loco de orgullo, precipitarse en aquellos delirios y extravagancias que tanto lamentaban sus propios amigos; cuando le veo insultar groseramente á cuantos le contradicen, indignarse contra todo lo que no se humilla en su presencia; cuando le oigo vomitar aquel torrente de dicterios soeces, de palabras inmundas, apenas me causa otra impresión que la de lástima: este hombre, que tiene la singular ocurrencia de llamarse _Notharius Dei_, desvaría, tiene medio perdido el juicio, y no es extraño, porque ha soplado, y con su soplo se ha manifestado un terrible incendio; es que había un almacén de pólvora, y su soplo le ha aproximado una chispa, y el insensato que en su ceguera no lo advierte, dice en su delirio: _muy poderoso soy; mirad: mi soplo es abrasador: pone en conflagración al mundo_.
Y los abusos ¿qué influencia tuvieron? Si no abandonamos el mismo punto de vista en que nos hemos colocado, veremos que dieron tal vez alguna ocasión, que suministraron algún pábulo, pero que están muy lejos de haber ejercido la influencia que se les ha atribuído, y no es porque trate ni de negarlos, ni de excusarlos; no es porque no haga el debido caso de los lamentos de grandes hombres; pero no es lo mismo llorar un mal, que señalar y analizar su influencia. El varón justo que levanta su voz contra el vicio, el ministro del santuario devorado por el celo de la Casa del Señor, se expresan con acento tan alto y tan sentido, que no siempre sus quejas y gemidos pueden servir de dato seguro para estimar el justo valor de los hechos. Ellos sueltan una palabra que sale del fondo de su corazón; sale abrasada, porque arde en sus pechos el amor, y el celo de la justicia; y viene en pos de ellos la mala fe, interpreta á su maligno talante las expresiones, y todo lo exagera y desfigura.
Sea lo que fuere de todo esto, bien claro es que, ateniéndonos á lo que dejamos firmemente asentado con respecto al origen y naturaleza del Protestantismo, no pueden señalarse como principal causa de él los abusos; y que, cuando más, pueden indicarse como ocasiones y pretextos. Si así no fuere, sería menester decir que en la Iglesia, ya desde su origen, aun en el tiempo de su primitivo fervor, y de su pureza proverbial, tan ponderada por los adversarios, ya había muchos abusos: porque también entonces pululaban de continuo sectas, que protestaban contra sus dogmas, que sacudían su autoridad, y se apellidaban la verdadera Iglesia. Esto no tiene réplica; el caso es el mismo; y si se alegare la extensión que ha tenido el Protestantismo, y su propagación rápida, recordaré que esto se verificó también con respecto á otras sectas; reproduciré lo que decía San Jerónimo de los estragos del arrianismo: _Gimió el orbe entero y asombróse de verse arriano_. Que, si algo más se quiere citar con respecto al Protestantismo, bastante se lleva evidenciado que lo que tiene de característico, todo lo debe, no á los abusos, sino á la _época en que nació_.
Lo dicho hasta aquí es bastante para que pueda formarse concepto de la influencia que los abusos pudieron ejercer: pero, como este asunto ha dado tanto que hablar, y prestado origen á muchas equivocaciones, será bien, antes de pasar más adelante, detenerse todavía más en esta importante materia, fijando, en cuanto cabe, las ideas, y separando lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo incierto. Que en los siglos medios se habían introducido abusos deplorables, que la corrupción de costumbres era mucha, y que, por consiguiente, era necesaria una reforma, es cierto, indudable. Por lo que toca á los siglos XI y XII, tenemos de esta triste verdad testigos tan intachables como San Pedro Damián, San Gregorio VII y San Bernardo. Algunos siglos después, si bien se habían corregido mucho los abusos, todavía eran de consideración, bastando para convencernos de esta verdad los lamentos de los varones respetables que anhelaban por la reforma; distinguiéndose muy particularmente el cardenal Julián en las terribles palabras con que se dirigía al Papa Eugenio IV, representándole los desórdenes del clero, principalmente del de Alemania. Confesada paladinamente la verdad, pues no creo que la causa del Catolicismo necesite para su defensa del embozo y de la mentira, resolveré en pocas palabras algunas cuestiones importantes.
¿Quién tenía la culpa de que se hubiesen introducido tamaños desórdenes? ¿Era la Corte de Roma? ¿Eran los obispos? Creo que sólo se la debe achacar á la calamidad de los tiempos. Para un hombre sensato bastará recordar que en Europa se habían consumado los hechos siguientes: la disolución del viejo y corrompido imperio romano; la irrupción é inundación de los bárbaros del Norte; la fluctuación y las guerras de éstos entre sí y con los demás pueblos por espacio de largos siglos; el establecimiento y el predominio del feudalismo con todas sus turbulencias y desastres; la invasión de los sarracenos, y su ocupación de una parte considerable de Europa. La ignorancia, la corrupción, la relajación de la disciplina, ¿no debían ser el resultado natural, necesario, de tanto trastorno? La sociedad eclesiástica ¿podía menos de resentirse profundamente de esa disolución, de ese aniquilamiento de la sociedad civil? ¿podía no participar de los males de ese horroroso caos en que se hallaba envuelta la Europa?
¿Faltó nunca en la Iglesia, el espíritu, el deseo, el anhelo de la reforma de los abusos? Se puede demostrar que no. Pasaré por alto los santos varones, que en todos aquellos calamitosos tiempos no dejó de abrigar en su seno; la historia nos los cuenta en número considerable, y de virtudes tan acendradas, que, al paso que contrastaban con la corrupción que les rodeaba, mostraban que no se había apagado en el seno de la Iglesia católica el divino fuego de las _lenguas del Cenáculo_. Este solo hecho prueba ya mucho; pero prescindiré de él, para llamar la atención sobre otro más notable, menos sujeto á cuestiones, menos tachable de exageración, y que no puede decirse limitado á este ó á aquel individuo, sino que es la verdadera expresión del espíritu que animaba al cuerpo de la Iglesia. Hablo de la incesante reunión de concilios en que se reprobaban y condenaban los abusos, y se inculcaba la santidad de costumbres, y la observancia de la disciplina. Afortunadamente este hecho consolador está fuera de toda duda; está patente á los ojos de todo el mundo, bastando, para convencerse de él, el haber abierto una vez siquiera algún libro de historia eclesiástica, ó alguna colección de concilios. Es sobremanera digno este hecho de llamar la atención, y aun puede añadirse que quizá no se ha advertido toda la importancia que encierra. En efecto: si observamos las otras sociedades, repararemos que, á medida que las ideas ó las costumbres cambian, van modificando rápidamente las leyes; y, si éstas le son muy contrarias, en poco tiempo las hacen callar, las arrollan, las echan por el suelo. Pero en la Iglesia no sucedió así: la corrupción se había extendido por todas partes de una manera lamentable: los ministros de la religión se dejaban arrastrar de la corriente, y se olvidaban de la santidad de su ministerio; pero el fuego santo ardía siempre en el santuario: allí se proclamaba, se inculcaba sin cesar la ley; y aquellos mismos hombres ¡cosa admirable!, aquellos mismos hombres que la quebrantaban, se reunían con frecuencia para condenarse á sí mismos, para afear su propia conducta, haciendo de esta manera más sensible, más público el contraste entre su enseñanza y sus obras. La simonía y la incontinencia eran los dos vicios dominantes; pues bien, abrid las colecciones de los concilios, y por dondequiera los encontraréis anatematizados. Jamás se vió tan prolongada, tan constante, tan tenaz lucha del derecho contra el hecho; jamás, como entonces, se vió por espacio de largos siglos á la ley colocada cara á cara contra las pasiones desencadenadas; y mantenerse allí firme, inmóvil, sin dar un paso atrás, sin permitirles tregua ni descanso hasta haberlas sojuzgado.
Y no fué inútil esa constancia, esa santa tenacidad: y así es que á principios del siglo XVI, es decir, á la época del nacimiento del Protestantismo, vemos que los abusos eran incomparablemente menores, que las costumbres se habían mejorado mucho, que la disciplina había adquirido vigor, y que se la observaba con bastante regularidad. El tiempo de las declamaciones de Lutero no era el tiempo calamitoso llorado por San Pedro Damián y por San Bernardo: el caos se había desembrollado mucho; la luz, el orden y la regularidad se iban difundiendo rápidamente; y, por prueba incontestable de que no yacía en tanta ignorancia y corrupción como se quería ponderar, podía la Iglesia ofrecer una exquisita muestra de hombres tan distinguidos en santidad como brillaron en aquel mismo siglo, y tan eminentes en sabiduría como resplandecieron en el Concilio de Trento. Es menester no olvidar la situación en que se había encontrado la Iglesia; es necesario no perder de vista que las grandes reformas exigen largo tiempo; que estas reformas encontraban resistencia en los eclesiásticos y en los seglares, y que, por haberlas querido emprender con firmeza y constancia Gregorio VII, se ha llegado á tacharle de temerario. No juzguemos á los hombres fuera de su lugar y tiempo; no pretendamos que todo se ajuste á los mezquinos tipos que nos forjamos en nuestra imaginación: los siglos ruedan en una órbita inmensa, y la variedad de circunstancias produce situaciones tan extrañas y complicadas, que apenas alcanzamos á concebirlas.
Bossuet, en su _Historia de las variaciones_, después de haber hecho una clasificación del diferente espíritu que guiaba á los hombres que habían intentado una reforma antes del siglo XVI, y después de citar las amenazadoras palabras del cardenal Julián, dice: «Así es como, en el siglo XV, ese cardenal, el hombre más grande de su tiempo, deploraba los males, previendo sus funestas consecuencias; de manera que parece haber pronosticado los que Lutero iba á causar á toda la cristiandad, empezando por la Alemania; y no se engañó al creer que el _no haber cuidado de la reforma_, y el aumento del odio contra el clero, iba á producir una secta más temible para la Iglesia que la de los bohemios.» De estas palabras se infiere que el ilustre obispo de Meaux encontraba una de las principales causas del Protestantismo en no haberse hecho á tiempo la reforma legítima. No se crea, por esto, que Bossuet excuse en lo más mínimo á los corifeos del Protestantismo, ni que trate de poner en salvo las intenciones de los novadores; antes al contrario, los coloca en la clase de los reformadores turbulentos, que, lejos de favorecer la verdadera reforma deseada por los hombres sabios y prudentes, sólo servían para hacerla más difícil, introduciendo con sus malas doctrinas el espíritu de desobediencia, de cisma y de herejía.
Á pesar de la autoridad de Bossuet, no puedo inclinarme á dar tanta importancia á los abusos, que los mire como una de las principales causas del Protestantismo, y no es necesario repetir lo que en apoyo de mi opinión he dicho antes. Pero no será fuera del caso advertir que mal pueden apoyarse en la autoridad de Bossuet los que intenten sincerar las intenciones de los primeros reformadores; pues que el ilustre prelado es el primero en suponerlos altamente culpables, y en reconocer que, si bien existían los abusos, nunca tuvieron los novadores la intención de corregirlos, antes sí de valerse de este pretexto para apartarse de la fe de la Iglesia, substraerse al yugo de la legítima autoridad, quebrantar todos los lazos de la disciplina, é introducir de esta suerte el desorden y la licencia.
Y á la verdad, ¿cómo sería posible atribuir á los primeros reformadores el espíritu de una verdadera reforma, cuando casi todos cuidaron de desmentirlo con su vergonzosa conducta? Si al menos se hubieran entregado á un riguroso ascetismo, si con la austeridad de sus costumbres hubiesen condenado la relajación de que se lamentaban, entonces podríamos sospechar si sus mismos extravíos fueron efecto de un celo exagerado, si fueron arrebatados al mal por un exceso de amor al bien; pero ¿sucedió algo de semejante? Oigamos lo que dice sobre el particular un testigo de vista, un hombre que por cierto no puede ser tildado de fanático, un hombre que guardó con los primeros corifeos del Protestantismo tantas consideraciones y miramientos, que no pocos los han calificado de culpables: es Erasmo, que, hablando con su acostumbrada gracia y malignidad, dice así: «Según parece, la reforma viene á parar á la secularización de algunos frailes, y al casamiento de algunos sacerdotes: y esa gran tragedia se termina, al fin, por un suceso muy cómico, pues que todo se desenlaza, como en las comedias, por un casamiento.»
Esto manifiesta hasta la evidencia cuál era el verdadero espíritu de los novadores del siglo XVI, y que, lejos de intentar la enmienda de los abusos, se proponían más bien agravarlos. En esta parte, la simple consideración de los hechos ha guiado á M. Guizot por el camino de la verdad, cuando no admite la opinión de aquellos que pretenden que «la reforma había sido una tentativa concebida y ejecutada con el solo designio de reconstituir una Iglesia pura, la Iglesia primitiva; ni una simple mira de mejora religiosa, ni el fruto de una utopia de humanidad y de verdad.» (_Historia general de la civilización europea, lección 12._) Tampoco será difícil ahora el apreciar en su justo valor el mérito de la explicación que ha dado de este fenómeno el escritor que acabo de citar. «La reforma, dice M. Guizot, fué un esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad, una insurrección de la inteligencia humana.»
Este esfuerzo nació, según el mismo autor, de la _vivísima actividad_ que desplegaba el espíritu humano, y del estado de _inercia_ en que había caído la Iglesia romana: de que á la sazón caminaba el espíritu humano con fuerte é impetuoso movimiento, y la Iglesia se hallaba _estacionaria_. Ésta es una de aquellas explicaciones que son muy á propósito para granjearse admiradores y prosélitos; porque, colocados los pensamientos en terreno tan general y elevado, no pueden ser examinados de cerca por la mayor parte de los lectores, y, presentados con el velo de una imagen brillante, deslumbran los ojos, y preocupan el juicio.
Como lo que coarta la libertad de pensar, tal como la entiende aquí M. Guizot, y como la entienden los protestantes, es la _autoridad_ en materias de fe, infiérese que el levantamiento de la inteligencia debió ser seguramente contra esa _autoridad_; es decir, que aconteció la sublevación del entendimiento, porque él marchaba, y la Iglesia no se movía de sus dogmas; ó, por valerme de la expresión de M. Guizot: «la Iglesia se hallaba _estacionaria_.»
Sea cual fuere la disposición de ánimo de M. Guizot con respecto á los dogmas de la Iglesia católica, al menos como filósofo debió advertir que andaba muy desacertado en señalar, como particular de una época, lo que para la Iglesia era un carácter de que ella se había glorificado en todos tiempos. En efecto: van ya más de 18 siglos que á la Iglesia se la puede llamar _estacionaria_ en sus dogmas; y ésta es una prueba inequívoca de que ella sola está en posesión de la verdad: porque la verdad es _invariable_, por ser _una_.
Si, pues, el levantamiento de la inteligencia se hizo por esta causa, nada tuvo la Iglesia en aquel siglo que no tuviera en todos los anteriores, y no lo haya conservado en los siguientes; nada hubo de particular, nada de característico; nada, por consiguiente, se ha adelantado en la explicación de las causas del fenómeno; y si por esta razón la compara M. Guizot á los gobiernos _viejos_, ésta es una _vejez_ que la tuvo la Iglesia desde su cuna. Como si M. Guizot hubiese sentido él propio la flaqueza de sus raciocinios, presenta los pensamientos en grupo, en tropel; hace desfilar á los ojos del lector diferentes órdenes de ideas, sin cuidar de clasificaciones, ni deslindes, para que la variedad distraiga y la mezcla confunda. En efecto: á juzgar por el contexto de su discurso, no parece que entienda aplicar á la Iglesia los epítetos de _inerte_, ni _estacionaria_ con respecto á los dogmas, sino que más bien se deja conjeturar que trata de referirlo á pretensiones bajo el aspecto político y económico; pues, por lo que toca á la _tiranía é intolerancia_ que han achacado algunos á la Corte de Roma, lo rechaza M. Guizot como una calumnia.
Supuesto que en esta parte presenta una incoherencia de ideas que parece no debíamos esperar de su claro entendimiento, incoherencia que á muchos se les haría recio de creer, me es indispensable copiar literalmente sus propias palabras, y en ellas aprenderemos que nada hay más incoherente que los grandes talentos, una vez colocados en una posición falsa.
«Había caído la Iglesia, dice M. Guizot, en un estado de inercia, se hallaba estacionaria: el crédito político de la Corte de Roma se había disminuído mucho: la dirección de la sociedad europea ya no le pertenecía, puesto que había pasado al gobierno civil. Con todo, tenía el poder espiritual las mismas pretensiones que antes; conservaba aún toda su pompa, toda su importancia exterior: sucedíale lo que ha acontecido, más de una vez á los gobiernos viejos y que han perdido su influencia: se dirigían de continuo quejas contra ella, y la mayor parte eran fundadas.» ¿Cómo es posible que M. Guizot no advirtiese que nada señalaba aquí que tuviese relación con la libertad del pensamiento, nada que no fuera de un orden muy diferente? El haberse disminuído el influjo político de la Corte de Roma, y el conservar aún sus pretensiones; el no pertenecerle ya la dirección de la sociedad europea, y el conservar ella su pompa é importancia exterior, ¿significa acaso otra cosa que las rivalidades que pudieron existir con respecto á asuntos políticos? ¿Y cómo pudo olvidar M. Guizot que poco antes había dicho que el señalar como causa del Protestantismo la _rivalidad de los soberanos con el poder eclesiástico_, no le parecía _fundado_, ni muy _filosófico_, ni en correspondiente _proporción con la extensión é importancia de este suceso_?
Si algunos creyesen que, aun cuando todo esto no tuviera relación directa con la libertad del pensamiento, no obstante, se provocó la sublevación intelectual con la intolerancia que manifestaba á la sazón la Corte de Roma: «No es verdad, les responderá M. Guizot, que en el siglo XVI la Corte de Roma fuese muy tiránica; no es verdad que los abusos, propiamente dichos, fuesen entonces más numerosos y más graves de lo que hasta aquella época habían sido. _Al contrario, nunca quizás_ el gobierno eclesiástico se había mostrado más _condescendiente y tolerante_, más dispuesto á dejar marchar todas las cosas mientras no se cuestionase sobre su poder, mientras se le reconociesen, aun dejándolos sin ejercicio, los derechos que tenía: mientras se le asegurase la misma existencia, se le pagasen los mismos tributos. De este modo el gobierno eclesiástico hubiera dejado tranquilo al espíritu humano, si el espíritu humano hubiese querido hacer otro tanto con respecto á él.» Es decir, que no parece sino que M. Guizot se olvidó completamente de que asentaba todos esos antecedentes para manifestar que la reforma protestante había sido un _grande esfuerzo en nombre de la libertad, un levantamiento de la inteligencia humana_; pues que nada nos alega, nada recuerda que se opusiese á esta libertad; y aun si algo pudiera provocar el _levantamiento_, como habría sido _la intolerancia_, _la crueldad_, el no dejar tranquilo al espíritu humano, ya nos ha dicho M. Guizot que el gobierno eclesiástico en el siglo XVI no era tiránico, antes bien era _condescendiente_, _tolerante_, y que de su parte hubiera _dejado tranquilo al espíritu humano_.
Á la vista de tales datos, es evidente que el _esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad de pensar_, es, en boca de M. Guizot, una palabra vaga, indefinible; y, al proferirla, parece que se propuso cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo, aun á expensas de la consecuencia en sus propias opiniones. Desechó las rivalidades políticas y apela luego á ellas; no da importancia á la influencia de los abusos, no los juzga por verdadera causa, y se olvida que en la lección antecedente había asentado que, si se hubiera hecho á tiempo una reforma legal _tan oportuna y necesaria_, tal vez se hubiera evitado la revolución religiosa: traza un cuadro en que se propone presentar puntos de contraste con esta libertad, quiere alzarse á consideraciones generales, elevadas, que abarquen la posición y las relaciones de la inteligencia, y se detiene en _la pompa y aparato exterior_, recuerda las _rivalidades políticas_, y, abatiendo su vuelo, hasta desciende al terreno de los _tributos_.
Esa incoherencia de ideas, esa debilidad de raciocinio, ese olvido de los propios asertos, sólo podrá parecer extraño á quien esté más acostumbrado á admirar el vuelo de los grandes talentos que á estudiar la historia de sus aberraciones. Cabalmente M. Guizot se hallaba en tal posición, que es muy difícil no equivocarse y deslumbrarse; porque, si es verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales trae el inconveniente de circunscribir la vista, y de conducir al observador á la colección de una serie de hechos aislados, más bien que á la formación de un cuerpo de ciencia, también es cierto que, divagando el espíritu por un inmenso espacio donde haya de abarcar muchos y muy variados hechos en todos sus aspectos y relaciones, corre peligro de alucinarse á cada paso; también es cierto que la demasiada generalidad suele rayar en hipotética y fantástica; que no pocas veces, alzándose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el conjunto de los objetos, llega á no verlos como son en sí, quizás hasta los pierda enteramente de vista; y por eso es menester que los más elevados observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacón: «_no alas, sino plomo_».
M. Guizot tenía demasiada imparcialidad para que no pudiese menos de confesar la exageración con que habían sido abultados los abusos; además, tenía mucha filosofía para desconocer que no eran causa suficiente para producir un efecto tamaño; y hasta el sentimiento de su propia dignidad y decoro no le permitió mezclarse con esa turba bulliciosa y descomedida, que clama sin cesar contra la crueldad y la intolerancia; y así es que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer justicia á la Iglesia romana. Pero desgraciadamente sus prevenciones contra la Iglesia no le permitieron ver las cosas como son en sí: columbró que el origen del Protestantismo debía buscarse en el mismo espíritu humano; pero, conocedor del siglo en que vive, y, sobre todo, de la época en que hablaba, presintió que, para ser bien acogidos sus discursos, era menester lisonjear al auditorio apellidando _libertad_; templó con algunas palabras suaves la amargura de los cargos contra la Iglesia, mas procurando luego que todo lo bello, todo lo grande y generoso, estuviera de parte del pensamiento engendrador de la reforma, y que recayesen sobre la Iglesia todas las sombras que habían de obscurecer el cuadro.
Á no ser así, hubiera visto, sin duda, que, si bien la principal causa del Protestantismo se halla en el espíritu humano, no era necesario recurrir á parangones injustos; no hubiera caído en la incoherencia que acabamos de ver; hubiera encontrado la raíz del hecho en el propio carácter del espíritu humano, y hubiera explicado su gravedad y transcendencia, con sólo recordar la naturaleza, posición y circunstancias de las sociedades en cuyo centro apareció. Habría notado que no hubo allí un _esfuerzo extraordinario, sino una simple repetición de lo acontecido en cada siglo; un fenómeno común, que tomó un carácter especial, á causa de la particular disposición de la atmósfera que le rodeaba_.
Este modo de considerar el Protestantismo como un hecho común, agrandado, empero, y extendido á causa de las circunstancias de la sociedad en que nació, me parece tan filosófico como poco reparado: y así presentaré otra proposición, que nos suministrará juntamente razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas, de tres siglos á esta parte, que todos los hechos que en ellas se verifiquen, han de tomar un carácter de generalidad, y, por tanto, de gravedad, que los ha de distinguir de los mismos hechos, verificados, empero, en otras épocas en que era diferente el estado de las sociedades. Dando una ojeada á la historia antigua, observaremos que todos los hechos tenían cierto aislamiento, por el cual ni eran tan provechosos cuando eran buenos, ni tan nocivos cuando eran malos. Cartago, Roma, Lacedemonia, Atenas, y todos esos pueblos antiguos, más ó menos adelantados en la carrera de la civilización, siguen cada cual su camino; pero siempre de una manera particular: las ideas, las costumbres, las formas políticas se sucedían unas á otras; pero no se descubre esa influencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de otro pueblo, de las costumbres del uno sobre las costumbres del otro; ese espíritu propagador que tiende á confundirlos á todos en un mismo centro: por manera que, excepto el caso de violenta conmixtión, se conoce muy bien que podrían los pueblos antiguos estar largo tiempo muy cercanos, conservando íntegramente cada uno sus propias fisonomías, sin experimentar á causa del contacto considerables mudanzas.
Observad, empero, cuán de otra manera sucede en Europa: una revolución en un país afecta todos los otros; una idea salida de una escuela pone en agitación á los pueblos, y en alarma á los gobiernos: nada hay aislado; todo se generaliza, todo se propaga, tomando con la misma expansión una fuerza terrible. He aquí por qué no es posible estudiar la historia de un pueblo, sin que se presenten en la escena todos los pueblos; no es posible estudiar la historia de una ciencia, de un arte, sin que se compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que no son ni científicos, ni artísticos: y es porque todos los pueblos se asimilan, todos los objetos se enlazan, todas las relaciones se abarcan y se cruzan; he aquí por qué no hay un asunto en un país en que no tomen interés, y aun parte si es posible, todos los demás; y he aquí por qué, concretándonos á la política, es y será siempre una idea sin aplicaciones la de _no intervención_; pues no se ha visto jamás que cada cual no procure intervenir en todos los negocios que le interesan.
Estos ejemplos, tomados de los órdenes políticos, literarios y artísticos, me parecen muy á propósito para dar á entender mi idea sobre lo que ha sucedido con respecto al orden religioso; y, si bien despojan al Protestantismo de ese manto filosófico con que se le ha querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo derecho á suponerse como un pensamiento que, lleno de previsión y de proyectos grandiosos, encerraba grandes destinos, tampoco rebajan en nada su gravedad y su extensión, en nada limitan el hecho; antes sí indican la verdadera causa de que se haya presentado con aspecto tan imponente.
Desde el punto de vista que acabo de señalar, todo se descubre en su verdadero tamaño: los hombres apenas figuran, casi desaparecen; los abusos se ofrecen como son: ocasiones y pretextos; los planes vastos, las ideas altas y generosas, los esfuerzos de independencia se reducen á suposiciones arbitrarias; el cebo de las depredaciones, la ambición, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas más ó menos influyentes, pero siempre en un orden secundario: ninguna causa se excluye; sólo que se las coloca á todas en su lugar, no se permite la exageración en su influencia, y, señalándose una principal, no deja de mirarse el hecho como de tal naturaleza, que en su nacimiento y desarrollo debieron de obrar un sinnúmero de agentes. Y, cuando se llega á una cuestión capital en la materia; cuando se pregunta la causa del odio, de la exasperación, que han manifestado los sectarios contra Roma; cuando se pregunta si esto no revela algunos grandes abusos de su parte, si no hace sospechar su sinrazón, se puede responder tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la tormenta braman furiosas contra la roca inmóvil que las resiste.