SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Page 125 of 137

El.\uero Espectador al hacerse cargo de dicho articulo, se espresa de este modo: «•ta cosa hay que estrañar en el Pk>sa- MiEMO i>K i.\ Nación, yesque muchax re- res tiene razón en el articulo a que contes- tamos; esto consiste en (jue nuestro colega examina las cuestiones en la esfera de los hechos, debiendo examinarlas en la esfera de los nrincipios.» Pero este periódico se olvida (Je que al examinar les tres criterios, no tratábamos de suscitar una cuestión teó- rica, sino práctica, á saber: si en Kspafia, y ' )ara un caso dado, podian servirnos dichos criterios: poco importada que los principios I nos dijesen en general una cosa si circuns- ¡ taacias escepcionales no les permitiesen en- señarnos en el caso presente. El Nuevo Es- pectador conviene en que el mal uso que nacen del sistema representativo los parti- dos conservadores de las naciones de Euro- pa, suministra armas para combatirle á ios que no conocen que solo en el abuso está el mal; dice que la obra mas fatal del partido dominante, es desacreditar el sistema repre- sentativo presentándole como estéril, como ridicxilo y como al)surdo; pero observa (|ue ios hechosno son nunca pruebasabsolulas, y qoe los principios son los que deben servir- nos de norma en la resolución de todo género de cuestiones. En primer lugar es digno de notarse que nuestro argumento no se limila- i)a al tiempo de la dominación del partido moderado, sino que comprendia también las épocas del progresista; ademas, como vivi- mos bajo gobiernos conservadores, y hemos de emplear los criterios con sumisión á las condiciones que ellos nos imponen, si para el caso presente los criterios no valen, re- sulta demostrado lo que nos proponíamos | demostrar. Porque, lo repetimos, la discu-; sion que en dicho articulo entablamos, no ' era teórica, sino práctica, era la signicnte** «Las Cortes, la prensa, el ruido publico, ¿son buenos criterios para conocer la fuenta del partido monárquico?»

Si no admitís nuestros criterios se nos di- rá: ¿cuál es el vuestro? «Fuera de estos criterios, dice el Tiempo, aunque tan imper* fectos,no sabemos que existan otros. Fuer» del pariamento, de la tribuna periódica, y de las asambleas v reuniones particulares, no hay mas, arriba, que un rey absoluto, abajo, que el pueblo y sus revoluciones: ¿por cuál de estos criterios opta el Pr^sa- MiRMo?» Saiíe nuestro adversario qoe el criterio del rey absoluto es el nuestro natu- ral, y deduce que el Pe>samik>to (juiere la «monarquía pura sin mezcla hetorogénea de engaños y apariencias representativas. » El Tiempo sabe todo esto; pero lo que nosotros ignoramos escomo ha podido saberlo: si tu-' viese la Imndad de indicarnos las palabras con que hemos formulado la opinión que tan gratuitamente nos achaca, volveriamos á leerias para cerciorarnos de una cosa que tanto nos estrana. Hasta que asi lo haga, tendremos dereclio á decirie, (jue ó ha leído muy ligeramente nuestros artículos, ó que al citar las opiniones emitidas en ellos, le ha faltado completamente la memoria.

Al buscar un criterio para apreciar la res- pectiva importancia de los partidos, nosotros no nos atenemos ni al testimonio de las Cor- tes, ni al de la prensa, ni al de los reyes absolutos ó constitucionales: en todas estas cosas hay mucho de circunstancias, mucho facticio, porque juegan en ellas el arte, la malicia, la ilusión de los hombres; si el cri- terio ha de ser el medio para descubrir la verdad, debe hallarse fuera del alcance de los artilicios maliciosos y de las ilusiones ¡no- centes; del)e ser una cosa no hija de las circunstancias, no improvisada por este ó a(|uel hombre, no inventada por la fantasis del escritor, sino independiente de las fal- sas apariencias y superior á las circunstan- cias. Este criterio existe, nosotros le tene- mos á la vista y echamos mano continua- mente del mismo en las columnas del Pkn- s vMiENTo. ¿Sabéis cuál es? La historia del pais, en a<[uellos hechos que nadie puede negar, porque todo el mundo los ve y los palpa. Este es para nosotros el verdadero criterio; fuera de este no hay ninguno: a(ilicamos á la política el mismo método que a las ciencias naturales: la observación. Oimos cspuiicr bi'iltaiilcs teorías; oiinos prcnio- I ter liatai;Uciios rosullados; oiiuus que uuo» i •eAahii á lus acontecimientos unas causas, 'Otros.otras: <)ue unos su lisonjean con unos eléctae. otros los temen muy diversos; no- tamos (juc los mu ellos callan y los |K)cos ^ri- ttlf; que merced a los amaños y á las vio- iMMifts, ahora se sobreponen unos y lue^^o alros; que todos invocan la opinión uaciuual, i que todü5 se llaman la España verdadera;! que hoy la Esj)aña se nos ofrece toda |»ro-1 ¿resista, <|ue mañana se nos presenta toda moderada; ({uc |>aru unos son iiomlires emi- neules ios que para otros sou iml>eciles; que uuos apellidan héroes los (|ue otros llaman traidores; que unos conducen al cadalso a los íjue otros consideran diímos de inmor- I tal rcnomhre: en medio de esa conlusion,! de ese caos, procuramos buscar la verdad. | solo la verdad, y encerrándonos <rn nuestra I •Mcieocia, nos preguntamos IraiKiuilamen- te: y bien, ¿(|ue dicen los hechos: Por este examen de los hechos, llegamos ' áuD sistema que no es csclusivo: los he- í chos DO lo son: los hechos no se conciben éiprinn, á h\ manera de las teorías; es ne- 6t0ario tomarlos tuhts como se presentan:-! «gbodo se acusa al Pf..NSAM!KNT0 de ídeális- mo y de escliisivismo. se le dirige la impu- tación menos merecida: precisamente dos de sus caracteres mas señalados son el ar- umenlar siempre sobre el testimonio de los echos, y el ensanchar el estrecho circulo I en (|ue se ahoga la política de los partidos acluaJes.

En los ataques que se dirígcn al Pe>sa- iiiKNTo DE LA Nacion, suclc partirse de un supuesto íalso atribuyéndosele opiniones que no profesa. Esta equivocación, o este i artilicio, |)roducíria fatales resultados á núes- i Ira causa, si afortunadamente el Pe.nsamíe>- To üo fuese muy leido |jor hombres de todas opiniones. Asi en el caso actual, se habla del partido monárquico como si el Pfnsa- MiENTo i)K i, v Nación entendiese unicamenle i por tal á los carlistas, y no á los carlistas ¡ como quiera, sino á los que han tenido re- ¡¡ iulacion de nías exaperados. Lo mucho que levauíos escrito sobre todas las cuestiones, graves (|ue se agitan en España, es una! victoriosa contestación á semejantes imputa- | cioncs, que á pesar de carecer de lodo fun- damento, se repiten con la piadosa intención de alarmar á los que no lean nuestro pe- I riódicü. ij Para evitar equivocaciones, lijareMiMl signiticacion de las palabras con lu mayor exactitud iM)SÍble.

La palabra monárquico no es para nos- otros sin(mimo de absoluti.sta.

Incluimos en el partido monárquico á to- dos lo» homhrcs <|ue aman.sincerauienle la dignidad y el esplendor del trono, y que desean ver ejercida la autoridad real de una manera bastante Mgorosa y suave, para que lu necesite de las dictaduras niilitares, ui mendigue el a(>oyo de los bandos revolucio- narios.

Al partido monárquico {)erteucceH los que si bien desean ver rodeado el trono de ias- tilucioues represenlativas, no (juieren b^s inicrpr'elacioites revolucionarias con que so puede desvirtuar el espíritu y la letra de las mejores coustilucione.«.

Al partido mouar(|uic<» |)erleneccn los que conlenq>lan vm profundo dolor el que ia real familia se encuentre en una situación tan deplorable, que cada |)artido se li detener a >u cabeza uno de los au.,.;-..^ primos; el partido carlista al conde de Muu- temolin, el progresista al infante D. Kun- «|ue, y el de la situación á Doña Isabel 11.

Al partido monarcjuico perteneccu los que en provecho del Ironu y del país, dcbcan que la institución de las Corles no continué ofreciendo el escándalo.*^ esclusivismo que hemos presenciado basta ahora, reserván- dose cada |>artido seguu se lu han pru|>orciu- nado los motines ú otras circunstancias, lo- dos los escaños del (-on^íreso, dejan! ■ - ' representación á los demás, cual si li. ran españoles.

Al partido monárquico pertenecen loi\ (]iie. si bien desean |)ara la emisión del pensa- miento una ra/.ouable ltl>erLad, ven con dis- gusto, por una parte los estravios de la prensa, y por otra la incerlidumbrc de uo sistema político que suple con medidas gu- I>eronUvas o con decretos interinos, el hun- do vocio quo en lan ^rave maleria han de- jado las levi'S.

Al partido monárquico pertenecen los que sinceros amantes de la unión de todos lus españoles, conlem|>lan indignados lu meit- ({uindad con que una pequeña fracción (b* un partido ha esplolado para si el alzamien- to nacional de Al partido monárquico pertcueccn los quo Google en vista de ios hechos cada día luas elocuen- tes, estaú ya profundamente desengañados, y no creen que se pueda fundar un gohier- ño mieiiUas no se edie mano de olro siste- ma mas amplio, mas nacional del (|ue he- mos tenido hasta aiiuru.

Al partido monárquico pertenecen los que sinceros amantes de la religión ralolica, han asistido con pesar á la indigna cooicdia que se ha estado representando durante mucho tiempo, prometiendo al clero indenuiizacio- nes que no se le han dado, ni hay aparien- cias de que se le quieran dar.

Al partido monárquico pertenecen los que sean cuales fueren sus opiuioues políticas v dinásticas, no quieren medrar en las revuel- tas, ni eniiquecerse apoyando ó espantando gobiernos dehiles, y que fatigados de tanto dwórden y miseria solo desean un poder fuerte que les asegure sus personas y pro- piedades, y no les deje espuestos á ser vic- timas de un trastorno todos los nieses.

Al partido monárquico pertenecen los que sio andar |K>r los salones de la corle, ni en- trar en las olicinas de los ministerios, ni perorar en la trihuna, ni lucirse en las con- versaciones de la sala de conferencias, ni pretender empleos para si y para los suyos, tocan las cosas de cerca, en el terreno* de los hechos, y poniéndose en inmediato con- tacto con el pais, ven a qué se reduce toda esa complicación administrativa, ese cúnm- lo inmenso de olicinas y em()leados, y oyen los lamentos de los puéhlos agohiados hajo enormes cargas que no pueden soportar.

Al partido monán|uico pertenecen los que concilian el deseo ái'. un poder fuerte con el respeto á las personas, con la tolerancia por las opiniones agenas, y que ansian i>or el momento en que levantándose uu gouierno haslaute nacional para ser independiente de miserahles pandillas, realice esos príncif»ios tutelares reclamados á un tiempo por a situación de España y por el espíritu que domina entre los puehlos civilizados.

Para llevar á caho este pensamiento de conciliación y de nacionalidad, cree el par- tido monaromco que es necesario curar la honda herida que recihió la familia real con la discordia comenzada en 1832; cree que esta herida no puede curarse sino por el matrimonio de la Ueina con el conde de Montemolin; cree que este proyecto dehe llevarse a caho por los medios legales, á pe- tar de la o[)osicion de cierta parte de la prensa y del raido púhlico, porque conside- ra esos criterios como altamente falaces: y á lin de (pie el de las Cortes no lo sea lam- hien como lo ha sido tantas otras veces, de- sea que las nuevas elecciones se hagan con plena liherlad. En ellas no se propone sacar una mayoria de diputados carlistas ni anti- carlislas; solo intenta formar una mayoría de homhrcs honrados, independientes, de opiniones y sentimientos tales como hemos enumerado mas arriha, y (}ue guardándose de levantar las pasiones,' de suscitar obs- táculos al gobierno, de asediar á los minis- tros con exigencias interesadas, de ofender al trono con pasos revolucionarios, alcen respetuosamente su voz haciendo llegar á los oidos de S, M. una noticia fiel de la ver- dadera situación del pais, de las necesida- des que le apremian, de los males que le aíligen, de los peligros que le amenazan; é indicándole los medios mas conducentes para apartar á la nación y al mismo trono del borde del abismo al cual se los aproxima con una ceguedad inconcebible. No se trata ni de carlistas, ni de anticarlístas, ni de otras denominaciones semejantes, que todos los hombres juiciosos oyen con fastidio, y quisieran ver desterradas para siempre; «é trata solo de hombres de bien, sin ¡)ararso en sus opiniones, ni si(|uiera en sus actos con respecto á la cuestión dinástica.

Asi entendemos nosotros el partido mo- nárquico; toda esa amplitud le señalamos; y en este concepto estamos profundamente convencidos de que está con nosotros la in- mensa mayoría de la nación, de que nuestro pcusamiento es el verdadero Pensamiento iiR LA Nacio:^. Sí, la nación está ya cansada de tanto sufrir; mira con disgusto, con re- pugnancia, ese juego de intrigas, de peaue- ñas miras, de mezquinas pasiones, de iias- tardos intereses, con que se la atormenta y se la destroza hace ya largos años; propen- de visiblemente á un nuevo orden de cosas: algunas divergencias puede haber en cuan- to al modo de salir de una situación tan an- gustiosa; pero todos los hombres juiciosos están do acuerdo en que eso no puede con- tinuar asi. No, mil veces no.

Al hacerse cargo de nuestras opiniones y argumentos, se nos repite hasta el fastidio que los tiempos son otros, (}ue las ideas bao variado, que se han mudíhcado profunda- mente los intereses, que la organización so- cial de la España de <S46 es muv diferente de lo que era á principius del siglo, que sonamos en cosas imposibles cuando pensa- mos en una restauración completa, ((ue nos formamos una España ideal que no se en- cuentra en ninguna parle y que desconoce- mos el espíritu de la época: con este modo de argumentar, con este tejido de falsos su- puestos, con e^as im[)utacionos desmentidas con ti nua mente por la letra y espíritu de los artículos que estamos escribiendo hace tres años, íacil es salir airoso de la palestra ven- ciendo gigantes que solo existen en la ima- ginación de ({uien ios coudiate. ¿Por ventu- ra no ha sido el Pe>samie!sto de la Nación quien ha desenvuelto en largos artículos el cambio social que los tiempos han traído á la Kspafia? ¿no es el Pensamiento (juien ha señalado repetidas veces el origen tle esta mudanza y las consecuencias que no pue- den menos de seguirla? ¿no es el Pensa- miento quien ha fundado en esto misinn la necesidad de ¡as corres|)ondientes modiiica- ciones en la organización política? ¿no es el Pe>samie?»to quien ha dicho repelidas veces que los consejeros de I). Carlos habían dado a la política de este príncipe una dirección er- rada, y que esta política es im|>osiblc no solo ahora, sino que lo era también hace algunos años? ¿no es el Pensamiento quien ateniéndose á estos principios consignados en lar- gos preámbulos doctrinales, ha lormulado un sistema bueno ó malo, pero que al tin os un sistema muy diverso del (|ue se proponía D. Carlos? ¿no es el Pensamiento (juien ha emitido francamente estas opiniones antes y después del maniticsto del conde de Mon- leniolin?

is Las concesiones que se hacen á las nece- sidades y al espíritu de la época, no prue- ban abandono oe los principios; son conce- siones hechas á la manera que lo han sido las de los hombres de estado de todos tiem- pos y países. Los partidos, las naciones, las sociedades, la humanidad entera, van su- friendo continuamente profundas mudanzas: en las cosas humanas no hay nada inmóvil, lodo camina, ora hacia la perfección, ora hacia la decadencia: las concesiones son ne- cesarias, porque lo que es muy útil hoy, tal vez no lo será tanto mañana; y cosas que ayer eran provechosas, hoy se habrían con- vertido en funestas. La \ ida de las naciones se [>arecc a la do los individuos. Varias cau- sas naturales y sociales forman al hombre con particulares necesidades e inclinaciones; j)ero este mismo hombre está rontiniiamen- tc sujeto á la innuencia de las circunstan- cias V a la modílicadora acción dp los anos; su cuerpo, su csnirítu. esperimentan en una época necesidades que bo conocieron en otra; el régimen del adulto no puede ser el régimen del niño ni el del anciano: ¿se dirá (|ue se abandonen los buenos principios do la higiene porque se procure dar a cada edad lo que le corresponde? La España de <846 no es la España de \ 808; no lo negamos; y pnr lo mismo deseamos modilícaciones en su administración y en su iMilitica: ¿se cree por ventura (¡ue los princi[>ios monárquicos y religiosos tienen la propiedad de }>elrilicar, á In manera del fanatismo y despotismo de los pueblos asiáticos? ¿\ quién deiien las naciones modernas el desarrollo de su bri- llante civili/.acion, sino a la l)enética iniluen- cia de la religión y de la nionan|uin? ¿Hay algún publicista que dude de esta verdad. esce(ito los atrasados partidarios de la ca- duca iilosotia del pasado siglo?

Los periódicos que creen ver en las con- cesiones del partido monárquico un abando- no de principios, debieran recordar que los [tarlidos revolucionarios han hecho á su vez las mayores concesiones, y se han ido modílicando profundamente con el discurso del tiempo; los que arguyen do inconse- cuencia á los monárquicos debieran volver la vista á los años de 1812 y 1823, y re- flexionar si los parlidí)S liberales de ahora no son muy diferentes de los de entonces, ya íjue no en sus principios, por lo menos en su aplicación á las formas políticas y al gobierno del estado. Al recordar continua- menle los años de 18U y 182.'), al querer buscar en a(piellas épocas el tipo couq>lelo del partido inonánpiico actual, d ' r^-^tn permitirnos igualmente cjuc buscá- i único tipo de los partidos liberales en las constiluyentes de Cádiz y en los amibos de la C(mstitucion de 1812, que eran todavía muy numerosos en el trienio de 48-20 á 1823. Anles se quería una sola cámara, aho- ra se sostiene que son necesarias dos; antes no se quena el veto real, ahora se sostiene que es indispensable; anles se quería un su- fragio muy lato y |K)co menos que universal; ahora se sostiene que es preciso restringirle á muy estrechos limites; antes se quería ia elección indirecta, ahora se quiere la directa; antes se consideraba la milicia nacional como un baluarte de la lit>«rtad v del orden púbUco, tkmm ki-níü-Mno w» elemento defijiaturalizador de la libertad, y subver- sivo del orden; antes se miraba al gobierno itupremo cou la mayor descoolianza, v se le ^Mmn b& manos enlode, ahora se oeatrali. la la acciuti i;ubernativa hasta un punto á que no ilt'¿¿;iiün j.iinás los gobiernos absolu- tos; ¿de donde han venido esas concesiones? ¿no se nos dice continuamenle que se han hecho á l.is necesidades y al espíritu de la i/^^t a los adelantos deí siglo? ¿ a>nio es > pi^^iM»^ t<Nidréa igual derecho para hacerlas como m4^ enliendaii ka parados rntaár^ ,. quicos?

' ^ Si, el partido monárquico lia suínde oio- n^ifioasioiies consideFaUes, ¿quién lo doda? hace ahora concesiones que no hubiera he- cho en otras épocas: ¿qu¡¿Mi lo niega? {>cro en esto, lejos de abandonar sus principios ■iudameutales, do una prueba ralavoBlode que tiene le en su bondad intrínseca, su- puesto qiir los espooe á nuevas aplicacio- oes, eu^iiias por las circonslaocias de los vtiempos. Se Je ha dicho: «tus doctrinas no • ^pueden vivir sino en las tinieblas, n y el rOontesia lleno de alicato y brío: «yo no te- jió la disensión: » se le ba dieho: ttao ais* . lemas no pueden medrar siso ¿ lasombr» délas inlngas rortesanas; » y él contesta: «yo apciu ai voló del país: » se le ha dicho: i«l«8 intereses no pueden salvarse sino á la sombra del desgobierno amparado por el de6|)Otismo y por la resistencia á todos los pro|(resús de la civilización; » y el contesta: «icye ao rechazo las reronnasadíniiiíalnlivAB, .10.me opo!ii;() á las meiiir;'- materiales, no miro cou recelo el desariuliode los intereses industriales y mercantiles, y admito gastoso loe adelantos de la civilización y do la odltOr ra. En ese movimíenloílt'! las ideas modernas en que creéis que vuu u uaotragar mis doc- tainas, yo espero conaeguir ontrimfo seña- lado; en esa arena que vosotros habéis es- cojido', me [)rometo alcanzar la victoria, probándoos con la discusión y con los bc- obos, que la oausa de la religión, de los poderes legítimos y de los eternos principios de justicia, no esta reüida ^con ese movi- ' jmuío ioteleotoal j material ood que rá fptofiaaaiido la humanidad: lo que vosotco» queréis hacer con Ins nívolueiones, yo quie- ro ejecutarlo con la acciuu suave de los go- bioráos, á «i tiempo ohedeeidos y aoilfia- dos por los pueblos; lo que vosotros pedís á las idaas disolTentos, yo lo pido á los prin» cipios tuleJai-es de toda sociedad; lo que vosotres esperáis desoía la razón, yo lo es- pero (<p In r;v/on auxiliada é ilustrada por las creencins religiosas; lo que vosotros os pro- metéis del hombre solo, yo me lo prometo del hombre conducido por la Providencia.»

CASAMIENTO DE LA KKIJNA.

Etirite Mt Bkndkm «I tiM» itíSmlIn de IMe 'j ftahlíMtf* •k HmárHMi l< M mtinto.

Al escribir el dia ¿7 de agesto el articulo pertenecíerto al dia 3 del actual, que por razón de las circunstancias fue retirado, porque no creyó prudente su puiilicacion el encargado de la composición del perió- dico, no podiamoa -saberque el dia í29 st nKiiiiirostasc solemnenienfe la determinaeiou de S. M. de contraer malrinionio con su ^ augusto primo el infuEHe D. Francisco de Asís Mam, dnane de Cádiz; pero como su^ piésemos que el negocio iba auelantando rá« pidamente,. queríamos resumir en pocas pá> ginas todo lo qne habíamos dicho en largos y numerosos artículos en favor de la conve- niencia del enlace de la Reina con el conde de Monlmolin. El articulo se titulaba Toda da-tma twz; y en él comprendíamos las razo- nes en pro de la leiiilid.ul (ie ia discusioo, las que militaban por la conveniencia del en- lace, y por íin la solucioB de las diticultades: reduciéndola pruebas á la simple oonsígr- nación de una serie de heclins. y sacando algunas consecuencias tan obvias, que pera conocer su legitistiidad era suficiente el sen- tido común. Todavía sentimos un poco que el articulo no se publicase, sin embargo de los peligros que podía correr en su transita por la geíatara politice: porque estaba el derecho de la prensa tan evidentemente probado, y se usaba de este di n clio con tal templanza en las Tormas, que no hubiéramos perdido la esperanza de que la amabilídaA del Sr. gcfe |Kiltlico lo hubiese deiado pasar, siquiera por no ponerse en couiradiccten demaaiado {notable con el testo de la ley. Como qniera, y sopueslo que enlos tíeropoe que corren, no siempre la ley es un escudo bastaule seguro, mayormente si las circuns- tancias son nWMfdmarias, en cuyos casos no basta la jurisprudencia que conoce los derechos otorgados pfi^ la ley qwe ri^, sino Desde luego stHlMi'á los que es necesario el pulso paia tautetry « ^...aureciar debidamente el humor que domina, | hdades, por cierto nada estñMMinanis, que damos por bien ahogado el articiiln antes de nacer, y allá so ipituie entre los docunjenlos que de aquí u muciios años tal vez podrán aervimos para escribir la curiosa hialoria del periodo vamos atravesando.

Verdad es que de la mal aventurada suer- te del articulo difunto, nos hemos oODSOlado mas fácilmente, al ver la oportuna ocurren- cia de copiar otro que escribimos hace tres años, titulando: Todacia hay tiempos peores ^tie hg é9 revolución; | qué reflexiones lian debido ocurrir al lector! ¡qué justifica- ción mas cumplida de la nueva polttica, que hemos desenvuelto en este periódico, y qüe tan constantemente hemos sostenido ser la única que puede hacer la felicidad do la üspaña! Oh! ¡ y cuan vivamente deseamos 2ue de aquí á tres afíos no se puedan ro¡)ro- ocir é su vez los artículos del Pensamien- to DF i.A Nación, y d'^cirse, como del otro: «mas bien que un pronóstico parece una historia!»,...Sí, lo deseamos vivamente; deseamos engañarnos, ponjuc este engaño no mortiíicaria nuestro amor propio, ya (]uc se hubieran evitado a ia patria caianiidadcs inmensas. ¿Nos habremos éngafiado? Que* damos emplazados para de aquí á tres años, mi estimado lector: ¡Ojala puedas decir! «Sí, engaño fue; los temores del Pbksamiento dc i.A iXACioif eran vanos; la España no ha su- frido nuevas calamidades; han transcurrido ya tres años; el pais ha estado tranquilo, y adelanta por el camino de la prosperidad.» Interin aguardamos el fallo del tiempo, si- gamos discutiendo la cuestión del dia.

£n el articulo aoterior,1; dijimos esten- sanenle nuestra opinión sobre el enlace de la Reina con el infante Don Francisco, haciendo respecto al de la infanta con el duque de Montpensier. algunas indicaciones que ahora ampliaremos.

Según todas las noticias, parece que el matrimonio con el principe de la casa de Orleans suscita embarazos múyiséríos, tan- to en lo interior como en loesterior: esto debió preverse; ni los partidos políticos de España, esceplo una íraccion insignificante, ni la Inglaterra, ni las potencias del Norte, pueden mirar sin roccln (¡in' un hijo de Luis Felipe se case coa la iumediata sucesora á la corona.

(1) Mo 10 ha pablfcado.

\ en el orden de la natoralera podrían poner ia corona en las sienes de la augusta infanta: entonces, un hijo del rey de lil Nneeati^ seria el marido de la Reina de España; y la obra de Luis XIV, estaba mas consolidada que nunca. ¿Puede esto convenirie á ia In- glaterra? ¿Puede convenir á las piUJUÍv del Norte? ¿Puede serle grato á ningún ga- liÉiete que se interese por la oonseryaciwi del equilibrio europeo? Hech^lf ^MMMMl|Mli de la infanta con el duque dtf 'Uliipeniwr^ esta pondionto de un hilo sumamente del- gado, un acontecimiento de inmeom tras- cendencia para el pofretflf ^^üMlteia y de la Europa; y esa Europa ¿estaría tan falta de previsión? ('uando tan vivamente se agi- ta la diplomacia europea por peligros mu- chísimo ñas remolca, y de «mmAío menor gravedad, /solo en este se la sorprenderá dormida? Ni Mr. Guirot, ni Mr. Bttmj^ deben de lisonjearse con tan giaMÉ Wm siones. '.