1 De ellas, en la Historia que el P. Jerónimo escribió del Santo (lib. IV, c. 8), dice solamente- "Para más cumplida noticia de los escritos del Venerable Padre, me ha parecido darla aquí de algunos otros tratadillos que compuso, demás de los que habernos referido y andan en sus obras. Escribió, pues, unas cautelas espirituales para religiosos, que será sólo un pliego." Por esta autoridad del P. Jerónimo y por otras antiguas de menor peso y crédito, tenemos por cierto que este tratadito del Santo no fué primitivamente más extenso que lo que es hoy, en la forma que lo co- nocemos, y que no tiene ningún fundamento Baruzi (Saint Jean, les textes, p. 53) para afirmar que no conocemos más que un fragmento con el nombre de Cautelas.
211 VI INTBODUCCIOK CONSEJOS A UN RELIGIOSO PARA ALCANZAR LA PERFECCION Grande parecido doctrinal y hasta de forma literaria tiene con las Cautelas esta instrucción del Santo a un religioso de la Descalcez que le pedía luz para alcanzar la perfección de su propio estado. La persistencia con que el Doctor místico expone la necesidad de que el religioso no se entrometa en nada del convento que no le incumba de oficio y por mandato de obediencia, sino que se conduzca «y viva en el monasterio como si otra persona en él no hubiese», indica cuán convencido estaba de la eficacia de este consejo en orden al aprove- chamiento espiritual, y cuán identificado se hallaba en este extremo de doctrina como en todos, con la Reformadora del Carmen. Es el consejo principal que da a este religioso, que no sabemos quién sea (1), en torno del cual, y como para robustecerle, se agrupan los tres restantes.
Este escrito, de indudable procedencia sanjuanista, ha permane- cido inédito, hasta la edición de Toledo (t. III, págs. 9-12).
De este documento del Santo se guarda un antiguo ejemplar en las Carmelitas Descalzas de Bujalance (Córdoba). Compónese de cuatro hojas y media útiles, mas otras cinco en blanco, sin paginar, de 155 por 103 mm. Las hojas se hallan bastante deterioradas. Una de ellas, que hace de cubierta, lleva esta inscripción: «Avisos de nro. pe. Fr. Juan de la -j- y letra suya». La letra de la inscripción es distinta de la de los Avisos. Debajo de la anterior inscripción, se puso por otra pluma: «De nro. Sto. y venerable pe. fr. Ju.° de la +»• Antes de hallarse en posesión de las Carmelitas, estuvo en poder de don Miguel de Porcuna y Cerrillo, comisario en Córdoba del Santo Ofi- cio, quien lo heredó de sus antepasados, que lo recibirían, probable- mente, de algún carmelita, por ser la familia Porcuna muy devota de la Descalcez.
Aunque se tuvo en dicha familia por autógrafo del Santo este documento, y más tarde por la Comunidad de Bujalance— de lo cual 1 El tratamiento de caridad que da al que lo dirige, indica que se trataba de algún religioso no sacerdote; porque éstos tenían el de reverencia. No sería improba- ble que lo hubiera dedicado a Fr. Martín de la Asunción o a algún otro de aque- llos fervorosos herraanitos que acompañaron en diversas ocasiones (en viajes y acha- ques de salud), al Santo, y a quienes éste cobró particular estima: pues sabido es que Fr. Juan de la Cruz siempre hizo muy buenas migas con los hermanos empleados en los menesteres materiales de los conventos.
A LOS «CONSEJOS fl UN religioso» xxxvn nos debemos felicitar, porque gracias a esta falsa persuasión se con- servó con tanto esmero —, no hay razón alguna para prohijarle a la pluma del místico Doctor. La letra tiene muy poco parecido con la del Santo, y sólo una devoción respetable, que con frecuencia entur- biaba la vista de las personas devotas en casos similares a éste, pudo presumir el origen que se le atribuyó.
No tenemos inconveniente ninguno en suscribir las siguientes lí- neas del P. Andrés de la Encarnación, que examinó a su gusto este documento, y dejó escrito su parecer en unas hojas, que todavía acompañan al texto. «Habiendo examinado»— dice— «este cuaderno con la mayor atención y deseo de hallar la verdad dando testimonio de ella, digo lo primero que esta obrita no admite disputa ser una de las de nuestro místico Doctor y Padre San Juan de la Cruz. De esto es clarísima prueba su doctrina, propia toda del Santo y tan uniforme y aun idéntica a la que vemos en los demás escritos suyos, que nin- guno versado en su lección, podrá menos de conocer ser todos de una mano y espíritu Digo lo segundo que su escritura no la tengo por original de aquella santa mano. Para lo cual certifico, que ha- biéndole cotejado con un papel de medio pliego, original del santo Doctor, que se venera en nuestras Madres de Sta. Ana de Madrid con su propia firma, idéntica en todo a la que se ve del mismo Santo en los libros de nuestro Definitorio, se halla casi con evidencia ser de distinta mano los dos escritos» (1). Continúa examinando algunas letras, ya en su trazado, ya en su empleo ortográfico, para venir a la dicha conclusión: Baste leer aquel «Sol i Deo honor ez gloria* con que remata este escrito, para darle libelo de repudio sanjuanista por lo que hace al origen paleográfico.
Otro ejemplar de estos Avisos había en un manuscrito antiguo de Baeza, del cual nos da cuenta el P. Andrés de la Encarnación (2).
1 Firma este documento en Madrid, a cinco de junio de 1757. Lo mismo había dicho en otro documento que se conserva en el manuscrito 6.296 (Noticias de Buja- lance) fechado en 31 de mayo del dicho año de 1757.
2 Ms. 6.296: Papeles de Baeza.
XXXVIII INTRODUCCION AVISOS Hablando en los Preliminares del Santo como escritor (1), diji- mos que, según declaraciones de su aventajada hija espiritual Ana María de Jesús, monja de la Encarnación de Avila, siendo confesor de aquel poblado monasterio, tenía el siervo de Dios costumbre de dar billetes y sentencias de espíritu a religiosas que dirigía, y que ella, la propia M. Ana María, había recibido algunos del santo Padre. Como fueron numerosas las almas que allí dirigió, y por espacio de cinco años, muchos fueron ciertamente los dictámenes y avisos es- pirituales que escribió para ellas, como prolongación y seguro recuerdo de sus enseñanzas habladas. Ni es temerario agregar a los escritos de este género destinados a la Encarnación, otros análogos que haría también para algunas Descalzas de San José y otras personas, así religiosas como seglares, que se confiaron a él durante el tiempo dicho, dedicado exclusivamente al ministerio de la confesión y direc- ción espiritual.
Todo este abundoso caudal, que constituiría acaso el más rico sentenciario de espíritu que haya existido jamás, se debió de perder muy pronto, pues nadie, ni los biógrafos más antiguos, hace mérito de él, con ser tan cierta su existencia. Si se hubiese empleado dis- creta diligencia en recoger estas chispitas del ingenio sanjuanista a raíz de la muerte del Santo, es fácil que se habría podido formad un rico tesoro de sentencias y proloquios espirituales de imponderable valor ascéticomístico; pues viviendo aún la mayor parte de las per- sonas dirigidas por él, no habrían tenido reparo en permitir copia de los avisos y dictámenes de conciencia que tenían del Santo, ya que, en su mayoría por la menos, nada encerrarían de tan particular y personalísimo para que no gozasen de ellos otras almas devotas.
Después de la Encarnación de Avila, hizo labor análoga en Beas, Granada y Segovia, que fué donde el Doctor místico confesó más de asiento a comunidades de Carmelitas Descalzas, aunque con el mismo resultado negativo en cuanto a la supervivencia de estos es- critos del Santo a sus hijas de confesión. Su parte tuvieron también muchos Descalzos, de quienes el Doctor místico fué guía, principal- mente en el Calvario, Baeza y Granada.
A LOS «avisos» XXXIX Algo de todo esto se salvó de momento; pero la pequeñez material de los documentos, la incuria, el tiempo ávido de sustituir añejos va- lores positivos por otros nuevos, no siempre con ventaja, y movida la maladada persecución contra el Santo pocos meses antes de morir, que obligó a muchos a destruir o poner en cobro documentos suyos, con exce- sivo, pero justificado temor, acaso fueron causa de que sólo una parte mínima de tanta riqueza haya llegado hasta nosotros, por dicha, en au- tógrafos del propio Santo, como si la calidad de la arqueta que guar- daba el tesoro, nos quisiera resarcir en alguna forma de la parte del tesoro perdido. Cuando el tan reiteradamente nombrado P. Alonso de la Madre de Dios recorrió los conventos de Andalucía para instruir el proce- so canónico de la beatificación del Santo, en el segundo decenio del si- glo xvii, encontró aún vestigios de esta riqueza sanjuanista, principalmen- te en Beas, que ha sido el convento que en este extremo más testimonios nos ha dejado (1). Hablando de ello dice el P. Alonso: «Por todos títulos obligaba [el Santo] a sus religiosos y religiosas a ser vir- tuosos y trabajar por la perfección; y les obligaba con el amor que les mostraba en las obras que les hacía. Y así deponen los religiosos y religiosas que le tuvieron por su padre espiritual, le ama- ban más que los padres y madres que los criaron, y que de tal suerte les obligaba el varón del Señor a su trato endiosado, que no había dificultad para lo que les ordenaba. Cuando de este monasterio de Beas se volvía al suyo del Calvario, dexaba a cada religiosa una sentencia de la virtud con que conocía podía aprovechar más, en que leyéndolas con fervor se excitasen; y estimábanlas tanto, que aun después de pasados muchos años, vi las conservaban en cuadernos. Decíanle estas religiosas cuando se volvía a su convento cuánta falta les habría de hacer para enseñarlas. El las respondía: En cuanto no volviere, hagan lo que hace la ovejita: rumiar lo que les he enseñado el tiem- po que aquí he estado. Y así lo hacían, meditando lo que le habían oído y leyendo sus sentencias en sus papelicos; y cuando volvía, les tomaba cuenta de su aprovechamiento, ponderándoles los descuidos que en ellas hallaba, y poniendo en su punto su solícito cuidado» (2).
Cuanto dice el P. Alonso de la Madre de Dios, es confirmación de lo que algunos años antes había escrito la M. Magdalena del Es- píritu Santo, religiosa dirigida por Fr. Juan en Beas, como repetida- 1 Por no tenerle tan a discreción como en Avila y Granada, donde apenas debia de pasar día que no frecuentara el confesonario, pues ya dijimos que el Santo vivia en el Calvario y semanalmente iba a Beas, se ofrecía ocasión propicia para que las religiosas, avaras de las riquezas espirituales de su Director, se las robaran aunque fuera en partecitas tan pequeñas como estas sentencias.
XL INTRODUCCION mente se ha dicho en esta edición. He aquí sus palabras, hablando del magisterio espiritual del Santo en la dicha Comunidad: «En otras, para afervorar y enseñar el verdadero espíritu y ejercicio de las virtudes, hacía algunas preguntas a las religiosas, y sobre las respues- tas trataba de suerte, que se aprovechaba bien el tiempo y quedaban enseñadas; porque sus palabras eran bañadas de luz del cielo. Yo procuraba apuntar algunas para recrearme en leerlas cuando por es- tar ausente no se le podían tratar, y me los tomaron los papeles sin dar lugar a trasladar. Sólo lo que porné aquí dejaron...En ocasiones que se ofrecieron, escribió nuestro venerable Padre a las religiosas de Beas cartas con avisos y doctrina de grande importancia, así a las subditas, como a las perladas. No sé qué las habrán hecho en más de cuarenta años que ha que yo salí dél para la fundación deste Convento de Córdoba» (1).
No hay derecho a presumir que la M. Magdalena fuera la única, entre tantas dirigidas del Santo que tuviese la feliz ocurrencia de hacer florilegio o ramillete con sus sentencias espirituales. Era cos- tumbre entonces — y aún perdura en algunas— tomar notas de pláticas y exhortaciones, cuando lo que decía el exhortador merecía la pena de conservarse en apuntamientos. Tal comezón sintieron muchos de los que oyeron platicar al Santo, si hemos de creer a sus Dichos en los procesos de beatificación y canonización del Doctor místico. De aquí que en los años que se siguieron a la muerte del Santo fueran bastantes las colecciones de este género que se guardaban en los conventos, sobre todo andaluces, que son los que más pláticas y con- versaciones escucharon a este cantor del amor místico, cuando ya ha- bía llegado a la realización plena de la santidad.
Claro es que fiados a la memoria primero y transmitidos al papel después, no serían reproducción literal exacta de lo que de sus labios había fluido suavemente, como corriente de aceite que resbalaba mansa sobre la superficie tersa de las almas; pero retendrían, sin duda, el sentido de sus enseñanzas, grabadas en sus corazones como a fuego y buril, con aquel decir del Santo, que parece metía la devoción hasta los huesos, según declaran religiosas que le oyeron platicar. De esta manera se elaboraron diversos sentenciarios o colecciones de Avisos que alcanzaron a ver el P. Alonso de la Madre de Dios y otros coetáneos o poco posteriores al Reformador del Carmelo.
Pero aún existían otras colecciones de más valía que las menciona- das, hechas por el mismo Santo, de las cuales una ha llegado hasta nos- A LOS «BVTSOS: XLI otros; y, con estar incompleta, debe de ser la que más avisos reunía. Me refiero al conocido Manuscrito de Andújar, estudiado por el P. An- drés de la Encarnación y publicado en copia fotográfica recientemente por el P. Gerardo de S. Juan de la Cruz (1). Es un manuscrito de 150 por 100 mm., encuadernado, con pastas forradas de seda encarnada. Hace catorce hojas, aunque sólo tiene once útiles. La primera hoja va en blanco y lleva el número 1. La paginación se hace por hojas y por el mismo Santo. En algún tiempo al coserse estas hojas, la última útil (página 12), se puso la primera descuidadamente. El descuido se ha ha rectificado. En la primera plana de este folio 12 terminan los Avisos. La siguiente va en blanco. Es fácil, por lo tanto que no es- cribiese más avisos el Santo en esta colección (2).
Es el de Andújar el autógrafo más extenso que poseemos de San Juan de la Cruz y de autenticidad indubitada. Los demás, son cartas, apostillas como las del Códice de Sanlúcar, documentos oficiales de cargos que desempeñó en la Orden y otros parecidos. Dos testimonios acerca de la procedencia de este escrito nos dejó el P. Andrés de la Encarnación. Data el primero de 20 de enero de 1760 y se lee en el Ms. 6.296 de la Nacional. El segundo es del día anterior (19 de enero), en que dice textualmente: «Declaro que, a lo que alcanzo, después de haberle visto con la mayor atención, en el todo y en sus partes, le tengo por original certísimo y escrito de la mano y puño del sublime y santo Doctor místico San Juan de la Cruz, cuya letra original conozco seguramente por haberla visto y manejado por espacio de cinco años...Andúxar, 19 de Enero de 1760 años». El caso es tan evidente, y se han divulgado tanto en reproducciones fotográ- ficas, totales o parciales, que no hay necesidad de insistir más en probar su calidad de autógrafo. Hoy es fácil hacer el cotejo con otros autógrafos que llevan la firma del Santo y se han reproducido por la fotografía (3). Advertimos únicamente, que la letra de los 1 Autógrafos que se conservan del Místico Doctor San Juan de la Cruz. Edi- ción foto-tipográfica...Toledo, 1913. También Baruzi ha publicado una edición muy interesante de este Manuscrito con el titulo de Aphorismes de Saint Jean de la Croix...(París. 1924).
2 Lo que dice el P. Gerardo en la obra citada, de que "la primera y segunda hoja tienen una cara en blanco, lo cual a su juicio proviene de haber el Santo vuelto dos hojas por una al escribirlo", necesita rectificación. Quizá el P. Gerardo se fijó sólo en la forma que le fueron enviadas las reproducciones fotográficas. Como la última hoja, que lleva la segunda plana en blanco se colocó al principio, y en la que seguía, que es la primera del manuscrito, el Santo comenzó a escribir por la segunda plana (folio 1 v.o), resultó lo que el Padre afirma, aunque por la causa asignada, y no por la que el benemérito editor de los Autógrafos del Santo señala.
3 En cuanto a los Avisos, pueden verse en la obra citada del P. Gerardo, donde mi INTRODUCCION Avisos es menos espaciada y está trazada con más cuidado que la de las cartas. Pero los rasgos y características gráficas del Santo son las mismas que en éstas y que en el Códice de Sanlúcar, donde aún se contrae más el Doctor místico por apremios de espacio.
Más obscuro es el historial de este interesante documento san- juanista. Un antiguo manuscrito, del que más adelante daremos rela- ción detallada, que posee el Convento de Carmelitas Descalzos de Burgos, copia al pie de la letra buena parte de los Avisos de Andújar y los encabeza con este título: «Este tratadito dio nro. Pe. Fr. Ju.° de la Cruz a la Me. Francisca de la Me. de Dios, Monja de Veas». No dice más el Manuscrito burgalés referente a esto. La noticia no es inverosímil. Los lectores de esta edición conocen ya a la Madre Francisca (1), que con Ana de Jesús y Magdalena del Espíritu Santo y otras, compartió la muy cuidada dirección espiritual en Beas de este incomparable maestro de la ciencia de la perfección cristiana. Su es- píritu gustó de los secretos más íntimos de la Mística, gobernado eficazmente por la sabia mano de San Juan de la Cruz. De la M. Fran- cisca, como ya se dijo, existe aún una Declaración firmada por ella a 2 de Abril de 1618 (2), cuando se instruyó en Beas el proceso de beati- ficación del Santo, donde nos da muy interesantes pormenores de sus relaciones espirituales con el Doctor místico, y de su dirección bien- hechora en aquella ejemplarísima Comunidad. La M. Francisca fué quien, por indicación de la M. Priora y acompañada de la hermana Lucía de San José, al llegar el Santo a Beas después de salir de la cárcel de Toledo, le cantó la sabida coplilla que reza: «Quien no sabe de penas en este valle de dolores, no sabe de cosas buenas, ni ha gustado de amores, pues penas es el traje de amadores» (3).
El canto, según testimonio de la misma religiosa, le hizo romper en lágrimas al Santo, y luego caer en dulce éxtasis. ¡Tan aficionado a los trabajos había salido de Toledo!
En este su Dicho canónico afirma la M. Francisca, que en todo mostraba el Santo «haber en su pecho grande amor de Dios, cuyas palabras, hasta sus papeles y sentencias encendían y fervoraban las a continuación publica cartas autógrafas del Santo. También Baruzi reproduce muy bien los folios 5 y 8 v.° El lector puede ver el segundo al final de este tomo.
3 Tomamos la coplilla de la Deposición dicha, pág. 169.
A LOS «AVISOS» XLIII almas de los oyentes en divino amor. Y esto experimentó esta testigo en sí misma, que cuando se ha visto y ve tibia, leyendo algunos papeles suyos, se ha hallado y halla diferente» (1). No es difícil que las sentencias y papeles de que aquí nos habla la M. Francisca sean los Avisos que hoy se guardan en la Parroquial de Santa María la Ma- yor de Andújar.
Cuando por los años de 1760 los vió el P. Andrés de la Encar- nación, pertenecían a los ilustres señores D. Alonso de Piédrola Serrano Valenzuela y Benavides, castellano en propiedad del castillo y fortaleza de Andújar, y doña Elvira Jurado Valdivia Serrano y Cárdenas, su mujer, quienes exhibieron dicho tratado al P. Andrés para saber de su indiscutible competencia si era autógrafo de San Juan de la Cruz, como se venía creyendo en la familia de los Piédrolas, a cuyo mayorazgo estuvo vinculado este precioso librito. Aunque ca- recemos de datos sobre ello, parece probable que esta familia, noble y piadosa, recibió este original sanjuanista como prenda de gratitud por favores que hacía a la comunidad de Carmelitas Descalzos que desde 1590 había en la dicha ciudad andaluza. Los conventos de la Descalcez teresiana en Andalucía, fueron los más ricos en recuerdos sanjuanis- tas, por haber pasado allí el Santo lo mejor de su vida y haber escrito en esta hermosa tierra cuanto de él conocemos, salvo algunas canciones.
Por estar escrito por varón tan santo e insigne, siempre gozó de singular veneración el tratadillo de los Avisos en la familia de los Piédrolas. Su último poseedor ha sido el actual conde de la Quintería, D. Rafael Pérez de Vargas, casado con doña Elvira Pérez de Vargas y Pérez de Vargas, condesa de Agramonte. El piadoso matrimonio lo donó en 1918 a la Parroquia de Santa María la Mayor de Andújar, donde vive, y se ha colocado en magnífico relicario, que guarda tam- bién una firma de la Santa, en la capilla de Nuestra Señora de la Cabeza, allí de mucha veneración, magníficamente restaurada por los mismos devotos y generosos donantes (2).
El Manuscrito de Andújar carece del prólogo cortito que vemos en el de Burgos, y que sin duda ninguna formó parte en algún tiempo de él, aunque luego se perdiese la hoja que lo copiaba. Ya sabemos que el Santo gustaba de poner prólogos a sus tratados, y también 1 Ubi supra, pregunta XIII.
2 La ocasión para hacer esta donación generosa a la Parroquia, la oímos de la- bios del Conde de la Quintería cuando amablemente nos relataba cómo había perte- necido aquel Manuscrito a la familia de su mujer desde tiempo inmemorial, sin que pudiera precisar fechas fijas, ni aproximadas, y sí sólo que eran muy remotas. Parece que al morir uno de sus antepasados, se dió orden a un servidor de la familia de que arreglase las habitaciones que la persona difunta había ocupado y rompiese y que- XLIV INTRODUCCION XLIV INTRODUCCION se le puso a este de los Avisos o «Dichos de luz», como él los llama, con frase afortunada, pues haz de luz espiritual, desprendido de su inteligencia, saturada ya de ciencia de cielo, es cada uno de estos avi- sos. El fin de escribirlos y juntarlos lo declara él por estas palabras: «Estos dichos serán de discreción para el caminante, de luz para el camino y de amor en el caminar». No hay en ellos retórica de mundo, porque las parlerías y elocuencia seca de la humana sabiduría «está desterrada de este lugar, para dar cabida a otra elocuencia más hon- da que baña el corazón en dulzor de amor». Ni la índole de la materia, que exige más bien fórmulas precisas y lapidarias, tolera aquel género grandilocuente, muy peculiar del Santo, que brotaba de las entrañas mismas del asunto, desenvuelto con pleno dominio doc- trinal y literario, que admiramos a veces en sus clásicos tratados.
No hay en las sentencias que componen este escrito del Santo el enlace profundo y misterioso que algunos pretenden ver para fines particulares suyos de exposición y doctrina, que les dé un engarce rígido e inflexible. Tienen el general de la perfección cristiana, adon- de se encaminan por deliberado propósito del autor y por la in- trínseca naturaleza de la enseñanza que encierran. Pero no es unión que no permita desarticular estos avisos, alterar su orden y hacer con ellos diversas combinaciones, sin que el conjunto pierda nada de su ilación. Ni hay en ellos ningún secreto místico, ni nos iniciarán en ninguna experiencia ética, que no nos sean conocidos por sus restantes tratados. La naturaleza de estas composiciones, no es la más a propósito para el desarrollo de sistemas místicos, ni tal idea pasó nunca por la mente de San Juan de la Cruz. Son los Avisos más ascéticos que místicos, y para hacer resaltar en muchos de ellos esta segunda calidad, es necesario encuadrarlos en aquellos parajes de sus tratados verdaderamente místicos con los que tienen afinidad de doctrina, y allí, con antecedentes y consiguientes, apreciar la parte mística que les corresponde en relación a todo el sistema (1).
Después del vigésimo quinto aviso, viene lo que el propio Santo mase los papeles que no tuvieren importancia. Poco tiempo después, la misma persona que dió tal orden cayó en la cuenta de que entre los papeles se hallaba el tratadito del Santo, y asustada de que hubiera podido éste ser quemado, acudió en seguida al lugar donde se hacía la selección de los papeles dichos, con tal oportunidad, que si lo veri- fica unas horas más tarde habría perecido entre las llamas el precioso Códice, puesto que ya estaba entre los condenados al fuego. Para evitar futuras parecidas contingen- cias, los señores Condes de la Quintería, determinaron, muy acertadamente, donarlo a la Parroquia, donde, con toda la seguridad apetecible y conveniente decoro, se ha- lla expuesto a la admiración y veneración de los fieles.
1 Se advierte esto a propósito de ciertas afirmaciones que hace Baruzi en su itada obra Aphocismes...A LOS «AVISOS: XLV XLV llamn «Oración del alma enamorada», que es una especie de paréntesis en la sequedad exigida por los proloquios, en el que el piadoso autor derrama su corazón en actos de profunda ternura y humildad de la mejor ley, para proseguir luego en el ritmo primero hasta la con- clusión. Y no es exacto, a lo que alcanzamos, lo que dice el aludido autor, que el recuerdo lírico de la oración del alma enamorada no se borra jamás. Allí no se oye otro lirismo que el chasquido seco de las disciplinas ascéticas que aplica al alma en sus enseñanzas habituales de purificación de sentidos, mortificación de apetitos, negación de la voluntad, soledad en Dios, como medios de conseguir ser inscritos en aquel afortunado grupo, muy reducido, según autoridad evangélica, que el Santo recuerda en uno de los últimos avisos, cuyo lirismo no vemos por ninguna parte: «Mira»— escribe el Santo— «que son muchos los llamados y pocos los escogidos; y que si tú de ti no tienes cui- dado, más cierta está tu perdición que tu remedio; mayormente, siendo la senda que guía a la vida eterna tan estrecha». Los demás avisos que le siguen no le van en zaga en punto a doctrina terminante, sencilla y desnuda de entusiasmos líricos, enderezadora de las almas a la consecución de la vida eterna.
No hay que poner misterio donde no existe, y en esí' can Juan de la Cruz no da ninguna doctrina esotérica para cuatro inicia- dos de escuela, sino clara y terminante para todo el que sienta sed de perfección divina.
Tampoco hay secreto ninguno en la calidad de las personas a quienes dirige este tratado (1). Lo dedica a todos los cristianos que deseen adelantar en virtud, y con preferencia a los habitadores de los claustros carmelitanos, ni más ni menos que los demás escritos suyos. La doctrina de los avisos no se ciñe a ningún estado particular; es aplicable a todos los buenos, aunque el religioso se halle en mejores condiciones de practicidad virtuosa. Seglar era D.a Ana de Peñalosa y abastada de bienes, y. sin embargo, el Santo no tuvo reparo en de- dicarle su más avanzado y lírico tratado místico. Esta parece ser la pura verdad, y así lo han entendido todos hasta estos tiempos novísimos, dotados, a lo que parece, de una segunda vista para descubrir mon- tañas allí donde no se habrían apreciado más que caminos llanos y muy andaderos para la inteligencia, aunque no tan fáciles para la voluntad.