2. Y en eso mismo que se oscurece según el entendimien- to, se entorpece también según la voluntad, y según la memoria se enrudece y desordena en su debida operación. Porque, co- mo estas potencias según sus operaciones dependen del enten- dimiento, estando él impedido, claro está lo han ellas de es- tar desordenadas y turbadas. Y así dice David: Anima mea turbata est valde (6). Esto es: Mi alma está mucho turbada. Que es tanto como decir: desordenada en sus potencias. Por- que, como decimos, ni el entendimiento tiene capacidad para re- cibir la ilustración de la sabiduría de Dios, como tampoco la 1 La e. p. y A y B. traen, con alguna leve diferencia: Pruébalo por autoridades de la Sagrada Escritora.
2 E. p.: no se divisa bien el rostro del que en ella se mira.
3 El Códice de Alcaudete es el único que traslada luz por lugar, que se lee en los demás y en las ediciones.
4 Psalm. XXXIX, 13.
6 Pj. VI. 4.
40 SUBIDA DEL MONTE CARMELO tiene el aire tenebroso para recibir la del sol, ni la voluntad tiene habilidad para abrazar en si a Dios en puro amor, como tampoco la tiene el espejo que está tomado de baho para repre- sentar claro en si el rostro ( 1 ) presente, y menos la tiene ia me- moria que está ofuscada con las tinieblas del apetito para in- formarse con serenidad de la imagen de Dios, como tampoco el agua turbia puede mostrar claro el rostro del que se mira (2).
3. Ciega y oscurece el apetito al alma, porque el ape- tito, en cuanto apetito, ciego es; porque de suyo ningún en- tendimiento tiene en si, porque la razón es siempre su mozo de ciego (3). Y de aqui es que todas las veces que el alma se guia por su apetito, se ciega; pues es guiarse el que ve por el que no ve, lo cual es como ser entrambos ciegos. Y lo que de ahí se sigue, es lo que dice (4) Nuestro Señor por San Mateo: Si caecus caceo ducatum praestet, ambo in foveam cadunt (5). Si el ciego guia al ciego, entrambos caerán en la hoya. Po- co le sirven los ojos a la mariposilla, pues que el apetito de la hermosura de la luz la lleva encandilada a la hoguera. Y asi podemos decir, que el que se ceba de apetito, es como el pez encandilado, al cual aquella luz antes le sirve de tinieblas para que no vea los daños que los pescadores le aparejan. Lo cual da muy bien a entender el mismo David, diciendo de los se- mejantes: Supercecidií ignis, et non viderunt solem. Que quie- re decir: Sobrevínoles el fuego que calienta con su calor y encandila con su luz (6). Y eso hace el apetito en el alma, que enciende la concupiscencia y encandila al entendimiento de manera que no pueda ver su luz. Porque la causa del encandilamiento es, que como pone otra luz diferente delante de la vis- 2 En ella, añade la e p.
3 La e. p. escribe Porque de suyo no mira razón; que la razón es la que siempre derechamente guia y encamina al alma en sus operaciones.
4 E. p.: Y lo que de aqui viene a seguirse, es puntualmente lo mismo que dice, etc.
5 Matth.. XV, 14.
6 Ps. LVI!, 9. Sólo en el Códice de Alcaudete se leen estas frases. Los demás Mss. se limitan a traducir cayóles o dióles la luz en los ojos y deslumhrólos. La c. p.: sobrevínoles el fuego y no vieron el sol.
LIBRO PRIMERO —CAP. Vni 41 ta, cébase (1) la potencia visiva en aquélla que esta entrepuesta, y no ve la otra, y como el apetito se le pone al alma tan, cerca que esta en la misma alma, tropieza en esta luz primera y cebase en ella (2), y asi, no la deja ver su luz de claro en- tendimiento, ni la vera hasta que se quite de en medio el encandilamiento del apetito.
4. Por lo cual es harto de llorar la ignorancia de algunos, que se cargan de extraordinarias penitencias y de otros muchos voluntarios ejercicios, y piensan que les bastará eso y esotro para venir a la unión de la Sabiduria divina, y no es así, si con diligencia (3) ellos no procuran negar sus apetitos. Los cua- les, si tuviesen cuidado de poner la mitad de aquel trabajo en esto, aprovecharían más en un mes, que por todos los de- mas ejercicios en muchos años. Porque asi como es necesaria a la tierra la labor para que lleve fruto, y sin labor no le lleva sino malas hierbas, asi es necesaria la mortificación de los ape- titos para que haya provecho en el alma. Sin la cual oso decir, que para ir adelante en perfección y noticia de Dios y de sí mismo, nunca le aprovecha más cuanto hiciere, que aprovecha la simiente echada en la tierra (4) no rompida Y asi, no se quitará la tiniebla y rudeza del alma hasta que los apetitos se apaguen. Porque son como las cataratas, o como las motas en el ojo, que impiden la vista hasta que se echen fuera.
5. Y asi, echando de ver David la ceguera de éstos, y cuán impedidas tienen las almas de la claridad de la verdad, y cuán- to Dios se enoja con ellos, habla con ellos diciendo: Priusquam intclligcrcnt spinae vestrac rhamnum: sicut viventes, sic in ira absorbet eos (5). Y es como si dijera: Antes que entendiesen vuestras espinas, esto es, vuestros apetitos, así como a los vi- 1 Cebase, se lee en A y B. El de Alcaudete traslada ciégase. Me parece error de copia Cebase se lee también en e. p.
3 La e. p. dice: "que se cargan de desordenadas penitencias y de otros muchos desordenados ejercicios, digo voluntarios, poniendo en ellos su confianza, y pensando que solos ellos, sin la mortificación de sus apetitos en las demás cosas, han de ser su- ficientes para venir a la unión de la Sabiduria divina, y no es asi, si con diligencia."
i E. p.: la semilla que se derrama en la tierra.
5 Pi. LVII. 10.
42 SUBIDA DEL MONTE CARMELO vientes, de esta manera los absorberá en su ira (1). Por- que a los apetitos vivientes en el alma, antes que ellos puedan entender a Dios, los absorberá Dios en esta vida o en la otra con castigo y corrección, que será por la purgación. Y dice que los absorberá en ira, porque lo que se padece en la mortifica- ción de los apetitos es castigo del estrago que en el alma han hecho (2).
6. i Oh si supiesen los hombres de cuanto bien de luz divina los priva esta ceguera que les causan sus aficiones y ape- titos, y en cuántos males y daños les hacen ir cayendo cada día, en tanto que no los mortifican! Porque no hay fiarse de buen entendimiento, ni dones que tengan recibidos de Dios, para pen- sar que, si hay afición o apetito, dejará de cegar y oscurecer, y hacer caer poco a poco en peor. Porque ¿quién dijera que un varón tan acabado en sabiduría y dones de Dios, como era Salomón, había de venir a tanta ceguera y torpeza de volun- tad, que hiciese altares a tantos ídolos y los adorase él mismo, siendo ya viejo? (3). Y sólo para esto bastó la afición que tenia a las mujeres, y no tener el cuidado de negar los apetitos y de- leites de su corazón. Porque él mismo dice de sí en el Ecle- siastés: Que no negó a su corazón lo que le pidió (4). Y pudo tan- to este arrojarse a sus apetitos, que aunque es verdad que al principio tenía recato; pero porque no los negó, poco a poco le fueron cegando y oscureciendo el entendimiento, de manera que le vinieron a acabar de apagar aquella gran luz de sabiduría que Dios le había dado; de manera que a la vejez dejó a Dios.
7. Y si en éste pudieron tanto, que tenia tanta noticia de 1 La e. p. y las restantes dicen: "Antes que vuestras espinas, que son vuestros apetitos, se endurezcan y crezcan, haciéndose de tiernas espinas espesa cambronera, y estorbando la vista de Dios, como a los vivientes se les corta el hilo de la vida ma- chas veces en medio del discurso de ella, asi los sorberá Dios en su Ira."
2 La e. p. traslada: "Porque aquellos cuyos apetitos viven en el alma y estorban el conocimiento de Dios, los sorberá él en su ira: o en la otra vida con la pena y pur- gación del purgatorio, o en esta con penas y trabajos que para desasirlos de los ape- titos les en via, o por medio de la mortificación de los mismos apetitos. Para que con esto se quite de en medio de Dios y de nosotros la luz falsa de apetito que nos en can dllaba y impedia para no conocerle y aclarándose la vista del entendimiento, se re- pare el estrago que los apetitos habían dejado."
3 III Reg.. XI. 4.
4 Eccles.. U, 10.
LIBRO PRIMERO. — CAP. VIII 43 la distancia que hay entre el bien y el mal, ¿qué no podrán contra nuestra rudeza los apetitos no mortificados? Pues, como dijo Dios (1) al Profeta Jonás de los ninivitas, no sabemos lo que hay entre la siniestra y la diestra (2). Porque a cada paso tenemos lo malo por bueno, y lo bueno por malo, y esto de nuestra cosecha lo tenemos. Pues ¿qué será si se añade ape- tito a nuestra natural tiniebla? Sino que como dice Isaías: Palpuvimus, sicut coeci parietem, et quasi absque oculis attrecta- vimus: impegimus meridic, quasi ¡n tenebris (3). Habla el Pro- feta con los que aman seguir estos sus apetitos, y es como si dijera: Habernos palpado la pared, como si fuéramos ciegos, y anduvimos atentando como sin ojos, y llegó a tanto nuestra ceguera, que en el medio dia atollamos, como si fuera en las tinieblas (4). Porque esto tiene el que está ciego del apetito, que puesto en medio de la verdad y de lo que le conviene, no lo echa más de ver que si estuviera en tinieblas.
CAPITULO IX EN QUE SE TRATA COMO LOS APETITOS ENSUCIAN AL ALMA. PRUEBALO POR COMPARACIONES Y At'TORIDAPES DE LA ESCRITURA SAGRADA.
1. El cuarto daño que hacen los apetitos al alma, es que la ensucian y manchan, según lo enseña el Eclesiástico, diciendo: Qui teügerit picem. inquinaba 'ur ab ea (5). Quiere decir: El que tocare a la pez, ensuciarse ha de ella; y entonces toca uno la pez, cuando en alguna criatura cumple el apetito de su vo- luntad. En lo cual es de notar, que el Sabio compara las cria- turas a la pez; porque más diferencia hay entre la excelen- J La e. p. en vez de Dios pone fl Señor: "Como dijo el Señor al profeta )onás."
2 Jon.. IV. 11.
3 bal. LIX. 10.
4 Leense estas lineas en la e. p. "Sino que. lamentándose, dijo Isaías hablando con los que aman seguir estos sus apetitos: Palpado hemos la pared, como si fuéramos ciegos y anduvimos atentando como en tinieblas, y llegó a tanto nuestra ceguera, que en el mediodía atollamos como si fuera en oscuridad."
5 Eccli.. xm. I.
44 SUBIDA DEL MONTE CARMELO cia del alma (1) y todo lo mejor de ellas, que hay del claro diamante o fino oro a la pez. Y así como el oro o diamante, si se pusiese caliente sobre la pez, quedaría de ella feo y untado, por cuanto el calor la regaló y atrajo; así el alma que esta caliente de apetito (2) sobre alguna criatura, en el calor de su apetito saca inmundicia y mancha de él en si. Y mas diferencia hay entre el alma y las demás criaturas corporales, que entre un muy clarificado licor y un cieno muy sucio. De donde así como se ensuciaría el tal licor si le envolviesen con el cieno, de esa misma- manera se ensucia el alma que se ase a la criatura; pues en ella se hace semejante a la dicha criatura. Y de la misma manera que pondrían (3) los rasgos de tizne a un ros- tro muy hermoso y acabado, de esa misma manera afean y en- sucian los apetitos desordenados al alma que los tiene, la cual en si es una - hermosísima y acabada imagen de Dios.
2. Por lo cual, llorando Jeremías el estrago de fealdad que estas desordenadas afecciones causan en el alma, cuenta primero su hermosura, y luego su fealdad, diciendo: Candidio- res sunt Nazaraei ejns nive, nitidiorrs lacte, rubicundtores ebore antiguo, sapphiro pulchriores. Denigrata est super carbones fa- cies eorum, et non sunt cogniti in plateis (4). Que quiere de- cir: Sus cabellos, es a saber, del alma, son más levantados en blancura (5) que la nieve, más resplandecientes que la leche, y más bermejos que el marfil antiguo, y mas hermosos que la piedra zafiro. La haz de ellos se ha ennegrecido sobre los car- bones, y no son conocidos en las plazas. Por los cabellos entendemos aquí los afectos y pesamientos del alma, los cua- les, ordenados en lo que Dios los ordena, que es en el mismo Dios (6), son más blancos que la nieve, y más claros que la 1 La e. p. dice: Mas diferencia hay entre la excelencia que puede tener el alma, etc."
2 Asi el G de Ale. — A y B: el apetito. E. p.: asi el alma en el calor de tu ape- tito que tiene a alguna criatura saca. etc.
3 Pararían se lee en A, B y las ediciones.
4 Taren-, IV. 7-8.
5 Levantados en blancura. Así se lee en el Códice de Ale y en la e. p.— A traslada: más blancos que la blancura, y B. más hermosos que la blancura.
6 A, B añaden aquí: que es en el mismo Dios. Por descuido, tal vez, no lo tras- ladó la copia de Alcaudete. E. p.: que es en el mismo.
LIBRO PRIMERO.— CAP. IX 45 leche, y más rubicundos que el marfil (1); y hermosos so- bre el zafiro. Por las cuales cuatro cosas se entiende toda ma- nera de hermosura y excelencia de criatura corporal, sobre las cuales dice es el alma y sus operaciones, que son los nazareos o cabellos dichos; los cuales, desordenados y puestos en lo aue Dios no los ordenó, que es, empleados en las criaturas, dice Jeremías, que su haz queda y se pone más neqra que los «carbones.
3. Que todo este mal y más hacen en la hermosura del al- ma los desordenados apetitos en las cosas de este siglo (2); tanto, que si hubiésemos de hablar de propósito de la fea y sucia figura que al alma los apetitos pueden poner, no halla- ríamos cosa por llena de telarañas y sabandijas que esté, ni fealdad de cuerpo muerto, ni otra cualquiera cosa inmunda y su- cia, cuanto en esta vida la puede haber y se puede imaginar, a que la pudiésemos comparar (3). Porque aunque es verdad que el alma desordenada, en cuanto al ser natural (4) está tan per- fecta como Dios la crió; pero en cuanto al ser de razón está fea, abominable, sucia (5), oscura y con todos los males que aquí se van escribiendo y mucho más. Porque aun sólo un apetito desordenado, como después diremos, aunque no sea de materia de pecado mortal, basta para poner un alma tan sujeta, sucia y fea, que en ninguna manera puede convenir con Dios en una unjón (6) hasta que el apetito se purifique. ¡Cuál será la fealdad de la que del todo está desordenada en sus pro- pias pasiones y entregada a sus apetitos, y cuán alejada de Dios estará y de su pureza!
4. No se puede explicar con palabras, ni aun entender- se con el entendimiento la variedad de inmundicia que la va- riedad de apetitos causan en el alma. Porque si se pudiese 1 E. p.: que el antiguo marfil.
2 En Ib e. p. no se leen las palabras: en las cosas de este siglo.
3 E. p. abrevia asi estas tres lineas: ni fealdad a que la pudiésemos comparar.
4 E. p.: cuanto a su substancia natural.
5 E. p. suprime el adjetivo abominable.
6 E. p. de pecado mortal ensucia y afea al alma y la indispone para que no pueda convenir con Dios en perfecta unión. A y B: ninguna unión.
SUBIDA DEL MONTE CARMELO decir y dar a entender, seria cosa admirable y también de har- ta compasión, ver cómo cada apetito, conforme a «u cuanti- dad y calidad, mayor o menor, hace su raya y asiento de inmundicia y fealdad en el alma, y cómo en un solo des- orden (1) de razón pueden tener en si innumerables diferencias de suciedades mayores y menores, y cada una de su manera. Porque asi como (2) el alma del justo en una sola perfección, que es la rectitud del alma, tiene innumerables dones riquísimos y muchas virtudes hermosísimas, cada una diferente y gra- ciosa en su manera según la multitud y diferencia en los afec- tos de amor que ha tenido en Dios; así el alma desordenada, según la variedad de los apetitos que tiene en las criaturas, tiene en sí variedad miserable de inmundicias y bajezas, tal cual en ella la pintan los dichos apetitos.
5. Esta variedad de apetitos (3) está bien figurada en Ezequiel, donde se escribe que mostró Dios a este Profeta en lo interior del templo pintadas enderredor de las paredes todas las semejanzas de sabandijas que arrastran por la tie- rra, y allí toda la abominación de animales inmundos (4). Y entonces dijo Dios a Ecequiel: Hijo del hombre, ¿de veras no has visto las abominaciones que hacen éstos, cada uno en lo secreto de su retrete? Y mandando Dios al Profeta que entrase más adentro y vería mayores abominaciones, dice que vio allí las mujeres sentadas llorando al dios de los amores, Adó- nís (5). Y mandándole Dios entrar más adentro, y vería aún mayores abominaciones, dice que vió allí veinticinco viejos que tenían vueltas las espaldas contra el templo (6).
6. Las diferencias de sabandijas y animales inmundos que estaban pintadas en el primer retrete del Templo, son los pen- samientos y concepciones que el entendimiento hace de las cosas 1 Las ediciones omiten estas dos lineas y media.
2 E. p.: conforme a su calidad e intención hace su raya y asiento de inmundi- cia y fealdad en el alma. Porque asi como, etc.
4 Ezech.. VIII, 10.
5 Ibid.. 14.
6 Ibid.. 16.
LIBRO PRIMERO.— CAP. IX 47 bajas de la tierra y de todas las criaturas, las cuales, tales cua- les son se pintan en el templo del alma, cuando ella con ellas embaraza su entendimiento (1), que es el primer aposento del alma. Las mujeres que estaban más adentro, en el segundo apo- sento, llorando al dios Adonis, son los apetitos que están en la segunda potencia del alma, que es la voluntad; los cuales están como llorando, en cuanto codician a lo que está aficio- nada la voluntad, que son las sabandijas ya pintadas en el en- tendimiento. Y los varones que estaban en el tercer aposento (2), son las imágenes y representaciones de las criaturas, que guar- da y revuelve en si la tercera parte (3) del alma, que es la memoria. Las cuales se dice que están vueltas las espaldas contra el Templo, porque cuando ya, según estas tres potencias, abraza el alma alguna cosa de la tierra acabada y perfecta- mente, se puede decir que tiene las espaldas contra el templo de Dios, que es la recta razón del alma, la cual no admite en si cosa de criatura (4).
7. Y para entender algo de este feo desorden del alma en sus apetitos, baste por ahora lo dicho. Porque si hubiésemos de tratar en particular de la fealdad menor que hacen y cau- san en el alma (5) las imperfecciones, y su variedad, y la que hacen los pecados veniales, que es ya mayor que la de las im- perfecciones, y su mucha variedad, y también la que hacen los apetitos de pecado mortal, que es total fealdad del alma, y su mucha variedad según la variedad y multitud de todas estas tres cosas, sería nunca acabar, ni entendimiento angélico basta- ría para poderlo entender (6). Lo que digo y hace al caso para mi propósito es, que cualquier apetito, aunque sea de la más mínima imperfección, mancha y ensucia al alma (7).
1 E. p.: Las cuales como son tan contrarias a las sempiternas, ensucian el tem- plo del alma, y ella con ellas embaraza su entendimiento.
2 Tercer aposento. Así en Ale. y e. p. Los Ms. A y B y algunas ediciones tras, ladan: retrete tercero.
3 Parre se lee también en A y B. La e. p. traslada potencia.
4 Contra Dios, añade la e. p.
5 E. p.: en particular del impedimento que para esta unión causan en el alma.
6 La e. p. modifica asi esta frase: y su macha variedad, seria nunca acabar.
7 Omite la e. p.: mancha y ensucia al alma.
48 SUÉIDA DEL MONTE CARMELO CAPITULO X EN QUE SE TRATA COMO LOS APETITOS ENTIBIAN Y ENFLAQUECEN AL ALA\A EN LA VIRTUD (1).
1. Lo quinto en que dañan los apetitos al alma, es que la entibian y enflaquecen para que no tenga fuerza para seguir la virtud y perseverar en ella. Porque por el mismo caso (2) que la fuerza del apetito se reparte, queda menos fuerte que si estuviera entero en una cosa sola; y cuanto en más cosas se reparte, menos es para cada una de ellas: que por eso dicen los filósofos, que la virtud unida es más fuerte que ella misma si se derrama. Y por tanto, está claro que si el apetito de la voluntad se derrama en otra cosa fuera de la virtud, ha de quedar más flaco para la virtud. Y así, el alma que tiene la voluntad repartida en menudencias, es como el ag"ua, que te- niendo por donde derramarse hacia abajo no crece para arri- ba (3), y asi no es de provecho. Que por eso el patriar- ca Jacob comparó a su hijo Rubén al agua derramada; porque en cierto pecado había dado rienda a sus apetitos, diciendo: Derramado estás, como el agua, no crezcas (4). Como si dijera: Porque estás derramado según los apetitos como el agua, no crecerás en virtud. Y así como el agua caliente, no estan- do cubierta, fácilmente pierde el calor, y como las especies aromáticas, desenvueltas (5), van perdiendo la fragancia y fuerza de su olor; asi el alma no recogida en un solo apetito de Dios pierde el calor y vigor en la virtud. Lo cual entendiendo bien David, dijo hablando con Dios: Yo guardaré mi fortaleza 1 Latp. añade: Pruébalo por comparaciones y autoridades de la Sagrada Es- critura.
2 E. p.: por la misma causa.
3 No sube arriba, dice la e. p.
4 Gen.. XLIX. 4.
5 Ale. y e. p.: desenvueltas. A y B: no estando cubiertas. Aquí está mas claro el sentido, porque la palabra del Santo no se usa apenas en esta acepción.
LIBRO PRIMERO— CAP. X 49 para ti (1). Esto es, recogiendo la fuerza de mis apetitos (2) solo a ti.
2. Y enflaquecen la virtud del alma los apetitos, porque son en ella como los renuevos (3) que nacen en rededor del árbol y le llevan la virtud para que no lleve tanto fruto. Y de es- tas tales almas dice el Señor: Vae praegnantibus, et nutrien- tibus in Mis diebus (4). Esto es: Ay de los que en aquellos días estuvieren preñados, y de los que criaren. La cual preñez y cria entiende por la de los apetitos; los cuales, si no se atajan, siempre irán quitando más virtud al alma, y crecerán para mal del alma, como los renuevos en el árbol. Por lo cual Nuestro Señor nos aconseja diciendo: Tened ceñidos vuestros lomos, que sig- nifican aquí los apetitos (5). Porque, en efecto, ellos son tam- bién como las sanguijuelas, que siempre están chupando la san- gre de las venas, porque así las liema el Eclesiástico di cicndo: Sanguijuelas son las hijas, esto es, ios apetitos; siempre dicen: Daca, daca (6).
3. De donde está claro que los apetitos no ponen al elmn bien ninguno, sino quitanle el que tienen; y si no los mortificare, no pararán hasta hacer en ella lo que dicen que hacen a su madre los hijos de la víbora, que cuando van creciendo en el vientre, comen a su madre y mátanlf quedando ellos vivos a cos- ta de su madre. Así, los apetitos mortificados llegan a tan- to, que matan al alma en Dios, porque ella primero no los mató. Por eso dice el Eclesiástico: Aufer a me Domine ven- tris concupiscentias (7). Y sólo lo que en ella vive son ellos.
4. Pero aunque no lleguen a esto, es gran lástima conside- rar cuál tienen a la pobre alma los apetitos que viven en ella, cuán desgraciada para consigo misma, cuán seca para los pro- 1 P». LVin. 10.
2 E. p.: afectos. Por afectos o inclinaciones emplea aquí el Santo esta palabra.
3 E. p.: los virgultos y renuevos que nacen. E! Códice de Alba: los virgulos y renuevos que nacen. El B: las vírgulas, etc.
t Matth.. XXTV, 19.
5 Luc. XII. 35.
6 Prov., XXX, 15. Asi todos los códices. La e. p.: dame. dame.
7 Eccli., XXm, 6.
4 50 SUBIDA DEL MONTE CARMELO jimos y cuán pesada y perezosa para las cosas de Dios. Por- que no hay mal humor que tan pesado y dificultoso ponga a un enfermo para caminar, o hastio para comer, cuanto el apetito de criaturas hace al alma pesada y triste para seguir la virtud. Y asi, ordinariamente, la causa porque muchas almas no tienen diligencia y gana de cobrar (1) virtud, es porque tienen apetitos y aficiones no puras en Dios (2).
CAPITULO XI EN QUE SE PRUEBA SER NECESARIO PARA LLEGAR A LA DIVINA UNION CARECER EL ALMA DE TODOS LOS APETITOS, POR MINIMOS OUE SEAN (3).
1. Parece que ha mucho que el lector desea preguntar, que si es de fuerza que para llegar a este alto estado de per- fección ha de haber precedido mortificación total en todos los apetitos, chicos y grandes, y que si bastará mortificar algu- nos de ellos y dejar otros, a lo menos aquellos que parecen de poco momento. Porque parece cosa recia y muy dificultosa poder llegar el alma a tanta pureza y desnudez, que no ten- ga voluntad y afición a ninguna cosa.
2. A esto respondo: lo primero, que aunque es verdad que no todos los apetitos son tan 'perjudiciales unos como otros, ni embarazan al alma (4), todos en igual manera (ha- blo de los voluntarios), porque los apetitos naturales poco o nada impiden para la unión al alma cuando no son consen- tidos ni pasan de primeros movimientos (5) (todos aquellos 1 A y B: obrar virtud. La e. p.: obrar virtudes. En este pasaje e) cobrar del Có- dice de Alcaudete y el obrar de A, B y e. p. tienen análogo significado Cobrar en el presente significado es más usual emplearlo en achaques de cetrería.
2 Ni en Dios Nuestro Señor, añade la e. p.
3 Así el C. de Ale. La e. p. Prueba cómo es necesario para llegar a la divina unión carecer el alma de todos los apetitos por pequeños que sean.
4 Las frases siguientes hasta las palabras cuando no son consentidos, exclusive, que traen A. B y e. p., no se leen en el C. de Ale, tal vez por descuido del copista.
5 La e. p. añade, para mayor claridad sin duda: Y llamo naturales y de primeros movimientos.
LIBRO PRIMERO.— CAP. XI 51 en que la voluntad racional antes ni después tuvo parte); por- que quitar éstos, que es mortificarlos del todo en esta vida, es im- posible. Y éstos no Impiden de manera que no se pueda llegar a la divina unión, aunque del todo no estén, como digo, mor- tificados; porque bien los puede tener el natural, y estar el alma según el espíritu racional muy libre de ellos. Porque aun- que acaecerá a veces que esté el alma en harta (1) unión de ora- ción de quietud en la voluntad, y que actualmente moren és- tos en la parte sensitiva del hombre (2), no teniendo en ellos parte la parte superior que está en oración. Pero todos los demás apetitos voluntarios, ahora sean de pecado mortal, que son los más graves, ahora de pecado venial, que son menos graves; ahora sean solamente de imperfecciones, que son los menores, todos se han de vaciar y de todos ha el alma de ca- recer, para venir a esta total unión, por mínimos que sean. Y la razón es, porque el estado de esta divina unión consiste en tener el alma según la voluntad con total transformación en la voluntad de Dios, de manera que no haya en ella cosa con- traria a la voluntad de Dios, sino que en todo (3) y por todo su movimiento sea voluntad solamente de Dios.