SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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I'ara todos los hombres juiciosos bastan y sobran los hechos y las retlexioucs que aca- bamos de consi,::nar, por lo (jue \amos a dar otro giro al discurso; entrando en con- sideraciones de un orden diverso. Llama- mos sobre ellas h atención de los que se in- teresan por la tranquilidad del pais. ^ ' Claro es que los amigos del actual orden ; de cosas están interesados en atenuar la gra- vedad é inminencia de los peligros, y asi es muy natural ({ue aparenten dar poca im- portancia á loque ellos apellidan las impo- tentes macpiinaciones de los partidos estre- mos. Hueno será, sin embarfio, que no lle- ven las cosas hasta la exageración, teniendo presente la sabia máxima: ne quid nimix. A fuerza de sostener cpie la revolución ha I muerto, y el carlismo también, podrían llc- I gar a persuadir aciertos dependientes men- guados, que es licito cebarse en la perseca- cion de los partidos es Iremos, como se ceban los buitres en los cadáveres. Esto es peli- groso: es una máxima militar y política, el que nunca se debe reducir al enemigo á la desesperación. No diremos hasta (|ué punió podran encontrar eco en los partidos, ni I las escitaciones revolucionarias, ni los lla- mamientos del conde de Monlemolin; pero estamos seguros, muy seguros de una cosa. que enseñan de común acuerdo la razón, la historia y la espcriencia, y es que podrá muy bien suceder que los mejores auxilia- res de la revolución y del conde de.Monle- molin, sean algunos imprudentes servidores del gobierno de la Reina. Tal miserable que recibirá su salario para vigilar la conducta de ciudadanos ¡lacilicos; algún gele de una par- tidita que estará encargado de ahogar las insurrecciones en su cuna; algún comisario I dewasiíkio celoso tj actiro, (pie importunará ' sin necesidad a hombres pundonorosos; es- ■ los y otros servidores semejantes, podrán sembrar la alarma enlre los conocidos por opiniones progresistas o carlistas; podrán hacerles creer que no están seguros, aunqne nn rviispirm, y cuando esta creencia se di- ¡ fundiesi*, ¿ijué podría suceder? Todavia no.se ha podido olvidar lo que i sucedió en la última guerra civil. ¡Qué han- dos tan terribles! la palabra de muerte se ha- llaba escrita en todos los artículos. ¡Qué fu- silamientos en todas partes! ¡Qué prisiones! ¡Qué conlinamientos! ¡ Qué destierros! ¥ ; sin embargo, ¿qué se adelantó con est»? nada, absolutamente nada. Loque se htzn fue perder mucho terreno; v disponer de , tal suerte las cosas, que si b. Carlos hn- 1 bieíie tenido consejeros mas atinados y pre- i vi.sores, su causa habría triunfado [)or los Í mismos errores de sus enemigos. Recuérdese lo que sucedió en Cataluña. Todo estaba perdido; y la política del harón t I (le Meer sostuvo la causa de la Keina. ¿\ como? con la severa disciplioa en el ejérci- to; con ordenes terminantes para que no se insultaste a nadie; run un cuidado esln'mo prende por le común, lo que serán sus pro- videncias, cuando se llegue á los pormeno- res de la ejecución. El fíohierno escribirá las palabras de sospechosos ó desaféelos, siu para «pie los pueblos no fuesen molestados; ¡ considerar <|ue estiís palabras van á des|>ercon poner centinelas en las casas de campo, para evitar hasta los peípicíios desmanes de ios soldados durante el transito de una co- lumna; con tratar humanamente á los pri- sioneros; con restañar la sanjrre en las ciu- dades, ya que por dcs^'raria estaba corriendo en los campos. Testijíos fueron del resultado cuantos se hallaron a la sazón en Cataluña.

Xjü exas|>eration de los ánimos se calmó de una manera notabilísima. Los hombres ñas influyentes del partido carlista ronocie- ron que les hacia mas guerra el barón de Meer con su proceder suave, que con su pericia militar. Sea cual fuere la opinión que tenga el partido progresista de la conducta que con respecto a él observó este general, es indudable (pie en el campo y en las po- blacioni's subalternas, los efectos de su comjMjrlamiento fueron altamente favorables a la causa de la Heina.

Bien sabemos lo que se dice en tales ca- sos: que es necesario aliíjar el mal en sus f»nnc¡pios; que conviene cortar los hilos de a conspiración cuando comienza á urdirse; (|uc al iin, el mayor daño (|ue puede resul- tar á los que sean inocentes, es el estar en- eerrados en un calat)02o por algún tiempo, por via de preraurinn. l*ero este lenguaje, sobre ser el idioma de la tiranía, es el de la imprevisión, el de la ceguera. Cuando se han enrarcelado o deportado cuatrocientas o quinientas personas, no se ha llegado á mas (juc a una pequeñísima porción de un partido. Los partidos, en tiempos agitados pequeñas chispas se dilatan. y llegan á mm tar en el ultimo rincón de la península todas las malas jiasiones, venganzas personales, rivalidades mezipiinas, miras codiciosas, instintos brutales; todo se revuelve y se po- ne en movimiento, y presenta un especta- colo deplorable. Tal escribiente de una Gli- cina de {Milicia mira con insultante desden a una persona respetable, y le maltrata de palabras, y le amenaza. Tal comandante de armas, un capitán por ejemplo. u otro cual- (|uiera.que salido de la oscuridad se asom- bra de verse re\eslido de facultades eslraor- dinarías, ejerce las funciones de su peque- ño bajalalo, y se creería poco activo y litv inasiado condescendiente, si no cspidieru lodos los días algún pasaporte de confina- miento, o no metiese en la cárcel á ciuda- danos pacilicos, remitiéndolos luego á dis- posición de la superioridad; y quizá tal hom- bre inláme, hambriento de oro. ac(H'ha la ocasión de arrojarse sobre una víctima para obligarle a redimir la vejación, y arrebatar le cruelmente el ¡"rulo de los sudores de toda la vida, la es)H>r:inza de su familia..No. nu conijuenden liastinte los gobiernos lo qu(; signitica el entregar a los pueblos a dispoNi- cion de la arbitrariedad; no comprenden bastante en (|ue se convierten sus provideii cias cuando llegan a ser ejecutadas; y por esto se hallan á menudo con resultados Jia- inelralmenle opuestos á los que se habían prometido; por esto ven (pn* las insurreccio- nes en vez de atajarse pmgresan, y que las y revueltos, son demasiado grandes para (|ue puedan caber en una cárcel por via de precaución. Lo (jue se hace con esta conduc- ta es alarmar, agriar, exasperar; cada in- dividuo tiene su familia, sus parientes y amigos; y cada cual piensa que le puede suceder mañana á él mismo lo ({ue vé que «ta suc(ídiendo á otros; y lal ciudadano que viviría pacílico en su c^sa, podrá con-! vertirse en un soldado tanto mas temible, ' cuando á mas de pelear en defensa de sus principios, buscara en el combate la vengan- za de sus agravios.

Cuando el gobierno superior lanza desde 9» altura órdenes fulminantes, y que pue- den dar origen á la arbitrariedad, no comgrandes incendios.

btcftlo ru bjRrloiu rt l« li' Mu.lnJ rl [•liblicwiu «I» Ks costumbre antigua en las fracciones del partido liberal, el achacar a sus adver-i sarios la coalioiím o alianza con los carlistas. Durante la dominación de Espartero se ha- blaba de alianza enrio-crislina; ahora se nos viene hablando de alianza f(ir/o-/)ror^r<?$ísía. Esto parece indicar una cosa. y es, que el l'i'iu dejemus esas protestas <]ue aadd signitican. pues lo uue debajo de ellas se quiere ocultar, esta demasiado patente a ios ojos de todo el inundo. Al temer la coalición se obedece á un instinto de conservación propia; y al clamar contra ella se traía de prevenir un peligro. En ambas cosas, se coniiesa sin ipiererlo, la importancia de un p;«rlido que se aléela despreciar, y se cons (pie aduciamosen defensa de nuestro sistema polilico. Hste es un triiinlo que obtenemos en el terreno de la discusión, ya (|ue no hemos |)0(l¡do alcanzarle en el campo de los sucesos: las victorias en los hechos son el logro de lo que se desea; las victorias en la j discusión. consisten en demostraciones pal- ' pables de <pie se discurria bien. Kn lo interior tenemos el hecho que aca- bamos de consignar: en lo eslerior hallamos otro no menos sii;nil¡cativo. (hiando la Fran- cia se hallaba contrariada en la corte de Ma- drid, necesitó sefrun se dijo, echar mano de algunas palabras que intimidasen: el Times en im arlicido del 9 de agosto, tjue copia* ron los periíKÜcos de Madrid, reliere que u la Francia habia llevado la sin razón y la audacia hasta el punto de amenazar a los ministros españoles, con llevar al conde de Montcmolin a Madrid á la cabeza de los bapartido carlista uo es lau débil como se ha querido suponer; pues su alianza es busca- ua, 6 al menos se teme que se la busque. Ks bien curioso que á los ()arlidos dominan- tes, siempre se les ocurra la idea de (jue eus adversarios tratan de aliarse con los carlis- tas; que a los caldos les ocurra también la misma idea, cuando menos como una lenta- cion. Enhorabuena que Intención sea recha- zada por la conciencia de los ipie la sufran; jj lirma plenamente la fuerza de las razooee pero ello es que la tentación se presenta.y que los interesados en que la tentación no triunfe, se muestran alarmados, hasta q^ue el mal pensainienltxehava desvanecido. Este solo hecho di( e mas sohre la situación de España. de lo que pudiéramos decir nos- otros con largos artículos. No es necesario penetrar en el secreto de las negociaciones, ni siquierí. saber si han existido, ya sea en 484¿, ya sea en 1846: basta el simple hecho de los temores del partido dominante en las épocas respectivas; basta la reapari- ción del mismo fenómeno político, no obs- tante la diferencia de las ciifunstancias.

Pero se nos dirá, nosotros no tememos la alianza; publicamos simplementi^ la noticia mas ó menos fundada; y al apartar á nues- tros adversarios de un* abismo semejante, trabajamos para su propio decoro, para su porvenir, no para nuestra segundad..Vlendidas las pruehas de cordialidad que se han Uilloncs franceses, si la candidatura Trápani dado los hombres de la situación y los pro- fíiesislas, no puede caber duda sobre la sin- ceridad de tal lenguaje: y asi, desde lueiro permitimos al lector, oue si lo considera justo. [)resle ciega fe á la j>ereyrina proles- la. vcrea de todo corazón, ijue cuando el [lartido dominante procura apartara los pro- gresistas de la malíiadada coalición C4>n los carlistas, procede movido por el puro inte- rés de sus adversarios, y solo se propone conservar el decoro, y asegurar el porvenir del parlido [irogresisla. Por nuestra parle, y suponiendo (¡iie el lector se haya decidido ¿ creer, todavía nos permitirumos una ob- servación. Si el decoro y el porvenir del partido progresista os inspiran tan vivo in- terés, y este porvenir y decoro se sacrilican con la coalición supuesta; ¿como es <|ue no reparáis en sacrilicar desde luego csle misera rechazada;» y ¡ n^itable contraste! aho- ra (pie la Inglaterra ha sido burlada, se achaca al gabinete inglés el (pie favorece los })royeclos belicosos del con(ie de Monte- iiiolin, y los periódicos ingleses en sus artí- culos mas amenazadores, no han encontrado medio m:l^ -i i iiro para causar impresión, que el soltar algunas palabras favorables á ¿'(irlos Luis.

Léanse los ))criódicos alemanes, france- ses, ingleses, españoles de todos los partí- <los, y en todos ellos resalta como el mayor inconveniente y el mayor poligro. el uso que las poLi'ncias europeas, y muy particu- larmente la Inglaterra. pudíeraii hacer de la situación del hijg de D. Carlos. Eslo ¿qué prueba? prueba lo mismo (jue llevamos ea- plicado; prueba que el partido carlista uo es tjin despreciable como se (juiere suponer.

ino decoro de los jirogresislas, suponiendo- | Ese movimiento instintivo con (pie los parti- los capaces de un acloque apellidáis indeco- l| dos, la nación, la Europa, vuelven la vista roso? ¿Es cuidar del decoro de una persona ol suponerla capaz de hacer una acción in- decorosa?

hácia la situación del conde de llonlemolin, tan pronto como se presenta un peligro, es el testimonio mas elocuente de que no se Irala de uu partido muerto, v que.será ne- cesaria no poca lialnlidad para iiaciM' frente á las evenluulidadesdel porvenir. Diréis, que seao cuales luercn. no las teméis; sea en luicD hora: esto prueba <|ue sois valientes. Y lo sois en verdad: <|ue bien necfNÍtaliai» valor para lo qu(^ lialu'is beclio. Para llevar de frente la cuestión de fueros de los pro- ¡ vincias Vascongadas; y las quintas en Ca- taluña; y el si^tenta tributario; \ arrostrar la ira del partido progresista; y la deses|)e- racioD del carlista; y el dis¿{u^ío de la Ku- ropa; y la cultera de la Inglaterra, es nece- sario ser valientes, nuiy valientes: si, lo iN»Í!»: este titulo no se os puede disputar, sois muy valíenlcs. Cuidado con la exageración de esta cualidad, <|ue entonces el valor toma otro nombre.

Se ha instado á los progresistas ()ara (|ue manifeslasen solemnemente que desistían de apelar a la fuerza, y que solo liataban de emplear medios legales: no.estrañamos la inslancia, poique en efecto, eu la situación actual (te España es de muclio interés elsa* h'T la a<'litud (]ue quieren tomar los progre- sistas. Porque es evidente (|ue el peligro no está la coalición, sioo en Idsiiuullutieidad de la acción, auii(|ue los que obren no se hayan coligado. Poco le im|K)rU)ria al go- bierno el (|ue sus enemigos, si apelasen ñ las armas, se hubiesen coligado ó no, si ti.- vit^^e que habérselas a un mismo tiempo t.. unos y otros. I.as probabilidades de los carliítas están en los campos, las de los pro- gresistas en algunas ciudades po|>ulusa8: fallando la milicia nacional, y AU|)uniendo que los carlistas y los progresistas apelaseu a las armas, cada cual por su lado, la silua- cioQ seria critica, y no debiera carecer de valor y de maña quien consiguiese salir airo- so de ella. Por el contrario, si los progresis- tas propusiesen cnmendar^e, y asegurasen que ni en.Madrid ni en ninguna capital de provincia intentarán un golpe, aunifue no quede dentro de los murcts de las poblacio- ues ningún soldado, y (pie por el contrario apoyaran al gobierno, todo el ejército se [)0- dria agolpar xibre el punto en que estallase la insurrección carlista, y ahogarla de un golf»e, ó al memts im|>edir (pie progresase.

l'or ahora no.se ha visto ludavia la mani* (estarioQ deseada, y las palabras del pru- deale senador que respondió de sus inten- ciones, mas nu de las agenas, no eran muy i {NTpposilu para tiau(|uilizar á los suspicaces. E» verdad (|ue se ha publicado una de- claración según la cual parece que Espar- tero.se halla tan decidido a |M)uer Un a las esperanzas de los carlistas como en Luchaim y Vergara: pero la dihtullad esUi en que la suj)osicion implica el mando en gefc de ios ejércitos; y este es un lugar estrecho eu de- masía, donde no pueden caber dos. No hay ninguna contradicción en que Espartero se halle decidido a batir las huestes del conde de Monlemolin, y en (pie no renuncie á re- parar en debida forma la catástrofe del Ma- labar, enviando a otros á tierras estrange- rus para ser a su turno acusado de coalición con los carlistas, y defenderse con proles- las deque, sí los dejaran, también ellos aca- barían con el carlismo. Por manera que este negocio, tan sencillo para cada uno de los conteudieules, lo hacen muy complicado los dos juntos. Los hombres de la siluncion es- tán resueltos á combatirá los carlistas; lu creemos: los progresistas están resuellos también; no lo dudamos; pero ¿con que ciindicíoncs? Una muy sencilla: mandando. Todos quieren combatir; pero es con la condición de mandar; v asi no combatirán junios á los carlistas, que es precisamente lo (|uc debiera desear el conde de Monle- molin.

De e.slo se inlierc que merced á las divi- siones intestinas, fallaría en caso de guerra un elemento de resistencia y de acción que conutbuyó no \h>co á ios Vcsullados de la guerra anlerior; y sí se añade (pie este ele- mento de resistencia y acción |)odria no so- lo fallar, sino obrar en sentido á propó- sito para tener ocupadas las fuerzas del go- bierno, iiabremos encontrado una diferencia (pie cá un dato muy importante en el pro- blema de España.

Los progresislas se quejan mocho de (lonzalez Brabo por haber desarmado la mi- licia, y dicen tpie con semejante acto.se dio a la libertad una herida mortal. Salva la aceiM?ion de la palabra libertad, de la cual para saber si ha sido herida de muerte de- beríamos saber si alguna vez ha vivido en España, preciso es confesar (|uc no van los progresislas tan descaminados; y que sí es- tallase una insurrección carlista, no pocos de aquellos hombres ipie niodilican sus con- vicciones según las circunstancias, fio habían de ser tan favorables como fueron al gol|H; maestro del Sr. González Brabo. Esceptuan- do las plazas fuertes, los carlistas por poco numerosos uuc fuesen, ponelrarian en ludas parles donde no huhiese una coUnnna de Iropü, lo cual seria una ventaja que no dis- Trutaron jamás en la fiuerra anterior y que podría tener consecuencias graves.

Naturalmente ocurre que en tal caso se armaría de nuevo la milic ia y qu*> a>i (|ue- ilaha todo remediado; pero rellexiouando un |)oco, se echa de ver <|ue In cosa no \ es hacedera tan fácilmente, y que ademas \ el nuevo armamento podría acarrear resul- tados desagradables. La iiislilucion de la milicia era por si sola un eleníenlo de revo- lución; pero este carácter lo tendría mucho mas aruíimdola de nuevo. Kl armamento se liartn en circun>tancias crilicas, en (|ue las pasiones bullen, en queelmíedoarredia á los unos y el peligro exalta á los otros; todas las precauciones de prudencia para casos se- inejanles no son mas que artículos e.scrilos en un papel. Kl simple decreto de armar de nuevo lu milicia nacional sena un llama- úñenlo á la revolución; seria una confesión paladina de (pie para defenderse era nece- sario soltar la cadena a la liera y dejarla que campease, siquiera fue.se con inminente pe- ligro de los (|ue en olro liem|M) la crmde- naron tratándola en seguida con notable du- reza.

' l\ INGLATERRA Y LA FRANCIA KX L.\ Que el niatrinionío de la Reina y el de su augusta Hermana era un negocio n>uy grave, nadie lo ignoraba; pero que sus resultados ¡ debieron ser de lamaña trascendencia, no ¡ todos lo creían. Lo que antes podia ser una I conjetura mas o menos fundada, es boy un | hecho incontestable r los enlaces de las dos, princesas han cambiado la situación diplo- | inática de Europa. Esta proposición, no se nos escapa impensadamente; la establece- mos con plena premeditación. i Nuestros hombres polilicos han (pierido reducir á dimensiones pequeñas un negocio il inmenso: semejantes empresas son supenu- res á las fuerzas humanas: lo que de suyo es grande, gi-andc permanece; si se lo quie- re estrechar, rebosa.

Para eslraviar á los políticos espartóles ha mediado una causa grave: el obrar de acuer- do con un gabinete cuyo pensamiento irres- ponsable disfruta fama de comprensión vas- ta y penetración profunda: hay ilusiones a (pie no se sobrepone fácilmente el conuin de los hombres: pocos son los que eslan bien persuadidos de la verdad de aquel dicho: — anda, hijo mío, y veras con cuan poca sa- biduría se gobierna el mundo.

St», cuenta de un augii.^lo |>ersonaje que en la cuestión del matrimonio de la Rema de Esfiaña no quería [Kírmilír de ningun^ modo (pie renaciese el predominio de la ca«^ de Austria, y que en tal evento se proponía demostrar que su es|)ada no era de maderu: preciso es confesar «jne aun sin cj^te peligro ha manifestado en este punto una o.^iadia que contrasta notablemente con su proverbial tímide;.. Un emperador romano pregtintaha á.Vpolonio qué es lo que había cansado la ruina de uno de sus anlecesoies: «sabia templar muy bien su arpa, respondiri.\pQ- lonio; pero en cosas de gobierno á vece» ponía las cuerdas demasiado Úojas, á veces demasiado tirantes.»

En eslo, como en muchos oíros casos, no faltará quien repita la vulgaridad de que cuando él lo ha hecho, lo habrá f)«nsado bien: sin duda; y también lo habría pensa- do bien Napoleón cuando se equivocó lan soiomneinente en los negocios de España: y no lo pensó poco y mal la Inglaterra que contal habilidad, energía, y resultado, se aprovecho del error del capitán del siglo para envolverle en una red de que no salió sino para la isla de Santa Helena.

¿Pronosticáis, se nos dirá, la ruina de la dinastía de Orleans. y eslo por un matrimo- nio español? No, ciertamente; pero lo que afirmamos sin lemor de errar, es que la di- nastía de julio ha entrado en una situación nueva, y (pie el anciano monarca no baiani al sepulcro sin pagar con crueles pesadum- bres la satisfacción de un momento. 1.^ po- lítica esterior de la monarquía de julio tenia por uno (le sus objetos ()rincípales la con- servación de la paz euro|M!a. cuya garantía mas solida era la buena inteligencia con la íiran Rretaña: esta buena inteligencia se ha rolo do una manera estrepitosa, y para restablecería se necesitan algunos años mas de los {iiifíde proini'tcrsu de vida Luis Felipe. La Francia y la Kuropa saben lo que ha dado de si esta buena intelii;entia, (|uu mas o uienos sincera e ínlinia, ha sido Una prenda de la paz del mundo: nadie puede saberlo <pie su rompimiento producirá. No nes alucmamus sonando ya en sanfirienlas batidlas entre Parker y Joinville: pero esta- mos seguroH de rpie ha comenzado realmen- te una nuera era diploníalira, y por consi- ííuienlc pulitira. La nueva faz de los nego- cios se nianil'estiira mas o menos larde, qui- zá no muy tarde; pero de cierto se inani- lestiira.

Algunos periódicos han tenido la candi- dez de pintarnos como muy ligera la herida de la inteligencia cor«li¡d cnlre las dos nacio- nes, retiriendo seriamente <pje la Inglater- ra se contentarla con la renuncia del duque de Monlpensier á la corona de Francia: si el gabinete de las Tullerias hubiese ofrecido al de San James tan' ilusoria satisfacción, este hubiera tenido razón para contestarle que no era prudente agravar el desaire con un ofrecimiento que podia tomarsi» como burla. La di|>lomacia inglesa no debe de ba- l)er |>erdido el sentido común, y este basta para que vea <jue el v»'rdadero peligro del matrimuniu no se funda en remotas eventua- lidades de llegar al duque de Montpensier la cor<ma de Francia.

Se ha tratado <le |)ersuadirnos que los te- mores de la In^'laterra se referían tan soto a la jwsible uiiirMi d«; las coronas de Francia y España en lina misma cabeza; y que con tal que este peligro desapareciera, el neg(»- cio estaba terminado. Esto, repetimos, es un error: la Inglaterra no teme esta reunión, [torcpie es poco menos que imposible, aten- didas las probabilidades de la vida humana: y porque si llegara este caso, aun cuando ningún tratado lo prohibiera. lo habia de impedir el cvidenl»' interés de toda la Kuro- pa, y mas que la Kuiopa misma, lo habia de impedir la Kspaña, que aun en su des- gracia conserva todavía bastante nacionali- dad para no resignarse á ser abiertamente una provincia francesa.

¿Qué teme pues la Inglaterra? ¿Por qué se indigna? Teme: que un hijo de Luis Fe- lipe por un suceso desgraciíido, pero muy {KM>ible, llegue á ser rey-consorte en Espa- ña; teme que, uun sin este suceso el carác- ter de marido de la inmediata suce.sora á la corona, asegurara al duque de Montpensier, es decir, al gabinete de las Tullerias. una iiilluencia preponderante en la ()olitica es- pañola; teme que en las eventualidades del porvenir de Ksjiaña, |Mjr mas puras y des- interesadas que se supongan las intenciones del duque de.Montpensier y de su augusto padre y familia, algunos hombres mai inten- cionados pudiesen pensar en hacer en Espa- ña otni revolitrioH de julio, introducieudo diferencias líntie rama primera y rama se- gunda, lo que.idemas, y para que no lo olvidcíu los ingleses, tiene otro ejemplo an- terior en (luillelmo de Nassau, orincipe de Orange, casado con la princesa María; te- me que, aun cuando no se verifique ni lo primero ni lo tercero, y (|ue teniendo suce- sión la Reina [ñerda lá Infanta el carácler de inmediata siicesora a la corona, las rela- ciones de familia que ya eran bastante inti- mas,.se estrechen hasta el punto de dester- rar del todo la influencia inglesa, y hagan dueño esclusivo del campo al gabinete de las Tullerias..• Todo esto teme la Inglaterra: la historia y la esperiencia son los jueces competentes >ara decidir si temo ó no con razón; •á>i como el buen sentido del lector deberá fallar si el motivo de semejantes temores desaparece ni aun con la renuncia de los hijos de la Infauta á sus derechos a la corona de Espa- ña. Esto lo exige sin duda la Inglaterra; pero si logra esta concesión inmensa, lo que consideramos dilicil, porque seria la mayor de las humillaciones para los gabi- netes de.Madrid y de París, todavía la In- glaterra no estará satisfecha del todo. Su amor propio quedaría vengado viendo la deshonra en la frente de quien habia que- rido humillar el orgullo inglés; pero su pre- visión iría mas alia, e iududablemenle to- maria otras medidas de precaución.

¿Porqué se indigna la Inglaterra? Se io- digna ponpie después de haberse lisonjea- do con ({ue su inlluencia en la Penmsuin quedaria asegurada con la conducta que ha seguido desde 1 8:^3, se halla actualmente en peor situación <|ue en dicha época; se indignii porque habiendo auxiliado a la cíiu- sa de la Keína durante la guerra civil, y al- go mas (|ue la Francia, las ventajas no han sido para ella, sino para la Francia; se indig- na poi(|ue su amor propio se siente herida al verse precisada á contemplar su derrota. V burlados todos sus cálculos de una mane-« macia eurdpea cfue íe 'fíflillífftf; ^ indiiína.^-^-.^^ porque s 'tnin;isi';:ur;in j)(»n()iiir*(is st* le ha ialtiulu a una piilahra soleninemunte cni" peñada; se indi;i;na porque ^'^Prtmcla, tjne desput'sde 1830 apiMtus h,i osndu desculentena séiMWlfíkMi^immM^ptépmB*- to hundir para «íi<'tiq>n' la reina de los ma- res. Si: los humlnes de et>lado de ioglateiia clon de Ks[)aria, olvidando tradic¡0De4) anti- guas, y haciéndose los paladines de no se le poderoso, ahora no hace caso de proles/as I que empresas propagandistas, que uojmk fírmaiesde la Gran BreUiña, y \eü da por || dian proMciftim^ii resuitado. o na^^fMlÍÉ iiiitu\liattt cjoi'urinn di'I pro- ' tenor otro «pie malar la itaeionaini i l f^pañola: y de esto, si se consuma, ¿que delicra rerallAr? Alguna» iii§ic8eá habían calcuiadu que lo que debe fcwttar, m sitiwiiaii ú la Inglaterra; cálculo especioso. peromuy«rra- do^Jo^^i^ue^ddw^iíurj^^a^^ necesiiladv cia V ai deciyeslo, no hablamos delaab» S(Mi-H»n material, reuniéndose los dos paises bajo un mismo ci>lru; sino de U ubsuruttui moral, que pm»TnNéfétMkifmñ»i4mHif^ ideas propias, de unas coslntulires propias, de una iegisiaciou propia, de una cmiura propia, y eft'áiii, dé uta polUica propia u iodependientei" ftrix^r ' * -oifímiMlir La in!^líilerra. que vio con jdaeer la caída de, la reslaucaciua en i<i-aucia, se Uo. «blardado diez y seis años en hacer un (usea- briinicnío, que sin embariro w) era tan buscar un aliado iiel, no sena por cierto el i dibcii, sise hubiese recordado k h^Utfta gabinete^ilaB Tulterias dondi^lhgli(l|^¿ t Üfctl^ioitttea y- i las laimUas^'^fÉni ra irla á encontrarlo, l n interés |)Psnjero 5 eniiaño ha sido inavor. liándose de ese nnederse de las iiidii acioni"» i\" ningún ijabine- MMpiiesta la tnme;u<u<t eioeiirinn (H'i pro yeeto c^mlranado; por eslo se indi^^na la In- glaterra, por eslo se confunden en una mis- ma idea y en un mismo sentimiento. los whiiT'? y los lorys: títrlns se indijrnuii d" l i huniiüacion que acaba de sufrir su pai>. y se preixunlan arcrg()tieééiM,'cAm6 c» posi- ble <pie la euádrojílc alianza les haya ron- ducido hasta el ptinlo de ver lieelia 'peda/o'; la polilica de Pili, v tan Iristemenlc inar- ehitados los Üiireles de WateifH^f ' Mm ho sentiiníís, esclania con una indi::- nacion mal comprimida el ori-Mpo del ga- binete injEfes; mucho sentimos que la nacioh inglesa haya perdido su conlianza en la di- nastía de julio de is;{0. /Como podría la Inglaterra en lo sucesiso (l;;r crédito alas promesas de una corle (pii> |)or tholiroS do eííoismo ha olvidado lan pronto lo pasado? .Si la necesidad realmente nos obliírara a Ni bastaría entonces como ahora, para que o vidaM lodas soa praine^as, y faltase a todas las consideraciones debidas entre dos po- tencias ninii.'ns. DtMUfts ':i;iri;is á Dios pf>r haber hecho esU descubr miento en una oManoen que fa segalíMfidÉ^%4llgHltopi ra e>la muy lejos " Chronicl" del *s setiembre.