El Santo estaba con nosotras por la reja de la iglesia hablando cosas muy altas de Nuestro Señor, y de una obra que había hecho en la prisión de la Santísima Trinidad, que era un gozo del cielo oirle. Como ya venía la noche, la buena Madre Ana de los Angeles, como tan celosa y recatada a lo que tocaba a honestidad, le dijo que le parecíe no ser lícito, aunque fuese en la iglesia, no estar aquella noche allí, que ella daría traza cómo viniese un caballero de quien le pu- diese fiar, que todos los Calzados no se lo quitarían; y ansí envió por don Pero González de Mendoza, muy principal canónigo de la iglesia de Toledo, y otras dinidades tenía también, tío de Don P.° Laso, que ahora vive.
Trajo su carroza, y con unos hábitos de clérigo le vistieron, y así fué Dios servido que sucedió tan bien, que este santo caballero, pasados algunos días, lo envió a Almodóvar del Campo.
Como yo era novicia estaba apartada, y ansí de otras muchas co- sas que pudiera decir de otras del Santo, no las digo por no estar muy cierta. La Madre María de Jesús, que ha sido priora de Toledo, y al presente está allí, que éramos novicias y vinimos juntas de Molina, su Reverencia podrá ser se acuerde mejor, y Teresa de la Concepción, hermana de velo blanco, que era entonces la enfermera que le dió al Santo la comida que tengo dicho, con todas las demás que al presente son vivas de las que yo dejé, que en Beas es la APENDICES 365 Madre Leonor de Jesús, y en Sabiote la madre Francisca de San Elíseo, que éstas, como ya eran de más edad, tendrán más noticia de lo que pasó.
De una cosa se me ha acordado, que decía, que era la comida tan limitada, que parecía se la daban para acabar más presto la vida, y que sentía en sí que se desustanciaba. También se me ha ofrecido que la madre María de los Mártires estaba entonces allí, y como quien tanto gusta de la virtud, podrá dar buena relación desto.
Reverenciado sea Nuestro Señor en todas sus obras, que así de- sea del bien de nuestras almas.
Su Majestad nos guarde a V. R. muchos años para la mayor honra y gloria suya y mayor bien de nuestra sagrada Religión, etc.
De V. R. indina subdita.— Constanza de la Cruz.
Por tener los dedos como los tengo no puede ir esto de mi letra (1).
1 No obstante de la M. Constanza es la firma y la linea que sigue.
366 APENDICES VIII CARTA DE LA V. MARIA DE JESUS SOBRE SAN JUAN DE LA CRUZ (1).
Lo que yo sé de las cosas de grandes virtudes de nuestro vene- rable padre fray Juan de la Cruz, y que le traté y vi muchas veces, y siempre conocí en él grande santidad y un espíritu muy del cielo. En- señaba grande negación y mortificación y desasimiento de todas las cosas, aun de las muy espirituales, y ponía a las almas en grande resignación en la divina voluntad y en ajustarse a lo más perfecto. Esto es lo que yo vi y conocí.
Cuando le tuvieron preso los frailes Calzados en el Carmen, nos contó él mismo, cuando salió de aquella prisión, los grandes trabajos que allí había padecido y con el rigor que le trataron aquellos santos frailes; porque decía que de palabras le habían dicho muchas de harta pesadumbre y humillación y mortificación; algunas nos contó, mas no me acuerdo particularmente las que eran más de que le de- cían, que ya no había de tornar más a los Descalzos; y que ansí le le quitaron el hábito de Descalzo y le pusieron uno de los Calzados, y le encarcelaron muy rigurosamente, donde no tenía luz para re- zar el oficio divino, sino en una lumbrera del tejado de la cárcel donde estaba.
Dábanle muy mal de comer y los viernes le sacaban al refectorio, las espafdas desnudas, y allí le decían sus faltas y eran de que se había ido a los Descalzos, y fundaba nuevas reformaciones y otras cosas a este modo, y le daban muy recias diciplinas de [ruejda de todos los religiosos, y le tenían allí en medio puesto en mortificación, y le daban pan> y agua a comer, y luego le tornaban a la cárcel.
Y él dijo que estaba con grande gusto a todo esto y que le hacía Nuestro Señor muchas mercedes en este tiempo: el de co- municársele con grandes consuelos, y que no les hablaba palabra a todo esto que hacían con él aquellos frailes; y que su pena era el que no supiese de él nuestra Santa Madre ni los Descalzos, porque nadie sabía dónde le tenían los del Carmen, aunque más di- ligencias hacía nuestra A\adre y todos los religiosos para saberlo; y que su cuidado y pena era si se habían de deshacer las casas de Descalzos, porque a él decíanle en la cárcel que sí; mas dijo el Santo que siempre confió no había de ser tal cosa.
Dijo que vino a estar tan malo y flaco, que le parecía se iba muriendo, y que estando en esto una octava de Nuestra Señora de la 1 Ms. 12.738, fol. 817. Es toda de letra de la Venerable María de Jesús (Rivas), que profesó en Toledo el 8 de septiembre de 1578. Su admirable vida, gracias a los trabajos del P. Joaquín de la Sagrada Familia, principalmente, se ha divulgado mucho por España y América, que esperan verla pronto en el catálogo de los Beatos.
APENDICES APENDICES Asunción, le apareció y le mandó se fuese de la cárcel, que ya se la dejaban abierta las noches por el grande calor, y él temía el irse por estar tan malo y no poder salir sino con grandísima di- ficultad. Con todo esto, dice que muchas veces le tornó a mandar se fuese, que ella le ayudaría. Ya una vez dijo que no pudo resistir, y determinóse a salir de la cárcel, echándose por una ventana muy alta con la ropa de su camilla que puso para poder bajar. Bajó y dijo que se halló en unos corrales de un monasterio de monjas, y que dió sobre grandes piedras, que fué mucho no hacerse pedazos; mas él decía le libró Nuestra Señora, que no se hizo mal ninguno, y dijo que se vió el hombre más fatigado del mundo de verse en tal estrecho; porque conforme a fuerzas naturales era imposible salir de aquella cerca donde cayó, por ser muy alta y estar él tan en- fermo y flaco, que parecía se iba a morir.
Aquí, dice, se vió íatigadísimo, porque fuera grande trabajo el que a la mañana le hallaran allí los frailes. Dice que se encomendó mucho a Nuestro Señor y a su Madre Santísima, y dijo que le pareció ie ayudaron de manera que se halló fuera; u él decía aue Nuestra Señora le sacó y de que había sido milagro; y desde allí vino acá, y le entramos en el convento a confesar una monja que estaba muy mala, y con esto le libró Nuestro Señor; porque luego vinieron en su búsqueda frailes y alguaciles y cercaron la casa; mas llamó la perlada a un canónigo de la iglesia y de aquí, y sacóle la perlada por la puerta que solíamos venir a la iglesia; y el canónigo que era te- sorero de la santa iglesia y muy principal, que era don Pedro Gonzá- lez de A\endoza; y él entró en la iglesia, y le entró en su carroza, y le llevó encubierto, y le vistió en su casa de clérigo, y le enviój a Almodóvar en este traje con mucha guarda. Y un hombre de los que le llevaban, dijo cuando vino, que no sabía quién era aquel clérigo que olía a santo.
Y también he oído decir, no sé a quién de cierto, que paréceme era el P. fray José, que hacían sus vendas milagros, digo de su ma- teria, y esto es lo que yo sé de cierto y no otra cosa, y porque es verdad, lo firmo de mi nombre. — María de Jesús.
368 APENDICES IX CARTA DE MARIA DE LA ENCARNACION. (30 DE OCTUBRE DE 1611) (1).
Jesús María.
Por cumplir con la obediencia y precepto que V. R. nos ha puesto para que digamos lo que supiéremos y hubiéremos oído de las virtudes y santidad de nuestro venerable y santo padre fray Juan de la Cruz, digo que para honra y gloria de Nuestro Señor y alabanza de este su fiel siervo, que yo. aunque tan ruin y miserable, le merecí conocer y me confesé algunas veces con él y le comuniqué y trató ahí en Madrid, cuando vino con la madre Ana de Jesús a esa fundación de nuestras religiosas, adonde yo tomé luego el hábito, y todas las veces que me confesaba y comunicaba, sentía gran fructo en mi alma, porque tenía gran eficacia en las palabras que decía, y trataba del amor de Dios y oración y contemplación altísimamente, porque no sa- bía hablar de otra cosa, y tenía tanta gracia en el decir, que se im- primía en las almas, y pegaba fuego de amor de Dios con sus pa- labras, y siempre parecía andaba su alma puesta en oración. Y soy testigo que su majestad de la Emperatriz, que tenga Dios en su gloria, le tuvo gran devoción, y le honraba y estimaba como a santo, y leía sus tratados y cuadernos que hizo este santo, que tratan de altísima oración y contemplación y del amor de Dios, digo los leía con gran gusto y devoción su A\ajestad, y decía no haber leído ni oído en su vida cosas tan altas ni tan devotas.
Estos tratados de oración le oí yo contar al mismo Padre hizo en la cárcel, adonde le tuvieron muchos días los Padres Calzados en el convento de Toledo, a los principios, cuando se empezó la Reformación de nuestra sagrada Religión; adonde por causa de haberse reformado y salido de entre ellos, le hicieron grandes vejaciones y le persiguieron harto.
Padeció muchos trabajos y maltratamiento en la cárcel, y de esto fué buen testigo mi santa madre María del Nacimiento, que estaba entonces en su casa de Toledo y después vino a la "fundación de Ma- drid, adonde fué supriora, y tenía las novicias y fué mi maestra; y así se lo oí contar muchas veces de los grandes trabajos que había pasado este santo; y que cuando Dios le libró de la cárcel, fué a! con- vento de las religiosas de Toledo, y que estaba tan desfigurado y flaco de la hambre que le hacían pasar en la cárcel, y otros malos trata- 1 Ms. 12.738, fol. 827. Es toda autógrafa. La M. María, seglar todavía y al ser- vicio de la Emperatriz, hermana de Felipe II, conoció en Madrid al Santo. Tomó el hábito en la Corte y de aquí pasó más adelante a Consuegra.
APENDICES 369 mientos, que casi no le conocían, n¡ podía echar el habla, que parece iba a expirar.
Oíle decir a esa misma madre, que así estos trabajos, como otros, y enfermedades que había pasado este venerable Padre, lo había llevado con gran paciencia y alegría de ánimo, por amor de Dios; y asimismo le oí contar por dos u tres veces que estuvo en Madrid, y venía muchas veces a nuestro convento a confesarnos, que nunca había tenido mayor contento su alma, ni gozado de la suavidad y luz de Nuestro Señor como en todo el tiempo que estuvo en aquella cárcel; y que era tan escura y lóbrega, que aun para leer no le entraba casi luz ninguna; y que le proveyó Nuestro Señor de que por un agujero bien pequeño le entraba un rayo de luz y sol, con que se consoló y pudo escribir la declaración de aquellas canciones espirituales que él compuso, que empiezan: En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.
Trata altísimamente de la íntima comunicación y contemplación, unión que el alma tiene con Dios y de su divino amor.
También oí contar muchas veces a mi madre Ana de Jesús y a la buena madre María del Nacimiento, que esté en gloria, que nuestra santa madre Teresa de Jesús, que estimaba y quería mucho a este venerable Padre y fué su confesor mucho tiempo, y que decía de é) que le amaba tiernamente, porque tenía un alma muy Cándida y pura, y que era varón sin malicias ni marañas, y que tenía altísima con- templación y una paz grandísima. Lo que puedo decir con gran ver- dad es, que todas las veces que le miraba y hablaba, en su sem- blante y compostura parecía un ángel del cielo, y parecía estar en oración y en la presencia del Señor. Tenía una alegría santa y apa- cible, resplandecía en él la caridad, humildad, mansedumbre y una modestia grave y religiosa.
Luego que murió, oí decir había hecho por él Nuestro Señor muchos milagros, sanando algunos enfermos que tocaban su cuerpo, y que está entero y con suavísimo olor. Yo he visto un dedo de su mano, qu€ viniendo a esta casa nuestro santo padre fray Elias de San Martín, que Dios tenga en su gloria, nos le mostró a todas. Está este dedo con su carne entero, de color de dátil, y con suaví- simo olor. Yo tengo en mi poder una poquita de carne, y está de la misma manera que he dicho del dedo; y así, siempre le he tenido y tengo en opinión a este venerable Padre, nuestro fray Juan de la Cruz, por uno de los varones santos que ha habido en la iglesia de Dios, y que creo que goza de grande y muy aventajada gloria.
Nuestra Santa Madre Teresa de Jesús dejó escrito mucho de este Santo en sus Fundaciones, y trata muy a la larga de su llamamiento, y cómo se quería ir a ser cartujo, y de su gran virtud y religión. Si la madre Ana de Jesús es viva, ella puede decir mucho de este 24 370 APENDICES venerable Padre, porque le trató mucho tiempo en Beas, y fué con ella a la fundación de Granada y a la de Madrid; y entiendo sabe muchas cosas suyas y muy particulares. En Talavera también está una religiosa de velo blanco, que se llama Ana de Jesús, que es ñija de la casa de Granada, y conoció y comunicó mucho allí y en Madrid a este santo, y le oía yo contar a esta hermana, el tiem- po que estuvimos juntas en la casa de Madrid, muchas cosas de la santidad y virtud de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz. Si no es muerta, ella lo dirá mejor que yo, que por tener flaca me- moria no me acuerdo bien.
Así de las que van aquí nombradas y de otras muchas personas que conocieron a este santo, puede saber V. R. mucho de sus grandes y heroicas virtudes y santidad; y porque es muy gran verdad todo lo qu«? va aquí escrito, lo firmo de mi nombre, hoy día del jlo- rioso santo Padre Serapión, a 30 del mes de octubre de este año de 1614, en este convento de nuestro Padre San José de Consuegra. — María de la Encarnación.
[Postdata]: Padre nuestro: Perdone V. R. el mal estilo con que esto va escrito, que la gran voluntad con que se ha dicho, suplirá las muchas faltas que lieva. A V. R. suplico humildemente me envíe su bendición, avisándome de su salud, la cual suplicaré a Nuestro Señor en mis pobres oraciones acreciente a V. R. con muchos años de vida, para que pueda hacer a Nuestro Señor señalados servicios, y las informaciones de muchos santos y santas que van muriendo cada día en nuestra sagrada Religión, y que sea yo una de ellas; que si V. R. me ayuda con sus santas oraciones y sacrificios, con- fío en su Divina Majestad me dará abundancia ae su gracia para que le sirva con veras. Dios me guarde a V. R. como deseo y hemos menester todas sus hijas y subditas.
APENDICES 371 X CARTA DE ISABEL DE JESUS MARIA. — CUERVA, 2 DE NOVIEMBRE DF 1614 (1).
Jesús María.
Las virtudes y santidad de nuestro padre fray Juan de la Cruz fué muy grande, y en particular resplandeció en él una maravillo- sa mansedumbre y paciencia en grandes trabajos que padeció en su vida, particularmente cuando la separación de la provincia el ano de 1580; porque los Padres Calzados le tuvieron preso en el convento del Carmen, en Toledo, en tan grande aprieto y asperísimo tratamien- to, que sintiéndose que ya iba a desfallecer y se le acababa la vi- da, se determinó de huir. En lo cual le ayudó Nuestro Señor y su Santísima Madre miraculosamente, porque se descolgó por una ven- tana de la cárcel, poniendo las mantas en que dormía a manera de sogas, y asido de ellas, bajó un trecho altísimo; y estando ya en lo bajo, se halló en unos cercados por donde halló imposibilitada la sa- lida por las tapias muy altas, y se vió entonces tan afligido y sin remedio humano, que quiso dar voces a los mismos frailes, pidiendo misericordia y que le volviesen a la prisión. Acudióle a favorecer aquí la de Nuestro Señor, y sin saber cómo, se halló en la calle y fuera de aquel cercado.
Vino al amanecer a nuestro convento de Descalzas de Toledo, tan acabada la virtud y fuerzas naturales, así de la turbación, como del mal y trabajos de la prisión, que casi no podía hablar a la portera; a la cual dijo con mucha humildad, que le favoreciesen a priesa, por- que entendía venían en su seguimiento.
La madre Ana de los Angeles, priora que era entonces de aquel convento, se halló confusa, no sabiendo qué hacer para asegurarle en aquel peligro. Proveyó Nuestro Señor que una religiosa enferma, que estaba en la cama, a este punto dijo que tenía necesidad de con- fesar y que entrase aquel padre a confesarla. Hízose así, y después con mucho secreto, salió a la iglesia del convento, donde estuvo es- condido algunas horas, hasta que a ruego de la madre priora vino Don Pero González de Mendoza, canónigo de la Iglesia Mayor de Toledo, y tío del Conde de Arcos; y él mismo en su carroza, llevó y puso en salvo, enviándole después a un convento de Descalzos die la Or- den; y el criado que le acompañó, volvió diciendo a las religiosas, que qué fraile era aquel, que salía de él un olor celestial.
Acuérdome también, que en aquel rato que le tuvimos escondido 1 Ms. 12.738, fol. 835. Toda de letra de esta religiosa, que profesó en Toledo y pasó luego a la fundación de Cuerva.
372 APENDICES en la iglesia, dijo unos romances que traía de cabeza— y una religiosa los iba escribiendo—, que había el mismo hecho. Son tres, y todos de la Santísima Trinidad, tan altos y devotos, que parece pegan fue- go; y en esta casa de Cuerva los tenemos que empiezan: «En el principio moraba el Verbo, y en Dios vivía». Esto pasó estando yo novicia en Toledo.
La opinión y estima que hay de los escritos y obras es grandí- sima, que con ellas y sus palabras he oído decir y experimentado en mí misma que pegan fuego del cielo, y son tan estimadas sus obras, que no parece tener tanto trato de espíritu, que como un precioso tesoro las tienen y guardan, sin que basten ruegos ningunos de per- sonas que las piden para sacarlas. Y de éstas, y con esta estima, tiene el Conde de Arcos unas liras o líricos con su glosa o decla- ración a cada copla, cosa muy delicada y espiritual, que comienzan: «A dónde te escondiste».
El gobierno de este Santo el tiempo que Nuestro Señor le ponía en él, fué de mucha rectitud, caridad y prudencia, como se echó de ver en las cartas y orden que enviaba a nuestra madre Ana de los Angeles siendo priora; y lo mismo entiendo que hizo en todas las demás ocasiones; y nunca he sabido otra cosa en contrario, sino que su religión, oración y paciencia fué admirable.
Y lo que algo en contra de esto se dijo y proceso en el tiempo de su muerte y trabajos, Vuestras Reverencias sabrán qué verdad tuvo, que en eso no me meto, ni tampoco en creer tuvo culpa en aquellas cosas este gran santo, que yo no lo creo.
He oído decir grandes milagros de la entereza de su cuerpo, y de los que hacían al tiempo de su muerte las vendas que de las llagas le quitaban, y que quien ve alguna reliquia de su carne, ve junta- mente su rostro del Santo, y que se apareció al tiempo de su muerte a una bienhechora suya, agradeciéndole lo que por él había hecho y que pueden dar gran relación de su vida la Madre Ana de Jesús, priora que fué de Granada, y las religiosas de aquel convento.
Esto es lo que yo sé de este gran religioso, de vista y oídas, a personas que sabían algo de su vida; y lo dicho es nada para lo que habrá que decir de su mucha santidad. Yo le tengo por santo.
Y por ser verdad lo firmo de mi nombre, hoy, a 2 de noviembre, año de 1611, en Cuerva.— Isabel de Jesús María.
APENDICES 373 XI CARTA DE CATALINA DE CRISTO. (20 DE AGOSTO DE 1604) (1).
Jesús María.
Lo que yo tengo que decir de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz, es que le tengo por un santo que puede mucho con Dios, y esto tengo por experiencia, ayudándome de su intercesión en muchas ocasiones de trabajos interiores y dudas de espíritu; que conociendo notable fruto en él con la lección de su admirable doctrina, que raras veces me ha acaecido haberlo leído que no saque particular aprove- chamiento y deseos de virtudes, particularmente de amor de Dios y desprecio de mí misma y de todas las cosas; y estos efectos son más o menos cuando se leen estos libros cuanto más o menos está pura la conciencia; y cuando no lo está, no se entiende la gran sa- biduría que en ellos se encierra.
Esto he oído decir a otras personas, de más de tenerlo yo por experiencia. Oí decir de esta doctrina a un gran santo varón de la Com- pañía de Jesús, eminente en cosas de espíritu, que se llamaba Cristóbal Caro: este decía tener a nuestro Padre por gran santo, y su doctrina y escritos por admirables para el bien de las almas, y llamábala doctrina divina y celestial, y persuadía a que le leyesen las personas espirituales.
Este santo varón era confesor de un hermano de nuestro venerable Padre, hombre casado, de admirables virtudes y santidad, y de gran- des mercedes de Dios, que decía de él este su confesor: tan gran santo es Francisco de Ycpes como su hermano; y yo le traté y vi en muchas ocasiones esta verdad; al cual oí contar acerca de los mi- lagros de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz muchas co- sas, que con un relicario que le dió su santo hermano habían sanado personas de algunas enfermedades, y así le traían de una parte a otra por la experiencia de la verdad. No sé que entonces tuviese reliquia del Santo más de ser suyo; a mí me le pusieron mis padres siendo pequeña veinte o treinta días. Tenía unas calenturas de opilaciones, de las cuales me dió la enfermedad de piedra. Eché dos muy gran- des, y sané de aquella enfermedad. Entonces y después, aunque por algún tiempo me quedaron algunas reliquias, al fin quedé del todo buena, como si en mi vida hubiera tenido tal enfermedad, que es ésta de mal de piedra, la cual me decían me había de impedir el ser monja descalza.!, i La duda de este milagro está, en que esto que digo de la sanidad 1 Ms. 12.738, Col. 831. De letra de la misma religiosa.
374 APENDICES de esta enfermedad no la conocí yo entonces por milagro del relicario, como era niña; ahora me parece fué la causa de ella los merecimientos de este Santo.
Si esto le pareciere a V. R. basta para jurarlo, y si no, otras cosas bien claras tiene su santidad manifiestas.
A este hermano de nuestro Santo, le oí yo contar un milagro que le aconteció camino de Segovia, yendo él acompañando una re- liquia de su santo cuerpo, que llevaban de una parte a otra; si no me engaño decía ser un brazo del Santo que entonces había poco que murió. Decía, pues, este su hermano, que llegando a los puertos, se levantó una grandísima tempestad, la cual en un instante le llevó en el aire y le puso en una parte tan alta y peligrosa de perder la vida, y pensó ser muerto; y conociendo él ser el demonio y que había hecho esto de envidia de la reverencia que se hacía a la reliquia, dió voces al Santo que le ayudase y librase de aquel peligro en que estaba; y decía que en aquel punto que le llamó, cesó la tempestad, que era de oscurísimas tinieblas y muy 'distante del camino por donde antes iba con la reliquia; y en un instante se halló en el ca- mino, y le prosiguió con serenidad. Decíame que llevaba abrazado consigo la santa reliquia, y que los demonios le habían hecho gran fuerza por quitársela.
Esto es lo que le oí. V. R. sabrá la verdad que esto puede tener. Habrá ventitrés años que yo oí esto, y más otras muchas cosas que no se me acuerdan, que en Medina del Campo desde entonces le llamaban el santo padre fray Juan de la Cruz.
El me alcance de Dios yo lo sea, y guarde a V. R., a quien pido me encomiende.— Catalina de Christo.
APENDICES 375 XII CARTA DE FRAY PABLO DE SANTA MARIA. (VILLANUEVA DE LA JARA, 8 DE NO- VIEMBRE DE 1611) (1).
Fray Pablo de Santa Alaría, en cumplimiento del precepto que nuestro P. Provincial ha puesto para que diga lo que supiere acerca de la buena y santa vida de nuestro buen padre fray Juan de la Cruz, primer fundador de nuestra sagrada Reforma, digo que estuve en su compañía dos años en Segovta acerca de los del Señor, 1590, cuando se edificaba el convento nuevo; en!os cuales vi en él muchas cosas de edificación y virtud y de un espíritu verdaderamente apostólico. Era muy humilde y en todas las ocasiones resplandecía en él gran virtud, en particular se holgaba de traiar de la pobreza de sus padres y de lo poco que él valía en el siglo,::osas que otros procuran ca- llar y encubrir.
Era un varón de un espíritu muy encendido y muy claro enten- dimiento en lo que toca a la Teología mística y materia de oración, de suerte que si no estuviera muy aprovechado en la vida espiritual, tengo por imposible que pudiera hablar tan bien acerca de cualquiera virtud; y tengo por cierto que sabía toda la Biblia, según jugaba de diferentes lugares de ella en pláticas que hacía en capítulos y re- fectorio sin estudiar para ello, sino ir por donde el espíritu le guia- ba, diciendo siempre cosas excelentes y de provecho y edificación para las almas por verlas practicadas en él.
Era muy afable y alegre para con todos, y para sí austero y penitente; y en lo más riguroso del invierno y con mucha nieve se iba sin reparo en los pies a la cantera donde se sacaba la piedra a ser sobrestante de los peones, y nevando y granacizando su cabeza y calva descubierta, parece que pegaba fuego a todos. Y muchos días de éstos, con ser de edad, comía a la una del día sin haberse desayuna- do más que con el Smo. Sacramento, que parecía más de bronce que de carne.
Un día, yendo a confesar las monjas y habiendo mucha nieve cerca de la casa, se metió en un hoyo de nieve hasta las rodillas, y habiendo estado un rato allí atollado, quisiera el compañero que se volviera a casa para que se enjugara los pies; pero él dijo que no hacía al caso, y del frío que le entró, se le desollaron los dedos de los pies, de lo cual soy yo testigo ocular; y sin duda en materia de ayunos, oración y penitencia fué varón muy señalado.
Era muy recto en lo que toca a la observancia regular; no disi- mulaba defectos, pero reprendíalos con entrañas paternales y con una severidad eficaz, envuelta con mucha blandura y amor.
1 Autógrafa de este religioso. Léese en el folio 847 del Ms. 12.738.
376 APENDICES Era muy caritativo con los religiosos, y yo le vi quitarse una túnica nueva y buena para dársela a un religioso, tomando para sí una vieja en el rigor del invierno.
Era muy regular y observante, y no le faltó lo que primeramente se suele examinar en los Santos, que fueron algunas persecuciones, mu- dándole a Baeza cuando la obra de Segovia, que estaba a su cargo, se estaba en gerga, y cuando la fundadora doña Ana de Peñalosa favorecía más la casa por su respecto por ser él su confesor; mas él obedeció sin alteración ninguna, sino con mucha alegría y paz de alma, aunque la fundadora lo sintió mucho por echar de ver que le faltaba el maestro de su espíritu y el dechado de toda virtud.
Y esto es lo que se me ofrece en suma acerca de este particular, y porque sé que todo esto pasa al pie de la letra lo firmé en 8 de noviembre de 1611, en Villanueva de la Jara,— Fr. Pablo de Santa María.
APENDICES 377 XIII CARTA DE FRAY MARTIN DE S. JOSE. (BAEZA, 25 DE ABRIL DE 1614) (1).
Jesús María.
Respondiendo al precepto que se nos ha puesto por parte de V. R. para que digamos lo que sabemos acerca de la virtud y santidad de nuestro padre fray Juan de la Cruz, a quien comúnmente llamamos el Santo, lo que de presente se me ofrece es lo siguiente.
Primeramente, que el dicho padre fray Juan de la Cruz fué el primero que se descalzó y vistió el hábito, dando principio a nues- tra Reformación de Carmelitas Descalzos.
Item, que por la común opinión de santidad en que siempre fué tenido, así en muerte como en vida, y de la que yo en él vi por mis ojos; habrá treinta años que me dió este Santo siendo prior de Granada el hábito de esta sagrada Religión, y desde entonces traigo puesta la correa que él me puso con sus manos, estimándola por esto más que si fuera de oro, y la he prestado para algunas necesidades y me han dicho que ha sido de mucho provecho.