Y <j,qué diremos de los siglos siguientes? Se habla de la paz de Constantino, se ponderan las ventajas que de ella resultaron a la Iglesia; es cierto; pero no lo es menos que aquella paz fue a me- nudo interrumpida, con frecuencia muy amargada, y que el Divino Esposo no Ie dejó olvidar un momento que estaba en tierra de pe- regrinación, que era militante, y que no Ie era dado disfrutar aqui abajo de la calma y felicidad que Ie estan reservadas para cuando la Jerusalén de este mundo esté absorbida en la celestial. En el mismo siglo en que la cruz se enarboló sobre el trono de los Césa- res, experimentó la Iglesia tantos sinsabores, que dificilmente se los causaran mas dolorosos los rigores de la persecución. ^Quién ignora la turbación y desastres acarreados por los cismas de los Donatistas, Melecianos y Luciferianos? Las Iglesias de Africa, de 60 60 Egipto, de Asia, vieron erigido altar contra altar, divididos escanda- losamente los fieles, hecha pedazos la tünica inconsütil de Jesu- cristo. Y <j,qué sera si recordamos las muchas herejias que a la sa- zón se levantaran, y particularmente las de Arrio y Macedonio? Pe- nosas son en nuestra época las tareas de aquellos a quienes puso el Espiritu Santo para regir la Iglesia de Dios; pero penosas eran también las de los obispos que formaban los concilios de Nicea y de Constantinopla. Y no faltaban también emperadores que afligian a la Iglesia, extralimitandose de sus facultades y entrometiéndose en los negocios puramente eclesiasticos, y habia también un Ju- liano apóstata que se complacia en abatirla y humillarla, y habia también escritores venenosos que derramaban por todas partes sus funestas doctrinas; y los apologistas de la religión se veian precisados a trabajar sin descanso, a multiplicarse, por decirlo asi, para hacer frente a los muchos puntos que reclamaban el auxilio de su saber y de su elocuencia en defensa de la religión. San Atana- sio, San Cirilo, San Basilio, los dos Gregorios, San Epifanio, San Ambrosio, San Agustin, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, y otras lumbreras de aquel siglo, recuerdan los empehados comba- tes que a la sazón sostuvo la verdad contra el error, supuesto que para alcanzar la inmortal Victoria se empenaron en la lucha tantos gigantes.
Sigue luego la irrupción de los barbaros, y la Iglesia, lejos de disfrutar la época bonancible que parecia necesitar para su des¬ canso, se encuentra entre la ferocidad de los invasores, los estra- gos que en ellos habia hecho el arrianismo, el ciego y caviloso pru- rito de disputa de los emperadores de Oriente, y el espiritu de re- sistencia a la autoridad que se desenvuelve en diferentes herejias. jCuantos concilios! jCuantas decisiones de los Papas! jCuantos escritos de varones eminentes por su santidad y sabiduria! jCuan¬ tos vaivenes en los pueblos sometidos a la Iglesia! jCuantas osci- laciones en la fe! ^Dónde esta esa calma que algunos echan de menos; ese predominio no disputado, esa envidiable bonanza en que se imaginan la barquilla de San Pedro, surcando un mar sose- gado y tranquilo?
De esta suerte, y con varia, pero siempre agitada fortuna, se llegó al siglo X; en él no hubo herejias, pero en cambio habia una profunda ignorancia, madre de la corrupción, que a su vez engen- 61 dra también los mas detestables errores: «aeternam timuere saecu- la noctem.» Tomaron cuerpo entonces las violencias de los princi¬ pes salidos de la barbarie; se entronizó el feudalismo, siguió la lu- cha de los pueblos contra los senores, y de éstos entre si y con los reyes; brotando de ese caos nuevas herejias con un caracter mas practico, mas invasor, mas amenazador que las antiguas. No nece- sito recordarle a usted, mi estimado amigo, los nombres de los que, ora con las armas, ora con la pluma, ora con la predicación, se desencadenaron contra la Iglesia; la historia de estos errores y con- tiendas es inseparable de la de Europa; solo diré que la aparición del protestantismo, si bien fue una catastrofe de imponderables consecuencias, no fue, sin embargo, un hecho del todo nuevo, sino que tomó un caracter peculiar a causa de la época en que nació.
Grandes males tiene que llorar actualmente la Iglesia, pero mucho dudo que sean iguales a los del siglo decimosexto y si- guiente: ni en errores, ni en desastres, parece que nada dejaban que desear al genio del mal. Por lo que toca al siglo pasado, esta demasiado cerca de nosotros para que sea necesario mentarle si- quiera; baste recordar que se abrió con las disputas y la terquedad del jansenismo, y se cerró dignamente con la Constitución del clero y las persecuciones de la Convención.
No me he propuesto hacer ni un ligero bosquejo de las contra- riedades que en todos tiempos ha sufrido la Iglesia, para que pu- diesen compararse con las que padece en el nuestro, y si ünica- mente echar alla y aculla algunas plumadas, que al menos recor- dasen los principales acontecimientos que tan trabajosa y gloriosa a la vez nos presentan su historia. Con esto desearia que se con- solasen los fieles que con excesiva aflicción contemplan los males de nuestra época, reflexionando que no es tan cierto como ellos quizas se imaginan, que éste sea el tiempo en que Dios ha permitido que campease con mas audacia el poder del principe de las tinieblas. Al menos por mi parte abrigo sobre este particular fuertes dudas, que se ofreceran a cualquiera que repase con aten- ción los anales eclesiasticos.
Ateniéndonos a lo sucedido durante el siglo pasado y el pre¬ sente, se me dira que en Francia la fe ha perdido mucho, y se me recordara que lo propio acontece en Portugal, Espaha e Italia; pero yo replicaré que también ha crecido en Irlanda, que ha ganado mu- 62 cho en Inglaterra y Escocia; y, sin emperïarme en discusiones so- bre la exactitud de la compensación, observaré que la Iglesia ha conquistado en nuestra época una ventaja inmensa, cual es, que entre los paises mas civilizados y cultos no hay ninguno donde se la mire con hostilidad perseguidora. Y no se me cite en contrario el ejemplo de Rusia, ni un extravio pasajero del gobierno de Prusia, ni las anomalias de otros paises: la causa de la religión parece mas bella cuando se enlaza con los recuerdos de nacionalidad de un pueblo desgraciado; y la Iglesia se presenta mas hermosa y loza- na, cuando tiene por perseguidores el raquitismo en politica y la nu- lidad en filosofia.
Calculan algunos incrédulos la decadencia de la fe, por lo que observan en las personas de su trato; y, como éstas son a me- nudo de las mismas ideas, deducen que la incredulidad es el esta- do normal de los entendimientos. Acontece en este punto lo mismo que en los relativos a costumbres. El Inmoral halla la inmoralidad en todas partes: no hay para él un hombre honrado, una mujer honesta, un magistrado integro, un comerciante de buena fe: la perfidia, la corrupción, el soborno, reinan en todas las almas: y, si bien reparais en su manera de discurrir, sus propios vicios no son mas que el resultado de la profunda convicción de que es enteramente imposible el ejercicio de la virtud. No Ie faltan, ni excelente indole, ni buenos deseos, ni la fuerza de animo necesa- ria para practicar el bien; pero ^qué fruto sacaria de constituirse en unica excepción sobre la tierra? Victima de las malas artes y de las pasiones de sus semejantes, fuera un estéril holocausto ofrecido en las aras de la virtud, de esa diosa que de tan antiguo abandonó, para no volverlas a ver, las moradas sublunares. <j,No es verdad, mi estimado amigo, que asi hablan los hombres inmorales, que tienen bastante conocimiento para reflexionar un poco sobre su estado, creando una especie de filosofia que les sirva de comodm contra los remordimientos de su conciencia? Aplique usted a la increduli¬ dad lo que acabo de decir, y hallara una perfecta analogia. Habla el incrédulo con hombres que comparten sus errores: echan una ojeada sobre el estado de las creencias, y, como cada cual re- cuerda haberse hallado con otros de la misma opinión, cuando menos sus maestros o discipulos, llevan todos su contingente de incredulidad observada en distintos lugares, e infieren, sin vacilar, que la inducción es cumplida, que todos los votos estan recogidos, 63 que la fe no tiene un solo partidario, y esta condenada irremisible- mente, desterrada para siempre del mundo. Fulano, dicen, aparen- ta oreer, pero es hipocresia; Zutano lo finge por interés, Mengano por no contristar a una madre, a una esposa devotas; por lo demas, todos los hombres que piensan estan acordes en este punto; el he- cho es tan cierto, que se halla fuera de discusión.
Con esta seguridad he oido hablar, estos discursos he oido hacer; pero yo, que no podia olvidar lo que he visto con mis ojos; yo, que tampoco habia descuidado observar y recoger hechos so- bre la misma materia, no podia resignarme a abdicar mis opiniones y a suponer errados todos mis calculos. Ademas, encontraba tam- bién otro motivo para no dar mucha importancia a las inducciones de mi adversario; sin apariencias de contradecirle, daba a la con- versación un giro que indicarme pudiera las fuentes donde habia bebido ese profundo conocimiento del mundo, el teatro donde ha¬ bia hecho sus observaciones sobre el estado actual de las creen- cias. Desde luego echaba de ver que de las personas y circulos a que se referia, aun cuando él no me lo hubiera dicho, a la legua hubiera yo sospechado que no abundaban de fe; si es que de an- temano no me constaba lo mismo que él me estaba revelando. Le hablaba entonces de otra sociedad, como suele decirse; de otras reuniones, de otros hombres; no tenfa noticia de ellos, no esta- ban en su cuerda. Traia la conversación al movimiento religioso de éste o de aquel pais; pronunciaba el nombre de un autor distingui- do en esta materia; le recordaba un pasaje interesante de una obra escogida; a esta literatura no se habia dedicado mucho; siquiera por amor propio, afectaba tener de esto algunos conocimientos, bien que con la modestia de no manifestarlos; pero yo, para mis adentros, inferia que aquel hombre hablaba de lo que no sabia, que en sus calculos deducfa de lo particular lo universal, y que todo su aparato de observación sobre el estado de las creencias se reducia a noticias de que no carece ninguna persona entendida.
Ni la sociedad, mi estimado amigo, esta toda en las capita- les, ni las capitales se torman exclusivamente de un determi- nado nümero de reuniones, por mas que éstas sean a menudo las mas presumidas y pretenciosas; necesario es extender la vista algo mas alla, cuando se quiere formar juicio sobre el estado de las creencias. No sucede con ellas lo que con el movimiento polfti- 64 co o mercantil. Éstos se limitan a circulos por lo comün muy es- trechos; y, para juzgar de su situación y tendencias, basta regu- larmente colocarse en algunos de los centros en cuyo torno se veri- fican. En negocios de religión es muy de otra manera; sus ramifica- ciones son inmensas, sus raices calan hasta las entranas de la so- ciedad; la soberbia Capital, como la miserable aldea, no se eximen de su influjo, y asi es harto arriesgado el juzgar de ellos por lo que se ha notado en circulos reducidos.
Pero ya esta carta va tomando mas ensanche del que convie- ne; y asi, resumiendo mis ideas, diré que lo que usted llama tan acertadamente la filosofi'a del porvenir, es una de tantas quime- ras como sueha el espiritu humano; que ningün problema resuelve, que nada nos dice sobre las altas cuestiones que se propone ventilar; que sus pronósticos no llevan camino de cumplirse, y que el catolicismo no presenta senales de muerte ni caducidad. Por lo tocante a las profundas mudanzas que en sentir de esos filósofos se han de verificar en la sociedad, convengo con ellos; pero no creo que sea de la manera que los mismos se figuran. No tengo di- ficultad en reconocer que estamos en una época de transición, pero me inclino a pensar que esta transición, lejos de ser caracte- ristica de nuestra época, es, en cierto modo, general a toda la historia de la humanidad; porque es evidente que el género hu¬ mano esta pasando continuamente de un estado a otro. La perfec- tibilidad indefinida de que nos estan hablando sin cesar los filóso¬ fos del porvenir, es también asunto sobre el cual abrigo yo mis dudas; asi como sobre lo que dan por supuesto y enteramente in- cuestionable, de que la humanidad, aun aqui en la tierra, adelanta siempre hacia la perfección, haciendo sin cesar nuevas conquistas. El escepticismo filosófico de que, como Ie dije en una de mis ante- riores, estoy algo tocado, hace que, al oir enunciar alguna proposición demasiado general, no me deje alucinar ni por la celebridad ni el tono magistral de quien la emite; y que, en uso de mi indepen- dencia, examine si el acreditado maestro podria haberse equivoca- do. Esto me ha sucedido con la transición actual, y con la marcha continua de las sociedades, y con las mudanzas que para lo veni- dero se nos pronostican; sobre todos estos puntos Ie diré mis opi- niones en otra que pienso escribirle otro dia. Ahora no puedo ha- cerlo, ya por no alargar demasiado la presente, ya porque «non tantum est otii». Queda de usted su afectisimo S. S. Q. B. S. M.
65 J. B.
66 Carta V La sangre de los martires.
Lo que puede el entusiasmo por una idea. El valor y la fortaleza. Régulo y Scévola. Los martires. Situación horrible en que se en- contraban. La persecución y el entusiasmo. El perseguir una doc- trina no es buen medio para propagarla. Cotejo entre la propaga- ción del cristianismo y la del protestantismo.
Ya veo, mi estimado amigo, que me ha de ser muy diffcil reali- zar el pensamiento que en un principio me propoma de dar cierto orden a la discusión religiosa que ibamos entablando, encerrandola en un cauce del cual no pudiese salir, sin perjuicio de dirigirla por paises amenos, y permitiéndole tortuosidades caprichosas, que Ie quitasen la apariencia de la regularidad escolastica, y diesen a la materia un aspecto agradable y entretenido. Inütiles son todos mis conatos para hacerle entrar a usted en este plan; pues, segün pa- rece, Ie gusta mas el tratar puntos inconexos, divagando como abe- ja entre flores. Aun cuando conozco muy bien los inconvenientes de este sistema de conducta, y, si mal no me acuerdo, se los llevo ya indicados en una de mis anteriores, preciso se me hace el se- guirle a usted por el camino que Ie place sehalarme, para que no Ie venga a usted a la mente que trato de esquivar cuestiones delica- das, y que, envolviendo a mi contrincante en una nube de autorida- des y, de raciocinios teológicos, me propongo ocultar puntos flacos, apartando de ellos el peligro de un ataque. Sin embargo, esta ne- cesidad fuera para mi mas desconsoladora, si usted no se sirviese advertirme que «no carece del conocimiento de las mejores obras que se han escrito en defensa de la religión, y que, reservandose estudiarlas para cuando haya mas tiempo y paciencia, solo intenta en la actualidad aclarar, por via de recreo y esparcimiento, algunos puntos dificiles, como quien quita la broza que impide la entrada a un camino anchuroso».
A decir verdad, no me desagrada que usted haya traido la dis¬ cusión sobre el punto de la sangre de los martires, pues es asun- to sobre el cual hay mucho que decir, y en el que tarde o temprano 67 hubiéramos tenido que entrar, si la controversia hubiese seguido el curso que yo deseaba. Esta sangre es, a no dudarlo, uno de los argumentos més firmes en apoyo de la verdad de nuestra San¬ ta religión, y asi, al examinar las razones que los cristianos pode- mos alegar en defensa de nuestra fe, o, como suele decirse, los motivos de credibilidad, tampoco hubiera yo olvidado el presentarle a usted ese prodigio, en que personas de todas las edades, se- xos y condiciones mueren con heroica fortaleza, por no profanar- se ni con un solo acto que no estuviese conforme con la fe del Cru- cificado.
Pero, antes de hablar yo, quiero que hable usted; y asi, para no confundir las ideas, y con la mira de que ni uno ni otro olvide- mos el verdadero estado de la cuestión, y de que, por consiguiente, la respuesta pueda ser mas cabal y ajustada, reproduciré lo que me dice usted en su apreciada carta: «Respeto como el que mas la fortaleza de animo dondequiera que la encuentro, y confieso inge- nuamente que el heroi'smo del sufrimiento es a mis ojos mucho mas sublime que el heroi'smo del combate. Con esto Ie ahorraré a usted no poco trabajo, pues que asi conocera desde luego que no tiene necesidad de fatigarse en ponderarme ni el nümero de los martires, ni sus atroces tormentos, ni su invicta constancia, ni tampoco en excitar mi entusiasmo, poniéndome delante de los ojos, caducos ancianos, débiles mujeres, tiernos ninos, marchando impavidos a morir por su fe. Dudo mucho que en esta parte me ex- ceda usted en sentimientos de respeto y admiración, asi como no tiene usted que recelar que mi escepticismo llegue hasta levantar dudas sobre la inmensa muchedumbre de dichos martires; no me agrada aguzar mi ingenio para combatir hechos de tan probada verdad. Mis impotentes negaciones no borrarian por cierto las pa- ginas de la historia. Pero, dejando aparte y confesando expresa¬ mente la verdad del hecho, no puedo convenir en que puedan sa- carse de él las consecuencias que Vds., los cristianos, pretenden; porque es bien sabido que el entusiasmo por una idea puede producir semejantes efectos; y en cuanto a la propagación de las creencias cristianas que resultó de la persecución, bien sabe us¬ ted que el secreto de prosperar una causa es el hallarse contraria- da, combatida; el poderse presentar sus defensores con honrosas cicatrices que acrediten profundas convicciones e invicta constan¬ cia el sustentarlas.» No he querido cercenarle a usted ninguna par- 68 te de su argumento, ni escatimarle en lo mas minimo el valor de la dificultad; pero también, me ha de permitir usted que me extienda en la solución de la misma, cual reclama la importancia de la mate- ria.
Ante todo, acepto de buena gana la confesión de que el nu¬ mero de nuestros martires es asombroso, no siéndolo menos las circunstancias de su martirio, ora se atienda a los tormentos, ora a las personas que los sufren. Y cuando la acepto con gusto, es so- lamente por la complacencia que me causa el ver que usted no tra- ta de empenarse en combatir hechos de tan probada verdad; pero no porque sea ésta una confesión a que yo no pudiese obligar a mi adversario: para lograr mi objeto no hubiera debido hacer mas que abrir las paginas de la historia; y, como observa usted muy bien, esas paginas no se borran con impotentes negaciones. Las actas de los martires no son devotas leyendas, inventadas para nutrir la piedad de los fieles; son documentos que han pasado por el cri- sol de la critica mas severa. Ruinart, Mabillón, Natal Alejandro, Fleuri, Tillemón, Papebroche, Holstenio, y otros criticos por cierto nada sospechosos de excesiva credulidad, y cuya inmensa erudi- ción y refinado discernimiento les aseguran completa competencia, hubieran venido en mi ayuda, si usted no hubiese tenido la pruden¬ te precaución de abstenerse de una contienda, en la que no hubie¬ ra llevado ventaja, a pesar de toda la brillantez de su talento; <j,qué valen los raciocinios contra hechos mas daros que la luz del dia? Solo la ciudad de Roma es un argumento irrefragable en con- firmación de la inmensa muchedumbre de los martires. Se ha dicho que los subterraneos de la ciudad eterna eran un gran sepul- cro: jdigna peana de la catedra de San Pedro! «Vimos en la ciudad de Rómulo, decia Prudencio, innumerables cenizas de santos: si preguntas, oh Valeriano, por las descripciones de los tümulos y los nombres de las victimas, dificil se hace el responderte; jtan grande es el nümero de los justos sacrificados por el furor impio de Roma idólatra! Hay en muchos sepulcros algunas letras que nos indican el nombre del martir o contienen breve alabanza; pero hay marmo- les mudos que encierran silenciosa muchedumbre y que solo signi- fican el nümero. jCuantos cümulos de cadaveres sin ningün nom¬ bre! Me acuerdo que en solo un lugar vi las reliquias de sesenta, cuyos nombres solo conoce Cristo.»
69 Innumeros cineres sanctorum Romula in urbe Vidimus, o Christo Valeriane sacer: Incisos tumulis titulos, et singula quaeris Nomina? Difficile est, ut replicare queam, Tantos iustorum populos furor impius hausit Quum coleret pathos Troya Roma Deos, Plurima litterulis signata sepulcra loquuntur Martyris aut nomen, aut epigramma aliquod, Sunt et muta tarnen tacitas claudentia turbas Marmora, quae solum significat numerum, Quanta virum iaceant congestis corpora acervis Nosse Heet, quorum nomina nulla legas, Sexaginta illic defossas mole sub una Reliquias memini me didicisse hominum, Quorum solus habet comperca vocabula Christus.
Asi hablaba en el siglo cuarto este insigne espanol; por donde se echa de ver que, ya en aquellos tiempos, causaban los subte- rraneos de Roma la profunda y religiosa admiración que producen en los viajeros de nuestra época. Diez persecuciones cuenta la Iglesia bajo los emperadores gentiles, que son las de Nerón, Domiciano, Trajano, Antonio Vero, Severo, Maximino, Decio, Vale- riano, Aureliano y Diocleciano; en todas se cometieron horrendas atrocidades: y es necesario tener en cuenta que no se limitaba la persecución a pocos puntos, sino que se extendia por todo el am- bito del imperio. Espanto causa el leer en los autores contempo- raneos las tremendas escenas que ofrecia a cada paso la cruel- dad de los perseguidores luchando con la firmeza de los martires: jamas religión alguna se vio sometida a tan dura prueba: jamas se 70 70 mostró con mas evidencia la humanidad elevada a una altura in- mensamente superior a sus fuerzas.
El entusiasmo por una idea dice usted que puede producir semejantes efectos; esta dificultad exige una respuesta detenida. No negamos nosotros que puedan venir casos en que una persona se exalte de tal suerte por una idea, afecto, o interés, que sea ca- paz de sacrificar su existencia: los ejemplos no fueran dificiles de encontrar en la historia de los tiempos pasados, y no faltan tampo- co en los nuestros. Pero no se trata aqui de saber hasta dónde pueden llegar la fuerza y energia moral de este o aquel individuo, vivamente poseido de un objeto; no se intenta disputar la posibili- dad de dar gustoso la vida por él, y hasta de sufrir atroces tormen- tos: la fuerza de nuestro argumento no consiste en semejantes aserciones, desmentidas por la razón y la historia; lo que decimos nosotros es que, atendida la humana flaqueza, no es posible sin particulari'sima asistencia del cielo que por espacio de tres si- glos, en todos los puntos del orbe conocido, se hayan encon- trado en tan asombroso nümero personas de todas edades, sexos y condiciones, que hayan perdido alegres su haciënda, su honor a los ojos del mundo, y acabado finalmente su vida entre los tormentos mas crueles, solo por no querer abando- nar la fe del Crucificado; esto decimos, y a quien nos contradiga, Ie exigiremos que nos muestre en los fastos de la humanidad un ejemplo semejante: no contentandonos con éste o aquel ejemplo aislado, Ie pediremos que nos lo presente a millares de millares como podemos presentarlos nosotros; y, seguros de que no Ie ha de ser posible, creeremos estar en nuestro derecho cuando afir- memos que nuestra religión tiene un caracter de que estan desti- tuidas las otras.
Me dice usted «que todo pais ha tenido sus martires, pues martires pueden apellidarse los que mueren por la independencia de su patria, sacrificando generosamente su existencia a la felici- dad de sus compatricios; y que, sin embargo, no se ha creido nun- ca que para semejantes actos fuese necesaria una gracia especial del cielo». Esta observación, mi estimado amigo, me hace sospe- char que usted no ha meditado mucho sobre el corazón humano en sus relaciones con los sacrificios, pues que de tal manera confunde las ideas, y no distingue cuales son los que se nos hacen mas cos- 71 tosos. ^No ha pensado usted nunca en lo que va de valor a fortaleza, en la inmensa distancia que media entre acometer con de- nuedo un peligro o esperarle con calma, entre arrostrar un riesgo pasajero y tolerar resignadamente una larga cadena de trabajos y tormentos? Los hombres capaces de lo primero son en nümero muy crecido, pero son muy contados los que alcanzan a lo segundo. La razón lo convence; la historia y la experiencia lo ates- tiguan.
Es bien sabido que uno de los principales resortes que hacen mover al hombre, cuando obra en el orden puramente natural, son las pasiones; sin ellas, el corazón esta frio; la razón combina, pero el brazo no ejecuta. Y, cuando de pasiones hablo, no me refiero tan solo a inclinaciones malas, ni a movimientos del animo hasta tal punto exaltado, que pierda de vista los principios de la sana razón y los consejos de la prudencia. Bajo el nombre de pasiones, com- prendo también todos los sentimientos legitimos y generosos, todas las afecciones del alma, aun las mas tranquilas y templadas, con tal que no pertenezcan al orden de la pura razón, y a los actos de voluntad que solo dimanan de aquélla; comprendo todos los impulsos espontaneos que nos llevan a un objeto como instintiva- mente, prescindiendo de la dirección del entendimiento: en una pa- labra, y para expresarme en lenguaje menos exacto, pero mas llano y quizas mas acomodado al comün de los espiritus, por pa¬ siones entiendo todo lo que suele llamarse movimientos del cora¬ zón.
Sabemos por la experiencia propia y la ajena que, cuando es¬ tos movimientos existen, nos hallamos mas dispuestos a obrar en el sentido en que ellos nos impulsan, y que, cuando faltan, por mas profundas que sean nuestras convicciones, y firme y decidida la voluntad, estamos tocados de una debilidad, de una indolencia, que necesitamos hacer grande esfuerzo para vencerlas, si la ac- ción de que se trata se opone en algo a nuestras inclinaciones na- turales. Supónganse dos hombres igualmente persuadidos del mérito de la beneficencia, en igualdad de medios para ejercerla, en idéntica oportunidad para practicarla; pero de tal suerte, que el uno esté dotado de un corazón compasivo y bondadoso, mientras el otro lo tenga naturalmente trio. La parte superior del alma, es decir, la razón y la voluntad, se hallan en el mismo estado en el primero 72