5. Y así es como una piña de rosas esta junta de virtudes, porque así como la piña es una pieza fuerte, y en sí contiene muchas piezas fuertes y fuertemente abrazadas, que son los piñones; así esta piña que hace el alma para su Amado es una sola perfección del alma, que fuerte y ordenadamente abraza en sí muchas perfecciones de virtudes muy fuertes y dones muy ricos, porque todas las perfecciones de vir- tudes (1) convienen y se ordenan en una perfección del alma; la cual, en tanto que está haciéndose y otreciéndose al Amado en el espíritu, conviene que se cacen las raposas. Y no sólo eso, sino también Y no parezca nadie en la montiña (2).
6. Porque para este divino ejercicio interior es también necesario so- ledad y ajenación (3) de todas las cosas que se podrían ofrecer al alma, ahora de parte de la porción inferior que es la sensitiva, ahora de parte de la superior que es la racional, que son en que (4) se encierra toda la armonía de potencias y sentidos de todo el hombre que aquí llama montiña. Dice que en esta no parezca nadie, es a saber, no parezcan en las potencias y sentidos (5) ningunas formas ni figuras de objetos ni otras operaciones naturales, porque en este caso si los sentidos exteriores e interiores obran, estorban; ni tampoco parezcan en las potencias espirituales otras sus operaciones y ejercicios, porque en llegando al sabor (6) de unión de amor ya no obran ni conviene obren las potencias espirituales, pues está ya hecha la obra de unión aman- do (7), así como llegando el término cesan todos los medios; no parezca, pues, nadie en la montiña; sola la voluntad esté asistiendo al Amado en la dicha manera.
1 Lch. añade: y dones.
2 Lch.: campiña.
4 Md.: que son las en que.
5 Bj.. Lch., Bz., 8.654 y Md.: sentidos sensitivos.
6 Md.: al saber.
7 Md.: amando lo entendido.
APENDICES CANCION XXXVIII El aspirar del aire.
2. Esta habilidad que el alma pide para amar perfectamente, lla- ma aquí aspirar del aire, porque es un delicadísimo toque y sentimien- to (1) que el alma siente a este tiempo en la comunicación del Espí- ritu Santo; el cual, a manera de aspirar subidamente con aquella as- piración levanta al alma y la informa, para que ella aspire a Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira al Hijo (2), y el Hijo al Padre, que es el mismo Espíritu Santo que a ella la aspiran en la dicha transformación. Porque ' no sería verdadera transformación si el alma no se uniese y transformase también en el Espíritu Santo, aunque no en revelado y manifiesto grado (3) por la bajeza de esta vida. Lo cual es para el alma de tanta gloria y deleite, que no hay de- cirlo por lengua mortal, ni el entendimiento humano alcanza algo de ello (4).
3. Pero el alma unida y transformada en Dios aspira en Dios a Dios la misma aspiración divina que Dios, estando en ella, aspira en sí mismo a ella, que es lo que entiendo quiso decir San Pablo cuando dijo: Quonium autem estis filii Dei, misit Deas Spiritum Filii sui in corda clamantem: Abba, Pater. Lo cual en los perfectos es en la ma- nera dicha. Y no hay que maravillar que el alma pueda una cosa tan alta, porque dado que Dios le haga merced que llegue a estar deifor- me y unida en la Santísima Trinidad, ¿qué cosa tan increíble es que obre ella su obra de entendimiento, noticia y amor en la Trinidad jun- tamente con ella como ella, por modo participado, obrándolo Dios en ella?
4. Y cómo esto sea, no hay más poder ni saber para decir, sino dar a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó y mereció este alto estado y puesto, cuando por San Juan dijo al Padre: Voló ui quos dedisti mihi, ui ubi sum ego, et illi sint mecum. Que quiere decir: Padre, quiero que los que me has dado, que donde yo estoy también ellos estén conmigo, es a saber: haciendo la misma obra que yo par- ticipativamente. Y también dice: No ruego solamente por estos presen- tes, sino también por aquellos que han de creer por su doctrina en mí, que todos ellos sean una cosa; de la manera que tú, Padre, estás en mí y yo en ti, así ellos en nosotros sean una misma cosa; y yo la claridad que me has dado, he dado a ellos, para que sean una cosa, como nosotros somos una misma cosa; yo en ellos y tú en mí, porque sean perfectos en uno; porque conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí, que es comunicándoles el mis- 1 Lch.: toque y entendimiento.
2 Md.: "para que ella aspire a Dios una subidísima aspiración de amor, seme- jante a la que el Padre aspira al Hijo, y el Hijo al Padre, que es el Espíritu Santo que a ella le dan en la dicha transformación."
3 Bz. lee: que es el mismo Espíritu Santo, aunque no en manifiesto grado...4 Md.: ni el entendimiento humano lo alcanza.
29 450 APENDICES mo amor que al Hijo, aunque no naturalmente como al Hijo, sino, como habernos dicho, por unidad y transformación de amor. Como tampoco se entiende aquí quiere decir el Hijo al Padre (1) que sean los santos una cosa esencial y naturalmente como lo son el Padre y el Hijo; sino que lo sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en unidad de amor. De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación, que El por naturaleza; por lo cual verdaderamente son dio- ses por participación, iguales y compañeros suyos de Dios. De donde San Pedro dijo: Gracia y paz sea cumplida y perfecta en vosotros en el co- nocimiento de Dios y de Jesucristo Nuestro Señor, de la manera que nos son dadas todas las cosas de su divina virtud para la vida y la piedad por el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y virtud, por el cual muy grandes y preciosas promesas nos prometió y dió, para que por estas cosas seamos hechos compañeros de la divina naturaleza; lo cual es, de la manera que dijimos, participar el alma en la obra con la Trinidad, en la unión dicha. Lo cual, aunque se cumple perfectamente en la otra vida, todavía en ésta se alcanza gran rastro y sabor de ello en el estado perfecto, al modo que vamos diciendo, aunque no se puede decir.
5. ¡Oh, almas criadas para estas grandezas, y para ellas llama- das! ¿qué hacéis? ¿en qué os entretenéis? (2). ¡Oh, miserable ceguera de los hijos de Adán (3), pues en tanta luz están ciegos y a tan grandes voces sordos, pues en tanto que buscan grandezas y gloria, se quedan miserables y bajos, de tantos bienes indignos! Sigúese lo se- gundo, En la noche serena.
9. Esta noche en que el alma desea ver estas cosas, es la contem- plación, porque la contemplación es oscura, que por eso la llaman por otro nombre mística teología, que quiere decir sabiduría escondida y se- creta de Dios, en la cual sin ruido de palabras y sin adminiculo y ar- gumento (4), como en silencio y quietud de la noche, a oscuras de todo lo sentido, enseña Dios ocultísima y secretísimamente (5) al alma, sin ella saber cómo; lo cual se llama entender no entendiendo. Porque esto no lo hace el entendimiento activo, que llaman los filósofos, el cual obra en formas y fantasías de cosas; mas hácese en el entendimiento en cuanto posible y pasivo, que no recibe las tales formas y fantasías, sino pasivamente recibe inteligencia substancial, la cual le es dada sin ningún oficio suyo activo, ni obra.
10. Y por eso, llama aquí a esta contemplación noche serena; por- que así como la noche se llama serena porque está limpia de nublados y vapores en el aire, que ocupen la serenidad, así esta noche de contem- plación está para la vista del entendimiento rasa y ajena de todo nu- blado de formas y fantasías y noticias particulares (6) que pueden 1 Gr. omite al Padre.
2 Las anteriores frases de este párrafo faltan en Gr.
3 Gr.: oh, miserable guerra de los hijos de Adán.
4 Md.: y sin estruendo y argumento.
5 Bz.: altísima y secretísimamente.
6 Lch., 8.654, B)., Bz. y Md. omiten particulares.
APENDICES entrar por los sentidos, está limpia también de cualesquier vapores de afectos (1) y apetitos; y así es noche para el sentido y entendimiento natural, según enseña el Filósofo, diciendo: Que así como el ojo del murciélago se oscurece en la luz del sol, así nuestro entendimiento con la mayor luz natural.
Con llama que consume y no da pena.
11. La cual llama es el amor ya perfecto de Dios en el aliña. El cual tiene ya consumida y transformada al alma en sí (2); porque pará ser perfecto, estas dos propiedades ha de tener, conviene saber: que con- suma y transforme el alma en Dios, y que no dé pena la inflamación y transformación de esta llama en el alma, y así es ya amor suave, por cuanto hay conformidad y henchimiento de ambas partes, y, por tanto, no da pena de variedad en más o menos, como hacía antes cuan- do el alma no estaba capaz del perfecto amor; porque es ya como el carbón encendido que con gran conformidad está ya igualado y trans- formado (3) en el fuego, sin aquel humear y respendar (4) que hacaí an- tes y sin la oscuridad y accidentes propios que tenía antes que del todo entrase el fuego en él. Las cuales cosas tiene el alma en penalidad hasta que llegue a grado de amor perfecto en que la posee el amor llena y cumplida y suavemente, sin pena de humo de pasiones y acci- dentes naturales, pero transformada en llama suave que la consume y muda en movimientos y acciones de Dios, en la cual llama dice la Esposa que le ha de mostrar y dar todas las cosas que ha dicho en esta canción, porque todas las posee y estima y goza en perfecto y suave amor de Dios.
CANCION XXXIX Aminadab tampoco parecía.
3. Este Aminadab en la Escritura Divina significa el demonio ad- versario del alma que siempre la combatía y turbaba con su innume- rable munición de tentaciones, porque no se entrase en esta fortaleza y escondrijo de recogimiento en la unión del Amado; en el cual puesto está ya el alma tan favorecida y victoriosa y fuerte en virtudes, que el demonio no osa parecer (5) delante de ella. De donde por estar ella en el favor de tal abrazo, y el demonio tan ahuyentado, y porque también habiendo vencido al demonio perfectamente un alma, cual ha hecho la que llegó a este estado, no parece más delante de ella, y así dice muy bien, que Aminadab tampoco parecía.
Y el cerco sosegaba.
4. El cerco entiende aquí por las pasiones y apetitos del alma, que 1 Lch. omite y de afectos y Bz. omite además y apetitos.
2 8.654, Bz., Bj., Lch. y Md. suprimen lo que sigue hasta la frase: y asi es ya amor suave.
3 Md.: está ya muy semejante y transformado, i Md.: restallar.
5 Bz. y Lch.: parar.
452 APENDICES la cercan 9 combaten cuando no están vencidos en derredor (1), por lo cual las llama el cerco; el cual dice que también está ya sosegado, porque en este estado están de tal manera las pasiones compuestas y los apetitos mortificados que ninguna molestia (2) ni guerra hacen.
Y la caballería A vista de las aguas descendía (3).
5. Por las aguas entiende aquí los bienes espirituales que en este estado se dan al alma. Por la caballería entiende las potencias de la parte sensitiva, así interiores como exteriores, las cuales dice la Es- posa que en este estado descienden a vistas (4) de las aguas espiri- tuales, porque de tal manera está ya en este estado purificada y espiri- tualizada en alguna manera la parte sensitiva del alma, que ella con sus potencias sensitivas y fuerzas naturales se recogen a participar y gozar en su manera de las grandezas espirituales que Dios está comunicando al espíritu, según lo quiso entender David cuando dijo: Cor meum et caro mea exultaverunt in Deum vivum. Que quiere decir: Mi espíritu y mi carne en uno se gozaron y deleitaron en Dios vivo.
6. Y es de notar que no dice aquí la Esposa que la caballería descendía aquí a gustar las aguas, sino a vista de ellas, porque esta parte sensitiva con sus potencias no pueden esencial y propiamente gus- tar los bienes espirituales, porque no- tienen proporcionada capacidad (5) para eso, ni en esta vida ni en la otra; sino por cierta redundancia (6) de espíritu los reciben con recreación y deleite, por el cual son atraídas estas potencias al recogimiento en que está bebiendo el alma los bienes espirituales (7); lo cual es descender (8) más a la vista de ellos que al gusto esencial de ellos; y así gustan la redundancia que del alma se comunica en ellos. Dice que descendían, y no otro vocablo alguno, para dar a entender que estas potencias descienden y bajan de sus operaciones al recogimiento del alma; en el cual sea servido el Se- ñor Jesús (9), Esposo dulcísimo, de poner a todos los que invocan su nombre. Amén.
1 Bz. omite en derredor.
2 Md.: que casi ninguna molestia.
3 Bz.: Al cerco de las aguas descendía, i Lch.: viviendo a vista.
5 Bz.: proporción ni capacidad.
6 Lch.: redundación. Md.: por cierta redundancia del espíritu reciben recrea- ción y deleite. Igual leen Bj. y 8.654.
7 Bz.: viendo el alma y gozando los bienes espirituales.
8 Lch.: ios cuales descienden.
9 Lch.: el Santo Jesús.
APÉNDICE II SOBRE LA CONDICION APOCRIFA DEL SEGUNDO «CANTICO» (1).
I Como gs sabido, el Cántico Espiritual no se publicó en la primera ni en la segunda edición española de las obras del Santo (1618 y 1619). La causa, aunque no se expresa en las dos ediciones citadas, fué que se comenta en ella, más particularmente que en otros tratados suyos, el inspirado libro de los Cantares de Salomón, y los tiempos que corrían cuando se preparaba la edición de las obras de San Juan de la Cruz no eran los más propicios para la publicación de trabajos de esta índole.
A la lengua francesa se debe la primacía en la publicación por medio de las prensas de este hermoso libro del Doctor español. René Gaultier, consejero de Estado en Francia, persona muy influyente en la Corte y uno de los que más eficazmente trabajaron para llevar Car- melitas Descalzas a su nación, fué quien primero dió a la luz el Cán- tico en París, según se indicó en la Introducción. Se ha dicho, y nada más verosímil, que para su versión gálica se sirvió Gaultier de algún 1 Hacemos aqui un extracto, que quisiéramos resultase completo y fiel, de los trabajos del P. Chevailier respecto del tema que encabeza este escrito, y damos tam- bién nuestra desautorizada opinión sobre ellos. En realidad, lo que sentimos acerca de lo que aquí se trata, ya lo hemos dicho en la Introducción; sin embargo, en este es- tudio hemos de descender a pormenores que en aquélla omitimos para no repetirnos.
Sólo ante lo que creo una obligación me resigno a publicar este trabajo. Como obligación reputo la consideración que debo al laborioso autor a quien tengo el ho- nor de contestar. No decir nada de este asunto, podría achacarse a desprecio. En los años, ya no cortos, que llevo escribiendo, jamás he contendido con nadie. Por ca- rácter rehuyo las polémicas, de cuya inutilidad, por lo menos, siempre estuve con- vencido, salvo alguna rarísima excepción. Nunca he podido presumir que yo lograra convencer a un adversario doctrinal; ni jamás tampoco he podido convencerme a mi mismo, que si entablo polémica, me hagan callar asi como así. Pues si de mi — de tan corto ingenio — propendo a creer que no me impondrían silencio a la de tres, y que encontraría siempre razones más o menos especiosas para contestar, ¿cómo podré sospechar siquiera que voy yo a imponer a los demás mí punto de vista, cuando to- dos son seguramente más ágiles y agudos? Mi norma de conducta ha sido ésta: cuan- do respecto a doctrinas que yo he podido sustentar se me ha refutado, he procurado leer con detenimiento y friura la refutación. Si me convence, la acepto, y cuando se ofrece ocasión enmiendo el yerro. Si no me convence, o veo que el refutador anda por los cerros de Ubeda, callo. Prefiero pasar plaza de ignorante, a perder tiempo, y quizá caridad, polemizando inútilmente. Cuando los juicios erróneos rozan con la sandez o la pasión, tomamos un calmante espiritual, y asunto concluido. Tal con- ducta cuesta observarla, pero, a fin de cuentas, me parece para mí la más discreta y útil. De los demás, no juzgo. No olvidemos tampoco que hay ingenios que gozan lu- chando y que poseen una fuerza nefasta de destrucción, aunque sean incapaces de hacer en toda su vida un mal cambucho.
954 APENDICES ejemplar español que le proporcionó la venerable Ana de Jesús cuando en 1604 entró con sus compañeras de fundación en Francia.
En 1627 salía de las prensas romanas otra traducción en italiano del mismo libro, hecha por el P. Alejandro de San Francisco, defi- nidor general de los Carmelitas Descalzos de la Congregación de Ita- lia (1). La novedad mayor que la versión italiana traía sobre la fran- cesa, fué la de publicar una estrofa nueva, la XI, concebida en estos términos: «Descubre tu presencia Y máteme tu vista y hermosura Mira que la dolencia De amor no bien se cura Sino con la presencia y la figura».
Sin previo acuerdo, seguramente, se publicó este mismo año el Cánticp Espiritual en Bruselas (2). El Cántico en la edición de Bruselas contiene las treinta y nueve estrofas del de París, al cual se asemeja casi en todo. Hay poquísimas diferencias, y éstas secundarias, entre ambos manuscritos. Aunque no conste positivamente, es muy probable que la edición belga se regulase también por algún códice que llevo a ¡os Países Bajos la venerable Ana de Jesús y sus compañeras de fundaciones. Quizá el mismo que sirvió para la parisiense.
Por primera vez salía de tórculos españoles el Cántico Espiritual en la edición que hizo el año de 1630, en Madrid, Fray Jerónimo de San José, por encargo y recomendación de los Superiores generales de la Congregación española de Carmelitas Descalzos (3).
Con yerros, más o menos calificados, fuese reproduciendo la edición madrileña en todas las sucesivas, así nacionales como extranjeras, hasta que en 1703 hizo una en folio, de presentación magnífica, insu- perable entre las españolas, el P. Andrés de Jesús María. Da cuenta de ella en un trabajo que pone al principio y rotula: «Introducción y advertencia general a la lección de estos libros (1).
En los siglos XVIII y XIX el Cántico Espiritual fué reimprimién- dose conforme a este ejemplar hispalense. Y no es que durante este tiempo no se pusiese en tela de juicio la procedencia autógrafa san- juanisla del Códice de Jaén, pues ya dudó de su calidad de autó- grafo el P. Andrés de la Encarnación; pero dejamos advertido en otro lugar que sus estudios críticos acerca de los escritos del Santo no se tomaron en cuenta hasta la edición que hizo en Toledo el Ph Gerardo de San Juan de la Cruz. Es el primero que en caracteres de imprenta habla de haberse escrito dos veces el Cántico Espiritual, porque priva- damente ya lo había afirmado el citado P. Andrés de la Encarna- ción (5). Asi y todo, hasta el malogrado P. Gerardo no se había hecho 1 Véase la Introducción.
2 También se habló de ella en la Introducción.
3 Al principio de la Descalcez teresiana sólo hubo una congregación, pero lue- go que se fundaron algunos conventos en Italia y otras naciones, Clemente VIII divi- dió la Reforma en dos congregaciones, española e italiana, por sus Letras de 13 de noviembre de 1600.
4 Véase lo dicho en la Introducción.
5 De este extremo se hablará más adelante.
APENDICES 455 ningún estudio detenido y serio de las diferencias que habia entre la primera escritura del Cántico, bien representado por el Códice de San- lúcar de Barrameda, y la segunda redacción, de la cual se da como specimen o tipo el Códice de Jaén.
Estudia estas diferencias en su «Introducción al Cántico Espiritual», párrafo II, bajo el título «Los dos Cánticos». Como diferencias capi- tales de entrambos Códices, señala que el primero consta de treinta y nueve canciones, y el segundo de cuarenta; que el orden entre ellas es muy distinto; que en «la segunda escritura, cada estrofa va prece- dida, por lo general, de su anotación, lo cual falta en el de la primera, si se exceptúan las estancias 13 y 14»; y, por último, que se hallan «en el segundo Cántico [el de Jaén] muchos párrafos que se desean en el primero». Continúa observando muy discretamente, que estas di- ferencias dan fisonomía propia al Cántico de Jaén, y que ellas no pue- den provenir «de mera falta de cuidado y fidelidad por parte de los amanuenses». También rechaza la hipótesis que sostiene que el Cántico de Barrameda es el genuino del Santo, y el de Jaén «de un discípulo suyo que amplificara sus conceptos y diera distinta colocación a sus estrofas». El P. Gerardo defiende la procedencia sanjuanista del Có- dice de Jaén, por lo que hace, no a la autenticidad de letra— hoy no puede sostenerse semejante afirmación, ni él la sostiene tampoco —, sino de la doctrina, orden y disposición de las estrofas, tal como está expuesta en el Manuscrito jienense, apesar de sus innegables faltas y descuidos de transcripción. He aquí lo que escribe a este respecto: «En el borrador antes mencionado [el Códice de Sanlúcar) j ras- treamos ya algunas de las amplificaciones que hizo su mismo autor en el segundo Cántico. Hállanse en él varias notas de letra del Santo añadidas al texto, cuyos conceptos no se encuentran en los manus- critos de la primera escritura y sí en los de la segunda. Esto prueba que el Místico Doctor, después de escrito su libro y de sacarse tras- lados de él, meditó nuevos pensamientos sobre el asunto y los fue apuntando en aquel manuscrito para luego explanarlos en la se- gunda composición que proyectaba de aquel tratado. Nueva demostra- ción de la verdad que defendemos, es el siguiente pasaje, tomado del verso 4.2 de la canción 31, el cual dice así: «Mas cuáles y cómo sean estas tentaciones y trabajos y hasta dónde llegan al alma, para poder venir a esta fortaleza de amor en que Dios se una con el alma, en la declaración de las cuatro canciones que comienzan Oh llama de amor viva está dicho algo de ello...» Este párrafo nadie dudará que sea original del Santo; y como quiera que no se halle en ninguno de los manuscritos del primer Cántico y se encuentre en todos los del segundo, es una prueba más de que el Reformador del Carmelo escribió dos veces su famoso tratado. ¿Se desean nuevas pruebas de nuestro aserto? Pues ahí están varios manuscritos, casi to- dos del siglo XVI, que son otras tantas autoridades que lo de- muestran; ahí está sobre todo el Códice de las Carmelitas de faén, que si no es el autógrafo del Santo, como hasta aquí viene creyéndose, es al menos una copia mandada sacar por él para regalarla a la Ve- nerable Madre Ana de Jesús. Considérese por otra parte el estilo de los trozos añadidos en la segunda escritura, párese la atención en la «56 APENDICES profundidad de los conceptos que encierran, y se vera claramente que todo ello está marcado con el sello característico y personal de San Juan de la Cruz» (1).
Solucionada, a su juicio, la procedencia de la segunda redacción del Cántico, pasa a solventar la dificultad que el mismo Padre se propone acerca de por qué unas ediciones del célebre tratado del Santo tenían treinta y nueve estrofas y otras cuarenta, conformándose en lo demás a las primeras, y se responde: «¿Será porque el Santo lo escribió tres veces?».
«Me he detenido en demostrar esta verdad, no porque alguien la haya negado o puesto siquiera en duda en más de doscientos años que ha que corre impreso en varias naciones el Cántico segundo, sino para impedir que lo hagan ciertos críticos subjetivistas que juzgan a priori de los hechos, y que, si los viene en talante, los niegan o ponen en tela de juicio, aunque no hayan desenvuelto ni un triste- pergamino relativo a ellos.
«Puesto en claro lo que principalmente pretendíamos, réstanos reco- ger un cabo suelto, solucionar la dificultad que arriba se tocó. La cual consiste en saber por qué causa varias ediciones ponen 40 estrofas, siendo así que están ajustadas en lo demás a los manuscritos de la primitiva redacción de este Libro. ¿Será porque el Santo lo escribió tres veces? De ninguna manera. Ya alguien sospechó que esa canción o estrofa (introducida por vez primera en la edición de 1630) se debió tomar de los manuscritos de la segunda escritura (2). No anduvo desacertado quien tal hipótesis fingió; porque efectivamente así es la realidad. Prueba inequívoca de ello tenemos en que la explanación de dicha estrofa es en un todo idéntica a la que se halla en los manuscritos del Cántico escrito posteriormente, y en que no se ha encontrado en ninguno de los muchos códices que se han conocido y se conocen del Cántico primero.
»En cuanto al hecho de haberse introducido en el Cántico primero, tiene la explicación siguiente: Encargado el célebre autor de! Genio de la historia de editar los escritos de San Juan de la Cruz, advirtió que alguno o algunos manuscritos del Cántico traían una estrofa más que otros y que las ediciones que se habían publicado en Bruselas y Roma, y la transcribió con su explicación correspondiente para imprimirla con el texto primitivo de este Libro. El que después se haya publicado tanto en nuestra nación como en el extranjero, nada tiene de particular, pues todas las ediciones hechas antes de la pu- blicación del segundo Cántico (año 1703) han seguido fielmente la referida de Fray Jerónimo» (3).