BX 890.J62 1929 v.3 John of tho Cross, 1542- 1591.
Obras de San Juan de la Cruz in 2014 BIBLIOTECA MISTICA CARMELITANA OBRAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ DOCTOR DE LA IGLESIA EDITADAS Y ANOTADAS POR EL P. SILVERIO DE SANTA TERESA, O. C. D.
TOMO III CANTICO ESPIRITUAL BURGOS EDITORIAL MONTE CARMELO 1930 BIBUPTECA /AI5TÍCA (ARMElflANA ■ ■ ■ OBRAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ BIBLIOTECA MISTICA CARMELITANA — 12 OBRAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ DOCTOR DE LA IGLESIA EDITADAS Y ANOTADAS POR EL P. SILVERIO DE SANTA TERESA, C. D.
TOMO III CANTICO ESPIRITUAL LIBRARY OF PR JAN 12;99 THEOLOGICAL BURGOS Tipografía de «El Monte Carmelo» 1930 NCETON MINARY ES PROPIEDAD 03HT APROBACIONES Nihil obstat. Pr. Eliseus a S. Joseph C. D. Censor.
Nihil obstat. Fr. Bruno a Sancto Joseph, C. D. Censor.
Imprimí potest: Burgis. 30 Junli ¡930. Fr. Marcellus a Puero Jesu. C. D. Provincia /ij.
Burgis. 22 fulii 1930.
Nihil obstat. Imprimatar: Dr. Aemilius Rodero.
De íllmi. Vicarii Generalis mandato: Dr. Josephus Ortega. Can. Scriua.
INTRODUCCIÓN AL «CÁNTICO ESPIRITUAL» Se dijo en los Preliminares que herido el Santo de amores en la cárcel de Toledo, rompió a cantar en estrofas sublimes los efectos del amor de Dios en las almas, con tal inflamación de estro y tal riqueza de metáforas e imágenes, que somejan compuestas en momentos pare- cidos a aquellos en que el fuego sacro de la inspiración profética des- cendía sobre los videntes de Israel, calentaba su corazón y le hacía prorrumpir en gemidos profundos a la vista del grande Hermón, blan- queando al sol con su regio manto de nieve, o entre las frondas es- pesas del Líbano, sostenidas por hilos de agua saltarines y bulli- ciosos, o ante las bellezas incomparables del Carmelo. Entonación bíblica, opulencia de imágenes de colorido oriental, empaque salomó- nico, exuberancia literaria, mieles y dulcedumbres del más subido bu- colismo; diálogos de epitalamio derretidos en fuego de esposos, hon- dura de sentimientos, preñez de ideas bellísimas, magnificencia de lí- neas arquitectónicas, filigranas de paneles laboriosamente taraceados, to- do se halla en copiosa medida en este Cántico incomparable, acaso el más sublime que se ha entonado en la tierra al amor divino que em- briaga a las almas místicas, después del grandioso Canto del Rey Sabio.
El Cantar de los Cantares ha ejercido siempre seductor hechizo sobre estas almas, como medio el más adecuado y fácil de dar salida al caudal represado de amores divinos que les abrasa las en- trañas. La forma dialogada es la más a propósito para el desfogue mutuo en requiebros de cielo, que dan a significar, en alguna manera, los abrasamientos de amor que les consumen, y que terminan al fin como por volatizar el alma, subirla hasta Dios y meterla en su cora- zón, lecho florido del Amado, donde descansa y goza en esta vida de barruntos y asomadas de gloria. Bajo la metáfora corriente de esposo y esposa —palabras favoritas de los místicos para la manifestación de sus amores —, se entabla entre los dos amantes diálogo rápido y ani- mado, embellecido con los colores más sugestivos de la naturaleza: vra INTRODUCCION vra INTRODUCCION levantes de aurora, rosicleres de atardecer, murmurios de regato, prade- rías de becerros y corderitos que triscan, selvas de leones rugientes, montes de gamos saltadores, pastores que otean inocentes ovejas, aires perfumados de fronda balsámica, vinos adobados en bodegas del cielo, arrullos de tórtolas, palomas cruzando rápidas el éter g ocultándose en alturas infinitas, trinos de ruiseñor en la enramada solitaria, ribe- ras verdes esmaltadas de flores, fontanas cristalinas que reverberan la hermosura de los ojos del Amado que dibujados lleva en sus entra- ñas el alma amante, profundidades de cielo estrellado tras los cuales se esconde la Majestad y Omnipotencia del que ama su corazón —, todo, cielos y tierra, se ponen a contribución para entonar un himno grandioso, no al triunfo de la fama, ni del genio, ni de la sabiduría; sino del amor santo (que es lo más digno de cantar aquí abajo), en es- trofas que semejan rimadas por los mismos serafines. No parece can- tarían mejor estos espíritus celestiales si hubieran de manifestar en lenguaje humano el amor en que perpetuamente arden. Tal es de sublime el himno de San Juan de la Cruz al Amor perdurable, colo- salmente orquestado por toda la creación.
Como la poesía de San Juan de la Cruz se pega tan bien al oído —otro pueblo más consciente de sus glorias y más adelantado en primores pedagógicos haría aprender de memoria a los niños en las escuelas estas composiciones poéticas, sobre todo, el Cántico Espi- ritual—, muchas religiosas fiaron a la memoria sus estrofas incom- parables, y seguramente que las importunaciones al Santo para que lo explicase menudearon desde que salió de las cárceles toledanas. Al fin, lo consiguió aquella hija muy estimada suya y de la San- ta, Ana de Jesús, según ya se dijo, dirigida espiritualmente por él. primero en Beas y luego en Granada, donde puso rico comentario doctrinal a las preciosas canciones que rodaban por todos los labios de carmelitas descalzas que a la sazón había, regalándose con ellas y comentándolas a su modo, pero siempre con el deseo y la petición a flor de labio de que quien había cuajado las perlas, les hiciera la concha o el engaste.
Aunque las canciones se compusieron en tres ocasiones, separadas por largos intervalos de tiempo (1), la glosa se hizo con regularidad en 1584, estando el Santo de prior en Granada y confesor de las Car- melitas Descalzas de esta misma ciudad. En este tratado se ciñe más en el comento a los versos de las canciones que en la Subida del Monte Carmelo y Noche Oscura, donde casi la parte rimada desaparece para dar lugar a los amplios y profundos comentarios de que la 1 Véanse los Preliminares, t. I, párrafo X.
AI. CANTICO ESPIRITUAL IX viste. Por esto, acaso, se nota en el Cántico más amenidad y ligereza en la prosa, más rapidez en los juegos del símbolo y la metáfora, menos proporción y armonía de partes en el glosario y menos densidad de doctrina y trabazón lógica, con tener mucho de ambas.
Ya se advierte que aquí el Santo, con sugestiva agilidad de pen- samiento, corre apresurado al ritmo de la veloz vena poética que va cantando dicha y bienestar en carrera desalada hasta dar alcance al causador de ella. Alcanzado, adquiere felicidad plena y colmada, comoquiera que sea ley de todo amor— sacro y profano— no descansar hasta poseer al objeto amado. Eso es lo que practica el alma en este epitalamio: salir presurosa en vuelo de amor en busca del Amado, y no parar hasta darle alcance y retenerle consigo en posesión indivisa e inalienable. Por eso corre todo el sendero del amor, desde la base a la cima del Monte Carmelo, donde Dios espera al alma para celebrar esa unión connubial, asi llamada por los místicos porque en la imperfección idiomática de todas las lenguas, con expresarla inadecuadamente, no hay otras palabras, sin embargo, que mejor sig- nifiquen esta inefable fusión de amor entre Dios y el Alma.
El mismo Santo, en el comentario al verso Entrado se ha La es- posa de la canción XXVII, hace en unas líneas el argumento de este libro cuando escribe: «-Para declarar el orden de estas canciones más abiertamente y dar a entender el que ordinariamente lleva el alma hasta venir a este estado de matrimonio espiritual, que es el más alto de que ahora, con ayuda de Dios, habernos de hablar, al cual ha ve- nido ya el alma, es de notar que primero se ejercitó en los trabajos y amarguras de la mortificación y en la meditación que al principio dijo el alma desde la primera canción hasta aquella que dice: Mil gracias derramando, y después pasó por las penas y estrechos de amor que en el suceso de las canciones ha ido contando, hasta la que dice: Apártalos Amado. Y allende de esto, después cuenta haber recibido grandes comunicaciones y muchas visitas de su Amado, en que se ha ido perfeccionando y enterando en el amor de él, tanto, que pasando de todas las cosas y de sí misma, se entregó a él por unión de amor en desposorio espiritual, en que, como ya desposada, ha recibido del Esposo grandes dones y joyas, como ha cantado des- de la canción donde se hizo este divino desposorio, que dice: Apár- talos Amado».
Según ¡as líneas que acabamos de transcribir, como efecto del ejercicio del alma en los «trabajos y amarguras de la mortificación y en la meditación, sintió súbitos y encendidos toques de amor de Dios, que le produjeron inflamación amorosa, la cual le obligó a salir en busca del Amado (1-1), para decirle que adolece, pena y muere; «por- X INTRODUCCION que el alma que de veras ama, ordinariamente en el sentimiento de la ausencia de Dios padece de estas tres maneras dichas, según las tres potencias del alma que son: entendimiento, voluntad y memoria. Acerca del entendimiento adolece, porque no ve a Dios, que es la salud del en- tendimiento; acerca de la voluntad pena, porque carece de la posesión de Dios, que es el descanso, refrigerio y deleite de la voluntad; acerca de la memoria muere, porque acordándose que carece de todos los bienes del entendimiento, que es ver a Dios, y de todos los deleites de la voluntad, que es poseerle, y que también es muy posible carecer de él para siempre, padece en esta memoria a manera de muerte» (1).
Saltando, como dice el alma, en un ímpetu irresistible las fron- teras, o sea «las repugnancias y rebeliones que naturalmente la carne tiene contra el espíritu», pregunta a los bosques y a los prados, a las espesuras y a las flores, si ha pasado por ellas el que ha herido su alma; y las criaturas todas, en himno sublime, con entonación gra- ve y solemne, le contestan: «Mil gracias derramando, Pasó por estos sotos con presura, Y yéndolos mirando, Con sola su figura Vestidos los dejó de hermosura».
Esta respuesta de las criaturas, testimoniando en forma tan su- blime la grandeza y excelencia de Dios, la enloquece en amores divinos, ahonda más la llaga y entra en lo que el Santo llama «penas y estrechos de amor», de tal suerte que la herida se convierte en llaga, que difícilmente se afistula, y esta llaga insanable le pone en' trances y dolores de muerte. El amor se le ha recocido en el alma y se muestra inquieta, se precipita como catarata, y se expresa con el ímpetu arrollador y sobrehumano que parece hervir en esta estrofa de fuego (5-11): «|Oh, cristalina fuente.
Si en esos tus semblantes plateados.
Formases de repente Los ojos deseados Que tengo en mis entrañas dibujados!».
Y apenas Dios Nuestro Señor, conmovido por quejas tan profun- das, se asoma un poco al alma, como no está acostumbrada a tanta 1 Comentario al verso quinto de la segunda canción. En estas líneas se ve el amor incipiente de la Esposa, desarrollado en conformidad con la doctrina expuesta en la Sabida y en la Noche.
AL CANTICO ESPIRITUAL XI grandeza, le hace salir de sí y caer en éxtasis, poniendo en aprietos el mismo natural; y no pudiendo sufrir este exceso de hermosura divina su flaco sujeto, cambia de tono y le dice al Amado (12): «Apártalos, Amado, Que voy de vuelo>.
Era aún muy imperfecto el amor que sentía, y por lo mismo algo atropellado, o, como le califica el mismo Santo, impaciente (1), pare- cido al que sentía Raquel por no tener hijos cuando decía a Jacob: Da mihi liberos, alioquin moriar. Estas vehemencias amorosas, que se han acreditado en práctica de virtudes y duras mortificaciones, están maravillosamente descritas y analizadas por el gran sicólogo de la Mís- tica, de quien son estas admirables líneas, indicadoras del tránsito del amor divino de un período imperfecto y alborotado a otro más aventajado y tranquilo: «En los grandes deseos y fervores de amor, cuales en las canciones pasadas ha mostrado el alma, suele el Amado visitar a su Esposa, alta y delicada y amorosamente y con grande fuerza de amor; porque, ordinariamente, según los grandes fervores y ansias de amor que han precedido en el alma, suelen ser también las mercedes y visitas que Dios la hace, grandes. Y como ahora el alma con tantas ansias había deseado estos divinos ojos, que en la canción pasada acaba de decir, descubrióle el Amado algunos rayos de su grandeza y divinidad, según ella deseaba; los cuales fueron de tanta alteza y con tanta fuerza comunicados, que la hizo salir de sí por arrobamiento y éxtasi, lo cual acaece a! principio con gran detri- mento y temor del natural. Y así, no pudiendo sufrir el exceso en sujeto tan flaco, dice en la presente canción: Apártalos, Amado. Es a saber, esos tus ojos divinos, porque me hacen volar saliendo de mí a suma contemplación sobre lo que sufre el natural; lo cual dice porque le parecía volaba su alma de las carnes, que es lo que ella deseaba, que por eso le pidió que los apartase, conviene a saber, dejando de comunicárselos en la carne en que no los puede su- frir y gozar como querría, comunicándoselos en el vuelo que ella hacía fuera de la carne; el cual deseo y vuelo le impidió luego el Esposo, diciendo: Vuélvete, Paloma, que la comunicación que ahora de mí recibes, aún no es de ese estado de gloria que tú ahora pretendes; pero vuélvete a mí, que soy a quien tú, llagada de amor, buscas, que también yo, como el ciervo herido de tu amor, comienzo a mostrarme a ti por tu alta contemplación, y tomo recreación y re- frigerio en el amor de tu contemplación».
1 Canción VII, Declaración.
xn UiTBODUCCION El examen de esta época primeriza de amores divinos, donde las exuberancias y vehemencias no reprimidas corren parejas con la tor- peza e inexperiencia de la atolondrada esposa, está hecho de mano maestra, y él nos lleva apaciblemente, sin saltos y con la más sen- cilla naturalidad, a otro período amoroso de las almas mucho más importante, que se llama desposorio espiritual. Bueno será advertir aqui que la época de amores y ansias incontenidos por unirse a Dios, re- vienta, por decirlo así, como los volcanes, abriendo bocas incandes- centes en el corazón y arrojando llamas de amor que le hacen caer en éxtasis, arrobamientos y otras manifestaciones extraordinarias de la gracia. Por eso dice el Santo que este puente tendido entre el amor que se agita en el corazón y el amor sosegado y dulce, es lugar muy a propósito para tratar de los fenómenos de espíritu dichos, pero que renuncia a ello, por haberlo hecho «admirablemente» la bien- aventurada Teresa de Jesús. Elogio calificado, único que se halla en su pluma de autor alguno, fuera de los sagrados, y que también es, a mi juicio, el que más pesa en la balanza de los encomios tributados a la Reformadora del Carmen como escritora mística, tanto por la altísima autoridad de donde procede, como por lo cauto y limitado que el gran Doctor era en alabanzas de esta clase. El insuperado escritor místico suscribe, «por lo admirables», las doctrinas de Santa Teresa, aunque sólo hace mención especial, por requerirlo así el asun- to que en el momento trataba, de las referentes a «raptos, éxtasis y otros arrobamientos y sutiles vuelos de espíritu».
La canción XII, según acabamos de decir, hace como de puente tendido entre las dos riberas de este caudaloso río del amor divino, el cual puente es. a su vez, como hito indicador de nueva etapa en su curso hacia el Océano de amores, que es Dios. Hasta el pre- sente, le hemos visto impetuoso, arrebatado, despeñarse por los des- filaderos de las mortificaciones y duras pruebas de espíritu; ahora le veremos cómo va sosegándose, remansándose, aumentando el caudal de su corriente lenta, tranquila, que sirve de espejo a innumera- bles florecillas de virtudes que a sus orillas crecen lozanas, fertili- zadas y refrescadas por su linfa, sin que apenas logren formar las aguas ligeros encajes de blanca espuma en los blandos desniveles de espíritu que tienen que salvar, ni rizar su tersa superficie de transpa- rente cristal el cierzo helador que. envidioso de tanta hermosura, quiere marchitarla con su fría sequedad. Estado de alma dichoso, sólo mejorado por la última etapa de la carrera amorosa que en esta vida se puede recorrer y que se llama matrimonio espiritual, en que el caudal de amor, mas que río manso semeja lago apacible y azu- lino, inalterable ante los elementos que puedan desencadenarse contra AL CANTICO ESPIRITUAL XIU él, porque está protegido por la Omnipotencia de Dios, que ha ten- dido sobre él su mano y le aprieta y estrecha en su amoroso regazo. Es el abrazo perdurable de Dios y el alma, que se llama en mística, según es dicho, matrimonio espiritual, meta de amores santos y tér- mino también de este tratado admirable.
De la canción XII hasta la XXVII habla el Santo del desposorio espiritual entre el alma y Dios, de suerte que emplea quince estrofas para describirle. Consiste éste, según el Doctor del Cántico, «en un alto estado y unión de amor, en que después de mucho ejercicio espiritual suele Dios poner al alma, al cual llaman desposorio es- piritual con el Verbo Hijo de Dios». De los efectos que el alma ex- perimenta en este afortunado tránsito, habla así el Santo: «Al prin- cipio que se hace esto, que es la primera vez, comunica Dios al alma grandes cosas de sí, hermoseándola de grandeza y majestad, y arreán- dola de dones y virtudes y vistiéndola de conocimiento y honra de Dios, bien así como a desposada en el día de su desposorio; y en este dichoso día, no solamente se le acaban al alma sus ansias vehe- mentes y querellas de amor que antes tenía, mas quedando ador- nada de los bienes que digo, comiénzala un estado de paz y deleite, y de suavidad y de amor, según se da a entender en las presentes canciones, en las cuales no hace otra cosa sino contar y cantar las grandezas de su Amado, las cuales conoce y goza en él por la dicha unión del desposorio. Y así, en las demás canciones siguientes ya no dice cosas de penas ni ansias como antes hacía, sino comunicación y ejercicio de dulce y pacífico amor con su Amado, porque ya en este estado todo aquello fenece».
Sintetiza en la «Anotación» de las bellísimas declaraciones XIII y XIV los gratos efectos que causan en el alma los desposorios es- pirituales para cantarlos y glosarlos en inspirados versos y nutridos comentarios. Las altas montañas, los valles solitarios' y nemorosos, los ríos que hacen estruendo, los aires que silban en soberbio contraste con la noche sosegada, la callada música, los levantes de aurora, y otras y otras metáforas que su espíritu inmerso en un océano de amor arran- ca a la Naturaleza en cuanto que reverbera en ella la hermosura ex- celsa del Amado, y la canta con jamás igualada inspiración. Y así continúa en las demás, describiendo y cantando ya el «lecho florido» que le prepara el Amado (XV), ya el vino adobado en sus bodegas con emisiones balsámicas, de que ha de gustar hasta embriagarse (XVl y XVII), ya la ciencia oculta y sabrosa que aprende escondida en el pecho de Dios, principalmente la ciencia del amor (XVIII y XIX), ya la deliciosa pérdida de sí misma para hallarse en el corazón divino, donde se entretiene haciendo guirnaldas en «frescas mañanas escogidas» XIV INTRODUCCION XIV INTRODUCCION (XX-XXI), ya recreándose en haber prendido a Dios en ia red do- rada de sus rubios cabellos y viendo como se le aumenta la hermosu- ra con la gracia que en ella imprimen los ojos de Dios que la miran con ternura 9 cariño ardiente (XXII y XXIII).
Parece que el alma en este nuevo estado goza de la dicha en toda su llenez y amplitud. Y, con todo, no es así; aun atraviesan y nave- gan por este cielo limpio y trasparente del alma nubes sospechosas, que amenazan ocultarle el Sol de sus amores, fuente de esta su dicha imponderable. El desposorio no es lazo indisoluble de unión; aun pue- de haber enemigos envidiosos que intenten ponerle fin, o, por lo me- nos, alterar esa gustación de Dios tan sabrosa y pura. De ahí que, acordándose el alma de estos peligros, exclame con dejos de dulce melancolía (XXIV): «No quieras despreciarme Que si color moreno en mí hallaste, Ya bien puedes mirarme Después que me miraste.
Que gracia y hermosura en mí dejaste*.
Por eso también, barruntando que puedan venir a turbar esta paz suave las pasiones, los apetitos e imaginaciones, atizados por los de- monios que tienen al alma una enemiga feroz, conjura a las criaturas que le cacen las raposas, que son todas esas alimañas de apetitos y de- monios que hemos dicho (XXV), e impidan que sople el cierzo muer- to por el jardín florido en que se recrea con el Amado, no sea que marchite todas las flores con su hálito frío y enervante, matador de la vida espiritual que goza, exuberante y frondosa (XXVI).
La paz completa e inalterable, el cielo sin nubes y el sol sin manchas y sin oquedades sólo se goza en otro estado más perfecto aún, que por no tener nombre que adecuadamente lo exprese, la mística, como en tantos otros casos, echa mano de vocablos vulgares y corrien- tes que en alguna forma indiquen la idea, y le llama matrimonio es- piritual, el cual canta la esposa en la estrofa XXVII, que dice: «Entrado se ha la Esposa en el ameno huerto deseado, y a su sabor reposa, el cuello reclinado sobre los dulces brazos del Amado».
La entrada en este nuevo y dichosísimo estado, la declara así el Santo en la anotación: «Habiendo ya el alma puesto diligencia en que las raposas se cazasen y el cierzo se fuese, que eran estorbos AL CANTICO ESPIRITUAL XV e inconvenientes que impedían el acabado deleite del estado del ma- trimonio espiritual; y también habiendo invocado y alcanzado el aire del Espíritu Santo, como en las dos precedentes canciones ha hecho, el cual es propia disposición e instrumento para la perfección del tal estado, resta ahora tratar de él en esta canción, en la cual habla el Esposo llamando ya Esposa al alma, y dice dos cosas. La una es decir cómo ya después de haber salido victoriosa, ha llegado a este estado deleitoso del matrimonio espiritual, que él y ella tanto habían deseado. Y la segunda es contar las propiedades del dicho estado, de las cuales el alma goza ya en él, como son reposar a su sabor y tener el cuello reclinado sobre los dulces brazos del Amado, según ahora iremos declarando».
En trece canciones desarrolla el Santo sus admirables enseñanzas acerca del más levantado punto de perfección de amor de Dios a que el alma puede llegar en esta vida, en el cual «con gran facilidad y frecuencia descubre el Esposo al alma sus maravillosos secretos, y la da parte de sus obras; porque el verdadero y entero amor no sabe tener nada encubierto, y mayormente la comunica dulces miste- rios de su Encarnación, y modo y manera de la redención humana (XXVIII); aquí es el Esposo quien por «las amenas liras», que signi- fica la suavidad de amor que goza ya el alma, y por el «canto de las sirenas», que «significa el deleite que en el alma siempre tiene», trata de «poner fin y remate a todas las operaciones y pasiones del alma, que antes la eran algún impedimento y sinsabor para el pací- fico gusto y suavidad...» Todos los inconvenientes que podían turbarla en la posesión quieta y sabrosa del Amado «quiere Dios que cesen», porque el alma «más a gusto y sin ninguna interpolación goce del deleite, paz y suavidad de esta unión» (XXIX y XXX). El alma, a su vez, viéndose en posesión de tan ricos y aventajados dones y deleites de parte del Amado y deseando conservar la seguridad de ellos, conjura también a las ninfas de Judea (así llama a la parte inferior del hombre), con todas sus flaquezas y pasiones, a que no la turben, ni toquen siquiera los umbrales donde ella dichosamente mora (XXXI); y una vez que ha conseguido tenerlas a raya y traerlas a mandamiento se vuelve hacia el Amado y le dice con ternura inefable (XXXII): «Escóndete, Carillo, y mira con tu haz a las montañas, y no quieras decillo; mas mira las compañas de la que va por ínsulas extrañas».
XVI INTRODUCCION El Amado no puede resistir tan delicado requiebro, y contesta a la Esposa con otro, no menos tierno y cariñoso (XXXIII): «La blanca palomica al arca con el ramo se ha tornado, y ya la tortolica al socio deseado en las riberas verdes ha hallado».
Y en esta forma. Incomparablemente sublime, va prosiguiendo el idilio entre el Alma y Dios en este epitalamio espiritual, en progre- sión ascendente de amor, hasta desfallecer completamente en los bra- zos del Amado. Tal es, en reducida síntesis, el desarrollo del Cántico Espiritual, obra genial y sublime, de las más hermosas que ha con- cebido sin duda la inteligencia y el corazón humanos al soplo ca- llente del amor divino. Aparte la Sagrada Escritura en su Cantar de los Cantares, jamás se ha entonado un himno más hondo ni más elo- cuente ni más bellamente comentado al amor que Dios prende de sí en las almas perfectas que este sublime Cántico del grande Místico del Carmelo. Aires y pájaros, mares y estrellas, cuanto de bello hay en la naturaleza creada y de inefable en la increada, se ha puesto a contribución en este arrebatado canto. Nadie supo más de amores di- vinos que fray Juan de la Cruz; pocos supieron tanto; pero, de fijo, nadie los celebró con tan profunda y elocuente entonación.
Este libro es un regalo de Dios a los hombres. Es plato de verdad apetitoso, del que por su excepcional finura y exquisitez, tal vez, no llegan a gustarle del todo más que los paladares muy delicados como Sta. Teresita del Niño Jesús, que en su lectura hallaba siempre pleni- tud de satisfacción espiritual, y las almas muy puras y muy dadas a Dios en vida de sublime abnegación y trato solitario con El, a quie- nes se entrega por completo en deliciosas comunicaciones de amor. Y, sin embargo, es un libro para todo fiel cristiano que desee gustar el fruto mejor cuajado, sazonado y sabroso que da de si el árbol de la fe, entendida y practicada como el Doctor de la Iglesia en cuestiones de místicos amores nos ha enseñado en anteriores tratados.
Difícilmente se podrá explicar cómo un libro tan hermoso, pictó- rico de bellezas literarias, donde la pasión más dulce y regalada del corazón, el amor, ha logrado su expresión más sublime y a la par más popular o más al alcance de todas las inteligencias, dádiva perenne de amadores, no sea el favorito de todas las almas que se consagran a Dios después de algún tiempo pasado en ejercicios de perfección cristiana, y no se agote en cientos de miles de ejemplares. ¿En qué despensa podrán encontrar los espirituales golosinas más ricas y nu- AL CANTICO ESPIRITUAL XVII tritivas? ¿En qué bodega, vinos más aromáticos y sabrosos y que les dejen mejor paladar? ¿en qué braserillo de amores se podrán ca- lentar con más segundad de convertirse también ellos en ascuas abra- sadas en el mismo fuego de amor divino? Sobre la tela finísima de la fe más viva, ha bordado primores de amor extático este incomparable artista de Dios en los telares solitarios del Carmelo, donde se apren- de este oficio según los modelos del gran místico y de su Madre y Fundadora, no menos experta en el arte inefable de envolver a Dios en malla de purísimos amores.
COPIAS DEL «CANTICO ESPIBITUAL»