SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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mdepomlcncia; donde hay pocas familias jj Inlitrcse de i 1 '-tn,|ut' el iiobierno es- que no iei)i:an que llorar algún desastre, la i pañol liara nmy prudentemente en no con- casa incendiada. ó alguno desús individuos || tar df iiiasiado con el apoyc^ del gqbieriM muerto gloriosamente en defensa dé la inde- I francés: recuerde que un4i^B0n4Í4ÍN^^ t>endcneia de la patria; donde son murhas jj lim no h • n Irenle ai mas penueño apiif%- ^ fatniiias que cuentan alguno de sus hijos | y que podría muy bien suceder que, si- ooBdieiflos de calabozo en eateboco como | guiendo la cestonuire de los poderosos,:^, vM^tse&inos en esa Franeia donde bnsca^ roin án asilo, y bajo ese mifímo gobierno de f Julio, á cuyas huestes podrían esperar en ios dtsHIaderos y gargantas!

Pero es inútil i ansarse en harer observa- ciones: la Francia no ignora el terrible (jue importa! de los españoles, y que una vez empeñados en la refriega,* no retroceden por nada. El gobierno francés lo pensarla una y mil veces antes de empeñarse en lan eiTtdo eenioo; y la opinión publica de aquel pete sería un oltslácnlo poderoso para la eje- cncion de semejantes proyectos. Ardieron, es verdad, nuestras aldeas, nuestras villas, aieilra^ eíodades populosas; regáronse naesli 'i- campos con torrentes de sangre es- pañola; pero ab! que la Francia pago muy siese la Francia hacer lo del!ie6Ín4MMMI las < ¡is(;tri;(N (1,1 íyego uor mano agemi;y luego SI ia tentativa sale mal » limiiarse.Á condolido» péaewee, y á<||estaa pare iliwteie emigrados en los salones do Pa¿s*t. r-n l*ero,¿á (pie di'lenernos en conjetnras, cuando lo presente nos esta dando cl.iia iúm del ponrenir? Rómpese Je^eordial inteligee# cía, y al instante las escuadras de la Gran Bretaña pasean su orgulloso pabellón por el Océano y el JMedilerráneo: Cádiz, Málaga, Cartagena,.Valencia, Barcelona, todaftlee puertos mas iraporíaoies han visto en sus aguas el pabellón inglés; ¿doiHl|;'#siNi'.^ fraoeést IJega la etcnadra i^g1éaa'il£áij|iaik y los periódicos de la situación anuncian jA- mismo tiem))0, que irá también á Cádiz el f » i'^.w w..."...• ri...caros sus esfuerzos impotentes y sus esté- i| principe de Joiovilic; los buques de la ma- níes teagansas; ah! que infinitas madn») rían brií ' ' francesas luiscaron á sus hijos entre los res tes de los ejércitos que volvían de España, jmo» hijos no estaban!...• El Napoleón de la paz no tiene lebre la Francia el mágico ascendiente que el Na- poleón de la guerra: habet presenciado la iténica recorren loa paenes.del lifrq diterráneo; y los mismos periódicos asegu- ran que pruulxi se dejara ver en aqneilaa aguas la escuadra de Joinviile. £1 mismo al- mirante ingl^ perece creerle^ y apostado en las aguas de Gihidtar, pregunta por la escuadra franceiiaofTiMMittüicese.el akmrae-r « le: la eseandra francesa. tn ffx il« hacer | rumbo hacia (-ádiz se ha metido en Toloo, y el principe de Joinvilic se ha ido á París...LA INGLATEIIRA La nueva siluacíon diplomática que han j producido en Europa los enlaces de la Rei- na y de su augusta hermana, sigue llaman- do vivamente la nlencion de la prensa es- pañola; y no puede suceder de otro modo supuesto ({ue este es también uno de los obelos preferentes de la prensa europea. Em natural que los partidos procurasen [>re- sentar los objetos bajo el aspecto que les fuera mas conveniente; por desgracia vivi- mos en una época en que las ideas y los hechos se aprecian, no por su verdad, si- no por su utilidad; y \m cousi;^uiente no debe causarnos estrañeza el que se trate de sacar de lodo el mayor provecho [Misible: pero hablando in^énuameote, diremos que este sistema se exagera á veces hasta tal punto, que produce un efecto totalmente contrario al que se proponen los que lo emplean. ¿Qué no hemos leido eu los dos últimos meses, sobre la Inglaterra y las po- tencias del.Norte, respecto al enlace del du- que de MoQlpensier? ¿No hemos tenido que oír una v mil veces, que la herida du la in- teligencia cordial era muy libera, que las (Mtencias del Norte veian siu dís¿|;ustoel ma- trimonio francés, y hasta que el gobierno de julio tendría en su favor contra la Inglater- ra al gabinete de Berlín. á Melteruich, y al mismo emperador Nicolás? ¿No heinus oido atírmar con una serenidad admirdble, que el reoooocimiento de las potencias del Norte se habia facilitado mucho con el matrimonio, > y que estaba á punto de terminarse el aisla- miento ea que se halla la España desde la muerte de Fernando? (Cuando estas cosas se cscríbeo, seúal es que se cuenta mucho, muchísimo, con la ignorancia de los lectores, V estos tienen un indisputable derecho á mdignarse o a reirse: por nuestra parte, mas bien les aconsejaríamos la risa qu« la iudíg" nación.

Tam|)0<'o alcanzamos á conqirender qu« este empeño de alucinar al lector, pueda producir otro resultado ({ue el de salir un poco menos mal de los apuros del momento, cosa en verdad no despreciable, cuando se vive para el día; pero atendiendo al desen- lace linal, ¿de qué sirve adormecerá los demás, y adormecerse á si propio, coa esperanzas que el tiempo podría (lisipar? Y decimos adormecerse á si propio, porque opinamos que es esto mas común de lo que generalmente se cree; á fuer/.a de repetir una cosa, y do buscar razones para apoyar- la, y de mirar todos los hechos, solo bajo el aspecto que conduce al tin que se desea, se llega á fonuar cierta ilusión <]ue puede ocupar el lugar de una. convicción verda- dera. Todos los partidos, aun en las silu^* clones mas apuradas, se hacen ilusiones, que para los hombres imparpiales son hasta ridiculas, y cpie para los iuleresados.son una cosa muy séria. Se las hicieron en la guer- ■ ra de la inde|>endencia los afrancesados; se las hicieron los realistas antes de pubiicarse la Conslilucíon en <8á0; se las hicieron los liberales, hasta en la agonía del sistema en <82i{; se las han hecho |>osleriormente todos los partidos dueños del poder hasta la última catástrofe de Espartero en 1843. En las alias regiones políticas se vive con mas imprevisiou. con menos plan, de lo que creen los que no "se han acercado jamás a ellas; entre conciertos, felicitaciones, lison- jas, opulencias, esplendor, ¿quién se per- suade de que pueuan estar cerca graudoí infortunios?

Lo que en la actualidad ocupa particular- mente á la prensa respecto a la tueslíoii diplomática, son las noticias y conjeturas so- bre la actitud que han lomado 6 tomarán las potencias del.Norte. ¿Apoyaran á la In- glaterra contra la Francia? ¿Apovarán á la Francia contra la Inglaterra? ¿Se mantea- drán indiferentes? « Para decir que las potencias del Norte apoyarán ála Francia de julio, eu una cues- tión que asegura la preponderancia de esta en España, y que puede coipcar á uuo de los príncipes* de la dinastía de Oríeans en el trono de Felipe V, es preciso tener to- da La serenidad de que se hace alarde con harta frecuencia en las discusiones políti- cas. Las potencias del Congreso de Viena, las potencias de la l^nta Alianza, la^i po- tencias que jamás han podido mirar Irancjuilas la caida de la primera rania de los Borbones, esas polencias apoyando a la Francia de ju- lio ¿y en qué? én sostener la influencia francesa en la Península, y esta influencia personi lirada en la dinastía de Orleans...¿en qué ocasión? cuando se acaba de dar el ultimo paso con el liu de consolidar la di- nastía española, no reconocida lodavia por, aquellas potencias; cuando se ha querido dar el úllimo íiolpc á las csperan2as de la fa- teilia de D. Cárlos, por la cual ellas se han interesado siempre cuando han tenido motivos para alirmarsemas y mas en la con- duela que observaron desde 1833, viendo que la cuádruple alianza acababa con un cliasco tan terrible para la Inglaterra.

Seria penler tiempo el ocuparse en am- pliar las indicaciones qoo preceden: nos- otros qne no nos burlamos nunca del lector, y (|ue siempre le respetamos, apelaremos á su buen juicio y esperamos Iranquilamenle su fallo. Estamos seguros d«^ que este i'allo seni el nnc síííuc: las potencias del Norte que no nan reconocido a Doña Isabel II, habrán creido tener con el matrimonio fran- cés una nmn^ razón para diferir el reconoci- miento dt' la Reina: han tenido una nueva razon para continuar en la csper taliva en míe se hallan de mnchos afios á esta parle; aho- ra eí? menos probable que nunca el que se precipiten en el negocio del reconocimiento. TEs imposible qne el matrimonio trances no haya aumentado el recelo coa que miraban á la dinastía de julio. y al nnevo orden de cosa« establecido en España; es imposible que las potencias del Norte apoyen á la Francia contra la Inglaterra.

¿Apoyarán a la Inglaterra contra la Fran- cia? Esta es otra cnestion: para resolverla se necesita nn dato de que carecemos: ¿cuál es la venganza qne se propone tomar la In- glaterra? Si lord Palmerslon no se propone mas venganza que privar á Iob hijos de la duquesa de Monlpensier de sus derechos á la corona de Espafla, las potencias del Nor- te se sonreirán, ydejnndoá la Inglaterra so- la, le dirán: «nosotros no tenemos nada que reren este negocio; eslees un incidente que vosotros debéis desenlazar; nosotros que no hemos reconocido lo principal, bas- tante Se entiende qoo Á forlhri rechazamos lo accesorio; no necesitamos coligarnos con la Gran Bretaña para protestar: nuestra protesta mas elocuente se halla en la conducta que ol)servamos desde 1833.» £gta Juiea de conducta, buena o mala, es cuando menos muy lógica: las |)olcnc¡as del Norte no de- ben prestarse fácilmente a auxiliar á lord Palmerston para sacarle de un mal paso en que l<m gralnitamenlo se metiera él propio, y á pesar de lo que deseaban dichas jwten- c'm. Asi, pues, si la Inglaterra no se propo- ne otra cosa, repetimos que los gabinetes del Norte se sonreirán al ver coma la previ- sora Inglaterra se halla envuelta en sus mis- mas redes, y se complacerán en mirar cómo las naciones de la cuádruple alianza, en su estrepitoso rompimiento, justilicaii la políti- ca de desconlianza y especlaliva.

Es cosa curiosa en electo, al ver a la In- glaterra con los escrúpulos del tratado de Ltrech, cuando estos no se le ocurrieron ' en Í8.30, ni en 18.33, ni al iirmar-cl tratado de la cuádruple alianza: en el Norte se con- j sidera la cuestión de otro modo, y se cree que la violación del tratado, si la tiay ahora, la hntio mucho antes. Seamos ingenuos: el tratado de lilrech es un preteslo diplomáti- ' co de que echa mano la Inglaterra: pero sus j quejas, su indignación, no nacen dei celo por el tratado, sino del solemne chasco que ' le ac^ba de dar Luis Feli|)e, arrojando a la I pohlica inglesa de la Peninsala, con una I negociación atrevida, cuyo resaltado (3Íi:Be ¡ puede consolidar) será el asegurar la prc- ; ponderancia esclusiva de la mlliiemia ínm-^ 1 cesa. Esto^ lo conocen las potencias del Nor- I te; y si ven que la Inglaterra trata ñuca- mente de vengar su agravio particular ha- ciéiKiolo de modo que ne pueda trascender á la política general de Europa, lord Pal- merston encontrará frialdad en los gabinetes del Norte.

Para no prestarse con demasiada pronti- tud á las insinuaciones de lord Palmerston, ; tienen las polencias del Norte una razoD particular fundada en las ventajas de su po- sición y en lo dilícil de la de Inglaterra. Las potencias del Norte esperan, y pueden con- tinuar esperando; la Inglaterra tiene nece- sidad (le obrar, por(|ue la posición en que se ha colocado respecto ¿ la Francia y És— paOt, es insostenible por mucho tiempo. ¿Cómo puede continuar una sitna<:ion diplo» málica en que tres polencias aliadas acaiMD de ponerse en desacuerdo sobre la sucesión á la corona, sucesión que ahora pende de la vida de una sola persona, y que aun co el I I jraso mas, fiivorahh» dejiendcrá de un hilo "tan débil lomo la vida de un recien nacido? ¿Como es posible mantenerse en una posi- ción en (|iie la Francia, la España y la In- glaterra teni;an fendienle el ntsu.s hclli de un correo eslraordinario, mensaf^eni de una muerte? Lo repelimos: est;i siluacicn diplo- mática es insostenible, y su conlionacion exige por necesidad (i un rompimienlo abier- to, ó hechos trascendentales, «pié promovi- dos indirectamente. equivalíran á un rompi- miento. En esta situación las [tolencias del Norte como que dirán á la Inglaterra: tú quieres ({uc nos unamos contigo: no, oo es esle^l onien re^^ular: mas bien eres tú quien debes unirte con nosotros: tu política ha fracasado: abandónala pues: la pueslra ha salido jostilicada con tu derrota: ahora, pues, menos (pie nunca debemos abando- narla.

La Iníílalerra podrá replicar que sin unir- se á las polencias del Norte puede vengarse de la Francia y de la EspaAa; ¿pero cómo? ¿Provocando una revolución? Sea en buen hora: pero á esto se puede objetar: 1." que la empresa, úi^wAa puramente revoluciona- ria, ya no será Inn fácil: i." que después de hecha la revolución, la Inglaterra habrá perturbado á la España sin ningún prove- cho para su política: ó habrá teniilo una venganza absolulaujenle estéril, ó habrá au- xiliado la misma política de las potencias del Norte.

Kn ei't'clo, supongamos ijue con los re- cursos ingleses y otros medios de inlluencia, se provoca una' revolución, se derriba ai partido moderad(» y se repite con estas ó aquellas modiíicaciones la escena de 1840. ¿y después? — DespueS se convocan unas cor- tee, V se escluve solemnemente de la suce- sion á la corona á los hijos de la duquesa de Monlpensier, y la Francia queda humi- llada, y la Inglaterra vengada. — €ierto; pero ¿y los medios de consolidar la re)nj(n\ín'f Por- ((ue si el partido progresista no establece entonces un gobierno svlidu que impida para siempre el que el partido moderado recobre el poder, sucederá (pie vendrán unas cortes uiodi-radas y declararán nula y de ningún \alor la csclusion hecha por los progresis- ros; y la Inglaterra se quedará tan lucida í'oni ' I, h;il»iendo gastado millones y pné- i » ii ridiculo a los ojos de Europa K)lit¡cos ingleses consideraban tan fuerte? Pues si lo olvidase, se puede asegurar que á los dos años de su nuevo triunfo, se encon- traría en los mismos apuros de ahora, y veria deshecha la tela que tejiera « oii tanto trabajo.

La Inglaterra está condenada, 6 á resig- narse al triunfo de Luis Felipe, ó abando- nar la política que ha seguido basta aquí: en esta alternativa la venias potencias del Nofte; y en este terreno tan ventajosa) para ellas, tan triste para ella, la esperan tran-- quilauícnle, apelando ni fallo de los aconte- tecimicnlós.

EL MATUIMOMO MONTPENSIEU V I» La conduela de lonl Normanby en París; las notas de las cortes del Norte;'Ib benévo- la demostración del Austria en favor de los dos hijos menore;: de don Carlos: las noti- cias de los armamentos del conde de Monle- molin en Londres, y h respuestí» evasiva dada j)or lord Palmerston á las reclamacio- nes que se le han dirigido; han avivado la ansiedad sobre las consecuencias del matri- monio francés, suministrando pábulo á la po- lémica que ha ocupado ñor nuicbos dias á los periódicos de.Madrid. Necedad fuera el poner en duda (pie los acontecimientos de la piMiínsula dej>ondemn en buena parte de la situación diplomática de Europa; por cuya; ra/.on es de la mayor importancia el esclare- cer los hedios que á dicha situación se re- íicren, ya que no para deducir pronósticos seguros', al menos para aventurar conjetu- ras no infundadas.

Han creirfo algunos (pie los resultados deli matrimonio francés debiaii ser favorables ái los conocidos proyectos del conde de Monte- >. molin; y un diario de esta corte, por cierto no adicto á^árlos Luis, ha esforzado en es-' te sentido los argumentos hasta tal ponto (jue su princij)al adversario se ha consiiidera- ' ¿Olvidará la Inglaterra el 'desengaño 'del 1 do con derecho para echarle en cara que es-^i áho 4.T? Olvidará C(m]o cayó la obra (pie los ' torra poner h cuestión en el terreno carlis^í I m. • Nosotros (Tccmos que en semcjanUís | raiesliftiícs no hay terreno carlista ni antir ¡ carlista, porqnc se trata únicamente de he- I chos, los cuales no ucrlenecen á ningún ■ partido, y son indepenuientes de la upiuion, inlenciooes y deseos de quien los cspon?.

En esta cuestión, como en uiuclias otras, se padece confusión y se cae en e<juivoca- | ciones. ponjue no se tiene el dehidu cuida- ¡ I do de separar lo cierto de lo dudoso; ponpie j se pierden á menudo de vista los hechos, j para entrar en el campo de las eonjeluras; ¡ porque se jn£;s;a mas hien ateniéndose á los i artículos y noticias de periódicas cstrange- ros, mas ó menos acreditados, que á lo ates- tiguado de una manera irrel'ra^'ahle |mr la ' historia de la di|ilomac¡a europea desde la I muerte de Fernando Vil. i La época que estamos atravesando, como llena de esperanzas para unos, de temares para otros, y de inccrtidumbre para lodos, ¡ es muy á propósito para esiraNiar el juicio ' de íjuien no piense con mucha calma, [)ro- I curando sobre|>onersc á las inspiraciones de los partidos. ¿Qué se adelanta con creer to- do lo favorable, y con negar lodo lo adver- so? Los hechos son lo que son, a pesar de nuesW-o asentimiento o disentimiento; y lo único que se logra con formarse ilusiones, es el ponerse en peligro de seguir una con- duela desalentada. Los individuos, los par- tidos, el gobierno, el trono, la nación, lo que necesitan es conocer la verdad; [)orquc solo en este conocimiento puede estribar el acierto en las respectivas determinaciones.

£s notable la cscesiva importancia que se da á los artículos de los periódicos eslran- geros, cuando si rebajarla debieran haber i contribuido las contradictorias consecuencias i qu2 de los mismos se han podido sacar. Na- die habrá olvidado, (pie a las primeras no- j lieias del matrimonio Monljtensier, algunos I periódicos de Londres miraron el aconteci- j miento como de escasa importancia, habién- | dose distinguido por sn lenguaje templado y I comedido, el «pie mas se ha señalado des- i pues por su exaltación y virulencia contra las cosas y las personas. Tocante a los perió- i ) dicos alemanet», también se podría formar i una coleciion bastante curiosa, en (|ue se vieran sentidos muy diferentes y hasta opues- tos. Por'manera, que quien á ese barómetro 1 se limite, será preciso que tenga su juicio [ ( |)endicute de la llegada del corren, y <|ue i resigue a sostener á un mismo tiruJ|K) el sí y el no. ron res[)eclo á un n)ismo punto. Si se hubiese <pierido rellevionar s<d)re es- te carácter de los escritos publicados en el estrangero, si se hubiese atendido al modo ron (pie se escriben ciertajicosas, á los me- dios de que se puede echar mano para <pic salga en tal ó cual (uVriudico una noticia ó un artículo ipie produzca efecto siquiera por dias o por horas, á las encontradas y pode- rosas inlUiencias que luchan actualmente en toda la Europa con motivo de los asuntos es- pañoles, y sobre todo, al grande interés (jue puede haber frecuentemente en ocultar las verdaderas intenciones, acredilimdo rumores contrarios, imitando asi la conducta dn los (|ue borran sus propias huelhiso las compli- can en sentidos diversos, hubieran sido me- nos vivos, tanto los regocijos como los sus- tos, |>or tal o cual articulo, tal ó cual cAr- respondencia, (jiie se encontrára en los periódicos ingleses o alemanes. Verdad es (pie se debe atender a lo «jue dicen los |k'- riodicos; ()ero es necesario juzgarlo, no aisladamente, no por un correo, sino en conjunto, y en un regular espacio de tiem- po; llevando en cuenta la totalidad de las circunstancias, y separando cuidadosamente los hechos que consiíjnan de los comenta- rios (jue les añaden.

Para no caer en las equivocaciones que acabamos de censurar, separaremos lo abso- lutamente cierto de lo que es mas ó menos probable, recordando los hechos (jue nadie puede poner en duda.

La Inglaterra ha protestado formalmente contra las consecuencias del matrimonio .Monlpensier, y exige la renuncia de la in- fanta á sus derechos á la corona de Es[)aria para si y para sus hijos.

Todas las ocasiones que se le han ofreci- do a ules y después del matrimonio, la In- glaterra las ha aprovechado para manifestar de la manera mas significativa, que ro ce- jaba una linea en su opinión y exigencias.

La Inglaterra ha hecho gestiones |)ara (Uraer ásu política á los gabinetes de Vicna, Uerlin y San Petersburgo.

Las potencias del.Norteño han reconocido á la Reina Isabel, ni dado ningún paso que indique la pruxiihiiJad de esté reconocimiejjto.

La cuádruple alianza ha desaparecido con el matrimonio francés, pues que esta alianza no signiíica ni puede sij^uiücar nada, en no estando acordes la Francia y la Ingla- terra.

La cuestión de sui'esron á (n corona de Kspañn ha sufrido un cambio profundo en la dipíomncia europea; pues que de las dos hijas de Fernando, la iinn con lodos sus des- cendientes, está escluida por la Inglaterra.

Esla eschision parcial es favorable á los cnemi^ros del trono de doña Isabel 11, asi en lo iuterior como en lo esterior; pues que la causa de cada una de las dos augus- tas hermanas esta ligad.1 muy Intimamente con la cau<a de la otra; y no hay hombre de njciliano juicio, que si viera rasgado en parte el órdcn de sucesión prescrito por el testamento de Fernnndo, no descubriera un grave peligro de que se rasgase todo.

Consignados estos hechos palpables, pú- blicos, entremos ahora en consideradoncs sobre los mismos.

Se ha disputado y conjeturado rmictio en España ven el estrangero, sobre la actitud que tomará la Inglaterra en los negocios de K«ípnfia. rcsf»erto á las tentativas del conde de Montemolin; cóncibiéndo.sc temores ó esperanzas, sí'gun las opiniones y deseos de los que disputan y conjeturan. Diremos Jrancamente nuestra opinión sobre este par- lictiiar.

• Desde luego tenemos por verdadero loque han dicho los periódicos sobre la negativa de loni PalmersIoM <á impedir los armamen- tos que se quieran hacer en Londres para encender la guerra en España; si no hay negativa formal, habrá indiferencia absolu- ta, cubierta con respuestas evasivas, equi- valentes en cuanto al resultado, á una ne- gativa terminante. Prescindiendo de estas ó n(piellas noticias mas ó menos lidedignas, la conducta d(í la Inglaterra en este negocio se puede conjeturar á priori; su interés en la cuestión española es muy diferente de lo <|ueera. ó se creia ser, desde is:?:} has- la INiO; y la Inglaterra obra con arreglo á lo que cree (pie íc interesa. Cuando un di- ploinático inglés ha dicho (jiie si hubiese creído (|ue la causa de I). Carlos era mas favorable á la independencia de la Península se entiende respecto a la Franci;» se hu- biera [lueslo de parle de I). (!árlos, ha di- cho una cosa que creemos sin dilicultad nin- f^ína.!.os boiut)res de estado de Inglaterra no han estudiado mucho la cuestión legal de la sucesión á la corona; donde vieran el in- terés de soñación, allí se dirigirían, -la- ciendo poto caso de. escrúpulos Icgitimislas. No cabe pues duda en que la Inglaterra no empleará mis medios materiales ni mor.i- les, para impedir que la tranquilidad públi- ca se altere en España; esto seria favorecer la política de Luis Felipe en la cuestión don- de ha sido humillado el orgullo inglés; y hasta tal punto no bajará la Inglateira. Pero, aqui solo tenemos á la ílran Bretaña repre- sentando un papel negativo; ¿se contentará con esto?

• En nuestra opinión, la conducta de la ínglaternien la cuestión esoañola ha de re- sentirse muchode la íncertidumbre en que so halla con respecto á Id verdadera situación del país; vía venganza que se propone lomar de la f'rancia se limitará por algún tiempj a maniobras embozadas, nue la dejen libertad de acción para lodo evelilo. Ila^ creído al- gunos nue las manifestaciones en pro del conde ae Montemolin serian inecpiivocas, y que este (>rincípe obtendría po< <» menos <|uií ostensiblemente las simpatías de la Inglater- ra; este juicio es inexacto. La Inglaterra no .jiierrá esponerse á una derrota en el campo de los hechos (pie agraven su humillación en el terreno diplomático; aun cuando se pro- pusiese lina venganza radical, cual lo seria el colocar en el trono al conde de Montemo- lin, habría de transcurrir algún tiempo' ha- brían de presentarse nuevos acontecimientos, para que tuviese completa confianza en el resultado de su empresa. No se abandona, tan fácilmente una opinión que se ha profe- sado durante muchos años; y preciso es ' confesar que la Inglaterra' desdé la muerte de Fernando VlT, ha opinado siempre en favor de la revolución, y por consiguiente ha creído en la posibilidad del triunfo delinilivo de la misma. Asi, pues, aun supcnicndu que la intención de la Inglaterra fuese favo- rable á los proyectos de Carlos Luís, esta intención se mantendría embozada, seria (pir/.ás formalmente negada, mientras S(í aguardaran los resultados de las tentativas de invasión y levantamiento. Esla es la con- ducta que seguiria la Inglaterra: en cuyo caso, si el príncipe sucumbe, la Inglaterra podrá decir que nada tiene que ver en la