El diccionario no puede estar mas esplí- cito: i'hivn <t mal [undado,i> dice: No parece sino que los Srcs. Acjulémicos previeron la discusión presente, y se quisieron poner de [«ríe del Pk\s.\mif.>to.
Aconsejamos al Español que cuandoquie- ra fundar argumentos sobre el sigoiíicado (fe una palabra, lenga la bondad de abrírel diccionario de la leníiua.
Dice el Español, que el PK^SAM(B^IT0 uk i.A Nación «ha tenido (a frescura de dar por luda respuesta á tres preguntes capitales, (|ue era dü mal tono el (|ue los periódicos se in- I lerrogasen nuiluamente, olvidando sin duda las infinitas veces que él lo ha hecho:» ¿re- cuerdan acaso nuestros lectores esas infini- tas veces i|iip hemos inlerrosado a los perió- dicos? En la colección ár\ Pe>samiesto ¿han visto algo en que pueda apoyarse una alirmacion tan gratuita? ¿no les parece que, se necesita una Irescura mas que mediana i para decir semejantes cosas? el juicio y la calificación de esta conducta, lo ahandona- mus á la sensatez y rectitud de la concien- I cia puhüca.
. Recordando el Español lo que dijimos, «hay cuestión mientras hay quien dispula,» lo concede: pero ohserva «que hay lamhien cuestiones de nombre, y (jue la actual tiene mucho de esto, porque si bien se disputa si ios carlistas son ó no vencidos. v si su rev es rey ó no, todos convienen en la suslan- ¡ (uia, V solo disputan sobre el modo; unos | quieren que sean vencidos en la propia; acepción de la palabra; otros solo por un ac- • t.idente lorluito, (pie les arrancó las armas | de la mano; todos convienen en que el con- j de de Monlemolin no es rey; unos creen i porque le fue adversa la fortuna; otros por- que nunca debió serlo, » El Español, con ha- ber dicho esto, se cree muy generoso en ma- teria de concesiones; pero á mas de que no alcanzamos que las haya de ningima espe- cie en no nei^dr lo que es mas claro que la luz del dia, debiera advertir que por cues- tión dinástica jamás se ha entendido la dispu- ta sobre las causas del resultado de la guer- ra. La cuestión dinástica no está en disputar í>obre si los carlistas son ó no vencidos, sino que la rama proscrita v sus partidarios disputan atacando la le^'itimidaddel trono de Oofia Isabel U, pretendiendo que esa legi- timidad está en la familia de D. (darlos. En \erdad que esto no es cuestión de nombre; se disputa un trono, y un trono no es un ^nombre.
Niega el Español que mientras se dispu- ta haya verdadera cuestión, y con una opor- tunidad que no tiene nada de humana, re> cuerda aquello de las escuelas de que «cuan- do uno de los contendientes hace gala de tan estupenda terquedad, fuslilnts esl ar- (juendum.n Esta máxima (|ue podríamos ver- ter al castellano diciendo: A quien sustenta un dislate Con palos se le combate; ya sabe el Español que en su lugar y tiemf\o fue largamente aplicada contra los car- islas; pero la aplicación tuvo el inconve- niente de que como entre los carlistas se contaban muchos hombres de brar.o y de co- razón, se atrevieron á oponer á la máxima de los dialccliros, otra máxima de los juris- tas, rim vi repeliere, rechazar la fuerza coo la fuerza, diciendo para si.
Argumento de porrazos, ifl Contestación á balazos. Desgraciadamente esa apelación á la fuer- za para sostener una causa, que, ajuicio del Español. no m"rece mas consideracioo que los delirios de los que niegan la exis- tencia de los cuerpos ó la realidad del movi- miento, habia producido tales resultados, que por mucho tiempo no los olvidarán la España ni la Europa. Era tanto el apoyo que encontraron esos delirantes |)ohli(os, (|ue la guerra civil no pudo terminarse por una vic- toria, sino por una transacción; y con esa fuerza supieron unir los carlistas tal nobleza y lealtad en sus palabras y en sus hechos, que ni aun en los momentos <lc mayor anar- quía en su campo, no se olvidaron de lo qfue eran. Esto no lo dice el Fknsamirmo db la Nación; acaba de decirlo, bajo su firma, an hombre conocido por su adhesión á ta Reina lsal)cl; un hombre que ha merecido la con- fianza la corona. siendo nombrado ministro de Gracia y Justicia, y que en la actualidad es nada menos que intendente de palacio, el Sr Egaña. lie aqui sus palabras: «Solo dirá una cosa el que, nacido en las faldas del Pirineo, no ha dejado un solo ins- tante de ser buen español. decidido amante de S. M. la Reina, y consecuente en los i principios |)olilicos que profesó toda su vida, j y es: I * «Que la guerra civil en que se disputaba ¡ la corona de España. acabo no por una ricloria, sino por una transacción. I «Que esta transacción se verifico hallán- dose lo mas granado de las tropas de la Rei- na en el corazón del pais enemigo, entrega-- das absolutamente á la lealtad y nobleza de sus contrarios » Cuando se trata de hond)res á quienes 1 sus adv«>rsarios |M)líticos tributan semejante I homenaje, bueno seria (|ue el Etpañel no hablase de las soluciones a palos, i Como al establecer el sentido de la {ralabca tmMíHtm, balmniMi svfiueslo llevadas las Mnai lt último ej^tirmo, ¡xara que lue.i^o no se ortsflcusnse de qu** aUicahamos la Icfíiti- miüad del Irono (Je DoAa isabei U, ureleude «I SapáM deducir <éi «ÉnM^ MetrÍBas <\\w nunca piiodo haber nada sc^riiro, ni ni ía Inmilin ni en la sociedad. Si mientras hay <]uici) disputa hay cuestión, las cuestiones no se acabaráfr^M»; loBopieitaraiéii iO' torniinal)Ips: y niin ruando se fallen mil ve- ce«j un UQ sentido, no quedará garantida la propiedad en euvo Mrü» l^ijW'dado.'Bs- ia es l^ültot mlJhftMtih wtmi» 16 qne valf*, £n el articulo a que nos referimos, nos yropoMWMW dog cotas: prifnera: probar que jwdianios emplear la palabra rueslion dinás- tica sin t'uitar a las leyes. Para esto ar^Uia- ■K» asi: hay cucstiou, fundada ó ínHindada; •^lego il decir cuestión dinástica nada <\íim- ficamos en contra de la le ííí ti ni i dad de Doña cido, Bo por d i«gcMde lis «ivcfsariiD u por la verdad y boidad de Jt emift que sostienen.»
VINDIGÜCION PERSONAL.: .it Por hov me bal de disimilar mis lectores que hable de mi persona; y que de<poián'4 dome del plural nosotros que en las discu- siones polUteas se hr hecho coman en él leníiuaje periodístico, me val^ía solo del sin- gular t/o. \o lo hai,'o sin ra/on; pues que no se trata de asuntos públicos, no de opinio- nes polfUcas. no de intereses d > partido, sino de cosas puramente por^nnali's: <'l sin- Isabel II, pues que la palabra cuestión, J guiar yo, será mas propio que el plural nos- fttKmiit tbaolvlaneiiie oe irae te nm» ¡68- I otrar, esta distinción no es invmitada fier^ jé ó no de parte de «no de loe contendicn tes; sef^unda: probar que esta cuestión era una cosa que se traducid en hechos, y que 5»or consifiiíiieiile convenía tomarla cono un dato importante en la rcaolurion de los pro- blemas potiiiens. Para esto recordábamos que la cuestión dinástica habia costado tor- lenlea desangre, y decíamos ifoe no era imposible que en adelante los costare de iWevo. £1 lector juzgará si este modo de ^iscarrir puede dar lugar á las dedncdones del Español; y si esa lógica adolece de una falla garrafal como asegura nuestro culto adversario.
iMannente las soluciones á palos. son las mejores respuestas (pie se pueden dar á los argumentos que no tienen replica. Esto es- fKea la conducta del Español; afortonada- mente hay un publico <|ue lee y juzíra. y que dará á cada cual su merecido. El fallo '«as benigno que obtendrá el Español con sus.niíi ulos, seráeiatgttíenle: «Tú te irrique esto escribe, sino por Chateaubriand Si hubiese podido dudar iilmnia vez de la justicia y santidad de la causa ouc sustento^ mis dudas se habrian disipado 'MioléV if ^ las armas con que se me combate: cuando se echa mano del ataque contra la persona, seiial es que nada se puede responder á las razones del escritor. El Etpt^oK de alfíunos dias á esta parte, sobresale en <'Í empleo de tan triste recurso. Ya recordarán los Iecto<* res, que en concepto de ni artíeulístaRlfel i:.vpailó{,erayo un sofista, «uno de aqneHts hombres que aspiran á lasinprularidad, aun- que sea á costa de la desdicha del género humano, que poseen grandes fbeníás iirto*- lectuales, á costa de todos los sentimientos del corazón;» recordarán laud)reu (jue al hablar de la temeridad de los carlistas en la cuestión dinástica, recordaba el Español aquello de las escuelas, fu^tibus est ar- guenUum. De todo esto me, hice cargo en el arttenlo del número anteri^; peii6<entoncM me bailaba yo muy lejos de creer que en las las. tu desciendes » personalidades; tú ca- columnas del Español habia de tener el ar- liticas groseramente el raciocinio de tu ad- | gumcnto de los palos ui^ lutcrmetacioo tan Vofsano; tú eiageraa sin medida la sinrazón I literal é inmediata, y que süí üíber por qnéi de los carlistas, y comparas sus pretcnsione; á los mayores absurdos del espíritu humano; luego nu tienes la ra/on de tu parle; luego m paadea «miar con ventaja en el fondo de la rneslion arin il. cjue es la <lel malrimo- Mo; porque tienes la seguridad de ser veab.'ibia do salir un corresponsal de dicho pe- riódico con la peregrina in\encion deque el que escribe estas lineas, probablemente por sus manejos electorales, habia sufrido una paliza en un pueblo de la montafia de Catalu- ña. Al leer aquellas imeaSf acom|^^as ét (anta graseria y calumnia, y que tanta in- dignación han causado á los hombres que estiman en algo la verdad v ni decoro, yo que era el ofendido, no podia indignarme: solo senlia una impresión desagradable, se- mejante á la que se esperimenla al presen- tarse á los ojos objetos que repugnan. Si mi posición, si el honor de la causa que de- fiendo, si el deseo de complacer á innume- rables amigos, no me impulsase á contestar, no lo baria: volvería la cabe/.a con desden, y seguiría mi camino.
El público sabe muy bien que jamás he llamado la atención sobní mi persona. No se hallan en los prólogos de mis obras aque- llos preámbulos en que algunos hacen sa- ber directa ó indirerlamente la edad que tienen, su posición personal, los desvelos que les ba costado su trabajo, y oirds cosas se- mejantes: los cuatro tomos del Prolestatitis- fno llevan dos escasas páginas de prefacio, sobre el objeto de la obra. El Criterio salió sin una linca. Los cuatro tomos de Filoso- fía fundamental no tienen mas que una pá- gina corta de prólogo, también sobre el ob- jeto de la obra; y el tomo de las Carlas á un Escéptico, va precedido de una simple advertencia de editor, mas bien que de autor. Asi hubiera continuado, y jamás hu- biera ocupado al público bal)Iándole de mi humilde persona, si no supiese que el hom- bre colocado en cierta posición está obliga- do á defender su honra, si(|uiera le sea ne- cesario decir en su abono cosas que sin este motivo no hubiera dicho nunca.
Varaos á los hechos. El dia I.° de julio salí de Madrid en h silla-cornío; llegué el 4 á Barcelona; permanecí alli cinco dias, lo único necesario para corregir las últimas pruebas de las Curtas á un Iiscéptiro que se acababan de imprimir, y algunas otras que tenia atrasadas del tomo 3.° de la Filosofía fundamental. Vi en Barcelona á muy pocas )ersonas. porque de.seaba marcharme pron- to para huir del calor; y e) iO, tomando un carruaje, me fui en derechura á Vich, mi patria, donde no había estado hace cerca de cinco años, y dondcv tengo numerosos ami- gos que deseaban verme, como yo deseaba tener el gusto de verlos á ellos. Llegué á Vich el mismo dia. En el mes que llevo de permanencia en esta, no me he alejado nun- ca un cuarto de legua de las tapias de la ciudad, y he pasado alguna ve/, siete ú ocho tlias sin sa^ir du las puertas de mi casa habitación. Es fulsu, pues, que haya siüu apa- leado en un pueblo de la montaña, pees tío ' be visto niuguuu, ni me he movido de Vich. desde mi venida de Barcelona..Ni en Vich, ni en sus alrededores me ha sucedido no di- ré un atropello, pero ni si(|uiera un lance desagradable. Por el contrario he recibido continuamente, y de hombres de todas opi- niones, singulares muestras de afecto y cousideracion; y debo particulares alendo^ nes y ofrecimientos a la autoridad, tanto civil como militar. Mal informado está el Español; no solo no me ha sucedido, sino (jue estoy seguro de que no me sucederá ningún atro|)ello, ni me puede suceder. I Tanto en Vich como en toda su comarca, I estoy en buenas relaciones con hombres de todas opiniones políticas; y lejos de que I haya de recelar malos Iralos, contaría cm I vigoroso apoyo e» todo lo que se pudiese ; referir á ta defensa de mi persona. Este es : un pais donde ignoro (pie tenga ni un solo [ enemigo [Mirsonal: adversarios pohticos len- i dré; enemigo personal no conosico á nin- I guno. En uu momento de peligro llamaría ■ indistintamente á cualquiera piierla. y es- I toy.seguro de que me se abririan todas. Dice el comunicante (jue «yo había em- prendido hace algunos (lías una misión por los pueblos del distrito de Vich para hacerles admitir la candidatura de un tal Kono- ller, furioso carlista, que no ha querido ju- rar ni reconocer á la Reina Isabel, y que ' fue individuo de la junta de Berga.»"Creo que ese tal Fonoller, de quien habla con j tanto desden el corresponsal del EspoMoi, .será el señor conde de Fonollar, pues ya en otro periódico se había estampado la misma ' especie, añadiéndose entonces al señor mar- j qués de Monislrol. Por lo que toca al mar- qués de Monistrol, no recuei-do haber teni- do con el ninguna relación, y no le conozco ni aun de vista; y en cuanto al conde de Konollar, ignoro absolutamente que ni él haya pensado en hacerse elegir por ningún distrito de este pais, ni que ios electores ha- yan pensado en nombrarle. Mis relaciones con este caballero han sido muy pocas: pue- do asegurar que hü hablado con él dos ve- ces solamente en mí vida, porque mo dis- j)enso la honra de visitarme en Barcelona: ta una fue en el pasado julio, la otra en marzo del mismo año; y |»or lo poco que le he conocido, puedo añadir que en ve/, de hallar I cii él uu hombre fninosu, he visto im oaballero muy lino fonoctHÍor del sif-Ho, y (jue manili(>sla franca menlc sus opiniones; pero con noble/a, con prudencia v mucha templanza. No le oí ni una sola palabra de exaficracion. El sefior conde de Fonollar liene d<>masiada educa- ción para haberme encardado á h)( de pro- pagar su supuesta candidatura; y yo conozo íiaslante mi posición para encarjíarmc de ta- les cosas,.\unque no fuese por razones de otra clase, el decoro, y basta el amor propio, serian mas que sulicientes para impedirme el que descendiese basta bacer correrías jHir los pueblos rocouiendando tal ó cual candi- datvra. Si no se hubiese ofre<'ido la necesi- dad de vindicarme, no hubiera ni aun cui- dado de desmentir estas invenciones, que veia cu alfíuii periódico, y (|ue leia con el mismo desprecio con que suponjío las leeria el público; pero ya que á elto se me obliga, sfoasc que no me mezclo en lales pormeno- iét, que si me mezclase en asuntos electora- les, seria en otra esfera superior, desde d(m despejado, tolerante, f política. Viven ios testigos: en medio dtf ellos escribo: que me desmientan si falto tf la verdad.
•Y ])or esto, prosigue el corresponsal del Efpuñol, ha sido siem(>re nmy mal mirado del clero, basta tal punto, que cuando hizo oposiciones a una caoongia de su patria, los jueces dijeron públicameolc, que aunque él era el que habia hecho mejor oposición, no qucrian dársela porque era negro.»
Los lectores juiciosos comprenderán cuán sensible me ha de ser el bajar á ese terreno de indignas personalidades, que me hieren á mi y á otros; pero se me fuerza ¿ ello; está interesado eo este negocio mi honor, f ' yo procurare no cansar al público con esas cosas mas (|ue una sola vez: lo demás lo re- mediare con el desprecio, o lo castigarán los tribunales.
En circunstancias semejantes, cuando un hombre ha llegado á adquirir un carácter publico, y mucho mas si esto no lo debe á ningún empleo, sino á sus actos puramente le pudiese influir en la opinión nacional; y personales, tiene un deber de salir á la deieii.sT de su j>ersona: en esto se ínleresaa sus mismas doctrinas. Los defensores de la verdad se han crcido siempre con derecho, y á veces con obii^íacion, de rechazar las calumnias, diciendo en su abono propio lo aue fuese necesario para el honor de la ver- ad misnia. Las imputaciones del corres- ponsal del Español merecen ser rechazadas con un breve resumen de mi vida: ya que él dice que los que Icen mis escritos me co- nocen poco, es preciso que yo me dé á co- nocer, ó que al menos indique las fuentes á donde los que gusten podran adquirir todas las noticias que deseen sobre mi persona. Escritores res|)elabl*'s me habian nigado que les suministrase algunas noticias para escri- bir mi biografía: siempre me habia negado: si fuese preciso podría citar nombres propios. Ai^radeciendo la buena voluntad, les conque ni aun estando aqui en Vich hablo de elecciones con nadie que no me hable de ello, y esto sin salir de mi casa. Pocos me han tocado esta conversación; y cuando se ha ofrecido, he dicho francamente mi modo de pensar, como lo digo en mis escritos. Co- nozco bien lo que me debo á mi mismo, para andar intrigando á la manera que lo supone el desventurado anónimo.
«Por lo visto, continúa el corresponsal, el Sr. Balmes ha soltado la máscara, y dccidi- dose por los carlistas eslremos. Luego va- yan vds. á creer en sos palabras, mansas en apariencia, de conciliación y olvido de todo lo pasado, con que quiero embaucar á sus lectores. Es de advertir que el Sr. Ualmes, el campeón del carlismo, habia defendido, ó al menos encomiado, en algunas ocasiones muy públicas el sistema representativo.» Falta á la verdad el corres|X)nsal del Español \ testaba que esto no merecía la pena; pero cuando esto asegura. Todo lo que he e.scri- to sobre política y sobre cualquiera otra ma- teria, lleva mi lirma: el publico lo conoce lodo; y sabe si soy consecuente. En cuanto á otras ocasiones, he hablado en público en dos puntos, en Cervera y en Vich, en ser- mones ó en discursos académicos; y apelo al testimonio de cuantos me han oido ))ara qne digan si jamás, jamas, me oyeron ni elogio ni vituperio del gobierno representa- tivo, ni una palaUr**. que se rozase coa la las circunstancias han cambiado; yo la es- cribiré, yo mismo. Quiero que el público tenga noticia del hombre de quien habla con tan maligno misterio ese anónimo que hiere con un velo en la cara, como k) hacen los aleves.
Citaré fechas, lugares y nombres propios de personas respetables v que viven aun: quien escribe de este mo(ío y bajo su lirma, merece algún crédito; y cuando menos su testimonio es preferible al de un anoaiiuo» Digitizc its pormenores son precisos para que se veu (lau no temo las iiolitias que de mi pue- dan (Kir las pcr!>onas (]ue mas me conocen.
Nad en Vich el 2H de agosto de \»\0. Hice mis esludios de gramático latina, re- tórica y lilusolia en el seminario conciliar; estudiando alli mismo un aüo de teología. En todo este tiempo no sufrí ninguna re- prensión |)or mi condiwla: hable la secreta- ria del colegio; hablen los profesores, de los cuales flan viven algunos: el doctor I). José Aguilor, actual canónigo penitenciario de (ierona; el doctor Coma, actual canónigo magistral de Solsona: alguna breve tempo- rada el doctor I). Jainw Soler, actual canó- nigo magistral de Vich; y el doctor Tuscll, actual cura párroco de San Boy de Llusa- ■és. Nadie me vio en otro lugar que en mi casa, en la iglesia, en el colegio, en algunas casas de los regulares con quienes tenia fre- cuentes relaciones, y en la biblioteca e|)is- copal, donde me bailaba mientras estaba abierta.
El ai^o 2fi, el difunto obispo de Vich el «cflor don Pablo de Jesús de Corcucra y Caserta, me agració con una beca en el Real colegio de San Carlos de la universidad de Cervera. Es de advertir que este señor obi.spoera sumamente celoso, muy delicado en materias políticas, y sobremanera vigi- lante en todo lo concerniente al modo de pensar y á la conducta de los estudiantes. Lo sabe toda la diócesis de Vich: lo saben todos cuantos le conocieron en SigUenza, cuando estaba de rector en el seminario; y precisamente hay en Madrid una ])ersoua que le habia tratado mucho y se habia for- mado bajo su dirección, mi amigo el res- petable Padre Carasa, de la Compañía de Jesús. Pongo esos pormenores para que se vea que un tal nombramiento para colegial, , y eso entre muchos otros pretendientes, su- pone buena reputación en el agraciado. ♦ Pasé al colegio de San Carlos, y empren- dí mi carrera de teología en la universidad de Cervera. Viven aun los dos redores que hubo en el colegio. el doctor don Felipe Minguell, y el doctor don Vicente Pou. El primero está en Cervera; el segundo se llalla emigrado en Francia, según creo. Es- tos señores podrían atestiguar si tuvieron que reprenderme ni una sola vez, ni (>or mi conduela, ni por mis opiniones; y si por el contrario no me dieron repetidas pruebas de afecto y apn^cio. A la sazón la disciplina es- I colar era «evera; habia el (ribuflal que te llamaba de censura; jumas sufrí ui lamas i peipieña reprensión, ni auionestaciou. Mu- cbos de sus miembros viven aun; unos se : hallan en España, otros están emigrados. .Mis catedráticos fueron el dominico P. }1. Uarri, ya difunto, y que durante toda la , carrera me dio pruebas publicas de un afec- to muy especial; el ductor Cui.\al, canouigD de Tarragona, que seguu creo se halla emi- grado eu Francia: lo fue por breve tiempu el padre dominico Xarrié, que se halla ca ; Italia; el doctor Ricard, que se halla en Le- I rida; el doctor Cali, que seguu he oído se halla en el obispado de Saluuiauca. Todos ' podrían testUicar si jamas les di, ni por mi " I conducta, ni por mis opiiiioiu's. motivo de : queja.
I Ilice mi carrera, recibí los grados de ha- ll chiller y licenciado eu teología coa las notas que constan en lasecrelaria de la univcrsi- 'I dad. I^s tem|>uradas de vacaciones las pasa- ba en Vich, donde estaba en la biblioteca desde que se abria hasta que se cerraba, coiiK) es publico eu esta ciudad.
(ioucluida la carrera en 1 833, hice opo- sición á una cátedra de teología en la uni- versid^id a mediados de octubre; y a princi- pios de noviembre del mismo nüo hice la ' oposición á lacanougia magistral de la cate- dral de Vich, de que habla el aa<»uimo del Español. Este asegura (jue alos jueces dijt!- ron públicamenle, que aun(|uc yo era el que había hecho mejor oposición, no querían I dármela porque era veqro.a De semejante cargo podría yo desenteoderme, porque mas ' bien hiere al cabildo que a mi; pero no quie- ro dejarlo sin respuesta. Los lectores juicio sos saben lo que en tales casos sucede cu poblaciones de poco vecindario: estos asun- tos llaman vivamente la atención, y como unos se interesan por uno, otros por otro, naluralmenle se habla en pro y cu contra, y corren pequeños chismes; óue desprecia I quien tenga miras elevadas. 1ío era hijo de la misma ciudad; era mas joven que mis contrincantes, y por esto llamaba la aten- ción; y algunos se interesaban por mi basta con calor. En este cho(]ue, no sé si alguien diría que \o era negro o blanco, o de otro í color, porque hace largo tiempo que tea^o por regla de conducta, cum|)lír mis deberes ' y despreciar vulgaridades; pero lo que pue- do asegurar es lo siguiente: 1.** Que ni entonces ni después ui nunca que ningún i.auóDÍ^u liuliii ^e Ju liu que yo era ni>M-o uí blanco, ni tampoco ninj^uoa [wlalira que ])udicse ofenderme en lo mas luuiiuio.
, 2." Üuc lodoü los cauónigos me fclicila- roQ con espresiones, de cuya üiuucridad no lue es posible dudar.
3.° Que iKtóleriorracnte he seguido en bueoai relaciones con lodos, y estas ban sido siempre y son abora de intima amislad con el individuo (jue fue agraciado coa la ca- nongia, el señor doctor don Jaime Soler. Igual intimidad be tenido siempre y tengo todavía con el olro contrincante el doctor don Jaime Pasarell, actual secretaria del go- bierno eclesiástico y catedrático del colegio.
Ed cuanto á ser lo (|ue se añade, mal visto del i lero, lo que puedo asegiirar es lo giguieutf.- .. 4 Q»ic no conozco ni un solo eclesiás- tico en tuda la diócesis, que se halle indis- puesto (oumigo.
- 2." Que asi antes de la época de la opo- sición, como después, be estado en las me- jores relaciones con todas las clases del cle- ro, y eu |Kirlii ular con los principales indi- viduos del mismo, incluso ci señor goberna- dor de la diócesis, i.
3." Que lejos de sospecharse de mis doc- trinas, se me concedieron por la autoridad compelenle, hace ya muchos años, licencias para leer libres i)robibidos, como y cuando yo (luLsc.
Estos son los bcciios; los testigos viven aun.
Luego de concluida la oposición me orde- né; y eu esto, como en lodo lo domas, re- cibí ¡tarticulares atenciones del Sr. obispo; K)r cuyo consejo \olvi a la universidad, don- de estudié cañones, dcscm|>eñando al mismo tiempo, en calidad de susliluto, la cátedra de Sagrada Kscrilura, y recibiendo el gra- do de doctor, (|ue se llamaba de jMuijja en lenguaje universitario. La lunciou se vcriticó el 7 de febrero de fH3o; la guerra civil es- taba en su incremento; las pasiones ardían; y yo, como graduün<lo, debia, souun las leyes académicas, pronunciar uu discurso en elogio del monarca reinante: y como á la sazofl era gobernadora S. M. la Reina Cris- tina, era preciso hablar de esta augusta se- ñora. Kl concurso era numeroso; las opinio- nes políticas muy encontradas, y se deseaba saber lo que y») pensaba de las cosas públi- cas. ¿Saben mis leclores lo que hice? ¿Creen que me eulUMUsmc pur la Huma (jobernadt- ra, y que je dispensé las lisonjas que á ]a sazón lü prodigaban otros que ahora la in- sultan? Ño, no: lo (|ue hice fue prescindir de toda política; y me ceñí á elogiar la aper- tura de ¡as universidades; y aprovechándo- me de no sé qué providencia sobre onsc- ñauEa de nialemálicas, we detuve un poco en este punto, y acal>é mi discurso sin ofcn- der ni á crislinos ni á carlistas, jiorquc ño había hablado ui de unos ni de otros. Testigo el público y testigo muy especialmente el sabio francÍM-ano V. Pediorol, que sr halln '\ acluulmcnle en Igualada. í Concluido el cmso de í.s;!l a 1833, me i¡ fui á mi casa, y no quise volver á la univer- sidad: la guerra y la revolución ¡ban arre- ciando; y JO preleri a la carrera universi- laría la oscuridad de la vida doméstica. A jj lines del añ; (¡lanteo en Vicb unaca- ; ledra de malea. ati..us; y como el cálculo y ji la geometría no hon ni crislinos ni carlistas, ji y por otra parle la oscuridad del puesto no í llamaba la atención, no tu\c iucouveuícn- i' le rn encargarme de dicha enscñauza que I continué pur cuatro años. Y es do notar que habiéndose hecho una función solemne en ; la apertura del establecimiento, yo pronun- ¡i cié el discurso inaugural, y no hablé ni una