Digase lo que se quiera, \a repetiremos una y otra vez, no pasan en vano los años: no pasan en vano tantos padecimientos; todo se ablanda y niodiiica con la acción de { cansas tan |M)derosas. En ninguna parte, por i nías que lo mireuíos. no alcanzamos á ver esos elementos de tremenda reacción contra, la que tanto se declama. Va solo punto ha- { . bia capaz de prestará ella motivos, y en el | arlicido anterior hi'mos indicado el remedio. Quítese este elemento de irritación, (|ue lo i es {K)r rozarse con los intereses creados v los > sentimientos religiosos de la mayoría de la nación, y lodo lo demás no ofrece las dilicul- ladcs que tanto empcilo hay en abultar.
El principe no abrigaría los deseos de reacción política (pie algunos temen, consi- derando que para tener alrededor del trono ' Corles en que viese muchos partidarios su- i • yos le bastaría procurar que la representa- | ci<m nacional tiiese una verdad. Estarán | convencidos de la exactitud de esta ohser- • vacion cuantos conozcan el estado de la opi-; nion pública. Es una ilusión el creer que el ¡ , priocipc tuviese interés particular en que . Mo se convo<:asen las (^.órles, por temor de!
• verse combatido ó desairado por ellas; si en: las présenles, a pesar de ser formadas bajo ' las iiilluencias que t<»dos sabemos. ha sido i tratada coa taiila consideración la familia I de D. Cariofl, aM en el Senado como en el ' «j Congreso, eon muy raras- ones, ¿qué sucedería des|»ues de reali/.uio « I niatrimo- río, y desvanecidas esas vulgaridiules con que se ha presentado a la fainiliade D. Car- los como raza de monstruos. Lo repetimos: tal vez lejos de convenir al princi|>e recien «. venido que no se reunieran las Córtes, po- drit 'inten»sarle mucho qne se reunieran, ' pues de este mo<lo se manifestaría á U Mp- paña y a la Europa cuan crecido era el nu- mero de ios adictos a su causa.
Dejad al gobierno débil, buscad a la Rei- na uu marido que no atraiga alrededor del trono á todos los españoles, constituid an un poder que por indeclinable naoocidld baya de luchar con partidos numerosos, desairad a los que desean una reconcilia- ción y quitadles toda esperanza, y entonces veréis loque resulta en favor de e->;i mi-^ ii! libertad pur la cual mostráis taiuaiiu eulu- siasmo.
¿Sabéis lo que resultara? Helo aquí. Combalido el gobierno |M)r adversarios po- derusos. de una |>arle |)or la revolución, de olra por los monárquicos, varase couliuua- owate rodeado de peligros, sos()ecliará de cuantos le miren con desvío, v viviendo sin cesar en agitación y zozobra pro^tendera por necesidad a la tiranía. Mal sistema para nscu'urar la libertad el no atianzar el po~ il»T sobre solida base: por esla razón la li- bertad no ha sido hasta ahora ina.s i|ue una mentira, cuando no un sarcasmo que los o|)rcsores han dirigido á ios o|>riiuidott. Si no curáis el mal en su raiz, sucederá ea adelante lo que ha sucedido en los años teriores: kis mismas causas producen \m mismos efectos. De los motines al des(K>tis- mo niilitur, del dospolismo militar a lus mo- tines: esta es la suerte de las naciones en que el poder esla mal aiianzado. Si no tem- bláis de preparar á la nación un [jorveair tan triste, sobre ella caerán los iniorlunios. pero sobre vosotros una tremenda respon- sabilidad.
Si el principe (]ue trajereis al lado del tro- no es débil; si, con un carácter Uuiido e índole pacilica, no es á proposito ¡MiraA»- mar jmrte en los negocios públicos y enfre- nar a los b<mdos con la espada en lu mano, entonces pensad continuamente en el mili- tar que haya de llenar el vacío, pero enloa- ees no culpéis á este ó aquel hombre, qii^ cuando el uno caiga,.seguirá una conduolai .semejante el que lo reemplace. (Jue se llamo .Narvaez o no, tan prouLo como le habreisr colocado en el mando so vera precisado a defenderse; y la Uelunsa no se haco en ta-« les casos con el pa|)el y los discursos sin<* con la espada. Cuando habléis recio en eli parlamento el hablara mas recio que vos-» otros; vosotros |)odreLS desahogaros con al- gún arheiilo de porirHlico. ftero él semine 9u camino, comprendiendo bien que la sí- iuacion ps situación de fucr/.a, y (jue la fuerza no la leñéis vosotn»», sino él.
Pero si el principe es hombre de entendi- mienlfi claro y corazón brioso; sisucanicler es demasiado altivo fiara someterse á las voluni4ides de un suiulilo de su regia cs|)r»- sa; si es de áninto bastante esforzado para arn»strar la cólera de un militar y las ame- nazas de los partidos; si sabe tomar ascen- diente sobre los soldados, haciéndose de derecho ó de hecho el gefe de las armas, entonces su inclinación natural, naturalisi- ma. viéndose al trente de un gobierno tan cond^alido en sentidos tan varios, será de {HM hubicstt entrado I). Carlos ru Ma- drid, hubiera hnbido reacción contra las per soi\as: esto era inevitable, porque estaba en serian la misma fuerza de las cosas. Pero estas las circunstancias del matrimonio? No cierlíunenle. Kntonccs I)..Carlos triunfaba y el trono de Isabel sucumbia; ahora Isabel se enlazaría con el hijo de D. Carlos; por una parle permaneciera sentada en el trono la hija de Fernando, v por otra se ahugaran con la alianza de la lleal familia todas las cuestiones y pretensiones dinásticas. Enton- ces el triunfo se debía á la fuerza; ahora, no el triunfo sino las ventajas, las debía el hijo (le I). Carlos á negociaciones paciücas, á absolutismo: |K)r«|ue solo en el absolutismo medios legales, al inllujo de la opinión pú vera la esperanza de iniponer silencio á los clp^contenlos y de quitar el pábulo a los re- volt(»sos; ponpie solo en el absolutismo ve- rá la esperanza de impedir que por una par- le se desenvuelva el ehunenU» revoluciona- río, y por otra adipiíera ím|K>rtancia un parti«lo numeroso, «pie no podrá menos de mirarle, ya (\\w no con odio al menos con desagrado, al ver en el un perene recuer- 4Ío de la esciusion y proscripción del princi- >e por quien se interesara.
Entonces podría muy bien suceder que .se viera el cumplimiento de unas palabras Ae\ Sr. Peña y Aguayo en el Congreso de 4Íi|>iitados, que pasaron poco menos que des- apercibidas, y que sin embargo encerraban una gran verdad. «¿Pero es solo el hijo de I). Carlos por quien pueden peligrar las «nslítuciones? ¿No hay otros príncipes que po<lrian (wner en mayor peligro aun nues- tras instituciones? Al cal)o el hijo de d<in Carlos podría tener algunas ventajas, pero Jos otros uinfiunn.» til Sr. Peña y Af¡ua- yo en la uahndel 28 de mmcmbre de ArTICLLO 8.° I ÍLTIUO. Matirii) l»c>i> mano il* ItM.
Vamos á examinar el peligro de reacción con respecto á las personas. Temen algu- nos que el hijo de D. Carlos, si adquiriese influencia en el gobierno, se ensañarla contra ios que han dcfi udido el trono de; Isabel; pero los (|ue asi piensan son victi- mas de una ilusión que concü)iuron durante 4.1a guerra, y que aplican á circuustan- V cías totalmente UífenMUcs. Si eij^ setiembre blica, al deseo de una reconciliación gene- ral, á la desaparición de muchas preocupa- ciones, á la estincion de los rencores anti- guos. Entonces se encontraba D. Carlos solo (>n medio de sus sostenedores, (pie podían decirle: «nosotros hemos conquistado para li el trono con el precio de nuestra sangre, no puedes olvidarte de atendernos, y de prestarte á lo (jue te pedimos;» ahora el hijo do D. Carlos se encontraría al lado de su augusta Prima, que está ocupando el trono nace ya largos años, y en medio de una nación compuesta de bond)res de varios l>artídos, cuya conducta conciliadora al apo- yar el enlace, le estaría indicando el üislema también conciliador que en adelante convenía seguir.
nía seguir.
¿Qui(>u no ve la inmensa diferencia que va de una situación á otra?.No es el uadre, sino el hijo; no se dcslruvc el trono ue Isa- bel, se le alírma y consolida con una alian- za; no es triunfo de guerra sino de paz; no es una victoria, es un abrazo; no es un par- tido «¡ue derroca á,uu partido, es la fusión de los partidos en un sistema nacional; no bay com|>elencía de las naciones eslrañas, hay á lo mas amistosa mediación, hay con- venios de buena inteligencia; y lodo esto, habiendo trascurrido ya largo tiempo desde la terminación de la guerra civil, cuando se han apagado los odios, cuando han Cüido en desuso denominaciones irritantes, cuandosc ba generalizado el e^ptritu de tolerancia y fraternidad, cuando so ha arraigado profun- damente la cunviccíoQ de que es dañoso, insostenible, mortal á los ({ue lo emprendan, un sistema de persecuciones y venganzas; cuando todos los hombrosji " -i - están an- siando una recoücijia^ion tj*., y rccouycen la absoluta nocesidaJ de cimentar el 1,'ohiemo sobre una basa ancburosa, de tener un poder ñor lodos ace[)la(lo, á cuya sombra puedan nacerse honrosas transaccio- nes, sin humillar ñ ninguna de las partes, sin conmover el edilicio del Estado. ¿Ouién no ve la diferencia, la inmensa diferencia que vá de estas circunstancias á las de un triunfo de D. Carlos por medio de las armas? jQuién no ve, quién no siéntela diferencia, la inmensa diferencia que va de I HV] a 1 f^V)?
¡Perseguir! Esto fuera inconcebible.
El esposo de Isabel, ¿podría per.'íeguir á los defensores de Isabel? Entonces ¿ fjué sería de esta? ¿También se (juerrá suponer míe sn marido se apoderaria esclusivamente de las riendas del mando ¡)or violencia, y erharia á su esposa del Real palacio, ó la obligaría á consumirse en un encierro? Estas cosas no son de este siglo; pasaron los tiempos de apelar.i tamañas violencias; estamos en el siglo XIX; vivimos en Euro- Ka; y si no se quisieran conceder al hijo de >. Carlos grandes talentos, al menos no se le ¡wdrá negar sentido común, v el sentido común basta y sobra para evAar tamañas alMirraciones; el sentido común basta y so- bra para guardarse de tamaños escesos. A fuerza de suposiciones exageradas y absur- das no hay verdad que no pueda comba- tirse. Si suponéis que el hijo de D. Carlos es un imbécil, y que ademas tiene el co- razón pérfido y cruel, entonces resultarán todos los inconvenientes que queráis; pe- ro con solo concederle un entendimiento regular y un corazón honrado, estos incon- venientes son vanos sueños.
Son tantas las cosas que anunciadas con anticipación horrorizan y que realizadas no son nada!...(^)uien en iHM hubiera dicho que se podían introducir en el cicrcito de la Reina muchísimos gefcs de las lilas carlistas, que se les {)odian confiar á algunos de sus generales puestos importantísimos en el mando mílit^ir y civil, hubiera sido tenido por un insensato. ¡Qué horror! se hubiera esclamado. ¡Cómo es esto posible! ¡Entra semejante delirio en cabeza bien organiza- da! Y sin embargo lo estamos viendo ejecu- tado; y los pusilánimes han podido conven- cerse de quca({uellode bandidos, cabeciHas, facciosos, hordas, caribes, tigres, mónsirvos sedientos de sangre humana, eran cosas muy buenas para horripilar á los niños v á los carlistas eran hombres coitio los demás y nada indignos de figurar honrosamente en la sociedad. Esto, que se ha vcridcado con tantos y tantos como se han adherido al convenio, se verificaría con el matrimonio y todas sus consecuencias. Pasados los pri- meros momentos de esquivez, unos y otros sereirian de los vanos espantajos.
El crecido número (le los adheridos al convenio de Vergara simplifica sobremane- ra la cuestión del matrimonio con respecto al punto de vista de los sueldos. Las reclama- ( iones para ser rehabilitado serian en menor número, pues muchos ya lo están; y por cierto que el aumento de gastos que estos trajeran consigo se conq)ensar¡a abundante- mente con las ventajas, ('on el solo coste de las marchas de las tropas para ahogar una insurrección Aprevenirla se consume mucho mas que el importe de esos sueldos: ¿y qué será si atendemos al despilfarro de caudales que acarrea uno solo de esos pronuncia- mientos que anualmenic sufrimos? Unane- dida grande y previsora con que se afirma- se sólidamente el gobierno, ¿no seria á mas de política altamente econ(imica? ¿Qué son unos cuantos cesantes mas en eseat)ismo de cesantías que las vicisitudes de los partidos ahondan de continuo? ¿Qué son unos cuan- tos grados, en esa profusión con que se der- raman los grados en cada pronunciamiento, en cada crisis, en cada peligro, en cada pre- dominio de una pandilla?
Tna de las causas mas poderosas del dé- ficit cada día creciente (pie trabaja nuestra hacienda, y que amenaza llevarnos taixlc d temprano *á una abierta bancarrota, es el tener un ejército mayor del que permiten nuestros recur.'íos, sin (jue lo exijan tampo- co nuestras necesidades con resj)ecto á lo esterior. La posiciím de España (lespues de reducidas sus fronteras al Pirineo, y no po- seyendo estados en ningún otro pais del continente, es la neutralidad en todas las complicaciones que pueden sobrevenir en Europa. Y si algún día ha de aspirar la Es- [)aña á reconquistar el lugar perdido entre as potencias de primer orden, su jMJsicion {>enmsular, y la muralla del Pirineo están diciendo (¡ue su fuerza principal no ha de ser terrestre sino maritima; los recuerdos que se han de evocar no son los de Pavia y San Quintín, sino los de Lepanto. Necesitamos ejército sin duda, mas no oienlccalüs, pero que á pesar de to<io, los | ni con mucho, el que ahora tenemos; y por Google » k) mismo convicAe prueurar red(ic¡rl(>. ú jus- ta proporcioncon nuestros recursos? ¿Y por (jue conserva un ejercito tan njimeroso, a pesar do Italier transcurrido cinco años desde que terminó la guerra? ¿Es acaso pa- ra hacer frente ji al^'una violencia (|uc nos amenaza? ¿Cuál es esta? Y si nos amenaza- ra, y hubiese esperanzas de hacerla frente, nuestro ejército auQ(|ue demasia<Io numero- so para Espafia, ¿estaria en alguna pro|)or- ciou con ios ejércitos enemigos? El niotivo por que desde (|ue se concluyó la guerra no se ha puesto el ejército espafiol hajo el pie que exige el estado de paz, es porque el gobierno le necesita; es porque esta |>az es solo material no moral: es decir, que los áni- mos están inquietos y desasosegados, por- que están pendientes grandes problemas, porque es incierto y azaroso el porvenir; es j>orque el gobierno sabe por es|)eriencias deniasiadf) repetidas, que |>ara mantener el urden publico ha uieuestcr el apoyo de las bayonetas. tii,vn«j«/r. r •. ** •• -.
Y de esto ¿qué resulta? Gravámen á la i nación y dnños al mismo ejército: á la na- ción, |X)r(|ue ha de pagar mas de lo (|ue puede; al ejército [«njue absorbiendo el servicio activo la mavor parle de los recur- .sos, no queda deítidamentc atendida la clase pasiva: á la nación, que se vé preci- sada á añadii á las contribuciones de dine- ro contribuciones de sangre; al ejercito que envuelto con sobrada frecuencia en las di- sensiones y luchas de partido, sufre tam- bién en su personal las \ ícisitudes consi- guientes á los trastornos (M)ltticos. También se han visto en él encumbramientos y caí- das, ascensos y destituciones, que en mepuhlicas, pero en cambio también han sa- lido de entre ellos las victimas inmoladas á la cólera de los vencedores. En IS41 co- menzaron los fusilamientos de generales ¡lastres y la privación de honores, grados y condecoraciones con respecto á otros; esta- mos en ISi-ii, y la cadena de los infortunios para los militares no se ha roto aun. Re- cuérdense decretos recientes destituyendo á unos, y la sangre de otros que todavía hu- niea. ¿\o.sería mejor un ascenso menos rá- pido pero mas seguro? ¿No fuera mejor que* el valiente (|ue ha vertido su sangre en cien combates no corriera el riesgo de })crecer en un cadalso? A todas las clases del Estado les interesa que entremos de una vez para siempre en un orden de cosas estable y só- lido, y entre esas clases debe ser contado el ejercito. Durante los disturbios el ejérci- to tiene, es verdad,.sus dias de interesadas lisonjas, de e.xageradas alabanzas, de des- medidas recompensas; pero en último resul- tado la continuación de los trastornos dann á muchos de sus individuos y á la institu- ción misma. La revolución nace pagar ca- ros sus dones á los favorecidos: se abren las cuentas con pródiga generosidad y se li- quidan con intolerables usuras.
El esclusivisino que ha dominado á los partidos ha debido lisonjear como era natu- ral á los respectivos empleados. Es un cál- culo muy obvio el siguiente: ucuantos mas sean los inhabilitados, menor será el nume- ro de mis rivales.») Este cálculo, repetimos, es obvio, mas no exacto; hé aqui otro que le dcstruve: ucuantos mas csclusivismos ha- ya, mas peligro tengo yo de ser victima de alguno de ellos.» Si se contase el tiempo dio de la confusión en (pie se verilican no I! qni* los empleados respectivos han estado pueden menos de llevar consigo parcialidad é injusticia.
Ensánchese la basa en que estriba el go- Iwenio, quítense los incentivos de nuevas discordias, atráigase alrededor del trono á todos los partidos, y entonces la acción del poder será fuerte, no por las armas sino por la ley; cotonees esas armas no habrán de ser en tanto número, porque estarán consa- gRMias á velar únicamente por la indepen- dencia V el honor nacional, v no á estar en cesantes, se veria (jue queda compensado el que disfrutaron con predilección esclusiva.
Pero si á los mismos empleados no les conviene esc esclusivismo que reina de al- gunos años á esta parte, menos le conviene todavía á la nación, que se ve privada de las luces de muchos hombres útilísimos, ó condenados á no poder serviria nunca, ó á |K)derlo hacer únicamente cuando llégala época del partido á que pertenecen. Este es un mal grave, gravísimo, que impsibilita guarda contra las revueltas promovidas por el buen gobierno. y que no se remediara si- las discordias de los ciudadanos. no con un poder fuerte, que no necesite li- sonjear á este ó aquel partido.
¿Quién podrá negar que hay en todos los partidos hombres muy útiles? iSi los monar- Y nótese un hecho digno de no olvidarse: hace algún tiempo que los militares han si- dolos encargados de dirimir las contiendas qnicos, ni lo:* iiiodpiados, ni lus, ¿se atreverán á atribuii^e usclusiva- meDie los conocimienloB necesarios para ser- vir con provecho al Estado en las diferentes carreras del servicio pí'ihÜm? ¿Habrá quien se atreva á sostener que bajo el antiguo ré- i;imeii no había hoirores distingáidos por su s.'iber y por su práctica en los Tie;/oriüS, \ (Jim nhora primen en la miseria en premio do los largos servicios liecUos al Estado? ¿Habré tampoco quien niegue que en el ré- iiitiien nuevo, y en li,s diferentes bandos en que se ha fraccionado el partido liberal, ha habido hombres ^ue han descollado venta- josamente en vanos ramos? Pues bien, has- ta que baya nn poder bastante fuerte, que Ms pro^iresis- l \uH\\iin cambiarM los hombres nía» no fai naturaleza de jas cosas. Kn vano se acusará á este é. aquel míMiatro-, é ella é aqMl empleado; la fuerza de las cireunstSAci» Ies prescribe esta conducta; el VIRO htUm^ taran sobreponerse á ellas. Yátnos á leruiiiiar esie tirtieuio eott am reflexión que creemos de alguna íiraveilad. No esta fuera tiel orden de lo posible el fn- llecimiento prematuro de una t>ersotia au- gusta, dejando un sucesor niAo. Si fHttm haberse verificado el enlace que aconseja- mos no se hnlla abogada la oueation diitfóli- ca, la imaginaeion se asombra y el eoraim se acongoja di pensar en los terribi<^ axaro» de una nueva minoría, en la nuera oportnvesado. Los mismos «[uc biui meilrado e» el no tienen nn evidcMiti' iunuevo ■epimen.
sin temer á nin¿ruito pueda servirse de lo- i nidadde una guerra civil, en la repeticioa dos t hasta que haya un poder que no esté de otme 14 aHoa ooow loa que bemna basado en principios é intereses escinsivos, como lia snredido desde la muerte del rey, la nación no podrá aprovecharse de mnelios de esos hombres; y aun los mas re( tns y capnces, cuando e<;ten en nrlna! servicio, no producirán ui con mucho el bien que de ellos se podría esperar, si en vez de cuidar^ se del inten's iMiblico. ocupándose en elob- jet(» de su de^^tino.no hubiesen de estar pensando continuamente en apoyar los in- tereses políticos de la bandería que los em- plea.
¿Qué han sid ) hnsla hoy los írefes polí- ticos, ó mejor «lirenios, que han ]>udido ser? ¿Qué vcntajns han pudido proporcionará ios pueblos? ¿Cómo queréis evi^-ir qne se ocu- pe de mejorar la suerte de los gobernados quien esta sin cesar distraído por las intri- ^s, las elecciones, los cambios de mlniste- río, las mudan/ns políticas, las conspiraciotercs en precaverse contra ias cventualides que tan aeiaga aconteeimioiilo podría aew- rear? Esto son conjeturas, sn i^irínnes, es cierto; mas son tantas la:» de e^te género «|ue se verifican...
Pero se nos dirá: el matrimonio con el hi- jo de D. ('arln<; íu) da irtmbien logará graves cuestiones, mayonneute jtara dea- 80 de dieho fiiHeeimiefttf» sí fwm mt sion? ¿Qué se hace entonces?
Estn es una dilicultnd grave, mas no sin . solución: y daremos una prueba de nuestra I lealtad declarando que de ningnia MftMM convendria dejarla sin resolver, y ipip feria muy importante, necesario, el resolvería con la anticipación debida. ¿C^ioot No aventara re nwa aueüit bunüide opinión so- ij bre «n ptmto tan grave y delicado; mas pa- nes? Este hombre no puede gobernar; lo ra que se vea que nada quereuoe elaud^ que hará será defenderse, defendfendo á los | tino, y como por etn parle aa intiateii'e» que le protejen y de quienes depende su! el negocio la ley de la sucesión á la corona, suerte. Sentirá ipie se mina bajo sos pies.; creemos que antes de veriticansc ef enlac!' él contraminara; le amenaza la anarquía, él! se habría de resolver esta cuestión iKira lo- obrará con despotismo; debiera hacer fren- I das las evenUMiNdodes p(»ibte8: eüa yeeo- te á las invasiones de la autorídad militar, ' hicion debiera acordarse en Córtes, f(irm;:r ñero se entregará en manos de ella porcjne 1 parte de los contratos matrítnoniales, para la necesita r no se trata de administrar smo! que no faltase una condición necesaria en de pelear. Y lo que ha sucedido con los íxc~ j tales casos, que es la aceplaciosdo HMt áe fes políticos ha sucedido ron los intendentes; las partes contratantes; y obtener ademas, y con todos los empleados, y sucederá en i si foera posible, el asentimienlo de la dqpto- adelante si no se aplica el remedio é la nric | macia enropea, para preveiiir lMl»'iiM9e del mal. El gobierno hade tener contempla-. de dificultades y allanar toilos los «bsláe»- Clones á sus adictos porq\ie los necesita; el ' 1o<j Nndpí de clnndcstino, todn con la ma^'or gobierno no se apova en la nación sino en I uui)licidad; nada de dodoeo, todo previsto v tm partido: y arientraa cata rilwcioa dwe, 1 il|id0 waaiteipiwitM, y mf^im ihk cioneí po5¡l)les. Es tnn prnfnnda la convic- v'íon que abrigamos «it^ la sensatez de la na- riíiü espaiioli) y de la honda huella de los <1es<?npaños, ijue no tememos semejante dis- cusión, antes al contrario esperariamos mu- cho de ella. (!on esln ocasión desaparecie- ran rwra siempre todas las dudas sobre la lev ue In sucesión á la corona; ningún par- tí Jo puílicfa alcíjar nada contra lo (pie sen*- solriese; todos me(liarian;y por todos serian aceptadas las modilicacioncs que se hicie- sen. Esto es de una importancia inmensa pa- ra el pnr\<'nir de España.
Fiemos lleiíadoal termino del examen que nos haltíamos propuesto, y si bien ignora- mos hasta qué punto liabrcin pesado en el ¿minio de los lectores las razones alegadas eu |»ro de la resolución que nos parece nías acertada, teuemos ta convicción de haberlas espuestr» sh» parcialidad, sin odio, sin es- . ]>rei»iüiiej> irritantes, sin haber rcínovido pa- ttOMos bastardas, ni haber despertado re- i|leiitiiMÍentos que deseamos estiuguidos para «iempre.
Nos hemos hecho cargo de to<las las re- pugnancias, de todas las susceptibilidades, >¡n ocultar ni disimular nada. Nuestros ad- versarios habrán podido encontrar las razo- nes nacas y mal presentadas, y las dilieul- Indcs mal desvanecidas; pero al menos •onfesarán que no las hemos eludido, y que ademas de considerarlas en general hemos procurado señalar medios para evitar los in- convenientes que de la alianza pudieran re- sultar.
Por mas que otros parezcan opinar de di- ferente modo, hemos creído llegada la oiiortunidad de lle\ar e^ta cuestión al ter- reno de la discusión |»ública. De nada sirve el decir que no es hora de ejecutarlo, con tal que sea hora de pensarlo. Este es un asunto líin grave y trascendental, que no eslan mal empleados años enteros eu prepa- rar con respecto á él la opinión del país. So- bre In Constitución del Estado se ha discu- tido en la prensa v en la tribuna, ahora y en los años anteriores. con una latitud ili- mitada-, y dijo bien el Sr. fíoca dr Toyores en el Congreso, en la í csion del ¿8 de no- viembre de I84i, que la cuestión del ma- trimonio de la Reina era mas ([uc la Cons- titución misma. En el propio discurso ob- servó este Sr. di|)utado hablando de los partidos, que la declaración de la mayoría de Doña Isabel II era la obra de su uiútuo concurso, y el malrimonío ríe S. M. *m rt>- mnn esjierauza. ¿Poríjné no han de exa- minar con la debida anticipación, conpulsoy decoro, cuál es el objeto con que mejor po- drá satí.sfacer.se esa común esperanza?
En cuestiones tan graves y en situacio- nes como la de España, ¿puede tomarse una resolución sin consultar préviamenle la opi- nión pública? Y' cslf opinión, ¿no es la prensa (|uien debe removerla, averiguarla, sondearia, espresaria, cuando no ilustraria y dirigirla? Las cuestiones verdaderamente grandes, como lo es sin duda la presente, se agrandan todavía mas con la discusíím, porque mirándolas cada cual bajo el punto de vista que le conviene se manifiestan mil relaciones, puntos de conliKto, co'isecueu- cias, que sin la variedad de pareceres no se habrían descubierto.
Sí para la opinión que sosteníamos liubíé- semos temido la luz, la habrinmos evitado; en vez de publicidad y discusión hahríamos deseado el silencio; no lo hemos hecho asi, y esto prueba cuando menos la convicción que abrigainos de que están «le nuestra par- te la razón y la política.
Es en vano que no se (piiera pensar en la resolución de este gravísimo problema, el problema está ahí; aplazarle no es destruirle; apartar de él los ojos no es quítarie las di- íicullades ni disminuir su ÍMii)ortancia.
No olvidemos que el moiío de dar á los negocios una dirección acertada, y á las diíícultades una" solución cabal y páciÜca, es preparar la opinión de los pueblos, cuyos intereses se han de consultar. Los gobier- nos realizan sus medidas con un decreto, pero no evitan sus malas consecuencias: des- graciada España si el negocio de ipie trata- mos se resuelve por sorpresa, y solo aten- diendo á miras particulares. Esperamos que esto no sucederá. Lo hemos dielio al princi- 1)¡o y lo repetiremos aquí: concebimos muy )íen que la opinión defendida en nuestros artículos tenga muchos adversarios; conce- bimos que se crean mas convenientes otras combinaciones; pero loque no concebiría- mos es que en un negocio tan trascenden- tal, ningún ministerio, en ningún tiempo, procediese por tenebrosas intrigas, olvidán- dose de lo que se debe á una nación como la española. Todavía no se habrán olvidado las elocuentes palabras con que pn)testaha contra semejaule conducta el Sr. 3Inrtin«z de lajtoaa.