¿Sabe el Sr. Ihnoio las consecuencias 4|ae raaaltaiide «i princípb? TanoB'á mUt* c«le algunas. Cuando la revolución arrojó á la reina Cristina, esta señora no tema niñean derecho á protestar desde Marsella ai Paria.. La revolución había paaad»; el tiempo estaba cond^nsado. Espartero era re- gente legítimo por la prescripción. Coando la revolocion despojó de la tutela áJa aiis^ raa reina CrisHna, esta princesa no tenia derecho á reclamar: la revolución habia pa- sado; el tiempo estaba condemado; Argiu- Umtm tolor Itgitim por la pnmipei§m, Cnando la revolución privó á ciertos y cÍit- tos hombres de honores, d^ grados, de suel- dos, estos hombres no tcnian derecho á re< clamar ni á quejarse: no podían esperar el cobro de sus atrasos; la revolución habia pa- sado; el tiempo estaba condetuado; lo per- dido estaba leaitimamenk poidido por la pruerifdM, Si en las tentativas de los úl- timos meses la revolución hubiese triunfado, y se hubiese contiscado cuanto posee un al- lo^persdi i.i r V (^p«a>«o tan altoa, 7 aim cuando m- i Itieso arri i! do, España á la Reina Isabel, sentando a Espartero en su lu- gar con uno u otro titulo, ni el alto persona- ge, ni los demás, ni Isabel misnoa habrían tenido derecho á reclamar: la revolución habría pasado; el tiempo ae habria eandentiene reservados nuevos inlBrtoiies: si be> mes de pasar por nuevos traaloreos; si los qae aMñdMi'oaBB y ven |MreMaaria^4i'ttD~ tempteiO'Jfaftfa desde pais estrangero, entonces, como será por necesidad el vr- ñor Donoso uno de lus emigrados, apli^oe á los demás, apliqúese á si mismo el pniH cipin (|ue ahora aplica á la Iglesia. Si sabe que se conspira para derríbar al poder, si toeeoHgraéas remen fondos, y enlaMan misteríoaaa oonOapondaMíatv. 7 at wtmft en el ejército, y se procura que la prensí tome una actitud ioiponente, aterrando al thrano coa artfeuloa tremelaaáeo, Mlaimi^ no se olvide el.Vr. Donoso de su doctrinaj no consienta que se di^ra que el nuevo po- der es ilegiUmo; 00 permita que se hable ni de despqjoa at^e alliajaa ii taoM'aífto pitt llorarlos.
No consienta que &c trate de deshacer la injusticia; observe qne se han eraado vaa iHewiaa Booiatea y poUiicoa, como sostiene ahora, que estos intereses 1 sagredM; diga como dice ahora: no 1 meo, el mayorde todos los crímenes, poesgiM el mayor de todos los crímenes es introducir la perturbación en los intereses creados. \ eaaindo loseaaifliados se indignen contra el despojo de que sean victimas, y la reina Cris tina reclame su posición social, y la Reina babel su trono, diga el 5r. Ammoo: «toda esta perdido, hay pataeripoioB»» ¥ eoanáa asombrados protesten y se irrílén contra el (junscoHsultoaquieu l»asta tanpooolien|K>pa* rala'prescriocion, esnlíquelea aa doefciaa oaa la misma solemnidad que ahora la csplíca á la iglesia. «Se prescnhÑe por el tiempo que se dilata; se prescribe por el tiempo que se condensa; se preaerihe por el tierapo' pni» niamente dicho; se prescribe por las revo* iucioues. Asi nada babeis adelantado too* otros, emigrados, ni ves, reina Cristóni ai vos. Reina Isabel. » ¿Diria esto el 5r. AMa*> ao? ¿Lo dijo? Lo dudamos. Pues el principio de derecho qne no era verdadero ayer, qne Boloawia laülana, na pu^iaila k>y.
i •r* fr ■tí.'
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Ui BiMMÉiwiuM ÁfkSr.'Cmtiih f A^fn- $a en qne annocia ei reconocimiento por (tarto de so Santidad de S. M. ia Reina Do- na Isabei it y el de la veita de ios bienes M «tofo, «t «n 4e «fMllM Mlicias que por sil £rra vedad y trascendencia llaman vi- vamente la atención pública, y reclaman de la prensa un examen detenido. Este es un >4e ém&minm mkaáni; es mucha Hnportancia intrinsem, y sos resoItMlM importantes, de sentimieMofi ha debido de este suoeeo: los partidanos de la flíluiioion habrñn esperimentado una aicírria por cierto bien fundada; toe desean vw fovoliMiiO' hobiéo'iflilo'eeii dMdMlo li felicidad do! gobierno en nn negocio de ta- maña importancia; y los qne se han lamen- lado de tas calamidades con que ha sido aiifidi li Ighaii, no sOii ealnfto que eon- lenplea con tr¡slc7.a el que se legitimen adqnisicioBes con que se han enriquecido Iw que no han escmpulizado en comprar, i -pesar de lo terminantes qne están en este ponto los cánones de los concilios v las de- ■oho. Con ül (Icbpu^o revolucionario secóme^ 4ié< 000' grande lojusticía-^ es cierto; se violunm tfxl^is!;is Ipvcs « ivilcs. inclusa la fuiuJaiuenlat, no. puede negara*; conculca- reo hw cáooÍM do la Iglesia, ts evidente; la venta stÜM lita voolafa pora la nacioov nadie lo i|i^ra; se han improvisado tni iii ñas colosales con eacaadalo de la coocieooia púhli8i,;ov4|wiilív^#ei#ri poaor dooMs injusticias, de esa violación de todos losdo^ rechos, de ese daño irro^'ado á la nación, de ese escándalo, si el Sumo Pontilice cree ^MÉMll^piOfll^reaso de ceder « do furonun- ciar ana palabra de indulgencia, do tender ttoveio sobre lo pasado, el clero y todos lo« oMAMM'delieaMS acatar profundamente es- ta resolución, no solo reoaMMiMio la po^ testad, sino sometiéndonos con entereza á cuanto esta <|>otestad resolviere. Asi lo be« BH»'|ÍBOi<tdo'ifieiopio-;'OW lo peoMuootol»» ra: sí es \erda(I que para Roma esté C00»> cluída lo caoaa, pon nosotros lo está tam- Será pofliUe qoe k goidMlMod del Pontífice la ronviertan altrunos en arma pa- ra añadir como tienen de costumbre aflicción á ios afligidos, gloriándose de su triunfo, y ostentando á los ojos de los defensores do los derechos de la Islesia el botín cubieric» GKiooes pontificias. Coacebimos muy bieo I conim sello sagrado: sea asi enhoraboena; fliqoe olgom oMriIMBlai fleoNjtole tfiiteza, y no lo atrinoiremos por cierto, ni á mala intención ni á deseos oe perturbar; sa- bemos que cuando los hombres con incon- teatabio fOMO lito'flMieoid» «o pi{o0i|NO ét jostiria, no pueden menos de sentir que es- ta principio sucumba; mas por lo mismo que •léeseosabledeeste sentimiento, ol dirigir' oK> yoCTo>wando semejante; henao oi<b limar codicioflot á los despojados, y esto por los despojado- res; y asi no estrañaremas que añórala iModad de la SWa Apostólica la ooienoi también hacer servir para insultar á los que apellidan apostólicos. Sea enhorabuena; ellos triunfarán en nombre de los intereses, nasotfos en oooibro de los principios, v ad gnnas observadooes á los qne le padezcan. | qoiríremos el nías honroso de los triunfos.
No creemoa baberooa quedado atrás síem pre que ao hi tniado ét OMtbolír la injus- ticia cometido M el despojo de la Iglesia, pero también benuys dicho, que tan luego CMBo interviniese la autoridad PonUticia nos soraeteríamos sin voeüar á lo qne ello reaol- viese. En el mí.smo caso se hallan todos los católicos. No debe haber dos medidas: la MIoridad del Pontífice debe ser reconocida yacaiadoen este pooto, sea cual flwre d juicio tocante á la conveniencia de la reso- lución. Sobre la potestad no cabe duda; y cottoloae neoonoeo lo potestad* 00 serte M- zonablc estenderse demasiado en conaidera- cieoeaoQlHooiow-qoodo oUo ee hayo hoabandüoando el campo en que antes lidiálNh mas, y obandméndole no por oCra raiooiÍM» no porque noa encontramos con el principio religioso por el cual combatíamos. Si, los hombres religiosos deben dar ci ejemplo que mas honra y enndiieoe; la resignaeionv' la virtoria de sí mismos Quédese allá para otros el s(^tener una doctnna cuando strr; el abandonarla cuando o¿x/a ó ya no es útil; si hooMO proclamado lo oeeettdod de lo hiter- vencion pontificia en este negocio, acaté- mosla, y ni aun en apariencia nos ponga* i meo eo eiMirodiceion con on principio pon no dominar como es debido un sentimiento. < l4> qao habrá noofiogodo en esto caeooe*!
Dlgitlzed by G' Dlgitlzed by G' ran ios intereses, mas no el principio ifiie defeodiamos, pues los mismos adversarios ton sn snlicitiHi pnr nbtenf r rl íisontimienU) del Papa, y su alborozo por hat)eríe obteni- do« biiii,dMO uva pmeba mauMieate de que mal de su grado hablan de acíit^r en la rea- lidad lo que combatían en teoría. Si nos- otros no teníamos razón cuando decíamos <[uc las vwtaB ertn insubsistentes mientras les faltase el scHo pontificio. ¿ á qué fati- ftarse tanto por alcanzar este resultado? ¿l*ara satisfacer escrúmilos? ¿De quién? ¿De los eompradom? Sí no escrupulizanNi eñ la compra. escnij)i!!i?^rán en la posc- aioQ? ¿lian alarmado i>or ventura las (lere* jCriDM tpelacíonefl de m penileiites del trí- hunal del sacerdote á las olirinas de las gc- foluras políticas? No; el verdadero motivo m ha sido este; ha sido la opinión de la miv'oría. de la inmensa mayorte meioBal, que ilrrin: no hay poder para eso; todo es iosutfóistentc; to<lo cuanto se ha hecho nada vale, hasta que alcancéis que inler^ vjengt ea favor vaestro la aiMorind peMi- ficéa.»
- Si se quiere juzgar con acierto de la con- veniencie mtyoró menor del peco dado por el Sumo Pontífice, es preciso atender, no á la injusticia del hecho sobre el coa! recae la indulgencia, no a ia conducta del gobier- M foe la aleanís, no á lo nue este gobier- no ha dehidn ó no di^liiti 1, j)oui(lo ó no podido hacer; es necesario colocarse en el punto de vista desde el cual el negocio habré sido eoqfliderado por la Santa Sede, lié aquí es- te punto de risla. fiare ya mas de doce aAos que ia Iglesia de Kspáfia eatá sin con- firaiflOKHi de obispos; hace también lanbs aAos que, por erecto de los decretos de los gobiernos y los trastornos de la revolución, la ^lesía de España se encuentra en graves conflictos, no solo con reepecl» á ws me- dios de subsislenf ia sino también por lo cpic loca al ejercicio de sus derechos mas sai;ra- dos; hace ya largos años que por las mismas causas se hallan exíMeilles mochos hechos en abierta oposií ion con el derecho, lo que da lugar a incertidumbre, á complicaciones, y que podría ofrecer toda?in ocasión é ▼as calamidades; estos males no se pueden remediar sin la intervención de la autoridad pontiiicut. l,a necesidad, pues, de que esta anterídad ínlerven^ no admite nin^ gé- nerodc duda. Todn In fnf'-iír,!!, ¡¡nrs, solo. INMiiera vefsarsobni la oporluuiUud: cxa- ImineméaLil-té^ooio hijo cilié ponto de vista. En Roma es probable qne se hribr: flis- currido de esta manera. Esperamos duraa- te la goemi civil, y iii en an étaenrm niei an ténnino se mejoró la suerte de la Iglesia dé España; ])or »'l ronlrario empeoró. Espe- ramos duraolc la dummacion de Ksoarlen^ y en este tiempo la anerte de ia Igleaía na se meioró, antes empeoró. EsjKramos des- pués cíe caído Espartero, y si iiien desde aquella época la Iglesia respiró menos e^ dava y tu obinvo alinmas reparaoíefBeB, - la cierto es qne ha<'e vm í!l;íiin tiempo que fn< reparaciones cesaron, los asuntos ecletnas- tieoa'vdneion-édiflettlirae con «aiar« y lea ánimos mas bien llevan camino de exaspe- rarse (]ne de calmarse. Si continnamo? en la mistnu conducta esperando todavr» mas, ¿qué sucederá? ¿Se devolverán á la Igle- sia mas bienes de los qne nhorn (Itn ucl- I veo? No. ¿Se quitarán a la iglesia mas tra«- bas? No. ¿Hay probabilidad de que se es- tablezca armonía entre los dofeasarcs de la Iglesia y los partidarios de la revolución? No. ¿Qiiíá probabilidades hav para una me- jora al cenlianamoe tapenado? ¿Qué^coaa puede suponerse en que iiaya estas proba- bilidndcs? Solo una; ¿ y por qué no decirlot Solo una: un gran trastorno. ¥ entonces, ¿es cierto que haya da fcabcraMfBni^'Nia.
¿Ks trmibif qTje las cosas se empeoren Mtiv temible. ¿V no es muy probable que un trastorno en caso de' ser repentino sería ea favor de la revolución? ¿No es probable qfta si los hombres de buenas idea** se hubiesen de sobreponer^ esto no se lograría atoo des- pués de una pmri f Y os lal*ono, ¿ no es verdad que ios males se af^waríon, y que qT!Í7Ív In»; cosas lleí^rian á nn punto en que no sena posible ni aun reparar lo [lOco que se repara ahora?
Est is MiTi las consideraciones qne en Bo- ma se liabrnn tenido presentes; y por cier- to que no es posible dcisconocer la gravedad de eNas. S&4Man en hochaa< moa-ff^ sentes, otros mov recientes; v en cnanto á lo que encierran de conjeturas, tam|>oco pue- den laciiarBéiie aveiitvradaa. Lr<}ue hayá» cierto, de apremiador, es el mal; en cuáaio al bien, menester es confesar qae tiene en contra mocbás prol)i^MÜdiuies, y sobre todo á mas de no ser «orla ts muy lejano, fio ignoramos <{ue á veces d»"! mismo esceso dei mal naca ci ramiadio i pero á mas da q/at no es licito hacer males ni aun desearlos pa- ra qne vencían bienes, lo que no puede nettrsc es que hasta ahora en España lo que á nacido del mal no ha sido un bien, smo nn mal todavía mavor. ¿ Sucedería lo mismo en adelante? Mucíio fuera de temer.
No se Iratiiha piies de saber si las condi- ciones de la situación ofrecian las debidas ventajas, sino de si presentaban menos in- convenientes que las anteriores ó las que CKÜan suceder. Roma no ha tenido que op- r entre bueno y mejor, sino entre malo y peor; Roma se* ha encontrado en im caso semejante al de los hombres (pie desean sin- ceramente el bien de su patria, y no se ha- cen ilusiones sobre el verdadero estado de las cosas; estas han llegado á un punto tan deplorable, son tantas las circunstancias que se combinan en contra de una niejora radi- cal en ningún sentido, que al proponerse un problema ya casi nunca es dado pensar en cuál de los resultados es el mejor, sino cuál es el menos malo.
¿Tiene la culpa de esto el Sumo Pontífi- ce? ¿Tiene la culpa do «pie el menor núme- ro se haya sobrepuesto al mayor, y que por un conjunto de circunstancias fatales, se hallen las cosas de España en situación tan triste? no por cierto; Kon>a habrá conside- rado las cosas, no tales como debieran ser, sino como son; no tales como el gobierno las debia y poília poner, sino tales como las ha pnesto * no habrá atendido á los deseos, sino á la realidad. E>ta realidad es triste, desconsoladora; esta realidad, aun en lo po- co (|ue tiene de bueno, ení ierra peas ga- rantías de duración; pero no es esto lo que íC debe consi<lerar, sino si lo que le suce- derá será mejor.
De todos modos, si la Santa Sede se ha resuelto á ceder en el punto de los bienes vendidos. no dudamos (pie lo habrá hecho con la es()eran7,a de adelantar en lo espiri- tual lo (|ue se perdiese en lo tem|K)ral; qne no habrá querido se dijese que los bienes terrenos eran un obstáculo á una reconcilia- ción; y que habrá ensayado este medio pa- ra Tcr si podia lograr que cesase esa irrita- ción que lejos de cejar aumenta visiblemen- te. En esto habrá dado el Ponlilice una muestra de generosidad, una |)rueba de (|ue á sus ojos son nada los bienes tempora- les ruando se los compara con los espiritua- les, habrá desmentido esas calumnias de codicia y miras mundanas con que los enemigos de la Religión Católica persiguen u lu i Santa Sede, manifestando qucerft mucha ver7 , dad lo (pie d(*,cia aun diplomático español un elevado personaje: «el Papa es un religiosode una conciencia muy estrecha, y no se cui- da nada de los bienes lempuralés.»
£1 arreglo de las cosas con Roma lleva consigo según parece, el reconocimiento de Isabel, y esto ofrece la f ueslion bajo el as- pecto de' la política. Fallos de dalos que puedan ilustrarsobre los antecedentes de este resultado, ya por lo tocante á las consi- deraciones que naya tenido presentes la cor- te de Roma, ya por lo (|ue este reconoci- miento pudiera hacer conjeturar con rela- ción á tas disposiciones de otras ptencias, nos abstendremos de emitir un juicio que estaría muv espuesto á salir e(|UÍvocado. \o obstante, diremos francamente que el reco- nocimiento del Papa presta algún funda- mento á sos{>echar ({ue han mejorado tam- bién las disposiciones de otras potencias, Enes no es probable que en la parle política i corte de Roma haya prescindido de las relaciones di¡>lomáticas con otros gabinetes. La causa de Isabel II ha ganado mucho in- dudablemente con el reconocimiento por parte de Roma, ya sea que el Sumo Pontí- fice como solMTano temporal haya procedido por impulso esclusivamente propio, ya sea que este reconocimienlo se haya hecho en conformidad con el diclámen y deseos de otras potencias.
¿ Pero se podrá inferir que semejante pa-' so sea una confirmación de las noticias que nos han dado los periíidicos eslrangcros soi;- bre provectos de enlace con algún príncipi* italiano^ ¿S<* podrá inferir (pie esto indique que los desterrados de Rourges empiezan á verse abandonados, y que en los consejos de la Europa se considera ya toda la fami- lia de D. Carlos como condenada uerpélua-' mente á la suerte que le deparo el éxito de la guerra civil? No lo sabemos; pero lo (pie vemos sí y muy claro es, que reconocida Isabel II cíímo Reina de España por el Papa y por las potencias del Norte, la cuestión ' dinástica muda enteramente de aspecto á los ojos de la diplomacia europea; lo (|ue vemos si muy claro es, que las pretcnsiones de i D. CaHos ó de sus hijos estarán colocadas i en otro terreno del en (pie se han hallado hasta a(|ui; lo que vemos si muy claro es, que si aun en su destierro ha recibido don Carlos consejos fundados en esperanzas con « - « - «do á su jwrsona, esto»; consejos hau [ S¡ e^los milloucs <o!nn perdido. portfMe *'inuy píjuivocados; y que no audaba- ¡ Saulidad ha ja creído licuado eUajio de liacer descaminados cuando decíamos que i este;|a<^i(^u>^efiob84M]iuo déla {mx^a^^ ^^Muli(l(> el curSQ'iútiiral de las cosas elrei- lDdayte.CMMí«iDas «Itas que defeoaer^ ^f nado de D. Carlos orn imposible. r por el reconocioiieoto do Isabel ha. sufrido Que no se desalit-nicii ni irriten pues los L quebranto. la causa de Mi Carlos eaijú ta- hombres que, fieles á su conciencia « han I cante é u pencoa, »oera<Ds, al sosten^ la abstenido de concille ¡ir las leyes de la Inlií"" sia; ellos no se liahran enriquecido y otros si, es verdad; ¿pero es por ventura poco el pcider decirse á si niismo: «has cumplido con tus deberes?" ¿T!s por venlura poco el pófler mirar cara á cara todos los infortunios ael clero regular, del secular y de las moa: jas, y détír: «yo no he contribuido á enu- sarlos; yo no como la sustancia que era conveniencia del enlace de su hijo coo It Reina Isabel, no hemos sosieniJo ua interés dinástico sino un ínteres nacional, y este in: terés nacional existirá después del armglü con Rnnui lo mismo que antes. J.iiiiá.s hemoí considerado la cuestión del enlace como uafi palanca para una reacción; y jamás bemqp deseado que se prarogara el arre;;lo de las cosas elesiásticas para que la (lilac ion contrivnestra; mis hijos vi vende mis sudores, no huyera al enlace: porque no podíamos sa- 06 angustias agenas?» Sí, que do se des- ' bordinar lo r^ginso á bpolitíco; porque no alienten; (|ue no se irriten; que no se dejen podíamos anlepooer lo temporal ci lo cspiriguba espresion dura contra una medida to- ^ dijimos terminantemente, que atendido ei mada por el vicario de Jesucríst» sobre la [ estado de las cosas y la irritación de los tierra. Consideren que es muy triste el ne- ánimos, convenia qué al enlace si se había cesitar la absolución, v que es muy honroso de hacer, |>recediese el arrezo 4c los asuaél hal)crse abstenido dcf manjar vedado, á \i tos eclesiásticos. Mr 1 1; '.n i m pesar de tenerle por tai|t«,tiempo ala vista.
Sometámonos, sin murmurar siquiera, á lo que el Sumo Ponliliccdis|>uuga: no demos á los enemigos de la religión el placer de; que nos niir.in quejarnos de la conducta de la Santa Sede; no olvidi-iiios que soiufis caloli- No ignóranos que la tesohiríoB aolai materias no es una decisión en cosas de fe; pero sabemos también qife Jesucristo Ua- ne prometida su.asisleaflia al sucesor 4»- San Pedro para que bis puertas del infierno no prevalezcan contra la Iglesia; y por lo eos, V que uü ha> catolicismo sin la aulori- y mismo no dudamos que en un negocio taa dádífel Siirao Poíitilice. Si el Sumo PontÜice " ' — • — ' *" ' cede, será ponjue habrá conocidn que hahia llegado el caso de ceder; el habrá mirado las cosas desde mayor altura de la que podemos nñrarlas nosotros: esperantos que los uiconve- nientes que resulten por una parle habrá satrascendantal esta ainiteBoia lo habádirigM do. Pues qué, ¿ no es acaso este negocio uno de los mas graves que se pueden ofre- cer al Sumo i*onlílice? Las necesidades 4» la Iglesia de España, ¿ no sen muy gyaihi des? ¿No han llegado las cosas á un punto bido comnen>arlQs por otra. El juez, asi eu | en une no bay otra esperanza para acertar cuanto al hecho cou^o en cuanto á la opor- 1 que Ja direcoioa do la autoridad aposIéUcnt tiinidad, es>ft3ilPÍo$ PonUGce, no somos | No, nosotros no dnemoo que el Papa se ha nosot!"ns. encanado; diremos sí que el Capa habrá im- ^Bieu se^ echa de ver, que no hemos tra-, plorado antes el auxilio de. las luces celes tÉfUf^ik disminuir la alta importancia del I tiales; dipemoasi que no líabrán sido estén- suceso comunicado por el Sr. Castillo y ' les las oraciones que por la Iglesia de Avenga, pero al mismo tiempo afiadiremos, i Espafia se elevaron al cielo en la Iglesia que si algunos en el desaliento de la pri- uunersíil; diremos sí, aue á pesar de k nal- mt r i impresión han crcido que de hoy en I la vtdunuid de Un bomnres y del deplorabla adelante era ya seiriira la ruina de los bue- mtf^urincipios. y oue la tarea de los hombres imVlnitticos y religiosos carece de objeto, se equivocan. \o, cuando sostenemos los grandes principios, única esperanza de la sociedad española, no sostenemos lo millones r'-i 1 Ir - cosas. Dios iluminara á su Vi-r, cano en ia uerra para que calmil ci dolor y ■ cicatrice ppco á poqpi^ hondas do la Igle-, siajuvaiioík^liiifnof fa oslas coosideracioi^ ncs que nos inspira amptra fe. poco de- • bo importarnos ouestnj^falimm ^avoralde • mas ó 1 5 millones menos de una renta, i ' toiilniria 4 ta 0||y|widw».yMiHeo Dlgitized by Google <j!le tivinios hoy y mañana moriremos, ¿nos loca por vPíitn'ra" enseñar á Jesnmslo el modo de dirigir su Iglesia? En el espacio de ifi siglos, ¿no la ha sacado siempre á puerto entre un mar de trlhulnciones y ca- lástrofcs? Si alguno habla mal de la con- (Inrta del Pontífice, no participemos do la mnifdicencia; no permitamos que se nos paeda reconvenir con aquellas palabras: "¡y tú también, hijo mió!» Si nos parece que las olas levantadas amenazan sumergir la navecilla, no dudemos, creamos; no obremos de suerte que se nos pueda decir: hombre de poca fe, ¿por qué has du- dado.?»
Tenemos va manifestada nuestra opinión sobre el modo con que deben recibir los*ca- tóKcM cuanto se establezca en las cosas eclesiásticas mediante la autoridad de la Santa Sede. Nada de resistencia, nada de murmuración ni contra el Papa ni contra la enría romana; nada siquiera de quejas que pudiesen indicar que nos sometemos de ma- la voluntad, ni rpie dejasen traslucir para lo swesivo intención de deshacer, cuando posible fuese, lo que ahora haya hecho ó hiciere en adelante el Sumo Pontífice. En el número precedente fuimos sobre estos pun- tos, tan francos, tan espHcitos que no cree- mos les pudiese quedar á los lectores ni aun asomo de duda sobre nuestra intención y opiniones.
El Tiempo nos ha hecho la justicia de re- conocer que habíamos recibido las noticias de Roma «con moderación, sin resistencia, y si no con alegría, con " sumisión al me- no6.» Las observaciones que emite este periódico sobre nuestro articulo nos escitan a corresponderle con otras (jue las aclaren y rectifiquen.
•El Pensamiento de la Nación, á\ce el Tiempo, cede y sucumbe al principio de la autoridad mas que al principio de la razón, puesto que hace muy poco tiempo que este diario proclamaba como justas y necesarias doetrinas opuestas á las que la corte de Ro- ma sanciona con su beneplácito.») Hav en este pasage alguna inexactitud que el Ttempo nos permitirá rectificar. El Pensamiento de la Aacion ha defendido una ilocfrimi y aconsejado un hecho: la doctrina defendidái era (jue el poder civil no jiodia disponer de los bienes de la Iglesia sm la interven- ción de In autoridad Pontificia; y el hechQ aconsejado era que se devolviesen al clero secular, no solo los bienes no vendidos sino tambidn los vendidos. La doctrina la defen- dimos como verdadera; el hecho le aconse^ jábamos como justo y conveniente. IVévia esta aclaración que nos parecen necesitar las palabras del Tiempo, y formulado con limpieza el cargo que semejante recuerdo pwjiera envolver contra el rennamienío de la ]\'acion. véanlos basta (|ué punto es ver- dad lo que asienta el espresado periódico.
No tiene la razón de su parle cuando afirma rpie la corte de Roma.sanciona con su beneplacitodoctrinas opuc.stasálas nuestras; por el contrario, en el caso presente nues- tras doctrinas están reconocidas por el go- bierno y sancionadas por la corte de Roma., ¿Qué sosteníamos nosotros? La necesidad de que interviniese la autoridad Pontificia, VA gobierno pide esta intervención, y se fe- licita cuando tiene la esperanza de lograrla; el gobierno reconoce pues nuestra doctrina. El Sumo Pontillce, según las noticias publir cadas, se presta á intervenir; y por la pri- mera concesión, manifiesta su* voluntad de no inquietar á los compradores. Luego el Sumo Pontífice sanciona con su conducta nuestra doctrina, de que la intervención de su autoridad es necesaria. No podemos |>er- suadimos que el Tiemjm vea la cuestión de otro modo tocante á la doctrina; el Tiempo no se imagina sin duda que el Pontífice ha- ya de declarar que su autoridad no era ne- cesaria para este objeto. El Pontífice po; drá comprometerse á no inquietar á los compradores de bienes de la Iglesia, po- drá ordenar que no se los inquiete, po- drá usar con ellos de toda la indulgencia que juzgue conveniente, pero jamas di- rá que su autoridad no era necesaria. Ahí están los cánones de tantos concilios, incluso el de Trento, y las disposicio- nes pontificias. El Papa no lo ignora; y so- bre todo el níismo Pana nos lo ha recordado en sus Alocuciones. Nuestras doctrinas pues sobre este punto subsisten firmes; el Papa no sanciona ni sancionará nada opuesto á cllas;'y con el Papa y nosotrosestá el gobier- no y los partidarios de la situación, ya auc dan tanta importancia á las noticias de Roina en que te ttiancia qae su Santidad no | Ahora bien, neutros en el arliculo i qae inauielará á \os compraaores de bienes de | se reüerc el Tinufnt, no iniralinrnó^ Im ron. la iglesia. I (ion bajo uh^ijiuutu de \ i2>la, k con«idít* Tocanle al hecho que aconsejibanoí, es f ráhtMOii caijlé Értulufl de la édrie de' R«k -i verdad que las noticias de Roma no ic son Tavorables; pero á esto tenemos aiie respon- der, en primer lugar^ que el hecno no es la doctrina, y que por consiguiente es tuando rnos inexacto el Tiempo al atribuir á la Irina lo que solo corresponde al hecho. Ademas, el hecho lo aconsejábtnKM como justo y como conveniente; sobre amboa tt- pc( los tonenios nigo (|uc observar.
La justicia de la devolución no ba sido contrariada por Roma, aon duñido sea cier- to el n*< nnorimiento tic las ventas. En Ro- n)a se exige compensación, luchóse cree que hay injusticia; luego nada se resuelve ointra el Iiecho de la devolución bajó el pun- to de vivía de la justicia. En Roma se san- ciona cuiuy hemos probado, la doctrina de qüe la antoridad civil era por si sola ineoni pélente para privar al clero de-sns bienes; lue-ío en Roma se reconoce la ¡nconipetcn- cia; luego se reconoce también el vicio ra- > dícal de la espropiacion por ^»lbeto de au- toriiliul. Véase, pues, como al defender nosotros la justicia de la revolución no es- táhamps en contradicción con lo que ahora 8Í'|^)fa'resaello ^ Roma ó en adalante se résolviere.
'Mas difícil parece poner en consonancia nuestra opinión con la determinación de Ro- ma en lo tocanle á la conveniencia de hi devolución, porque nosotros decíamos que la devolución era conveniente, y Roma ce- de sin que se haya hecho la devolueion. Sin embargo bien examinada la cosa, ni aun 4ín esta parte le asiste la razón al Tiempo. Wi Rdtná ro fjnc se habrá tenido présenle no hahi! >i(lo la conveniencia, sino la posi- bilidad; el Papa no halirá considerado si es- to era ó no conveniente, sinq si era ó no p^ihle. Al menos asi lo pensamos, y como nosotros pensará sin duoa el Tiempo: si el l'apa hubiese creído que se podía obtener la devolución de lo vendido, no se hubiera contentado con lo no vendido: seamos Cran- > en esto el Papa ))rored¡a muy bien; habrá procedido muy bien, si con- imposible otra cosa' ha creido que ^ sgado el caso de ceder, mostrándose tndiilírenlo con itspeclo á lo \emlido, y ^piando la compensación que le bayaoíre- ■J^ óje ofr^iífB el gobifiroo.