SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

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Si la hubiesen excogitado los sacerdotes católicos, no podria ne- garseles la habilidad de haber armonizado su obra con los princi- pios mas esenciales de la religión cristiana.

A propósito de invenciones, facil me seria probarle a usted que el dogma del purgatorio no es un engendro de los siglos de ig- norancia. Hallamos su tradición constante, aun en medio de los desvarios de las religiones falsas; lo que manifiesta que este dog¬ ma, como otros, fue comunicado primitivamente al humano linaje, y sobrenadó en el naufragio de la verdad provocado por el error y las pasiones de la extraviada prole de Adan. Platón y Virgilio no eran sacerdotes de la Edad media; y, sin embargo, nos hablan de un lugar de expiación. Los judi'os y los mahometanos no se habran convenido con los sacerdotes católicos para enganar a los pueblos; no obstante, reconocen también la existencia del purgatorio. En cuanto a los protestantes, no es exacto que todos lo hayan negado; pero, si se empenan en apropiarse esta triste gloria, nosotros no se la queremos disputar: no admitan en buen hora mas penas que las del infierno; quiten toda esperanza a quien no se halle bastante pu- ro para entrar desde luego en la mansión de los justos; corten to¬ dos los lazos de amor que unen a los vivientes con los finados; y adornen con tan formidable timbre sus doctrinas de fatalismo y de- sesperación. Nosotros preferimos la benignidad de nuestro dogma a la inexorabilidad de su error: confesamos que Dios es justo y que el hombre es culpable; pero también admitimos que el mortal es muy débil y que Dios es infinitamente misericordioso. Queda de us- ted su afectisimo y S. S. Q. B. S. M.

J. B.

J. B.

Carta XIX La felicidad en la tierra.

Justos e injustos. Preocupación general sobre la fortuna de los malos. Los males generales alcanzan a todos. La virtud es mas fe- liz. Leyes fisicas y m o ral es. Se debe prescindir de excepciones. Los criminales que caen bajo la ley. Los que la evitan. Ilusión de su dicha. Parangón de buenos y malos. De ambas clases los hay feli- ces e infelices. La diferencia en la desgracia. La preocupación en contradicción con los proverbios. Los ambiciosos violentos. Su suerte. Los intrigantes. Sus padecimientos. El avaro. El pródigo. El disipador. Harmonia de la virtud con todo lo bueno. Hay justicia so¬ bre la tierra.

Mi estimado amigo: La discusión sobre las penas del purgato- rio Ie ha recordado a usted el sufrimiento de los justos, y Ie hace encontrar dificultad en que todavia hayan de estar sujetos a nuevas expiaciones los que tantas y tan duras las padecen en la vida pre¬ sente. «La virtud, dice usted, esta demasiado probada sobre la tie¬ rra, para que sea necesario que pase por un nuevo crisol en las penas de otro mundo. En esta tierra de injusticias e iniquidades, no parece sino que todo se halla trastornado, y que, reservada para los perversos la felicidad, se guardan para los virtuosos todo linaje de calamidades e infortunios. Por cierto que, si no tu- viera el propósito firme de no dudar de la Providencia para no quemar las naves en todo lo tocante a las cosas de la otra vida, mil veces habria vacilado sobre este punto, al ver la desgracia de la virtud y la insolente fortuna del malvado. Quisiera que me res- pondiese usted a esta dificultad, no contentandose con ponerme delante de los ojos el pecado original y sus funestos resultados: porque, si bien podra ser verdad que ésta sea una solución satis- factoria, no lo es para mi, que dudo de todos los dogmas de la reli- gión incluso el de la degeneración primitiva.» No tenga usted cui- dado que yo olvide la disposición de animo de mi contrincante, y que Ie arguya fundandome en principios que todavia no admite. Efectivamente: el dogma del pecado original da lugar a muy importantes consideraciones en la cuestión que nos ocupa; pero quiero prescindir absolutamente de ellas, y atenerme a principios que us- ted no puede recusar.

Desde luego me parece que en la presente cuestión supone usted un hecho que, si no es falso, es cuando menos muy dudoso. Poco importa que la opinión de usted se halle acorde con la vulgar; yo creo que en esto hay una preocupación infundada, que, por ser bastante general, no deja de ser contraria a la razón y a la ex- periencia. Supone usted, como tantos otros, que la felicidad en esta vida se halla distribuida de tal suerte, que les cabe a los malos la mayor parte, llevandose los virtuosos la mas pequena, acibarada, ademas, con abundantes sinsabores e infortunios. Repito que con- sidero esta creencia como una preocupación infundada, incapaz de resistir el examen de la sana razón.

Ya se ha observado que los virtuosos no pueden eximirse de los males que afectan a la humanidad en general, si no se quiere que Dios esté haciendo milagros continuos. Si van muchas personas por un camino de hierro, y entre ellas se encuentra una o mas de sehalada virtud, claro es que, si sobreviene un acci- dente, Dios no ha de enviar un angel para que ponga en salvo de una manera extraordinaria a los viajeros virtuosos. Si pasan dos hombres por la calle, uno bueno, otro malo, y se desploma una ca- sa sobre sus cabezas, los dos quedaran aplastados: las paredes, vigas y techumbres, no formaran una bóveda sobre la cabeza del hombre virtuoso. Si un aguacero inunda los campos y destruye las mieses, entre las cuales se hallan las de un propietario virtuoso, nadie exigira de la Providencia que, al llegar las aguas a las tierras del hombre justo, formen un muro, como en otro tiempo las del mar Rojo. Si una epidemia diezma la población de un pais, la muerte no ha de respetar a las familias virtuosas. Si una ciudad sufre los ho- rrores de un asalto, la soldadesca desenfrenada no dejara de atro- pellar la casa del hombre justo, como atropella la del perverso. El mundo esta sometido a ciertas leyes generales que la Provi¬ dencia no suspende sino de vez en cuando; y que, por lo co- mün, envuelven sin distinción a todos los que se hallan en las circunstancias a propósito para experimentar sus resultados. Sin duda que, a mas de las exenciones abiertamente milagrosas, tiene la Providencia en su mano medios especiales con que libra al justo de una calamidad general o atenüa su desgracia; pero quiero prescindir de estas consideraciones, que me llevarian al examen de he- chos siempre dificiles de averiguar, y, sobre todo, de fijar con pre- cisión; admito, pues, sin repugnancia, que todos los hombres jus- tos e injustos estan igualmente sometidos a los males genera¬ les de la humanidad, ora provengan de la naturaleza fisica, ora dimanen de infaustas circunstancias sodales, politicas o domésti- cas. No creo que pretenda usted hacer por este motivo un cargo a la Providencia; pues Ie considero demasiado razonable para exigir milagros continuos que perturben incesantemente el orden regular del universo.

Aparte, pues, las desgracias generales que alcanzan a los malos como a los buenos, segün las circunstancias en que unos y otros se encuentran, y de las que no puede decirse que afectan mas a los buenos que a los malos, veamos ahora si es verdad que la dicha se halle repartida de tal modo, que su mejor parte sea patrimonio del vicio. Yo creo, por el contrario, que, aun prescin- diendo de beneficios especiales de la Providencia, las leyes fi'si- cas y morales del mundo son de tal naturaleza, que por si solas, abandonadas a su acción natural y ordinaria, distribuyen de tal mo¬ do la dicha y la desdicha, que los hombres vlrtuosos son incom- parablemente mas felices, aun en la tierra, que los viciosos y malvados.

Convendra usted conmigo en que el juicio sobre los grados de felicidad o desdicha no ha de fundarse en casos particulares, sino que debe estribar en el orden general, tal como resulta, y ha de re- sultar necesariamente, de la misma naturaleza de las cosas.

El mundo esta ordenado tan sabiamente, que la pena, mas o menos clara, mas o menos sensible, va siempre tras el delito. Quien abusa de sus facultades buscando placer, encuentra el dolor; quien se desvia de los eternos principios de la sana moral para proporcionarse una felicidad calculada sobre el egoïsmo, se labra por lo comün su desventura y ruina.

No necesito hablar de la suerte que cabe a los grandes de- lincuentes, entregados a crimenes que puede alcanzar la acción de la ley. El encierro perpetuo, los trabajos forzados, la exposición a la vergüenza püblica, un afrentoso patibulo: he aqui lo que en¬ cuentran en el término de una carrera azarosa, llena de peligros, de sobresalto, de raptos de cólera y desesperación, de sufrimientos corporales, de calamidades y catastrofes sin cuento. Una vida y muerte semejantes nada tienen de feliz; en la embriaguez del des¬ orden y del crimen esos desventurados quizas se imaginan que Me¬ gan a gozar; pero óllamaremos verdadero goce al que resulta del trastorno de todas las leyes fisicas y morales, y que se pierde como una gota imperceptible en la copa de angustias y de tormentos agotada hasta las heces? Supongo, pues, que, cuando habla usted de la dicha de los malvados, no se refiere a los que caen bajo la acción de la justicia humana, sino que trata de aque- llos que, mientras faltan a sus deberes atropellando los altos fueros de la justicia y de la moral, insultan a sus victimas con la seguridad de que disfrutan, albergandose tal vez bajo doradas techumbres, en el esplendor de la opulencia y en los brazos del placer.

No niego que, examinada la cosa superficialmente, hay algo que choca e irrita en la felicidad de esos hombres; no desconozco que, ateniéndose a las apariencias, no penetrando en el corazón de semejante dicha, y sobre todo limitandose a casos particulares, y no extendiendo la vista como debe extenderse en esta clase de investigaciones, se queda uno deslumbrado, y asaltan al espiritu los terribles pensamientos: «^Dónde esta la Providencia; dónde es¬ ta la justicia de Dios?» Pero tan pronto como se medita algün tanto, y se torna el verdadero punto de vista, la ilusión desaparece, y se descubren el orden y la harmoma reinando en el mundo con admi- rable constancia.

Aclaremos y fijemos las ideas. Me citara usted un hombre vi- cioso, y quizas perverso, que al parecer disfruta de felicidad do- méstica, y obtiene en la sociedad una consideración que esta muy lejos de merecer; sea en buena hora; no quiero entrar en disputas sobre lo que esta felicidad doméstica encierra de real o de aparen- te, y sobre la dicha interior que producen consideraciones no mere- cidas; quiero suponer que la felicidad sea verdadera, y que el goce que resulta de la consideración sea mtimo, satisfactorio; pero tam- poco podra usted negarme que, al lado de este hombre vicioso y perverso, se nos presentan otros, honrados y virtuosos, que disfru¬ tan igual felicidad doméstica, y obtienen una consideración no infe- rior a la de aquél. Esta observación basta para restablecer el equi- librio y destruye por su base el hecho que usted daba por seguro de que el vicio es dichoso y la virtud desgraciada. Me presentara usted quizas un hombre dotado de grandes virtudes y oprimido con el peso de grandes infortunios: enhorabuena; pero yo puedo mos- trarle a usted el reverso de la medalla, y ofrecerle otro hombre in- moral, afligido con infortunios no menores: y henos aqui otra vez con el equilibrio restablecido. La virtud se nos presenta infortu- nada; pero a su lado vemos gemir el vicio agobiado con el mismo peso.

Ya puede usted notar que no aprovecho todas las ventajas que me ofrece la cuestión, y que Ie dejo a usted en el terreno mas favorable; pues que supongo igualdad de sufrimiento en igualdad de circunstancias infortunadas, y prescindo de la desigualdad que naturalmente debe resultar de la diferente disposición interior de los que sufren la desgracia: lo que para el uno es consuelo, para el otro es remordimiento.

Se echa de ver facilmente que con semejante estadistica de paralelos no resolvenamos cumplidamente la cuestión; y que no podria citarse un caso en un sentido sin que se ofreciese otro pare- cido o igual en el sentido contrario. Observaré, no obstante, que a pesar de la preocupación que hay en este punto, y que llevo confe- sada desde el principio, la constante experiencia del infeliz término de los hombres malos ha producido la convicción de que, tarde o temprano, les alcanza la justicia dlvina, y el buen sentido del pueblo ha consignado esta verdad en proverbios sumamente ex- presivos. El vulgo habla incesantemente de la fortuna de los malos y desgracia de los buenos; pero siguiendo la conversación se Ie sorprende a cada paso en contradicción manifiesta, cuando refiere la maldición del cielo que ha caido sobre tal o cual individuo, sobre tal o cual familia, y anuncia las desgracias que no pueden menos de sobrevenir a otras que nadan en la opulencia y en la dicha. Esto ^qué prueba? Prueba que la experiencia es mas poderosa que la preocupación; y que el prurito de quejarse continuamente, de mur- murar de todo, inclusa la Providencia, desaparece siquiera por momentos, ante el imponente testimonio de la verdad, apoyado en hechos visibles y palpables.

Los que desean elevarse a grande altura sin reparar en los medios, no suelen encontrar la felicidad que apetecen. Si se arrojan a grandes crimenes conspirando contra la seguridad del Estado, en vez de conseguir su objeto, labran su propia ruina. Se puede asegurar que, para uno afortunado, hay cien desgraciados que sucumben sin realizar su designio; asi lo enseha la histo- ria, asi nos lo muestra la experiencia de todos los dias. Los hom- bres que quieren medrar trastornando el orden püblico, estan con- denados a incesantes emigraciones, y muchos acaban por perecer en un cadalso.

Hay ambiciones que se alimentan de intrigas y bajezas, que no tienen el arrojo necesario para el crimen, y que, por consiguien- te, pueden medrar sin grandes riesgos para la seguridad personal. Es cierto que algunas veces esos hombres, que suplen al vuelo del aguila con la lenta tortuosidad del reptil, adelantan mucho en su for- tuna, sin sufrir ninguna de aquellas terribles expiaciones a que es¬ tan expuestos los que se lanzan por el camino de la violencia; pero óquién es capaz de contar los sinsabores, los pesares, las humillaciones vergonzosas que han debido de sufrir para lle- gar al colmo de sus deseos?; ^quién podria pintar los temores y el sobresalto en que viven recelosos de perder lo que han conseguido?; ^quién alcanza a describir las alternativas dolorosas por que han tenido que pasar y estan pasando continuamente, se- gün se inclina hacia ellos, o se retira en dirección opuesta, la gracia del protector que los ha encumbrado?; <j,y qué idea debemos for- marnos, en tal caso, de la felicidad de esos hombres, mayormente si consideramos cuanto ha de atormentarlos la memoria de sus vi- llanias, y el remordimiento por los males que tal vez han causado a hombres beneméritos y a familias inocentes? La dicha no esta en lo exterior, sino en lo interior; el hombre mas rico, el mas opu- lento, mas considerado, mas poderoso, sera infeliz, si su corazón esta destrozado por una pena cruel.

Quien ama con exceso las riquezas hasta el punto de olvi- dar sus deberes con tal que pueda adquirirlas, en vez de lograr la felicidad, se acarrea la desdicha. Los hombres que para adquirir riquezas faltan a las leyes de la moral, se dividen en dos clases: unos trabajan simplemente por amontonarlas, y gozarse en la po- sesión de su tesoro; otros desean tenerlas para disfrutar el placer de gastarlas con lujosa profusión. Aquellos son los avaros; éstos son los pródigos. Veamos qué felicidad se encuentra por ambos caminos.

El avaro disfruta un momento al pensar en las riquezas que posee, al contemplarlas en cautelosa soledad lejos de la vista de los demas hombres; pero este placer es amargado con innume- rables sufrimientos. La habitación estrecha, desaseada, incómo- da, bajo todos sentidos; los muebles pobres y viejos; el traje raido, mugriento, y recordando modas que pasaron hace largos anos; la comida mala, escasa y pésimamente condimentada; la vajilla mise- rable y rota; los manteles sucios; trio en invierno; calor en verano; aborrecido de sus amigos y deudos; despreciado y ridiculizado por sus sirvientes; maldito por los pobres; sin encontrar en ninguna parte una mirada afectuosa, ni oir una palabra de amor ni un acen- to de gratitud: ésta es la dicha del avaro. Si usted la desea, yo por mi parte no pienso envidiarsela.

El pródigo no padece lo que el avaro; disfruta largamente, mientras hay dinero y salud; y, si Mega a sus oidos el acento de las victimas de su injusticia, experimenta algün consuelo con la expre- sión de gratitud de los que reciben sus favores. Pero, a mas del remordimiento que siempre acompana a los bienes mal adquiri- dos, a mas del descrédito que consigo traen los procedimientos in- justos, a mas de las maldiciones que esta condenado a escuchar quien se ha enriquecido a costa ajena, tiene la prodigalidad incon- venientes caractensticos, que al fin acaban por hacer desgraciado al que se habia prometido ser feliz con la profusión de sus rique¬ zas. Los placeres a que conduce la misma prodigalidad, estragan la salud, turban la paz doméstica, deshonran muchas veces a los ojos de la sociedad, y acarrean disgustos de mil clases. Por fin, hay en pos de estos males uno que viene a completarlos: la pobreza. Éstos no son cuadros ficticios, son realidades que encon- trara usted por dondequiera, son ejemplos positivos a los que no falta otra cosa que nombres propios.

La inmoralidad en el goce de los placeres de la vida esta muy lejos de acarrear la felicidad a quien los disfruta. Esta es una verdad tan conocida, que es dificil insistir en ella sin repetir lu- gares comunes, que han llegado a ser vulgares. Las obras de me¬ dicina y de moral estan llenas de avisos sobre los inconvenientes de la destemplanza: las enfermedades de todas especies; la vejez prematura; la abreviación de la vida; padecimientos superiores a toda ponderación: he aqui los resultados de una conducta desarre- glada.

Una mesa opi'para, en magmficos salones, servida con lujo y esplendor, en brillante sociedad, en la algazara de los alegres con- vidados, seguida de los brindis, de festejos, de orquesta, de place- res de todos géneros, es ciertamente un espectaculo seductor: he aqui, mi estimado amigo, una felicidad incomparable, <j,no es ver- dad? Pues aguarde usted un poco; deje que la müsica termine, que se apaguen las bujias, los quinqués y las aranas, y que los convidados se retiren a descansar. Mientras el hombre sobrio y arreglado duerme tranquilamente, los criados del hombre feliz co- rren azorados por la casa; unos preparan bebidas demulcentes, otros disponen el baho; éstos salen precipitadamente en busca del facultativo, aquéllos golpean sin piedad la puerta del farmacéutico: ^qué ha sucedido? Nada; la felicidad de la mesa se ha trocado en dolores agudisimos. El hombre venturoso no encuentra descanso ni en la cama, ni en el sofa, ni en la butaca, ni en el suelo: un frio sudor baha sus miembros; su faz esta cadavérica, sus ojos desen- cajados, sus dientes rechinan, y clama a grandes gritos que se muere. Éstos son los percances de tamaha felicidad: para conocer cuan bien contrapesan semejantes padecimientos el placer de bre- ves horas, seria bueno consultar al paciente y preguntarle si no re- nunciaria gustoso a todos los placeres y festines del mundo, con tal que pudiese aliviarse algün tanto en los dolores que sufre.

Interminable seria si quisiese continuar el parangón entre los resultados del vicio y de la virtud; pero no intento repetir lo que se ha dicho ya mil veces, y que usted sabe tan bien como yo. Baste observar que la felicidad no esta en las apariencias, sino en lo mas intimo del alma: al hombre que experimenta agudos dolores, que vive agobiado de pesares, devorado por una tristeza profunda, o lentamente consumido por un tedio insoportable, <j,de qué sirve la magnificencia de un palacio, ni el brillo de los honores, ni el incien- so de la lisonja, ni la fama de su nombre? La dicha, repito, esta en el corazón; quien no tiene en el corazón la dicha, es infeliz, sean cuales fueren las apariencias de ventura de que se halle ro- deado. Ahora bien; en el ejercicio de la virtud estan armoniza- das las facultades del hombre, en sus relaciones consigo mismo, con sus semejantes, con Dios, asi' con respecto a lo presente como a lo futuro; el vicio trastorna esta harmoma, perturba al hombre interior haciendo que la razón y la voluntad sean esclavas de las pasiones, debilita la salud, acorta la vida con los placeres de los sentidos, altera la paz doméstica, destruye la amistad, sacrifica lo futuro a lo presente; asi el hombre marcha, por un camino de remordimiento y de agitación, hacia el umbral del sepulcro, donde no espera ni puede esperar ningün consuelo, y donde terne encontrar el castigo de sus desórdenes. La felicidad de un ser no puede consistir en la perturbación de las leyes a que se halla sometido por su propia naturaleza; las del orden natural se hallan acordes con las del moral; quien las infringe, paga su merecido; en vez de felicidad, encuentra terribles desventuras.

Ya ve usted, mi querido amigo, que no es tan cierto como us- ted creia que la felicidad de la tierra sea ünicamente para los ma¬ los, y la desdicha para solos los buenos: tengo por indudable que, si se pudiesen pesar en una balanza los grados de felicidad que se reparten entre la virtud y el vicio, pesarian mucho mas los de aqué- lla que los de éste, y que Ie cabe al vicio una cantidad de sufri- mientos incomparablemente mayor que los que experimenta la virtud. Si: hay justicia tamblén sobre la tierra: Dios ha querido permitir muchas iniquidades; ha querido que a veces disfrute el malvado una sombra de felicidad; pero ha querido también que aun en esta vida se palpase la terrible ley de expiación, y a esto hacen contribuir los mismos medios de que se vale el perverso para labrar su ventura. Queda de usted afectisimo y seguro servidor Q. S. M. B.

Carta XX Culto de los Santos.

A os escépticos les falta lectura buena y no son imparciales como pretenden. Lo que deben preguntarse a si mismos. Su poca filoso- fia. Cómo se entiende el culto de los Santos. Cómo se distingue del que se da a Dios. Se rechaza la acusación de idolatrfa. Vaguedad con que se emplean las palabras de grandor y sublimidad. La gra- cia no destruye la naturaleza. Por qué honramos a los Santos. Dife- rencias entre el justo en vida y el santo en el cielo. Veneración de la virtud. Poca logica de los incrédulos en este punto. Se oponen a la razón y al sentimiento. Las imagenes. La religión y el arte. Los Santos bienhechores de la humanidad. Condiciones para la vene¬ ración püblica.

Mi estimado amigo: Cada dia me voy convenciendo de que no esta usted tan falto de lectura en materia de religión, como al prin- cipio me habia figurado: conozco que no es lectura lo que Ie falta, sino lectura buena; pues que a cada paso se descubre que ha te- nido bastante cuidado de revolver los escritos de los protestantes e incrédulos, guardandose de echar una ojeada a las obras de los católicos, como si fuesen para usted libros prohibidos. Séame per- mitido observar que una persona educada en la religión católica, y que la ha practicado durante su nihez y adolescencia, no podra sincerarse en el tribunal de Dios del espiritu de parcialidad que tan claro se muestra en semejante conducta. Asegurar una y mil veces que se tiene ardiente deseo de abrazar la verdadera religión tan pronto como se la descubra; y, sin embargo, andar continuamente en busca de argumentos contra la católica, y abstenerse de leer las apologias en que se responde a todas las dificultades, son extre- mos que no se concilian facilmente. Esta contradicción no me coge de nuevo, porque hace largo tiempo estoy profundamente conven- cido de que los escépticos no poseen la imparcialidad de que se glorian, y de que, aun cuando se distingan de los otros incrédu¬ los, porque, en vez de decir «esto es falso», dicen «dudo que sea verdadero», no obstante, abrigan en su animo algunas prevenciones, mas o menos fuertes, que les hacen aborrecer la reli- gión, y desear que no sea verdadera.

El escéptico no siempre se da a si propio exacta cuenta de es- ta disposición de su animo; quizas se hara muchas veces la ilusión de que busca sinceramente la verdad; pero, si se observan con atención su conducta y sus palabras, se echa de ver que tiene por lo comün un gozo secreto en objetar dificultades, en referir hechos que lastimen a la religión; y por mas que se precie de templado y decoroso, no suele eximirse de dar a sus objeciones un tono apasionado y frecuentemente sarcastico.

No quisiera que usted se ofendiese por estas observaciones; pero, hablando con ingenuidad, también desearia que no se olvida- se de tomarlas en cuenta. No perdera usted nada con examinarse a si propio, y preguntarse: «^es cierto que buscas sinceramente la verdad?; ^es cierto que en las dificultades que objetas al catolicis- mo, no se mezcla nada de pasión?; <j,es cierto que no se te ha pe- gado nada de la aversión y odio que respiran contra la religión ca- tólica las obras que has leido?» Esto quisiera que usted se pregun- tase una y muchas veces, puesto que, a mas de hacer un acto pro¬ pio de un hombre sincero, allanaria no pocos obstaculos que impi- den llegar al conocimiento de la verdad en materia de religión.

Me dira usted que no puede menos de extrahar las observa¬ ciones que preceden, cuando en su polémica ha conservado mayor decoro de lo que suelen los que combaten la religión. No niego que las cartas de usted se distinguen por su moderación y buen tono; y que, no profesando mis creencias, tiene usted bastante delicadeza para no herir la susceptibilidad de quien las profesa; sin embargo, no he dejado de notar que, no obstante sus buenas cualidades, no se exime usted completamente de la regla general; y que, al dispu- tar sobre la religión, adolece también del prurito de tornar las cosas por el aspecto que mas pueden lastimarla; y que, con advertencia o sin ella, procura usted eludir el contemplar los dogmas en su elevación, en su magmfico conjunto, en su admirable harmoma con todo cuanto hay de bello, de tierno, de grande, de sublime. Re- petidas veces he tenido ocasión de observar esto mismo; y por ahora no veo que lieve camino de enmendarse. Asi, creo que me dispensara usted si no Ie exceptüo de la regla general y Ie conside- ro mas preocupado y apasionado de lo que usted se figura.

Precisamente en la carta que acabo de recibir, esta triste ver- dad se me presenta de bulto, de una manera lastimosa. A pesar de las protestas, se esta descubriendo en toda ella el dejo del fanatis¬ me» protestante y de la ligereza volteriana; y dificilmente podria creer que, antes de escribirla, no consultase usted algunos de los oraculos de la mal llamada reforma o de la falsa filosofia. Por mas que hable usted con respeto de las creencias populares, y del en- canto que experimenta al presenciar el fervor religioso de las gen- tes sencillas, se trasluce que usted contempla todo eso con un be- nigno desdén, y que considera pagar bastante tributo a la sinceri- dad de los creyentes, con abstenerse de condenarlos y ridiculizar- los a cara descubierta. Agradecemos la bondad, pero tenga usted entendido que las creencias y costumbres de esas gentes sencillas tienen mejor defensa de lo que usted se imagina; y que, lejos de que el culto y la invocación de los Santos y la veneración de las reliquias y de las imagenes, hayan de ser el pabulo religioso de solas las gentes sencillas, pueden prestar materia a considera- ciones de la mas alta filosofia, manifestandose que no sin razón se confundieron en este punto con los crédulos y los ignorantes, ge- nios tan eminentes como San Jerónimo, San Agustin, San Bernar- do, Santo Tomas de Aquino, Bossuet y Leibnitz.

Al leer el nombre de este ultimo, creera usted que se me ha deslizado la pluma, y que lo he puesto por equivocación. Leibnitz protestante ^cómo es posible que defendiera en este punto las doctrinas y practicas del catolicismo? Sin embargo, escrito esta en sus obras, que andan en manos de todo el mundo; y no tengo yo la culpa si el autor de la monadologia y de la harmoma prestabilita, el eminente metafisico, el insigne arqueólogo, el profundo naturalista, el incomparable matematico, el inventor del calculo infinitesimal, se hal la de acuerdo en este punto con las gentes sencillas, y es algo menos filósofo de lo que son tantos y tantos que no conocen mas historia que los compendios en dieciseisavo, ni mas filosofia que los rudimentos de las escuelas, mal aprendidos y peor recordados; ni mas geometria que la definición de la linea recta y de la circunfe- rencia.

Insensiblemente me he ido extendiendo en consideraciones generales, y el preambulo de la carta se ha hecho demasiado lar¬ go, aunque estoy muy lejos de creerle inoportuno. Conviene ciertamente discutir con templanza, pero ésta no debe llevarse hasta tal punto, que se olvide el interés de la verdad. Si alguna vez es necesario advertir a Vds. el espiritu de parcialidad con que proce- den, es preciso hacerlo; y, si otras veces puede interesar el obser- varles que discuten sin haber estudiado y combaten lo que ignoran, es preciso no escrupulizar en ello.

El culto de los Santos Ie parece a usted poco razonable; y hasta lo juzga poco conforme a la sublimidad de la religión cristia- na, que nos da tan grandes ideas de Dios y del hombre. <j,Por qué se opone a estas grandes ideas el culto de los Santos? Porque «parece que el hombre se humilla demasiado, tributando a la cria- tura obsequios que solo son debidos a Dios». Desde luego se echa de ver que se halla usted imbuido de las objeciones de los pro- testantes, mil veces soltadas, y mil veces repetidas. Aclaremos las ideas.