SigPhi · Juan de la Cruz

Cantico Espiritual (completo)

Page 43 of 48

La conclusión dd P. Chevallier no tendría contestación posible si de la redacción B no hubieran existido entonces más ejemplares que el Códice de Jaén, del cual hemos dicho no se tenía noticia entonces. Pero es el caso que de dicha redacción B han llegado a nosotros hasta nueve manuscritos, algunos de ellos antiquísimos, por no decir todos, y en el primer tercio del siglo XVII había bastantes más, romo puede verse en los estudios sanjuanistas del P. Andrés de la Encarnación. De alguno de ellos pudo tomar, y tomó ciertamente, el autor de la recensión R — mejor dicho, el P. Jerónimo—, la estrofa undécima.

En cuanto a las variantes comunes a R y B, no sólo las pudo tomar de varios códices de la segunda escritura del Cántico (redac- ción B), sino de gran parte de los manuscritos de la primera redac- ción, y de ella se copiaron indudablemente, como lo persuade el más ligero cotejo. No hay necesidad de apelar, para las variantes de la edición de 1650, al respeto tenido al Maestro del Sacro Palacio (!), que aprobó en 1626 la edición romana. El Maestro del Sacro Palacio no aprobó semejantes variantes; se limitó a lo que comprende dicha censura, sin invadir campos que no eran de su incumbencia, ni le interesaban un ardite.

Nuestra conclusión es: que la edición romana se limitó a tomar de un manuscrito de la redacción B la estrofa XI, y que las varian- tes comunes a R. y B, lo fueron también, no sólo a varios manus- critos de la segunda redacción del Cántico, sino también de la primera. Y concretándola más, repitiendo lo dicho anteriormente, la edición ro- mana se hizo por el manuscrito de la primera redacción del Cántico que envió allí el P. Jerónimo de San José, al que añadió la estrofa XI, manuscrito igual al que él destinaba para la edición de 1630.

La explicación, como se ve, no puede ser más sencilla ni más natural y conforme a los hechos, ¿A qué suponer al pobre autor 474 APENDICES de la recensión R entretenido en la caza ridicula de variantes, las cuales en su mayoría, como atestigua el mismo Chevallier, no tiene importancia alguna? ¿Qué fin pudo tener en ello el buen P. Ale- jandro de San Francisco? Además, si no había coto de caza (para el P. Chevallier es el manuscrito de Jaén, y de éste dice que no se conocía cuando se hizo la edición italiana); ¿dónde se cobraron las famosas piezas, o dígase variantes? Y por lo que hace a la estrofa XI, ¿para qué suposiciones forzadas, de que pudo inspirarse en la frase de la «Declaración» de la canción VI que dice: «Como ve el alma no hay cosa que la pueda curar su dolencia sino la vista y la presencia de su Amado», cuando tan a mano la tenía hecha en una porción de apreciables manuscritos? Pero en esto no insis- timos más, porque el mismo P. Chevallier en trabajos posteriores que en seguida estudiaremos, reconoce que dicha estrofa fué tomada del grupo B.

Otra conclusión saca Dom Ph. Chevallier en este artículo. Si la edición romana do 1627 tiene interpolaciones respecto de A (Có- dice de Sanlúcar) la edición de Madrid de 1630 (R') da a su vez la italiana dos veces interpolada, y por consiguiente ni la una ni la otra debieran haber merecido la confianza del autor de la nota a la edición del Cántico de 1621, en el ejemplar que se guarda en la Biblio- teca Nacional de París, siendo así que dicha traducción es la sola que se acopla a numerosos manuscritos de la redacción A y a la edición príncipe que salió en 1627 en Bruselas.

De éstas y de algunas otras consecuencias más, vuelve a tratar en los trabajos que publicó el P. Chevallier, algunos años después, en la Vie Spirituelle, y, para evitar repeticiones, al estudiarlos daremos nuestra opinión sobre ellas.

II Cuatro años más tarde, después de publicado el artículo en el Bulleiin Hispanique, el mismo P. Chevallier, con el título general de E tudes et documents: Le Cantique Aspiritaal interpolé, ya sin interro- gante, rectifica algunas afirmaciones hechas anteriormente «y amplia mucho su trabajo en varios Suplementos» de la acreditada revista fran- cesa Vie Spirituelle. El primero de estos suplementos salió a la luz en el número de Julio-Agosto, de 1926. Resumiremos su contenido. Recuerda que en 1912, el P. Gerardo dividió los diecisiete Códices que hasta él se conservaban y conocían del Cántico Espiritual en dos grupos. Los Manuscritos de Barrameda, Valladolid, Loeches, Bujalan- ce. Granada, 8.654, 8.795 y 17.558 de la Nacional de Madrid (todos los cuales, como es sabido, contienen la poesía del Cántico en 39 es- trofas), fueron clasificados por dicho P. Gerardo en «Manuscritos del primer Cántico». Los nueve restantes (Jaén, Burgos, Alba, Segovia, Avila y los Ms. 6.624, 8.492, 12.411 y 18.160 de la Nacional), en que el predicho poema contiene 40 estrofas son denominados «Manuscritos del segundo Cántico». Se advierte, además, en la edición de Toledo, que las que en España publicaron los cuatro tratados principales del Santo desde 1630 a 1700, ofrecen un poema que con tener 40 estrofas APENDICES 475 mantiene el orden de éstas como en las treinta y nueve de la pri- mera redacción.

En 1912 el problema del Cántico estaba planteado asi: Cierta- mente hay tres estados del poema del Cántico Espiritual; ¿pero se ha de concluir de aquí que el Santo escribió dos, tres veces, este tra- tado? Ya se dijo que el P. Gerardo cree que lo escribió dos veces; el P. Florencio en los artículos que publicó en el Mensajero de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, admite hasta tres redacciones; Baruzi está por una sola, como Chevallicr, y A\artinez Burgos concede dos, como la edición de Toledo.

Hace el P. Chevallier, antes de entrar en materia, dos rectificacio- nes (p. 112) a lo dicho en el artículo arriba extractado del Bulletin. En la una confiesa que no entendió bien aquellas palabras del Santo al final del prólogo del Cántico: «Primero las pondré las sentencias de su latín, y luego las declararé al propósito de lo que se trajeren». Había creído el Padre, que el Santo en estas palabras prometia escri- bir la sentencia bíblica en lengua latina, y luego su versión en la vul- gar, cosa nada extraña en un extranjero (1). En la otra, dice que había afirmado con demasiada ligereza que las omisiones y variantes que distinguen de la redacción A el texto impreso en Roma f 1627) y luego en Madrid (1630) se hallaban de un cabo a otro de la redacción B. Ahora, con mejor juicio, las restringe a las dos primeras estrofas, exceptuando, por el consiguiente, el prólogo y las demás que com- ponen el poema.

En materia ya del nuevo trabajo, dice el "P. Chevallier que si en 1912 la unidad o pluralidad del Cántico giraba en derre"dor de dos o tres documentos, posteriores estudios (los del P. Chevallier, por su- puesto) obligan a presentar este libro por lo menos en seis estados diferentes y someter a juicio riguroso la legitimidad de sus títulos; y esto por amor al gran Doctor, del que los Padres Benedictinos han dado reiteradas pruebas, que el P. Chevallier cita. Los escritos de San Juan de la Cruz, dice muy acertadamente (2), forman parte inte- grante del patrimonio de la Iglesia y del tesoro de los religiosos.

Luego explica lo que entiende por falsario, palabra que ni una sola vez empleó en el citado extenso articulo del Bulletin Hispaniquc. Lo propio de un falsario es fabricar una obra que, apenas nacida, reciba la paternidad de un hombre ilustre o muy antiguo (3). Numerosos ejemplos abonan la dicha definición del falsario. Bastaría recordar la historia de las falsas Decretales, por ejemplo. El P. Chevallier ha hablado de adiciones, rciocfues, omisiones, superposiciones. Al autor 1 Oportunamente recuerda el P. Chevallier (pág. 113, nota), que en el primer índice de Quiroga, publicado en 1583, se lee: "Prohíbense las Biblias en lengua vulgar con todas sus partes, pero no las cláusulas, sentencias o capítulos que de ella andu- vieren insertos en los libros de Cathóücos que los explican o alegan.'* 2 P. 114.

3 Atenidos a esta definición, no debe molestarse el P. Chevallier si alguno, fun- dado en cuanto él dice de la segunda redacción del Cántico, llaman falsarios a los que copiaron los manuscritos que contienen dicha segunda redacción, porque salvo dos, los demás todos hacen autor de ella en términos expresos a San Juan de la Cruz. Y así ocurrió que, apenas nacida, recibió la honrosa paternidad del Doctor de la Iglesia.

APENDICES de estas enmiendas le ha llamado redactor, compilador, interpolador. y a su obra, apócrifa; pero nunca ha hablado de un falsario, sencilla- mente porque una obra llamada apócrifa, no es necesario sea labor de un falsario; basta solamente que sea hecha por mano extraña. Un escrito merece tal calificativo por el solo hecho de no ser reprodu- cido tal cual el propio autor lo escribió (p. 117).

Precisado así el concepto de las palabras falsario y apócrifo, ob- serva el P. Chevallier — y ya lo hemos dicho muchas veces en ésta y otras obras— que la propiedad literaria en estos tiempos se mira con más respeto que antes. Ella es tan intangible como la material de tierras o fincas urbanas, ponemos por ejemplo. No así en los siglos XVII y XVIII, ni menos en los anteriores. Lejos de reputarse defecto o falta grave las modificaciones de los escritos, se tenían en muchos casos, por el modificador y el público que los leía, como una gracia o mejora que se hacía al autor enmendado. De esta buena in- tención de los que pusieron mano en los escritos del Santo nadie debe dudar. El P. Chevallier trae a colación interpolaciones hechas en el siglo XVII en las obras de San Francisco de Sales nada menos que por Santa Juana Francisca de Chantal, en la edición principe de los Pensamientos de Pascal (1670), en la primera edición de las Obras predicables de Bossuet (1772), y en el TVYs. 13.505 de la Nacional, que, como se recordará, comprende algunos de los comentarios del ar- zobispo Antolínez a los poemas de San Juan de la Cruz, caso curioso de cambios y modificaciones o arreglos. Los ejemplos podrían multiplicarse, porque abundan. Esto debe eliminar toda extrañeza con lo ocu- rrido en los códices y ediciones sanjuanistas. Adiciones, modificaciones, cambios de lugar, superposiciones, fueron en otro tiempo inocentes, y hasta suponían un señalado servicio hecho a un escritor. Autres temps, antres moeurs.

Bien hace el P. Chevallier en precisar con claridad y exactitud lo que entiende por las palabras falsario y apócrifo, para que el lector sepa el alcance que ha de darlas cuando las lea en estos estudios, y no vayan más allá en el juicio de lo que intenta su autor. Ni esta demás tampoco recordar que en el siglo XVI y XVII los arreglos he- chos en los escritos de un autor, por celebrado que fuese, no sólo no se miraban mal, generalmente hablando, por el público culto, sino que se estimaba como servicio meritorio que el autor debía agradecer y el publico aplaudir. No todos los lectores tienen obligación de conocer las costumbres diversas de cada época, y recordárselas por quien las sabe es acto laudable y prevención discreta que puede evitar mil juicios equivocados, ya que el hombre en ellos propende a estimar los hechos según criterio de la época en que vive, que a veces es la única que conoce, y acaso no muy cabalmente.

Juzguemos con esta benignidad de criterio los diversos estados del Cántico Espiritual, que el P. Chevallier eleva a seis (p. 121), representa- dos por las siguientes siglas, que el lector que tenga interés por estas cuestiones de crítica sanjuanista deberá tener presentes para lo que se va a decir. Las siglas son: a, A, A', B, R, R'.— El Cántico a se halla representado por el Ms. 17.558 de la Nacional de Madrid, la edición de Bruselas de 1627 y la de París de 1622.— El Cántico A, APENDICES 177 por el de Sanlucar de Barrameda.— El A' representa cinco manuscri- tos, es a saber: los de Granada, Loeches, Bujalance, 8.654 y 8.795 — El Cántico B, por nueve manuscritos y todas las ediciones, españolas y extranjeras, que han reproducido a la de Sevilla de 1705. Los ma- nuscritos son los de Jaén, Burgos, Alba, Avila, Segovia y los de la Nacional de Madrid: 6.621, 8.492, 12.411, 18.160.— El Cántico R, por la edición romana de 1627, muchas veces reimpresa.— El Cántico R' por la edición española de 1630, que sin salimos del siglo XVII fué reeditado ocho veces en español, seis en francés, una en latín, dos en flamenco y una en alemán.

Establecida esta división, procede el P. Chevallier a señalar las características de cada estado. Estos seis estados del Cántico han nacido de la distinción de tres poemas, luego de la división en tres grupos (a, A, A') de los comentarios manuscritos del primer poema, y de la división en dos grupos (R y R') de los comentarios impresos del tercer poema. La distinción de los poemas esta clara (1). Una pa- labra se precisa para los comentarios.

El comentario a merece estado aparte en cuanto que tiene 184 lecciones propias repartidas en todo él. No cabe duda que entre A y a media cierta revisión. El ejemplo que mejor lo demuestra es el comen- tario del primer verso de la estrofa XII. Del mismo modo, A' tiene fisonomía propia para figurar en estado diferente de a y A, y lo prueba por el comentario al quinto verso de la estrofa XXV: Y no parezca nadie en la montiña.

Los comentarios del tercer poema, o sea los Cánticos R y R' se distinguen el uno del otro por una treintena de explicaciones, ate- nuaciones, precisiones, estimadas, a lo que parece, convenientes en España entre 1627 (data de la impresión autorizada por el Maestro del Sacro Plació) y 1630, (data de la impresión vigilada por los ca- lificadores de la Inquisición española). De verdadera rareza biblio- gráfica califica el P. Chevallier los ejemplares de esta última edición. Las diferencias de ambas las va señalando con grande cuidado el Pa- dre (págs. 131-135).

Sentados y razonados los seis estados del Cántico, cumple expli- car la división y ver el parentesco que une a unos y otros, y si los seis estados son otras tantas etapas del pensamiento de San Juan de la Cruz. La cuestión es por demás interesante.

R y R' proceden de la misma fuente (p. 135). Las explicaciones, ate- nuaciones y ajustamientos que separan ambos Cánticos, proclaman bas- tante claro que R' (Madrid, 1630), desciende directamente de un ma- nuscrito parecido al que sirvió para la edición romana de 1627 (R). Salvo las treinta y dos variantes antes dichas, de poca consideración, ambos tienen el mismo poema y el mismo comentario.

¿Estas mismas reconocidas atenuaciones, explicaciones y ajustes son bastantes a probar que R' se halla interpolado en el sentido 1 Para Dom Ph. Chevallier, el primer poema es el de 39 estrofas, tal como viene en el Manuscrito de Sanlucar y otros; el segundo, el de 40, representado por el de Jaén y similares; el tercero, el de 40, pero con el orden con que se leen en el primero, y está representado por la edición romana de 1627 y la madrileña de 1630. (Supl. Ju- lio-Agosto, p. 1 10).

178 APENDICES arriba dicho, es decir, que tenga retoques de otra mano que la del Santo? Así lo pensarán muchos. A otros parecerá mejor, antes de fa- llar en este pleito, oir el testimonio curioso de testigos muy modestos, insignificantes en apariencia, que por su misma pequeñez han perse- verado intactos en todos los cataclismos documentales que han podido acaecer, y los cuales, por lo mismo, nos dan muy buenas referencias acerca de la autenticidad, genealogía e historia de los seis estados fiel Cántico. Tales son los llamados protocolos.

Por tales entiende el P. Chevallier esas partículas y frases uniti- vas, que parece se caen al acaso de la pluma entre un texto y su tra- ducción, como: es a saber, quiere decir, que es decir, y otras similares, lazos de unión, cuya utilidad consiste en introducir una versión en lengua vulgar. La variedad de ellos (de los protocolos) no tienen más fin que el de evitar fastidiosas repeticiones al lector; y a pesar de su insignificancia, pueden hacer obra notable de justicia, así acerca de la reputación de los manuscritos originales invocados en la introduc- ción de la edición de Madrid (1630), como de la buena memoria del Códice de Jaén, basada en la «Cierta Noticia» del P. Salvador de la Cruz, y hasta de alguna opinión sobre la forma bilingüe de los textos de la Sagrada Escritura, citados en el Cántico Espiritual (1). Los mencionados protocolos comienzan desde el principio por cum- plir muy bien su cometido.

Si preguntamos con qué grupo de manuscritos del Cántico tiene mayor afinidad el de la edición de 1630, responderán los protocolos sin dudar un momento que con el grupo A'. Son tan parecidos, que pro- bablemente se sirvió el editor de alguno de ellos. Efectivamente, des- pués de las citas latinas, dadas por incipit y desinit, seguidas de re- referencias a estrofa y verso, ofrece el P. Chevallier, en cuadro si- nóptico, los noventa y nueve protocolos de los seis estados que tiene el Cántico (págs. 138-145). '.Admirable paciencia la suya! En nota observa que las dos primeras ediciones (1618 y 1619) traen muy pocas citas latinas de la Escritura, y menos protocolos. Consigna el hecho, para significar esta especialidad de uno de los estados del Cántico. El cuadro ratifica la conclusión del P. Chevallier, de la grande afinidad entre el grupo A' y la edición de 1630.

La conclusión es tanto más sugestiva y digna de atención, cuanto que el número de citas latinas con su correspondiente versión en lengua vernácula es en A' de sesenta y tres, poco más o menos; y en R', de ciento cuarenta y uno, más que el doble, como se ve. Los tex- tos añadidos por el editor poco antes de 1630, se conforman a la Vulgata Clementina, que se declaró versión oficial y obligatoria en 1592, un año después de la muerte de San Juan de la Cruz, mientras que los textos tomados del Cántico A, dan una versión anterior, con- temporánea del Santo.

Ni está demás observar, que dos códices del grupo A', el de Bu- jalance y el de Loeches, pasaron en otras épocas por autógrafos, lo cual pudiera explicar satisfactoriamente lo que se lee en la intro- ducción de la edición de 1630: «...ajustar asi este, como los antes 1 Se refiere a lo dicho por Martine: Burgos.

APENDICES 179 impresos a sus propios originales escritos de letra del mismo Vene- rable autor». Sin duda, la edición de Roma y la de Madrid proceden de los manuscritos A'.

En lo que hace a la estrofa XI, como los manuscritos del grupo A' no la contienen, parece evidente que fué tomada del grupo B. Por consecuencia, R y R' proceden de los grupos A' y B (p. 147). No admití, el P. Chevallier que dicha estrofa fuera compuesta aparte con su co- mentario, para unirlos luego a la redacción A'. Y lo prueba con va- rias razones, no faltas de peso, tomadas principalmente de la edición de 1630. Oportunamente observa en nota (p. 148, nota 2), que no basta probar que la estrofa XI y su comento fueron compuestos por el Santo, sino que se precisa demostrar también que él mismo los colocó entre la canción X y XI, lo que no se ha probado hasta el presente Por lo que hace a la división del Cántico en seis estados, pre- fiero—como ya dije en los Preliminares— la división de la edición de Toledo en Cánticos de primera y segunda redacción, que es más sencilla, y en estas cosas, como en todas, siempre que se pueda, debe evitarse todo lo que tienda a embrollar o complicar una cuestión. En esa doble división están comprendidas las características princi- pales de las copias y ediciones que hoy conocemos del Cántico Espi- ritual, y ella salva muy bien las leyes a que debe ajustarse toda di- visión. Las demás diferencias son secundarias; y si se juzgan con la suficiente importancia para establecer diversos estados, señálense, no seis, sino casi tantos como son las copias, pues ninguna se ajusta de tal modo a otra, que no tenga una porción de variantes propias. Entiendo que para que éstas den lugar a distinto estado del libro, deben atañer a la doctrina y modificarla notablemente, y que la mo- dificación sea estudiada, calculada, y no debida a descuidos materiales de copistas que no entendían el alcance de las palabras, o no repa- raban en él al cambiarlas torpemente por incuria.

¿A qué hablar, P. Chevallier, de tres poemas del Cántico cuando en realidad es uno solo? Todo se reduce a que en los manuscritos de la segunda redacción se añadió una nueva estrofa a las treinta y nueve de que constaba; y se alteró, en la forma ya dicha, el or- den de ellas. Además de lo ocurrido en la segunda redacción del Cántico, dase la particularidad de que la edición romana de 1627 y la de Madrid de 1630, guardando el orden que las estrofas tienen en la primera redacción, publicaron la estrofa añadida en la segunda, colocándola después de la décima. Esto es todo lo acaecido con la poesía que se glosa en el Cántico. Cuando los profanos oigan ha- blar de tres poemas del Cántico Espiritual, se figurarán cambios no- tabilísimos, como lo hemos visto por experiencia. Creen tropezar con obstáculos insuperables, cuando en realidad se trata de camino lla- no y muy andadero. Las diferencias suficientes para poner división entre el primero y segundo Cántico, no están en el poema, sino en la glosa. Aquel no varía ni una letra, salvo la estrofa XI, de impe- cable factura sanjuanista (1).

1 Si la simple alteración de las estrofas del poema es bastante para clasificarla de poema nuevo, entiendo que también debe serlo cada lectura distinta de sus versos 480 APENDICES Lo que decimos del poema tiene aplicación a todos los manuscritos que copian la primera redacción del Cántico. Si bien se examinan, no hay entre ellos diferencias de doctrina; hay, sí, muchas variantes debidas a descuidos de los escribas y algunos arreglos en determina- das canciones que se leen en unos manuscritos y no en otros, que parecen ajustarse a criterios, no doctrinales, sino literarios, buscando, acaso, mayor claridad; si no es que detimos que fueron obra del propio Santo, pues con rara uniformidad se leen la mayor parte de fstas discrepancias con el Códice de Sanlúcar en los de Loeches, Bu- ja lance, Granada y los de la Biblioteca Nacional que llevan la sig- natura 8.654 y 8.795, asi como en la edición de Roma (1627) y Ma- drid (1630). Estas dos últimas tampoco hay inconveniente en agrupar- las con los manuscritos anteriores, pues, a parte la introducción de la estrofa XI, en lo demás apenas hay cosa que los separe. Algunas adi- ciones hechas por el P. Jerónimo de San José en la de Madrid, son de escasa importancia, como ha visto el lector en las notas al primer Cántico. A\ás conformes aún con el Cántico de Barrameda se hallan las ediciones de París, Bruselas, el Ms. 17.558 de la Nacional y los dos de Valladolid. ¿Qué dificultad hay, por consiguiente, en agru- parlos bajo la denominación general de manuscritos y ediciones de la primera redacción del Cántico?

Los comentarios de la segunda redacción de este libro conforman más entre sí, y no hay dificultad en agruparlos en un solo estado, como lo hace el P. Chevallier. Todavía, sin embargo, en los manuscritos de Segovia, 12.411 y 18.160 de la Nacional se observan muchas más dis- crepancias accidentales respecto del de Jaén que en los demás de esta segunda redacción. ¿De dónde proceden? Chi lo sá. Muchas conjeturas pueden hacerse, que tal vez quepan holgadamente en dos: o que el Santo las hizo en algún manuscrito del grupo B, o que algún copista fué más descuidado que los otros en la traslación del modelo; o bien que le vino en gana hacer tales mutaciones, sin trascendencia por lo demás en el orden doctrinal. A la pregunta arriba hecha, no creemos pueda nunca contestar la crítica sanjuanista satisfactoriamente. La cosa tampoco tiene mayor importancia, puesto que la doctrina es la misma y poseemos un códice que ciertamente perteneció al Santo, cuya lectura de- bemos seguir.

Con todo, si alguno gusta más de la división de los seis estados del Cántico, y aun de nos six Cantiques, si l' on préfére. como dice el monje de San Benito, puede adoptarla. Me displacería, sin embargo, que se hablase de seis Cánticos de San Juan de la Cruz, cuando tan bien servidos pueden estar con uno, dos veces redactado, los deseos justos de la crítica más exigente (1).

en los manuscritos, con lo que no tres poemas del Cántico, sino treinta o más habría que contar, porque las variantes abundan. Por el descuido en la copia de las Cancio- nes podemos barruntar algo de lo acaecido en los comentarios.

1 Con este libro del Santo ocurre un caso parecido al Camino de Perfección de Santa Teresa, que lo escribió dos veces, variándolo algún tanto la segunda vez de como lo compuso la primera: sólo que éste se conserva autógrafo en las dos redaccio- nes, y asi se han ahorrado muchas disquisiciones inútiles. ¿Qué no habrían dicho ios críticos descontentadizos o amigos de novedades, de no guardarse el autógrafo segun- do y leerse sólo en copias, aunque fueran fidelísimas.'

APENDICES m APENDICES m Y no se me diga que en mística teología cualquiera variación puede ser trascendental. Bien sé de cuánto es capaz el ingenio humano cuan- do se empeña en una cosa y que no para hasta sacar agua de la roca, o conseguir su fin, sea como sea. Pero aquí no tratamos de los miste- rios que una inteligencia poderosa, propuesta a ello, puede ver en los vocablos más sencillos y de sentido más obvio. Este último es el que hemos de buscar en la casi totalidad de las variantes que se hallan en los manuscritos de la primera y segunda redacción del Cántico, y no otras significaciones, intenciones y sentidos, que ni por las mien- tes de sus copistas pasaron, ni de ellas fueron intelectualmente capaces.

¿05 manuscritos A',— continúa afirmando el P. Chevallier —, no son obra de S. Juan de la Cruz (p. 148). Lo prueba por los famosos protoco- los, advirtiendo que es la primera probación de su aserto, no la única. La ausencia de estos protocolos en el primer tercio de A' y su empleo constante luego excepto en tres casos, denota un cambio rápido y brusco, inexplicable en un autor plenamente consciente de lo que ha hecho en las primeras páginas del Cántico. Se comprende que S. Juan de la Cruz fué libre en poner u omitir textos latinos y protocolos; pudo optar por uno u otro método, pero nunca poner ambos en eje- cución. Revisando su Cántico, pudo el Santo suprimir, conservar pá- ginas y detalles de fondo o forma, textos latinos y protocolos; mas suprimirlos en trece estrofas y conservarlos durante veintiséis, no es serio ni propio de un santo. Todo propende a reafirmarnos en la conclusión anteriormente indicada: El texto A' no se ha fijado sin la intervención de alguna mano extraña.