, que constituyen su vida intelectual, aquella vida mtima de que estamos tan ciertos como de la existencia de nuestro cuerpo. ^Podra usted figurarse que Santo Tomas estuviese persuadido de que era tan ignorante como los legos de su convento? San Agustfn ^era posi- ble que creyese conocer tan poco la ciencia de la religión como el ultimo del pueblo a quien la explicaba? San Jerónimo, que tan aventajados conocimientos poseia en las lenguas sabias y en cuanto es menester para interpretar atinadamente la Sagrada Es- critura, ^diremos que en su interior no estaba penetrado de que poseia mas que medianamente el griego y el hebreo, y de que sus investigaciones con que se remontaba hasta las fuentes de la eru- dición habian sido del todo infructuosas? No; no dicen los cristianos tales disparates. Una virtud tan sólida, tan hermosa, tan agradable a los ojos de Dios, no puede exigir de nosotros tamanas extrava- gancias; no puede exigir que cerremos los ojos para no ver lo que es mas claro que la luz del dia.

Bien entendida la humildad, trae consigo el claro conoci- miento de lo que somos, sin ahadir ni quitar nada; quien tenga sabiduria, puede interiormente reconocerlo asi; pero debe al propio tiempo confesar que la ha recibido de Dios, y que a Dios se de¬ be el honor y la gloria. Debe reconocer también que esta sabidu¬ ria, si bien levanta mucho mas su entendimiento que el de los igno- rantes, o de los menos sabios que él, Ie deja, sin embargo, muy in- ferior a los demas sabios que se Ie aventajan en extensión y pro- fundidad. Debe, al propio tiempo, considerar que esta sabiduria no Ie da derecho para despreciar a nadie, pues que, teniéndola por especial beneficio de Dios, de la misma manera la hubieran posei- do los otros, si el Criador se hubiese dignado otorgarsela. Debe considerar que este privilegio no Ie exime de las flaquezas y mi- serias a que esta sometida la humanidad, y que cuantos mas sean los favores con que Dios Ie haya distinguido, cuanto mas cla¬ ro sea el entendimiento para conocer el bien y el mal, tanto mas estrecha cuenta debera dar a Dios, que de tal suerte Ie ha hecho objeto de su bondadosa munificencia. Quien tenga virtudes, no hay inconveniente en que lo reconozca asi, confesando, al propio tiempo, que son debidas a particular gracia del cielo; que, si no comete las maldades a que se arrojan otros hombres, es porque Dios Ie tiene de su mano; que, si hace el bien y evita el mal por medio de la gracia, esta gracia Ie ha sido concedida por Dios; que, si por su misma indole esta inclinado a ciertos actos virtuosos, causando- le horror los vicios opuestos, esa indole Ie ha venido también de Dios: en una palabra, tiene motivo para estar contento, mas no para engreirse, supuesto que seria injusto atribuyéndose lo que no Ie pertenece y defraudando a Dios la gloria que Ie corresponde.

Oiga usted sobre este particular al gran Santo, al hombre que tan alto se levantó en todas las virtudes cristianas, especialmente en la de la humildad: a San Francisco de Sales, y vea usted cómo no solo conviene en que es licito reconocer los bienes que nosotros tenemos, sino también en que es permitido, y muchas veces salu- dable, el fijar sobre ellos la atención, el pararse detenidamente a considerarlos.

«Pero tü desearas, Filotea, que te conduzca mas adelante en la humildad; porque lo que de ella hasta aqui he tratado, mas pare- ce sabiduria que humildad. Paso, pues, adelante: muchos no quie- ren ni se atreven a pensar y considerar en particular las gracias y mercedes que Dios les ha hecho, temerosos de dar en la vanaglo- ria y complacencia, en lo cual ciertamente se engahan; porque, como dice el grande Doctor Angélico, el verdadero medio de lle- gar al amor de Dios es la consideración de sus beneficios, por¬ que, cuanto mas los conociéramos, tanto mas Ie amaremos; y, co¬ mo los beneficios particulares mueven mas particularmente que los comunes, asi también deben ser considerados mas atenta- mente. Es cierto que nada nos puede humillar tanto delante de la misericordia de Dios como la muchedumbre de sus beneficios: ni nada nos puede humillar tanto delante de su justicia como la multi- tud de nuestras maldades. Consideremos lo que ha hecho por no¬ sotros, y lo que nosotros hemos hecho contra él, y, como conside- ramos por menudo nuestros pecados, consideremos asi por menu- do sus gracias. No hay que temer que el conocimiento de lo que ha puesto en nosotros nos desvanezca, con tal que atendamos a esta verdad: que cuanto hay bueno en nosotros, no es nuestro. ^Los mulos, dime, dejan de ser torpes y hediondas bestias porque estén cargados de muebles preciosos y olores de principes? óQué tenemos nosotros bueno, que no hayamos recibido? Y si lo he¬ mos recibido <j,por qué nos queremos ensoberbecer? (I ad Cor., VI, 7.) Al contrario, la viva consideración de las mercedes recibidas nos hace humildes, porque el conoclmiento engendra el recono- cimiento; pero, si viendo los beneficios que Dios nos ha hecho nos llegase a inquietar cualquiera suerte de vanidad, el remedio infali- ble sera recurrir a la consideración de nuestras ingratitudes, de nuestras imperfecciones y de nuestras miserias. Si consideramos lo que haciamos cuando Dios no estaba con nosotros, conocere- mos que lo que hacemos cuando nos acompaha no es de nuestra industria ni de nuestra cosecha. Nos alegraremos verdaderamente y nos regocijaremos porque tenemos algün bien; pero glorificare- mos solo a Dios, como autor de él. Asi la Santisima Virgen confesó que Dios obró en ella cosas grandes; pero esto fue por humillarse y engrandecer a Dios: 'Mi alma, dice, engrandece al Senor, porque ha hecho en mi cosas grandes.'» (Luc., I, 46, 49.) (San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, parte 3. §, cap. 5. Q ).

No cabe testimonio mas concluyente en favor de la doctrina que andaba exponiendo; ya ve usted que no se trata de engaharse a si mismo, sino de conocer las cosas tales como son en si. «En- tonces, me objetara usted, ^cómo es que los grandes Santos digan a boca llena que son los mayores pecadores del mundo, que son indignos de que la tierra los sostenga, que son los mas ingratos en- tre los hombres?» Entienda usted el verdadero sentido de estas pa- labras, advierta que andan acompahadas de un sentimiento de pro- funda compunción; que son pronunciadas en momentos en que el espfritu se anonada en presencia del Criador; y echara usted de ver que son susceptibles de interpretación muy razonable. Aclaré- moslo con un ejemplo. Cuando Santa Teresa de Jesüs decia que era la mayor pecadora de la tierra ^deberemos pensar que ella creyese ser culpable de los delitos de las mujeres mas perdidas, cuando Ie constaba muy bien la pureza de su cuerpo y alma, cuan¬ do sabia los inefables beneficios con que el Senor la estaba favo- reciendo? Claro es que no. Mas diré. ^Debemos suponer que se creyese con un solo pecado mortal en la conciencia? Es cierto que no; pues de lo contrario no se hubiera atrevido a recibir el augusto Sacramento del Altar, que, sin embargo, recibia con tanta frecuen- cia y con tales éxtasis de gratitud y de amor. Ahora bien: la Santa no ignoraba que en el mundo habia muchas personas culpables de pecados graves y gravisimos a los ojos de Dios; ella era la primera en deplorarlo y en rogar al cielo que se dignase mirar a aquellos desgraciados con ojos de misericordia; luego, cuando aseguraba que era la mujer mas pecadora de la tierra, no podia entenderlo en un sentido riguroso tal como usted parece quererlo interpretar. ^Qué significaba, pues? Helo aqui muy sencillamente. Asistamos a una de las escenas que se representaban en su espiritu, y com- prenderemos perfectamente el sentido de las palabras que son pa¬ ra usted piedra de escandalo. Puesta en presencia de Dios con fe viva, con caridad ardiente, con el corazón contrito y humillado, examinaria los recónditos pliegues de su corazón y observaria de vez en cuando algunas ligeras imperfecciones que no habian sido consumidas todavia por el fuego del divino amor; recordaria tam- bién los tiempos pasados en los que, no obstante de ser ya muy virtuosa, no habia entrado de lleno en el camino sublime que la condujo a la altura de santidad que hacia de ella un angel sobre la tierra. Se ofrecerian a su memoria las faltas leves en que habia in- currido, la poca prontitud en seguir las inspiraciones del cielo, y, comparado todo con los beneficios naturales y sobrenatura- les de que el Senor la habia llenado, y medido todo con su viva fe, con su inflamada caridad, con aquella intima presencia de Dios que la tenia fuera de esta vida mortal, y la hacia morar en regiones superiores, veria en toda su negrura la fealdad del pecado, aun venial, consideraria la ingratitud de que se hiciera culpable no pre- sentandose, desde luego, con mucho mas ardor del que lo hiciera, a los llamamientos del Senor; y entonces, puesta en parangón la santidad de su alma con la santidad divina, su ingratitud con los beneficios de Dios, su amor con el amor que Dios Ie manifes- taba, se anonadaria en presencia del Altisimo, perderia de vista el bien que en si tenia, y, fijos, ünicamente los ojos en su debilidad y miseria, exclamaria que era la mas pecadora entre las mujeres, que era la mas ingrata entre todas las criaturas. ^Qué encuentra usted aqui de irracional y de falso? <j,Se atrevera usted a condenar la expansión de un corazón humilde que, anonadado en presencia del Senor, reconoce sus defectos, y, considerandolos con toda vi- veza, exclama que son los mayores pecados del mundo? <j,No ve usted aqui mas bien la expresión de una caridad ardiente, que palabras de engaho?

Si quisiera valerme de un lenguaje afilosofado, Ie diria a usted que la humildad cristiana es lo més a propósito para formar verdaderos filósofos; si es que la verdadera filosofia ha de con- sistir en hacernos ver las cosas tales como son en si, sin ahadir ni quitar nada. La humildad no nos apoca, porque no nos prohibe el conocimiento de las buenas dotes que poseamos; solo nos obliga a recordar que las hemos recibido de Dios, y este recuerdo, lejos de abatir nuestro espiritu, lo alienta; lejos de debilitar nuestras fuerzas, las robustece, porque, teniendo presente cual es el manantial de donde nos ha venido el bien, sabemos que, recurriendo a la misma fuente con viva fe y rectitud de intención, manaran de nuevo copio- sos raudales para satisfacernos en todo lo que necesitemos. La humildad nos hace conocer el bien que poseemos, pero no nos deja olvidar nuestros males, nuestras flaquezas y miserias: nos permite conocer el grandor, la dignidad de nuestra natura- leza y los favores de la gracia; pero no consiente que exagere- mos nada, no consiente que nos atribuyamos lo que no tenemos, o que, teniéndolo, nos olvidemos de quien lo hemos recibido. La hu¬ mildad, pues, con respecto a Dios nos inspira el reconocimiento y la gratitud, nos hace sentir nuestra pequehez en presencia del Ser infinito.

Con respecto a nuestros prójimos, la humildad no nos permite exaltarnos sobre ellos, exigiendo preeminencias que no nos co- rresponden; nos hace afables en el trato porque, dandonos a co¬ nocer nuestras flaquezas nos vuelve compasivos con las que su- fren los demas, y, conservando nuestro corazón exento de en- vidia, que siempre acompaha a la soberbia, hace que respetemos el mérito dondequiera que se halle, y que lo reconozcamos franca- mente, tributandole el debido homenaje, sin el mezquino temor de que pueda salir perjudicada nuestra gloria.

Ya que acabo de pronunciar la palabra gloria, desearia saber si usted lleva también a mal que la humildad no nos permita sa- borearnos en las alabanzas de los hombres, y nos inspire sen- timientos superiores a ese humo que desvanece tantas cabezas. Si asi fuere, como no lo dudo, me bastara una reflexión para conven- cerle a usted de su error. ^Le parece a usted bueno todo lo que hace el hombre mas grande? Creo que no tendra reparo en decir- me que si. Pues bien, el mismo mundo mira como un héroe a aquel que, haciendo acciones dignas de alabanza, no se para en ella, la menosprecia, y al sentir el fragante aroma pasa sin detenerse, con la cabeza llena de pensamientos elevados, con el corazón henchi- do de sentimientos generosos: el mundo, pues, hace justicia a los despreciadores de la vanidad humana, es decir, a los que practi- can actos de verdadera humildad: no quiera usted ser menos justo que el mundo. ^Desea usted una contraprueba de lo que acabo de decir? Hela aqui: los que no son humildes buscan la alabanza; y ^sabe usted lo que se adquieren tan pronto como se trasluce su afan? El ridiculo y la burla. Cuando deseamos parecer bien a los ojos del mundo, si no somos humildes en realidad, lo aparentamos; porque en lo exterior damos a entender que no hacemos caso de la alabanza; y, si se nos tributa, la resistimos diciendo que es inmere- cida. Vea usted, mi estimado amigo, cuan sabia, cuan noble, cuan sublime es la religión cristiana, pues en la virtud que tanto abati- miento parece traer consigo, esta encerrado el secreto de adquirir gloria sólida aun entre los hombres; éstos la ofrecen gustosos a quien la merece y no la busca, pero desprecian y ridiculizan al que la solicita. Tanta es la fuerza de las cosas, que la misma soberbia, para saciar su sed de gloria, se ve precisada a negarse a si misma, a cubrirse con el manto de la humildad; asi se verifica, aün en la tierra, aquella sentencia de la Sagrada Escritura: «Quien se exalta sera humillado, y quien se humilla sera exaltado.»

Basta por hoy de humildad; creo que con lo dicho hasta aqui se quedara usted bien convencido de que, para ser verdaderamen- te humilde conforme al espiritu de la religión cristiana, no necesita usted ni andarse haciendo el loco por las calles, ni creer que es digno de ser llevado a presidio o al cadalso, ni tampoco que no tie- ne mas conocimientos de ciencias y literatura que el que no sabe deletrear. Si alguna vez encuentra usted en las vidas de los Santos algün hecho que no pueda usted explicar por las reglas arriba es- tablecidas, recuerde usted que nosotros no tenemos inconveniente en decir que hay cosas que son mas bien para admirarlas que para imitarlas; y, ademas, no quiera usted juzgar por mundanas consideraciones, lo que marcha por caminos desconocidos al co- mün de los mortales. Esto es lo que nosotros llamamos misterios y prodigios de la gracia; y que Vds. los filósofos apellidaran exalta- ción y exageración del sentimiento religioso. Entre tanto espera ocasiones de complacerle a usted este su afectisimo. S. S. Q. S. M. B.

J. B.

Carta XIV Los cristianos viciosos.

Los tibios. Argumentos contra la religión. Solución. Cómo es posi- ble que un hombre religioso sea vicioso. El jugador. El disipador. Observaciones sobre las pasiones humanas. Efecto de la religión sobre la moral de los hombres. Sus efectos preventivos. Pruebas. Ejemplos. Flaqueza de la moral de los hombres irreligiosos. Obser¬ vaciones sobre esta moral.

Mi estimado amigo: Casi me inclinana a oreer que empieza usted a no encontrarse muy bien en su escepticismo religioso, pues que al parecer se avergüenza de él, no queriendo confesar que se halla en esta parte en situación muy diferente de la de muchos otros, a quienes usted, con buena intención sin duda, pero con mu- cha injusticia, les achaca las mismas ideas. No podia yo figurarme que Ie causase a usted tanta novedad la conducta de muchos cris¬ tianos, hasta el punto de llegar a suponer que, o fingen hipócrita- mente estar adheridos a la religión, o cuando menos la profesan sin entender de ella una palabra. Dice usted que no alcanza a com- prender cómo es posible que, ensehando la religión doctrinas tan altas, algunas de las cuales son sumamente trascendentales y has¬ ta terribles, haya hombres que, estando convencidos de la verdad de ellas, o las contrarien con su conducta, o vivan haciendo poqui- simo caso de las mismas. Ahade usted que concibe muy bien la re¬ ligión de un San Jerónimo, de un San Benito, de un San Pedro de Alcantara, de un San Juan de la Cruz; es decir, hombres penetra- dos profundamente de la nada de las cosas terrenas, de la impor- tancia de la eternidad, y por consiguiente, desasidos de todo lo mundano, muertos a todo cuanto los rodea, y atentos ünicamente a la gloria de Dios y a la salvación de sus almas y de las de sus pró- jimos; pero que no comprende, en primer lugar, la religión de los viciosos, esto es, de hombres que viven convencidos de la eterni¬ dad de las penas del infierno, y, no obstante, como que hacen todo lo posible para hundirse en él; que no comprende la religión de otros que, sin embargo de no estar entregados al vicio, dejan correr sus dias con cierta indiferencia, sin afanarse mucho por lo que pueda venir después de la muerte; ni aun de aquellos que, practi- cando la virtud, lo hacen con cierta tibieza, no mostrandose conti- nuamente poseidos de la idea de que muy en breve van a encon- trarse, o con una dicha sin fin, o condenados para siempre a horri- bles suplicios. Segün parece, esto Ie escandaliza a usted y hasta puede contribuir a mantenerle separado de la religión; pues que, si nos atenemos a este modo de mirar las cosas, no hay medio entre ser escéptico o anacoreta.

En primer lugar, se me ocurre una reflexión que no quiero de- jar de consignar aqui, y es: la variedad y contradicción de los argumentos con que es atacada la religión, y lo descontentadi- zos que con ella se muestran los escépticos e indiferentes.

^Hay una persona muy cristiana, muy devota, que pasa los dias en la oración y en la penitencia, que mira todas las cosas del mundo como transitorias y livianas, que se manifiesta profundamente po- seida de la nada de todo lo terreno, que con sus palabras y sus ac- ciones muestra bien claro que no se apartan jamas de su mente Dios y la eternidad? Entonces se dice que la religión es esencial- mente apocadora, que estrecha las ideas, que encoge el corazón, que hace a los hombres misantropos, que los inutiliza, y que, por tanto, solo sirve para frailes y monjas. Hasta se Mega algunas veces a dar consejos de prudencia, recordando que, si se procurase pre- sentar la religión bajo un aspecto jovial y afable, no se apartarian de ella tantos hombres que, si bien se sienten inclinados a seguirla, no pueden consentir a tornarse tristes, taciturnos, andandose ca- bizbajos y cuellituertos por esas calles e iglesias: y hete ahi que, si hay otros hombres que, a pesar de ser profundamente religiosos, de estar altamente penetrados de las terribles verdades de la fe y quizas muy dedicados a la practica de virtudes austeras, se mues¬ tran, no obstante, con rostro sereno y apacible, conversación ale- gre y festiva, no dejando entrever que se agite en su mente el for- midable pensamiento del infierno, entonces se objeta lo extraho, lo inconcebible de semejante proceder, y se echa de menos la con- ducta de aquellos otros que poco antes eran blanco de reprensión, y tal vez de desprecio y burla. De suerte que, si la religión Hora, se quejan ustedes de que Hora; si rie, de que ne; y, si se man- tiene sosegada y calmosa, Ie acusan de indiferente. Bueno es hacer notar semejantes contradicciones, que dejan en evidencia la sinrazón de los que caen en ellas, ya sea por haber meditado poco sobre los objetos de que hablan, ya por dejarse arrastrar del prurito de hacer cargos a la religión, echando mano de todo linaje de ar- gumentos.

Pero vamos derechamente al punto Capital de la dificultad, y veamos si es posible contestar satisfactoriamente a las objeciones de usted. óCómo es posible que un hombre religioso sea vicio- so? Ésta es, si no me engano, la principal dificultad que usted pre- senta, y me ha de permitir usted que Ie diga con toda ingenuidad que muestra muy escaso conocimiento del corazón humano quien propone seriamente una objeción semejante. La vida entera de la mayor parte de los hombres es un tejido de esas contradiccio- nes que usted no alcanza a explicarse: si debiéramos dar alguna importancia a dicha objeción, nada menos resultaria sino exigir que todos los hombres arreglasen su conducta a sus ideas, y que quien abrigase una convicción, obrara siempre en consecuencia de ella.

cuando, y dónde ha existido un proceder semejante? óNo es- tamos viendo todos los dlas que, aun prescindiendo de las ideas religiosas, se verifica aquello de conocer el hombre el bien, de aprobarle, y, sin embargo, ejecutar el mal? Video meli- ora, proboque, deteriora sequor. Veo lo mejor, me gusta; pero sigo lo peor. No hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. Non quod vol o bonum hoe ago, sed quod odi malum illud fado. Ha- blamos con un jugador y la conversación Mega a girar sobre el vi- cio que Ie domina; un predicador en el pülpito no se expresara con mas energia contra los males acarreados por el juego. «jQué pa- sión mas funesta!, Ie oiréis decir: siempre inquietud, siempre desa- sosiego y turbación, siempre incertidumbre y zozobra: ahora na- dando en la abundancia, no sabiendo qué hacerse del oro; un mo- mento después todo se ha perdido, es preciso pedir prestado a los amigos, o empehar una finca, o enajenar una prenda, o excogitar algün expediente desastroso para proporcionarse siquiera una pe- queha cantidad con que probar fortuna de nuevo. Si perdéis, os ha- llais en la desesperación; si ganais, os veis forzado a presenciar la desesperación de los otros; a sofocar tal vez los sentimientos de compasión que brotan de vuestro pecho, disfrazandolos y encu- briéndolos con chanzas y algazara. jQué momentos mas crueles al salir de la casa de juego, al recordar que habéis labrado quizas el infortunio de vuestra familia o de la de vuestros amigos, al pensar