SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

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En medio de mi aflicción, no crea usted, mi estimado amigo, que yo extrane semejante lenguaje; no es usted el primero de quien lo he oido; pero permitame cuando menos que Ie haga ad- vertir que con sus palabras a nada responde, nada prueba, nada afirma, nada niega; no hace mas que desahogarse estérilmente pintando con pocas palabras el verdadero estado de su espiritu. Tiene a la vista la verdad, y no se siente con fuerza para abrazarla; se abalanza hacia ella un momento, y luego, dejandose caer desfa- llecido, dice «no puedo». Entonces habla usted de este porvenir de que usted mismo se reia en una de sus anteriores, habla de esa transición que no sabe en qué consiste; duda, fluctüa, aguarda pa¬ ra mas alla el resolverse, lo aplaza para los tiempos futuros, para esos tiempos, jayl, en que usted habra, ya dejado de existirl...jTriste consuelo! jEngahosa esperanza!

Pero, si usted desfallece, mi querido amigo, no debo yo desfa- llecer; Dios ha comenzado la obra, Él la acabara; yo tengo un dulce presentimiento de que usted no morira en brazos del escepticismo; usted dice que desea de corazón encontrar la verdad; persevere usted en su propósito; yo confio que no dejara de mostrarsela el que vertió su sangre por usted en la cima del Calvario.

Bien se deja conocer que no estara usted muy dispuesto para recibir una contestación que verse principalmente sobre asuntos puramente religiosos; el escepticismo del siglo ha vuelto a ejercer su ascendiente sobre usted de una manera lastimosa, y, saliendo 86 de golpe del terreno de la discusión, se ha echado a divagar por las regiones del socialismo y del porvenir, hablandome de transiciones, de época critica, y de no sé cuantas cosas por este tenor. Dicho tengo ya que Ie seguiré a usted por donde Ie pluguiere; si hoy no Ie gusta que tratemos de dogmas, los dejaremos a un lado; y, toda vez que me habla de transición, de transición Ie hablaré yo.

Le dije a usted en una de mis anteriores que no creia caracte- ristico de nuestra época la transición, y que ésta habia sido co- mün a todos los siglos, por no poder convenir en que bajo este concepto se verifique ahora algo que con mas o menos semejanza no se haya verificado siempre. Pero, cuando esto afirmo, hablo principalmente de los pueblos que se mueven, no de aquellos que, helados en medio de su carrera, permanecen fijos como estatuas al través de la corriente de los siglos. Si a éstos exceptuamos, y diri- gimos a los demas nuestras miradas, veremos, en primer lugar, que los griegos y romanos vivieron en perpetua transición. Na- da tiene que ver el siglo de Dracón con el de Solón, ni el de éste con el de Alcibiades; y ni a uno ni otro se parecen el de Alejandro y el de Demetrio. Y, sin embargo, estos siglos estaban muy cercanos unos de otros; lo que nos indica que la sociedad griega pasaba in- cesantemente de un estado a otro muy diferente. No es muy largo el espacio transcurrido entre Bruto que arrojó a Tarquino y Bruto matador de César; pero véase cuantas y cuan variadas fases pre- senta el estado social y politico de los romanos. Observaciones analogas podrian hacerse con respecto a otros pueblos antiguos; y, aun por lo tocante a los que llamamos inmóviles, es menester no olvidar que nos son poco conocidos, que su historia mtima, la que nos retrataria sus ideas religiosas, sus costumbres domésticas, su organización social, su legislación, ha quedado en la mayor parte oculta a nuestros ojos, sepultada en los escombros de los tiempos, sin que hayamos adquirido apenas otras noticias que las transmiti- das por historiadores extranjeros, mas que un conocimiento muy ligero y superficial. La ciencia moderna se esfuerza en suplir este defecto, pero ^cuan dificil no es acertar la verdad, a tanta distancia de épocas, en lenguas tan poco parecidas, en ideas y costumbres tan desemejantes? Como quiera, todavia puede afirmarse que di- chos pueblos han estado muy distantes de hallarse en completa inmovilidad; y que, ademas de lo que sobre los mismos nos mani- fiestan las escasas noticias que de ellos poseemos, la simple refle- 87 xión sobre la naturaleza de las cosas es bastante para inducirnos a conjeturar que los cambios y modificaciones han sido en mayor nümero de lo que sabemos, y de mayor importancia de la que no- sotros calculamos; y que, por tanto, se ha verificado también entre los mismos el hallarse a menudo en estado de transición.

Pero, dejando los pueblos antiguos o poco conocidos y pa- sando a los modernos, a contar desde la aparición del cristianismo, saltan a los ojos el cambio y las modificaciones que incesantemen- te han experimentado; sin que sea dable pronosticar ninguna mu- danza a la sociedad actual, que no se haya realizado equivalente o mayor en las anteriores. Aun cuando diéramos por supuesto que se han de cumplir las mas exageradas predicciones de algunos socia- listas, y poner en ejecución los planes que nos parecen mas des- cabellados, no fuera mas diferente del actual el estado social nue- vo, del que lo son los varios por donde han pasado los pueblos cristianos.

Si los hombres que vivian cuando la esclavitud era general, y se la consideraba como una condición indispensable en toda so¬ ciedad bien organizada, hubiesen oido hablar de un estado seme- jante al que disfrutan los pueblos europeos, no habrian acertado a concebir ni cómo podia mantenerse el orden püblico, ni distribuirse el trabajo, ni proporcionarse comodidades y placeres a las clases ricas; en una palabra, creyeran imposible que sociedades tan nu- merosas pudiesen subsistir faltandoles esa base, para ellos tan ne- cesaria e imprescindible. Decid a un serïor feudal encastillado en su fortaleza que vendra un dia en que todos sus tftulos seran me- nospreciados, en que su nombre y el de todos los de su clase cae- ran en olvido, en que sus descendientes andaran confundidos en medio de los descendientes de esos vasallos pobres y desvalidos que mira con orgulloso desdén, sumisos y humillados al pie de sus almenas; decidle que ese mismo pueblo se levantara contra él, y peleara por largo tiempo, y triunfara, y Negara a ser rico, poderoso, influyente, eclipsando todo el esplendor de sus sehores, y llenando el mundo con la fama de sus hechos; decidselo, y os escuchara con asombro, y se imaginara que Ie referis cuentos de hadas, y que no Ie hablais de veras, o que no estais en sano juicio. <j,Qué mas? No es necesario que las metamorfosis sociales las toméis tan de lejos, para que parezcan increibles; a esos nobles del tiempo de 88 88 Carlos V y de Francisco I, a esos descendientes de los antiguos senores, que van trocando ya la independencia de sus antepasa- dos en heroica fidelidad a sus reyes, que se van trasladando de los campos a las capitales, y caminan rapidamente a pasar de guerre- ros a cortesanos, anunciadles que dentro de tres siglos no seran ellos los que ocupen los altos puestos del Estado, los que guien los ejércitos a la Victoria, los que ejerzan las funciones de la magistra- tura, y que su voto en los grandes negocios no sera considerado como de mas valer que el de los descendientes de esos plebeyos que riegan con su sudor las tierras, que ejercen los oficios humil- des, y que, reunidos en modestos gremios, parecen contentarse con la posición social que les ha cabido después de la guerra de sus antepasados los Comunes; y bien puede asegurarse que esos nobles no os comprenderan, que no creeran nada de cuanto les pronosticais; y, por mas que os esforcéis en mostrarles las sehales que ya bien claras se divisan no en mucha lontananza, pensaran que tomais por una realidad las ilusiones de vuestra fantasia.

Trasladaos a la Europa de los siglos XI y XII, a la Europa de Suger y de San Bernardo, y anunciad a los hombres de aquella época que los ricos monasterios, las opulentas abadias que com- piten en esplendor y magnificencia con los castillos de los senores feudales desapareceran con el tiempo, y que en épocas no muy remotas no quedaran de ellas mas que algunas ruinas, objeto de la curiosidad de los arqueólogos; que ese clero cuya influencia en to¬ dos los negocios es inmensa, y cuyo poder y riquezas no ceden a los de otra clase cualquiera, se vera limitado al recinto de los tem- plos, despojado de sus privilegios, privado de sus bienes, escati- mados sus derechos a la ensenanza, considerado el ministro de la Religión en la categoria del mas humilde ciudadano, si es que to- davia no se Ie rebaja de este nivel negandole lo que a todos se concede; anunciadles, repito, esa mudanza, y veréis cómo la dan por imposible, cómo no conciben su realización a no ser suponien- do que la invasión sarracena ha conseguido sojuzgar el poder cris- tiano, o que nuevas hordas de pueblos desconocidos se han de- rramado por la Europa, y cambiado su faz. No alcanzaran a conce- bir que, sin irrupciones de pueblos barbaros, sin conquista de sa- rracenos, antes bien después de su completa derrota, se llegase, por el simple curso de las ideas y de los acontecimientos, a produ- cir cambios tan profundos en la sociedad.

89 89 Todas las revoluciones que pueden sobrevenir, al fin no po- dran llegar a otro resultado que a alterar la posición y relaciones de los individuos y de las clases. Supóngase las mudanzas que se quieran, y dificilmente se imaginara ninguna, ni con respecto a la propiedad, ni a la organización del trabajo, ni a la distribución de sus productos, ni a la condición doméstica, ni al rango social, ni a la influencia politica, que sea de mas importancia y magnitud que las verificadas en los tiempos que nos han precedido. La transición ha existido como existe ahora; las naciones europeas han pasado in- cesantemente por diferentes estados, o dejando completamente el que teman, o modificandole de mil maneras hasta transformarle en otro que en nada se Ie parece.

Yo deseana, mi estimado amigo, que usted anduviese hacien- do suposiciones hasta las mas arbitrarias y caprichosas, y las cote- jase con los hechos históricos que nadie ignora, y estoy seguro de que se quedaria usted convencido de la verdad de lo que acabo de establecer. «j,Se quiere suponer que las clases menesterosas sal- dran del abatimiento en que se hallan, acercandose mucho a las medias, y aun a las superiores? Véase si los jornaleros de ahora distan mas de sus duehos, que los esclavos de sus amos, y los va- sallos de sus sehores; es cierto que no, y, sin embargo, ni rastro queda en Europa de la antigua esclavitud, y solo se conservan le- ves vestigios del vasallaje, y los descendientes de los que vivian sometidos a estas condiciones, se hallan en la misma categoria que los nietos de aquellos que un dia se vieran colocados a inmen- sa distancia, asi por lo tocante a riquezas, como a honores, consi- deraciones, y todo linaje de distinción y poderio. ^Se quiere supo¬ ner que la propiedad sufrira modificaciones profundas, que su dis¬ tribución estara sometida a leyes muy diferentes? Comparense los siglos medios con el nuestro; parangónese, por ejemplo, la Francia de Carlomagno con la Francia de Napoleon, la de San Luis con la de Luis Felipe. <j,Se quiere imaginar una nueva organización del trabajo, sujetando a otras reglas al operario y al capitalista, alte- rando notablemente sus relaciones, y variando las bases actuales sobre la repartición de los productos? Comparad al colono de aho¬ ra con el vasallo del sehor feudal, al jornalero de nuestros tiempos con el esclavo de los tiempos antiguos. <j,La industria y el comercio deben estar en el porvenir sujetos a nuevas leyes que alteraran la organización interior de los pueblos y sus relaciones en lo exterior?

90 Abrid nuestros códigos de comercio, dad una ojeada a nuestros usos y costumbres sobre este particular, y cotejadlo todo con lo que estaba en practica entre nuestros mayores. Por vasta que sea la escala en que estos ramos se desenvuelvan, por mayor pujanza y poderio que lleguen a adquirir, ^distaran mas del estado actual que el que dista éste del en que se encontraban cuando la Iglesia en sus concilios atendia paternalmente a la protección del naciente trafico mercantil? Las poderosas compamas comerciales de Fran- cia, de Bélgica, de Alemania, de Inglaterra, de los Estados Unidos, ^no Ie parece a usted que distan algo de aquellas caravanas de mercaderes, cuya seguridad en los caminos podian afianzar a du- ras penas las excomuniones de la Iglesia?, ^no Ie parece a usted que en esto ha habido no pequeha transición?

<j,Y qué no podriamos decir, si atendiéramos a las mudanzas sodales y politicas, a la diversidad de posiciones que respectiva- mente han perdido o conquistado las diferentes clases? Un abismo tan profundo nos separa de nuestros antepasados, que, si ellos se levantaran del sepulcro, nada comprenderian de lo que estamos presenciando. ^Dónde esta el poder del feudalismo, de la nobleza y del clero? ^Qué se hicieron las prerrogativas, los privilegios, los honores que disfrutaban? <j,En qué se parecen los tronos de ahora a los tronos de entonces? <j,Qué tienen de semejante nuestras for- mas de gobierno con las antiguas? <j,Qué nuestra administración? ^Qué nuestros sistemas de haciënda? ^Qué nuestras guerras, y nuestra diplomacia? Pensamos de otra manera, sentimos de otra manera, obramos de otra manera, vivimos de otra manera; nuestra condición, asi particular como püblica, se ha cambiado tan completamente, que para comprender lo que fue, nos vemos preci- sados a hacer un esfuerzo de imaginación, la que, sin embargo, so¬ lo es bastante para ofrecernos cuadros muy imperfectos y descolo- ridos. ^Por qué nos parecen tan poéticos aquellos tiempos, mi es- timado amigo?, <j,por qué figuran tanto en nuestra literatura? Por- que distan inmensamente de la realidad que tenemos a la vista.

Quiero yo inferir de aqui que, cuando se nos anuncian gran- des mudanzas en la organización de los pueblos, no debemos re- sistirnos a creerlas por la sola razón de que nos parezcan muy ex- trahas; porque, si bien se observa, la sociedad actual no dista me¬ nos de las anteriores de lo que distaria de la presente la venidera, 91 en las varias combinaciones que se pueden concebir y ensayar. La instabilidad es uno de los caracteres distintivos de las cosas humanas; y poco ha reflexionado sobre la naturaleza del hombre, poco se ha aprovechado de las lecciones de la historia y de la ex- periencia, quien pronostica demasiada duración a lo que de suyo es tan flaco y deleznable. Que la sociedad esté bajo un poder revo- lucionario o conservador, que se procure impulsarla o detenerla, ella varia siempre, pasa sin cesar de un estado a otro, ora mejor, ora peor.

Esta alternativa entre mejor y peor me lleva, mi querido amigo, a otra cuestión, a que, segün se deja entender, es usted un poco aficionado, como no puede menos de serlo, atendido el espiritu de nuestra época. Dicese a cada paso que el progreso es la ley de las sociedades; que no se desvian jamas de ella, y que en medio de las mas terribles revoluciones y catastrofes camina la humani- dad hacia un destino, que, no sabiéndose cual es, se tiene cuidado de cubrirle con un velo dorado. No seré yo quien desaliente el mo- vimiento de la humanidad, disipando lisonjeras esperanzas; bien que tampoco puedo consentir que se establezca, con demasiada generalidad y sin las correspondientes aclaraciones, una proposi- ción que, segün como se entiende, se halla en contradicción con la filosofi'a, la historia y la experiencia.

Es muy frecuente hablar de perfección, de perfectibilidad, de ley de progreso, sin distinguir nada, sin fijar nada; sin expresar si se trata de las sociedades tomadas en particular o en conjunto; es de- cir, sin determinar si la ley cuya existencia se afirma, rige en toda la sociedad, o tan solamente es propia del género humano, conside- rado con abstracción de esta o aquella de sus partes. A los que di- gan que el progreso hacia la perfección es la ley constante de toda sociedad, yo me atreveré a preguntarles: ócual es el progreso que se descubre en el norte de Africa, en las costas de Asia, comparando su estado actual con el que tenian cuando nos daban hombres como Tertuliano, San Cipriano, San Agustin, Filón, Jose- fo, Ongenes, San Clemente, y otros que seria largo enumerar?

Esto no tiene réplica, asi como, por otra parte, nada prueba contra los que afirman que, si bien esta o aquella sociedad decae, la humanidad progresa, que la civilización transmigra, que unos pueblos adquieren lo que otros pierden, y que, de esta suerte, exis- 92 te una verdadera compensación. Asi, por ejemplo, en el caso pre¬ sente, se ha resarcido e indemnizado la humanidad de sus pérdi- das en Africa y en Asia, con el inmenso desarrollo que ha logrado en Europa y América; pues, si se compararan los millones de hom- bres que viven actualmente bajo un régimen civilizado, seria in- comparablemente mayor el numero a lo que era entonces; y, si se ahaden las ventajas que la civilización moderna lleva a la antigua, no solo por traer consigo un mayor y mas perfecto desarrollo inte- lectual y moral, sino también por ofrecer mayor suma de comodi- dades materiales, y disminuir sobremanera los males que afligen a la triste humanidad, sera tanta y tan palpable la diferencia, que no sera posible establecer siquiera un razonable parangón.

Confieso, mi estimado amigo, que estas reflexiones son de gran peso; y que, a mi juicio, deciden la cuestión, desde el punto de vista histórico, considerando en masa la humanidad, y habida ra- zón de las compensaciones arriba indicadas; por manera que tengo por demostrado que la humanidad ha progresado siempre, que su estado fue mejor en los siglos medios que durante la civilización antigua, y que actualmente se aventaja en mucho a la de todos los tiempos anteriores.

^Cómo, me dira usted, es posible olvidar la confusión y las ca- lamidades de la época de la irrupción, y la tenebrosa ignorancia, la asquerosa corrupción que la siguieron? ^Podremos decir que la humanidad del tiempo de Atila era comparable con la del siglo de Augusto? Yo creo, sin embargo, que esto, tan falso y absurdo a primera vista, es rigurosamente verdadero, y ademas susceptible de una demostración tan cabal, que nada deje que desear. La difu- sión de las verdaderas ideas sobre Dios, el hombre y la sociedad, y las relaciones que entre si tienen, la propagación de la civilización a un sinnümero de pueblos que antes vivian en la mas abyecta barbarie, la abolición de la esclavitud, la extensión a la generalidad de los hombres del goce de los derechos de hombre, esto se an- daba realizando en la época de que tratamos, y nada de esto se realizaba en el siglo de Augusto; con perdón, pues, de los manes de Virgilio y de Horacio, opto desde luego por los tiempos apellida- dos barbaros.

<j,Se sonrie usted de la paradoja, mi estimado amigo? <j,Se imagina tal vez que ni yo mismo creo lo que acabo de decir? Pues 93 viva usted seguro de que hablo de todas veras, y que mis palabras son la expresión de convicciones profundas. Ya indicaba en una de mis anteriores que en ciertas materias quizas no llevaba usted tan lejos como yo el espiritu de examen, y que estaba medianamente tocado de escepticismo: esto produce que, en cuanto se me alcan- za, no me dejo deslumbrar por nombres, ni por opiniones recibidas; y por mas seguridad con que oiga afirmar una cosa, me ocurre desde luego un iquién sabe?...que me pone desconfiado y medi- tabundo. A pesar de todo, paréceme que dificilmente me absolvera usted de la blasfemia que acabo de proferir contra el siglo de Au- gusto; y asi menester, sera alegar descargos. Escüchelos usted sin prevención, que al fin no fuera extrano que se conformase con mi modo de opinar.

Y, a la verdad, deslumbradores son los rayos de la ciencia, hechiceros los cantos de la poesia, seductor el brillo de las ar¬ tes; pero si nada de esto sirve para el bien de la humanidad, si ünicamente se limita a realzar el esplendor, y acrecentar y avi- var los placeres de unos pocos que moran en opulentos pala- cios, comiendo del sudor del pueblo, disipando los tesoros que se han amontonado de las provincias estrujandolas con la mayor crueldad, öqué gana en ello el humano linaje? ^Esta civilización y cultura son acaso mas que bellas mentiras? Hay paz, pero esta paz es el silencio de los oprimidos; hay goces, pero son los goces de unos pocos, y la abyección de todos; hay ciencias, bellas artes; pero, postradas a los pies del poderoso, no llenan su misión, que es mejorar la condición intelectual, moral y material del hombre; to¬ do es vicio, prostitución, lisonja; perezca, pues, todo, diria quien desde entonces pudiera extender sus miradas a los tiempos futu- ros; haya guerra, pero guerra regeneradora que ha de cambiar la faz del mundo, llamando a la civilización cristiana cien y cien pue- blos barbaros, destronando a la opresora del orbe, y dando princi- pio a las grandes naciones que nos asombraran con sus adelantos y poderio; haya calamidades püblicas, que al menos no seran ni tan sensibles ni tan afrentosas como esa esclavitud que pesa sobre el mayor numero de los individuos que torman la sociedad antigua, y se andara preparando la era dichosa en que para disfrutar de los derechos de ciudadano bastara ser hombre; perezcan, nada impor- ta, las ciencias y las bellas artes, si estan reservados a los siglos venideros genios prodigiosos como Tasso, Milton y Chateaubriand, 94 Miguel Angel y Rafael, Descartes, Bossuet y Leibnitz; hagase trizas esa civilización falsa, esa cultura raquitica que sanciona el mono¬ polie» de las ventajas sociales, y ceda su puesto a otra civilización y cultura mas grandiosas, mas esplendidas, y, sobre todo, mas justas y equitativas, que Hamen a la participación de ellas un mayor nüme- ro de individuos, abriendo las puertas para que puedan disfrutarlas todos, en cuanto lo consienta la naturaleza del hombre y de los ob- jetos sobre que ejerce su actividad.

En pos de la irrupción y ondulaciones de los pueblos barbaros, vino el feudalismo; sistema social y politico contra el cual podra decirse todo lo que se quiera; pero indudablemente fue un verda- dero progreso, supuesto que, erigiéndose, por decirlo asi, en so- berania la propiedad territorial, se asentaba un principio que, modi- ficado y corregido por el transcurso del tiempo, podia servir mucho para la organización de las sociedades modernas. Habia desorden, opresión, vejaciones, males sin cuento, es verdad; pero al menos se comenzaba a establecer un sistema, se daba asiento a los pue¬ blos vencedores, se arraigaba el amor a la vida agricola y el respe- to a la propiedad, se desarrollaba el espiritu de familia; y las incli- naciones del corazón, encontrando objetos mas estables y apaci- bles, se hacian por necesidad menos turbulentas, se preparaban a la tranquilidad y a la dulzura. Malos como eran los tiempos de los siglos XII y XIII, ^quién no los prefiriera a los que siguieron des- pués de la disolución del imperio de Carlomagno?

Nadie negara que hasta principios del siglo XVI las sociedades europeas anduvieran mejorando rapidamente; por manera que, no verificandose en ningün otro punto del globo decadencia notable, ya que los demas pueblos puede decirse que en general permane- cieron estacionarios, todavia debemos confesar que el linaje hu- mano progresaba. Los grandes descubrimientos que tuvieron lu- gar en el siglo XV, hacian esperar que en el XVI se inauguraria una era de prosperidad y ventura que, rebosando en Europa, se derra- maran por todas las regiones de la tierra. Desgraciadamente el cisma de Lutero vino a desvanecer en buena parte tan halagüe- has esperanzas, y las calamidades que han caido sobre la Europa durante los tres ültimos siglos, podrian hacernos dudar de la pro- posición que llevamos establecida.

95 95 Como quiera, aun llevando en cuenta los males acarreados por los cismas religiosos, y la incredulidad e indiferentismo, que han sido su consecuencia, no me parece que pueda negarse que la humanidad en general haya carecido de la compensación arriba in- dicada. Tomando las cosas en su raiz, es decir, desde que Lutero y sus secuaces dividieron en dos la gran familia europea, debe con- siderarse que las sucesivas conquistas que ha ido haciendo el ca- tolicismo en las Indias orientales y occidentales, resarcen quizas con ventaja las pérdidas que en Europa ha sufrido la unidad de la fe. Si a esto ahadimos que alli donde no se ha establecido la Reli- gión Católica, al menos se han propagado algunas luces del cris- tianismo por medio de una u otra de las sectas disidentes, lo que, tal como sea, siempre es muy preferible a la idolatria o embruteci- miento en que estaban sumidos aquellos paises; si atendemos a los progresos que alli mismo ha tenido el desarrollo intelectual, mo- ral y material del individuo y de la sociedad, resultara que, aun dando a la historia de los tres ültimos siglos en Europa los mas ne¬ gros colores, la humanidad no ha perdido, antes se halla recom- pensada con usura.

Y no es verdad tampoco que la Providencia haya de tal suerte castigado el orgullo europeo en los tres ültimos siglos, que al propio tiempo no haya derramado sobre nosotros un raudal de inestima- bles beneficios. El pais donde nacieron hombres tan eminentes en todos los ramos de conocimientos, que cuenta en todas las regio¬ nes asombrosos genios, y que bajo el aspecto de la religión y de la moral puede ofrecer un San Ignacio de Loyola, un San Francisco de Sales, un San Vicente de Paül y cien y cien otros de heroicas virtudes que realizaron sobre la tierra la vida de los angeles, no puede quejarse de que sea poco favorecido de la Providencia; no puede lamentarse, en medio de sus revoluciones materiales y mo- rales, de que Ie haya cabido mayor parte en el infortunio, de la que caber suele a la desgraciada humanidad.

Esta ültima consideración, mi estimado amigo, me lleva a examinar cual es la causa de esta desazón que de continuo nos atormenta a los europeos, y a cuantos han participado de nuestra civilización. A oirnos cual nos quejamos de la suerte, cual afeamos nuestra situación presente, cual ennegrecemos el porvenir, diriase que soportamos mayor suma de males que ningün pueblo de la tie- 96 96 rra; y, aun comparandonos con nuestros antepasados, pareceria que fueron mucho mas dichosos. Nunca hablaron ellos tanto de transición, de necesidad de nuevas organizaciones, de insufi- ciencia de todo cuanto existe, nunca anunciaron como nosotros esa época que ha de venir realizando el siglo de oro, so pena de hundirse el mundo en un caos, precediendo una conflagración es¬ pantosa.

Cada época ha sufrido sus males, y ha tenido mas o me¬ nos cercanas mudanzas profundas; cada época se ha encontra- do con necesidades, o del todo desatendidas, o mal satisfechas; cada época ha llevado en su seno un germen de muerte para lo existente, que debia ceder su puesto a lo que se encerraba en el porvenir. Ahadiré, ademas, que dudo mucho que los tiempos pre- sentes deban en nada posponerse a los pasados, considerando los pueblos civilizados en general, y prescindiendo de dolorosas ex- cepciones que por necesidad deberan ser pasajeras; y me inclino a creer que no son mayores nuestros males, sino que se abultan en gran manera por dos motivos: 1. Q Porque reflexionamos demasiado sobre ellos; semejantes al enfermo que aguza sus do- lencias haciéndolas objeto continuo de sus pensamientos y pala- bras. 2. Q A causa de que tenemos mayor libertad para quejar- nos, asi de viva voz como por escrito, ahadiéndose, ademas, que la prensa, no siempre con recta intención, lo exagera todo.

Se habla, por ejemplo, de pauperismo; convengo en que es una Naga dolorosa y que merece llamar la atención de todos los hombres amantes de la humanidad; pero lo que desearia saber es qué resultado nos daria el mismo asunto, si lo examinasemos con relación a los tiempos que nos precedieron. <j,Qué mayor y mas do- loroso pauperismo que la antigua esclavitud? Ni en el numero de los infelices, ni en el grado de su infelicidad, ^es comparable aquel estado con el de las clases inferiores de nuestra época? Ya sé que algunos se han adelantado a decir que la suerte de los esclavos negros es preferible a la de nuestros jornaleros; no negaré que, si se consideran no mas que algunos extremos excepcionales, asi en el bien como en el mal; si se torna un esclavo negro, a quien Ie ha- ya cabido un amo racional, prudente, compasivo, que se guie por las inspiraciones de la sana razón y de la caridad cristiana, y se Ie compara con alguno de los jornaleros mas desgraciados, se podra 97 sostener quizas el parangón; pero, hablando en general, y ponien- do de una parte la masa de los esclavos negros, y de otra la de los jornaleros europeos, ^sera preferible la suerte de aquéllos a la de éstos? ^Podra ni siquiera compararsele? No lo creo; y, aun cuando no fuera dable senalar hechos positivos, que por cierto no faltan, bastaria la simple consideración de la naturaleza de las cosas para no dejar indeciso el juicio.

Cuando, abolida la esclavitud en Europa, Ie sucedió el feuda- lismo, durando largos siglos con mas o menos pretensiones, no creo tampoco que la clase pobre se hallase en mejor estado del en que actualmente se encuentra: léase la historia de aquéllos tiem- pos, y no quedara sobre esto ninguna duda. Figurémonos por un momento que las innumerables legiones de folletistas, periodistas y escritores de obras que actualmente inundan los paises civiliza- dos, hubiesen aparecido de repente en medio del feudalismo; que hubiesen podido recorrer el castillo del orgulloso senor, examinan- do sus cómodos aposentos, su lujoso aparato; que Ie hubiesen vis- to salir a una partida de caza, con sus briosos caballos, sus gallar- das escuderos, sus innumerables perros, insultando con la riqueza de sus aderezos la miseria y la desnudez de sus vasallos; que hu¬ biesen presenciado las injustas exigencias, las arbitrariedades, la crueldad con que vejaban a sus sübditos; y supongamos por un momento que en las reducidas poblaciones que alla y aculla se an- daban formando, y que conquistaban tan trabajosamente su inde- pendencia, hubiesen aparecido por ensalmo las prensas de Paris y de Londres, y, aprendiendo también de repente los pueblos a leer, se hubiesen hallado con infinitos escritos donde se narrasen y pin- tasen con los colores que suponer se dejan, las violencias, las in- justicias, el destemplado lujo de los sehores, y la opresión, la mise¬ ria, las calamidades de los vasallos: ^no os parece que el cuadro resultaria negro, que un clamor general se levantaria de los cuatro angulos de la tierra, pidiendo venganza? ^No os parece que se pondria también de acuerdo todo el mundo en que jamas fueron mayores los males de la humanidad; que jamas fue mas urgente aplicarle un remedio, que jamas fue mas necesaria, mas inminente, una profunda mudanza en la organización social?