2 Con oportunidad y discreción, mi docto amigo el Sr. Martínez Burgos (Clási- cos Castellanos: El Cántico Espiritual, p. XL), corrige al P. Gerardo por la forma restricta como entiende la palabra borrador, en los siguientes términos: "El P. Gerar- do no otorga esta sospecha — la de que el manuscrito de Jaén sea el borrador del Có- dice de Sanlúcar — porque en el segundo Cántico "se encuentran muchos y largos pá- rrafos que en el manuscrito ni siquiera se apuntan, y se introducen otras variaciones, de las que tampoco en él se hallan vestigios." Pero es que el P. Gerardo toma la pa- labra borrador en un sentido apretado, como si no pudiera serlo más que cuando contiene todo lo que el escrito en limpio ha de contener, lo cual muchas veces aviene no ser asi, conteniendo el borrador sólo notas ceñidas para ampliar, insinuaciones inspiradoras, conceptos jalones para tomar camino, etc., y en este sentido borrador puede ser el manuscrito de Sanlúcar del mejor ejemplar de la que llamamos segunda rdeacción." Las palabras copiadas del P. Gerardo, se leen en el t. II, p. 489.
APENDICES 489 origen, que no es posible recusarlo en conjunto, aunque haya algún por- menor menos exacto. Según este testimonio, que hoy figura en unas hojas pegadas al mismo manuscrito de Jaén, la M. Ana de Jesús, sien- do priora de Granada, lo dio a la AV. Isabel de la Encarnación, monja en el mismo convento y luego en Jaén; la AV. Isabel lo dejó, a su vez, a Clara de la Cruz, religiosa carmelita descalza del convento de Jaén, de donde el manuscrito no ha salido más, y todavía hoy se conserva con todo cuidado. He aquí las palabras del P. Salvador: ♦...como porque lo certificó asi la V. AV. Ana de Jesús, Lobera, a la Ve- nerable AV. Isabel de la Encarnación, Priora que fué del Convento de nuestras Religiosas descalzas Carmelitas de la ciudad de Jaén, a quien siendo novicia en el Convento de nuestras Religiosas de Granada y Priora de él la Venerable AV. Ana de Jesús, le dió la misma Venerable A\. Ana de Jesús este libro en cuadernos sueltos, certificándole eran escritos de mano y letra propia de nuestro Venerable Padre fray Juan de la Cruz de quien lo auia recibido. Y la misma Venerable AVadrc Isabel de la Encarnación, siendo Priora del Convento de nuestras Re- ligiosas descalzas de Jaén, estando para morir, dió estos cuadernos, ya unidos y encuadernados como están, a la Madre Clara de la Cruz, religiosa en el mismo Convento de Jaén y Priora que después ha sido de él, certificándole lo mismo. Nadie, pues, podrá dudar con razón de esta verdad sin incurrir en nota de temerario, hallándose acreditada con la autoridad de tres testigos, tan calificados de verídicos por su grande virtud y santidad» (1).
Las líneas transcritas son de importancia extraordinaria en la cues- tión que se ventila acerca de la autenticidad del grupo B, y de la menos interesante de que sea probablemente el manuscrito de Jaén al que alude el Santo en la conocida nota de Sanlúcar. No hay ningún motivo para poner en tela de juicio la verdad y la veracidad de las palabras del P. Salvador, que por serlo tanto, no dudó ponerlas al frente del manuscrito jienensc, cuando tan fácil habria sido a las re- ligiosas rectificarlas. Ni siquiera la oportunidad de tiempo faltó a la «Nota» del P. Salvador, puesto que un poco más tarde ya no se hu- biera podido hacer con tantas garantías de verdad, comoquiera que la nota sea de 3 de febrero de 1670, y la AV. Clara descendiese al se- pulcro en 6 de noviembre del año siguiente, según consta en el Libro de Difuntas de la Comunidad de Jaén.
Tenemos en el testimonio del P. Salvador la afirmación terminante hecha por la AV. Isabel de haber recibido en cuadernos sueltos el ma- nuscrito de Jaén de manos de la madre priora Ana de Jesús (2) y 1 Ms. de Jaén. Lo de los cuadernos sueltos, ¿significa acaso que el Santo se los iba dando a la M. Ana a medida que el copista los escribía? Todo pudiera ser.
2 La M. Isabel quiso entrañablemente a la M. Ana de Jesús. El P. Fray Angel Manrique en la vida que escribió de esta Venerable (Bruselas, 1632), afirma en el ca- pítulo IX del libro IV, que al despedirse la M. Ana de Jesús de las monjas de Grana- da cuando salía para la fundación de Madrid, las religiosas experimentaron grande desconsuelo, principalmente la M. Isabel de la Encarnación, quien dice "que quedó aquel día tal, que entendió fuera el postrero de su vida." Cariño tan intenso y tan verdadero bien merecía una prenda tan rica como le dejó la venerable fundadora de las Descalzas en la Corte de España.
APENDICES de haberle dicho ésta en el acto de la entrega, que ella— la M. Ana— lo había recibido a su vez de manos del Santo. Por su parte, la Ma- dre Isabel, próxima a la muerte, deja estos cuadernos, ya unidos en volumen único, a la M. Clara de la Cruz; y la M. Clara de la Cru2. anciana y achacosa, abierta ya, como quien dice, su sepultura, es la que refiere y hace esta preciosa declaración al P. Salvador de la Cruz. Por lo tanto, la tradición del historial del manuscrito de Jaén no puede ser más limpia, ni contener más garantías de credibilidad. Abarca sólo dos generaciones, y se transmite por tres solas personas, colmadas de virtud y discreción. El hecho, además, es sencillo: la entrega de un manuscrito de San Juan de la Cruz a la venerable Ana; de ésta a la M. Isabel; de la M. Isabel a la M. Juana. ¿Podrá dudarse de la verdad de la entrega? ¿Cabrá desliz de memoria en cosa tan sencilla y tan apreciada de las interesadas? Juzguen los discretos. Por otra par- te, los pormenores históricos de las líneas copiadas responden en todo a la realidad de los hechos. La M. Ana de Jesús (Lobera) fué priora de las Carmelitas Descalzas de Granada desde la fundación de la Co- munidad (1582), hasta que en el verano de 1586 salió para la de Madrid, acompañada de algunas religiosas. Isabel de la Encarnación, se- gún partida del Libro primitivo de Profesiones de Granada, profesó el 11 de junio de 1584 (1). De Granada pasó (1589) a la fundación de Baeza, donde fué varias veces priora, según puede verse en los re- gistros de esta comunidad (2); y, finalmente, año de 1615, fué de fun- dadora a Jaén, donde desempeñó varios oficios, incluso el de priora. Según el Libro de Difuntas de esta casa, la madre Isabel murió el 3 de Junio de 1634, a los setenta y uno de edad y cincuenta y uno de hábito. Por el de Profesiones y Elecciones de Jaén sabemos que la M. Clara de la Cruz hizo su profesión en 15 de febrero de 1620. En 23 de marzo de 1658 fué electa priora, y murió en 6 de noviembre de 1671, como es dicho.
Las fuentes de donde proceden estas noticias no pueden ser más seguras. Están tomadas en sus mismos brotes. Interés en adulterarlas en sus manantiales primitivos no veo ninguno. Hasta la circunstancia que refiere el P. Salvador de haber entregado la M. Ana a la M. Isabel el manuscrito del Cántico «en cuadernos sueltos», la vemos solemne- mente confirmada, debajo de juramento, en la Declaración que la dicha M. Isabel hizo en los Procesos de Beatificación del Santo, en la que se lee, a la pregunta treinta y cinco: «Que sé que el santo p.e fray Ju° de la f compuso los libros que dice la pregunta, de los cuales tuve yo 1 "En H días del mes de Junio de 1584, siendo general el R.mo P.e Fr. Ju.° Bap.,a Caffardo y prov.'a' Fr. Ger.'no gracián de la m. de Dios, hizo su professión la ner.na ysabel de la encarnación, que en el siglo se llamaua D.a ysabel de Puebla, hija del lic.do Fernando de Puebla y D.a Leonor Méndez, naturales de Granada y dio de limosna." Hasta aquí está extendido por el P. Gracián, que sin duda no se acordaba de la dote que había dado a la Comunidad. De otra mano de la misma época se añade: "ochocientos ducados. Renunció en doña agustina de la puebla su hermana." Tal es al pie de la letra, salvo la acentuación y puntuación, la fórmula de profesión de esta venerable Descalza.
2 Es la primera priora que se asienta en el Libro de Elecciones de la Comunidad de Baeza. Salió priora por unanimidad, la primera vez, el 3 de septiembre de 1601. Más tarde, desempeñó el mismo oficio varias veces.
APENDICES 491 algunos de sus cuadernos originales en Granada, y sé que son suyos» (1). Aunque no especifica qué contenían los dichos cuadernos, bien se ad- vierte la relación que esta noticia tiene con lo que la misma Madre dijo a Ciara de la Cruz.
Tenemos, por lo tanto, que el Manuscrito de Jaén, con ser el único — con los de su grupo—, que copia y amplia ¡as notas puestas por el Santo, pasó sucesiva y ciertamente de San Juan de la Cruz a la A\. Ana de Jesús, A\. Isabel y M. Clara de la Cruz. ¿Quién, prudentemente juzgando, podrá dudar de tal procedencia? Bien, sabido es cuánto va len en la critica histórica las afirmaciones de testigos calificados, y lo poco que contra ellas pueden conjeturas e hipótesis más o menos in- geniosas y solertes. Siempre me ha extrañado que criticos tan aventu- jados como el P. Chevallier y Baruzi, al oponerse a la corriente tra- dicional de la autenticidad sanjuanista del segundo Cántico, no hayan hecho más caudal de estos testimonios, ni hayan procurado restar su autoridad, o recusarlos con razones eficaces, que hicieran más proba- ble su tesis. Cierto, que el P. Chevallier dice que la «Nota» del P. Sal- vador es rica en afirmaciones contestables. Hasta el presente, en lo único que ha habido que rectificarla es en lo de tener por autógrafo dicho manuscrito, a lo que pudo inducir cierta semejanza de letra que el Códice tiene con la del Doctor místico. Las demás afirmaciones que hemos recordado, perseveran incontestadas y firmes en su puesto, dando alto testimonio del encumbrado origen de dicho ejemplar de) Cántico. ¿Qué se ha dicho en contra de la afirmación terminante y decisiva de la M. Clara? Mientras tal afirmación, corroborada por tan- tos otros manuscritos antiquísimos, no se invalide, me parece tiempo perdido el empleado en Ta probanza de la calidad apócrifa del Cán- tico segundo.
Se inició arriba la idea de que aún en el supuesto de que el Ma- nuscrito de Jaén no fuera precisamente el ejemplar que el Santo entrego a la venerable M. Ana de Jesús, sería por su antigüedad y por otras razones una prueba fehaciente de la doble redacción del Cántico Espi- ritual. A la autoridad de la M. Isabel se pueden añadir muchas otras contemporáneas del Santo, que dan testimonio de la existencia del Cán- tico de cuarenta estrofas. Son dos cuestiones completamente distintas, y, por lo mismo, conviene distinguirlas bien. Valga por caso de auto- ridad del tiempo de San Juan de la Cruz, que testimonia la existencia de las cuarenta estrofas el siguiente, que no creo se pueda rechazar en buena crítica. El 11 de abril de 1616 hacíase en Segovia el proceso de beatificación de San Juan de la Cruz. Entre otros testigos, previo juramento y demás requisitos canónicos, declara la M. Isabel de Jesús, a la sazón supriora de las Carmelitas Descalzas de dicha ciudad, religioso de mucha virtud, discreción y talento. En el Proceso original que hoy se halla en la Biblioteca Nacional (Ms. 19.407), al folio 15, se lee la Declaración firmada por ella, y, entre otras cosas, dice: «A la pri- mera pregunta de oficio, dijo ser de edad de cuarenta años, y que es supriora del dicho convento y natural de esta ciudad, nacida y criada 1 Esta Declaración es toda de puño de la M. Isabel, como lo demuestra un ligero cotejo con la letra de la misma Madre en los libros antiguos de las Descalzas de Jaén.
492 APENDICES en ella.— A la primera pregunta del Interrogatorio dijo esta testigo: que conoció al santo padre fray Juan de la Cruz...» A la cuarta pre- gunta, responde que le trató «cosa de dos años»; y «a las treinta y cinco preguntas, dijo esta testigo: que sabe que el santo padre fray Juan de la Cruz dejó escritos unos libros espirituales, de los cuales el Santo Padre le dió a esta testigo las cuarenta canciones de su letra, y sabe que son libros admirables» (1). «A la treinta y seis preguntas dijo esta testigo: que todo lo que ha dicho es la verdad, y que lo sabe so cargo del juramento que hecho tiene, y en ello se afirmó y ra- tificó; y siéndole vuelto a leer de verbo ad verbum, como en él se contiene, se ratificó en ello y lo firmó de su nombre. — El Licdo. Salazar. — Isabel de Jesús, subpriora. — Ante mí: Ambrosio Alvarez» (2).
Once años más tarde, algo largos de talle (6 de noviembre de 1627), la M. Isabel, entonces priora del mismo convento, en otro Dicho canónico, y para los mismos efectos, se ratificó en todo lo declarado la primera vez, y en lo tocante a las cuarenta Canciones volvió a decir: «Preguntada por la pregunta veintiuna, que le fué leída, dijo esta tes- tigo: que sabe que el dicho venerable padre fray Juan de la Cruz dejó escritos libros espirituales, de los cuales el dicho siervo de Dios la dió a esta testigo las cuarenta canciones de su letra...» Y después de ratificarse, previa la lectura de la Deposición, la firma de su puño y letra, junto con D. A\elchor de Moscoso, obispo de Segovia, D. Alon- so del Vado y Lugo, y el notario Juan de Tordesillas (3).
Tenemos, por lo tanto, un testimonio muy digno y autorizado que afirma haberle dado el Santo mismo «las cuarenta canciones de su le- tra», y se reafirma en lo mismo muchos años después, cuando hacía cinco ya que andaba impreso en francés el Cántico de treinta y nueve estrofas, cuya edición no es fácil ignorase, y menos la hecha en Bru- selas en 1627, que por la aprobación (8 de febrero de este mismo año) parece indicar que para fines de la primavera ya se había im- preso, y en seguida se remitieron ejemplares a todos los Conventos de ¡a Reforma en España, de los cuales he visto algunos (4).
Tampoco debemos olvidar lo que Colmenares nos dijo de la entre- 1 En tiempos del P. Andrés de la Encarnación, como ya se observó en la Intro- ducción, aún se conservaba en las Descalzas de Segovia un manuscrito que contenia las cuarenta canciones. Verosímilmente del que habla aquí la M. Isabel de Jesús. Esta- mos ante otro hecho casi de tanta firmeza en pro de la procedencia sanjuanista de la segunda redacción como el caso de Jaén.
2 Según el Libro de Difuntos de Segovia. la M. Isabel de Jesús entró religiosa a los trece años de edad. Era natural de Segovia. de padres hidalgos, pero escasos de bienes de fortuna. El citado libro dice, que la M. Isabel "mereció alcanzar el tiempo en que nuestro santo padre San Juan de la Cruz era prior y confesor de esta comuni- dad", y que "conociendo el Santo con luz del cielo los inestimables tesoros de virtu- des que el Señor habia depositado en esta sencilla religiosa, la amaba mucho, y se recreaba de tratarla tan pura e inocente..." "Fué una de las religiosas más ejemplares y ajustadas que entonces tenia la Descalcez." Fué superiora en varias ocasiones, y murió en 1663, a los ochenta y ocho años de edad y setenta y cinco de religión.
3 La Declaración puede leerse en el Ms. 19.404. fol. 112 v.° 4 La M. Isabel por las Cuarenta Canciones entiende, no sólo las estrofas, sino todo el libro que lleva por titulo Cántico Espiritual: pues, además de ser entonces más corriente tal denominación, la misma edición de Bruselas titula asi el tratado: De- claración de las Canciones, etc., y el mismo Santo, en carta a la M. Ana de S. Al- berto (junio de 1586) llama Canciones de la Esposa al tratado del Cántico Espiritual.
APENDICES 195 APENDICES 195 ga de la copia del Cántico, que hoy guardan los Descalzos de Segovia, por el Santo a una persona dirigida suya; y algo parecido debemos recordar respecto de la copia de los Carmelitas de Burgos, que pro- bablemente perteneció a la M. Ana María de Jesús, dirigida del Santo en la Encarnación de Avila. Estos códices forman un bloque tan formi- midable en pro de la procedencia sanjuanista de la redacción segunda del Santo, que hasta el presente, no sólo no se le ha derribado, pero ni la más leve brecha se ha abierto en él,. A lo menos, nosotros no acertamos a verla. Harta pena me daria que fuera por miopía inte- lectual nuestra.
A' se coloca entre A y B (p. 155). — Llevando por guía los proto- colos—dice el P. Benedictino—, hemos hecho un poco de historia, y la historia semeja proyectar algo de luz sobre la palabra borrador. Los pro- tocolos nos han demostrado— al P. Chevallicr — la genealogía u el carác- ter apócrifo de los estados del Cántico R', R, B y A'.— R y R' proceden de A' y B, como ya se ha dicho. B es tributario de A' por las dos pri- meras estrofas, y por las restantes de A. ñl presente, continúa su lec- ción la historia: los protocolos añaden que A', anterior necesariamente a B, es posterior a A; porque el sistema completo de 95 o 96 protocolos, tal como se hallan en a y A, ha precedido por fuerza a la parte to- mada, la serie sin duda decapitada de 59 protocolos de A'.
Cronológicamente hablando, entre A y B se interpone A'. — Siendo este grupo A' intermediario entre A y B, la palabra borrador no va en- lazada necesariamente del Cántico A al Cántico B. En consecuencia, e] argumento sacado de la necesaria unión de A y B no tiene razón de ser. En todo caso, los dos Cánticos A y A', hechos de un mismo poema y comentario, y que no tienen más diferencia que de retoques, impor- tantes y numerosos sin duda, pero debidos únicamente a la prudencia, mal entendida tal vez, y al gusto literario, quiza demasiado delicado, estaría mil veces más justificado calificarlos por las palabras borrador y limpio, que no A y B, tan distantes entre sí por poema y comentario.
Desprovista de toda razón se halla, a mi entender, esta suposición del Padre Chevallier. Copia de un manuscrito que, según el mismo santo Doctor, ha servido de borrador a otro y que este otro no tras- lade ni una siquiera de las muchísimas apostillas que a la copia que se transcribe puso el Sanio, entiendo que se halla ipso ¡acto descartada. En cambio, el crítico aludido, que tan reacio se manifiesta a consi- derar el Cántico A como borrador del Cántico B, con copiarle éste o glosarle hasta cuarenta y una apostillas como confiesa el mismo Cheva- llier— le copia muchas más —, no tiene dificultad en otorgarle tal con- dición al Manuscrito 17.558, que ni una mala nota sanjuanista del Códice de Sanlúcar recoge en su traslación. Sería simple suponer que el Santo escribió tales notas por pasatiempo y no para transcribirlas en copia que él mismo certifica se sacó del borrador sanluquense. La su- posición se hace de todo en todo inverosímil desde el momento que exis- ten copias que incluyen las adiciones puestas por el Santo a la copia- borrador: tal es la de Jaén y las incluidas en el grupo B.
La suscripción primera del Códice de Sanlúcar parece dudosa (p. 156) No se puede olvidar que en estos últimos tiempos algunas particularida- des gráficas han suscitado dudas acerca de la procedencia sanjuanista de m APENDICES la citada suscrición de Sanlúcar. El P. Chevallier se remite a lo que dice Baruzi en su obra Saint Jean de la Croix (pp. 21-23), de lo que en su tiempo hablaremos. Tampoco quiere el Padre que olvidemos que la tradición carmelitana, desde principios del siglo XVII hasta 1776 parecía ignorar la coexistencia de varios textos auténticos del Cántico Espiri- tual, en cuanto que no temió excluir una redacción determinada para autorizar otra. En el Summariutn Segobiense, resumen oficial de los procesos hechos en 1627, se habla del Cántico de las treinta y nueve y de las cuarenta estrofas, pero en ninguna parte se afirma haber co- mentado el Santo dos veces este poema. — Poco después, los que pre- pararon la edición de 1630 tenían el firme propósito de publicar el único texto fiel, hasta anunciar que el Cántico publicado en Bruselas en 1627 no había salido conforme a los originales autógrafos. — Cuarenta años más tarde, la noticia firmada por el P. Salvador de la Cruz y puesta a la cabeza del Manuscrito de Jaén (3 de febrero de 1670), nota tan llena de afirmaciones contestables, tiene, por lo menos, la ventaja de insistir en el exclusivismo tradicional. Para el P. Salvador el único Cántico fiel era el de Jaén.— Pasados treinta anos, se lamentaba de lo mismo el P. Andrés de Jesús en la prefación a la edición de Sevilla 1703.— El P. Andrés de la Encarnación fué, a lo que se le alcanza ai P. Chevallier, el primero que, cincuenta años más tarde, planteó la hi- pótesis de que San Juan de la Cruz había compuesto dos veces el Cántico.
En último término, sólo concede el P. Chevallier que A pueda ser el borrador de a; pero, ¿es esto admisible?— se pregunta en seguida Aquí ya parece que los protocolos no hacen de ninfa Egeria del Padre. Con todo, dice que n no es menos antiguo que A. Entre estos dos Cánticos no se puede establecer dependencia ni filiación. Ni tam- poco es dado atestiguar la parentela ni antigüedad de ellos. No se puede la parentela, porque, salvo uno o dos casos, los protocolos tienen en ambos la misma fórmula y el propio nombre. Ni la antigüe- dad, porque la elección de protocolos, de una y otra parte, es tradicio- nal y remota. Es evidente que los protocolos no se dejaron al arbitrio de los copistas o de los editores, sino que se fijaron en el documento más antiguo, y se respetaron en los posteriores, puesto que, en general, en todos los documentos donde una misma cita latina se acompaña de su protoco/o, el protocolo es idéntico. (El subrayado es de Chevallier). Las citas latinas están unidas a los protocolos. Ellas no son ni más modernas, ni menos extendidas; ellas implican la razón de ser de los protocolos. En el estado actual de los manuscritos no se ve lo que autorizaría a creer que San Juan de la Cruz no haya introducido ciertamente en su comentario del Cántico un centenar de citas latinas. Por el contrario, dos Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid (17.558 y 8.795) dicen hacia el fin del prólogo de San Juan de la Cruz: «en las cuales llevaré este estilo: que primero las pondré la (s) sen- tenciáis) en su latín y luego la(s) declararé» (1). Sea de esto lo que 1 Evidentemente, es un error de copia el de estos manuscritos, fácil de cometer, y que en manera alguna debe prevalecer sobre los quince restantes, sin excluir el de Barrameda. ¿Es posible que hasta cosa tan clara ponga en tela de juicio el P. Cheva- APENDICES 495 fuere, es indiscutible que según los protocolos y citas latinas, a y A son ex acquo los Cánticos más antiguos.
Ni faltan razones atendibles para suponer al Códice a algo más antiguo que al Códice A, si hemos de juzgar por la historia de a y las lecciones de este segundo. El Cántico que llevó consigo la Venerable Ana, sea original, sea copia, es indudable que lo recibió de manos de San Juan de la Cruz, y de este texto procede el 17.558 (a) y el de Gaultier, de París. Las 184 variantes que distinguen al citado A, pue- den ser fruto de una revisión posterior y privada, hecha tal vez por el Santo en el retiro de la Peñuela. Estudiadas con cuidado estas 184 va- riantes, cuya importancia no debe exagerarse, se viene a la misma conclusión, es decir, que han podido dar nacimiento a las lecciones del Cántico A, pero no viceversa. La elegancia de la frase está de parte de A.
El P. Chevallier termina este artículo afirmando que la suscrición del Santo en la portada del Códice de Sanlúcar es un enigma. En el estado presente de las cosas, la palabra borrador, aun en el supuesto de que sea del Santo, es de significación imprecisa y no ayuda nada a resolver el problema actual. La única dificultad que tendríamos pa- ra afirmar — prosigue hablando Chevallier — sin restricciones el carácter apócrifo de B, sería el daño que pudiera acarrear esta afirmación a los estados a y A del Cántico, como habría sin duda de perjudicarles, de ser ciertamente el Códice de Jaén la expansión lógica y armónica del Cántico de Barrameda, niño que llegó más tarde «a hombre perfecto y barbado».
Si esto último es así o no, lo examinará el P. Chevallier en otro artículo estudiando los Cánticos de Sanlúcar y Jaén en sus líneas ge- nerales, sin descender a pormenores de crítica, y tomando por texto de estudio el de la edición de Toledo.
Ya hemos dicho que la suscrición sin duda alguna es del Santo, y en cuanto al significado de la palabra borrador, también se ha dicho en qué sentido es concreto y claro, y en qué puede ofrecer al- guna vaguedad de significado. Evitemos el machaqueo inútil.
III III Con los mismos títulos que en el Suplemento anterior de la Vie spi- rituelle, prosigue su trabajo (n. de enero, 1927) el P. Chevallier, bajo el subtítulo inmediato: Del niño al hombre maduro (1). Extractemos. El ni- ño y el hombre maduro, dice bien el P. Chevallier, son el mismo indivi- duo. Las diferencias que se asignan a estas edades son de pormenor, accidentales; el sujeto permanece el mismo. Los Cánticos A y B pueden ser muy distintos por el estilo y extensión de los comentarios, sin de- jar de ser por ello el niño y el hombre ya formado. Si ambos se hallan acordes en las líneas principales, si tratan los mismos puntos de llier por la flaca ayuda que puede prestar la equivocación del amanuense a sus supo- siciones críticas?
1 De L' enfant a L' homme fait.
496 APENDICES oración, si se ordenan a personas de idéntica calidad espiritual, cuales- quiera que sean las demás diferencias, permanecen con todo solidarios el uno del otro. Pero si el mismo poema, acrecido en una estrofa en el Cántico B, se dirige a fines diferentes, comprende en A un solo período de la vida espiritual y cuatro en B, importa poco que las mis- mas treinta y nueve estrofas se lean en ambos Cánticos y que las dos terceras partes del segundo comento estén tomadas del primero; a pe- sar de ello, es forzoso convenir que el Cántico B no es el Cántico A, sino otro muy diferente.