SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

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que ibais con la esperanza de mejorar vuestra posición, y tal vez de rico que erais habéis pasado a la mas estrecha pobreza! No es po- sible concebir cómo hay hombres que se abandonen a ese vicio detestable: el jugador es un verdadero loco que va corrlendo continuamente tras de una ilusión, a pesar de estar convenci- do de que es ilusión y no mas, de haberlo experimentado una y mil veces en si y en los otros. En un joven, en el acto de salir de la casa de sus padres, un desliz en esta parte es disculpable hasta cierto punto: en un hombre de alguna experiencia, el vicio carece de excusa.» ^Ha oido usted, mi querido amigo, a ese moralista tan juicioso, tan severo, tan inexorable con los jugadores? Pues vea usted: apenas ha concluido su santa platica, quizas mientras esta perorando, saca inquietamente su reloj o pregunta a los circunstan- tes qué hora tienen, y ^sabe usted para qué? Es que el tiempo de la cita esta cercano, que la mesita cubierta de paho esta esperan- do, y los compaheros se hallan ya colocados en sus asientos res- pectivos, y barajando con impaciencia, y maldiciendo al perezoso y tardio; y su pobre corazón salta de gozo al pensar que en breves instantes va a comenzar la tarea, y los montones de dinero iran gi- rando rapidamente en derredor, ahora enfrente de uno de los acto- res, luego de otro, en seguida de otro, hasta que al fin en las altas horas de la noche se concluira la función, quedando, por supuesto, vencedor el moralista y completamente vengado de sus descala- bros de ayer. Por lo menos, él asi lo espera; y tan pronto como ha puesto fin al sermón, se levanta, torna el sombrero y echa a correr, rabiando por la poca puntualidad. ^Qué Ie parece a usted de seme- jante contradicción? «jOh!, se me replicara, este hombre era un hi- pócrita, decia lo que no pensaba» Es falso, hablaba con la con- vicción mas profunda; y los circunstantes, si no eran jugadores, no eran capaces de comprender toda la viveza con que él sentia lo que expresaba. En prueba de esto, suponed que tiene un hijo, un hermano menor, un amigo, una persona cualquiera por la cual se interese: él Ie aconsejara que no juegue y lo hara con todas las ve¬ ras de su corazón; si tiene autoridad para ello, se lo prohibira seve- ramente; cuando no, se lo rogara con encarecimiento, y, si puede hablar con entera franqueza, exclamara con acento de dolor: «creed a un hombre experimentado: este vicio ha hecho y esta ha- ciendo mi infortunio, jay de mi!, y siempre temo que me llevara a la perdición». El desgraciado no deja de conocer el mal que se hace a si propio, no deja de conocer su temeridad, su locura; se la echa en cara una y mil veces, asi en los momentos de calma y buen juicio, como en los de furor y desesperación; pero no tiene bastante fuerza de animo para resistir el impulso de su inclina- ción, arraigada y acrecentada con el habito, para conformar sus obras con sus palabras, con sus convicciones mas profundas.

^Quiere usted otro ejemplo? Facil seria amontonarlos hasta lo infinito. Hay un hombre de fortuna respetable, de reputación sin ta- cha, que disfruta en el seno de su familia de toda la dicha que pue- da desear; su instrucción, su moralidad y hasta su misma educa- ción culta y esmerada, Ie hacen contemplar con lastima los extra- vios de otros; no concibe cómo consienten en sacrificar sus bienes a una pasión liviana, en mancillar por ella su nombre, en hacerse objeto del desprecio y ludibrio de cuantos los conocen; sin embar¬ go, transcurrido algün tiempo, una ocasión, un trato frecuente Ie ha enredado a él mismo en una amistad peligrosa: la haciënda, la fama, la salud, hasta su misma vida, todo lo esta sacrificando a su i'dolo; ^ha perdido por esto sus antiguas convicciones?, Ja va- riación de conducta es efecto de un cambio de ideas? Nada de eso: piensa como antes, no se ha desviado un apice de sus convicciones primitivas, solo las ha puesto a un lado. A los pa- rientes, a los amigos que Ie amonestan, que Ie recuerdan sus pro- pias palabras, que Ie hacen los cargos que él mismo dirigia a los demas, que Ie excitan a que tome los consejos que él poco antes diera a los otros, a todos contesta: «si, cierto, tiene usted razón, ya con el tiempo...pero...»

Es decir, que no hay falta de luz en el entendimiento, sino extravio en el corazón; esta seguro de que la dorada copa contie- ne veneno, pero en su ardor febril se la acerca a sus labios con el riesgo, con la certeza de perecer.

Recorra usted todos los vicios, fije su atención sobre todas las pasiones, y echara usted de ver esta contradicción de que voy hablando. Son pocos, poquisimos los hombres que desco- nocen el mal que se hacen, los dahos que se acarrean con su propia conducta, y, sin embargo, jcuan dificil es la enmienda! De donde resulta no ser nada extraho que una persona profundamente convencida de la verdad de la religión, obre contra lo que ella prescribe, y no es prueba de que no crea lo que dice el no ponerlo él mismo en practica.

Si usted hubiese leido obras de moral y de mistica, o conver- sado con hombres experimentados en la dirección de las concien- cias, sabria la triste y angustiosa situación en que se encuentran a menudo muchas almas, y la paciencia que han menester los confe- sores para sufrir y alentar a esos desgraciados que proponen de- jar el vicio, que lloran amargamente sus culpas, que tiemblan por el eterno castigo a que se hacen acreedores, que a fuerza de consejos, de amonestaciones, de remedios y precauciones de to- das clases, Megan quizas a resistir por algün tiempo su funesta inclinación, y, sin embargo, reinciden y vuelven a los pies del confesor y al cabo de algün tiempo tornan a reincidir, padeciendo de esta suerte congojas mortales, hasta que, mas fortalecidos por la gracia, alcanzan a mantenerse firmes, disfrutando asi una vida sosegada y tranquila.

Si no es imposible, antes sucede con mucha frecuencia, que quien profesa una religión pura y severa, viva en la relajación, no es tampoco incomprensible el que otros no sumidos en semejante miseria se porten, no obstante, con, cierta tibleza y frialdad, a pesar de que en su entendimiento se hallen las creencias religiosas muy solidadas, muy firmes y hasta vivas y ardorosas. Son tantas las causas que pueden producir y conservar un estado semejante, que seria enojosa tarea enumerarlas. Baste decir que inconse- cuencias y contradicciones se haMan a cada paso en toda la vida del hombre, que Ie afectan del tal modo las cosas presentes, que por lo comün olvida las pasadas y futuras; que, estando dotado de inteligencia y voluntad, no obstante, sufre también a menudo la tlrania de las pasiones que Ie arrastran por caminos de perdi- ción, aun conociéndolo él mismo. Los ejemplos aducidos y las con- sideraciones que los ilustran, creo que seran suficientes para dejar- le a usted convencido de cuan infundadamente atacaba usted la religión y que, si semejante discurso tuviera alguna fuerza, probaria que muchos no tienen principios morales, pues que obran contra ellos; que muchos son hasta el extremo ignorantes con respecto a lo que conviene a su salud, a sus intereses y honor, porque los per- judican a cada paso con sus actos; que el que come con exceso no conoce que Ie ha de dahar, que quien bebe con destemplanza no sospecha que el vino sea capaz de embriagar, y asi, raciocinando por el mismo tenor, seria preciso afirmar en general que los hom- bres estan faltos de muchos conocimientos, que poseen sin duda alguna. Digamos que el hombre es inconstante, inconsecuente, que Ie afectan demasiado las cosas presentes para que sepa conciliar el interés o el gusto del momento con la felicidad venidera, y estara explicado todo de una manera cabal y satisfactoria, sin su- ponerle mas ignorante de lo que es en realidad.

Otra equivocación de mucha transcendencia padece usted sobre el particular, y es el que segün indica en su apreciada [carta], opina que la religión produce muy poco efecto en la conducta de los hombres; pues que, tanto los creyentes como los incré- dulos, suelen vivir como si no tuviesen nada que esperar ni temer después de la muerte. «Los hombres, dice usted, cuidan de sus negocios, satisfacen sus pasiones o caprichos, torman con- tinuamente, grandes proyectos, en una palabra, viven tan distrai- dos, tan olvidados de su ültima hora, tan sin pensar en lo que podra venir después, que, por lo tocante a la moralidad con respecto al mayor numero, podria decirse que el efecto de la religión es poco menos que nulo.» Para dejar a usted convencido de cuan falso es el hecho que usted asienta con tanta seguridad, basta recordar la profunda mudanza que produjo en las costumbres püblicas la propagación del cristianismo; pues que este solo recuerdo pone fuera de duda que la ensehanza de la religión no es inütil para mo- dificar la conducta de los hombres, y que, antes al contrario, es muy eficaz y el ünico medio del cual es dado prometerse resultados felices y duraderos. También ahora como entonces, cuidan los hombres de sus negocios y tienen pasiones, y se divierten, y viven distraidos y disipados; pero jqué diferencia entre las costumbres antiguas y las modernas! Si lo consintiesen los limites de una carta, podria aducir mil y mil comprobantes de lo que acabo de establecer, manifestando con cuanta verdad se ha dicho que se co- meti'an entonces mas delitos en un aho que ahora en medio si- glo. Recuerde usted las doctrinas de los primeros filósofos de la antigüedad sobre el infanticidio, doctrinas que se vertian con una serenidad para nosotros inconcebible, y que revela el funesto esta- do de la moralidad de aquellas sociedades; recuerde usted los vi- cios nefandos tan generales a la sazón y que entre nosotros estan cubiertos de baldón y de infamia; recuerde usted lo que era la mujer entre los paganos y lo que es en los pueblos formados por la religión cristiana; y entonces echara usted de ver cuantos son los beneficios que ha dispensado al mundo el cristianismo en lo tocan- te a la mejora de las costumbres; entonces comprendera usted cuan errado es el decir que la religión influye poco en la conducta de los hombres.

Nos sucede con mucha frecuencia, cuando tratamos de apre- ciar el bien producido por una institución, que nos paramos üni- camente en los resultados positivos y palpables, prescindien- do de otros que podn'amos llamar negativos, y que, sin embar¬ go, no son menos reales, menos importantes que aquéllos. Aten- demos al bien que hace y no al mal que evita, cuando, para calcu- lar la fuerza y la indole de ella, no deberiamos pararnos menos en lo ültimo que en lo primero. Como la ausencia de un mal, que sin aquella institución hubiera existido, ya es de suyo un gran benefi- cio, es preciso agradecer a ella el haberle evitado, y contar este efecto como la producción de un bien. Para hacer debidamente es¬ te calculo, conviene suponer que la institución no exista y ver lo que en tal caso sucederia. Asi, a quien negase la utilidad de los tri- bunales de justicia, o pretendiese rebajar su importancia, no habria otro método mas a propósito para convencerle, que el que acabo de indicar. Si los tribunales de justicia, se Ie podria decir, os pa¬ reeën de poca utilidad, suponed que se quitan; y que el ratero, el ladrón, el asesino, el falsario, el incendiario y toda la ralea de mal- vados, no tienen que temer otra cosa sino la resistencia o la ven- ganza de sus victimas. Desde luego la sociedad se convertira en un caos, los unos se armaran contra los otros, los criminales se adelantaran mucho mas en su carrera de iniquidad, multiplicandose el numero de ellos de una manera espantosa. ^Quién evita todo esto? Ciertamente los tribunales; y el evitar este mal es sin duda producir un gran bien.

Suponga usted, pues, que la religión no existe, que no se nos da desde nihos ninguna idea de la otra vida, ni de Dios, ni de nuestros deberes. <j,Qué sucederia? Todos senamos profunda- mente inmorales; y asi el individuo como la sociedad caminanan rapidamente hacia la degradación mas abyecta. Y, sin embargo, ateniéndonos al argumento de usted, se podria objetar: ya que cui- damos de nuestros negocios, y vivimos distraidos pensando poco o nada en nuestros deberes, en la otra vida, en Dios, ^de qué nos aprovecha el haber sido instruidos en estos puntos, el haber recibi- do una educación en que se nos inculcaban de continuo dichas verdades? Ya ve usted que, presentada la cuestión bajo este as- pecto, no es posible sostener la solución que usted pretende darle, y claro es que, si este método de argumentar flaquea en el caso presente, no sera muy firme en los otros.

óQuién Ie ha dicho a usted que ese hombre tan distraido, tan disipado, no piensa en la religión que profesa?; ^cree usted que Ie ha de estar revelando de continuo lo que pasa en lo intimo de su corazón, cuando tiene a la vista un cebo que estimula sus pasiones, poniéndolo en riesgo de faltar a su deber?; <j,cree usted que Ie ha de estar narrando cuantas veces las ideas religiosas Ie han retraido de cometer un mal, o han hecho que lo cometiera mu- cho menor?

Una prueba evidente de los muchos efectos que producen en la conducta de los hombres las ideas religiosas y de lo presentes que estan en su memoria, aun cuando parecen haberlas descuida- do del todo, es la rapidez instantanea con que se les ofrecen, tan luego como se hallan en peligro de la vida. Casi puede decirse que se despliegan en un mismo momento el instinto de la conser- vación y el sentimiento religioso.

<j,Cómo obra el instinto de la conservación sobre el curso general de los actos de nuestra vida? Si bien se observa, estamos cuidando incesantemente de conservarnos sin pensar en ello; ha- cemos de continuo actos que tienden a este fin, y, sin embargo, no reparamos en ello. ^Cual es la causa? Es que todo cuanto se liga muy mtimamente con la vida del hombre esta sin cesar presente a sus ojos; no lo mira, pero lo ve; lo piensa, sin pensar que lo piense. Lo que se dice de la vida material, puede afirmarse de la vida del alma; hay un conjunto de ideas de razón, de justicia, de equi- dad, de decoro, que vagan de continuo por nuestra mente, ejer- ciendo incesante influencia en todos nuestros actos. Ocurre una mentira y la conciencia dice: esto es indigno de un hombre; y la palabra que iba a ser pronunciada es detenida por ese sentimiento de moralidad y de decoro. Se habla de una persona con quien se tiene enemistad; viene la tentación de rebajar su mérito, o revelar una de sus faltas, o quizas de calumniarla; y la conciencia dice: esto no lo hace un hombre de bien, esto es una venganza; y el enemigo calla. Hay la oportunidad de defraudar sin que nadie lo sepa, sin que el honor pueda correr ningün peligro, y, sin embargo, no se defrauda; ^quién lo impide? La voz de la conciencia. Hay la tentación de abusar de la confianza de un amigo haciendo trai- ción a sus secretos, explotandolos en provecho propio, y, sin em¬ bargo, la traición no se consuma, aun cuando el amigo victima de ella no pudiese ni siquiera sospecharla; ^quién lo impide? La con¬ ciencia. Estas aplicaciones, que podrian extenderse indefinidamen- te, muestran bien a las claras que el hombre, sin advertirlo, obede- ce muchisimas veces al grito de la conciencia, y que, aun cuando no piensa, o no cree pensar, en ella, ni en Dios, no obstante, obran en su animo esas ideas, y Ie impulsan, y Ie detienen, y Ie ha- cen retroceder y variar de camino, y modificar continuamente su conducta en todos los instantes de su vida.

Si esto se verifica, aun tratandose de los mismos incrédulos, ^qué sucedera con respecto a los hombres, sinceramente religio- sos? A los ojos del mundo podra parecer que ellos se olvidan completamente de sus creencias, que de nada les sirve la fe en verdades grandes y terribles, que el cielo, el infierno, la eternidad, solo se ofrecen a su mente como ideas abstractas, sin relación al- guna con la practica; pero ellos saben muy bien que la eterni¬ dad, y el cielo, y el infierno se les presentan en el acto de que- rer obrar mal, que ora los apartan del camino de la iniquidad, ora los detienen para que no anden por él con tanta precipitación; ellos saben que, después de haberse abandonado al impulso de sus pa- siones, experimentan remordimientos que los atormentan atroz- mente y que los hacen arrepentir de haberse desviado del sende- ro de la virtud. No hay cristiano que no experimente esta in- fluencia de la religión; si es realmente cristiano, es decir, si cree en las verdades religiosas, sufre repetidas veces el castigo de sus malas obras, o disfruta el galardón de las buenas. Esta pe- na, o este premio, lo siente en lo mtimo de su conciencia, y el re- cuerdo de lo que ha gozado en un caso, o padecido en otro, contri- buye a menudo a que no se permita extravios contra lo que Ie prescriben sus deberes.

No dudo que con estas reflexiones se quedara usted conven- cido de que es un error contrario a la razón, a la historia y a la experiencia, lo que usted afirma de que la religión influye poco en la conducta de los hombres. Es cierto que los que la profesan no siempre se portan como debieran; es cierto que encontrara usted hombres que tienen fe, y, sin embargo, son muy malos; pero, no es menos cierto que, en general, la conducta de las personas reli- giosas es incomparablemente mejor que la de los incrédulos. ^Cuantas ha conocido usted que no profesando ninguna religión observen una conducta de todo punto irreprensible? Y cuando esto digo no hablo de cometer delitos de los cuales nos apartan cierto horror natural, el temor de la justicia, y el deseo de conservar la reputación: no hablo de cierta inmoralidad asquerosa y repugnante, de la cual retraen el honor, el decoro, y hasta cierta delicadeza de gusto, fruto de la buena educación; hablo de aquella moralidad se- vera que rige todos los actos de la vida de un hombre, y no Ie per- mite desviarse del camino del deber, aun cuando en ello no se in¬ teresen ni la honra, ni los miramientos de sociedad, ni se opongan otras consideraciones que las inspiradas por una sana moral. Me dira usted que conoce a ciertos hombres que, a pesar de ser irreli- giosos, son incapaces de defraudar, de hacer traición a la amistad, y hasta observan una conducta que, si no es tan rigurosa como yo deseara, esta muy lejos de la disipación y quizas de la liviandad; sera posible que usted conozca a incrédulos que sean tales como usted los pinta; sera posible que por educación, por honor, por de¬ coro, por esa luz interior que Dios nos ha dado y que no alcanza- mos a extinguir con insensatos esfuerzos, ajusten su conducta una y mil veces a la ley del deber cuando no se atraviesa algün podero- so motivo que los impulsa en sentido contrario; pero no ponga us¬ ted a esos mismos hombres a prueba de una tentación violen- ta.

A ese que no cree en nada, ni aun en Dios, y a quien supone usted tan probo, tan incapaz de cometer un fraude, redüzcale usted a la miseria, figüreselo luchando entre el apremio de grandes nece- sidades y la tentación de echar mano de una cantidad ajena, pu- diendo hacerlo de manera que nada pierda su reputación de hom¬ bre de bien, ^qué hara? Usted podra oreer lo que quiera; yo por mi parte no Ie fiaria mi dinero; y me atreveria a aconsejar a usted que tampoco Ie fiara el suyo.

Usted, mi apreciado amigo, hallandose en una posición venta- josa, y sin otras tentaciones de hacer mal que las ofrecidas por las ilusiones de la juventud, no conoce a fondo lo que es esa probidad que no se apoya en la religión. Usted no conoce cuan fragil, cuan quebradiza es esa honradez que a los ojos del mundo se presenta con tanto alarde de firmeza e incorruptibilidad; Ie faltan todavia algunos desengarïos, que recogera usted muy en breve, cuando, rasgandose ese velo tan hermoso con que el mundo se presenta a nuestros ojos en la primavera de la vida, comience a ver las cosas y los hombres tales como son en si; cuando entre en la edad de los negocios, y vea la complicación de circunstancias que en ellos se ofrecen, y asista a esa lucha de pasiones e intereses que tan a menudo coloca al hombre en posiciones criticas y hasta angustiosas, en que el cumplimiento del deber es un sacrificio y a veces un heroismo. Entonces comprendera usted la necesidad de un freno poderoso, de un freno que sea algo mas que considera- ciones puramente terrenas. Entre tanto, queda de usted su afeetf- simo y S. S. Q. B. S. M.

J. B.

Carta XV Destino de los nihos que mueren sin bautismo.

Equivocación del escéptico. Pena de dano y de sentido. Las opi- niones y el dogma. Protestantes y católicos. Santo Tomas. Ambro- sio Catarino. Se defiende la justicia de Dios. El dogma no es duro. Razones.

Mi estimado amigo: La dificultad que usted me propone en su ültima [y] apreciada [carta], aunque no es tan fuerte como usted se figura, confieso que, considerada superficialmente, es bastante es- peciosa. Tiene, ademas, una circunstancia particular, y es que se funda, al parecer, en un principio de justicia. Esto la hace mucho mas peligrosa; porque el hombre tiene tan profundamente gra- bados en su alma los principios y sentimientos de justicia, que, cuando puede apoyarse en ellos, se cree autorizado para atacarlo todo.

Desde luego convengo con usted en que la justicia y la reli- gión no pueden ser enemigas; y que una creencia, fuera la que fuese, que se hallase en oposición con los eternos principios de justicia, debiera ser desechada por falsa. Admitida una de las ba¬ ses sobre que usted levanta la dificultad, no puedo admitir la fuerza de la dificultad misma, por la sencilla razón de que estriba, ademas, en suposiciones completamente gratuitas. No sé en qué catecis- mo habra usted leido que el dogma católico ensehe que los ni¬ hos muertos sin bautismo son atormentados para siempre con el fuego del infierno; por mi parte confieso francamente que no tenia noticia de la existencia de tal dogma, y que, por lo mismo, no me habia podido causar el horror que usted experimenta. Esto me hace suponer que se halla usted como tantos otros, en la mayor confusión de ideas sobre esta importante y delicada materia, y me indica la necesidad de aclararselas algün tanto de la manera que me lo consiente la ligereza de discutir a que me condena la ince- sante movilidad de mi adversario.

Es absolutamente falso que la Iglesia ensehe como dog¬ ma de fe que los nihos muertos sin bautismo sean castigados con el suplicio del fuego, nl con ninguna otra pena llamada de sentido. Basta abrir las obras de los teólogos, para ver reconocido por todos ellos que no es dogma de fe la pena de sentido aplicada a los ninos; y que, antes por el contrario, sostienen, en su inmensa mayoria, la opinión opuesta. Facil me seria aducir innumerables textos para probar esta aseveración; pero lo juzgo inütil, porque puede usted asegurarse de la verdad de este hecho empleando un rato en recorrer los indices de las principales obras teológicas, y ver las opiniones que alli se consignan.

No ignoro que ha habido algunos autores respetables que han opinado en favor de la pena de sentido; pero repito que éstos son en numero muy escaso, que esta contra ellos la inmensa mayoria; y sobre todo insisto en que la opinión de aquellos autores no es un dogma de la Iglesia, y, por consiguiente, rechazo las inculpacio- nes que con este motivo se dirigen contra la fe católica. Por sabio, por santo que sea un doctor de la Iglesia, su opinión no es autori- dad bastante para fundar un dogma: de la doctrina de un autor a la ensehanza de la iglesia va la misma distancia que de la doctrina de un hombre a la ensehanza de Dios.

Para los católicos la autoridad de la iglesia es infalible por¬ que tlene asegurada la asistencia del Espfritu Santo: a esta au¬ toridad recurrimos en todas nuestras dudas y dificultades, en lo cual se cifra la principal diferencia entre nosotros y los protestantes. Ellos apelan al espfritu privado, que al fin viene a parar a las cavila- ciones de la flaca razón, o a las sugestiones del orgullo; nosotros apelamos al Espfritu Divino, manifestado por el conducto estableci- do por el mismo Dios, que es la autoridad de la Iglesia.

Me preguntara usted cual es el destino de estos ninos priva- dos de la gloria, y no castigados con pena de sentido; y hallara quizas que la dificultad renace, aunque bajo forma menos terrible, por el mero hecho de no otorgarles la eterna bienaventuranza. A primera vista parece una cosa muy dura que los ninos, incapaces como son de pecado actual, hayan de ser excluidos de la gloria, por no habérseles borrado el original con las aguas regeneradoras del bautismo; pero, profundizando la cuestión, se descubre que no hay en esto injusticia ni dureza, y si ünicamente el resultado de un orden de cosas que Dios ha podido establecer, y del cual nadie tiene derecho a quejarse.

La felicidad eterna, que, segün el dogma católico, consiste en la visión intuitiva de Dlos, no es natural al hombre, ni a ningu- na criatura. Es un estado sobrenatural al que no podemos llegar sino con auxilios sobrenaturales. Dios, sin ser injusto ni duro, podia no haber elevado a ninguna criatura a la visión beatifica, y establecer premios de un orden puramente natural, ya en esta vi- da, ya en la otra. De donde resulta que el estar privadas de la vi¬ sión beatifica un cierto numero de criaturas, no arguye injusticia ni dureza en los decretos de Dios, supuesto que se habria podido ve- rificar lo mismo con todos los seres criados; y hasta se debiera ha¬ ber verificado, si la infinita bondad del Criador no los hubiese queri- do levantar a un estado superior a la naturaleza de los mismos.

Ya estoy previendo que se me hara la réplica de que la situa- ción de las cosas es ahora muy diferente; y que, si bien es verdad que la privación de la visión beatifica no habria sido una pena para las criaturas que no hubiesen tenido noticia de ella, lo es ahora, y muy dolorosa, para los que se ven excluidos de la misma. Conven- go en que esta privación es una pena del pecado original, pero no en que sea tan dolorosa como se quiere suponer. Para afir- mar esto ultimo seria preciso determinar hasta qué punto conocen la privación los mismos que la padecen, y saber la disposición en que se encuentran, para lamentar la pérdida de un bien, que con el bautismo hubieran podido conseguir.

Santo Tomas observa, con mucha oportunidad, que hay gran diferencia entre el efecto que debe producir en los nihos la falta de la visión beatifica, y el que causa a los condenados. En éstos hubo libre albedrio, con el cual, ayudados de la gracia, pudieron merecer la gloria eterna; aquéllos se hallaron fuera de esta vida antes del uso de la razón: a éstos les fue posible alcanzar aquello de que se encuentran privados; no asi a los primeros, que, sin el concurso de su libertad, se vieron trasladados a otro mundo, en el cual no hay los medios para merecer la eterna bienaventuranza. Los ni¬ hos muertos sin bautismo se hallan en un caso semejante a los que nacen en una condición inferior, en la cual no les es posible gozar de ciertas ventajas sodales de que disfrutan otros mas afortuna- dos. Esta diferencia no los aflige, y se resignan sin dificultad al estado que les ha cabido en suerte.

Tocante al conocimiento que tienen de su situación los ninos no bautizados, es probable que ni siquiera conocen que haya tal visión beatsfica; asi' no pueden afligirse por no poseerla. Ésta es la opinión de Santo Tomas, quien afirma que estos ninos tie¬ nen noticia de la felicidad en general, pero no en especial; y, por lo tanto, no se duelen de haberla perdido: «cognoscunt quidem beati- tudinem in generali, secundum communem rationem, non autem in speciali; ideo de eius amissione non dolent.»

El estar separados para siempre de Dios parece que ha de ser una aflicción muy grande para estos ninos; porque, no pudiéndolos suponer privados de todo conocimiento de su Autor, han de tener un deseo vivo de verle, y han de sentir una pena profunda al hallar- se faltos de dicho bien por toda la eternidad. Este argumento supo- ne el mismo hecho que se ha negado mas arriba, a saber, que los ninos tienen conocimiento del orden sobrenatural. Santo Tomas lo niega redondamente: y dice que estan separados de Dios perpe- tuamente por la pérdida de la gloria que ignoran, pero no en cuanto a la participación de los bienes naturales que conocen: «pueri in originali peccato decedentes sunt quidem separati a Deo perpetuo, quantum ad amissionem gloriae quam ignorant; non ta¬ rnen quantum ad participationem naturalium bonorum, quae cog¬ noscunt.»

Algunos teólogos, entre los que se cuenta Ambrosio Catarino, han llegado a defender que estos ninos tienen una especie de bie- naventuranza natural, la que no explican en qué consiste, por la sencilla razón de que en estas materias solo se puede discurrir por conjeturas. Sin embargo, no dejaré de observar que esta doctrina no ha sido condenada por la Iglesia, siendo notable que el mismo Santo Tomas, tan mesurado en todas sus palabras, no deja de de- cir que estos ninos se unen a Dios por la participación de los bienes naturales, y asi podran alegrarse también de los mis¬ mos con conocimiento y amor natural: «sibi (Deo) coniungentur per participationem naturalium bonorum; et ita etiam de ipso gaude- re poterunt naturali cognitione et dilectione» (22 D. 33., Q. 2, ar. 2.

Ya ve usted que la cosa no es tan horrible como usted se figu- raba; y que no se complace la Iglesia en pintarnos entregados a espantosos tormentos los ninos que han tenido la desgracia de no recibir el bautismo. La pena que padecen estos ninos la compara muy oportunamente Santo Tomas a la que sufren los que, estan- do ausentes, son despojados de sus bienes, pero ignorandolo ellos. Con esta explicación se concilia la realidad de la pena con la ninguna aflicción del que la padece; y henos aqui conducidos a un punto en que permanece salvo el dogma del pecado original y el de la pena que sigue, sin vernos precisados a imaginarnos un numero inmenso de ninos atormentados por toda la eternidad, cuando por su parte no han podido ejercer ningün acto por el cual lo merecie- ran.