2 En la "Nota" que puso en el Códice de Loeches el P. General, de la que ya hicimos mérito en la Introducción, dice a este propósito, hablando de la Canción XI. que falta en él: "Por lo que la canción que falta no es creíble fuese por su descuido [del amanuense], porque era mucho para quien reparaba en tan poco. Pudiérase pensar que el Santo no la escribió al principio, sino que la añadió después y la hizo incor- porar en otros traslados, si es que se encontrara en los del primer escrito; o que para la primera impresión se tomó de el que escribió segunda vez." Esta "Nota" es de 25 de noviembre de 1756.
APENDICES 457 Ya hemos dicho que hoy nadie sostiene la autografia sanjuanista del Códice de Jaén. Tal afirmación la refutó bien el P. Gerardo en su edición de las obras del Santo, y no hay para qué perder tiempo ni espacio en cosa, por desgracia, harto evidente. ¡Qué mas quisiéra- mos nosotros que registrarle como autógrafo! No existe la misma uni- formidad de pareceres en cuanto a que este Manuscrito sea copia de una segunda redacción del Cántico Espiritual, ampliada y modifi- cada, hecha por el mismo San Juan de la Cruz.
Contra esta persuasión rompió el fuego de avanzada el laborioso y docto benedictino Dom Ph. Chevallier en un extenso artículo publicado en el Bulletin Hispaniquc, de Octubre-Diciembre de 1922, del cual ar- ticulo tuvo la atención su autor de enviarnos un aparte, que de cora- zón agradecemos (1).
El artículo del Bulletin, como los que posteriormente ha publicado el monje de Solesmes en la Revista Vie spiriiuclle, de que luego dare- mos cuenta, está escrito después de minucioso examen de las materias que trata y las desenvuelve con pasmosa exactitud, confirmando una vez más aquel dicho elogioso, de universal aplicación a trabajos con- cienzudos y nada fáciles, cuando se dice de ellos que están hechos «con paciencia benedictina». Claridad, sobriedad crítica, lectura reposa- da, fidelidad de cotejos, precisión y exactitud de citas y comprobantes, reflexión y maduro examen, todas estas cualidades — en cuanto se opo- nen a la precipitación y ligereza— y muchas más, resplandecen en los trabajos de Dom Chevallier acerca de San Juan de la Cruz (2).
Comenzando por el inserto en el mencionado Bulletin Hispaniquc, que se publica bajo la dirección de la Facultad de Letras de la Uni- versidad de Burdeos, y que aquende y allende los Pirineos se ha gran- jeado grande crédito por sus meritísimos trabajos acerca de asuntos literarios españoles, bajo el epígrafe interrogatorio de Le Cantiquc spi- rituel de Saint Jean de la Cioix a-t-il cié interpolé?, empieza por describir la citada edición de Gaultier, de la cual se guarda un ejemplar en la Biblioteca Nacional de París, y que en otro tiempo perteneció a los Carmelitas Descalzos de la capital de Francia. En la primera plana de la segunda hoja, entre la estrofa X y XI, lleva este ejemplar una nota manuscrita, que, vuelta en nuestro romance, dice: «Aquí falta una estrofa entera, a juzgar por la traducción italiana y la edición española» (3). Con relación a dichas ediciones (1627 y 1630) la nota está en la verdad. La estrofa que falta, como ya se apuntó antes, 1 Bulletin Hispanique, Octobrc-Décembre 1922. En el aparte hace 36 páginas, que corresponden a la 307-342 de dicho Bulletin.
2 No queremos decir con esto que no haya en este trabajo equivocaciones y descuidos; los hay, como en toda obra humana. Nosotros los pasaremos por alto, cuando no sea necesario su señalamiento para la impugnación o propugnación que en este estudio intentamos. No nos gusta hacer caudal de estos deslices, que no tie- nen importancia, ni restan un ápice de mérito a los escritos, de no ser de intolerable abundancia, que acusase culpable negligencia en el autor. Harto sé por experiencia cuán fácil es incurrir en faltas de esta clase, a pesar del más exquisito cuidado que se ponga en evitarlas.
3 "Un couplet tout entier manque ici selon qu'on peut croire dans la traduction italienne et dans 1' Espagnol."
458 APENDICES gs la que empieza: Descubre tu presencia. El autor de dicha nota, más que hacer constar la falta de una estrofa en la edición de París, parece quiere significar que dicha edición está incompleta, dando, sin duda, mayor autoridad de exactitud a las ediciones romana y madrileña, publicadas bajo la garantía del respectivo P. General de cada Congregación, que fueron Fr. Juan del Espíritu Santo por la es- pañola, y Fr. Matías de San Francisco por la italiana.
La omisión es tanto menos disculpable, cuanto que no se limita a los cinco versos que componen la estrofa, sino al comentario que hace de cada uno de ellos. El original que sirvió al traductor francés para la versión debía ser manuscrito, puesto que por los años de 1620 a 1621 no se conocía aún ninguna impresión del Cántico. Así lo reco- noce el propio traductor en la dedicatoria de su trabajo al P. Ar- cángel, guardián del Convento de Padres Capuchinos de S. Honorato, no lejos de París. Parece, pues, muy problemática la integridad del Cántico en la edición francesa de Gaultier.
El Cántico Espiritual, en cuanto a los comentarios que el Santo le puso, fué compuesto en Granada por el año de 1584, a petición de la M. Ana de Jesús, priora de las Descalzas Carmelitas de esta ciudad. Aunque esta afirmación no ofrece duda seria, el P. Chevallier cita por extenso la autoridad del P. Jerónimo de San José, tomada de la His- toria que escribió del Santo (1). De las palabras del P. Jerónimo saca por consecuencia, que la M. Ana recibió del Doctor místico en 158'4 el poema auténtico del Cántico con su comentario. La Madre Ana vi- vió en Granada con San Juan de la Cruz hasta pasado julio de 1586, que fué acompañada del Santo mismo a Madrid, y ya no cesaron las relaciones entre los dos hasta la muerte del Santo, acaecida en 1591. Suponiendo que el Santo en los últimos siete años de su vida (1584-1591) hubiera escrito de nuevo este libro, o simplemente le hu- biera modificado, tratándose de un escrito hecho a instancias de la Madre y para la Madre, no se comprende que el Santo no le hubiera enviado en seguida el nuevo trabajo a Ana de Jesús, ni que ésta habría dejado de guardarle con mayor estima aún que el primero, puesto que se trataba de una obra mejorada por el mismo autor.
En 20 de agosto de 1604, la M. Ana de Jesús, con otras Carmelitas descalzas, acompañadas del señor de Brétigny y de monseñor de Be- rullc, salió para Francia, y fundó conventos de la Reforma en París, Pontoise y Dijón. Tres años más tarde, llamada por la piadosa in- fanta Isabel, gobernadora de los Países Bajos, levantó monasterios en Bruselas, Lovaina y Mons. La M. Ana murió en la capital de Bél- gica el 4 de marzo de 1621.
Seis años después de su muerte salía de la imprenta de Godo- fredo Schoevarts, en Bruselas, una edición española del Cántico. Ni que dudar tiene que el Códice que llevó la Madre a Bruselas, o una copia de él, sirvió para la edición dicha de 1627. Ahora bien, ia edi- ción parisina de Gaultier es igual, salvo alguna que otra diferencia de ninguna importancia, a la edición de Bruselas. Es por lo tanto manifiesto que el texto impreso por el Consejero real, quien sin duda 1 Se publicó en Madrid, ano de 1641.
APENDICES lo recibió de las propias manos de Ana de jesús, tiene e! valor de un manuscrito traído de España a Francia por la más amada de las hijas de Santa Teresa. No es menos evidente, por consecuencia, aue el verdadero Cántico Espiritual, el que nos han dado a leer el Códice de la M. Ana, la traducción de Gaultier, el texto impreso cu Bruselas y otras publicaciones, no conoció la estrofa que falta en la edición del Cántico de Paris.
El problema, con esto, cambia de aspecto, u lejos de deplorar la falta de dicha estrofa, procede más bien inquirir si el auior de la nota marginal ya dicha, puesta en el ejemplar de la Biblioteca NacionaJ de París, habría hecho mejor dar asenso a la edición francesa que prestar tanta fe a la española e italiana. O en otros términos: ¿la introducción de la undécima estrofa, en ediciones aprobadas por los Generales de la Congregación de Italia y España, se ha hecho con razones de peso, dignas de plena confianza para la verdadera cri- tica textual?
Parece que había derecho a esperar— continúa diciendo Dom Ph. Chevallier — de la edición del P. Gerardo de San Juan de la Cruz la solución de esta cuestión interesante, o, por lo menos, verla seriamen- te tratada. Pero el P. Gerardo, que no tuvo conocimiento de la edi- ción de Paris, que nos habla de una edición latina mas que proble- mática hecha en 1622 (1), que tampoco vio la edición italiana, no podia hablar de la versión de Gaultier; y, lo que es más grave, la ignorancia de la edición italiana le impidió formular juicio discreto y equitativo sobre la de Madrid de 1630. Hasta se podría preguntar si el P. Ge- rardo se tomó la molestia de estudiar las primeras páginas de esta edición española al leer en la suya estas palabras: «La edición de A\adrid, año de 1650. hízose bajo la dirección de un sujeto harto conocido en la república de las letras: el carmelita Fray Jerónimo de San José» (2).
El P. Chevallier es de opinión que Fray Jerónimo no tuvo arte ni parte en la edición de 1630. Su intervención, según él, se limito a escribir por indicación de los superiores de la Descalcez, como his- toriador que era de ella, la «Introducción» y «Dibujo-, que vienen al frente. El responsable de la edición dicha en cuanto al texto sanjuanista es, o del procurador general fray Jerónimo de la Encarnación, o del P. General. Cita luego Dom Chevallier las palabras en que el P. Ge- rardo afirma que en la edición de 1630 no se ajustó el texto a los originales, a pesar de lo que dice en contrario el P. Jerónimo, para reproducir en seguida unas lineas más de la edición de Toledo re- ferentes al Cántico, que es lo que el benedictino francés estudia en este trabajo, las cuales dicen a la letra: «Afírmase también que el Cántico Espiiiiual, impreso por primera vez en España, salió ajustado como los anteriores a su autógrafo. Tampoco en esto estamos conformes con el célebre Carmelita aragonés. Los manuscritos que conocemos de dicho Tratado, que son no pocos, y los que conoció Fray Andrés, que fueron más, difieren de su edición: los de la primera escritura po- 1 Ciertamente, no existe edición latina de este año.
460 APENDICES nen, es cierto, las canciones por el mismo orden que él las repro- dujo, mas sólo tienen treinta y nueve como tenía la edición que se pu- blicó en Bruselas, y la suya incluye cuarenta. Los de la segunda es- critura difieren en todo» (1).
El P. Chevallier no está conforme con todo lo que en estas lineas dice el P. Gerardo. Para mayor claridad y brevedad en las citas, y entender más fácilmente lo que se sigue, con la letra ñ señala el Pa- dre Benedictino la primera redacción del Cántico (representada por el Códice de Sanlúcar de Barrameda), que el segundo tomo de la edición de Toledo publica de la página 493 a la 613; y por B representa a la segunda de estas redacciones (contenida en el Códice de Jaén), y se halla impresa en dicho segundo tomo, páginas 159 a 369. La edición de 1650 no reproduce ninguno de los manuscritos de K, porque lodos tienen 39 estrofas; ni tampoco los de B, porque éstos las traen en orden muy distinto al en que se leen en la edición madrileña. Pero el P. Gerardo— escribe el P. Chevallier — no debía haber comprome- tido el nombre del distinguido historiador del Carmen al decir de éste que no está en lo cierto cuando afirma haber ajustado el texto de la edición a los originaTes del Santo; y la razón es obvia, ya que el P. Jerónimo no tomó parte en dicha edición, según antes afirmó el P. Chevallier. Con todo, el P. Jerónimo, al sentar afirmación tan cate- górica, lo hizo de buena fe, admitiendo a ojos cerrados como enteramente legal un texto que, directa o indirectamente, procedía de los Superiores de la Descalcez. Intenta con esto el P. Chevallier exculpar por completo al P. Jerónimo de este desaguisado del Cántico, tal como a juicio del crítico francés salió en la edición de 1630.
Mil veces más delicada — prosigue el P. Chevallier — es la explica- ción del hecho extraño de no haberse impreso en la edición de 1630 las estrofas por el orden que vienen en el grupo B, siendo tan nume- rosos los manuscritos que a él pertenecen como los de A (de los que hoy conocemos se dividen exactamente en dos partes iguales: ocho para cada grupo) (2). ¿De dónde procede la undécima estrofa? ¿El religioso que preparó la edición de Madrid quiso realizar en ella una aproximación de ambos grupos, tomando algo de cada uno de ellos? O, más bien, ¿imprimió una tercera redacción del Cántico, de la cual no ha llegado ningún ejemplar hasta nosotros, pero que a la sazón existía y se juzgaba como el texto definitivo del Santo?
Contesta el P. Gerardo a esta cuestión: «Réstanos recoger un cabo suelto, solucionar la dificultad que arriba se tocó. La cual consiste en saber por qué causa varias ediciones ponen 40 estrofas, siendo asi que están ajustadas en lo demás a los manuscritos de la primitiva redacción de este libro. ¿Será porque el Santo lo escribió tres veces? De ninguna manera» (3).
Según las precedentes lineas, la estrofa adicional (la XI) se pu- 1 Ib., p. LXI.
2 Se conocen nueve de ambos grupos, como ha podido ver el lector en este tomo.
3 Aquí reproduce el P. Chevallier parte del texto del P. Gerardo, que publica- mos en la página 456.
APENDICES blicó por vez primera en la edición de 1630, y se imprimió tal cual se hallaba en los manuscritos B, aunque el orden de las restantes se reprodujo en conformidad con el grupo A. Ya se ha visto que la undécima estrofa salió a la luz en la edición romana del Cántico, año de 1627; ni tampoco debe tomar el P. Gerardo indistintamente las ediciones de Roma y Bruselas, puesto que proceden de medios dife- rentes. La de Bruselas, verbigracia, no tiene más que 39 canciones. La iniciativa de haberla ingerido en el Cántico de 39 estrofas, es del que procuró la citada edición romana de 1627, que señalaremos por la letra R.
Tampoco está acertado el P. Gerardo al afirmar que la expla- nación de dicha estrofa en la edición madrileña es «en un todo idén- tica a la que se halla en los manuscritos del Cántico segundo (B), ni que fuese transcrita para ser impresa «con el texto primitivo de este libro» (A). La estrofa Descubre w presencia, que comprende cin- co versos y siete a ocho páginas "de exégesis, tiene una variante de consideración en el cuarto verso, y como unas cincuenta y tres en el comentario de la estrofa con relación a B. El P. Chevallier aduce al- gunos ejemplos de las variantes observadas entre ambos códices.
Por una mala inteligencia de las palabras «Primero las pondré la sentencia de su latín y luego las declararé al propósito de lo que se trajeren» (1) hace algunas aplicaciones peregrinas el P. Chevallier, que no tienen fundamento ninguno, como la de achacar de inconsecuente a B porque de doscientas cincuenta y siete veces que cita a la Sagrada Escritura, sólo cuarenta y ocho da el texto latino. Como el Santo no hizo ia supuesta promesa que dicho Padre le atribuye de poner pri- mero las autoridades bíblicas en latín y luego romancearlas, huelga todo lo que a este propósito dice. A\ás adelante le veremos rectificarse con la nobleza que cumple a un crítico sincero. Tales aplicaciones prue- ban, sin embargo, de lo que es capaz el sutil discurso del P. Chevailier.
El P. Chevallier pasa a demostrar, contra lo dicho por el editor de Toledo, que la edición romana (R), que no publicó la estrofa XI con B, no nos dió tampoco ¡o restante del Cántico como A. De donde concluye, con razón, que la edición romana no es copia pura y simple de la primera redacción del Cántico (A), ni de la segunda (B), sino que es original en parte. ¿Podráse precisar— se pregunta Chevallier— hasta qué extremo es original R? Sabido es que A y B se diferencian en cuatro cosas notables: 1.a En que A cuenta 39 estrofas y B 40. 2.a A presenta dichas estrofas en orden dis- tinto a B. 3.a A nos da un comento más sobrio; B se alarga en ex- tensas explicaciones. 4.a Hay períodos y frases en A de fas cuales ni huella siquiera se advierte en B, ni faltan otras en B introducidas por delicadeza de buen gusto literario. ¿A qué grupo se aproxima más la edición romana? Ella tiene 10 estrofas como B, pero éstas las ordena y las comenta con la misma sobriedad que A; sin embargo, respecto de A tiene la edición romana las mismas omisiones y varian- tes que B. El P. Chevallier aduce varios ejemplos. Por lo cual, viene 1 Así lee estas frases el de Barrameda y algunos otros. Véase la nota primera de la pág. 6. Los del tipo B están conformes con el de Barrameda.
462 APENDICES a sacar en conclusión, que la edición romana (R) fué la que inspiró o sirvió de modelo al grupo B, y no viceversa; porque el arreglador de dicha edición, de haber conocido la autenticidad del grupo B, es de- cir, el Códice de Jaén, le habría adoptado sin controversia; pues tenido como último y definitivo arreglo de este tratado por el mismo Santo, no cabe en cabeza humana dejar de seguir en todo un texto tan autorizado.
Si el citado editor de Roma dudó de la autenticidad de! Códice de Jaén, o de algún similar suyo, tampoco se comprende que dejando lecturas fijas y ciertas, tomase otras muchas sin importancia de ma- nuscritos de dudosa fidelidad. Ciertamente, de haberse conocido en 1624 (lecha en que ya estaría trabajando e! P. Alejandro de San Fran- cisco la versión italiana del Cántico), el grupo B como trabajo definitivo del Santo, a ojos ciegas se habría adoptado para la edición romana. No sucedió así, lo cual indica que tal grupo B, sin exceptuar su mejor tipo, el Códice de Jaén, no se conocía por entonces.
Este desconocimiento lo vemos afirmado por dos carmelitas emi- nentes de España: el P. Salvador de la Cruz en la nota que puso» (1670) en el Códice jienense, y el P. Andrés de Jesús María en el prefacio a la edición del Cántico según este mismo Códice, que en 1703 dió a la luz en Sevilla. Si pues al publicarse la edición ro- mana no se conocía el grupo B, el origen de las omisiones y variantes comunes a la primera y segunda (R y B), sin exceptuar la estrofa XI, es evidente: dichas omisiones y variantes pasaron de la romana al grupo B, es decir, todo lo contrario de lo que opina el P. Ge- rardo (1).
Sospecha, además, el P. Chevallier, que al copiar el grupo B la estrofa XI y las variantes y omisiones de la edición romana, lo hizo por respeto a la aprobación que ésta tenía del maestro del Sacro Palacio, Nicolás Rodulfi, y que la composición de los códices com- prendidos en la letra 3, debió de ser hacia el año 1626, es decir, treinta y cinco después de la muerte de San Juan de la Cruz.
A nadie — continúa el P. Chevallier —, debe sorprender el carácter apócrifo de la redacción B. Basta una lectura atenta de ella para con- vencerse de que la segunda redacción del Cántico Espiritual tiene tal número de descuidos, ligeros y graves, que es imposible atribuírselos a un autor que revisa su propia obra. Como de costumbre, el diligente critico trae numerosos comprobantes de este aserto. El poco afortunado cambio de lugar de dieciocho estrofas entre cuarenta, viene en abono de lo mismo, y lo prueba, a su modo, con diversos ejemplos, que muy pensadamente razona. Todo esto le lleva a la siguiente conclusión; el carácter apócrifo de la segunda redacción del Cántico (B), parece demostrado: a) por el hecho de no haber conocido la M. Ana más que la primera redacción (A); b) por las adiciones, omisiones y varian- tes de B, que proceden de la edición romana (R) hacia el 1626; c) por todo el conjunto de lecturas mal hechas, falsas referencias, inconsecuen- cias, descuidos, torpezas y contradicciones, muy sucintamente indicadas.
1 Más tarde veremos al P. Chevallier cambiar de opinión y conformarse con la del P. Gerardo, la única razonable que cabe en esta cuestión.
APENDICES 465 Otra consecuencia que saca el P. Chevallier, en cierto modo in- cluida en la anterior, es que si la redacción B es apócrifa y posterior a R, el primero que editó la estrofa Descubre tu presencia, el editor de la impresión romana, no intentó ningún compromiso o aproximación entre A y B; sino que utilizó la redacción A con independencia, sin haber conocido el grupo B. La edición romana nos da el texto de la primera edición del Cántico (A), acrecido en una estrofa retocada frecuentemente, la redacción auténtica de San Juan de la Cruz con interpolaciones; un texto, en suma, de peor calidad que el de la traducción francesa de René Gaultier y que el de la edición española de Bruselas (1627). Por lo mismo, el autor de la nota antes citada, de la edición de Paris, confió demasiado en la traducción italiana (1627), y en la madrileña (1630), que dista más aún que aquélla de la primera redacción del Cántico (A), en cuanto que adopta y agrava las interpolaciones de ella. Numerosas frases sacadas de A, B y R ratifican este último juicio del P. Chevallier.
Concluyamos afirmando— viene a decir Chevallier— que si la traduc- ción italiana da interpolado el texto A, y la de A\adrid hace lo mis- mo con la italiana, la redacción A está doblemente interpolada en R, y ni una ni otra merecen confianza alguna; sólo la impresa en París (1622) concuerda con A y la editio princeps de Bruselas. La falta en ella de la estrofa XI, lejos de ser para la parisiense un reproche, es una prenda de fidelidad, y las ediciones de Roma (1627), Madrid ( 1630) y Sevilla (1703), difundidas luego por todas partes, dan un texto cada vez más interpolado. Por esto es de lamentar que la edición crítica de Toledo haya sacado en puesto preferente la redacción B, relegando a los Apéndices la primera redacción del Cántico, cuando el puesto de honor debe ocuparlo ésta exclusivamente.
La segunda redacción, compuesta lo más pronto en 1626, ha to- mado, como ya sabemos, de la romana la estrofa XI con su comentario, ha desenvuelto en su texto de cuarenta canciones temas propuestos por el Santo al Códice de Sanlúcar, a más de muchos párrafos (tal vez en mayor número que los anteriores), que reproducen ideas y a veces fór- mulas del comentario a los tres principales tratados del Santo, por don Antolinez, de la Orden de San Agustín, que murió en 19 de junio de 1626, conservados en la sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional, con los números 2.037, 6.895, 7.072 y 13.505, de los cuales sólo los dos primeros cita el P. Gerardo tímidamente en nota, siendo así que los dos últimos son los de mayor interés. A la influencia de estos manuscritos sobre los códices que contienen la segunda redacción del Cántico da el P. Chevallier excepcional importancia y le autorizan a concluir, una vez más, que B es posterior al 1626.
Termina el artículo, indicando, sin probarlo de momento, que la Subida del Monte Carmelo y Noche Oseara, tal como se leen en la edición de Toledo, sugieren dificultades hasta el presente insolubles. Que yo sepa, no ha escrito nada referente a esto el P. Chevallier des- pués de este interesante artículo del Balletin Hispanique.
Extractado in extenso y con toda la fidelidad posible el artícu- lo del P. Chevallier sobre el Cántico Espiritual, y visto el examen 464 APENDICES minuciosísimo que hace de los múltiples extremos que toca para venir a la doble conclusión de que el verdadero Cántico Espiritual es el publicado en francés (1622) por René Gualtier, y en Bruselas en 1627, y que el mismo tratado según el Códice de Jaén es apó- crifo, sin que haya manera racional de prohijárselo al gran Doctor Místico, podríamos sintetizar aquí nuestro juicio de conjunto diciendo; que admirando el trabajo pacienzudo del autor de este estudio críti- co y admitiendo muchísimas de las cosas secundarias que en él se afir- man o niegan, en cuanto a la tesis principal nos vemos obligados a recordar la frase: e pur si muove! Queremos decir, que a pesar del trabajo detallado del laborioso benedictino, las cosas, a nuestro juicio, continúan como estaban antes.
A lo que se nos alcanza, todos los que han intervenido en la acla- ración de este tema tienen su tanto de razón y de sinrazón. Los más se resienten de falta de preparación para tratarlo. El asunto, sencillísi- mo en sí, embrollado al presente con tantas disquisiciones, tiene no po- cas dificultades y obliga a muchos estudios para darles solución sa- tisfactoria.
Los que más detenidamente han estudiado la legitimidad del Cán- tico, sus modificaciones y su doble discutida redacción, han sido el P. Gerardo y el P. Chevallier; aquél con más comprensión de con- junto, éste con más minuciosidad y cicatería critica. Con acostarnos del lado del P. Chevallier en un sinnúmero de pormenores y mantener discordancia en muchos con el P. Gerardo, sustentamos, sin embargo, la conclusión final de éste, que es también la tradicional en la Orden; y no por esto precisamente, sino porque creemos que es la única ajus- tada a la verdad y realidad de los hechos. El P. Chevallier parece empeñado en defender a outrance la única redacción del Cántico, y la condición apócrifa, por consiguiente, de la dicha segunda redac- ción, representada por el Códice de Jaén. Para ello ha gastado mu- chas horas de trabajo, ha derrochado mucho ingenio y apelado a los medios más sutiles y revesados, que evidencian la agilidad y agudeza de análisis de sus facultades, y prueban, una vez más, de cuánto es posible una buena inteligencia al servicio grato de una idea que se estima laudable.
Estamos conformes con el P. Chevallier en que se editó el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, traducido al francés por Gaultier, el año de 1622, y que esta edición la ignoró el P. Gerardo; que en Roma se publicó el mismo libro en 1527, traducido al idioma del Dan- te con una estrofa (la XI de Jaén) y comentarios nuevos; que el mismo año salió a la luz en Bruselas el propio tratado en la lengua en que fué escrito, con las mismas treinta y nueve estrofas del de París; que no es cierto, por consiguiente, lo que dice el P. Gerardo de haber sido la edición de las obras del Santo, publicada en 1630 en Madrid, la primera en dar a las prensas la asendereada estrofa undécima. El P. Gerardo no habría tenido el menor reparo en confesarlo. Sus afirma- ciones se fundan en el desconocimiento de la existencia de la edición romana y parisina. Todo esto es de escasa o ninguna importancia para la cuestión.
Pero, ¿de dónde saca el P. Chevallier que la edición de Bruselas APENDICES H65 y la parisina se hicieron por el manuscrito (autógrafo o no), que el Santo entregó en Granada a la M. Ana de Jesús, la misma que muchos años más tarde había de introducir en Francia y Bélgica a las Car- melitas Descalzas? ¿Dónde se halla la prueba neta y clara que au- torice tal juicio? Porque el escritor coetáneo de estos hechos más indicado para escribir acerca de ellos, por ocuparse entonces en la historia de la Descalcez Carmelitana, y de una manera particular en Ja biografía y escritos del Santo, nos dice a este propósito: «Y escri- bióle a petición de la Venerable Madre Ana de Jesús, Priora del convento de nuestras Religiosas Descalzas de la misma ciudad, la cual deseosa de entender los maravillosos secretos que encerraba aquel divino Cántico, que muy de ordinario traían las Religiosas en la boca, hallando una celestial suavidad y eficacia en sus palabras, le rogó muchas veces tomase la pluma para declararlo, y así lo hizo el Santo dirigiendo esa declaración y libro a la misma Venerable Ana de Je- sús, como consta de testigos fidedignos y de algunos manuscritos an- tiguos, según los cuales se hizo la primera impresión de este libro suelto, sin los demás, en Bruselas, año de mil seiscientos y veinte y siete. Habla con ella en el prólogo, el cual es un excelente testimonio de lo que este gran Santo estimaba el espíritu de la Venerable Ana.