Muy natural era también que todos los ¡ elementos <|ue lenian mas o menos antipa- tía con los dominantes a la sazón en el pais, | salieran de acpiel estado de invisibilidad é 'i ineficacia en (jue los mantenía su se|)aracion j y aislamiento; y que obedeciendo á las leyes; de sus alínidades, se buscasen, se pusiesen en contacto, y como heterogéneos con res- ' pecto a la masa de la nación. se segregasen ' de ella, desprendiéndose en porción separa- da, donde pudieran manifestar su canlíuad y naturaleza. Rellevítmando sobre esta crisis de nuestra historia, v sobre los efectos que produjo en España ía entrada del ejército francés v la sacudida del alzamiento, he pensado vanas veces en lo (jue sucede cuan- do un licpiido contiene en disolución un con- siderable numero de moléculas que pertene- cen á otras materias: en cesando la causa (fue las mantenía sejiuradas, se buscan, se aproximan, se reúnen, y se deposilíin en el fondo del vaso: y observan los (juimicos (jue la cristalización se decide con un movimiento brusco, ó la iiresencia de un cuerpo estrafio.
Trazar ni siquiera en bosquejo los sucetos que luego se verilicaron, no lo consienten los limites de este escrito, ni lo necesita tampoco el objeto: los recuerdos son bien recientes, los documentos auténticos, v a buen seguro que los efectos son palpables. Bastará decir que se abrió en la j)rensa una cátedra de la escuela apellidada del sh glo XVIIl; que en la tribuna resonó un mez- quino eco de los oradores de la asamblea constituyente; y juira que nada faltase en la semejanza para acabar de envenenarlo todo, salieron también a campaña los discípulos de Port-Iloyal: por manera que las palabras fue- ron un remedo, los medios y procedimientos una imitación y laí> instituciones una copia. Yo reliero lo que hallo escrito; ahí está la historia que sale en mi abono, con sus co- lecciones de periódicos, de sesiones de cor- tes, de leyes, de decretos, de provectos, y sobre todo ahi está el sepulcro de ía famosa Constitución de 1812: observad su lisouo- mia y allí encontrareis en bien señalados rasgos cuál era su origen, cuál su genio: o si os place mas, dad una mirada á los tro- feos que rodean su tumba: ellos os recorda- rán sus hazañas.
En una nación que en sus ¡deas, costum- bres y usos, era entonces, y no podía me- nos de serlo, altamente monárquica, erigir en ley fundamental una conslitm ion esen- cialmente democrática; en una nación alta- mente religiosa, prodigar abiertamente á la Religión la.sátira, el escarnio; en una nación tan grave y severa, sustituir á la sesuda gra- vedad de ios consejos castellanos la precipi- tación y el mas desatentado desacuerdo; y todo eisto de repente, sin mediar ninguna gradación, (pie pudiera inüuir en las ideas V costumbres; ¿qué debía suceder? ¡Ah! t/O que sucede siempre (juc se encaran de improviso dos enemigos irreconciliables: de- bía empezar la lucha, y encarnizada, y du- radera, resultando de aquí el sumirse la na- ción en un piélago de revueltas, de sangre y de lágrimas. Tan singular concurso de eirciinstiuicias no se veriticó en Francia ni en las revoluciones de otros países; y hé aquí el origen de tantas anomalías címio se notan en nuestras ¡¡rolongadas convulsiones; bé aquí por qué es muy impertinente el traer á comparación la revolución de Francia, cuando se trate de csplícar lo que ha suce- I dido V está sucediendo entre nosotros. En ' Francia tenia la revolución el mismo cspirie ■ e ■ ta, iguales tendencias; pero el ohíinento (kñüe obraban era muy difereate. En Fran- át había tanbim wiiiaR|iifa abmlobi y R<s li;íion Católica; pero sobro la Francia habían pasado ya 'as guerras civ iles de los Hiiijono- les, la íraacia babia visto va la libertad de «rila Bit d Bwoa aattWecida, había oída ha-roídosas controversias sobre puntos capi- de dogma, babia presenciado las es- dMM Mmaoiasáai «ttv» haia V i.el Papa, había recibido las inapanetoiiM de la esencia de Porl-Royal. habia risto la época de la Regencia, y ünalmeute había aantido por largo tiempo *el inflajo de laaa- cuela de Voltaire, coair» nnade aquellas cans- teiaciones mahgnas que vienen a desenvol- fer loa daAíoos elementos de una atmósfera fWada de «nfermedades y tormenlas. ¿Qué iMne que ver -semoja»te sitnacion con la de Bspalla? No niego que ia revoluciott francesa aaa nn gran Itbfo donde baya aineho que aprender para los reyes y los pueblos; pero cuenta con liar demasiado eii semejanzas, que si bien suelen servir mucho á ia poesía Jé la declamación, por lo coman son débiles para cimieotos de ( ¡(Micia. y el confiar so- nado en ellas es arriesgado en la práctica, .^lltsta es la dH^ncia capital entre noealra UMalucion y la francesa: la Francia eataba preparada, la España no T.a revolución franvoliicion. sino una reviducion en España.
Sise consitlcra cual merece este hecho, no aerá dificil csplicar por qné en el aAo 1 4 dea- apareció como de un s )plo la Constitución; porqué habiendo revivido alfnm tiempo des- ^ues, bastó que se columbrase en ia cima «I Wrneo' naa baadera par» que eorriese á encerrante en los mnros de la ciudad (pie la había visto nacer; se csplicará también como pereció luego completamente á la sola vista de un ejercito bisoAo qtia tianiehraba cnparada; ni se estnfiará tamporo que so matógrasen todas las tentativas becims des- pv^'para TeslaMecerla? enHi tea^ arrojadflis en «naatmrislern que no las alimentaba, def* fallecían al entrar en ella, y se apagaban. ' De la uropia causa ha dimanado una sin-» galaiMaatnuy netablc, y que ha distinguide de nn moflo muv particular la revolución de JáspaAa de la de Francia. En Francia, vi- moa larevoliieiQa primera sojuzgada por su protector, y vencidaéeepues por ios ejéreitoa de Europa; pero si bien se mira, la revoln- cion no ha desaparecido jamás completamen- te; puea que ha sebrevivído en algunas ímIí- tuciones que eran sus hijas, v en el respeto que se ha profesado á todos los hechos que bahía eonanmado. En Bspafta, las éiK)cas de constitución han pasado como nn metéoro: ie han oído truenos, se han visto relámpatros, cesa era hija en gran parte de una escuela ¡ se han presenciado cataslrulés, ¡wro la cons» y ya se vé (jue este solo nombre indica bás- tanle que sus doctrinas no eran nuevas para la Francia. La revolución española fue hija de la misma escuela; eavoen <|Be lejos de hallarse aclimatada en ntiestro suein, lo te- nia todo contra si; v solo pudo pencirar en- «to MMCfO»,y haééraplicacionesdemeis- itelBa, nedlode la confusión y trastorno éne consigo trajo la gnerra de la indcpco- aancia, en medio de la distracción en aue se -hallaban los ptaebios:' Jo «Man naa pmhira, aquello fne una twrfadim aarprwa^ - - wgÍo(ra¿nMNM#aB-aata punto de vista, úni- co verdulero, y entonces podremos fácil- mente esphear las anomalías que ha presen- Iklenuealra rvnriaoion: ananialna qaa han fauido tanta novedad porque se ha.olvidado fié M «a trataba sia^leineate de oaa ratiUioioD ha detapareaido en bfefe, d árdea de cosas atitiíruo se ha restablecido comple^ lamente, se han allanado los sulcos y las escavacíones, se ha derribado cuanto se edificara de nuevo, y aa cuanto c^be' en la naturaleza de las cosas, todo lia quedado como si no hubiese ocurrida novedad al^ gana»"'' •.: ') ■-■. i-.i.'»
Y notaré de paso que teniendo pveaeiitea las anteriores observaciones, no es difícil esplicar lo (jue a algunos causa tanta estra- ñeza, y es que en Espafla a» se nspetati laa hechos «.Mirad las otras naciones, dicen, alh en siendo consupiado un hecho, se le resneta, entre nosotros no; y esta es la can- ea de qne andaremos sin cesar girando par un círculo de reacciones.» Observación que perece exacta á primera vista^ y que encier- ra no obetante an error Hoy grave/ Abrid la historia, consultad la esperiencia, y ve- réis que en todos los grandes cambios poifti- coa, los hechos consumados {)er el adversario son respetados,- al pueden hacerae reqielar; a8daeir,-8i eatai tóate imIob, ó 'poruña opi- 2 Üm mny geatral, ó por inteniM qn» n» sea posible atacar de frente. Esto no se ha verilicado en España, y hé aqni v\ origen de la diferencia. ¿Queréis mas/ iM^urans que ttor unacaisa cualquiera, se consuiuára en Bglalerra, en Francia en.Vlemania, un be^o coftlrario a la o|muíou dominante, ó á los intereses mas prepotentes: ¿se respe- taría? no: vosotras mismos diríais al verlo: tslo es violento, no puede durar, caerá.
A buen seguro que mas provechoso hubie- it sido leflexiomr sobre h» lecoiones que de ti arrojaba la célebre década, quo un iili;in- donarse á vanas declamaciones espaciándose ei|,poiUiM>sos diücuríios, eu que se tronaba coatí* la opresión y tiranía. Cuando se |>in- ta h una nación t ino la española. -;Itnirn¡In pur espacio de dtez años bajo la pUiuta del despotismo, y foreejando por reeobrar su 1i~ l>ertad, serta necesario no olvidar que es esta aquella misma nación que Imniillo el or^^uilo del vencedor de £uropa, y que si lau de oMla gana hubiera sufrido el gobierno de Femando, es bien cierto que no hubieran bastado á contenerla las escasas fuenu^ mi- litares de que podia disponer el gabinete de Madrid. Sí, y es muy im()ort8nle deeir> lo con toí!a rinridad: un gobierno no pue- de sub^i^ur jK>r espacio de diez años en pacífica posesión del mando, si este es (an contrario como se ha querido suponer, á la voluntad de la inayoria de la nación. Diñase lo que se quiera, este es el resul- tarlo los liechos, lo demás son palabras; Üaltalnicntc en la época de tH20 á el gubieriiu itiptcscotativo, tal couio seiiiu- Uaba en España, leaia en oontra do éi basta -iferte punto, él mismo espíritu <lcl sif^lo; circunstanrín que nrrcriMitanflo su 'nÍ'.Í;¡iI y^Aislamiculo, debía aumeiilar su violencia, liÑIlilleUpon 7 oflcilaeiones, contribuir á su maft pronta ruina. y diferir su restableci- miento, una vez se Je hubiera (knxioado. Los escesos de la revoluciou rralicesa,'7 las dítatadas guerras que de ella resultaron, ba* bian ofrecido lecciones de saludable escar- miento: la Francia empezaba á entender lo que signilloaban ciertas palabras; b» go- nieruos habían conocido la necesidad de ahr njuelarse contra nuevas lent^ilivas; y Hdctitas se desplegaba en todas partes un eran movimiento iudostríaly mercantil, que disipaba en In^ i ^ihcTas esa manía de renovar en ios ticn)i>us nioderuos tas turbulencias de tas antiguas repúblioas. La ciencia conocta IB — taadrien ana yerroü, y empezdiá á confesara los paladinamente: echaba ya de ver que asent^ir la sociedad sobre Jas' minas de toda religión y de toda moral, era un imposible: y que el crear las asambleas de los repccsmn tantes de los pueblos en tal forma que estu- vieran en lucha continua con el gobierno, era zapar el edifício social en su misma basa, era inocular en las venas de las naciones un elemento de etema inqniedifi de malestar y de muerte. Por eso iba perdiendo terreno la escuela dé Voltalre^ se num desacrodilando ' rápidamente las cniislitucioiics de un solo cuerpo legislativo, se coní'esaha la necesidad I de robui$tecer el poder real; no se conliaba I ya tanto «o la sabiduría de las a8am)>leas, V se conoii.1 rn;\n funesto habia de será la tranquilidad de las naciones, presentarles á ta cima del edificio social un rey maniatado, y ro<leado continnamenta de snsploaoea y descomedidos celadores.
l*eiu por descaminadas que hubiesen an- dado en BspaOa las idéas liberales, y por tnil^ luerte o|)osicion que hubieran encon- trado en el país sus ensayos, no habia de- jado de formarse un núcleo mas ó menos hom uriK o, eu cuyo torno se apiflaban iiH sensiblemente {(.di-- l is ideas y simpalia??, <qutí no, estaban conlormes con las miras y marcha del golMemo^ Desde ta revolución francesa las ideas habían sufrido en Europa niucliíis modilicaciones en buen.mentido; pero á cuaLi)iutM'a que tenga 'á\'¿{m cx)nociniiento de ta historia |>olitica y literaria de aquella cp<íca, se le alc<in/ara lacilmenfe que ni aun ei sifiLeiundfi lo:» gobiernos ab:}OÍuiob, estaha en^annonía con; el Mt4ema del gobierno ea^ pañol, y<|uc la dirección nue se dabaá las 1 íf'as en E'^ii;ifi.i r rn iir iy niferenle del curso general que leuian cu cí resto de Kuropa. La lectora de loa periódicos esirangeroa, ta de tantas obras cuya circulación mas ó menos ülaoáiestina, era imposible evitar; los recuei^ dos, los resentimientos, el menoscabo de ín~ tareses, enm causas sobrado poderosas pare que no mantuvieran mi;i IVniMMüacion serre- ta que tenia ¿d gol»erno eu cuidado y zozobra. • No quiero decir que fuera fácil ni casi po- sible una revolución que estallase repentina' mente, poríjueel gobierno tenia muchos medios para imp^dürlo, y como e^carmeotado, andaba auspicat y rabioso; pero ai, quouna vez provocado un movimiento grave en un sentido cualquiera, no habia de ser obra fá-^ di el atajar so progreso* Verificada en Fraik- « cia In rf^vofiirinn rlc 18'Í0. se complicaba Uttcbo ia sUuaciOD; porque aun cuaudo )>re- «■Hw m etrftoler wnj diférarte de la de 1789, y no abri{i:ase proyc^tn^ de propa- ííanda, separaba no obstante á la Francia de la Sania Alianza; y las revoluciones de otros países, ya que do pudÍMiii prometerse de »'íln ejércitos auxiliares, tampoco tenian que temerlos enemigos. Esta sola circui^ncia era de mucho peso; porque se ha poAdoco^ Míe» por Mpmncia, que las revolucioues por mns cnpmtsro que les sea el pais en que cstailaa, por luas débiles que sean para cs- IriÉMMVfé vtmfiie'iMWtte^ 'fM siii enriNn^My listante ftmrTf'S para que no n!( í\nce fáeil- mentií á (tn ribarlas el solo ínipeiu deiai» su- hlevacioach Qontrapvolucionarias. ^ €egaift4á#nná0e) |>ar6do realista, pe^ r© su len^ínrítr" v prnrfflrrrv indii^abau bien á las claras ios peligros de que se veía ame- Hndo; pudi«w deeine qoe k» pirlidos estaban como dos ejércitos prontos á acó- ■eterse á la primem ne^al de combate. Í EI nacimiento de la i^nncesa de Asturias WMó eambiar la faz de los ae^ooíos; y es- rhíido del trono el prinripo en niyns ideas y seolimicQtos tenwn depositadas muchos reai- listas sns mayares esperanzas, haNábase wm gran parle w estaete^rada del trono; v era bi<»n fnril prever, qno si el principe esclu ido tratase de sostener sus pretensiones con las Mae ea le bhm, se aprestarían gustosos á eombatir en su defensa: ellos serían el escudo y apoyo de las pretensiones dinásticas, v es- tas á su vez les servirían de titulo y bandera. • Asi con la guerra de sucesión se caanpiico la de principio^:, asi ronvirtió cada rama en IMfjBociUattte de un principio, y esto fue por ÉBBMbiÉMttntoae becnes lee estmordi- Míe, Y sA lAímno tiempo tan natural, que ipmbrodorirle ni evitarle apenas podian ser- ilr- de nada us previsiones del hombre. Ceawb lieii fenuie los soeeses, ceaede se ha visto su desarrollo y enlace, entonces es fácil decir lo que se habria podido hacer para prevenir estos ó aquellos males, y pro- nreioeárestos6ei|oelk» bienes; pero ¿quién penetra el porvenir cuando está cubierto con lelo tapido, cuando los sucesos están como ArottMOS en los hondos treanos de la Pro- tÜMIcia? Qw la muerte de una reina, el cai<amienío de nn rev, el narimiento de una pnocesa, la enfermeoaddel monarca, la apa- lieBcia de en moerle, la pioloDgacion de su ffihftinffr por en tile nu», lodo, absoluta* fl mente t/wlo, hubiese de combinarse del mo- do mas a propósito |»ara c|ue por necesidad se ligase le cieslíoB de pnncipios á le eees- líon de personas, ¿quien [K)dia columbrarlo? ¿Y (pié consecuencias? ¿quién es capaz de medirlas? Cuando se han vcriiicado tan co- losal^ acontecimientos, cuando se divisen tantos otros en rl cnnfin del horizonte, ¿qué hombre pensador al iifar se vista en la regia carroz», peede eonteniplar sfai asombro aquel augusto grupo, donde hay una Ifnger que recuerda una historia, donde hay mía raAa que encierra un porvenir? i _ <, i>f ' Complicadas de esta meneni las cnesfie^ nes, rri','il.,<M' rñ¡\ f:i imiri fc del Rey una si- tuación tan ^^rave, ían diiicil, que para salir airoso el hombre que diri^neia los negocios piiblicos, no podian'lMstar los mas grandes tn! i \i\ fsacia poco sal\ iiidn [)orde pron- to ia causa que tenia encomendada, y orí> liando ia difteuited, ya que no fiaen posible resolvería. Bien se penetró de lo crítico de la ]w»íirion el hábil ministro que á la sazón i >i.ilia al Irente de los negocios, y conocien- do que en seeiejsntes momeflios conviene solu eníanera p:anar tiempo por poco que sea, publicó su celebre iManiliesto, que puede eurarse como uno de los mayores obstáculos que impidieron el tríunfo de J>. Cárlos.
AI Sr. Cea no j>odia ocultarse que el tmno de Isabel estaba sobre el cráter de un vol- can, cuya erupción á dnras penas po<Oa con- tenerse; y asi es que aun cuando es muy probable que él no creia posible i)or mucho tiempo el cumplimiento cxact<> y puntual del contenido del IfaniHeslo, vi6 no'ohstante que era de la mayor importancia el separar en cuanto cabia, la causa de D. Cárlos de los intereses qne tan gratos y preciesoB eran para la mapr parte de los españoles. Vió qne foo%'enia altamente dej-iHos al menos en incierta espectaliva: entretanto ibase pros-- tando bomenage al trono de la Beína, lee ánimos se dividían sobre la mayor ó menor probabilidad de los peligros del porvenir, ganábase tiempo, creábanse compromisos, empenábaose palabras, y al embode poce yt el hermano de Femando debía presentare de hecho, no como nn ríval que lucha con otro rival paraoenparnn trono ^e la muei^ le del monarca habla dejado vacante, sino como un pretendiente que tiene ya en con- tra de.si un gobierno establecido y rccono-í cido en todo el ámbito de un rcinf)/ Sintióse el efecto de la medida de Geá e4 Digltlzed by Google tullas lories, conteniéndose enk'raniente la fsplosioii en unas, dehililáiidose en otras, fr no presentando aquel carácter de universa- ¡dad que lanío realce le hubiera dado á los ojos de las otras naciones. A j)esar de la j)0- ca se^íuridad que olVecian semejantes fiaran- lías, tueron bastantes sin embar^ro para mi- norar en mucho el m(»vini¡enlo (jue se hubiera pronunciado en todas las provincias; ¿y quiéd Ignora los poderosos elementos de que para el electo podia «lisponerse?
El célebre nianitieslo del 3 de octubre ha sido para los adversarios de Cea un lema de agrias reconvenciones; (x'ro los (|ue asi han hablado tendrían soiniramenle muy poco co- nocida la nacitui española. Si á la muerte del rey hubiese manifestado el j^obieruo la me- nor tendencia á instituciones liberales, si hubiera comi^tido el error de incitar la efer- vescencia del momento c(m algún acto en que el Irono se hid)iese comprometido á conce- siones alarmantes, la esplosion ya de si muy fuerte, hubiera sido mucho mas terrible, co- mo mas estensa. vigorosa y repentina; y si como no es creíble, una mano poderosa ao hubiera volado á sofocarla, tal vez el trono de Isabel se habría hundido para siempre, f Pues qué, se me dirá, ¿era este un bueo medio para prevenir la guerra civil? no: ¿cre- yó el minislro (|ue fuese bástanle su medida? seguramente que no: p(;ro uo ignoraba que en crisis semejantes lodo lo que es capa/, de disminuir la violencia de la esplosion, todo lo que pueda amauur el furor de las pasiones, todo lo que pueda causar alguna ilusión aun momentánea, todo debe aprovecharse cou cuidado; pues de esta manera, aun cuando po se consiga desarmar al adversario, siem- pre se esparce la división, ó al menos la io- decisiun en sus lilas; venlajas que en momentos tan preciosos y fugaces, obtienen el lugar de re|)etidas victorias. ¿Quién sabe lo que hubiera sucedido si con uo manitieslo imprudente se hubiese corrido el velo, y se hubieran presentado en |>ers|)ectiva las ne- gras y preñadas nubes de que estaba cargado el horizonli' polílico? ¿si los temores y zozo- bras d<' que cshilian poseídos tantos ánimos se hubieran podido justitícar con un acto auténtico, con la Gaceta en la mano? Los hombres que lauto han declamado contra el Alanílieslo, tal vez hubieran tribulad» sus elogios fli minislro, pero quizás habrían te- nido (|ue hacerlo desde los muros de Cádiz Bien recientes estaii los hechos, y ellos tliren de una manera elocuente cuáles fue- ron las principales causas de que se encen- diese tuas y mas la guerra civil. ¿Queréis saber en qué estado se halla esta guerra, hasta qué punto están enardecidas ó ador-* mecidas las pasiones, los pasf)s de adelanto o de retroceso que da la causa de D. Carlos,, y la mayor o menor probabilidad de su trimi» fo? Para apreciar lodo eso en su justo valor,' tenéis á la mano un escelenle b:u*ometro, manejable por una n'gla muy sencilla: siem- pre la mejora de la euusa de i). Carlos esté en razón direcla de la exageración de ideas y violencia de medidas del gobierno de.Madrid.
CAPITULO VIII.
La rápida ojeada que acabamos de echar sobre nuestra historia, debería bastar |)ara convencerse de cuan profundas raices lenia en el país el principio que alimentaba la guerra á favor de I). ("árlos; pero si esto no fuera suliciente, bastará notar un hecho que se ha vcrílicado constanlemente en todos loa puntos de la Península donde ha llegado á trabarse la lucha. Los partidaríos de 1). Cár- los han podido siempre maniobrar con to- do desciuliarazo, escogiendo para el efecto aquella unidad militar <|ue mas bien les ha )arccido. L'na división, un batallón, una com- pañía, un individuo, lodo han podido em- plearlo siempre en sus operaciones. Un car- lista con su fusil recorría sin pehgro «na grande estension de país, llegaba hasta tocar los muros de los puntos fortílirados; cuando las tropas de la Reina para hacer una mar- cha de algunas leguas con seguridad, nece- sitaban reunirse en número considerable, y según el terreno y las circunstancias, era menester un ejército entero. Acampábanse siete ú ocho mil carlistas eo país tan pobre y pelado como las rocas que los rodeal»an, y vivian allí muchos meses; y un ejército de la Reina había de regresar a un punto forti- licado en acabándose la proN ision de los mor- rales: una derrota con uisfRirsion, era siempre mortal á una división de la Reina; los carlistas las tenían de continuo, y sin riesgo de la fuerza principal, sin b;íjas simiiera.
Los generales (pie han hecho la guerra durante este j)eriodo, pueden decir si no es verdad que encontraban eo nmchas parles una resislencia sorda, pero poderosa, una í fuerxa secreta que desvirltiaha lodos sus I triunfos. que agravaba hasU» el estn'mo lo-; das sus dcrrolas; al paso qu«» daba nunvn vida a las nacientes bandas de cí>rlistas, siempre dispersadas y nunca estemúnadus. Aun prest ludiendo de los lieni]M»s y litu'sres en que los parliilarios de I). liarlos lleiraron 1 á formar un venhukni ejénilo, ¿quién \fO~ dra negarme c|ue siempre y donde quiera, que a fuerza de ener^íia de rarárler de al- gim caudillo, llegaba a penetrar en acpiellus pelotones alfoina subordinación y disciplina, formando no mus que una sombra de cuerpos militares. las ventajas de parte del enemi- go no fiicnio incalculables. bastando apenas toda la pericia militar para detenerlos en su ímpetu, y huir el cuerfM> u sus ámanosos golpes? i .Mucho se ha hablado del espíritu de van- dalismo, de rapiña y de piilaí!;e, señalando todo esto como causa del engrosamiento de las filas carlistas. y de (|uc sus operaciones llevaran ventajas al ejército de la Heina. Cla- ro es que entre los carhstas no faltarian hom- bras perdidos (|ue so color de pelear |>or Don Carlos, tratarían de vivir á sus anchuras: esto sucede en toda clase de insurrecciones; pem si á het ho semejante se le quiere dar uaa im|>ortancia es(vsiva, si se preíende lo- marle como clave para esplicar lo que solo i paede espliearse ]wt causas políticas, me pa- \ Moe^fue en refular estas ideas se interesan ' éna cosas: el honor de los militares y el ho- i ñor del pais; ponjue si los carlistas no eran ■as que bandas de ladrones y forai^idos, i ¿cÓBio es que los ejércitos no podían des* l tniirlos? se me dirá que el pais los prole- j gia; pero entonces \o preguntaré si el \ms ' es algún establccimlenln de ladronex, pues i qoe tanta protección kihria dispensado á gavillas de ladrones,; - «rtiMii'»!!'
Xo he conocido de cerca á los habitantes de otras provincias donde la insunTccion bahia tomado cuerpo, pero si á los moradores de las montañas de Cataluña; y emplazo ó todo hombre (jue los haya tratado, para que me diga, si dejan nada que desear su alicitm al trailMijo, su honradez, y su aversión al la- trocinio y al pillag»'.
Todo esto, que para mt es nws claro (pie | la luz del din, niauilicsla que la causa de Don Cários se hallaba ligada con un principio e ha sobrevivido á los esfuerzos que. mas treiuta años ha se están haciendo para i estirparle; y que á juzgar por los efectos, de- bia ae ser ímiy fuerte, pues que ha soste- nido la guerra \for espacio de siete años, y contra un gobierno establecido, ducf^o de todas las ciudades y lortale/as, v aliado con la Francia y la Inglaterra. Se dirá qwe este principio no ha prevalecido, y que el éxito de la guerra no le ha sido favorable; pero esto no prueba (pie el principio no fuera muy fuerte, sino únicamente que su adversario habrá dispuesto de mas medios. Pero aun hay mas, y es la manera singular conque ha temiinatlo la guerra: manera que no es del caso examinar ahora, porque es sobrado reciente, pero que bien de bulto manitiesta la terrible dilicuitad (pie habia en dar iin á la contienda con la sola fuen.a de las armas. Los consejeros de í). Carlos, que címocian los poderosos elementos con cjue contaba su causa, creyeron que siendo dilicil derribar el gobierno de.Madrid por medio de un gol- pe militar. no era prudente aventurarle; y pen>aron que dando lugar el tiempo, y de* jando que obrasen los elementos disolventes, que tantas veces amenazaron de muerte la causa de la Reina, andarían madurándose las cosas, y podriase por Iin conseguir el triunfo. £stü pensamiento era fundado hasta cierto punto; j)ero en cambio, á fuerza de calcular la posición cnemij,'a, olvidaron la propia; y este olvido los ha w'hado á perder á ellos y á su causa.
El genio de Zumalacárregui habia forma- do el ejercito de las provincias, y habia com- prendido muy bien, que la posición era es- celente para un centro de organización, para una Iwse di» operaciones y para ui» abrigo y refugio en las derrotas. I'ero muerto Zuma- lacárregui, no parece sino que los conseje- ros de I). Cários se liguiaron. que situación semejante era prolongable indeiinidamente; y asi es que convirtieron á las provincias én una gran fortideza guarnecida j>or treinta mil hombres. Aun cuando no les hubiera inspirado recelos la afluencia de tantos es- trangeros que con varios títulos y prctestos inundaban aquel conq>o; las entradas y sa- lidas de tantos oliciales como conciinian allí de todas partes, y cuya conducta era impo- sible vigilar escrupulosamente: el cansancio del pais agobiado con tantas cargas, y hasta con la presencia de tanta gente; el mal efec- to (pie debía de producir el regreso de esas espediciones siempre á medias, siempre ma- logradas; aun cuando hnbíeran querido preseittdir ^ todo esto, ^eamopwUermi ohidar 4] lie UQ ejéiüito en inaocMn y cercado por