Al examinar la gravísima cuestión del en- lace de la Reina, no ínlluyen en nue«;tro ánimo miras de partido, ni interés por nin- guna fauiilia, ni afecto a ninguna persona; waVgMÍo es demasiado grave, demasiado trascendental, para que un hombre de in- tención recta y deseoso de la felicidad de su patria no prwure apartar de su mente cuan- to pudiera desviarle del objeto principal, me - jor diremos único, que debe tener presente en esta cuestión: un porvenir de pa/ y pros|)eridad para la nación española. Y el prescindir de tmlo linaje de consideraciones, ó torcidas, ó inconducentes, ó secundarias. Será tanto mas favil al autor de estos artí- culos cuanto (|ue no le ligan con ningún partido, con ninguna familia, con ninguna persona compromisos de ninguna clase. Du- rante la guerra civil no salió de la oscuri- dad de la vida privada, entregado á ocupa- dones inofensivas; y si bien desde en ^e comenzó á defender las doclrínas y sis- tomas (|uecree conformes á la verdad y con- venientes a la dicha de su patria no ha cesa- do de esí ribir manifestando su opinión sobre los puntos mas imporlanle> asi religiosos como políticos, abriga lu convicción de haber des- iMiijKínaTlo su tarea sin mostrai-se ciego par- tidario de ninguuo de los bando? que han destrozado con sus discordias á esta nación infortunada. Kn todos sus escritos ha sido consecuente; y no le sería difícil probar que, lo que escribe hoy no es mas que la conti- nuación y el desarrollo de lo que escribió ya en 1840;' pero la consecuencia no es la ter- quedad, ni la convicción el fanatismo.
No habrán sido ino|>ortunos estos recuer- dos al entrar en una cuestión (jue tan fuerte y vivamente preocujM» los ánimos en dife- rentes sentidos; y ciertamente no sin ra/on, pues (juc su gravedad es tanta, sus resul- tados inmensos; seguros y estables si son buenos, irremediables si son malos. Recla- mamos pues la atención, la tolerancia, la indulgencia de todos los hombres pen.sado- res V honrados; les rogamos (¡uc se dtíS|)o- jcnííe toda prevención favorable ó contraria á esta ó aquella resolución; (pie depongan sus preocn|)aciones, (pie también las tienen muchas veces en abundancia las cabezas pensadoras; que hagan el sacriíicío de sus resentimientos, (pie también se all)ergan eu los corazones honrados. No hay esfuerzo que no se deba hacer, no hay sacrihcio (pie no se deba arrostrar cuando se interesa en ello el porvenir de siglos de tantos milhmes de hombres; y mas todavía cuando e.stos hombres s(m nuestros comjiatricios, cuando el país (pie ha de salir iavonnido ó dañado es nuestra patria, esa patria en que vimosla luz primera, y(jue guardará nuestras cenizas.
¡ iVueslras'cenizas! ¡.\h! ¿ Quien sa- be si las guardará? ¡ Tantos españoles se han encontrado prívados de este ultimo con- suelo! ¡ Yacen en tierra estrangera las cenizas de tantos proscritos victimas (le nues- tras lamentables discordias!...Si no procu- ramos con todo esfuerzo cernu t tiianantial infausto, ¿(piii'n puede lisonjearse de (pie no será arrebatado por alguua de esas tem- pestades ({ue han llevado en -confuso torbe- llino desde el cetn) del monarca hasta la va- ra del último empleado, ({ue han arrojado á países estraños (lesde las familias mas hu- mildes hasta las generaciones de principes? Proscritos han estado los hombres mas dis- tinguidos que liguran actualmenle en la es- cena militar y política, y algunos de ellos condenados á muerte; proscritos están los hombres mas señalados en tienq>o de Espar- tero; proscríto está Espartero, proscrito D. Carlos, proscrita ha estado la rema Cris- tina. ¿Cuando {Mmdremos lin á esa infaus- ta cadeiui? Y si no procuramos terminar- ;la, 44<'Ñ^i>^ 'o^ nuevos proscritos? ¿(ínálel person;ii<' (jue arrastrara a o!rosen íiiu ruiua? Uay bcj^undad...¿No ia luvie- ron otros? luy abundancia de medios...¿iNo la tuvieron otros? Hay resolución ¿No la tuvieron otros? Hay'organizacion de un partido ¿No la tuvieron otros? Ele- vémonos sobra li aliiáifera d<> las pasiones, de los ¡nteresí's ¡msafíeros; olvidémonos del | día de boy para ¡^nsar ea d de maMna; uo | nos haganioa Ouaioñes teíbfn 16 praaenie; no I nos lisonjeemos demasiado sobre el porve- j venir, que para conjeturar la dif«*renna que uoede ir, que irá, del día de maiiana ai de j noy, noB bmta eomiderir bqne vndelde hov al de ayer.
fese j)orven¡r pende del enlace de la Rei- na: nada de lo que se ha becbo, nada de lo que se hace, nada de lo qne anharé, rn- cibirá un sello indeleble que garantice sn ' «stabilidad y duración, hasta que sepamos séMI ha de ser el príncipe que obtengi In < mano de Isabel II.
Esta es la clave de lodo edificio q»ie se levante: porgue es nece^rio no compren- der la sibiaeion de España para hacerse, la ilusión de (jue el enlace de S. M. podrá ser uü acontecimiento conuin, que se encajone en el cauce de los suresos ordinarios de tal modo, que ni temple m infiere el impelo de ellos, ni tnerrn n jii(i(iiti(|ue su corriente.
Tal es la situacioa de España, tal la de Svropa, talei las ceadicinnes á que está sujeto en la aetoaKdndeltnnooenpndnpor una Reina hnérfena y niAa que es im- posible, de todo punto imponible, que el eninee de S.M. no mfluya poderosámenle^n nuestra polilicn inírrior, y en nuestra posi- ción con respecto a las potencias estran^ras.
Pensar que el matrimonio de la Heina de España hn deiaewejatBe ai de la Heinade In^íbterra, (»^tn i:*; que no hi\ de influir en bien ni en nial en los destinos de la nación, ' enana aberración tan torpe que por fortuna padecerán muy pocos. En In diaoision que ha tenido lufíar en lf>« «'urrpo'; colciíislano- rcji sobre el articulo de la retoruia cooslitu- ciooal relativo al matrimonio del rey, lodos los oradores han estado courornies en la jíravedad y trascendencia de este neíiocior y si bien el Sr. Martínez de la Rosa obser- vó que esln -givvedad no era tama en los ■gobierno^ rcp^^-'^•^t;tti^'os cnmn en los abso- lutos, noso^os creemos que esta misma cir- cunrtancin lo haoo de maeba mayor gravedad en Kspana. Kn efecto: si tuviéraibae ahora un gobierno absoluto, sometido á ciertas reglas lijas de política interior y ea^ terior, fuera mucho mas fáeil que el 4BnlMe de la Reina no las alterase. y t]"!' h na- ción y su gobierno pro^guiesen en su uuu- cha con paso tranquilo. Pero cuando las pa- siones están removidas v exaltadas por efecto de o>;;i misma punlicidad que cada dia las remueve y exalta de nuevo, enton- ces mi easamieoto desacertado pnede pro* docir ohoques mas tivos, vanaeioñes ée rumbo mas repentinas, y acarrear resulta- dos de mayor trascendencia. La observa- ción del Sr. ministro de EsiBáo seria admi- sible si se tratase de nn país como la In^da- lerra, donde se verilica que el rey reina y no gobierna; donde hay un pensamiento de gdbienio 6|o, constante, ínidependieDtc de la voluntad de Iní monarcas, y en cierto modo biisla de los mismos ministros. Pero en España ^. qué arraigo tiene el gobieno representativo? ¿Dónde está ese pensamien- to político superior á los partidos y á los re- yes? ¿Quiéu lo tiene? ^Üónde está una aristocracia semejante á la inglesa T ¿D6iido> la riquern \ [i inslruccinn áv las dases me- dias? ¿Kn cual, de las regiones de! poder, los hábitos de orden, de buen gobierno, de administración templada y hrme? i - i «^m: La verdad de lo qnc eshnm*; diriendo se puede contírmar «on un ejemplo muy sen^- cilio, parangonando dos países dittniloodb España, y de los cuales el uno vive bajo el gobierno* absoluto y el otro bajo el repre- suilalivo: Austria y Francia. Si supooemots que los trooea de estas dae mainnea* esim ocupados por una niña de poi ns nftn?,; nn cual de los dos tendrá mas importancia el matrimonio de la Reina? ¿En cuál délas dos naciones habrá mas pffbabílidad de que e! on!a re fir la < >berana acarree modi- bcaciuues? No dudamos que en Francia; y es bien cierto qoe en tnl caso Jos pwtÚss lucharían desesperadamente para obteMr cada cual el canaidato que mm h convinie- se. La nación eitfera se pondría en e^pecta^ tivn, enmovimíeBto, eonndo enA«alria el negocio se discutiría tan solo en! nitos consejos, solo jugarian en el las combina- ciones diplomáticas, y probablemente se lle- varía á cabo sin ninguna undanta en la política iiili I ii i. y á lo mas con ^í^iinti mo- I diíícacíon cu el sistema de las relaciones es- teriorea. i pues como la aftercion del Sr. mi- níftro de Estado, muy exacta tratándose de Inglaterra y otros paises que se eacieatreo tm circunstáncias parecidas, no es •pKotUe á la simfJe diferencia de l¡is formas repre- sentativas ó absolutas. £1 ser de mas o me- nos ioiportaaoii «licw seBeMBtes lo nace de la« hnau politicas, sino de k líliicion en f|ue se encuentran las naciones: cuando estas se bailan en su estado normal, eiiloo- cfli^ MIÉawío «8 de meeor importancia, Y'éum puede carecer de ella; pero cuando tto'd^fnitan de este bien, cuando viven agi- tadas y revueltas, eo Iraosicion, entonces la imipMtnm es nracha, sean las formas abso- lutas ó representativas; siendo notable que ee jal easo la misma esencia de las repre- snHattvas trae consigo muchos mas azares jqil» iilKíjllwoliilMv 7' por eomigoiente au- menta oÉ gñi mnina la'imporlHioíi del eplace. ' ' ■íl.''imí* ' No lo dudemos, de la rasoliieíoii dé este negocio depende en gran parle la suerte del país, y por lo mismo es necesario que este se interese en ei de una uiauera particular, meditándole cod el debido detenimiento, for- mándose sobre él una opinión juiciosa, y manifestándola por los medios legales que están en so mano. Bmitiremos nuestra t^i- BioK lisa y llanameile, peio no tratamos de imponerla a los demás: coniprendemos muy bien cuan natural es que haya en este pun- te mocha disoordancia; qué unos repelen fifr- cU lo que otros miren imposible, que unos califiquen de provechoso lo que. otros consi- deren como funesto. Lejos de desear que se sorprenda al público con «n enltce repeoti- BOjejos de pretcrulcr (|iie se aho-íuc ó se me- nosprecie la opinión nacional, solo esperamos de esta misma opinión el triunfo de la nues- In; 7 en esto damos una praeba inemiivoca, de que si anduviésemos errados al menos habremos sido sinceros. Nada de intri- tenebrosasv nada 4te viotencias, nadado amaños indignos: publicidad y mas publici- dad, hé aqui lo fjue deseamos en este nego- cio; publicidad y mas publicidad para evitar mu sorpresa: aplaoemos la resolocimi, pero entretniito mediteoMS coál seré la mas con- venieute.
')-6í, meditémosla, examinéiiMsIa, aunque sea por largo tiempo; que no es menester poco si se ha de presentar la verdad a los ojos de muchos estraúaaiente preocupados i per el ínfinje de las eiroonstancits, yl¿ de- ■ clamacíones de los interesados en perpetuar nuestros infortunios. Si se logra el aplaza- miento esperamos (|ue al lin la razón triun- fará de las pasiones, la verdad del eifor, If política n;uM(»nal de las inilui'in i is estrange- ras, el interés general de los intereses par- ticiilues, Isi designies grandiosos y de por- venir, de las miras mevqnmas y de las com- binaciones transitorias Hasta ahora la prensa, con escasas escep- ciones, ha manifestedo cierto recelo de en- trar de lleno en esta cuestión; su mismo grandor im|)onia respeto; y viendo cada cual en la resolución de ella el triunfo ó la ruina de sus esperanzas « ó la reiliiM}ion'<é' desaparición de sus temores, parece que se deseaba no remover este negocio, pretirien- do las migustias de Ü incerUdombre á dar un paiF'oel cual'^ era posible veheri atrás.
Pero en esta ultima temporada las cir- constancias han variado; los portidse' hm descubierto 6 creído descubrir que si ellos dormían habla (juien velaba; que mientras ellos no se aprestaban para resolver acerta- damente este negocio, quiaás no faltaha quien iba trabajando para resolverle sin anuencia de ellos, de su propia cuenta. El efecto de esta so«>ecba ha sido sorprenden - to: le opinión pAbnca se ha manifestado de «na manera muy viva; y si bien la prensa de la situación se ha mostrado en ^nerai poco inquieta, no ha saeedidolo mismoen él Congreso, á pesar del triunfo del ministerio en las elecciones; no ha sido lo mismo en la nación, que se ha sobresaltado con la sola idea de que fuera posible una sorpresa, sio»- pntiznndo vivamente con los diputados que han dado des<Ie la tribuna la voz de alerta.
No negaremos la conveniencia de díANfr por algún tiempo la resolución definitiva de este negocio, pero también es indudable que es necesario prepararla; y el mejor modo de obtenerlo es ihistrar someella la opinión Eública. Es cierto también que la Reina de- e quedar en la mas completa libertad en la elección de su esposo, pues que ni la reli- gión ni la moral permiten qne en este caso se haga la menor violencia ni á un simjde particular, cuanto menos a una reina; pero también es cierto que los príncipes, por la misma elevación de su categoría y por las altas consideraciones que han de tener pre- sentes en sus enlaces, disfrutan npr la mis- ma han» de los cosas de mina üiymzea by GoQgle I lalitad en su elección, siendo mny cantadas las pt'Tsonas enlre las rúalos pueden esco- ger; Uiubien eá cierlo, que si en el peque- fto núnero de estas penonas se halla alguna (\añ merezca ñc una manera particular las suupalias del pueblo eepaAol, y que traiga grandes ventajas á It ctost del traao y de la nación, es muy probeble que ea igualdad de circunstancias merecerá también la pre- ferencia de la au¿$usu Isabel; tautbien es cierto, que anadie' como es S. M. de^la Íb- licidad de sus piichIoF;, atenderá de una ma- nera muy solícita a conciliar las afecciones de su coraron con los intereses de la Kspa- Qa; tainliieaeseiertoque enla tierna edad déla Ilí'iji.1. cttaníío no es posible que nliri- Sue otros» seuUiuieulOi» que el vivo anhelo e hieer k dicha de sas súbditos, ejercerá poderoso ascendiente sobre su ánimo can- doroso el consejo de quien, señalándole una persona en la que se reúnan tudas las cir- cUBStancias que cumplen al esposo de la Reina de las Españas, le (lit;a: «SeQorat ^ te es el enlace que convendria a Y. M. y á la nación gobernada por vuestro cetro.»
No es pues dañoso, no es impropio, no es ofensivo al decoro de la roagestatí el (|ue la opiuitíu pública se manifieste aobre este negocio: It Esfiefta tíme en él un interés demasiado grande para que no tome nna parte le;_itima y dccoro-ía; tiene en él un mtere^ demasiado viial para que pueda liar so rasolttcion al acaso: ouc fíarie al acaso seria el dejarle encomendado esclusivatnen- te á oscuras combinaciones que podri;ui muy bien tener otro objeto que la iélicidud de la nación. No, loque interesa á la Kspaña no puede ser indecoroso al trono; y á la Espa- ña le interesa iniluir cpn su opinión en la veaolacion Acertada de tan importante ne- gocio.
Muestre la nación este interés de una manera decorosa |>ero significativa, por me- dio de las Cortes, por medio de la prensa, y por cuantos conductos legales estcn en su mano, que si asi lo liiciere, nadie, absoluta- mente nadie se atreverá a disponer de la suerte de España poruña miserable intriga; nadie, ali^olutatnente nadie será bastante wado para precipitar este suceso, pospo- niendo los grasdes intereses nacionales á particulares designios, á intrigas estrangc- ras; nadie, absolutamente nadie será bas- tante resuello |)ara condenamos á medio sígb de postiacMiii, de desdiden y desventuras; nadie, absolutamente nadie será hn? tante atrevido paia cunipromcter coa un [)aso imprudente el porvenir del trono de Isa- bel U y de loa imenoa que le están enco- mendados.
Que Bo lo olvide la nación, su voto en es- ta materia esde mi peao iacenlfasta)ile: no queremos que se empefie en darle desde luego, pero si que mnestre su deseo de ser consultada át la manera conveniente. ^ue uo lo 'olvide la naoioo: siempre que ella ha n»> nifestado su volunl-ínl m Ih c un punto, nadie ha sido capaz de contrariarla. Que no lo ol- viden los lunubres de Estado: si por algún tiempo la nación se ha mostrado como ador- mecida, si se ha resignado á sufrir, á tole- rar, manifestando aquella longaniuiidad que distingue á la eoldura, dorante este tiétnao se ha coiuarTadouiiabuso, ha continuado una ofensa; pero siempre (pie cansada de sufrir ba dicho basta, el abuso ha cesado y la ofensa se ha bvado.
Se ba dicho (|uc la cuestión del enlace de S. M. es cuestión europea; convenimos en ello, en cuanto ü^e quiera espiesar que afecta mlereses europeos, y qve par h> mis- roo las pote ni las de Europa procurarán in- fluir en esta resolución del modo que re^»- pectivamente les convenga; pero el priniero, el grande impulso en uno ú otro sentido no debe venir de la Europa sino de la España; que indigna fuera del nombre de uaciun si manifestándose indiferente, aceptase lo que le impusieran los estran^íeros. \o se des- precien enhorabuena las cond)inacioue§ di- plomáticas, aprovéchense cual conviene las influencias que puedan eontribnir al buen vxlU) fie una manera decorosa; que no n(a- (jue nuestra iudepeudencia ni ofenda nues- tra dignidad; pero súsndoel negocio emi^ nentemente e^ttiol, tiabiyemos en ellos españoles, y sepa la Europa que hay aquí un pueblo que sube lo (]ue vale, y que no se olvida de so porvenir. Sépak» la Europa, y «nlonces andarán con mas tiento hi< pn tencias que de alfíunos años á esta parle se han acoslumhrado á niiidrnos como pupilos que no podemos emancipamos de sn tálela. Y entonces, si hubiere entre nosotros espa- ñoles bastante degenerados para olvidarse de lo que deben á su patria y haoeria un daño ifreparabie, retrocederán á la vista de la opinión nacional: |>orquc no se desprecia liviauamenle ia opmiou de esla nación gran- de y generosa, que venció al capíian del ai- * j|o, y (juo recientemente, \)or sola la sos- pecha (le (jue se tratalta de prolongnr la minoría <lc la Reina, arrojó á Espartero y á todos sus adidos, como el soplo del hu-: racan arranca los arbustos y los lanza á dis- j tancia inmensa. j Hablando el Sr. Martinez de la Rosa del ultraje que en este punto pudiera hacerse ó In nación por un ministerio, dijo (iite la na-, cion que lo sufriera sería ditjua de los hier- ros por toda la eternidad. I'ues bien, la na- I cion española no es digna de ellos cierta- mente; bien probado lo tiene; cuantos han ' intentado ponérselos han aj)rendido por es- pericncia que esos hierros ella los quebran- I ta, como el león las flacas ligaduras con I que intentara sujetarte la mano de un niño. I Artici.lo 2."
Madrid I de febrera <i« Mirado el enlace de la Reina con respecto á la conveniencia pública, ofrece desde lúe- ' go una cuestión de la cual dependen las de- i mas: en el principe que obtenga la mano de ' Isabel ¿deberá buscarse alguna importancia política, ya en sus cualidades [M?rsonales, ya en su procedencia, ó bien se deberá procurar!; traer al lado del trono á uno que no sea mas i que simple marido de la Reina?!
Para nosotros esta cuestión se enlaza y casi se identilica con esta otra: en el estado | actual de España, ¿es el trono bastante ro- busto para que no sea necesario robustecer- le mas? Si el trono es bastante robusto; si j el poder es bastante fuerte para regir la so- ciedad; si en el alcázar de nuestros reyes hay un pensamiento de gobierno con respec- to á los negocios interiores v esteriores; si hay una mano firme para dirigir las riendas de la monarquía, entonces convendremos en (pie basta un principe mas: [>cro si no hay \ nada de todo eso; si la edad y el sexo de nuestra augusta Soberana han menester un consejero atinado y un brazo fuerte, (pie la ac uden en la ardua tarea de regir los des- Unos de esta nación desquiciada; si de esta verdad tenemos una prueba convincente en la esperiencia, entonces será j)reciso decir que es neci^sario buscar para el regio tálamo un principe de importancia política, un prin- cipe que sea algo mas que simple mariilo de la Reina.
En cuál de las dos situaciones se encuentra la España es inútil decirlo: harto lo sa- ben los pueblos |M)r sus |)adeciinieiitos; harto lo sabe el trono por los repetidos ultrajes que ha recibido y los riesgos que de conti- nuo corre; hartólo sabe la Europa |)or los escán<lalos y catástrofes que ha presenciado.
¿Se han acabado nuestros males con la mayoría de la Reina? Ahí están los aconteci- mientos desde la solemne declaración; ahi está la situación actual con su incertidumbre, con sus zozobras, sus peligros; ahi están las insurrecciones incesantes, ahi los fusilamien- tos. Todas las cuestiones, todos los proble- mas están en |)ie: la Constitución del Estado sujeta á discusiones y mudanzas; lo poco que resta de las antiguas instituciones so- ciales amenazado cada dia, y las obras le- vantadas por la revolución, mal seguras, va- cilantes, temiendo á cada instante por su existencia; ni una sola de las grandes po- tencias ha reconocido de nuevo; ningún re- sultado se ha visto de las negociaciones con la Santa Sede; poco se adelanta en la orga- nización interior; nada se obtiene para ocu- par mas digno puesto en lo esterior; al- ternativas (le ananjuía y de despotismo, aislamiento de la comunión europea; hé aquí la España. Si esto no es verdad, que se nos contradiga. Nosotros jiara defender lo que hemos dicho hablaremos muy poco: señala- remos con el dedo los hechos, esos hechos», unos muy recientes, de ayer, otros presen- tes todavia. Y de todas las declamaciones, de todas las ponderaciones, de todas las va- nas palabras, de todas las engañosas apa- riencias para alucinar á los incautos, apelaremos al tribunal de la opinión pública; les diremos á los pueblos: «hablad, hablad vos- otros; decid si no es esto lo que veis, lo que paipais; decid si á vosotros ni á nos- otros nos es posible el confesar que no ve- mos lo ({ue vemos, que no palpamos lo que palpamos.»
¿Qué inferiremos de aquí? Una conse- cuencia muy sencilla: que todo el mal no estaba en la minoría pues con la mayoría no se ha remediado.
Esto para nosotros no es nuevo; lo tenía- mos previsto (1).
Las sentidas palabras del Sr. Mon son bastante signiticativas. A la verdad este es un hecho que nadie desconoce; pero siem- (i) Véuepág. K3.„ pre es bueno oirTe de boca de un ministro.
y pn el mismo r.oiiirn''-n. riin rvina joven por quien tienen <)iie j)nsar Ifxlas las ecisiis, sin poder vnniifisfar ilecidiihimnte m vo- luntad ^ )yucs ixir fuci le (]>ie sea es de 14 años." Asi lialtlalii <! Sr. Mon; y en estas palabras, (al vez no luuy di|)loiuát¡cas para dichas jwr un ministm en fes CArtes, se cn- eierra no obstante un hceho en que so halla c! ontrón tle In imyor jcirt'' de nuestros ma- les. Si, (le la niajor parte, porque á esta so- ciedad abundante de elementos de órdeo, a esta soeiivlad de suyo resi^rnada y obedien- te, le bastarla un niDiiarea <le:?0 añí>s para disi|)ar los clenjentos (|ue la pertiirliaii. V no se necesita ria eiertaineatc un genio eslraor- dinario; liastariauu (alentó rcj^ülnr y un ca- rácter firme.
«Vnestras observaciones son muy funda- das, st DOS dirá; no negamos i|iic la aii^^nsia Isabel, por eminentes rpie í'fH'ran sos cuali- dades.personales, al lia está sujeta a!a c(;n- dícion de la humanidad, que tiene señaladas «>is épocas de desarrollo intelectual v moral, y ella no tiene mas que 1 1 años. iNo nejra- híos (pie en tiempos tan a^^ilados y revuel- tos la inocencia es débil amia para oponerse al crimen, el candor no es lo inasá proposi- to para sorprender y atajar á la malicia en sus tenebrosos senderos, y la flacjucza df I sex(t no es muy adaptada para resistir á la o<adia de las pasiones feroces, qnc ó braman en los motines de calles, ó rujien eu las entrañas de la tierra anunciando esplosioncs terribles; nada de esto nejianxx. y v<i jiosi- blo fuf'ra añadir á la segunda Isabel I i años, y dailo de repente la espericncia, el talento . claro, el carácter varonil, que distinuuian á la Isabel primera en los mejores (!ia< dr sn Í glorioso reinado, lo haríamos desde lue^^o, o miraríamos como un sini;ular Iwneficio de la Providencia, y fe nación entera derrania- ria laí^rimas do rnnsuído, saltaría de conten- to, einbriagada de gozo y de esperanza. Pe- ro ya (jnn esto no es posinle; \ a (pie esto no es lü 1-^ ipio un hermoso ensueño «pie nosdis- Irae un instante de una realidad angustiosa; yaipie es necesario aguardaren mediode esa triste realidad el lento trascurso del tiempo y el ilcsaiiMllo de los aconlecimienfns, in- ciertos, a/.arosos, qui/,ás formidables, justo es ^rabien advertir que la inocente Isabel cuenta con m\ roiisejero natural, sincero, qtie no puede menos de desear el esplendor del trono y la ftjluidaü de la nación.»
I Nuestros lectores enIcndcrAn CMlm^Ce (pie seinejnnfe objeción nos coloca en una [)os¡cion cmbara/.osa v delicada, y que $oh nos habremos (lecídi(ío á hacernos cargo de ella para proceder c(hi entera franqueza y lealladcii la;_'iaMS¡iii,i cuc'-tioii qu<' nos ncti- pa. Desearíamos agolarla, si a esto alcanza- I sen nuestras fuer/^s; y (quisiéramos (lue cuantos disientaa de la opinión qo^deíenac- ¡ rem»»s no pudiesen ci li!ru(»s cucara que he- I mos procedido con leserva, que no bciuus pre^ntado sino el fado que favoreciaá nuestro - intento, quo hemos omitido algún dato no- table. Solo estas con^ider.n'iones han podido decidirnos á tocar un punió de que, cíuiside- rando la cuestión en el terreno legal y os- tensüiie. ii I 1 11 1^ Mfi!:!i) prescindir. Pe- II ro como abrigamos la convicción de que en la i resolución de esta clase de problemas es dc- I c(>sariODO echaren olvido ningún dalo qnc aunque no loiral ni ostcuMble. tenga si-t em- ' bargo una importancia real y crecliva»hc- i mos creído conveniente y htistaciciio punto j. necesario, no prescindir del que acal>ainos ; de indicar, mayormente cuando, j>or delica- I das relaciones <pie ofrezca este punto, no creemos» imposible tratarle con el decoro y las altas consideraciones cpie no deben nun- Íca olvidarse en cuanto tiene ali;uiia relación con el acatamiento debido al trono y el rcs- jl peto á la réjala familia, jl Ilaceino'; á la augusta madre de la Heiua f la justicia de creerla incapaz de abrigar 9 otros deseos en política que la seguridad y el ] esplendor del li Olio de su augusta hija "d(>- ¡ ña Isabel!f y la felicidad de la nación; no ¡i cabe suponer otra co.sa en el cora/ouUc una i madre y de una princesa (jiie ocupó un día ' e! tálamo del monarca de 1 1< F^pauas. Sí I desde el fallecimiento de Fernando Y II se ' han cometido dcsacici los, si se han acar- reado á nuestra desventurada palríá catsáií- dades de la ninynr li a>eendcnc¡a. loscargDS deben dirigirse contra los gobiernos ruspw* sables: ni en la prensa ni en la tribuna disbe I ser pentiitiiio ele\ arlos mas alto; de la res- ponsabilidad (¡ue OH (ale< casos pudiera pe- sar sobre cabezas augii.^tas ^olo Dios es el juez.
Los homlires Tnoiiáiíjuií'os y rrligiosní. I los (juc menos blasonan de amor á las leo- I rías constitucionales, son los que han res- petado con eserupul(»tdad mas severa la in* t violabilidad del rev ' (tnsiimada en la C.on<- li titucion: ellos la teman consignada en otra parte mns secura, en su conciencia. Asi es, ^iie raionlraf? la rcvohicion ha desatado en diferontes épocas en terrildcs invcclivns contra la roina Cristina, ellos han callado, DO se iuui permitido insultarla ni /.alu'rírla, ápesar deque mas di^ unavezse les oprimía V vejaba en nond)re, bien <pie sin duda contra la voluntad, de a<piella nu^;usla señoi-a. Ha- ce mucho tiempo <jue la prensa monárquica se halla cmj)ena<la cu vivos debates, se ha visto hostilizada de mil maneras, tratada con notable rifjor, provocada con apodos, inci- tada en cierto modo á descender á persona- fídades, pero nunca se ha creido autorizada para [)rescindir de las elevadas considera- ciones que sus principios y sentimientos le imponen; nunca ha hecho causa común con la revolución en lo que pudiese ofender na- da de cuanto se aproxima al trono; y acu- sada de complicidad con los revolucioiiaríos, DO ha faltado á un deber de que á l>uen se- guro prescindiera si la guiaran la mala fe ó el espíritu de [)artido.
Nosotros pues, al sostener, como sosle- Dcn»os,que el porvenir de la nación no de- be afianzarse en los solos consi'jos de la reina Cristina, no andamos guiados {)or nin- guna mira hostil á esta augusta sef^ora; nuestra opinión se funda en consideraciones jK)liticas qu(í vamos á espíuier.