SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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pronunciar nt leer discursos que luego es- parcidos por ia nación produzcan cslraviu de ideas ó inflamen las pasiones; pero no creemos que á esta clase pertenezca el del Sr. Tijadii; y si esto se ha querido decir cuaudü se lu ha liauiado /u//cÍo,. parecenos que la calificación es injusta. Basta leerle para echar de ver (jue no tiene de ninguna' manera el carácter de lolieto en el sentido > malicioso que pudiera muy bien encerrar I esta palabra. Escrito con dignidad y en mu* clins |)as;iLres cnu oí niTxio quií siempre acompaña a la cuuMcciones proliiudas y sin- cero deseo del bien público, uo se distingue por ninguno de aquellos rasgos que emplear- se suelen cuando fe trata de acalmar los ánimos o de uscitar malas pasiones de nin- guna clase. Nada de prelensioafis oratorias ni literarias, nada de incisivo y picante; la verdad en su sencillez, el lenguaje castizo, pero natural y llano, ^in ningún cuidado de ñuscar adornos; nada une pueda manifestar una elaboración muy lenta y esmerada, y antes bien en algunas partes, con al^'un le- ve desaliño que muestra al hombre ocupado profundamente, de las ideas y de las cosas, y que no repara mucho en el giro de la es- wesion, ni en la elección de las palabras. Bajo' este concepto, pues, el dücurso del Sr. Tejada no merece de "'«^giina manera- la caiílicacion de un folleto.

Si la forma del escrito uo tiene esta cali- dad, mucho menos se la encuentra en el fondo. No empleando ninguna de aquellas exageraciones tan a pro|>()silo para conmover las masas, juzgando scverameutu ios esce- sos de unos y de otros, no adulando ningu- na pasión, ninguna preocupación, antes Con rasan ban diebo algunos periódicos que el discurso del señor Tejada babia sido algo mas que un simple discurso; porque auo prescindiendo de las intenciones del di- pnlaoo por Logroño, no está en su mano evitar que su discurso haya tenido mucha importancia, y que basta cierto punto se hKjftk podido decir con razón que babia sido an aeanteciniento. Valor y profunda convic- ción se necesitaba para decir lo que dijo el *ir. Tajada, njiayormente cuando uo podia i espiesando sus ideas sin consideraciones de 46 riisnirs') niyo coniunlo solo pueden apnM ínr vcrdadenHnenlc ios hombres onli-nuidos, y que no es nada á propósito para arrancar vivo-; aplausos en las turbas do ninguno de los bandos <((io hnn díviiH loN d i vkleQ todavía ácsU uaciou do;>veul,urada.

■ Un díscui'Bo como el del Sir. Tejada re» ctamfl^ba la contestación de un (iraiior oini- noTMíV V a^íi á nadie yr.rpp'n üa <juo lomase ñor Tejada lo hiiode «MOMien qoe al diputado por Logroño, poniue dijo quo perlenecia a ia escuela llainaua hislónra; e.^lo era confesar que oo se había apelado a vanas toorías, cosa tan comon en esta épo- ca. sino a berliiis: este era el elo^'io niÉB cumplido que podía desear el ¿ir. íejaá^. Síq embargo « el Sr. Marinm it la MtM añadió (|uc esa escuela taoipoeo esiábi exenta de pe!ii;r()S cuando se estreñían suS la palabra t\Sv. Morliuez de la liosa, hoque j |iruicq)ios y se traen a la aplicación; que se estraftó st, y lo cpic llevaron con ioipa- ricncia. asi algunos nuembros del (Congreso • )ino algunos de los órganos de lá situación, lúe que el señor n»inislro de Kslado no con- testase desde hiego al Sr. Tejada ^ sino qne enn^iiniiese las íioi üs de tn sesión pero- raodo eDer¿;icamcnle contra los desmanes revolucionarios* y.víndicaodo al partido de 9u seftoria de las inculpaciones que le dírí- gen los progresistas: creyenm nn pocos que el hablar contra la revolución después del discurso que acababa de leer el Sr. Teja- if'i iMi\ i'!;amlo inciios inoportuno, p;'ro qiii- 7.as no repuniron en que en esa inoportuni- dad babia mucha sagaeidad. El Sr. Jtíar- iiuez de la tíosa no {ludo menos de conocer lodn iii importancia del discurso á que se proponía contestar, y eslaado incierto por se ha de estudiar la historia solamente ea loa archivds ^ino t.inihien en e! tienq)o presen- te; que no se bau do consultar solo los li- bros y los códices, sino que es preciso ver los hechos ({ue ei^tan á nuestra vista. Afirmé (pie de este defecto adolecía el discurso del Sr. Tejada. (|ue tul ve^ hubiera sentado bien en loa tiempos de Carlos llt, cuando ci mayor suceso ({ue amenazo á a<piel omnarct fue ei tnolin de iisquilacbe. i\o alcanzamos á coHeeinr como el señor ministro de Estado pudo bacer semejante eargo al diputado por Logroño: rnbainionte oi.V/-. Tejada, lejos de andarse con arciavos y códices y discu- siones legales sobre las instituciones anti- {$uas, se hizo cargo espresamenle de la si> tuacion a;!ual. de las nuevas ¡deas, de los nuevos mlcre^es, de las uuuva:» aecesidadea; ntaupai'le de que pudiera llenar sa objeto 'i lejos de ^baldar coiuo pudiera hablarse en de una oianerasatisfactoria, quiso hacer una ] tiempo de Carlos Ui, llevaba en euciita li flislraeríon, prncnrnndn distninuir la sensa- ción producida por el discurso del diputado por Lo^Ao, y ganando tiempo para meditar el ¡iiin'.oíle vista baji) el enalconvenia presen- tar la cuf'i'lidii.;i lin de que si la respuesta no pudiese sersalislacloria, fuese cuando menos especiosa. El elocuente iroproTisador sabia muy bien- qtn* rnnle« [aciones rnino las (¡ue necesitaba el discurso del Sr. Tejada no se tiii|^vísan. Obrando con lentitud y (|u<crc con inoportunidad, y nn dejándose llevar por la impaciencia de otros, se parecía situación inqtueta, azarosa, desordenada á que nos han traído ios trastornos políticos y sociales; recordaba que todos loe elemenU» del i:üi)¡erno están en turlim inn atjilada y profuiuiii; aconsejaba una grande alianza (/« ¡as ideas, de los senUmieulu», de los inlere» ses, (/(' /<> V derechos anliffuos, co;t la» idta», con ius M.lítiiiiculos, con Ins itileresex, eáñ lu.s dstedios de nuesh tí /teiit/M; recottoCiÁqUA el espirilu del siglo ha influido podero$ameñ' le en KspaAa; deseaba ({ue para reorgánizar la monarquía se partii-se do ( ierlos teorenjas á aquellos generales entendidos y cuerdos, Ij políticos y sociales que ia madurez de los "lie faalHcndo conocido la tentajosa posición! tiempos, los deuenjafloit'de tais revohieicmn.

di de un enemigo, prelieren gastar el tiempo en ligeras cscaraimi/.as. nn atacan decidida- mente, y dejan que vaya vuiiciidu la hoche para tener tiempo de combinar y prepararse.

Continuó sil (li,-'"':r-'t el Sr. Murlitiez de la fíona en la siguieolc sesión, y en ella no se apartó ha^ cierto punto de la táctica detdía aátnriori el'mtyor mérito de su con- testación consistió en esquivar vi darla.

y la> iiecesidinles de óitlen, de seguridad y de Solido piúijrmo han hecho ya ioeoniro- vertíhles ea las altas regiones de ia vana po- lítica en los reinos del mediodía de Europa, tan agitados y rovueltns, ¿Con (|iié justicia, pues, con qué verdad se puede decir que el diseuno del Sr. Tejada hubiese sentado bien en ios tiempos de Carlos lU? Quiea reconoce de tal suerte la magnitud de lat ProponióQdose cabiicar el discurso del I revoluciones modernas y sus profundos e^aulos rn h% ideas, costumbre» c intereses lo luá pueblos, ¿puede con razón ser tachado de que no ve lo que pasa á sus ojos, y de 2ue desronocc los p:randes acontecimientos? 1 Sr. Martínez de la llosa (k'i'ia al ieñor Tejada que las naciones caminan, y que es preciso seguirlas en so idarchii; y el seUor Ttjüda había reconocido que en las soctéda- úvs modrrnns fmy nn progreso rápido, mía civihxacion /«(M/i/M, que para desarroilíiiríc solo Mcesita órden y segundad; y^ciamaha para qno sr sacira 9 la l'-^iiaña del estéril campo de la política, y se ia hiciese entrar en ese camino de proíircso intelectual y ma- Itpsl en (|ne están ya otras naciones. ♦ El ¿i>. Martínez d^ln í'oxn no quiere r: se tribute a las mslitucioues antiguas Esparm on respeto ídólalra; pero el di- putado por Logroño hahia estado moy lejos de hacerlo asi. pnes desde e! principio de stt discurso hahia asentado que a([iielcas ins- litaciones «do podían ni débian subsistir en sn inteiTtdad: » [tor lo dfmas. locdnle á los el()i:i()s iU" las niUi^uas inslitucionos df Ks- paiia, diliriliiu'iiLe podían hacerse mayores de los ({w se hicieron en la esposicion que precede al ¡ístahdo iteal. Nadie que cfuiDZ- ca la hii>toria áú EspaAu se hace ilusiones so bre este particular. lio se (rata de restable- cer lodo lo antiguo, y sí únicameRte de ver sicnsu espíritu hahia al^nnos prinf ipios muy coMluceotes para asegurar sobre iirme basa elórden v la bien entendida libertad; de sí tál como lo hemos tenido en España, no está en que sea represenlalivu, smo en que uo lo> ha sido nunca, pues que jamás ha represen- tado líi las ideas ni los intereses de la r»u- cion. Oli.»s indicac ii»n( se han liecho contra el ¿ir. Tejada que ¡»odian ser de alguna gravedad si la conieslocion noestuyiese en 9^ mismo discurso. Hace ya algún tiempo que se ha adoptado el sistema de achacar á los hombres uutí dcticnden ciertas opiniones, el designio oe alácarel trono de Isabel 11, ó al menos de ofrecer armas á los (pie lo inten- ten; esto es un recurso muy cómodo, y de que no estrañiunos eche mano la revolución, que sintiendo su flaqueia bnsca un escudo en el trono mismo; pero la comodidad y la utilidad no son la ruzon y la justicia, y un modo muy débil y poco franco (te-sollar las dificnltadeB, cuando a) que la^ pro|>ono se le da por única contestación el Ktido de carlista o de inclinado ai carli>»mo. VÁ señor Tejada no insultó ciertamente á los carlistas, dijo que el gobierno del rey no dehia enlre- t:arse á niiiírmi (iarliiin esriusivo; ipie era licccsariü trahajar eii l■el•uI;cdullio^ a lodo» en lo posible, por las vias de la justicia y do la prudencia; dijo (pie hm ia esta recotudia- cion debía dirigirse el goliierno en toda su conducta con grandes ejemplos de imparcía* lidad, de desinterés y de justicia: dio tam- bién una lección severa, ad\ir!iei.!;> la ne- cesidad de evitar las púbhcas re< nniinacit- nes impropias dc'la elevación dH poder, y es posible partir de ellas como de un origen \ que frecuentemente escitan los odios y anli legitimo que lodos dehian reronnrer. ¿Son por ventura otras Jas ideas que se coiisii;!ia- ron en la esi)osir¡on que precede al IísIhIh- io Iteal'f l'ii n';:l; 'iv/.;i <U' l;is iiislitueiones ¿dijo mas el Sr. Tejada de lo f|ue está consignado en aquel famoso documento?

Observo el.Sr. Martínez de la ítosti, (jue €B el fondo del disriirsn de! sefifii Triiutu se encontraba una grave cuestíun, u saber: si la palias, y ulceran los corazones dp inuchcs españoles; |hm o al manifestar ese proiundo res|)eto ñ todos los partidos « al motstraise to- lerante con las opiniones (pie no >on las su- yas, consignó esprcsaniente las que piuíe&a sobre la legitimidad de la Ueioa, cuyos de- rechos habia sostenido ea una ocasión so- lemne.

El Sr, Tejada ha consignado, que en la Sspafla se hallad no pr( parada para el régi- } coeslion dinástica opina que la raxon no es» nien representativo. La palabra reprenenlalh | taba de parte de los defensores de 1). Carlos;.

10 es muy elástica. es suscepliole por lo ■ pero no se ha permitido ninguna de psns dnmÍ!»iuo de sentidos muy- varios, y asi no es I ras recriminaciones que asientan lan lual un eitiafloque se apelliden defensores del go- |i boca de personas elevadas, y que tan poco biemo representativo hombres de ( ¡¡iniones á propósito son par í Ix urar la huella deniics- E diferentes. El señor Tejada dijo que se tras discordias..\o hay adversario razonable I y debia establecer en Espafia un go- i que no sufra que se le diga: «yo creo (pie V.

m representativo; |>cro dfeseclió como i se ha equivocado; yocreo defender una cause insubsistente y dañoso In (pie nqui se llama justa, y ])(jr lo mismo creo que la iusticia no gobierno representativo parlamentario; y en i está de parle de Y.;» ))ero dilícilmentc se T«did, el and de ^ata claie de gobieni?, i lafrecoa pKioBcía el que se diga: «V. no.

Digitizeci by Google procede crtirnnnrln. ^ino que obra con porfi- I dia; Y. es» un hombre de malas inlcncioues; usted DO es iluso, sino tin traidor.» ' Desgraciadamente Iü ndiicta del señor 3V/(?rfa no la imitó «>I Sr. Mai tinez de la \ M(m ea su discurso. Ik salóse de uoa mane- m tiolentn eonlra el partido realista, dicien- do que do^pues lio comprometer el trono, en la hora dol pt^li^ro se habin onjiladn.!iabin desaparecido. Esto es muy duro pura dichu, de un partido, y hubiera sido de desear que; no se (lt>i;isc llevar á tal cslrcmn el señor mi- nistro de Justado, iüslo de atirmar que solo los eonstitucionales habian salvado el trono, y que los realistas solo servían para compiD- mf'tí^rlc V Ini'iro abandonarle, creemos que sobre ser impuliticQ es falso.

En los seis affos de hi guerra de In inde- I pciulLMicia se peleó por m religión y por el rey, y la nación heroica era enlonro>i ri-alis- ta; los que se levantaron en tiempo lic la Constitución en la época del ano 80 al SS'no escaseaban su sangre en defensa de la rausa que creian identilicada con ia del rey. Eslra- í fio es que se haya dicho que los realistas no ' se movieron cuando la revolución impuso su [ voluntad al monarca en 1fi20, siendo bien, sabido que el rey cedió á una insurreccioo [ militar, y que a í partido realista no le qñedó. por de pronto otro medio que obedecer, sino á lo que le mandaba el mnriarra, a lo que se le mandaba en nombre del monarca. Pero tan laeg^o como se echó* de yer el corso que seguían tos acontecimientos. tan pronto co- i mo se echo de ver que a(|uel sistema no se j sostenia sino por la violencia de la revolu- ' cion y la debilidad del rey. los realistas no i se ocultaron, no di'sjparecieron, sino que ¡ tomaron las armas relando á sus adversarios en el campo de batalla. Y cuando después de la muerte de Fernando VII muchos de los | realistas creyeron que el derecho estaba en favor de D. Carlos, no se ocultaron, no des- ¡i aparecieron, y dieron por cierto irrecusables | pruebas de (pie no eran cohardes. Qué {)ensarian de las palabras del señor ministro ¡ os militares que le estaban escuchando? ¿Ellos, que habian peleado, aun en las tilas de la llí'in;). iiajo las ordenes de generales ' realisLíis, que habían mandado también a ge- fes de opiniones realistas, y que se habian, batido con realistas? No eran cobardes por cierto los que ponían en tan terrible compro miso al Sr. Mariimz de la /^o^a,, presi- 1 dente del cdnsejo de miniatn» en 4895, 1 cuando arrollado en todns direcciones el ejército de la Keina abaudouaba a los ven- cedores las provincias del Norte y se re^»* gaba sd»re el Ebro, y.se hallalia en aquelhi situación angustiosa que tan viranienle nos ha pintado en su famosa Memorm el general Córdoba, y en la f|He el icabinete de Madrid pedia la intervención estrangera. El general Narvae?, y otros <|ue estaban escuchando al bcñur ministro de E>Iih1o sl' sonreirían sin duda cuandole oyeran íisegurarque kie rea- listas en el momento;! ■! ¡u lii i n ^e ocultaban y desaparecían: esos generales que babian visto de cerca á los carlistas, que habian der> ramado su sangre por la Reina en el campo de batalla, que tantdfciabian tenido que tra- bajar para detener á los ejércitos de D. Car- los de las jprovincías Vascongadas, da Ara- gón y de Cataluña, esos generales, repeti- mos, se sonreirían al oir que se trataba de tal suerte á los realistas, al' oir que en el momento del peligro se ocultaban y desafia- recian. STus grados y sus t ritrcs no quisie- ran ellos que se dijese que las habían gana- do batiéndose con cobardes.

No concebimos qué objeto poede propo- nerse nn rfiinistro QC Estado entreirándrise é recriaiinaciunes tan duras y tan injustas. ¿Que importa el decir luego que noseqoie- re hacer pasar á los partidos bajo las horcas caudinas, cuando se les acaban de hacer cargos tan ignominiosos? ¿Se cree por venta- ra qne es otra cosa que unas bóreas candí- nas el decirle^: nosíUros los constitucionales, solo nosotros somos los que hemos defen- dido el trono; vosotros no servís mas que para comprometerle, para ocultaros y des- aparecer en el nrrincni ' i!i 1 |H'li_Tfi?» Ab! no eran solos ios carlislu> los que hubieran [lodido contestar al Sr. Mttrtnm da la B»- sa; si hubiesen podido levantarse de los campos de Navarra, de Aragón y de Tat,?- luíia muchos valientes que perecieron en deten!)!! del trono de la Reina, tieleii al jn- r;n:i('!itn (jue liabian prestado, dirian sin du- da que lamiiien ellos profesaban ideas rea- listas, que ( I cían verter su sangre por la hija de Fernando y no por ia revolución; que creian defender la orfandad y la inocencia, pero no formar causa común con los Iras- tornadores de la monarquía, con los que en nombre de la libertad incendiaron los tem- pins.K'^-^inaron ln< ministros del Señor, y con los (jue enriquecidos con el despojo dó las iglesias, y conlaadílapaeinDts dellasat»,- i de haber bcckt Ibrtunas escandalosas'con rl sndnr y la sangre de los pueblos piensaD cootcotarlos y satiüiacerlus arroján- dales un pedtto de papel donde está escrita h palabra libertad. No lo entendíao así mu- rhos áv los realistas que se comprometieron jor Isabel U; mucbus que iiu se ocultaron ni desaparecieron en los momentos de peli-. -7 c— r - gro;- muchos (|uc no eran eonstilucJonaKS ni to que se íbñ á publicar. k> hubieran sido minea.

La cucsliüii de los bienes del clero liguró oomo era natural en esta importante discu- sión. El Sr. Tejada dijo que ern jtistn y ur- gente, q|Ue desde luego sa devolviesen á la iglesia los Iñeaes no vendidos de que fue despojada eon escándalo de esta nación ca- tólica, y ultrajando las leves mns sajrradas; a&adiendo en cuanto á los vencidus, que si en poUtica se creyese necesario sostener la venia, era preciso tratar de legitimarla, y que para esto era indispensable obtener el consenlimicDlo del Sumo Pontífice como ca- ben de la Iglesia propietaria; (i<i(< solo asi podrían sostenerse como lerrílinias las ad- quiáicioues; que solo asi podría hacerse que. cesasen la inquietudes y trastornos á que están snjelas; que este es*el medio líni- «0 jtislo.

£1 Sr. ministro de Estado procuro tran- países ^' los ensayos del nuestro; pero nada quítizar á los compradores, diciendo (]uc el; mas dtOcíl que un proyecto de aplicación gobierno babia empeñado su palabra, que sencilla, útil y dnnuÍLTa. Vamos á manifes- esta palabra era sniímtln. y f]uo la sostendría, tar nuestra opinión en la materia, no lison- Éu este pasagt; del disau>o hemos notado jcándonos del acierto, pero si muy deseosos con placer (luc el Sr. 31 ar fines de ¡a RoMa I; de alcanzarle no habla ya de derechos adquiridos, sino de intereses que no quiere trastornar; hemos - I no as nspOBSdile áe lo que se hizo en otras.

, I é|K>eas. pnes que cuando S. S. entró en el ministerio ya estaba dado el decreto de sus- pensión: no pueden decir lo mismo sus eom- pañeros; en cuyo tiempo, durante los meses de mayo, junio y julio se vendieron tantas V tantas tincas, como sí se hubiesen querido destruir en gran parte los efectos del decre- LA OIUiAmiUON DEL SENADO.

La formación del alto cuerpo colegislador tiene divididas las opiniones: el mismo go- bierno no está seguro del acierto en lo que propone; y asi hasta cierto punto doja en su proyecto el medio para enmendarle, consig- nando en el mismo que las condiciones pa- ra ser senador podrán ser variadas por una ley. \o es de estrañar que hnyn esa incerli- dumbre: el problema es de dillcil resolución. Nada roas fiícil que presentarmil proyectos, de organización de un Senado; basta para esto tener h la \ ista los ejemplos de otros ¿Our notado que el gobierno esta muy lejos de sostNier doctrinas que pimimi kerir en lo mas minhnn á la Sania Sede, pero que re /nv cnnilirloiH's se han de satisfacer pa- ra constituir un buen Senado?.\o se trata de formar un mero consejo: s de esto úni- camente se tratara, bastaría buscar la inte- ¡¡fjfnrin, la probidad y la práctica de los hechos y re los males que se aeynirian sise negoiws. En tal caso deberían buscarse la trúfase dtde$lrHirlos: que no se quiere exi- | mayor parte de los individuos en lo masse^ gir el reconocimiento de la Santa Sede como Icelo de los altos cmp! adu^ un act<» de justicia. sino impetrar sn con- Se trata de constiluir un poder político» sentimiento como un electo de imiuiijenda. que escude el trono contra las injustas exi- jr bemgmdiul, j solo por mtar madores v gencías de la deniocracia, y (jue le detenga males y perjuicios. Este lenjzunj»^ le com- ctiamio los nialns ( (mscicrns le eondii/can al prendemos, aun en hombres «jue hayan sos- abuso de su tuer/.a. Este cuerpo, pues, de- tenido que la venta había sido un despojo, be ser tal que ni esté á meróen de Is dñmo> porque entonces se trasládala cuestión del i; cracia ni del rey; que ins|Hre respeto á terreno de la jiistida al de la conveniencia; aquella y á este; y que no eacite la deseoiOH y en cuanto á la conveniencia podrá haber lianza de ninguno de los dos. ^ variedad de opiniones, en cuanto á la justi- Bajo este concepto, es preciso buscar ip- cia no. Este lenguaje le comprendemos mas dependencia é influjo positivo: es preciso- en í'l Sr. Mardnez de la fío.sa, quien de sí que la camarn alta no esprese ni la voluntad puede decir con verdad en este punto que t d^I rcj;, ni la de la democracia; y es adema» necesario que no se funde en privilegios que of^ndon ni <*n rorncrdos que se hayan di^i- mdo. Conviene atender á lo que exii^te, m a lo que existió; conviene organizar Ib alta cámara, no como inn escrprinn on favnr de ciertas clases, sino corno una iuslilucion esclusivamenle consagrada á la felicidad pú- blica.

De <'sín <o iiini'!*' el Sonado no debe ser de elección ponuiar, poro que lanijMJcu debe ser de sola etecciori real. La Constitu- ción de 1837 adulociadel primer defccl); el proyorto del gobierno y d de Ja couiisioo adolecen del secundo.

¿Dónde eslan los individuos que gozan de imii'peiulencia y de un inlltijo eficaz, (pn- pueda ejercerse á un niisini) tiempo sobre el poder real y sobre la nncion?

Al tratar de recn!;or oslas influencias, cla- ro es que se han de considenir ¡1 > <i: t¡;enc's, UDO moral y otro material; usi es (|ue en lo- dos los provectos figuran la rcli¿^iou y la riqueza; lodos •admiten obispos y graades propietnrins.

¿ CoiiviMutrii (pie los obispos sean senado- res por elección reni? \o. Sí esto se admite, se Talspa el principio: muchas veces nn n - pres«MUará el senador la verdadera influciu ia episcopal, sino la intriga cortesana. Kl hacer á los obispos senadores vitalicios de elt i ion real, llevará consifío el [)erpi'lu<) abandono de algunas iglesias, y no traerá u las regio- •nes del gobierno lu que este necesita jxira el bien de los pueblos, á salier: conocnnienlo práctico di> I.H niTí'siílath's do! país, y n!lo prestigio a los ojds del clero y del pueiiio. Ivs decir y ni tw para formar la *^ley, ni fuerza para ejecutarla.

.\o es posible ni conveniente que vayan al Senado todos ios obispos; ni que los que va- Ían sean elegidos \m el rey, ni por el pue- lo, ni por el clero, ¿(juik) se vfTÜicara pues el nombramiento? O dejándolo al orden de antigüedad. 6, lo (|ue sería masacerlado, concediendo á los mismos obispos el derecho de elegir enlre ellos n los que debiesen re- presentarlos. Pero ¿que sislema electoral se podría adoptar? No serla difícil escogitar va< rios; hé aquí uno muy si n illn Los cuerpos eleclorales dciueran ser lan- íos como las metrópolis; el numero d los elegidos, uno al menos en todas las melró- polis: dos en l!f*írant!f> n ctni-o Irm eIeclo;es; electores. De esta suerte el banco de io» obispos no escedena nunca üe H o 13; y descoutando los que no podrian asistir por enfermedad á otras causas se puede conjetu- rar (pie por lo común no pasaría de tü el numero de ios pre^iUeb. £i st^emade elec- ción ludria ser el voto escrito remitido. al metropolitano, y habiendo de reunir el eie- iíid'i nííívona ahsnitila. Siemlo lun escaso el núnuíro de electores, uo sena duicd j>onci"Sü de acueido por escrito. La elección debería hacerse cada cinco artos. VA eIef;¡do debería poder ser r 'ele^^ido. Con esle sisAemn irían al Seiiadd ubispos de todos los puntos de Ks(>aíVa, re])resentartan verdaderamente al ( iierpo episi ()|);il, uo quediiri;iu el pastor lus iglesias smo j^ot breve tiempo, y solo turnando, pues es ^laro í|imi la eMocioairit variaudo naluralmenlc.

En cuanto á h íínride/a, supuesto que se rechaza el derecho hereuilario^ nu parece mal el sistenM indicado ya de que los indivi- duos fuesen elegidos poi los mismos grandes. Las condiciones que se piidrian exi^nr senan 30 afios v 300,000 reales de renta. i,a dig- nidad podría ser decenal. pasado cuyo tér- mino la granílez;! reiieliria la elección, ksk salvaba- esta elevada cíase el derecho que le pertenece, y se obviaban It» inconyeniculcs (pie se objetan al sistema hereditario.

Kl número de ios elegidos podría ser de i'ó.

En cuanto á la gran propiedad, ya perte- nezca á la nobleza ó á otras clases, sena muy conviMiieiile (p(e estuviese representada de una m.uiera indejK'udietUe de iu vuiuulud de los ministros. Para lograrlo seria pn>ciai» limitar mucho la facultad de elegir, exigien- do (pie en la cámara hubiere siempre un cierto numero de grandes propietarios, cu- yas rentas fuesen muy crecidas, y radicadas en las jirovincias á las cuales ¡a elección correspondiere; pues uu sena nada oleusivu a la magestad real, el que habiéndose de buscar los fírandes elementos de conserva- ción, eslabilidafl (' iiiflnencia, se procuran recocerlos de todos ios puntos del reiuo.