El elemento decisivo es la substancia, o sea el fondo de ambos escri- tos. Cuando una estrofa con su comentario se une a la primera redacción, cuando las once primeras estrofas del poema más antiguo se someten súbitamente a una significación que antes no habían tenido, cuando a las cinco últimas se les aplica a distintos puntos de vista doctrinal, cuando más de dieciocho estrofas cobran puesto insospechado, y se tras- tornan treinta y cinco de treinta y nueve que cuenta el poema, dán- doles empleo muy diverso del que tenían, limitarse a señalar algunas coincidencias más o menos curiosas, e insistir en cuarenta aposti- llas conservadas en el Códice de Sanlúcar y utilizadas por el redac- tor del Códice B; declarar luego que la cuestión doctrinal es larga de tratar, y que dejándola, se entre a estudiar el estilo, método de com- posición y desarrollo y el conjunto de particularidades que caracterizan un autor y le aseguran como estilista su personalidad, y que esto basta, es privarse del derecho de proferir un juicio razonado.
Ni la identidad de la forma, ni su desenvolvimiento homogéneo bas- tan a demostrar que un texto no se halla interpolado. Y si se nece- sitan otros argumentos para probar que una obra resulta la misma, ta! como el autor la dejó, con más razón se necesitarán para afirmar de estos dos Cánticos que el uno es el niño y el otro el hombre perfecto. Afirmarlo o negarlo, supone, al menos en términos generales, el estudio de la doctrina, de la substancia de estos tratados.
Y entre los dos Cánticos no hay casi nada de común, y sí extrema divergencia, y hasta oposición (p. 72). Ya en el «Argumento» nos dice el redactor de B: «El orden que llevan estas canciones es desde que un al- ma comienza a servir a Dios hasta que llega al último estado de per- fección, que es matrimonio espiritual; y así en ellas se tocan los tres estados o vías de ejercicio espiritual por las cuales pasa el alma hasta llegar al dicho estado, que son: purgativa, iluminativa y unitiva; y se declaran acerca de cada una algunas propiedades y efectos de ella. El principio de ellas trata de los principiantes, que es la vía purga- tiva. Las de más adelante tratan de los aprovechados, donde se hace el desposorio espiritual, y que esta es la vía iluminativa. Después de éstas, las que se siguen tratan de la vía unitiva, que es la de los per- fectos, donde se hace el matrimonio espiritual. La cual vía unitiva y de perfectos se sigue a la iluminativa, que es de los aprovechados; y las últimas canciones tratan del estado beatífico, que sólo ya el alma en aquel estado perfecto pretende» (1). Así, las estrofas del Cántico B con- 1 Los subrayados de éste y del siguiente párrafo son del P. Chevallier. También los párrafos se copian tal cual él los publica.
APENDICES 197 vienen a cuatro clases de espirituales, y forman otros tantos grupos; — las doce primeras son para los principiantes, puesto que la trece se- ñala el momento de los desposorios—; las nueve siguientes (XIII-XXI) a los aprovechados; dado que el matrimonio espiritual se verifica en la estrofa XXII; de la XXII a XXXV se ordenan a los perfectos, y las cinco últimas (XXXVI-IL) se refieren al estado beatífico.
Las líneas fundamentales del Cántico A se descubren más difícil- mente. Para hallarlas hay que examinar las dos terceras partes de la obra. Cita el P. Chevallier la autoridad del Santo que dice: «Para de- clarar el orden de estas canciones más abiertamente y dar a entender el que ordinariamente lleva el alma hasta venir a este estado de matrimo- nio espiritual que es el más alto, de que ahora con ayuda de Dios habernos de hablar, al cual ha venido ya el alma, es de notar que — primero se ejercitó en los trabajos y amarguras de la mortificación, que al principio dijo el alma desde la primera canción hasta aquella que dice: «Mil gracias derramando». — Y después pasó por las penas y estrechos del amor, que en el suceso de las canciones ha ido contan- do hasta la que dice: «Apártalos, Amado». — Y allende de esto, des- pués cuenta haber recibido grandes comunicaciones y muchas visitas de su Amado, en que se ha ido perficionando y enterando en el amor de él, tan- to que, pasando de todas las cosas y de sí mesma, se entregó a él por unión de amor en desposorio espiritual, en que como ya desposada ha recibido del Esposo grandes dones y ¡ovas; como ha cantado desde la canción donde se hizo este divino desposorio que dice: «Apártalos, Amado» hasta esta de ahora que comienza «Entrado se ha la Esposa», donde restaba ya hacer el matrimonio espiritual entre la dicha alma y el Hijo de Dios Esposo suyo.
«A este [estado] de llena trasjormación...no se viene sin pasar pri- mero por el desposorio y por el amor leal y común de desposados. Porque después de haber sido el alma algún tiempo Esposa en entero y suave amor con el Hijo de Dios, la llama Dios, y la rnete en este huerto suyo florido a consumar este estado felicísimo del matrimonio consigo. En que se hace tal junta de las dos naturalezas y tal comu- nicación de la divina a la humana, que no mudando alguna de ellas su ser, cada una parece Dios; aunque en esta vida no puede ser perfecta- mente, aunque es sobre todo lo que se puede decir y pensar (1).
«Son los frutos de las flores ya maduros y aparejados para el alma, los cuales son los deleites y grandezas que en este estado de sí la comunica, esto es, en sí mesmo a ella...Porque todo el deseo y fin del alma y de Dios - en todas las obras de ella, es la consumación y perfección de este estado, por lo cual nunca descansa el alma hasta llegar a él. Porque halla en este estado mucha más abundancia y hen- 1 En nota (pág. 73) advierte el Padre, que en las primeras estrofas del Cántico se trata de aniquilar, no los excesos comunes, sino las más sutiles raíces del hombre viejo. Por ejemplo, en el tercer verso de la estrofa III toda añeión natural; en el 4.°, el respeto humano; en el 5.°, el miedo infundado del demonio y las repugnancias de la carne. Es una especie de entregamiento total a los trabajos y amarguras de la morti- ficación, a la muerte fuñe mise a mort), más comprensivo que la palabra mortificación, que es demasiado débil y no expresa suficientemente el concepto del Santo.
32 APENDICES chimiento de Dios, y más segura y estable paz, y más perfecta suavidad sin comparación que en el desposorio espiritual, bien así como ya co- locada en los brazos de tal Esposo».
Infiérese de todos estos pasajes, que San Juan de la Cruz ha dis- tribuido las treinta y nueve estrofas en cuatro grupos. Para el Santo las estrofas 1 a 4 tienen como sujeto los trabajos y amarguras de la mor- tificación, las penas y tristezas de la mise á mort; de la 5 a 11, los sufri- mientos y congojas del amor; de la 12 a 26, los presentes y joyas de la esposa; de la 27 a 39, la cima de transformación completa.
Son, en consecuencia, las líneas fundamentales del Cántico A tan numerosas como las del Cántico B; ¿pero existen coincidencias entre ellas? Sin duda que hay algunas, como las estrofas del segundo grupo de B y el tercero de A, que hablan del desposorio espiritual; las del tercer grupo de B con las del cuarto de A, que hablan del matri- monio místico; pero aquí terminan las coincidencias. ¿Quién no advier- te que el grupo de estrofas de A y B relativas a los últimos momentos del progreso espiritual en la tierra no son partes de uno solo y mismo plan? En A son los grupos tercero y cuarto; en B, segundo y tercero; en A señalan las grandes líneas del medio; en B, del fin; en A cuen- tan quince y trece estrofas; en B, nueve y catorce; en A los desposo- rios espirituales pertenecen a los perfectos; en B, a los aprovechados; de quince estrofas (12-26) que en A describen los desposorios, las dos terceras partes se dedican al matrimonio espiritual en el Cántico B; (XXIV-XX) de trece estrofas (27-39) que en A describen el matrimo- nio espiritual, cuatro (29-32=XVIII-XXI) hablan en B del desposo- rio, y cinco (35-39=XXXVI-XL) del estado de los bienaventurados.
Por otra parte (p. 77), los grupos primero, segundo y cuarto en B, se ordenan a los principiantes, a los que progresan, a los bienaventurados, cuando en el Cántico A San Juan de la Cruz en el Prólogo intenta cerrar la puerta a los principiantes; en el último verso de la pri- mera estrofa, la cierra a los aprovechados; y en los últimos versos de su poema no se acuerda de abrirla a los bienaventurados; por con- secuencia, no ha descrito en su obra más que un tiempo de la vida espiritual: el momento de los perfectos (1).
Pero no se crea que no hay coincidencias por solo el hecho, de .que en A el plan es más restringido que en B; el desacuerdo entre ellos es mucho más grave. Entre los dos planes no hay cosa alguna de común. Las dieciocho estrofas (15 a 32) de A se presentan en B (XVI a XXXIII) en orden totalmente distinto. De este completo tras- trueque se llega a esta consecuencia: de cuatro líneas de los Cánticos, la sola que corresponde en ambos al mismo estado de matrimonio es- piritual, no halla otra cosa para representarse en B que una pequeña parte de estrofas que la expresan en A; únicamente dos grupos de dos 1 "Dejando los más comunes, [puntos y efectos de oración], notaré brevemente los más extraordinarios que pasan por los que han pasado con el favor de Dios de principiantes. Y esto por dos cosas: la una, porque para los principiantes hay mu- chas cosas escritas; la otra, porque en ello hablo con Vuestra Reverencia por su man- dado, a la cual Nuestro Señor ha hecho merced de haberla sacado de estos princi- pios." Esta nota, tal como se reproduce, la trae el P. Chevallier en dicho trabajo, página 77.
APENDICES 499 estrofas que el P. Chevallier indica y nosotros reproduciremos mes ade- lante (1).
Después de leer la precedente síntesis del último trabajo del P. Che- vallier, una vez más hay que agradecerle los afanes que se ha tomado para esclarecer todas las dificultades de crítica textual que en su inteli- gencia han suscitado los dos estados del Cántico (primera y segunda redacción) y la habilidad en sostener su tesis de la condición apó- crifa del llamado segundo Cántico (B). Dejando ya pormenores de crí- tica, trata de robustecer sus puntos de vista con argumentos doctrina- les, sacados de la entraña misma del tratado sanjuanista. Con las re- flexiones que trae en las primeras páginas, de sentido común bien or- denado, nadie habrá que no esté conforme. Las diferencias accidentales que entre ambos Cánticos pudieran existir, no deben ser, no son sufi- cientes, para establecer total distinción entre ellos. El elemento decisivo en esto «es la substancia, el fondo de las dos obras».
¿Pero existe esa diversidad de substancia y de fondo entre los dos Cánticos? Sinceramente creemos que no, que la misma doctrina, en 'fon- do y forma, se expone en ellos, y sólo se añade en el segundo alguna enseñanza más referente al estado beatífico del alma. Prescindimos aquí de eso que tanto repite— para condenarlo— el P. Chevallier, de niño y hombre perfecto, como calificación aplicada al primero y segundo Cántico. Para mí los dos son hombres perfectos, llegados a plena ma- durez mística, aunque en el segundo haya alguna modalidad espiritual no explanada en el primero. Ni doy al segundo otra prelacia y sobre- precio que los derivados de las adiciones de aquél, las cuales por ser de tan magno escritor místico siempre son joyitas de subido valor. Por lo demás, en conjunto, ambos son de mérito incalculable en el mer- cado del amor divino.
Para convencerse de que no ha habido cambio substancial de doc- trina, basta observar que el primer Cántico pasa íntegro al segundo (2), sin ninguna transmutación ni variación de comentario. Las tres cuartas partes del Cántico de Jaén las constituye el de Barrameda, y la mitad de la parte propia del jienense se reduce a las «Anotaciones» que el Santo pone a la mayor parte de las estrofas, como hilo de unión que las junte. En estas «Anotaciones» no se desarrolla ningún punto de doctrina, sino sólo se explica la razón de la continuidad entre unas y otras canciones. Son engarces solamente de las perlas de sus estro- fas y comentos. La mayor parte de los párrafos añadidos a los comen- tarios de un número regular de canciones, no van encaminados a variar la doctrina, sino sólo a ampliar y declarar más la expuesta en los del primer Cántico. Léanse las adiciones que vienen en el de Jaén, y se cer- ciorarán los lectores de la verdad de esta afirmación. Como los ejem- plos los tienen a mano, me creo relevado de la obligación de traerlos 1 En nota añade el P. Chevallier: "El Desposorio espiritual pertenece en A a los perfectos, en B a los aprovechados. Por consecuencia, entre los dos Cánticos una sola línea hay común, la del matrimonio espiritual que en ambos es considerada como de los perfectos. Esta línea en A la forman las canciones 27-39; en B, la XXII a XXV."
2 Las cortas omisiones que hay no merecen la pena de cotizarse.
500 APENDICES aquí, para evitar molestas repeticiones 9 no hacer interminable este en- fadoso discurso.
Creo que ambos Cánticos se hallan acordes en las líneas principales y secundarias, que tratan de los mismos puntos de oración y se or- denan a personas de idéntica calidad espiritual, que son las condiciones que señala el P. Chevallier para que haya solidaridad entre ellos; asi como no veo que se dirijan a fines diferentes, ni que e! uno (A) se limite a un solo período de vida espiritual, y el otro (B) abarque cuatro. Si así ocurre, será forzoso convenir — aunque las tres cuartas partes del uno hayan pasado al otro—, que el Cántico B no es el Cántico A, sino otro muy diferente. En esto último convienen el P. Che- vallier y Baruzi.
A primera vista, ese cambio considerable de canciones, como de piezas de ajedrez, para nuevas combinaciones, mas las adiciones de mano del Santo que del Códice de Barrameda se trasladaron al Cántico B y los párrafos añadidos, presentados por algunos escritores con inne- gable habilidad, producen en el ánimo un efecto deprimente respecto del primer Cántico, como si de su regio vestido sólo quedaran en el segundo algunos retales, para testimoniar su noble abolengo. La imaginación, viendo delante un tablero en que tantas fichas cambian de puesto, abulta enormemente sus efectos y se persuade pronto de que no ha quedado cosa en pie de la combinación primera. Y, con todo, examinadas las cosas sin precipitación y con vista no enturbiada por ningún juicio pre- concebido, que tanto daña a la visión objetiva de las cuestiones, los cam- bios apenas son perceptibles; las fichas continúan desempeñando, en su mayor parte, los mismos oficios que en su primera disposición. Lejos de concluir como el P. Chevallier que «entre los dos Cánticos 110 hay casi nada de común y sí extrema divergencia y hasta oposición», me confirmo en que no hay entre ellos casi nada divergente, ni menos oposición, sino completa conformidad.
Se dice en el «Argumento» del Cántico B, que «el orden que llevan estas Canciones es desde que un alma comienza a servir a Dios hasta que llega al último estado de la perfección, que es matrimonio espiri- tual», y que en ellas, por consiguiente, se abrazan las tres vías clásicas, que recorre el perfecto, es a saber: purgativa, iluminativa y unitiva, que corresponden, respectivamente, a los principiantes, a los aprovechados y a los perfectos. El Cántico A no trae este «Argumento», pero pu- diera traerle, puesto que le cuadra tan perfectamente como al Cántico B. La razón es porque son casi iguales, y las pequeñas discrepancias que existen no varían la igualdad de las líneas directrices de ambos tratados. Suponiendo exacta síntesis— por tal la tiene el P. Chevallier— la que del tratado da el citado argumento del Cántico B, la división dicha tiene aplicación completa al Cántico de la primera redacción.
Según hemos visto en el citado crítico, las líneas fundamentales del Cántico B, son claras; las de A se hallan más difícilmente. Para lograrlo hay que examinar las dos terceras partes de la obra. Cheva- llier las encuentra, por fin, en el comentario al verso Entrado se ha la Esposa, de la Canción 27. De dicho comentario saca las cuatro líneas fundamentales del Cántico A, que ya vimos señaladas por el mis- mo Santo.
APENDICES 501 Para mi, esto nada prueba, porque las líneas dichas tienen la misma aplicación al Cántico B, donde también se leen (can. XXII); y si fueran tan discordes como dice el P. Chevallier en sus combinaciones malabári- cas de grupos de uno u otro Cántico, ni el Santo, ni cualquiera que hubiese arreglado el Cántico B, habría dejado en él semejantes líneas, que tan palpable y radicalmente, según Dom Ph. Chevallier, contradicen el orden de dicha segunda redacción del tratado. Pero, a lo que parece, ni el Santo— para los que opinamos que la segunda redacción es suya—, ni el que sea el autor de este arreglo— para los que no quieren ad- mitir tal opinión — lo juzgaron así, y dejaron intactas las líneas pre- citadas.
Estas se hallan trazadas en las siguientes palabras del Santo: «Primero se ejercitó en los trabajos y amarguras de la mortificación, que al principio dijo el alma desde la primera canción hasta aquella que dice «Mil gracias derramando» [estrof. 1-4].— Y después pasó por las penas y estrechos del amor, que en el suceso de las canciones ha ido contando, hasta la que dice «Apártalos, Amado» [estrof. 5-11].— Y allen- de de esto, después cuenta haber recibido grandes comunicaciones y mu- chas visitas de su Amado, en que se ha ido perfeccionando y enteran- do en el amor de él, tanto que, pasando de todas las cosas y de sí misma, se entregó a él por unión de amor en desposorio espiritual, en que como ya desposada, ha recibido del Esposo grandes dones y jo- yas, como ha cantado desde la canción donde se hizo este divino des- posorio, que dice «Apártalos, Amado» hasta esta de ahora, que co- menza «Entrado se ha la Esposa», donde restaba hacer el matrimonio espiritual entre la dicha alma y el Hijo de Dios, esposo suyo [estrof, 12-26].
»E1 cüal es mucho más que el desposorio; porque es una transfor- mación total en el Amado, en que se entregan ambas las partes por to- tal posesión de la una a la otra con consumada unión de amor, cual se puede en esta vida. En que está el alma hecha divina y Dios por participación en cuanto se puede en esta vida, y así es el más alto estado a que en esta vida se puede llegar. Porque así como en la con- sumación del matrimonio carnal son dos en una carne, como dice la Divina Escritura, así también consumado este espiritual matrimonio en- tre Dios y el alma son dos naturalezas en un espíritu y amor de Dios. Bien así como cuando la luz de la estrella o de la candela se junta y une con el sol, y ya el que luce no es estrella ni la candela, sino el sol, teniendo en sí difundidas las otras luces». (1).
¿Y en qué discrepan estas cuatro líneas fundamentales del Cántico A, de las tres vías clásicas del Cántico B? Creo que en nada. Son las mismas. Las dos primeras que comprenden las estrofas 1-11, son absolu- tamente iguales en ambos Cánticos, ya que iguales son las canciones, igual su comentario, igual su disposición e igual su finalidad. Porque vamos a cuentas, ¿qué otra cosa es la vía purgativa, que señala el Cán- tico B a estas estrofas, más que el ejercicio en los trabajos y amar- guras de la mortificación, y las penas y estrechos del amor, que les 1 Véanse los comentarios al verso Entcádose ha la Esposa, de la canción 27 de A, y de la XXII del Cántico B.
502 APENDICES asigna el Cántico A? Allí están los libros de la Sabida para demos- trarlo. Como antes se apuntó, para estas dos líneas fundamentales del Cántico A, según Chevallier, ni siquiera se alteró en B el orden de las estrofas. Los párrafos que éste añade en algunos versos, no hacen más que ampliar y confirmar la doctrina del Cántico A, pero en ninguna manera implican cambio en las directrices básicas de las estrofas. En uno y en otro son lo mismo y se ordenan a idéntico fin.
Y las de la tercera línea fundamental de A (12-26), que es el des- posorio espiritual, en que, como ya desposada, ha recibido el alma del Esposo grandes dones y joyas, ¿qué son más que los progresos del amor y conocimiento de Dios en la vía iluminativa de B (cans. XIII-XXI), donde también se habla del desposorio espiritual? San Juan de la Cruz incluye el desposorio espiritual en ambos Cánticos en la vía iluminativa, que es la de los aprovechados; porque, en realidad de verdad, respecto del matrimonio espiritual el desposorio implica todavía imperfección de amor divino, no ha llegado aún, ni mucho menos, a la meta del amor a que se puede llegar en esté mundo.
Dígase igual de la cuarta línea directriz de A (27-39), o sea el matri- monio espiritual, que es, ni más ni menos, la vía unitiva de B, de la que, en realidad, no sólo se habla desde la canción veintidós a la trein- ta y cinco, como dice el P. Gerardo (1), sino de la veintidós hasta la cua- renta, aunque de la treinta y seis hasta el fin se trate también del es- tado beatifico, como brote natural del deseo de unirse a Dios en gloria perdurable, modalidad del amor divino que trata en el Cántico B ex profeso, y que es la única diferencia, harto pequeña, de los dos Cán- ticos. Hay, por lo tanto, plena coincidencia entre ambos en las líneas fundamentales del tratado.
A pesar de todo, el P. Chevallier viene a concluir, que asi como en el Cántico B los cuatro grupos en que se dividen las estrofas comprenden a los principiantes, aprovechados, perfectos y bienaventura- dos en la gloria, el Cántico A no ha descrito más que un tiempo de la vida espiritual: el de los perfectos (p. 78). ¿Qué se ha hecho, entonces — P. Chevallier— de las líneas directivas de A, donde habla San Juan de la Cruz de los trabajos y amarguras de la mortificación y de las penas y estrechos del amor? Mientras no se arranquen de cuajo buena parte de las canciones con sus respectivos comentarios, siempre será cierto que en el Cántico A, como en el B, se hallan mencionados los tres estados tradicionales de la Mística. Y si se quiere decir que en el Cántico A toda la explicación y doctrina de las canciones se or- dena al estado de perfectos, dígase, enhorabuena, pero no se excluya del concepto al Cántico B, que posee los mismos títulos para apro- piárselo. La progresión ascedentc del amor santo, desde los vagidos vehementes pero imperfectísimos del «¿Adonde te escondiste, Amado?», hasta los trinos profundos, tranquilos y apacibles de ruiseñor (la dulce Filomena) que hace el alma en la plenitud de la transformación amorosa en Dios, es igual en los dos Cánticos, con la excepción de que en el segundo se desgranan algunas subidísimas notas a la fruición perenne del estado beatífico.
1 T. II, p. 138.
APENDICES 503 Pero aún hay mucho más— dice el crítico francés— en esta falta de coincidencia entre ambos Cánticos que el plan más o menos restrin- gido del Cántico A respecto del Cántico B: entre ambos planes no hay nada de común. Hay divergencia extrema (1). Y en seguida pasa el P. Chevallier a puner de resalto el endiablado zurcido y barajadura de canciones que al autor del segundo Cántico se le ocurrió hacer en el orden con que se pusieron en la primera redacción. Dieciocho estrofas (15 a 32) de A se presentan en B (16-33) en orden completamente dis- tinto. De este completo embarullainiento, llega el P. Chevallier a la siguiente conclusión: De las cuatro líneas fundamentales de los dos Cánticos, la única que corresponde en uno y otro al mismo estado de matrimonio espiritual, no está representada en B más que por una parte insignificante de las estrofas que la expresan en A; dos grupos de dos estrofas: las canciones 27-28 y 33-34 de A, y XXII-XXIII y XXXIV- XXXV de B. De treinta y nueve estrofas de A, solamente cuatro conser- van en B su primitiva significación.
Veamos de nuevo a qué se reduce esta universal hecatombe causada por esa especie de terremoto literario que produjo el Cántico segundo, sin haber quedado apenas una columna en su puesto primitivo. Por de pronto, le conservan las catorce primeras, que se leen con el mismo orden y con la misma glosa en B que en A. El fin o designio en ambos es el mismo. El que expresa el propio Santo en el comentario al primer verso de la canción 27 de A: los trabajos y amarguras de la mortificación, y las penas y estrechos del amor; es decir, exactamente como en B, que también reproduce, sin cambio alguno de importancia este comentario (can. XXII). Que el Cántico B añada, además, que las primeras estrofas pertenecen a la vida purgativa, no hace con ello más que confirmar de an- temano lo que había de decir en la canción XXII, que es la 27 de A. Tenemos, por lo tanto, no cuatro, sino catorce estrofas, que ocu- pan en los dos Cánticos el mismo lugar y el mismo significado. Estas estrofas constituyen las dos primeras líneas fundamentales del Cántico, de las que más arriba nos habló el P. Chevallier.
La tercera línea fundamental del mismo Cántico la constituyen los desposorios espirituales, en que la esposa recibe del Esposo «grandes dones y joyas». Forman esta línea las estrofas 12 a 26 del Cántico A.
1 "Los elementos — escribe el P. Chevallier (p. 79) — de una fase única en A, no pueden servir para las cuatro fases distintas de B, sin que de antemano no haya ha- bido condenación, leve o grave, del punto de vista expuesto en A; luego, reacción, es decir, desviación que entraña una verdadera vivisección, la cual cristaliza en una adaptación de tres segmentos nuevos en sujetos inesperados. Así es en verdad. Tres miembros arrancados a los perfectos, fueron aplicados a los principantes, a los apro- vechados y a los bienaventurados."
A esto presumo que dejaremos contestación cumplida en las páginas siguientes, donde insistiremos en demostrar que las lineas fundamentales de ambos Cánticos son las mismas. En B no se condena cosa alguna fundamental de A. Se modifica el punto de vista citado de los desposorios y matrimonio, no en nada substancial, sino en la ex- plicación de algunos de sus efectos, y se amplía una manifestación de deseo de pose- sión de gloria en las cuatro últimas canciones. ¿A qué hablar de condenaciones, reac- ciones, desviaciones, cristalizaciones, vivisecciones, que huelen a clínica de experi- mentos, y causan el efecto de una descomunal y cruel degollina del Cántico A, cuan- do la cosa es tan chica y sencilla, y A pasa un tanto remozado, íntegro y hermoso al Cántico B?
504 APENDICES 504 APENDICES En el Cántico B se habla del desposorio desde la canción XIII a la XXI O lo que es lo mismo, que las nueve estrofas que en B forman la ter- cera linea están tomadas de A, aunque con distinta colocación, salvo las tres primeras que ocupan el mismo lugar que A (1). Estas nueve es- trofas tienen en ambas la misma significación y desarrollo substancial de doctrina: describir el desposorio espiritual, las causas que alteran la paz todavía entre Dios y el alma y las virtudes que ha de adquirir la esposa antes de la celebración del espiritual matrimonio con el Amado. La exposición de la doctrina comienza en ambos Cánticos y se continua en tres estrofas consecutivas con el mismo orden. Lo que el alma goza en los desposorios esta admirablemente dicho en la canción «Apártalos, Amado» (12-XIII), y como efecto de este inefable gozo, sale de vuelo para comunicarlo a todas las criaturas y cantar las grandezas del Ama- do. De aquí las dos magnificas estrofas que empiezan: «A\i amado, las montañas...», y «La noche sosegada...»